compañeros que se le parecieran, los colocó escondidos á lo largo de la
cancha, y al más vivo de todos dentro del montero, á fin de que unos
tras otros, aparecieran siempre durante la carrera, engañando así al
Suri.
El Suri parte huyendo. Con asombro suyo, vé siempre saltando al Sapo á
su lado. Llega aquel á la raya, y cuando alardea de triunfo, sentándose
en el mortero, el sapo que estaba dentro del mismo, le grita:—¡alto,
que yo llegué de antemano!—De modo que éste fué el ganador.
El Suri es la nube. Su carrera, es la que le impulsa el viento en el
aire. El mortero es el objeto en el que se muelen las mieses producidas
por la lluvia, de que aquel es portador. El Sapo, junto con la nube,
llegando al mortero, representa, sin duda, otro elemento atmosférico.
[313] Así, sería posible que, para que no caigan ni piedra ni granizo,
y sí lluvia, se castigaran con _rupachico_ á los sapos estaqueados.
[314] _L’Urubú et le Crapaud_, pág. 203 y sigtes. del _Folk-lore
Brésilien_, por F. J. De Santa Anna Nery, París 1899 (cit., por
Ambrosetti, _Notas_ etc., págs. 236 y 237).
[315] «Retrerez-vous pierres et rochis, criat’il en approchant de
terre, ou je vous écrase».
[316] Tan interesante fábula ha dado tema á la siguiente poesía:
EL SAPO Y EL URUBÚ
Invitados á unas fiestas en el Cielo
Son el Sapo y Urubú de largo vuelo.
«Oh! compadre! me han contado que va á irse
Á las fiestas,—dijo el Cuervo, por reirse.
Sí, mi amigo,—dice el Sapo, muy ufano,
Ir mañana he decidido, bien temprano.
Más que todo, una ascensión me es necesaria ...,
Que harto sufro con mi vida sedentaria.
A seguirle me dispongo, pero cuento
Con que lleve, bien templado, su instrumento».
«Tengo lista mi vihuela,—dijo el Cuervo,
Y usted cuente, señor Sapo, con un siervo;
Más su bombo precisamos en la fiesta
El bum! bum! acompasado de la orquesta».
El buen Cuervo, con luciente, negro traje
Está listo de mañana para el viaje.
«Buenos días»; «que los tenga; tome asiento,
Dijo el Sapo,—deje á un lado su instrumento».
«Usted sabe que yo marcho dulcemente»....
«Si le place, partiré primeramente».
Y metióse, sin ser visto, en la vihuela.
A la hora el Urubú con ella vuela.
Cuando llega, le interrogan los del cielo
Por el Sapo y otras cosas de este suelo.
«Vaya! vaya! ¿imaginabais,—les contesta,
Que aquel joven asistiera á vuestra fiesta
Por vivísimo que fuera su deseo,
Cuando es largo para el Cuervo este paseo?
Si en la tierra ni cien saltos aventura,
¿Es posible que remonte tal altura?»
Lo cual dicho, su vihuela deja á un lado,
Ocupando su lugar de convidado.
De improviso, deja el Sapo su escondite,
Y aparece muy finchado, en el convite.
Gran asombro en la asamblea! Baila y canta
Con el trémolo fugaz de su garganta.
Cuando acaba, todo el mundo victorea,
Y es el mismo del aplauso en la asamblea.
Canta el Cuervo, y habla el Cuervo. Mientras dura
Su discurso, el ardidoso se apresura
O ocultarse nuevamente en la guitarra,
Pues termina ya la célica fanfarra.
Baja el Cuervo del empíreo firmamento,
Más ya sabe quién hospeda en su instrumento.
¡Como nunca, la venganza es oportuna!
Cuando pasa por debajo de la Luna,
De improviso la vihuela vuelca y baja,
Escapando por la boca de la caja
El viajero de los aires y del cielo
Sin más alas que sus patas para el vuelo.
De las nubes cae el Sapo, como cosa,
Y así grita con palabra lastimosa:
«No en vosotras, piedras, rocas, de mi pecho!
Oh! arenas! preparadme vuestro lecho!»
Malicioso el Urubú, cuando súplica,
«¡Es tan rápido su vuelo,—le réplica,
Y seguro al mismo tiempo, mi compadre,
Que sin duda fué un águila su madre!»
