á la vista la intención del artista que grabó la Cruz, formada por
cuatro cabezas de serpientes rayos, que insinúan lluvia. Esa Cruz
ocupa el centro mismo de todo ese animado y viviente grupo mítico de
la tormenta, como un símbolo de alto valor meteorológico, con sus
palos trazados por la luz vital y resplandeciente de cuatro rayos.
Todo en este grupo habla de _lluvia_, de _agua_ del cielo; y en las
figuras míticas y animadas de los grupos laterales de las nubes de la
tormenta, la greca ondulosa repítese de una manera llamativa, la cual,
según Jiménez de la Espada[199], es en el Perú posiblemente, como entre
etruscos y pelasgos que tantos adornos comunes tienen con los yuncas,
una representación de la superficie más ó menos agitada del agua marina
ó fluvial,—en este caso del _agua_ de las nubes,—pues del examen
arqueológico de varios huaqueros peruanos resulta que al parecer tal
cosa ha querido indicar el dicho meandro onduloso, al dárselo en las
pinturas de aquellos por base ó sostén á los _Coohuampu_ ó «caballitos
de totora», especie de esquifes en uso hoy todavía entre los pescadores
de la costa de Trujillo y Santa en el Perú, y muy semejantes por su
ligereza y material de construcción al _phaselus_ de los egipcios.
De todo cuanto dejamos escrito en este capítulo, resulta plenamente
confirmada la afirmación que hicimos de que la Cruz es el símbolo de
los dioses americanos del Aire y de los mitos de la Tormenta; en otros
términos: el símbolo sagrado de los fenómenos meteorológicos del cielo.
Ahora bien: ¿por qué ha de ser precisamente el signo de la Cruz el
emblema ó símbolo de los cambios meteorológicos producidos como
fenómenos de la atmósfera? ¿por qué ha de serlo la Cruz, y no otra de
las figuras geométricas tantas veces repetidas en la escritura indiana,
como el círculo, el triángulo, el cuadrilátero, la greca, el arabesco,
el meandro ú otra combinación ideológica ó simbológica cualesquiera?
Porque así lo fué, y porque así debió serlo, limitarémonos á contestar
al poner punto final al presente capítulo.
En el siguiente, relacionando el símbolo con el número sagrado
_Cuatro_, pasamos á probar esta afirmación, al parecer hecha _á priori_.
NOTAS:
[151] _Tenth Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary
of the Smithsonian Institution_, J. W. Powell (Washington, 1893).
[152] Adán Quiroga, _Huayrapuca ó la Madre del Viento_ (Buenos Aires,
1899).
[153] Op. cit., pág. 477, Fig. 664.
[154] Id. id., pág. 480, Pl. XXXII.
[155] Sobre estos dioses ofídicos, y por qué son tales los del Aire,
véase Rialle, _Mythologie Comparée_, cap. XIX, pág. 317.
[156] Véase Brinton, _The Myths of the New World_, cap. V, pág. 154, y
sobre el dios Hurakán, Brasseur, _Le Libre Sacré_, pág. 80.
[157] Sobre Tláloc, véase Torquemada, _Monarquía Indiana_, lib. VI,
cap. 37 y Brasseur, pág. 121.
[158] Brinton cit., págs. 105, 136, 189, 215.
[159] Op. y lug. cit. Brasseur, pág. 70.
[160] Brinton cit., págs. 97 y 117.
[161] _Relación de la Provincia de Nicaragua_, pág 41 y sigtes. Sobre
este y otros Dioses del Aire, véase también á Sahagún, _Historia de la
Nueva España_, cap. II.
[162] Brinton cit., págs. 35, 68, 190—Brasseur, pág. 92.
[163] Brinton, págs. 213 y sigtes. y 335 á 338. Brasseur, pág.
80—Rialle, cap. XIX, págs. 309 y sigtes.
[164] Brinton, págs. 184 y 214.
[165] Brinton, págs. 222 y 335.
