«Yo nací en la Serena, dijo, i mi nacimiento causó la muerte de la que
me dió la vida; mi padre, que era uno de los comerciantes de mas crédito
en aquel pueblo, cuidó esmeradamente de mis primeros años, i me educó
sin perdonar sacrificios. Ya habia salido de mi infancia, ya principiaba
a sombrearme la barba, cuando me entregó a un amigo suyo, rico mercader
de Lima, para que me llevase consigo i me comunicase sus luces i su
esperiencia. Yo partí lleno de angustias: el corazon me presajiaba
entónces un porvenir de lágrimas i de sangre. ¡Ah! ¡jamas olvidaré el
aspecto de mi padre en aquel instante! El anciano desgraciado lloraba
como un niño, me estrechaba sobre su pecho i me acariciaba con ternura,
dándome consejos i protestándome que me separaba de su lado solo porque
deseaba mi felicidad! ¡Padre querido! ¡mil veces te he llorado como
ahora i jamas he podido hallar consuelo!....» El mendigo ocultó
sollozando su rostro entre sus manos, i despues de un suspiro profundo,
continuó: «Ocho años hacia que yo estaba en Lima, cuando supe que mi
padre habia muerto, agobiado de pesares a causa del mal estado de sus
negocios; sus acreedores se habian repartido de los efectos de su
comercio para pagarse; el entierro de su cadáver se hizo de caridad; ¡no
tuvo un deudo, un amigo que derramase una lágrima tan solo sobre su
sepulcro! ¡Ah! ¡yo debiera haber partido entónces a mi pueblo! pero mil
esperanzas vanas me encadenaron en Lima, i me decidí a permanecer allí
para siempre. El mercader a quien mi padre me habia encomendado habia
muerto tambien, i yo continuaba con su hijo malbaratando el caudal que
aquel hombre honrado le formó con tantos sacrificios: ámbos éramos de
una edad, i sin guia, sólos en aquella Cápua de la América, nos habíamos
lanzado a la disipacion. Nuestros negocios se encontraban en el peor
estado, no teníamos crédito, ni avanzábamos en el comercio: un dia de
aquellos en que el demonio se apodera del alma para arrancarle la razon
i precipitar al hombre en el vicio, mi amigo, Alonso, tomó el dinero que
habia en caja i nos encaminamos a casa de su querida, en donde se
juntaban de ordinario varios hombres perdidos. Serian las seis de la
tarde, en invierno; entramos en silencio hasta una pieza oscura, sin
sentir el menor movimiento en toda la habitacion, pero no bien habíamos
puesto en ella el pié, cuando oimos palpitante el estallido de un beso
lleno de amor, i luego un prolongado suspiro: pedimos luces i al momento
sentí que se acercó a mi amigo su querida llenándole de caricias. Al
iluminarse la sala, vimos reclinado sobre un canapé a un militar español
que en la noche anterior nos habia ganado allí mismo veinte mil duros.
Se levantó restregándose las manos i diciéndonos: «¿vienen ustedes a
continuar la partida?» i nosotros no le respondimos palabra.
Alonso, que estaba con sus facciones contraidas, se dirijió a él en
silencio, como a exijirle una esplicacion, pero a la sazon entraron
varios con las mujeres que formaban el embeleso de aquella tertulia. El
juego, el ponche i la corrupcion dieron principio; las horas comenzaron
a pasar lijeras para todos, pero lentas para mí. Mui tarde era ya, las
luces ardian en candiles i a su opaco resplandor continuaban los
jugadores su tarea con mas ardor: yo estaba fastidiado i dispuesto a
retirarme. Alonso habia perdido todo su dinero, el almacen de su
comercio, i hasta su reloj, pero permanecia mirando jugar con su cabeza
reclinada sobre el hombro de su querida.
Las mujeres no me habian impresionado aquella noche, yo sentia en mi
alma una amargura que me desesperaba. En un momento en que la algazara
del desórden habia cedido su lugar al cansancio, se acercó a mí un
fraile de la buena muerte, que andaba con una guitarra en la mano, i
tomando un aire sério me dijo al oido: «yo no quiero guardar mas un
secreto que pesa sobre mi conciencia: sepa usted, don Alvaro, que a su
amigo le han ganado mal. Su misma adorada ha facilitado al militar los
dados falsos.»