* * * * *
Cuenta el Sapo que las manchas de su lomo
Le salieron con su caida como un plomo;
Pero niega que esta historia, ya muy vieja,
Tener pueda su estilada moraleja.
[317] _Notas_ cit., pág. 237.
[318] En nuestro Pomán hay un lugarejo que se denomina _Apoycco_
(Apu-Yaco), que dice:—Agua Señor—por la construcción de la doble
palabra quichua.
CAPÍTULO X
RESUMEN SINTÉTICO
CONCLUSIONES FINALES
_Síntesis de la obra—La Cruz como emblema
sagrado—Motivos con que se la ha empleado—Su
adopción general como combinación mítica y
artística—Unidad de su valor simbólico—Contactos
y migraciones de las naciones americanas—La forma
geométrica de la Cruz—La Cruz en Calchaquí—Síntesis
arqueológica—El volátil de la Tormenta—Loros en las
Huacas de Chañar Yaco—Huaca de Yocavil—La Cruz y los
fenómenos atmosféricos—Universalidad del culto al
Agua y á las masas líquidas—La Cruz es el símbolo de
la Lluvia._
Estas últimas páginas, condensación de las múltiples ideas emitidas
y desarrolladas en la obra, han sido escritas por la necesidad
imprescindible de sostener su unidad, y por arribar á una solución
sintética y única del problema arqueológico debatido, después de
haberlo encarado bajo todas sus faces, tratando de establecer el valor
precolombiano del signo de la Cruz en las diversas formas y maneras
cómo se presenta, ya en calidad de emblema de los dioses, de símbolo de
su culto ó de carácter hierático de un misterioso lenguaje escrito.
En primer lugar, debe dejarse definitivamente sentado el hecho de su
universalidad, de tal manera que pueda decirse que en América la Cruz
ha sido una insignia religiosa empleada por los pueblos que salieron
del imperio absoluto del fetiquismo, para entrar al período en que las
religiones se valen de signos convencionales en la expresión de las
disquisiciones intelectuales y de las ideas consagradas por la creencia
colectiva.
Naturalmente que, estudiada la Cruz como emblema sagrado, prescindimos
de su valor arquitectónico de combinación geométrica de dos líneas,
que entre sí se cortan para formar ángulos rectos. Su empleo en la
arquitectura y ornamentación nativas, en la mayor parte de los casos,
sería naturalmente sugerido por el gusto á la línea recta y sus
combinaciones, con prescindencia de las ideas religiosas del pueblo que
la incorporaba á las modalidades de su arte pictórico ó escultural.
Nosotros, como se ha visto en este trabajo, nos hemos ocupado de la
Cruz en cada ocasión en que el hombre americano la ha trazado, grabado
ó pintado con algún intento ideológico; es decir, cuando se ha valido
del signo autóctono para figurar una cosa, ó expresar alguna idea: como
el agua, los vientos, la lluvia, la acción de los astros.
Muchas de las razas primitivas continentales han sido dotadas de
una rara fantasía, y la Cruz ha figurado en sus manifestaciones
imaginativas y en sus creaciones artísticas como la expresión
representativa de cualquier cosa ó asunto sobrenaturales, ya el símbolo
aparezca en la roca, en el muro del templo, en la huaca, en la tela de
vestir ó en la alfarería doméstica; porque en todos los momentos de
las razas, individuales ó colectivos, aún en aquellos más naturales y
sencillos de la vida ordinaria, las divinidades eran la causa, aunque
fueran mediata, de los sucesos, haciéndose sentir su acción en los
hechos y actos más trascendentales, como en los nimios ó triviales.
Cuanto menos puede el brazo del hombre, tanto más interviene la mano de
los dioses.
De aquí que la Cruz simbólica aparezca reproducida con variados
motivos, y sobre cualquier cosa ú objeto. Un vaso, por ejemplo, lleva
labrado ó pintado el signo sobre su superficie externa, de la propia
manera que un ídolo lo porta sobre su pecho ó en su rostro; y es que,
aunque el primero de estos objetos sea destinado al uso diario de
beber agua, en ciertas ocasiones se emplea como aparato ceremonial,
como instrumento del culto, como cosa sagrada, como cuando sirve para
implorar á las divinidades. El grabado ó pintura de tal Cruz, fué
decidido desde el primer momento por necesidades que pueden ocurrir en
el acto de beber. Cuando la Cruz aparece sobre un ídolo, la cuestión
se presenta simplificada, porque aquella insinúa por sí misma uno de
los atributos del dios, desde que los otros símbolos, el círculo,
el meandro, la espiral expresan á la vez la acción potencial de la
divinidad que los porta.