[166] Rialle, cap. XX.
[167] Brinton, pág. 171—Brasseur, pág. 118.
[168] Este libro sagrado fué traducido por Francisco de Ximénez y
publicado después en Viena por M. Scherzer (1857).
[169] Brinton, págs. 140 y 323—Rialle, cap. XX cit.—Brasseur, pág. 122.
[170] _Noticias de Tierra Firme_, Part. II—Sobre este y otros mitos
muyscas, véase también á Piedrahita, _Hist. de la Conquista del Nuevo
Reino de Granada_ (1668) y E. Restrepo, _Aborígenes de Colombia_, Caps.
II y III.
[171] Op. y lug. cit.
[172] _Amer. Urreligionen_, pág. 420 y sigtes.
[173] Op. y lug. cit.
[174] Brinton, cap. V. págs. 185 y sigtes.
[175] R. Lenz, _De la Literatura Araucana_, págs. 16 y 17
(Discurso—Oct. 1897—Chillan).
[176] Adán Quiroga, _Hachas sagradas_ (1900).
[177] Adán Quiroga, _Huayrapuca ó la Madre del Viento_ (Buenos Aires,
1899)—Max Müller, á propósito de los dioses epicenos brahamanes, dice
que sus adoradores «querían expresar algo que no fuese ni macho,
ni hembra; ... querían algo que estuviese por cima del masculino y
del femenino; un ser sin sexo, pero no un ser sin vida, ó un dios
impersonal» (_Origen y desarrollo de la Religión_, Sec. III, § I, pág.
286).
[178] Brasseur, _Le Lib. Sacr._ Introd., pág. 117—Véanse también á
Kinsborough, _Antigs—of México_, pág. 480; Ternaux Compans, _Recueil de
pièces á la Conq. du Mexique_, pág. 307 y 310, etc.
[179] Nosotros disentimos con Brinton y demás americanistas en la
interpretación de la palabra compuesta _Pacaritambo_. Como _Pacari_ es
«amanecer», y _tambo_, «lugar, casa», daría: «casa de orgíen», «tambo
del nacimiento», ó sea de donde salió el sol y sus hijos los Incas. En
otros términos: la cueva de la aurora.
[180] Brinton, págs. 238 y 265—Rialle, págs. 297 á 299—Lucien Biart,
_Les Aztéques_, pág. 85 (París 1885).
Con motivo de la Cruz de Tláloc, encontrada en las ruinas toltecas de
Téotihuacán, depositada en el Museo del Trocadero, y que Lucien Biart
reproduce en el lugar citado, el doctor Hamy demostró de como uno de
los atributos de Tláloc, destinado á _figurar la lluvia_, tomó á golpes
de cincel de los escultores la forma de la Cruz cristiana.
[181] Rialle, pág. 301—Brasseur, pág. 92.
[182] Brinton, pág. 145—Rialle, págs 303 y 304—Brasseur, pág. 70.
[183] Brinton, págs. 114, 124, 141, 172, 221 y 345—Rialle, págs. 309 á
312, 314 y 315.
[184] Rialle, págs. 310 y 313—Lucien Biart reproduce su estátua del
Trocadero (pág. 81).
_Tezcatlipoca_, el creador del espacio, portaba en su izquierda un
escudo y cuatro flechas en Cruz. Su imagen aparece en una terracota
encontrada en Nahualac por M. de Charnay. Lucía anillos y cordones de
oro, plumas verdes y manto rojo (Biart cit., págs. 75 y 76).
[185] Rialle, 323.
[186] Véase Lucien Biart, op. cit., pág. 91, París 1885.
Este autor, en el lugar citado, reproduce la insignia cruciforme de
Huitzilipochtli, de acuerdo con el manuscrito de Le Tellier. He aquí la
tan curiosa insignia:
[Ilustración: Insignia cruciforme de Huitzilipochtli.]
[187] Brinton, págs. 140 y 323—Rialle, págs. 327 á 333.
