vez formas al vientre de la extraña figura de las mismas; y es en
esta sección en la que aparecen los arcos de los brazos con las manos
abiertas, levantadas hacia arriba, las que suelen portar un vaso, ó en
su lugar un par de cabezas triangulares de serpientes, con sus ojos
respectivos, como se verá en representaciones posteriores, hecho éste
digno de llamar la atención. En los campos que dejan ambos brazos
arqueados es muy común ver reproducido un _Suri_ en cada uno de ellos,
con las alas abiertas y desplegadas, las canillas quebradas y dobladas,
en actitud de correr, y con la cabeza, con su pico abierto, en
dirección á las manos levantadas, como puede verse en las Figs. 31, 32
y 33. Excepcionalmente, como en la Fig. 34, suelen aparecer _suris_ en
las mejillas de la cara de la figura antropomorfa. En la Fig. 37
presentase otro caso, viéndose en su parte ventral, de la propia manera
que en el fragmento de urna de la Fig. 38, las dos cabezas triangulares
con ojos, de los que salen espirales rectas, en el lugar en que las
manos, esta vez no pintadas, suelen portar el vaso, reproducido en
la Fig. 31. Como este vaso portado es tan interesante, conviene
ofrecer tres láminas (Figs. 39, 40 y 41), en las que se distingue
perfectamente, correspondiendo la última á una teja encontrada en
Amaycha, interesante por verse la vasija de regulares proporciones,
perfectamente destacada en relieve.
[Ilustración: Fig. 39. Urna tipo Tolombón. Salta.
Col. Inst. Geog. Arg.]
[Ilustración: Fig. 40, 1/5 tam. nat. Colomé (Molinos).
Col. Instituto Geog. Argentino.]
[Ilustración: Fig. 41. (Colec. Quiroga).]
[Ilustración: Fig. 42. Urna de Amaicha. Col. Quiroga. Dibujos
rojos y negros.]
[Ilustración: Fig. 43. Urna funeraria de Fuerte Quemado
(Col. Quiroga).]
Anteriormente dijimos que los ojos del rostro del cuello de la cántara
eran cabezas de suris y de serpientes: las Figs. 42 y 43 demuestran
claramente la verdad de tal afirmación. En la Fig. 42, el rostro está
encuadrado por una gruesa serpiente llena de pequeños puntos ó gotas
de agua, la que, á la mitad de su cuerpo y en su parte inferior, dá
lugar á la formación de tres lados del rectángulo de la boca de dicho
rostro; dentro de esta serpiente vése otra, cuyas extremidades terminan
en cabezas dobles triangulares: estas cabezas dobles corresponden á
los ojos del rostro. En la Fig. 43 el ejemplo es aún más patente: unos
suris, cuyas cabezas, cuellos y patas se distinguen perfectamente,
combínanse con serpientes enroscadas, formando _dobles_,—prueba
evidente de esa facilidad con que el suri se transforma en otro animal:
las cabezas de estos suris-serpientes son los ojos del rostro, siempre
formado por las cejas arqueadas. Estos detalles deben tenerse bien
presentes.
[Ilustración: Fig. 44.]
Respecto á estos suris-serpientes, en el puco de las Huayrapucas de
Santa María, que reprodujimos en una monografía sobre la Diosa del
Aire, tuvimos ocasión de dar con el primer ejemplar en cada una de esas
figuras triformes, de cuerpo de _suri_ y cola puntuada de serpiente. En
un detalle de grabado en una urna (Fig. 44), se vé á la serpiente-rayo
zig-zag de cabezas triangulares dobles, de cuyo cuerpo sale el cuello y
la cabeza de suri, como un curiosísimo apéndice simbólico.
[Ilustración: Fig. 45. Urna de Tafí. Colección Quiroga.]
Los suris de la sección ventral de las tinajas suelen á veces ser
dobles; es decir: de dobles cabezas, como en la urna de la Fig. 45 y en
el caso del ave bicéfala de la Fig. 46, detalle de las pinturas de un
puco de Pucará (Molinos).
[Ilustración: Fig. 46. Detalle del interior de un puco.]
[Ilustración: Fig. 47. Urna de Santa María Col. Museo Nacional.]
