Los quichés de Guatemala tenían su _Gucumatz_[167], «el

papagayo-serpiente»,—de _guc_, «pájaro verde» y _matz_, «serpiente».

Es un cuaternión ó cuaterno, que se transforma en un período dado de

días en serpiente, en águila, en tigre y en sangre coagulada. Aparece

como un dios dominador y engendrador según la biblia quiche ó Popol

Vuh[168]. Gucumatz hace surgir la tierra de en medio de las aguas,

invocando á ese Hurakán, el «corazón del cielo», según este libro

sagrado.

Los nahuas veneraban á otra divinidad de la atmósfera y de la

tempestad, al cruel _Huizlopochtli_[169], dios de la guerra, que M.

Tylor creyó identificar con _Mextli_, guerrero de cuyo nombre quiere

derivar el de Méjico. _Huitzilin_, significa «colibrí», y es sin duda

este irisado pájaro-mosca el emblema de la naciente primavera. Aquél

al salir del vientre de su madre Coatlicue y cuando sus hijos, los

Centzunhuitnahuas, y su hija Coyolxauhqui, intentan matarla á causa

de su preñez, tírales con una serpiente de fuego, á cuyos golpes

caen exánimes, por lo que desde entonces viénele bien el nombre que

lleva de Tetzauhtostl, «el dios terrible». Coaticlue, la mujer de

las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube

tempestuosa preñada de rayos; una bola de blancas plumas, flotante en

el aire, que fecundo su seno, es la nubecilla blanca que al entrar en

el seno de la gran nube, parece iniciar la tempestad; los hijos que

quisieron matarla, son las nubes que suben al zenit, impulsadas por el

viento precursor del huracán, y que parecen oponiéndose y encontrando

á la nube principal; una voz que á la madre habló de defensa desde su

seno, es el trueno. Bernal Díaz cuenta de un page de Huitzilipochtli,

dios de las alarmas, mensagero «rápido», llamado Paynalton, y que

parécenos que debe ser el viento que sopla.

Entre los muyscas de Cundinamarca, P. Simón[170] hace referencias á un

_Chiminigagua_, gran receptáculo de la luz en medio de las tinieblas.

La luz comienza á emanar de él, y su aparición dá nacimiento á los

primeros seres, unos grandes pájaros negros que se desparramaron por el

espacio, lanzando por sus picos una sustancia brillante, trasparente é

impalpable, que fué el Aire.

El gran dios de la atmósfera y del iris en Cundinamarca, es

_Chuchavira_. Simón[171] relata lo universal de su culto de parte de

su pueblo, especialmente de las mujeres en cinta; siendo fecundador,

entonces, este dios del aire. Era representado por figurillas de oro, y

se le consagraban esmeraldas.

J. G. Müller[172] vé en el terrible _Thomagata_ otro dios solar como

Botchica; pero este Thomagata aparece como un meteoro divinizado, como

un espíritu de fuego cruzando el espacio, lo que demuestra que se trata

de un dios del huracán, de la tormenta con rayos, y del trueno. En

efecto: Thomagata anda siempre recorriendo el espacio, bajo el aspecto

de un ser de fuego, que tiraniza á los hombres, y que exige, para

aplacarse, grandes sacrificios humanos; y debía ser muy terrible para

que se le figurase, como refiere Piedrahita[173], con cola de felino.

Botchica extermina á este dios, lo que indica la sustitución entre los

muyscas de una divinidad por otra.

El dios atmosférico anterior á la heliolatría peruana, es _Catequil_,

quien tiene un hermano, _Piguerao_, el _piscu-uira_ ó el «pájaro

brillante» según la interpretación inadmisible de Brinton, quien

traduce al quichua una palabra que no lo es; siendo el ave luminosa,

por lo demás, alusión á la nube preñada de rayos, viéndose en ello que

en el Perú la nube era representada como un ser ornitomorfo. Catequil

tenía por arma el rayo, y los meteoritos eran las piedras que él

lanzaba sobre la tierra. Este dios del rayo aparece como una divinidad

fecundadora, alusión á la lluvia que riega la tierra, y por ello, sin

duda, los Incas admitían su culto en las fiestas de verano, no obstante

ser grato á los sacrificios sangrientos, que proscribieron los héroes

heliolátricos.

_Ataguju_ ó Atachuchu creó un ser humano, Guaman-suri, que descendió á

la tierra y sedujo á una joven, hija y hermana de los Guachemines, los

tenebrosos habitantes del globo. Estos mataron al amante de su hermana,

la que sobrevivióle poco tiempo, no sin poner dos huevos en el mundo,

de los cuales nacieron Catequil y Piguerao. Catequil, volviendo á la

vida á su madre, y matando á los Guachemines, valiéndose de una piel de

oro de Atachuchu, hace nacer de la tierra á los hombres.

Este mito, en resumen, es interpretado por Brinton[174] de la manera

siguiente: el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, se une

á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, es decir, á la

nube misma; los nubarrones del huracán, los tenebrosos Guachemines, son

heridos por su rayo; Catequil, acompañado del relámpago, dispersa estas

nubes, y después, por medio del fuego, fecunda y dá vida á la tierra, á

la que hace fértil, suministrando el alimento á los hombres.

_Pillán_, el Trueno, es la divinidad suprema de los araucanos, el

que vive en las eminencias de la cordillera fraguando la tormenta.

Sus hachas son los rayos, que cortan de un golpe los viejos robles.