Yo me quedé pasmado con esta fatal revelacion, i luego que me serené,
con mucha calma, me puse junto a la mesa de juego: mi amigo permanecia
como he dicho ántes, i aquella mujer perversa lo acariciaba todavía,
resbalando una mano suavemente por sus barbas. Estaba yo observándola i
tratando de descubrir en su semblante la verdad de la revelacion que
acababa de hacerme el fraile; i al fijarme en sus ojos apacibles i
bellos, llegué a considerarla incapaz de un crímen. Pero luego la ví
hacer un jesto de intelijencia al militar i pasarle unos dados,
diciéndole:--«toma, éstos son mejores.» No pude contenerme i esclamé:
¡esos dados son falsos, señora!...--Sí, tiempo ha que yo lo sospechaba,
grita Alonso, hundiendo al mismo tiempo su puñal con fuerza en el
corazon de su traidora amante. ¡El español se levanta furioso i dirije
una pistola al pecho de mi amigo, yo se la arrebato, i éste le deja
muerto en el instante mismo con el puñal que le habia servido para
principiar su venganza! En aquel momento terrible, todos altercaban en
confuso desórden i gritería, i de tal modo se trabó la riña i tanto
duró, que la ronda se introdujo, aprehendió a varios allí mismo i entre
ellos a mi amigo Alonso. Yo me precipité entre la turba i logré
ocultarme en una casa vecina que era de un comerciante con quien habia
tenido relaciones.
Quince dias, los mas espantosos de toda mi vida, pasé encerrado en un
sótano, que tenia su entrada en el cuarto mismo que habitaba mi salvador
i corria hacia una callejuela de la ciudad, por donde habia mucho
tráfico i que daba a espaldas del palacio del virei. ¡La oscuridad de
aquel sitio inmundo no me dejaba ver siquiera mi propio cuerpo, la
humedad trababa mis miembros i penetraba hasta mis huesos, la fetidez me
hacia desesperar i correr frenético a los ángulos de aquella prision en
busca de aire puro que respirar! Desde ahí percibia yo el bullicio de la
calle i hasta las conversaciones de los transeuntes. Un dia sentí gran
tropel, voces i gritos confusos; oia tocar la agonía en una iglesia
próxima, i de cuando en cuando una lúgubre campanilla precedia el grito
de álguien que pedia limosna para el que iban a ajusticiar. ¡Este era
Alonso, sí, mi amigo Alonso, que ese dia fué arrastrado a un banquillo,
por la piedad del virei, que le habia conmutado la pena de horca a que
fué condenado por los jueces. La misma sentencia recayó sobre mí....!
El que me habia salvado la vida completó su favor, haciéndome salir con
precaucion para el Alto Perú. ¡Dos años vagué por pueblos estraños,
procurándome la subsistencia, unas veces de limosna i otras soportando
los trabajos mas duros para comer un pan de maiz humedecido con mis
lágrimas! Atravesé el pais hasta llegar a la Rioja, i despues de un
sinnúmero de sacrificios i de privaciones, trasmonté los Andes i pude
alcanzar a la Serena, ¡mi patria! Entónces desperté como de un letargo,
me sentí estenuado, me ví lleno de andrajos, rodado de miseria; ¡pero
hubiera gritado como un loco, al reconocer las calles de mi pueblo!
¡Hubiera acariciado con delirio a todos los que encontraba al paso, sin
embargo de que ellos ni siquiera me echaban una mirada de compasion!
¡Nadie me conocia, la casa que habité en mis primeros años estaba
ocupada por jentes estrañas!
