ejemplares de urnas y vasos votivos con el símbolo cruciforme, el
lector, recorriendo las páginas del presente, notará el contraste
producido por la escasez relativa del material iconográfico al tratarse
de los ídolos con cruces. La falta de láminas de fetiches é imágenes
antropomorfas con el símbolo que estudiamos, no es una omisión nuestra,
sino del artista calchaquí, el que, con manifiesta intención, ha
eliminado la Cruz en todas las figuraciones é imágenes que no tengan
por objeto el culto del agua ó de alguno de los fenómenos atmosféricos;
prueba negativa, trascendental por cierto, del valor mitológico de la
Cruz como símbolo acuático.
Hemos recorrido minuciosamente el rico material de las colecciones
particulares y de nuestros Museos, en busca de figuras con el
símbolo, y hemos llegado á la conclusión de que éste no aparece
grabado ó pintado en los fetiches, tan abundantes en Calchaquí, que
su era fetiquista ha dejado con ellos recuerdos imperecederos. Este
hecho nos demuestra que el signo que nos ocupa no parece sinó una
concepción sugerida en pleno dominio del politeismo, cuando se impuso
la heliolatría sobre el culto de las cosas inanimadas, y cuando
los grandes y variados fenómenos de la atmósfera fueron dotados de
espíritu y de voluntad supremos, después que los hombres de esa segunda
generación en el progreso de la civilización humana, de que habla
Lubbock[254], alzaran las manos al cielo é invocaran y clamaran al
Sol[255].
No podemos decir otro tanto de la era en que ya hizo su aparición el
antropomorfismo, manifestación politeista de las razas; porque si bien
es verdad que tampoco los dioses antropomorfos generalmente ostentan la
insignia de la Cruz, ella parece, sin embargo, como una combinación
emblemática en las figuraciones humanas de las divinidades acuáticas ó
atmosféricas, con una repetición demasiado insinuante para atraer sobre
las mismas la investigación arqueológica.
Dado el papel que los dioses lares y penates nativos desempeñaban
en el culto de los hogares calchaquíes, natural parece que no se
presentaran adornados con la insignia cruciforme, toda vez que ellos se
limitaban á ser guardianes de cada individualidad, amparándoles contra
cualquier daño que pudiera sobrevenirle, por lo que cada cual labraba
á su modo la imagen de su dios, atribuyéndole á su antojo determinada
virtud. En vano, entonces, han de buscarse cruces en los rostros del
_Caclla_ ó «dios-mejilla»[256]; ni en la cara ó pechos del _Guasimáyoc_
ó «dueño de casa»[257]; del _Guauque_ ó «ídolo de cada persona,
que le representa»[258]; del _Pururauca_ ó «dios de todo género y
especie»[259]; ó, finalmente, del _Canopa_ ó «dios del individuo»[260];
pues propiamente hablando, todos estos ídolos personales, de cualquier
clase que fuesen, no simbolizaban una súplica, sinó que constituían un
amuleto.
Otra cosa sucede cuando tales representaciones, figuraciones ó ídolos
aparecen perfectamente vinculados con el culto al agua, ó, dejando de
figurar como guardianes de la persona, son objeto de una súplica, ó
sirven de intermediarios de una demanda de lluvia, como sucede, por
ejemplo, con los _Caylles_, ó dioses imágenes de las siembras, y, con
mayor razón con las vasijas ó vasos antropomorfos, ídolos ú objetos
sagrados de formas apropiadas para contener y guardar el líquido que
aplaca la sed de la familia y de la tribu. En tales casos, cruces
adornarán á estas imágenes ó cosas del culto; y nada de extraordinario
habría en su empleo por parte del artista, iniciado, como se
presentaría á nuestros ojos, en el secreto de la simbología, la que,
ahorrándole tiempo, daríale ocasión de ofrecer con toda su intención
el objeto sagrado, de tales ó cuales virtudes, á la adoración del
creyente; porque seguramente un símbolo herirá más su imaginación y
despertará mayormente su atención que su figuración aparente y real,
por las confusiones que puede traer, ó por las interpretaciones dudosas
á que puede prestarse.