[188] _Hist. Apologética_, c. 121, MS.—De la Cruz en Yucatán han
tratado estensamente Ixtlilxochitl, _Hist. des Chichiméques_, pág.
5 y sigtes; _Sahagún_, _Hist. de la Nueva España_, lib. I, cap. II;
Cogolludo, _Hist. de Yucathan_, lib. IV, cap. IX; García, _Or. de los
indios_, lib. III, pág. 109; Palacios, _Descrip. de Guatemala_, pág.
29, etc.
[189] _Historia de Copacabana_ (Carta de D. Joaquín de Sosa y Lima
cit., «Revista de la Biblioteca», Rioja 1890).
Niceto de Zamacois asegura que la Cruz de Yucatán «representa al dios
de las Lluvias» (Annual Report de Powell (1888-89), pág. 730).
[190] Brinton, pág. 114.
[191] _Crón. del Perú_, capits. XXVII y XLIX.
[192] Rialle, págs. 299 y 326.
[193] Brinton, pág 97.
[194] E. Restrepo, _Los Aborígenes de Colombia_, pág. 45.
[195] Págs. 278 y 279—Brinton, pág 115.
[196] Squier, _In the Land of the Incas_, cap. XI, pág. 188.
[197] _Culto de Tonapa_, pág. 49.
[198] Adán Quiroga, _Huayrapuca ó la Madre del Viento_, págs. 425 y 426
(Bolet. del Inst. Geográf. Arg., tom. XX).
[199] _Congr. de Amer. de Bruselas_, tom. I, pág. 636.
CAPÍTULO V
LA CRUZ Y EL NÚMERO CUATRO
_Los números y su valor simbólico—Predilección
por el Cuatro en la raza americana—Los
hechiceros Chypeway—El número cuatro y el dios
Viztcilipuztli—Lo que escribe D. Antonio de Solís—El
número cuatro entre aztecas, nahuas, mayas,
quichés y muyscas—Entre peruanos y araucanos—Entre
calchaquíes—Los cuatro puntos cardinales y los
cuatro vientos—Los cuatro palos de la Cruz—La
Cruz como emblema acuático—Vaso ceremonial de
los Sia—Opinión de Stenvenson—Disentimiento con
Brinton—La Cruz como símbolo de la Lluvia._
Los números entre las diversas razas americanas tienen un valor
simbólico en sus religiones, en sus ceremonias hieráticas, en su
escritura sagrada y hasta en sus cosmoganías.
Anteriormente hemos tenido ocasión de insinuar cuán venerados fueron
los números dos y tres de parte de algunos pueblos aborígenes,
citando divinidades bicéfalas y tricéfalas, ó de dos y tres en uno,
y viceversa. El número dos representa el fenómeno bisexual, sin
hermafroditismo en los dioses; el atributo de los creadores, ó más
bien: hacedores _cay cari cachun_, _cay huarmi cachun_, ya sean varones
ó hembras, para formar, reproducir ó procrear por sí mismos, como
todopoderosos en la creación de las cosas del cielo ó de la tierra. El
número tres, que llamaremos _tanga-tanga_, refiérese indudablemente
á la intervención de tres cosas en el acto carnal de la generación
de las especies; y el _Huampar Chucu_, la mitra del gran sacerdote
que reproduce la «Relación Anónima»[200], es sin duda en el Perú el
emblema fálico de este número sagrado, pues compónese de la alegoría
del triángulo, el foco solar, el mortero y su mano, y hasta por sus
formas el Huampar aparece como la ingle del miembro viril, con los
atributos de las naturas masculina y femenina. El _Tangatanga_ ó
figurón tricéfalo de los chancas, no es otra cosa que la representación
antropomorfa de la referida cantidad sagrada.
No nos parece, como lo asevera Brinton[201], que la veneración al número
tres viene de tres operaciones mentales al pensar; pero sea de ello
lo que fuere, no es esta la oportunidad de debatir tan interesante
punto[202].
