Despues de un viaje penosísimo, entramos a esta ciudad una noche a fines
de junio: era una noche de invierno, hermosa i serena; la luna alumbraba
en todo su esplendor, las calles estaban solas i en silencio. Al pasar
por el puente, ví por primera vez este rio cubierto en toda su estension
de una neblina delgada que me lo hizo aparecer como el mas caudaloso que
en mi vida habia visto. Desde aquel paraje divisaba gran parte de los
edificios de este pueblo i veia que sobre ellos se alzaban como
fantasmas blancas las torres de los templos: al instante me asaltó el
recuerdo de Lima i por consiguiente el de mi vida pasada. Maldije de
nuevo a los hombres i me resigné a sufrir hasta alcanzar la venganza que
tanto ansiaba. Tales fueron los pensamientos que me ocuparon miéntras
llegamos a un cuartel en donde nos dieron posada en la cuadra de los
reclutas.
Al siguiente dia nos filiaron i nos vistieron como soldados, i esto me
causó a mí mas gusto que a todos mis compañeros de infortunio. Con
aquella ceremonia principiaba para mí una nueva vida, un porvenir mas
halagüeño que el que habia tenido presente miéntras fuí tratado como
criminal. Durante los pocos dias que permanecimos en Santiago, practiqué
las mas esquisitas dilijencias para descubrir el paradero de Lucía o de
Laurencio, pero no pude obtener la menor noticia. Pensé entónces en
abandonar furtivamente las filas, con el fin de buscarlos con toda
libertad, i solo desistí de este propósito cuando consideré que mas me
importaba lidiar contra los enemigos de mi patria i saciar en ellos mi
sed de sangre, que perseguir a una mujer que me habia traicionado tan
cruelmente. No podia, sin embargo, apartar su imájen de mi corazon; la
adoraba con mas vehemencia a cada instante, porque ya me habia
acostumbrado a sus caricias, porque ya habia sentido tiernamente
correspondido un amor de toda mi vida...
En una de aquellas mañanas hermosas que suele haber en invierno, salió
para el Sur la division militar a que yo pertenecia. La calle de nuestro
tránsito estaba llena de jentes; por todos lados nos victoreaban, nos
dirijian tiernos adioses i de algunos balcones nos arrojaban flores,
como para presajiarnos nuestros triunfos; las músicas de la division
mezclaban sus sonidos al bullicio popular i entusiasmaban el corazon. Yo
marchaba con la mochila a la espalda i el fusil al hombro, pensando ver
a cada paso a mi adorada Lucía entre las mujeres que lloraban o reian
viendo marchar a la guerra a sus camaradas; pero todo era solo una
ilusion. Yo no tenia quien me llorara ni quien me dirijiese siquiera una
mirada: era talvez de todos mis compañeros el único hombre desvalido, el
único desgraciado, que en aquellos momentos no podia entregarse al
entusiasmo que ardia en el pecho de todos.
Al pasar por cada uno de los pueblos del tránsito, se repetia la misma
escena, i aprovechándome de los pocos momentos que en ellos
permanecíamos, me ocupaba siempre en buscar a Lucía, pero sin obtener
jamas el menor dato.
Llegamos por fin a Talca, i entramos por las calles en medio de un
pueblo numeroso que nos recibia con aclamaciones de entusiasmo, i allí
nos incorporamos al ejército del jeneral Carrera. En pocos dias mas
estábamos ya acampados en las cercanías de Chillan i sitiando esta
ciudad.
Quiero pasar rápidamente sobre mi vida militar, porque ella pasó tambien
sobre mí con la rapidez de un relámpago: de batalla en batalla,
marchábamos entónces en una perpetua ajitacion i rodeados de todo jénero
de privaciones. Mil veces he oido que el soldado es un vil instrumento
que no piensa ni tiene voluntad, pero en aquellos tiempos no era así:
todos conocíamos i amábamos la causa por que peleábamos, todos
aborrecíamos de muerte a la España i a su reyes, porque se nos habia
hecho entender que nos hacian la guerra por esclavizarnos. De otro modo
no habriamos arrastrado la muerte, sin mas interes ni esperanza que
tener patria i libertad; habriamos pedido pan i dinero, en vez de
sufrir el hambre i el frio i de mirar con avidez i con envidia al que
tenia algo para llenar sus necesidades. ¡Ah! pasaron para mí aquellos
dias de miseria gloriosa, i hoi no me quedan mas que las amarguras de un
mendigo. Todos me desprecian i no habrá un hombre siquiera que sospeche
que yo derramé mi sangre por la independencia: yo tambien los desprecio
a todos, porque lo único que me ha dejado la esperiencia en el corazon
es un odio verdadero al mundo. Las interminables desgracias a que me he
visto condenado durante treinta años me han dado suficiente fuerza para
arrastrarlo todo: estoi resignado con mi suerte i ni los peligros ni la
injusticia de los hombres me harán bajar la frente. Pero volvamos a mi
vida.