En cuanto á su profusión continental y á la rara unidad de su valor
en los diversos pueblos americanos del norte, del sud ó del centro,
la cuestión es árdua, en el segundo extremo; que en lo relativo al
primero, podría decirse que ello es el resultado del hecho matemático
de que la combinación cruciforme es adaptable como el signo general de
la geometría celeste y terrestre.
En efecto: que un piel roja, un delaware, un sia, un maya, un azteca,
un muysca, un peruano y un calchaquí empleen la Cruz como un signo ó
emblema religioso, puede explicarse fácilmente por el papel político
y social de los conocimientos astronómicos de gran parte de estos
pueblos, que, como los del sud, venerarían al crucero, visible para
ellos; ó por la aplicación, de parte de todos, de la geometría, en la
cual eran versados, influyendo especialmente en el dibujo del signo el
gusto por el ángulo recto, como que figuras elementales ó radicales
geométricas eran los demás símbolos venerados, cuyo trazado ocurre á
cualquier inteligencia: el círculo, el cuadrilátero, el triángulo y
otras combinaciones de líneas curvas y rectas. Pero que en América
tenga también la Cruz un valor universal como símbolo acuático, asunto
es éste sobre el cual cuanto más se reflexiona, más se arraiga la
convicción de que no hay otra manera de explicarlo sinó estableciendo
desde luego las migraciones y contactos de los pueblos entre sí,
mayormente si se tiene en cuenta, por ejemplo, que las divinidades
atmosféricas portadoras de la Cruz aparecen al norte y en el sud
dotadas de atributos idénticos, siéndoles muchas cosas comunes, como
su figuración de ofidio, de volátil ó de una combinación de uno y
otro, tal cual sucede con Quetzalcóatl, Gucumatz, Kukulkán, Catequil,
Huayrapuca, los seres ó pájaros serpientes,—lo que no es concebible
atribuir á mera casualidad, sino á influencias de una cultura sobre
otra cultura, de una religión sobre otra religión; lo que equivale á
decir: á una influencia mediata ó inmediata azteca ó maya sobre Perú
y Calchaquí, ó viceversa, á una influencia peruana y calchaquí sobre
Yucatán y Méjico, no obstante las inmensas distancias que separan
á estos cuatro pueblos. Por eso creemos que la arqueología y la
antropología van bien encaminadas cuando estudian comparativamente
monumentos, religiones y razas, hasta que lleguen con procedimientos
prácticos á establecer definitivamente la verdad, tantas veces
sospechada, de las migraciones de agrupaciones humanas de norte á sur
y de sur á norte, exterminándose, desalojándose, ó transformándose
por la cruza después del avasallamiento, dando así con la clave de
tanto fenómeno etnológico, como el de la igualdad de diversos tipos
craneológicos en regiones distantes: el de Bolivia y Perú en Méjico;
el del tehuelche de la Pampa en la Tierra del Fuego, por ejemplo;
y vale la pena de consignar que algunas de estas migraciones están
demostradas ó en vías de demostrarse: la de los chancas ó piernas al
Perú, y la de otras razas que derribaron el imperio; la de los peruanos
á la Argentina y Chile[319]. En el Río Negro se han encontrado restos de
una raza dolicocéfala; indios yaganes viven arrinconados en la Tierra
del Fuego; araucanos, para no ir lejos, han ocupado el territorio que
fué de los taluhet, divihet y chechehet, ramas del tronco patagónico,
uno de los grandes grupos de la Raza Pampeana de D’Orbigny; lules
y vilelas, el Chaco Guaycurú; las razas Guaraní, Chaco-guaycurú,
Pampa-patagona y Pampa, el Río de la Plata, seguramente[320]. Un
estudio especial sobre las cosas, como sobre el uso del tabaco y la
alimentación por medio del maíz, de parte de tanto pueblo americano,
podría contribuir eficazmente á ilustrar estos problemas[321].