El número predilecto entre las razas aborígenes es indudablemente
el número _Cuatro_, especialmente en los pueblos en los cuales la
heliolatría es la base fundamental de la religión, como en Méjico y
Perú, por lo que tal predilección se ha atribuido generalmente al
conocimiento de parte de aquellos de los equinoccios y solsticios.
Sin embargo, la raza norteamericana, que no era adoradora del Sol,
tenía como sagrado al número en cuestión, lo que prueba que esta
particularidad ó es más antigua que la religión heliolátrica, ó debe
explicarse de otro modo.
El culto al número cuatro, como tan ingeniosamente lo ha demostrado
Brinton[203], se origina de la veneración á los cuatro puntos
cardinales, y obedece en cierto modo á las leyes aritméticas del
universo. El piel roja, según el americanista, adoptó este número
como regularizando cantidades en sus instituciones y artes; repitió
sus múltiplos y compuestos; imaginó nuevas aplicaciones, magnificando
constantemente su místico significado, llamándole, finalmente, en sus
ensueños filosóficos, la clave de los secretos del universo, la fuente
de la siempre creciente naturaleza[204].
El hombre rojo era cazador, y erraba por las selvas y las praderas sin
límites; un instinto, y no una facultad, dirigialo por la tierra, sin
extraviarse. En una época primordial de su historia, el indio tomó
nota de los cuatro rumbos, de los cuatro puntos cardinales, hacia los
cuales encaminaba sus pasos, y por aquellos se guió en el desierto y
en la noche, dignificándolos hasta convertirlos en dioses, como una
consecuencia natural. Mucho después, cuando un progreso lento le hizo
penetrar en otros secretos de la naturaleza; cuando se dió cuenta de la
trayectoría del sol, constantemente entre dos puntos, y del movimiento
de los elementos, él paró la atención en las radicales de la aritmética
y discernió una repetición ó aplicación de este número cuatro hasta en
las estaciones del tiempo. De aquí la adopción de parte suya de este
número como la cantidad regulatriz, y de aquí su predilección por el
mismo. Iguales motivos harían sagrado al cuatro en los demás pueblos,
cazadores antes que agricultores, y fetiquistas antes que politeistas,
aunque muchas veces el fetiquismo es una consecuencia posterior de
la adoración al dios representado, al que se concluye por atribuirle
voluntad propia, según Max Müller[205].
Los pieles rojas creen en la existencia de cuatro espíritus,
correspondientes á los cuatro puntos cardinales; genios de estos puntos
se suponen los vientos que soplan, por lo que son venerados también los
cuatro vientos, debiéndose advertir que el aire suele llevar el mismo
nombre de la divinidad cardinal de donde sopla[206], confundiéndose
de este modo con la dirección. De aquí es que en las ceremonias
religiosas de aquellos indios figuraba con monótona repetición el
número cuatro, por la conexión natural entre los movimientos del aire
en el pensamiento y en la palabra con las operaciones del alma y la
idea de Dios. Los creeks, especialmente, divinizaron al número cuatro,
y en la fiesta del Busk prendían fuego _en cruz_, ó sea en las _cuatro
esquinas_.
El Este entre los dakotas, según Mr. Dorsey[207], simbolizaba la vida y
su fuente; y de aquí la colocación del cadáver al Este, para indicar la
esperanza de una vida futura.
Estos puntos cardinales, según Brinton[208], tienen cada uno su motivo
especial para ser venerados. Del Este sale el sol. El Oeste es la
puesta, y trae la idea de muerte, sueño, tranquilidad, descanso de
la labor; en ese rumbo distante reposaba el alma fatigada del astro,
y cuando uno moría tomaba su camino. El Norte es el lugar del hielo;
hacia el Norte caminan las sombras, y de allí vienen los truenos
tempranos; viven en el Norte los dioses poderosos; y un témpano de
hielo no es más que una habitación de la divinidad; en una montaña
contigua á la estrella del Norte, creían los dakotas que existía el
dios de las estaciones; en el Septentrión oscuro moraba la muerte de
los attawas. El Sud, por el contrario, es la región de los vientos
ardorosos.