Cuando se habia vuelto a romper la guerra entre nosotros i las tropas
del rei, despues de los tratados con Gainza, i se habia celebrado la paz
entre los jenerales O'Higgins i Carrera, llegó la division a que yo
pertenecia, al pueblo de Rancagua, en donde procuró hacerse fuerte para
resistir al enemigo, que marchaba confiadamente con nuevo jeneral i
tropas de refresco a tomar posesion de la capital. Aquí vuelven a
ligarse mis relaciones con la mujer que por tanto tiempo habia sido
objeto único de mi amor i de mi venganza.
Amaneció el dia primero de octubre i nosotros estábamos alegres i con la
confianza en el corazon, esperando que las tropas de rei se acercaran a
las fortificaciones que se habian formado dentro de las calles de
aquella ciudad. Apénas formábamos poco mas de mil hombres i no dudábamos
de que venceríamos a los cinco mil que nos mandaba el tirano, porque
éramos valientes i peleábamos por la independencia. Todos permanecíamos
en nuestros puestos, los jefes recorrian las trincheras exhortándonos i
recordándonos la causa que defendíamos; pero lo que mas nos
entusiasmaba era el estruendo del ataque que a pocos pasos de allí se
habia empeñado entre nuestras guerrillas i el enemigo que se acercaba.
La mecha del cañon ardia sobre las trincheras, los soldados en silencio
i sobre las armas nos mirábamos como para inspirarnos confianza i valor;
las calles estaban solas, i de cuando en cuando se veia atravesar de una
casa a otra, algun hombre o mujer que llevaban el pavor pintado en su
semblante.
Al fin de algun tiempo de estar en esta situacion violenta, se rompió el
fuego en medio de mil aclamaciones que se ahogaban con el estampido del
cañon. En la tarde de aquel dia de gloria i de sangre era ya jeneral la
batalla: se peleaba en las trincheras, en las calles, sobre los techos
de las casas i hasta desde los árboles de los huertos, en cuyos ramajes
estaban los guerreros apiñados, se hacia un fuego, vivo i se combatia
con arrojo: por todos puntos ardian las casas de la poblacion, i sus
llamas producian un calor abrasador; una nube densa del humo del
incendio i del combate pesaba sobre nosotros i nos desesperaba de
sofocacion; no teníamos en todo el paraje que ocupábamos una gota de
agua para apagar la sed. Al estruendo de las armas se unian los repiques
de los campanarios que anunciaban victoria, los ayes de los moribundos i
el clamoreo de los soldados i oficiales que se animaban a la pelea.
De repente el cielo nos manda una ráfaga de viento que despeja la
atmósfera, nos hace ver la luz del sol i nos deja respirar en libertad.
Un grito ronco de ¡_viva el jeneral_! se hace oir en la primera cuadra
que corre desde la plaza por la calle de San Francisco hasta las
trincheras en que yo me hallaba; el grito se redobla con entusiasmo i el
jeneral O'Higgins se acerca a nosotros montado en un caballo brioso, i
con su espada en mano: su semblante estaba tranquilo, pero severo, sus,
ojos arrojaban fuego. «Héroes de Rancagua, nos dijo, reconoced por jefe
de estas trincheras al capitan Millan, porque es uno de los pocos
oficiales valientes que os quedan: los demas han muerto por la patria:
imitad su ejemplo...... un momento mas de constancia i de valor nos dará
la victoria sobre los esclavos de Fernando».... Nosotros le oimos i
dando vivas a la patria i al jeneral, volvimos a la pelea con mas
ánimos: el jeneral permaneció con nosotros algunos momentos mas
exhortándonos i dirijiéndonos; luego marchó a la plaza entre mil
aclamaciones. Los soldados caian a su lado i él despreciaba las balas
que cruzaban en todas direcciones.
Al dia siguiente peleábamos todavía con furor, pero los españoles habian
ganado mucho terreno, i a veces llegaban hasta las mismas trincheras a
buscar una muerte segura a trueque de tomárselas. En una de las salidas
que hicimos por la calle de San Francisco a desalojar algunas partidas
enemigas que se habian apoderado de las casas vecinas para atacarnos con
mas seguridad, tuvimos un encuentro horrible, que fué uno de los mas
heróicos de aquel dia.