En Méjico y Perú hemos visto figurar á la Cruz como signo astronómico
venerado; y posiblemente en los pueblos meridionales la distribución
de las estrellas de la Cruz del Sud, como lo dijimos, ha decidido su
figuración, tal cual apareció en la lámina del Yamqui Pachacuti. La
Cruz en tal caso, más que un emblema general del cielo, es un signo de
carácter particularmente astrolátrico, que representa la determinante
acción de los cuerpos celestes en la producción de los fenómenos
atmosféricos.
En cuanto á la forma geométrica del símbolo, ella ha sido
indiscutiblemente determinada por la veneración al número sagrado 4,
ó á cuatro cosas, distribuidas de tal manera que unidas entre sí por
líneas, se corten en ángulos rectos, figurando un signo cruciforme
con palos de iguales dimensiones, pues las cuatro cosas se suponen
equidistantes de un punto común, ó sea el de intersección de las líneas
que respectivamente los unen. Estas cuatro cosas son especialmente: los
cuatro genios animados del mundo, que habitan las cuatro extremidades
del mismo; las cuatro grandes cariátides vivientes que sostienen el
globo; las cuatro divinidades cardinales, el norte, sud, este y oeste;
los cuatro hermanos ascendientes[322], venidos de las cuatro partes del
mundo, por los cuales, por ejemplo, los tupis del Brasil se creen
engendrados, lo mismo que los guaraníes del Paraguay, como los muyscas
de Bogatá por los cuatro gefes del dios Nemqueteba, los nahuas de
Méjico por cuatro familias originales,—número que es doblado por
los ottoes y pawnes; las cuatro estaciones del año, con sus diversas
temperaturas y productos, obra de los genios de los cuatro vientos, al
pensar de algonkines, cherokees, choctaws, creeks, aztecas, muyscas,
peruanos y araucanos; finalmente, los cuatro vientos ó espíritus
cardinales, invocados por los pueblos americanos como los portadores
de la seca, de los huracanes, de la humedad, de la lluvia, según la
manera y el lugar cómo y de donde soplan; y así, el viento norte es
el de Mictla ó de la Muerte para los aztecas, mientras que el este es
el del paraiso ó de Tlalocavitl, el mismo viento que para los dakotas
simboliza la vida y la fuente de las cosas.
Los cuatro palos de la Cruz suelen en América ser comunmente de iguales
dimensiones, por la razón sencilla de que aparecen como diámetros de
un horizonte siempre circular para los ojos del indio, contemplando en
todas direcciones las llanuras ó los desiertos, de modo que él se cree
colocado en toda ocasión en un punto céntrico ó de origen[323]. De aquí,
sin duda, que sea tan profuso en el simbolismo continental el círculo
con diámetros cortándose perpendicularmente entre sí, ó el doble
símbolo combinado del círculo y de la Cruz, esculpido en las figuras
humanas de la tabla y bajorelieves de Palenque, y pintado con profusión
en telas y alfarerías peruanas, y no pocas veces sobre los objetos
calchaquíes.
Son, sobre todo, estos cuatro vientos, que soplan de las cuatro
direcciones cardinales de la tierra, los que han determinado la forma
geométrica y simplificada de una Cruz, por la unión con líneas rectas
del norte y sud, del este y oeste, respectivamente. Y es en el punto de
intersección de las líneas en el cual la persona, la tribu ó la nación
se creen ubicadas; y es así mismo en tal punto, lugar de la ubicación
de una zona terrestre, en donde los vientos venidos, que acarrean las
nubes lejanas, producen su acción, dando lugar al nublado, al trueno,
al rayo, y luego á la lluvia.
Tal es el motivo por el cual la Cruz se vuelve el símbolo sintético de
todos los accidentes y fenómenos atmosféricos, obrando con su poderosa
acción en el cielo y en la tierra.
No solo corrobora, sino prueba esta afirmación arqueológica el hecho de
que gran número de mitos atmosféricos, de divinidades del viento, del
trueno, de la tormenta y de la lluvia, llevan como insignia ó
emblema la Cruz, ya entre sus manos, en su escudo, en su túnica ó
en sus flotantes vestiduras. Tláloc, Amimitl, Chalchihuitlicue ó
Mataclue, Tzotzitepec, Quetzalcóatl[324] ó Nanihehecatl, Wixepecocha,
Huitzilipochtli, Gucumatz, Ahulneb, los Bacabs, Batchué, Atticci
Viracocha, tienen por insignia la Cruz, ó la llevan figurada, cuando no
constituyen cuaternos sagrados, el principio del símbolo cruciforme.