Para nosotros, que vivimos bajo la línea ecuatorial, no hay cuestión
en cuanto al Este y Oeste, al naciente y poniente, rumbos sagrados por
la salida y puesta del sol; pero los motivos de la veneración al Norte
y al Sud serían forzosamente otros. Del Norte soplan los huracanes
y vienen los vientos secos y ardientes, que en verano marchitan la
naturaleza; el Sud tiene su Cruz celeste; el viento del Sud trae el
cambio atmosférico, y tras él llega la tormenta, que produce la lluvia,
animando á las tierras sedientas y á la vegetación que languidece.
Aparte de esto, motivos políticos llamarían la atención del Norte, pues
que en aquel rumbo vivían los monarcas resplandecientes y se hallaban
erigidos los grandes imperios.
Los dakotas y otras razas del Norte, lo mismo que los demás pueblos
americanos, tienen en sus orígenes étnicos ó sociales la tradición
de cuatro hermanos, de cuatro semidioses, de cuatro jefes, de cuatro
caudillos ó de cuatro personajes; estos cuatro seres míticos aparecen
vestidos con metáforas groseras, pero alusivas siempre á los cuatro
vientos, pues que los vientos reconócense al instante en estos
cuaternos, é indiscutiblemente aquellos son los cuatro espíritus de
los navajos de Méjico, los cuatro genios antepasados de los mayas, los
cuatro aparecidos de Pacaritambo de los peruanos, etc.
Todo ello explica por qué en las ceremonias sacerdotales era comunmente
repetido el número cuatro.
Los hechiceros _Chipeway_, iniciando á sus neófitos en los misterios
de la religión, interrogábanles por un lugar de los cuatro polos,
de las cuatro grandes piedras que dejaban ante su fuego, recordando
cuatro días, refiriendo cuatro fiestas, y repitiendo durante la escena
religiosa este número ó sus múltiplos.
Un ejemplo precioso de lo venerado que era el número cuatro ofrécenos
D. Antonio de Solís, describiendo en la ciudad de Méjico la plaza
del templo de Vitzcilipuztli ó dios de la guerra. «Tenía la plaza,
dice[209], _cuatro_ puertas correspondientes en sus _cuatro_ lienzos,
que miraban á los _cuatro_ vientos. En lo alto de los portales había
_cuatro_ estátuas ...» El ídolo, agrega, portaba _cuatro_ varas con
cabezas de sierpes y _cuatro_ saetas.
Tenochtitlan[210], Cholula, Tezcuco y Quito estaban divididos en Cruz,
por calles que se cortaban de norte á sur y de este á oeste, de manera
que formaban cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. La mayor
parte de los palacios tomaban la forma arquitectónica de la Cruz. Las
tumbas en más de un pueblo eran igualmente construidas en Cruz, y
abríanse á lo largo de ellos avenidas correspondientes exactamente á
los paralelos y meridianos.
Los aztecas al tomar posesión de las tierras, tiraban flechas á los
cuatro puntos cardinales. Celebraban cuatro fiestas al año, y cuatro
veces la fiesta principal; con cuatro plegarias solemnizaban sus ritos,
ofreciendo incienso al cielo en los cuatro puntos cardinales; la humana
víctima del sacrificio era conducida cuatro veces al derredor del
templo, y arrancándole el corazón, bebían su sangre en cuatro vasos,
brindando á las cuatro partes del horizonte[211].
Los nahuas vivían sugestionados por la operación del número cuatro:
un pájaro era cogido por cuatro días; un fuego ardía y una flecha era
tirada á los cuatro cardinales cuando el bautismo de un niño; ofrecían
sus plegarias cuatro veces al día; sus grandes fiestas tenían lugar cada
cuatro años; las ofrendas de sangre se hacían á los cuatro puntos del
espacio; la jornada de las almas era de cuatro días y el luto duraba
cuatro meses ó cuatro años.