Eramos poco mas o ménos veinticinco hombres los que salimos de la
trinchera a batir una partida de enemigos que, derribando murallas, se
habia apoderado de una casa próxima: a la primera descarga nuestra, se
replegaron al patio i nos cargaron a la bayoneta; yo descargué mi fusil
sobre el oficial que los mandaba, i al verle caer a mis piés, conocí que
era Laurencio, el traidor. Me fuí sobre él gritándole: «dónde está
Lucía, dímelo ántes de morir,» pero su respuesta fué una mirada
aterradora i un suspiro ronco i profundo que exhaló con la vida......
Todos los demas perecieron tambien a nuestras manos i volvimos a
nuestro puesto para defender la trinchera. La venganza que Dios me
habia preparado para aquel momento terrible acababa de desahogar mi
corazon: sentí entónces la necesidad de vivir, i cada vez que me
acercaba al parapeto para descargar sobre el enemigo, deseaba que no me
tocara alguna de sus balas hasta despues de ver a Lucía, a esa mujer que
hasta en medio de las zozobras de una batalla ocupaba mi corazon i me
atraia con un poder májico.
En la tarde de aquel dia funesto, el jeneral O'Higgins abandonó la plaza
i los españoles entraron en ella haciendo la mas espantosa carnicería;
yo me refujié en un templo que estaba próximo a mi puesto, pero a los
pocos momentos me sacaron de allí con otros varios prisioneros i nos
condujeron a la presencia del jeneral Osorio, i despues a una quinta
inmediata donde estaban los equipajes del ejército español. En el patio
de esta casa habia varias mujeres que se ocupaban en vendar una herida
que tenia en el brazo derecho un oficial realista. Cuando oí que
llamaban a este hombre el coronel Lizones, me fijé en él, porque ese era
el mismo apellido de aquel a quien dió muerte mi amigo Alonso en Lima, i
¡cuál seria mi sorpresa al ver que su fisonomía era idéntica a la de la
víctima de nuestros estravíos!
Luego perdí de vista al coronel, porque nos encerraron en una bodega,
donde nos dejaron entregados a las angustias que necesariamente habia de
producir en nuestros corazones nuestra triste condicion: yo me recliné
sobre el suelo húmedo de aquel calabozo, porque ya no tenia fuerzas para
resistir la fatiga del cansancio i la desesperacion que se habia
apoderado de mí.
Durante el dia siguiente degollaron en el mismo umbral de la puerta de
nuestra prision a varios prisioneros de los que estaban conmigo: yo
esperaba i aun deseaba la misma suerte. Llegó la segunda noche i el
sueño que en todo ese tiempo me habia abandonado, vino entónces a
restablecer mis fuerzas. Hacia mucho tiempo que dormia tranquilamente,
cuando oí pronunciar mi nombre a una persona que me habia tomado la
mano. Desperté, pero creí que era una ilusion: la luna entraba por la
puerta que estaba abierta i a su luz ví que todo parecia en calma i que
el centinela dormia profundamente. El que me habia despertado me
estrechaba la mano i en silencio me conducia fuera de la prision, pero
yo me le resistia lijeramente porque sospechaba que aquello fuera un
lazo que se me tendia. Salimos al patio i todavía me condujo a la
arboleda sin decirme una palabra, i yo advertia que su mano temblaba i
que su respiracion era ajitada.
Al llegar a una de las tapias, me dijo en voz baja: huyamos por aquí, no
temas, el centinela que tú has visto durmiendo nos ha favorecido, porque
le he comprado; él mismo me designó el lugar en que estabas.
--¿Pero quién eres tú, que tanto muestras interesarte por mí?
--¡Alvaro! ¡no me conoces! Ah; ¡te he ofendido tanto! pero no.... ¡no te
ofendí jamas! ¡siempre te he amado!...
Estas palabras, pronunciadas con ardor, me hicieron reconocer a Lucía;
olvidé mi resentimiento i la estreché silenciosamente entre mis brazos;
pero me duraba aun la emocion de las caricias i permanecíamos trémulos
cuando me asaltó el recuerdo de mi agravio.
--¿Por qué me traicionaste, mujer ingrata, esclamé, por qué me has
engañado? ¡No huiré contigo jamas, nunca! ¡Deseaba hallarte, solo para
vengarme de tí!
--No seas cruel, Alvaro, soi inocente. Huyamos, cuando estés libre
sabrás mis desgracias i me harás justicia.