Pero antes de pasar adelante,—y en este punto tiene forzosamente
que ser deficiente el capítulo,—conviene observar que nuestras
afirmaciones respecto á la ausencia de la Cruz en los fetiches é ídolos
personales, no pueden tener el carácter de absolutas; porque si bien
es verdad que hasta hoy no se han encontrado figuraciones idolátricas
de tales especies con los signos cruciformes, pueden muy bien aparecer
mañana; pero en tal caso nos permitiríamos recomendar que se aplicasen
las facultades de observación arqueológica al objeto hallado con su
símbolo, á fin de establecer qué relaciones directas ó indirectas puede
tener la cosa figurada con el agua ó con el fenómeno de la lluvia. En
este sentido, no nos extrañaría, por ejemplo, que se nos presentaran
representaciones animales de patos ó de nutrias (que poseemos en
nuestra colección) con el símbolo de la Cruz, por la razón sencilla de
que aquellos viven en los ríos y en las lagunas, y éstas tienen sus
habitaciones en los esteros ó terrenos húmedos de las vertientes, ó
contiguas al agua. El caso excepcional del surifetiche es una prueba
de ello; lo mismo que el del sapofetiche, del que nos ocuparemos en el
capítulo subsiguiente, por los motivos dados respecto al primero, y
por ser el agua el medio en que vive el batracio, lo que se advierte
desde el primer momento, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo de
imaginación[261].
[Ilustración: Fig. 68. Idolo-tinaja (Col. Quiroga).]
Los ejemplares de figuraciones antropomorfas que aparecen llevando la
Cruz, son indiscutiblemente acuáticos; es decir: que ellos son objeto
de un voto para que llueva; y, más propiamente que ídolos, deben
denominarse vasijas votivas antropomorfas, toda vez que al labrarles,
el indio se propuso, más que nada, ofrecernos un vaso ó una urna
para contener agua, sobre los cuales, es verdad, las figuraciones
idolátricas constituyen sus distintivos salientes.
La Fig. 68, ó el Idolo-Tinaja de Amaycha, es el más notable de los
ejemplares que puede citarse; y, aunque un rostro humano con sus
facciones se destaca á la izquierda, saliendo de un cuerpo provisto
de brazos en relieve, el objeto, considerado en conjunto, no es
propiamente un ídolo, sino una urna sagrada antropomorfa, del mismo
estilo de las tinajas funerarias reproducidas en el capítulo anterior,
y cuyo empleo en el culto acuático de Calchaquí nos es perfectamente
conocido.
La interesantísima figura idolátrica de la izquierda, de rostro pintado
con cuadros rojos alternados, en cuyas orejas aparecen figurados
artísticos moños hechos con las trenzas anudadas del cabello (el moño
esterior roto), lleva, en los lugares correspondientes á sus mamas, dos
cruces perfectas sobre campos artísticos amarillos. Sus manos portan
una flauta, con agujerillos para producir el sonido, por lo cual la
figura nos hace recordar la Doncella de la Flauta (_Flute maiden_) de
Estados Unidos. Las pinturas de rojo obscuro sobre el fondo amarillo
de la urna, son muy interesantes. Las del cuello del vaso consisten en
líneas quebradas paralelas: estas líneas quebradas, llenas de puntos,
son figuraciones simbólicas del rayo-serpiente, correspondiendo á gotas
de agua los puntos que las adornan. En los campos ventrales de la urna
aparece el adorno saliente de la guarda en espiral, arbolada á ambos
costados laterales. Esta espiral, como ya lo hemos dicho, es para
nosotros la figuración simbólica del trueno que ruge.
Claramente podemos, entonces, difinir las relaciones íntimas de la
figura antropomorfa con el fenómeno de la lluvia, á la cual llamaría
aquella tocando su flauta, produciéndose el trueno, figurado en las
espirales, por la simpatía con el sonido del instrumento musical[262].
[Ilustración: Fig. 69. Idolo de Santa María. 1/2 tamaño natural.
(Colección Quiroga).]
Es de advertir, para corroborar este último aserto, que poseemos en
nuestra colección un interesante ídolo de barro antropo-zoomorfo,
últimamente adquirido en Tinogasta, el que en aquel lugar es tenido por
«Dios de la Lluvia», el mismo que lleva abierto un agujerillo al centro
de su región craneal, soplando el cual (el ídolo es hueco) se producen
notas graves y agudas, con las que se llama al Trueno, fenómeno
meteorológico que, según el P. Techo[263], era, con el relámpago,
adorado por los calchaquíes como «divinidad menor.»