En la parte ventral del nuevo tipo de urna de la Fig. 47, vése un
suri muy particular, cuyo cuerpo está formado por cuatro círculos
concéntricos, curiosísima manera, sin duda, de representar ese ojo
Imaymana del que reiteradamente nos hemos ocupado, y el que parece
indicar que el suri que lo porta lleva en su seno todos los gérmenes de
la vida. Tan curioso como el anterior, es el suri de cuerpo triangular
de la Fig. 48, pintado de rojo, sobre fondo bayo.
[Ilustración: Fig. 48. Detalle de una urna de Amaicha. Col. Zavaleta.]
Ahora bien: ¿esta figura general, al parecer de rostro humano, de
vientre abultado, de largos brazos, y cuyas manos portan el vaso, es en
realidad una figura ó representación antropomorfa?
Contestaremos negativamente.
La figura ó representación en cuestión tiene á la vez caracteres
humanos y animales.
Si bien su cara ó rostro es más humano que animal, y sus brazos y manos
lo son igualmente, estudiadas sus facciones en detalle, resulta que se
trata de un ser monstruoso deforme, humano y animal á la vez, lo que
prueba que la figura en cuestión pertenece á la época de transición
del fetiquismo al politeismo ó antropomorfismo, no habiendo llegado á
alcanzar la primitiva figura animal todo su desarrollo humano, como
sucede también con el dios del Aire de Squier de la Fig. 28, cuyo
cuerpo aparece humano, pero cuya cara es excepcionalmente animal,
arrastrando larga cola de serpiente. Tan extraña representación, nos
hace sospechar que puede ser la misma reproducida en nuestras urnas.
Que las facciones del rostro de la figura de las urnas son humanas
y animales, pruébanlo los ejemplares antes reproducidos. Humanos
son el corte de la cara, los arcos de sus cejas, su boca dentada,
aunque de forma rectangular; animales, sus ojos, cabezas de suris ó
de serpientes; la nariz es la facción más curiosa, muy corta unas
veces, y desmesuradamente alargada, otras; esta nariz, con las cejas
arqueadas que convergen á formarla, dan al rostro un aspecto de ave, de
lechuza, de halcón ó de loro, correspondiendo entonces á la nariz un
pico de ave. Nosotros, adviértase, poseemos un ídolo muy interesante
de Tinogasta, el que es un cuerpo humano, pero con cabeza redonda de
loro, con cejas arqueadas en relieve, las que forman perfectamente el
pico del ave, y con ojos grandes, vivos y salientes, exagerados con el
relieve; y el hecho de carecer de boca, es una prueba más de que lo que
se ha querido reproducir es un pájaro simplemente provisto de pico.
La cuestión que nos hemos planteado, no obstante estos datos, sería
de dudosa solución, si no nos la diese la misma figura de las largas
cejas, grabada en el barro del interesantísimo vaso que reprodujimos en
el Cap. IV, Figs. 30 y 30 _bis_.
Como se vé en esta última lámina del desarrollo del vaso, la figura de
las largas cejas, indicadas por serpientes, ocupa, en medio del grupo
atmosférico, la cara anterior del vaso; su cuerpo está formado por
un losange, y sus pies, sin dedos, ambos en sentido inverso, parecen
ser animales. Este ser de rostro humano, sin embargo, es á la vez un
animal; y demuéstralo elocuentemente la larga cola de dragón, que sale
de su cuerpo, y que en la parte posterior del vaso aparece en relieve
(Fig. 30), sirviendo de manija al mismo.
[Ilustración: Fig. 49. Fragmento de cuello de una urna funeraria.]
Si á este ejemplar se hiciese alguna objeción y no se le considerase
como una prueba definitiva, presentaríamos á los ojos de quien lo
dudara el fragmento de cuello de una urna funeraria de Tafí (Fig. 49),
ejemplar mediante el cual la cuestión quedaría cerrada en sentido
afirmativo[230].
En este fragmento de urna aparece el ser de las largas cejas, con sus
facciones prominentes y en relieve; sus cejas al juntarse forman su
nariz, realmente humana; pero del lugar correspondiente á la boca, sale
su grande y largo hocico como de jabalí, provisto de sus formidables
colmillos, hocico que está indicando que al artista no ocurrió en
momento alguno figurar una boca humana.
Con estos elementos de prueba, tan decisivos á la investigación
arqueológica, dejaremos sentado que la figura de las largas cejas
arqueadas en la alfarería funeraria, es la representación de un ser
viviente humano y animal á la vez, ó de un ser antropo-zoomorfo en la
nomenclatura científica, como los que, por ejemplo, reprodujimos en las
Figs. 26 y 29.