--No, ¿quién me asegura que esta no sea tambien una traicion? Te
aborrezco.... Habla, vindícate, si quieres que te siga.
--Ya que te obstinas, óyeme i perdóname. En aquella noche fatal en que
fugué con Laurencio de casa de mi tutor, creí que marchaba contigo hasta
que la luz del dia vino a revelarme mi error; quise volver sobre mis
pasos, pero Laurencio me aseguró que tú vendrias luego a reunirte con
nosotros, i que si volvia a mi casa encontraria una muerte segura. De
engaño en engaño, me condujo hasta Chillan, en donde se encontraba el
ejército español en aquel tiempo, i se presentó al jeneral a dar cuenta
de una comision que habia tenido durante su ausencia. Despues he sabido
que este hombre era el espía que tenian los realistas para comunicarse
con sus partidarios residentes en otros pueblos. Perdida ya la esperanza
de volverte a hallar, porque Laurencio me notició que habias muerto,
quise separarme de él, pero adonde podria yo ir a encontrar el amparo
que necesitaba; sola i desconocida en el mundo, no me quedaba otro
refujio que permanecer al lado del único hombre que tenia deber de
protejerme, ¡porque él me habia sacado de mi hogar i me habia hecho
rendirme a sus deseos....! Si bien no le amaba yo, a lo ménos él era mi
cómplice i manifestaba amarme. Despues del sitio de Chillan, le mandaron
de guarnicion a la plaza de Colcura, yo le seguí, porque en aquel
destierro iba a estar léjos de la guerra, léjos de un ejército, que era
testigo de mi deshonra i de mis lágrimas. Allí permanecimos hasta hace
un mes que recibió Laurencio la órden de juntarse a su batallon, i bien
a mi pesar he vuelto a seguir sus pasos. ¡Pero el cielo principia ya a
compadecerse de mí! Laurencio murió ayer en la batalla i hoi te alcancé
a ver a tí, mi pobre Alvaro, entre los prisioneros. Desde ese momento,
no vacilé ni he descansado hasta prepararlo todo para nuestra fuga;
ahora seremos felices, ya no te separarás mas de mí, tú eres mi único
apoyo, porque te amo como siempre.........
--Lucía, es verdad que has sido inocente hasta el momento de rendirte a
ese hombre perverso que murió ayer a mis manos, porque Dios me le
entregó para vengarme; ¡pero ahora eres impura! Faltaste a los
juramentos que me hiciste. Yo no puedo partir contigo.
--¡Alvaro, no me abandones!
--Tú me has buscado porque murió Laurencio, no porque me amas.
--¡Dios mio, por qué soi tan desgraciada! ¡Alvaro, perdóname, yo te
amo!....
La esplosion de un fusil i el silbido de una bala que pasó por mi oido
interrumpió sus palabras. Nos quedamos pasmados, la alarma principió en
la quinta, e inmediatamente fuimos conducidos a la presencia del coronel
Lizones, que era el jefe de mas graduacion que habitaba aquella casa.
El coronel se habia levantado de su cama envuelto en una capa de grana,
i al oir que le decian que yo pretendia fugarme ausiliado por Lucía,
esclamó furioso i señalándome a mí:--«¡Sarjento, haga usted que le tiren
a ese insurjente cuatro balazos en el momento!....» Lucía se arrojó a
sus piés pidiéndole mi perdon i él la escuchaba i la replicaba con una
sonrisa de furor:--«ese hombre merece en tu corazon mas que yo, Lucía, i
no puede quedar vivo.» Esta le aseguraba lo contrario i le protestaba
amarle, porque al pretender salvarme habia sido guiada solamente por la
gratitud: «ese pobre soldado, le decia, es inocente, yo le conocí en mi
pueblo cuando era niña i le debí servicios, por eso queria ahora
restituirle su libertad.»
Ya estaba yo arrodillado esperando que los soldados prepararan las
armas que me habian de dar la muerte, cuando oí estas terribles
palabras: Lucía, si consientes en ser mañana mismo mi esposa, se salvará
el insurjente.--Sí, coronel, a ese precio consiento en ser su esposa de
usted. Ya no resistiré mas.--Soldados, gritó Lizones, llevad a ese
hombre a su prision.--Nó, repliqué, deseo morir, porque no debo
consentir en el sacrificio de esa mujer que me pertenece... Pero ya el
coronel no me oia i los soldados me llevaron al calabozo por la fuerza.
Yo gritaba frenético i procuraba desprenderme de sus manos, pero ellos
me maltrataban i al fin me encerraron violentamente sin tenerme
piedad......