Más directamente relacionado con este orden de ideas está el ídolo de
la Fig. 69, con anchas cruces negras al fondo de sus artísticos campos,
en los lugares correspondientes á las mamas.
La fisonomía de este ídolo es funeraria. De sus ojos redondos y
salientes caen tres gruesas líneas negras,—sus lágrimas,—las que, por
otro fenómeno de simpatía, tenían por objeto, sin duda, hacer llorar á
las nubes, á las cuales se presentaría la figura lacrimosa, haciéndoles
_muna-muna_, para emplear una gráfica expresión nativa, como si se les
dijera:—«mirad como ésta siempre llora, y vosotras no podéis llorar
como ella.»
El objeto es todo hueco, y de la parte ventral del mismo sale el
cuello del vaso, cuyos bordes son asidos por las manos en relieve de
la figura. No se trata nuevamente de un ídolo, propiamente hablando,
sinó de un vaso votivo acuático, de formas antropomorfas. Tanto la
gargantilla de su cuello, como la orla que contornea sus brazos en la
parte inferior, aparecen llenas de puntos, ó gotas de agua.
Fijando bien la atención sobre esta vasija antropomorfa, veremos que
ella no es otra cosa que una nueva y curiosa reproducción de ese vaso
que sugetan las manos de la figura antropo-zoomorfa de las urnas
funerarias, tanto por sus formas, por salir de la parte ventral del
objeto, como por ser portado en las mismas condiciones. Se trata,
entonces, de una figuración antropomorfa del Trueno, ó más bien dicho:
de una reproducción antropomorfa del _Vaso del Trueno_.
Las cruces, en el presente, pintadas sobre las mamas del vaso votivo,
no pueden causarnos extrañeza alguna: al contrario, ellas expresan
gráficamente la intención del artista: de referir el vaso al culto de
la Lluvia.
Otro ejemplar interesante es el del pequeño vaso de Ambato, de barro
negro, perfectamente cocido, que dá formas á una singular figurilla
humana, cuyos miembros principales aparecen en relieve, y de cuya nariz
repártese simétricamente el cuerpo de una serpiente grabada que se
desarrolla en las mejillas del ídolo (Fig. 70). El ofidio en su rostro,
está indicando á las claras que se trata de una figuración de carácter
atmosférico, quizá la misma de la alfarería funeraria, mucho más cuando
ella hace de la vasija un vaso antropomorfo para contener líquidos. Un
detalle interesante es el de las manos abiertas, que parece llevar á la
boca, desmesuradamente abierta, indicando que la figura humana sufre
de sed, demandando agua al cielo, lo que se vé más claramente en dos
ejemplares de urnas de nuestra colección, en las cuales sus manijas
son un par de figurillas humanas, que se destacan en relieve, las que,
mirando al cielo, llevan las manos al labio inferior, abriendo las
bocas sedientas.
[Ilustración: Fig. 70. Vaso antropomorfo de Ambato (Catamarca).
(Col. Quiroga).]
[Ilustración: Fig. 70 _bis_. Grabado en la parte posterior del vaso.]
A la parte posterior del vaso aparece grabado un curioso figurón
triforme y zoomorfo, constituido por un grupo único de dos Huayrapucas
de dobles cabezas y un sapo central bicéfalo. Las Huayrapucas
son figuraciones alusivas á la tormenta, y el sapo simboliza
agua fecundadora, por los ojos Imaymanas dobles de sus cabezas
cuadrangulares (Fig. 70 _bis_).
Pues bien: una Cruz artística aparece distintamente grabada sobre
el dorso del batracio, cruz que nos hace recordar á la bellísima
maltesa[264] peruana, reproducida por Jiménez de la Espada, y de la que
dimos noticia en el capítulo III.
En el presente, se ofrece un caso de símbolo cruciforme manifiestamente
intencionado, si se tiene en consideración cuanto hemos dejado apuntado.
[Ilustración: Fig. 30 _bis_.]
La Cruz, al centro del figurón triforme, sobre la superficie de un vaso
votivo acuático, es la gráfica expresión de que _lluvia_ se demanda, ó
de que el fenómeno atmosférico se ha producido ó está para producirse.