Después de haber estudiado en cinco capítulos sucesivos á la Cruz como
emblema sagrado en los diversos pueblos continentales, del VI al IX
inclusive, nos concretamos á establecer su valor simbólico en nuestro
Tucumán, asunto que no se ha tratado hasta hoy detenidamente.
Desde el primer momento advertimos que en ninguna otra sección
geográfica, como en la tucumana, y especialmente calchaquí, al noroeste
de la Argentina, la Cruz se encuentra tan reiteradamente repetida,
al grado de que pueden contarse, entre las diversas colecciones
existentes, cerca de tres centenares de objetos con la figura
cruciforme[325].
De la revista minuciosa que hemos practicado de objetos cruciformes
calchaquíes tanto en la alfarería funeraria (urnas y pucos) como en
ídolos, amuletos, petrografías y pictografías, ha resultado que la Cruz
en estas regiones argentinas fué un símbolo sagrado transcendental,
cuyo valor atmosférico y acuático es indiscutible.
Nuestros descubrimientos fundamentales han sido: en primer lugar,
la determinación representativa de esa figuración antropo-zoomorfa,
reproducida reiteradamente sobre las paredes anterior y posterior
de las urnas, la que no es otra cosa, en definitiva, que la gran
divinidad de la Atmósfera ó del Cielo fetiche, portadora del Vaso
del Trueno[326], dispensadora de las lluvias; en segundo lugar, la
equivalencia del símbolo antes misterioso del Avestruz ó Suri, que
aquella representación mítica lleva pintado entre los arcos de sus
brazos singulares, resolviendo de una manera concluyente que el ave de
nuestros desiertos es ese mismo Pájaro de la Tormenta de otros pueblos,
ó la figuración ornitomorfa de las nubes de la lluvia[327].
Y no tan solo el Ave-suri, sino también otros volátiles, al parecer,
simbolizan la Nube: el cóndor v el loro; pues si fijamos la atención
en los diversos pájaros reproducidos en la alfarería funeraria que
ofrecimos en el capítulo VI, y especialmente en la forma de sus
cabezas, con sus ojos y picos, al instante notaremos que en muchos
casos son cóndores y loros, ó pájaros convencionalmente mixtos ó
dobles, más que suris sencillos, los volátiles que el artista se
ha propuesto figurar. El cóndor, ave negra de gran tamaño, podrá
representar la obscura nube de la tempestad; el loro, pájaro pequeño,
las primeras nubes que anuncian la tormenta, ó las nubes irisadas,
por los colores amarillo, verde y rojo de las plumas del ave, siendo
muy oportuno recordar que en el lejano norte el _Quetzal_ de la
tormenta es un papagayo. Los hermosos loros de cuentas de malaquita,
que Lafone Quevedo encontró dentro de las urnas de Chañar Yaco (entre
Andalgalá y Belén), nos ofrecen, sin duda, una prueba concluyente de
la representación atmosférica de estos verdes volátiles, que en largas
bandadas atraviesan los secos horizontes de Calchaquí, figurando los
movimientos accidentados de una nube que se desliza por el espacio. Los
loros de malaquita, dentro de las urnas para propiciar agua del cielo,
claro es que son, en su carácter de símbolos de la nube de la lluvia,
el motivo del acto cruento propiciatorio, en aquel lugar desierto
de Chañar Yaco, antes habitado, que ha poco visitamos, y en el cual
escasamente brota un miserable raudal de agua salobre[328].
En la solución de aquellos dos interesantísimos, cuanto intrincados
problemas arqueológicos, ninguna dificultad se nos podía oponer para
establecer el valor mítico de la Cruz, que los suris llevan reproducida
en la caja de sus cuerpos, símbolo que excepcionalmente aparece sólo y
sin combinaciones en el rostro de la figura antropo-zoomorfa, ó en la
sección ventral de las urnas, como un signo sintético, en este caso,
por la eliminación de los demás, de reconocido valor acuático.
Si el Avestruz, figura simbólica en el conjunto atmosférico de las
urnas, es la Nube, claro que la Cruz que el animal alado lleva como
emblema en su cuerpo, al centro mismo de la figuración del Ave de la
Tormenta, representará el fenómeno que la nube produce, ó sea la Lluvia.