Esto sentado:—¿qué representa en la escritura simbólica de Calchaquí
la figura antropo-zoomorfa?
Indiscutiblemente la gran divinidad atmosférica de la
TORMENTA, la diosa de la Tempestad con todos sus atributos
meteorológicos; esa _Sumac Ñusta_ de Garcilaso, portadora de la cántara.
Ello salta al primer golpe de vista, cuando miramos á la figura
antropo-zoomorfa, á esa Huayrapuca mítica, en medio del grupo animado
de la tormenta, que nos ofrece el vaso de la Fig. 30 _bis_; grupo
viviente, de grandes nubes, con rayos salidos de su seno, en el que se
vé que todo es movimiento y acción combinados.
En primer lugar, no debemos olvidar por un momento que la figura
antropo-zoomorfa de que tratamos está reproducida en las urnas
funerarias y cántaras ceremoniales para demandar la _lluvia_ del cielo,
propiciando á las supremas divinidades de la atmósfera, por lo cual
estas cántaras se levantan vacías y en alto por las tribus sedientas.
En segundo lugar, todos los símbolos reproducidos en las urnas,
tanto en su cuello como en su sección ventral, son _acuáticos_ ó
atmosféricos, figurando en primera línea las zig-zag de los relámpagos
y los rayos-serpientes, ó _Inti-Illapas_, los que encuadran el rostro
de la figura que nos ocupa ó aparecen reproducidos en sus mejillas,
como en las Figs. 42 y 43 y en la siguiente (Fig. 50), en la que se vé
una curiosa serpiente-rayo de dobles cabezas enroscada en la mejilla
derecha de la figura. Esta serpiente está reproducida nuevamente en
el campo ventral opuesto. Y es de notar que en tal urna vemos otra
vez á las manos portando dobles cabezas de serpiente, con sus guardas
espirales rectas, en lugar del vaso.
[Ilustración: Fig. 50. Urna funeraria. Tafí. (Museo Nacional).]
[Ilustración: Fig. 51. Teja de barro pintada.]
Las artísticas pinturas de líneas quebradas en la parte ventral de las
citadas Figs. 42 y 43, no son sinó representaciones simbólicas más
sencillas y simplificadas del relámpago y del rayo de la Tormenta,
las que aparecen perfectamente figuradas en un interesantísimo grupo
ofídico, en la sección ventral de un fragmento de urna (Fig. 51)
perteneciente á la colección del Instituto Geográfico Argentino,
como si fuesen los intestinos de la figura antropo-zoomorfa. En este
curioso grupo son muy interesantes los TAU _ofídicos_ que se
desprenden de la línea horizontal del cuerpo de la serpiente-rayo.
_Inti-Illapa_ para el calchaquí se vuelve un ser animado, lleno
de acción y de vida; y es por ello que cobra muy curiosas formas
zoomorfas, como aparece en el ejemplar único de la Fig. 52, ó en
la urna ofídica de San José, que tomamos del original en nuestra
expedición arqueológica de 1898.
[Ilustración: Fig. 52. Urna funeraria de San José. (Colec. Quiroga).]
Como puede verse en la lámina, cuatro grandes figuras ofídicas se
reproducen en el centro de la urna, en cada una de las cuales se ha
pintado su cara de dobles triángulos, con su nariz blanca, boca negra
y su par de ojos Imaymanas de pupila circular; debajo de la cabeza
viene el cuello, del que luego se desprende el cuerpo, aprovechando la
zig-zag del rayo, cuyos pies son otra vez dos cabezas triangulares más
pequeñas; un par de estas figuras está provista de brazos con manos de
cuatro dedos, lo mismo que la que sigue más abajo, también con brazos,
pero con pequeñas cabezas triangulares por manos. En esta urna se
repite el número 4 de una manera llamativa.
[Ilustración: Fig. 53.]
Representación antropomorfa de la serpiente-rayo, es sin duda la
figurilla humana 53, de rostro monstruoso, cubriendo su cabeza con un
curioso tocado de dobles picos, los que no son sino las dobles cabezas
triangulares de la serpiente. De la línea horizontal de sus hombros
caen sus brazos, cuyas manos tienen tres y cuatro dedos; su traje está
adornado por cuatro ojos Imaymanas, los mismos de las serpientes, y
en su pecho, como figuras totémicas, luce dos aves-_suris_ pintadas,
con sus cuerpos también de triángulos dobles las cabezas de las
serpientes,—dato éste precioso, que desde ya establece la íntima
relación entre el _suri_ y la serpiente, toda vez que aquel es la causa
y ésta el efecto, como luego lo veremos.