No hay,—para citar un último ejemplar de vaso ó tinaja con el signo
cruciforme, para qué insistir sobre la trascendental importancia del
símbolo formado por cuatro cabezas de serpientes, en el caso de la ya
citada Lam. 30 _bis_, ó sea dentro del cuerpo cuadrangular de la figura
antropo-zoomorfa del grupo atmosférico de Capayán, Cruz ofídica que
reproducimos en detalle (Fig. 71 A.)
[Ilustración: Fig. 71 A. Cruz simbólica de las serpientes (Capayán).]
En ningún ejemplar como en este del grupo, el signo cruciforme puede
tener un valor más visiblemente típico de lluvia, si se considera el
dato notable de que cuatro serpientes dan lugar á la formación del
mismo; y sabido es que la idea de agua es inseparable de la figuración
ofídica, cualquiera que sea su forma, y cualquiera que sea la ocasión
en que tal figuración aparezca en la cerámica[265].
[Ilustración: Fig. 71 B. Disco de cobre de Lafone Quevedo (Catamarca).]
La aparición de dobles cruces maltesas en las cabezas de los monstruos
dragones del famoso disco de Lafone Quevedo, que reproducimos en la
Fig. 71 B, se querrá tal vez citar como una escepción culminante á
la regla de la carencia del símbolo en los dioses personales; pero
no es así, porque el disco no puede clasificarse entre los lares y
penates. El grupo trinitario figurado con tanto arte en el mismo, no
es otra cosa que un nuevo é interesantísimo ejemplar antropo-zoomorfo
atmosférico constituido por la figura humana central, con su sol en la
cabeza, el copón ó vaso del trueno en su pecho, y por los dos monstruos
dragones ofídicos, de patas estrelladas, con los círculos fecundantes
sobre sus cuerpos, ó sean dos Huayrapucas ó figuraciones zoomorfas del
viento que trae la tormenta. Esta trinidad calchaquí es, pues, nada más
que la representación acuática por excelencia de ese Aticci Viracocha
del bajo relieve de Pashash y del dintel de la puerta monolítica de
Tiahuanaco[266]. Nada más lógico, entonces, que las dobles cruces en las
cabezas de las Huayrapucas, que traen las nubes y producen el fenómeno
de las lluvias tormentosas ó de la tempestad; y son, cabalmente, los
símbolos los que concluyen por caracterizar de una manera gráfica el
valor mítico de la simbólica figuración atmosférica que nos ocupa.
Antes de pasar adelante, conviene resolver la cuestión de por qué los
ídolos llevan figuradas las cruces en sus pechos ó mamas, y por qué
tales cruces son griegas, ó de brazos de iguales dimensiones; pues
debemos recordar, á propósito de estos problemas arqueológicos, que
los suris con cruces en las urnas funerarias y las cruces en los
ídolos antes reproducidos, aparecen respectivamente en los lugares
correspondientes á las mamas de las figuras antropozoomorfas y
demás representaciones humanas; lo mismo que debemos dejar sentada
la antes insinuada observación de que los palos de las cruces son
invariablemente del mismo largo en tales figuraciones, es decir: que
los signos son griegos, y no latinos como el de nuestra Cruz cristiana.
Las imágenes idolátricas, generalmente del género epiceno (_cay
huarmi cachun, cay cari cachun_), llevan la Cruz en los lugares
correspondientes á las mamas, en el sentido figurado de que ellas
derraman el agua ó el líquido vital que alimenta todas las cosas, pues
las mamas contienen la leche que nutre en la especie de los mamíferos
á las creaturas recién nacidas, humanas ó animales. La Cruz sobre las
mamas, expresa claramente la idea de que ellas son el continente del
elemento fecundante por excelencia. La diosa atmosférica de California
lleva el agua en sus pechos fecundos. Lo propio acontece con nuestras
divinidades de la tormenta, portando el símbolo acuático en los lugares
correspondientes á ambos pechos, sin necesidad de figurarlos, como
en algunos ejemplares de _zemes_ calchaquíes, que hemos atribuido,
sin afirmarlo definitivamente, á representaciones de _hapi-nuños_
(_hapiy-nuños_), «fantasmas ó duendes que solían aparecer con _dos
tetas largas_, que podían asir de ellas», al decir de Fernández y
Holguín[267].