Las divinidades mejicanas de la atmósfera son grandes cuaternos, como
Quetzalcóatl con el epíteto de Nanihehecatl, porque son «señores de los
cuatro vientos», que preponderan hasta el día en que vencen los dioses
heliolátricos, resultado de una revolución étnico-religiosa de los
aztecas contra los toltecas, unos y otros simbolizados en Quetzalcóatl
y Tezcatlipoca, el «espejo resplandeciente», vencedor éste de aquél,
por lo que es figurado por un pájaro blanco atravesado por una flecha
saliendo de la cresta incendiada del monte Zapatec, emblema de la nube
asaeteada por el rayo vencedor del Sol[212].
Los caribes, quichés y muyscas tienen también gran veneración por
el número cuatro, el que se encuentra repetido en sus tradiciones
mitológicas y etnológicas. En los calendarios nahua, apoteca y maya, el
mes tiene cuatro semanas; su indixión se divide en cuatro períodos; el
mundo pasa por cuatro grandes ciclos, lo que se repite periódicamente
por la división del año solar en cuatro estaciones, que se producen
por la lucha de cuatro gigantes aereos que dominan los vientos. En el
_Popol Vuh_, envuelto en la obscuridad teológica, el cuaterno Gucumatz,
después de creados los animales y de maldecidos por no tener lenguaje
para dar las gracias á los dioses á quienes deben la vida, forma con
maíz blanco y amarillo á los cuatro pobladores del mundo, los tigres
del alba, de la noche, de la luna y el «distinguido», ó sean:
Balam-Quitze, Balam-Agab, Igi-Balam y Mahuentah. Es de advertir que el
felino es una representación heliolátrica, y numerosas cabezas de tigre
ó león han de verse reproducidas en los dioses-soles.
Notable ejemplo de cuaterno entre los quichés son los cuatro pájaros, ó
los cuatro vientos, sobre los que se cuentan muchas leyendas, los que
llevan nombres significativos; estos cuatro pájaros, cuatro espíritus,
son: Xecotcovach, Camulatz, Cotzbalam y Tecumbán[213].
En el Perú hemos creido observar que el número sagrado de la
civilización del culto á Viracocha[214] ó aymará del Titicaca es el
número tres; del que vimos anteriormente su repetición monótonamente
intencionada en los dioses de Tiahuanaco y representaciones monolíticas
del Aticci de las aguas. La civilización heliolátrica, al revés,
tenía una predilección manifiesta por el número cuatro, y era esta la
cantidad regulatriz en el imperio de los Incas. El Cuzco, como sucede
en los pueblos de Cholula á Quito, estaba dividido en cuatro partes, en
cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. El mundo incaico constaba
de cuatro partes, y sus tierras se encontraban repartidas entre cuatro
predilectos. En la primera gran división, el norte tocó á Manco Cápac,
el sud á Colla, el este á Tokay y el oeste á Pinahua. Ya hablamos de
cuatro genios del viento, ó de los cuatro de la cueva de Pacaritambo.
La sociedad peruana dividíase en cuatro castas: incas, curacas,
nobles y plebeyos. En la población del imperio se contaban cuatro
nacionalidades: Antis, Cuntis, Chinchas y Collas. El Inca llamábase
el «señor de las cuatro partes ó de los cuatro _suyus_». Los peruanos
celebraban cuatro fiestas, y en cada luna nueva otras de cuatro
días, repitiéndose invariablemente el número en todas sus ceremonias
religiosas.
Los guaraníes sólo cuentan hasta cuatro.
Entre los araucanos hay veneración por los cuatro gigantes aereos ó
los cuatro vientos. En la leyenda que anteriormente citamos del Viejo
Latrapai, recién á la _cuarta_ vez de ser llamadas las hachas, éstas
caen tronando al suelo, por lo cual Lenz[215], anotando este pasage,
escribe: «El número sagrado de los araucanos como casi de todos los
indios americanos es _cuatro_: todas las invocaciones se hacen _cuatro_
veces.»