Finalmente, los demás adornos de las urnas,—las guardas griegas, los
meandros de fecundación ó la cópula, las espirales, que al parecer
representan la detonación ó el eco del trueno[231], los puntos repetidos
en las cejas de la figura de las urnas y sus guardas, que no son
otra cosa que gotas de lluvia; estos adornos, decimos, son simples
atributos figurados de los ofidios de la atmósfera, ó sean símbolos
meteorológicos complementarios: de todo lo que resulta que el
simbolismo de las urnas funerarias escrito sobre el rostro y cuerpo de
la figura antropo-zoomorfa de las mismas, es una repetida alusión á la
lluvia. Tal verdad quedará doblemente confirmada, cuando en seguida
establezcamos el significado de ese vaso que porta en sus manos, y el
valor simbólico de esa AVE-SURI, tantas veces repetida en las
mejillas de la figura y en las secciones ventrales de la misma.
Por lo demás, muy llamativas son las orlas acuáticas onduladas de la
urna de la Fig. 40.
[Ilustración: Fig. 54. Urna funeraria de Santa María. (Colección
Quiroga)]
[Ilustración: Fig. 55. Museo Nacional.]
De este cúmulo de datos y consideraciones resulta, entonces, clara
y definitivamente establecido, y es la primera vez que esto se
afirma,—que la figura antropo-zoomorfa de las urnas funerarias es la
representación simbólica de la Tormenta ó la Tempestad, con todos sus
atributos; esa divinidad que llora agua por sus ojos, como el Aticci de
Wiener, lágrimas que aparecen en esa figuración de líneas que caen de
los mismos, como se vé en las Figs. 37, 40 y 49.
Después de la serpiente, es el Avestruz ó Ave-_Suri_ la representación
simbólica más repetida en las urnas funerarias, apareciendo también en
los pucos. Son ejemplos: las Figs. 31 á 39, 43, 45, 47, 50 y 51, á las
que agregaremos seis reproducciones más (Figs. 54 á 59).
[Ilustración: Fig. 56. Col. Quiroga.]
[Ilustración: Fig. 57. Detalle de una urna. (Colec. Quiroga).]
Como se vé en varias de las láminas citadas, los suris suelen
ocupar los dos campos ventrales que dejan los brazos de la figura
antropo-zoomorfa, y se hallan reproducidos junto al curioso vaso que
portan sus manos. Sin embargo, en algunas ocasiones, como en las Figs.
34, 37, 43 y detalle 57, suris aparecen pintados en una ó en ambas
mejillas de la representación de la Tormenta. En las Figs. 58 y 59 el
cuerpo de los suris está formado por meandros ó guardas simbólicas,
cuyo valor conocemos de antemano, detalle significativo este último que
demuestra de una manera concluyente que el suri es también un símbolo.
Ahora bien: ¿qué valor simbólico tiene el AVE-SURI en la
escritura sagrada de la alfarería funeraria de Calchaquí?
[Ilustración: Fig. 58. San José. Col. Max. Schmidt.]
[Ilustración: Fig. 59. Loma Rica. Catamarca.]
Ante todo, establezcamos que la mayor parte de los pueblos americanos
han adorado á las aves ó á los volátiles, como seres que viven en el
aire, en la atmósfera, y que cruzan el espacio, por lo que han formado
algunos pájaros en la categoría de dioses atmosféricos. El ave, que
tiene el poder de cortar los vientos y de ascender de un vuelo á las
más altas cumbres, inaccesibles al hombre; que se desliza suavemente
por las alturas, yendo vertiginosamente de un punto al otro; que cuando
recoge sus alas se lanza como un rayo á la tierra,—natural es que
fuese tomada por un mensagero del mundo de arriba, y perfectamente
explicable que en el Perú una junta de augures ó aureolos indagase
los misteriosos secretos de que los volátiles eran poseedores, y que
quisieran iniciarse en el lenguaje de su canto.