Que los cuatro palos de la Cruz sean de iguales dimensiones, ya se les
considere alusiones á los cuatro rumbos ó á los cuatro vientos, también
es perfectamente explicable, porque no hay rumbos ó vientos mayores ó
menores, cortos ó largos, toda vez que el indio, en donde quiera que
estuviese ubicado, creería encontrarse en el punto céntrico ó de origen
de un horizonte circular que limitaba la tierra, correspondiendo á los
cuatro vientos ó los cuatro rumbos los cuatro radios de ese círculo,
ó líneas de iguales dimensiones, que se cortaban perpendicularmente
entre sí, formando el signo de la Cruz, cuya intersección representa
exactamente al citado punto de ubicación ú origen. Un ejemplo notable
nos ofrece el nombre de la capital del imperio incaico, ó del _Cuzco_,
que significa _ombligo_; es decir: parte céntrica del cuerpo terrestre
ó punto de origen de los cuatro _suyos_[268].
El gran monolito esculpido de Tafí, que reprodujimos en el capítulo
III, habrá observado el lector que presenta cuatro interesantes
grabados cruciformes, con un círculo sencillo ó puntuado al centro de
cada uno de ellos, alternando con otros como _spectacles_, ó Imaymanas
unidos entre sí por una línea. Estas esculturas cruciformes sobre el
fálico menhir,—resto grandioso que prueba la obstinación fetiquista
de estas razas por un viejo culto litolátrico,—tienen la más sencilla
explicación.
El monolito ó menhir esculpido en cuestión, es un gran fetiche,
_huaca_ ó _villca_, protector de los andenes ó pequeñas extensiones
labrados, cuya tierra está sostenida por alineamientos de pequeñas
piedras paradas, menhir que se levanta en medio de tales andenes.
Este monolito, como cualquier otro de su género, llámase _Mama-Zara_,
_Maíz-madre_ ó _Madre del Maíz_, nombres con los que es conocido hasta
hoy en Cafayate y otros pueblos de los valles.
Una _Mamazara_, levantándose en medio de los andenes ó de las labranzas
(lo mismo que una _Huaza_ á la puerta ó bastidor del rastrajo
sembrado), protege á la sementera de maíz, la que prospera bajo su
patrocinio, evitando el gusano en la raíz, y preservándola de los
hielos, de la piedra, de los vientos ardorosos, de la langosta y de
otras plagas. Pero el fetiche de piedra, obrando por la acción propia
ó combinada con la del cielo, tiene la virtud especial de hacer llover
oportunamente sobre la siembra, atrayendo á las nubes; pues «entre
los calchaquíes, como escribe el presbítero Toscano (quien desempeñó
durante muchos años el curato de Cafayate y pueblos contiguos),
se llamaban _Mamasaras_ á unas piedras labradas y perfectamente
pulimentadas, que se colocaban en medio de las sementeras para que
tuvieran _agua_ oportuna y abundante, atribuyéndoles virtud especial
para producir _la lluvia_»[269].
En el fragmento de la lámina del Yamqui Pachacuti que ofrecimos en el
capítulo III (Fig. 21 bis), vemos simbólicamente representada en el
grupo astrolátrico C^2 á esta Mamazara, grupo que en el original (Fig.
21) lleva esta leyenda: «_Zaramama-chacana_ en general». Pues bien:
esta _Zaramama_ está figurada por cuatro grandes estrellas unidas entre
sí por dos líneas que se cortan formando _una Cruz_, como si la Cruz
misma fuera el emblema ó símbolo de tal «Madre del Maíz», y quién sabe
si la palabra _chacana_[270] de la leyenda no sea el nombre con que los
quichuas conocían al símbolo, al que en ciertas condiciones vimos que
llamaban _xaygua_.
Estos breves y muy interesantes antecedentes, sirven para explicar
con cuánta razón el indio de Tafí esculpió cuatro artísticos signos
cruciformes en la Mamazara monolítica, protectora de las siembras,
sobre las cuales hace caer _lluvias_ oportunas, la misma que tiene su
representación simbólica en la carta sagrada de la heliolatría quichua,
por la acción del sol y de los astros sobre los elementos, cuando el
culto al astro del día se sobrepuso al del viejo Aticci Viracocha del
panteón de Tiahuanaco.