La primera noche que pasé en aquella ciudad deliciosa no tuve donde
acojerme: estendí mi manta sobre las losas de una de las puertas del
templo de Santo Domingo, i me dormí arrullado por el estruendo de las
olas del mar; tuve sueños de ventura, i me desperté, al rayar el sol,
riéndome, como si hubiese sido el hombre mas afortunado del mundo. Pero
tenia hambre, estaba cubierto de harapos i era preciso pensar en mi
situacion; ya me habia puesto en pié para ir a buscar adonde trabajar,
cuando se abrieron las puertas de la iglesia. Entré lleno de veneracion
i me arrodillé a oir una misa que principiaba. ¡Mi corazon en aquellos
momentos fué todo de Dios, me sentia feliz con acercarme a él a pedirle
misericordia i amparo! Al acabar su misa el sacerdote, se volvió al
pueblo, i con voz trémula i aire apacible, le pidió una oracion
implorando el favor de la Vírjen Santísima sobre los desgraciados que
acababan de morir en la plaza de Santiago, en defensa del nuevo gobierno
que se habia instalado a nombre del rei.
Esta noticia que oia por primera vez, llamó sériamente mi atencion. Salí
del templo, llevando en mi corazon el placer que se gusta despues de
haberse acercado a Dios, pero lleno de curiosidad por lo que habia oido
decir al sacerdote. Me acerqué a una pobre anciana, que tambien salia,
para hacerle algunas preguntas; quise reconocer sus facciones, llaméla
por su nombre i ella me respondió con sorpresa: no pude contenerme, la
abracé i me le dí a conocer. La pobre vieja habia estado al servicio de
mi madre, me habia asistido hasta mi partida a Lima. ¡Lloramos juntos en
silencio! i cuando pasó nuestra primera ajitacion, me llevó a su casa i
me prodigó mil cuidados.
De ella supe cuanto deseaba saber de mi desgraciado padre, cuya memoria
no existia ya, sino en uno que otro de los habitantes de aquel pueblo.
Supe, ademas, que como ocho meses ántes de mi llegada, se habia cambiado
el gobierno del rei en Santiago, por medio de una revolucion que
presajiaba muchos desastres.
Algunos dias despues, pude presentarme a varias personas, pero todas me
desconocieron; i reflexionando entónces que el hombre, cuando está
sumido en la miseria, solo puede confiarse en sus propias fuerzas,
principié a trabajar en lo que se me proporcionaba accidentalmente para
ganar mi subsistencia i no hacerme tan oneroso a la pobre vieja que me
habia facilitado su hogar i su mesa.
Yo sentia que mi juventud se iba apagando i encontraba en mi corazon un
vacío que me hacia la vida insoportable. Los recuerdos que asaltaban mi
mente eran todos funestos: solo un pensamiento que me habia acompañado
en todas mis peregrinaciones me conmovia agradablemente. Pero era una
ilusion vaga, como aquellas que le quedan a uno despues de un sueño
delicioso, era el recuerdo de un amor inocente i puro que habia dominado
mis primeros años.
Mi padre acostumbraba, cuando yo estaba todavía a su lado, visitar todas
las noches a una anciana viuda, con quien le ligaba una amistad de
muchos años; la anciana tenia una hija, menor que yo, la cual por su
pureza i hermosura parecia un ánjel. Todas las noches nos reuníamos:
nuestras conversaciones eran inocentes, nuestros juegos tambien lo eran;
a veces advertíamos que los dos ancianos nos fijaban sus ojos con placer
i se sonreian; nosotros nos ruborizábamos i quedábamos en silencio. Yo
no tenia durante el dia otro pensamiento que el de llevar por la noche
algun dije a mi amiguita Lucía, o el de aprender algun cuento para
referírselo, porque sentia un profundo placer de verla con sus ojos
clavados en mí durante mi narracion; sentia necesidad de que me mirase i
de mirarla yo tambien...
El amor habia estrechado nuestros corazones i nosotros lo ignorábamos,
no hacíamos mas que sentir sus efectos. Este amor fué el que hizo amarga
mi separacion de la Serena, ese amor fué el que siempre tuve presente
durante mi ausencia, él habia llegado a ser para mí una especie de
relijion, que no me atrevia a abjurar, porque temia cometer un crímen, o
mas bien porque no podia hacerlo; ese amor era mi vida. Así es que
miéntras duró mi mansion en Lima, jamas me atreví a mirar a una mujer,
sin que me asaltase el temor de ser infiel a mi Lucía.
