No ha muchos años, en una tarde de octubre, me paseaba sobre el malecon
del Mapocho, gozando de la vista del sinnúmero de paisajes bellos que en
aquellos sitios se presentan. La naturaleza en la primavera allí ostenta
con profusion todos sus primores, i parece que desarrolla ante nuestros
ojos su magnífico panorama, con la complacencia de una madre tierna que
presenta sonriéndose un dijecillo al hijo de su amor. El Mapocho ofrece
en sus márjenes mil delicias que le hacen recordar a uno con pena
aquellas bellas ilusiones que se forma en sus primeros amores: aquí
aparece el aspecto duro i melancólico de una ciudad envejecida, cuyos
edificios ruinosos están al desplomarse; a lo léjos, una confusa
aglomeracion de edificios lucidos, de torres esbeltas i elegantes, i el
puente grande del rio que se ostenta majestuosa i soberbiamente sentado
sobre sus formidables columnas; allí multitud de grupos de árboles
floridos, que a veces se confunden con los lijeros i blancos vapores que
se elevan de las aguas; allá interminables corridas de álamos de color
de esmeralda, cortadas a trechos por el lánguido sauce i por otros
arbolillos que contrastan sus matices verdinegros con el triste
amarillo del techo de las chozas. De entre las densas arboledas, se ven
salir en direcciones curvas i varias las columnas del humo del hogar;
los niños triscan en inocente algazara sobre las arenas del cauce, el
pastor desciende con su blanco rebaño por las laderas del San Cristóbal
i se pierde de repente tras de las peñas o arbustos que se encuentran al
paso; i en medio de estas rústicas escenas, se oye la armonía universal
de la naturaleza que se despide de la luz del dia, i que confunde sus
ruidos misteriosos a la distancia con el sordo bullicio de la ciudad.
¡Oh encantos del Mapocho! ¡Cuántas veces habeis henchido mi pecho del
regocijo mas puro! ¡Cuántas veces habeis ahuyentado de mi corazon penas
acerbas! ¡Yo derramaria lágrimas de ternura, si estando separado de mi
patria, me asaltara el recuerdo de esas escenas de simple rusticidad en
el centro de la cultura de un pueblo!
El sol comenzaba a ocultarse en las colinas de occidente, dibujando en
el azulado fondo del cielo diversos copos de luciente nacar, tiñendo de
un suave color de rosa las nubecillas que flotaban sobre las faldas de
los Andes, i dorando el manto de nieve con que se cubren estos jigantes
del mundo, de modo que los hacia aparecer como montañas de oro macizo
puestas allí para sustentar el firmamento con sus encumbradas cimas. El
aura de la tarde era fresca i aromática, yo dejaba flotar a su impulso
mis cabellos i permanecia reclinado sobre la muralla, mirando las
corrientes del rio: ellas se llevaban consigo mis pensamientos i mi
vista, i se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas
adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar, i que hoi,
inmóviles i silenciosas desafian su embate i lo desprecian. Pero aquel
momento de delicias en que todo lo sentia, sin pensar en nada, fué mui
corto para mí; un hombre se puso a mi lado sin pronunciar una sola
palabra i me sacó de mi ensueño: era de grande estatura, aspecto grave,
semblante apacible; i melancólico; su barba era larga i blancuzca, sus
ojos humildes i hermosos. Vestia una manta larga i gruesa, calzon i
media de lana blanca, i en su mano derecha tenia un sombrero de paja
burda, en actitud de respeto. Al instante reconocí al misterioso mendigo
que recorria todas las tardes aquellos sitios implorando la caridad de
los transeuntes, sin desplegar los lábios; no habrá en Santiago quien no
le recuerde; apénas hará cinco años que ha desaparecido. Ese hombre
atraia poderosamente mi atencion: siempre habia procurado con algunos
amigos saber quién era, pero nunca habíamos logrado oirle mas que
monosílabos. Entónces traté de trabar con él una conversacion; le dí una
moneda i nos cruzamos estas palabras:
--¿Me conoce usted a mí, buen hombre?
--Sí señor, usted siempre me ha hecho bien; me respondió con voz
apagada.
--¿Sabe usted cómo me llamo?
--Nó.
--¿I su nombre de usted?, dígamelo, mire que siento ardientes deseos de
saber quién es usted, de saber algo sobre su vida. Vamos, hable usted.
Despues de un silencio, durante el cual ví en su rostro cierto aire de
ternura, me dijo:
--Soi un antiguo soldado de la patria, me llamo Alvaro de Aguirre; i
bajó al suelo sus ojos guarnecidos de una blanca i larga pestaña.
Yo continué haciéndole varias preguntas, i él contestándomelas a medias.
Luego que supo por mi nombre quien era mi padre esclamó: ¡Buen señor,
siempre me da limosna; estuvimos juntos en el sitio de Rancagua, en una
misma trinchera, él era paisano i peleaba como nosotros!--Estas frases
pronunciadas con cierto aire de nobleza, me hicieron palpitar el
corazon i traté de hacerle conocer el interes que me inspiraba su
desgracia, le prometí amistad i conseguí al fin de muchas súplicas que
me dijera algo sobre su vida. Marchamos juntos hasta la penúltima
pirámide; en su base tomó asiento el mendigo i yo permanecí en pié. La
luna principiaba a rayar sobre los Andes, i su luz rielaba sobre las
lijeras i bulliciosas aguas del rio, figurando en ellas una prolongada
cinta de plata estendida en desórden sobre la arena; todo estaba en
calma. El aspecto del mendigo me inspiró veneracion i me causó mil
ilusiones misteriosas que pasaron por mi mente con la lijereza de la
brisa que lamia el encumbrado follaje de los álamos. Su voz me sacó de
mi meditacion, pero no era ya la voz apagada del que sufre, sino firme i
sonora, como la del hombre que revela con franqueza su corazon.
Principió conmigo una conversacion, la mas interesante que he tenido en
mi vida: la rapidez de su narracion i de su lenguaje, me reveló desde
luego que no tenia en mi presencia a un hombre comun. A cuantas
preguntas le dirijia me respondia entónces con desembarazo i con
firmeza; de modo que llegué a creer que aquel era un mendigo supuesto,
un personaje mui diferente del personaje que representaba, i me persuadí
de que por alguna de aquellas anomalías, tan frecuentes en el mundo,
habria llegado este hombre a habituarse a permanecer en una situacion
tan despreciable como era la en que se encontraba. Pero esta persuasion
me duró poco tiempo, porque luego ví que eran mui naturales i aun
comunes los accidentes que le habian precipitado en la desgracia. Voi a
tratar de trazar aquí la historia de su vida con el mismo aire i
animacion con que él me la refirió, omitiendo detalles, i en frases
cortadas como él lo hacia.