Las analogías observadas entre el ave y la nube han sido para el indio
hechos reales, y no simples semejanzas ó coincidencias. La nube toma
muchas veces las formas de un pájaro gigantesco, de cuyo pico parece
como que sale el rayo; los colores del iris suelen corresponder á los
de las plumas del pájaro; la nube, como éste, vuela en el espacio
y proyecta sombra sobre la tierra; la una truena y el otro canta y
grazna; el rayo que cae se parece al vuelo rápido del pájaro que se
clava al suelo para asir su presa; el viento que corre se supone alado,
y de aquí las expresiones figuradas: «las alas del viento», «las
nubes que vuelan», que para el indio son hechos reales, al decir de
Brinton[232].
El pájaro es, entonces, un símbolo significativo de importancia, y
nada más apropiado que un volátil para representar la nube, como
el _quetzal_ de los mejicanos, que se presenta como el señor de la
atmósfera.
Entre los pieles rojas un pájaro gigante desempeña el papel más
importante de su cosmogonía. Los dakotas aseguran que en el oeste viven
«los voladores», y creen que el trueno es el ruido del pájaro, agitando
las alas; el relámpago, el fuego que resulta en su camino, como el que
produce el bisonte corriendo por praderas pedregosas. Cosas semejantes
refieren los algonquines, para los cuales el viento sale del pico de
las aves y las nubes se forman por el movimiento de sus alas. Los tupis
é iroqueses creen en el pájaro tormenta, cuyos ojos centelleantes
producen los relámpagos. Entre los Lení-lenapes, los cris, los mandans,
los moenitarres, los assiniboines, el pájaro Manitu reside en lo más
alto de los cielos, y el trueno ruge cuando él baja las alas, saliendo
el rayo de sus ojos y la lluvia de su pico. Para los dakotas, antes
citados, el trueno es un gran pájaro que posee una numerosa prole; es
él el que produce el eco, cuya larga repercusión es el grito de sus
pequeñuelos. Los natches y los arkansas adoran al águila, como al ave
sagrada. La nube del trueno es un pájaro para los caribes. Los zuñis,
indios de los Pueblos de Nuevo Méjico, con cuatro plumas de aves, que
simbolizan los cuatro vientos, invocan á la lluvia. La lechuza es el
viento de uno de los cuatro cuarteles, para los chipeways. Los navajos
creen que un cisne está parado en cada uno de los puntos cardinales,
espíritus de las corrientes que soplan. En la América Central, el
pájaro Voc es el mensagero de Hurakán, el dios de la tempestad. En el
Perú, Piguerao, el hermano de Catequil, el dios de la tormenta y del
trueno, nace de un huevo. Cuntur, el ave venerada, lleva en la sílaba
_Cun_ la idea de lluvia, de la divinidad _Con_ ó _Cun_[233].
En nuestro Calchaquí, sin duda alguna, el _Suri_ es el Pájaro de la
Tormenta, ó la _Nube_, que lleva el agua en su seno, y cuyo pico lanza
el rayo. Posiblemente también lo es el Cóndor, que en algunas ocasiones
ocupa en la alfarería el lugar del avestruz, y que á veces se le
reproduce semejante á éste.
En el mito preincáico de Catequil, Atachuchu crea á un ser humano,
el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, que se une
á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, la hija de
los Guachemines. Este hijo del cielo, que baja á la tierra, es
_Guaman-suri_ ó _Guaman-Suri_, el ave doble, ó sea el _Halcón_ y el
_Suri_, hecho éste sobre el que ningún americanista ha fijado la
atención, y en el que el _Suri_ integra la personalidad mítica de una
divinidad atmosférica, de este gran volátil biforme de la cosmogonía
peruana, que pone dos _huevos_, correspondientes respectivamente, sin
duda, al halcón y al suri, y de los cuales huevos salen Catequil y
Piguerao, el rayo y el trueno.
En el Folk-lore calchaquí hasta hoy el _Suri_ es el nunciador de la
lluvia. Cuando el tiempo está para cambiar, esta gran ave nerviosa abre
las alas, cuyas plumas desordenadas sacude, y corre al encuentro de
la primera ráfaga húmeda de viento que llega. Cuando la descompostura
atmosférica se anuncia con los primeros truenos lejanos, huye
vertiginosamente de un lado al otro, describiendo grandes curvas,
moviendo su cuello largo y flexible, abriendo su pico, y volteando
curiosa y airosamente en el aire, doblando sus largas canillas; de
manera que aparece como un ser fantástico, que cobra con la agitación
de su plumage formas diversas, corriendo á medio vuelo sobre la llanura.