A los dos años de mi residencia en aquella ciudad, supe que habia muerto
la madre de Lucía, i nunca mas volví a tener de ésta la menor noticia.
Sin embargo, todas mis ilusiones le pertenencian; alguna vez me aficioné
de tal o cual mujer, porque mi imajinacion me la figuraba parecida en
algo a mi Lucía; siempre que me entregaba a las ilusiones, que son tan
frecuentes en la juventud, ella era el único término de mi aspiracion;
la ausencia me le hacia mas bella, mas anjelical; i como no habia yo
tenido otro amor, i mi corazon necesitaba amar, ella ocupaba sola toda
mi alma, i por ella sola vivia.
Despues de mi llegada a la Serena, traté de tomar noticias acerca de
esta linda niña, pero sin descubrir mi corazon; i la vieja María me hizo
saber que la antigua, amiga de mi padre, al tiempo de morir, habia
encomendado su hija i todos sus bienes a un español que era mui
conocido en aquel pueblo por la orijinalidad de sus costumbres.
Este hombre singular que se llamaba don Gumesindo Saltías, habitaba en
una casa aislada, al estremo del poniente de la poblacion, a la orilla
de la vega que se dilata hasta la playa: no tenia familia, no se le veia
jamas en público, i de los esclavos que le rodeaban, solo uno practicaba
las dilijencias que necesitaba en la calle. En esa casa habitaba mi
Lucía, i era opinion comun entre todos los de la ciudad que habia
enloquecido al poco tiempo despues de muerta su madre, por cuyo motivo
jamas se la habia visto por nadie desde aquella época.
Un año empleé practicando las mas prolijas diligencias a fin de ver a mi
querida o de saber algunos pormenores mas sobre su suerte, pero nunca
pude avanzar mas en mi objeto. Me propuse andar siempre mal traido para
no llamar la atencion sobre mí, i tomé la costumbre de dirijirme a la
vega, con mi caña de pescar, todas las tardes, apénas terminaba los
pocos quehaceres que tenia. Me colocaba al pié de las paredes de la casa
de don Gumesindo, i desde ahí estaba en continuo acecho, i siempre
sacando con mi anzuelo los camarones de la vega. Desde aquel sitio, que
estaba para mí lleno de encantos, presenciaba la caida del sol en los
abismos del mar; sus reflejos iluminaban las aguas de tal modo que
parecia que iba a hundirse en una inmensa hoguera, cuyas llamas herian
la vista, miéntras que el cielo estaba cubierto i matizado de nubes
negras i rojas que a veces me arrobaban el alma i me hacian olvidar a la
pobre Lucía. De este modo pasaba la tarde i venia la noche a encontrarme
en la misma situacion, porque así permanecia horas enteras calculando i
buscando modo de conseguir salir de aquella penosa situacion a que me
habia reducido mi suerte.
Lo único que me sacaba a veces de mis delirios era una voz vaga i suave
que entonaba algunos versos al otro lado de la pared i que yo alcanzaba
a percibir, porque ésta tenia en lo mas alto unas aberturas largas i
angostas cruzadas de dos barras de hierro mui fornidas. Para mí no habia
duda de que aquella era la voz de Lucía, i esta persuasion me daba el
consuelo mas grande que en aquellas circunstancias podia esperar.
Mucho tiempo hacia que no recibia mi alma este descanso, cuando una
tarde oí patentemente que cantaban estos versos:
Aunque me olvidas, te adoro, i aunque no me das consuelo, yo lo
tengo porque lloro.
I despues de algunos mas, que no alcancé a percibir sino mui vagamente,
oí con mucha claridad estos otros:
No creas que porque sufro,
soi cobarde:
No hai mal que por bien no venga
aunque tarde.
Yo lloraba amargamente al oir estas quejas i me imajinaba ver a Lucía
con sus grandes ojos negros cubiertos de lágrimas, sentia que estrechaba
mi mano entre las suyas, i mi ilusion llegaba hasta el estremo de
persuadirme de que hablaba con ella i de que ¡la poseia para siempre...!