Esta Cruz, figuración gráfica de los cuatro vientos que han acarreado
las nubes de la tormenta, es invariablemente, en el caso en cuestión,
de palos iguales, ó Cruz griega, por los motivos que en los lugares
pertinentes se adujeron.
Muchos ídolos, de indiscutible carácter acuático, llevan la Cruz sobre
su pecho, indicando el símbolo uno de sus atributos potenciales. Tal
símbolo cruciforme suele generalmente aparecer pintado en los ídolos
en los lugares correspondientes á ambas mamas, con lo que el indio se
propone expresar de una manera metafórica, mediante una concepción
imaginativa, que el líquido vital, como la leche nutritiva, sale y
surge del seno fecundo de sus divinidades, para alimentar con aquel
cuanto en la tierra germina, nace y crece.
Otros ídolos de carácter ofilátrico portan también la Cruz, la que en
algunas ocasiones, como en el grupo atmosférico de Capayán y en un yuro
de cuatro serpientes de nuestra colección, aparece formada por cabezas
de ofidios, siendo en tales casos indiscutible su valor de símbolo
atmosférico combinado y mixto.
La Mamazara ó monolito esculpido de Tafí aparece con signos
cruciformes; y en la lámina del Pachacuti una Cruz en forma de X lleva,
con la leyenda de «chacana en general», la de «zara-mama». Estas
mamazaras son piedras paradas, protectoras de los sembrados, y, por lo
tanto, huacas á las cuales se imploran lluvias.
Los Caylles, protectores de las siembras, más de una vez llevan el
signo cruciforme labrado sobre la plancha de cobre; ó las pequeñas
figuras que adornan los mismos, aparecen de tal manera alternados
sobre el objeto sagrado, que forman las cuatro radicales de una Cruz.
Y estos Caylles, aparte de ser preciados amuletos para propiciar la
producción de los frutos de la tierra, sabemos que pertenecen al culto
de Huiracocha, el mito acuático por excelencia, ó son atributos del
dios, conocido también, según la relación del P. Molina, con el nombre
de «Caylla Uiracochan».
En los amuletos de fecundación ó de procreación, hemos visto figurar á
la Cruz; y en cuanto á los huacanquis que la llevan, labrados estos con
material de piedra lanzado por el rayo, tenemos, á más de su origen,
el dato elocuente de que son cuidadosamente guardados en una «cesta de
plumas», alusión al volátil de la tormenta.
La Cruz se ha esculpido con regular profusión en los petroglyfos de
Calchaquí, apareciendo generalmente al lado de figuraciones acuáticas.
Las _cochas_, ó depósitos de agua, se reproducen atravesadas por
cruces, hecho que recuerda la Cruz de cuerdas en el lago de Batchué.
Los petroglyfos, en general, son huacas sagradas para implorar lluvias.
En las pictografías las cruces aparecen excepcionalmente, y su valor es
igual al de los petroglyfos.
Los símbolos combinados de la Cruz y del Sapo, fetiche animado que
vive en la humedad ó en el agua, su medio, y que en algunas leyendas
míticas es el granizo ó la piedra que caen de las nubes,—concluyen
por determinar de una manera definitiva el valor sagrado del signo
cruciforme, tantas veces empleado con insinuantes motivos.
Interesantísimo es el hallazgo realizado el año pasado, 1900, en el
valle de Yocavil, en lo más alto de un cerro, entre San José y Punta
de Hualasto. Buscándose un derrotero de minas, se notó en el suelo
una rara prominencia á manera de _mound_, y muchas piedras encima de
ella, que se reconoció que fueron amontonadas por la mano del hombre.
Practicada la excavación, dióse con una huaca que contenía cinco
cadáveres, acostados de espaldas, sucesivamente en línea; uno de ellos
presentaba el cráneo fracturado, visiblemente á golpes de maza. En
medio de los cadáveres, con sus brazos abiertos á manera
de T, pues el palo superior era muy poco alargado, habíase colocado una
Cruz de madera, regularmente conservada, de un metro y cuarto de alto,
más ó menos. Los cadáveres eran de nativos, tanto por las formas de sus
cráneos, como por las telas que vestían, por las armas y otros objetos
enterrados con ellos. La Cruz aparecía indiscutiblemente americana,
recordando en sus formas á la de Tláloc, llevando grabados caracteres
simbólicos nativos, algunos de ellos regularmente visibles[329].