Ningún otro animal alado más aparente que el Suri para símbolo
significativo y representativo de las nubes. Su gran tamaño; su color
ceniciento, como el de los nublados cargados de agua; su profuso
plumage, que agita y sacude á voluntad, cobrando las más caprichosas
formas, como las nubes en el espacio; la velocidad con que corre
sobre la llanura, que rememora la carrera del viento en el cielo; su
largo cuello nervioso, que mueve de la manera sinuosa con que huye
la serpiente, y que en sus formas recuerda de este ofidio, terminado
el cuello en su cabeza provista de ojos grandes, de dobles círculos,
como los Imaymanas; su pico siempre abierto, que podría dar asidero á
la creencia do los algonquines de que por él sale el viento; el hecho
mismo de asir rápidamente con el pico á la víbora, arrojándola con
fuerza á los aires cuando se dá con este reptil que mata y devora, todo
esto y mucho más debió impresionar la imaginación del indio y embargar
su atención, hasta convertir al Ave-Suri en el símbolo sagrado de la
Nube de la Tormenta[234].
Observemos que con la palabra _Suri_ se denominaba á esa gran porción
nómade ó alárabe del Tucumán que luchó al Inca y á la conquista
española[235]. También con el diminutivo _ita_ es apellido indio, como
en _Surita_, en el caso citado por Lafone Quevedo, en el que un indio
tenía este apodo con que era conocido, llamándose siempre _Sura_ á su
hija[236].
Un dato interesantísimo reproducido por este ilustre americanista
en su libro _Londres y Catamarca_, y al cual no halló explicación
satisfactoria cuando lo consignó, es una prueba elocuente del carácter
atmosférico del Suri: nos referimos al hecho de no figurar la _cabeza
del suri_ en los sacrificios ofrecidos al Chiqui, la divinidad funesta
de que habla Montesinos. «De la siguiente relación, escribe aquél,
se deduce que el _suri_, _xuri_ ó _juri_, avestruz, algo de sagrado
contenía. Cuenta el indio Peralta, nacido en el ya abandonado Pueblo
del Pantano, que para celebrar la fiesta del _Chiqui_ hacían reunión
de hombres y mujeres, que se juntaban bajo de un algarrobo con varias
tinajas llenas de aloja; en anticipación de la tal función, dos días
antes salían los hombres al campo á correr libres, huanacos, pumas y
otras _aves_, _menos suris_ ó avestruces, que respetaban,—y con las
cabezas de los animales que cazaban daban vueltas al rededor del Arbol
(el _tacu_ ó algarrobo), entonando el canto ó vidala de los Indios y
chupando aloja más y mejor». Consignados estos datos de la ceremonia,
Lafone Quevedo se interroga:—«¿por qué no se colgaría también la
cabeza del _Suri_ ó _Juri_?»—y se contesta en seguida: que un indio le
dió la explicación de que el motivo de la exclusión de la cabeza del
Suri sería porque este tiene cabeza chica; «más yo me inclino á creer,
añade el americanista, que la excepción hecha en favor ó contra del
_Suri_ tiene su causa de origen en la distinción que yo acabó de hacer
entre Juríes y Diaguitas»[237].
El motivo no es ese, responderemos nosotros: la cabeza del Suri
no debía figurar en la fiesta del Chiqui, porque el Suri no podía
ser sacrificado, como la _talca_, la _huilla_ ó la _puma_, en la
bacanal indígena. El Chiqui, como hemos manifestado, es la divinidad
funesta, el dios de los maleficios, ó la «adversa fortuna», al decir
de Montesinos[238], al que solo se aplacaba con cruentos sacrificios
animales y aún humanos: _runa arpainyiguan_. Las bacanales del
Chiqui celebrábanse cuando sobrevenían las grandes secas, y cuando
se evaporaba la humedad de la tierra, porque el sol estaba quemando.
_¡Inti rupas tian!_—en efecto, era el grito de la tribu sedienta, la
cual levantaba en alto sus cántaras vacías en demanda de agua, y que
enseñaba á los cielos, haciéndolas saltar, las cabezas sacrificadas
de los animales, para aplacar á la divinidad funesta, llamando á la
Huayrapuca á que corriese por la noche silvando, trayendo consigo las
nubes bienhechoras de la lluvia:
Huairapuca corriti.....
Arquituta silvas, silvas purinqui:
Huilca, talca, saltas, saltas purinqui.....
Huipe ¡huipe! Cot! cot![239].