En nuestro Calchaquí también el número predilecto es el cuatro, sin
negar por ello la veneración por el tres, comunmente repetido, y
correspondiente al culto del Agua.
En el _Folk-lore_ de esta nación hemos podido comprobar que el cuatro
hasta hoy interviene en muchas de sus ceremonias, heredadas de la
antigüedad. Cuatro suelen ser las invocaciones á la Pacha Mama,
ó Tierra Madre. Cuatro golpes de pie se dan para sanar al animal
«desortijado», y cuatro credos se rezan para curar un mal, lo mismo que
son cuatro las palabras secretas y sagradas que se pronuncian. Cuatro
son las grandes bacanales nativas conocidas: las del Arbol, del
Chiqui, de la Chaya ó Pucllay y del Tincunacu, ó sean: las fiestas al
algarrobo, propiciando las cosechas; las de conjuración al dios de
la adversidad para que cese la seca; la de la alegría, en honor del
Baco calchaquí en carnaval, y la de «los topamientos», celebrando el
acto carnal del _Tincuc_, el amor y la generación. Más de un ejemplar
de alfarerías figurando cuaternos puede presentarse. En las láminas
mismas reproducidas en este trabajo pueden verse repeticiones del
número cuatro: en la Fig. 21, cuatro son las esculturas cruciformes del
menhir; en el Tangatanga vénse dobles pares laterales de caras humanas;
en el disco de Lafone Quevedo, cuatro son las lágrimas circulares del
ídolo, cuatro las cruces que coronan las cabezas de los dragones, etc.
[Ilustración: Fig. 21. Monolito de Tafí.]
En nuestra colección calchaquí poseemos una espléndida alfarería negra,
que es un _Yuro ó huaquero_, formado por cuatro grandes serpientes, con
cuatro cabezas monstruosas, de circulares ojos Imaymanas dobles. Cuando
no tres, son cuatro las líneas de las lágrimas de lluvia de los ídolos.
Cuatro son también casi siempre los dedos de las manos de los mismos,
procediendo así el artista indio con prescindencia de la naturaleza
que las ha provisto de cinco, lo que demuestra que su preocupación
constante por el número sagrado ha podido más que el ejemplo palpable
de la naturaleza. Un cuadilátero rectangular suele ser la boca de las
figuras antropomorfas de las urnas funerarias. Por un cuadrilátero
aparece figurado el príapo de un andrógino de nuestra colección.
Finalmente, hasta hoy las gentes del oeste de Catamarca cuando sacan
sus cuentas, la operación se efectúa sumando cantidades parciales de
cuatro en cuatro: si venden especies, por ejemplo, hacen tantos grupos
de cuatro cuantos son necesarios para cubrir la cantidad vendida, los
que juntan en un solo montón á medida que se va contando; así, si se
trata de entregar una docena de cosas, se dice: cuatro, y otros cuatro,
y otros cuatro, son doce.
Ahora bien: de este número cuatro sagrado es claro que originan los
_cuatro palos_ de la Cruz.
Nada más á propósito que esta sencilla combinación geométrica, de dos
líneas cortándose en ángulos rectos, para figurar gráficamente la idea
de cuatro, los cuatro rumbos, los cuatro vientos. Colocado uno de los
brazos de la cruz en dirección norte-sur, es claro que el otro, que
le es perdendicular, marcará la este-oeste, ofreciendo este signo una
exacta figuración de los cuatro puntos cardinales y de la rosa de los
vientos que soplan de los mismos. Son estos cuatro vientos, venidos de
las cuatro partes del globo, los que constituyen esos cuaternos míticos
del Aire y de la Tormenta, que, como vimos en el capítulo anterior,
tienen por emblema la Cruz.