Fijemos, finalmente, la atención en lo interesante de los signos
cruciformes de la Mamazara de Tafí, con su círculo simple ó con punto
respectivo en el lugar correspondiente á la intersección de los brazos,
círculo que vale por «germen vital, _yema_ ó _brote_», y que expresa
de una manera acabada y concluyente la idea de una lluvia oportuna
haciendo brotar, crecer y fructificar la mies preciada del indio.
Otro dato interesantísimo de _Folk-lore_ conviene apuntar con este
motivo.
Nos referimos al hecho de colocarse por los naturales piedras paradas
protectoras, que llaman á la lluvia, en cualquiera eminencia, en
toda la extensión del valle de Santa María ó de Yocavil. Hoy, en vez
de piedras, se colocan de pie cruces cristianas sobre las colinas y
los morros de los cerros, cruces protectoras que pueden contarse por
centenares. Ahora, preguntamos: ¿la sustitución cristiana de las cruces
á los menhires nativos, no es obra de una de esas raras coincidencias
ó puntos de contacto de creencia y creencia, mediante los cuales
el símbolo cristiano de la Cruz hace las veces del símbolo pagano,
adquiriendo en tal caso una doble virtud protectora, como conjuro de
la piedra y del granizo, y como un singular amuleto propiciatorio de
las lluvias?—Nosotros, no nos limitamos á sospecharlo, sinó que casi
nos atrevemos á establecerlo en sentido afirmativo. Si así fuere, esta
prueba del valor de la Cruz como símbolo acuático calchaquí, no solo no
admitiría réplica, sinó que sería decisiva y trascendental[271].
En nuestra reciente expedición á los valles de Londres, hemos podido
observar en el pueblo de Colpes (Pomán) trojes ó pirhuas con cruces.
Las pirhuas de formas fálicas, levantadas sobre un bastidor de cuatro
horcones, que guardan la preciada algarroba, remataban en un penacho de
_aibe_ ó pasto de campo; y de en medio de este penacho salía una Cruz
de madera. Esta Cruz, según pudimos informarnos, á la vez que guardián
del producto de los tacuiles, propiciaba para el año venidero una
abundante cosecha de algarroba. Para que tal cosecha fuera abundante,
es claro que habría necesidad de que lloviese. La Cruz de las
pirhuas, en buenos términos, equivalía á un amuleto de las lluvias,
confundiéndose en el espíritu del indio actual el valor cristiano con
el valor nativo del símbolo.
Sobre la despensa de un grupo de ranchos de Bisbis, camino de Hualfín
á Andalgalá, otra Cruz de madera habíase colocado. Los indios de la
casa negáronse por completo á explicarnos que significaba aquella Cruz
sobre el rancho en el cual se depositaban los granos, la algarroba
y el charqui. Esto mismo hízonos comprender que se trataba de una
superstición nativa; y que la Cruz en el caso actual desempeñaría el
mismo papel que la de la pirhua de Colpes.
[Ilustración: Fig. 72 Molinos (Salta). Tam. nat.]
En dos ejemplares de figuras dobles, andróginos, ó con representaciones
masculinas y femeninas (_cay huarmi cachun, cay cari cachun_), ó si se
quiere _huacanquis_ ó _Cayam-Carumi_, huacas de los amores, que por el
hechizo del _Tincuc_ forzaban el libre albedrío[272], aparecen hermosas
cruces griegas, en una forma y colocación llamativas.
El Huacanqui de la Fig. 72, de la colección Zavaleta, es uno de los
ejemplares interesantes.
Sobre una lámina de hueso (el material suele ser piedra blanca ó
negra), y dentro de dos secciones rectangulares iguales, aparecen dos
figurillas humanas, de esas que, al decir de Montesinos[273], «hacen
apariencia de dos personas que se abrazan». La de la izquierda está
muy borrada, á causa del desgaste natural del material óseo, pues
posiblemente el amuleto era objeto de contínuos frotamientos; en
cambio, la de la derecha aparece perfectamente con todos sus detalles:
esta figurilla es femenina por el triangulillo correspondiente á su
vulva, como en el caso de la inferior de un amuleto de Tinogasta[274].