Esto aparece resultar de la leyenda del _Viejo Latrapai_, referida

por un distinguido americanista chileno[175], según la cual Latrapai

resolvió un día dar sus hijas en matrimonio á sus sobrinos Cónquel

y Pediu, pero siempre que derribasen un bosque de robles, volteando

cada árbol de un solo golpe, lo que consiguieron cuando bajaron las

armas del Pillán, que ellos pidieron «llamando hachas» _cuatro_

veces, en estos términos:—¡«Bájate, hacha del Pillán! Bájate hacha

del Pillán! Favorécenos, soberano de los hombres; bota dos hachas

que corten un árbol con cada golpe!»—Dicho lo cual, bajaron hachas

por las copas de los árboles; y con ellas, cortando cada árbol de un

golpe, satisficieron al viejo Latrapai, casando con sus hijas. Y es de

advertir, á propósito de hachas, que las de piedra, obra del hombre

primitivo, son tenidas como hachas del rayo por los pueblos indígenas

que las desentierran; y es por eso que en Calchaquí, por ejemplo, se

conjura á la tormenta de piedra ó al granizo presentándole durante un

rato los filos sagrados de aquellas[176].

En nuestro Calchaquí tenemos también un mito del viento y de la

tormenta, que desempeña un importantísimo papel en la cosmogonía de

este pueblo. La divinidad atmosférica calchaquí aparece aniquilando

á las fuerzas de la naturaleza que vencieron al sol y á la luna,

estableciendo desde entonces su imperio absoluto, lo que demuestra la

supremacia en estas regiones de un culto acuático sobre la heliolatría.

Tal divinidad atmosférica suprema, de cara humana, mitad antropomorfa y

mitad ofídica, con cuerpo de dragón y cola de serpiente, es la _chasca

Huayrapuca_, la «Madre del Viento», ó el Viento mismo, del género

epiceno, varón y hembra á la vez, que anda corriendo por los aires,

llevando al huracán, á la tormenta y á la lluvia, y que á nosotros nos

cupo en suerte desenterrar del panteón calchaquí[177].

Esta breve reseña de las divinidades atmosféricas continentales nos

ha sido necesaria, para dejar así establecido que, no sólo no nos

extraña la existencia de la Cruz venerada entre los Pieles Rojas y

demás pueblos del norte, y entre los toltecas, los aztecas, los nahuas,

los quichés, los muyscas, los aymarás, los quichuas, los araucanos

y los calchaquíes, sinó que la existencia del sagrado símbolo debió

precisamente ser un hecho entre ellos, desde el momento en que los

cuatro palos de la cruz, como más adelante lo veremos, no son otra

cosa que la gráfica, sencilla y natural representación de los cuatro

puntos cardinales de donde soplan los cuatro vientos, de los cuatro

vientos mismos, de los cuatro antepasados, las fuerzas creadoras de

la naturaleza, ó de los cuatro genios de las cosmogonías primitivas;

porque, como observa Brasseur[178] respecto á este último punto, los

navajos de Méjico nacieron de cuatro espíritus; los mayas de cuatro

genios antepasados; y en todas las historias aztecas y toltecas

aparecen cuatro caracteres, ya sean como sacerdotes ó enviados de los

dioses ó magestad oculta ó disfrazada, ya como guías y caudillos de

tribus durante sus migraciones, ya como reyes y mandantes de monarquias

después de su fundación; y aún en los tiempos de la conquista siempre

encontramos cuatro príncipes que forman el supremo gobierno, ya sea en

Guatemala ó ya en Méjico. Nosotros añadiremos en el Perú á los cuatro

de la cueva de Pacaritambo, que tiraban piedras á los cuatro rumbos, y

que volaban al cielo cuando morían[179], repitiéndose este ejemplo de

los cuaternos en otros pueblos.

Donde hay, pues, dioses de la atmósfera, del huracán, de la tormenta,

del trueno y del rayo, seguramente existirá el símbolo complementario

de la Cruz, tenido como emblema de alta veneración; lo contrario, la

escepción, sería lo que cabalmente llamaría la atención en cuanto el

caso se presentase; pero esto en realidad no acontece, como lo veremos

por los ejemplos que pasamos á apuntar.

Tláloc, la gran divinidad azteca, de cuerpo y rostro gris, vestido

de una túnica de azul con bandas de plata en cuadro, luciendo flores

de perlas de colores, diadema de plumas blancas y verdes, de la que

caían á sus espaldas plumas rojas y verdes también, oro y pedrerías, y

portando la aurea serpiente en su diestra en representación del rayo,

con su solo ojo, todo blanco, atravesado por una línea horizontal

negra, bajo la cual veíase el semicírculo del mismo color;—Tláloc, el

dios de la boca tridentada, cuya estatura era rodeada por un gran

anillo doble azul, tenía por insignia la _Cruz_, ó los cuatro vientos

que soplan de los cuatro puntos trayendo la lluvia, sobre los que

ejercía su imperio, repitiéndose el número cuatro en todo lo que con él

se relacionaba[180].

_Amimitl_, como _Opochtli_, el señor de los pescadores, inventor de

redes y harpones, era uno de tantos Tlálocs, venerado en el lago

Chalco. Como á Tláloc máximo, representábasele bajo la forma de un

hombre de tinte gris, coronado de papeles de diversos colores y de

plumas verdes, vistiendo un traje de igual color, semejante al hábito

de los sacerdotes católicos. Esta divinidad acuática estaba armada de

un cetro singular y de un escudo rojo, adornado al centro con una flor

blanca, y _cuatro_ hojas _en Cruz_[181].

La diosa de seno de esmeraldas, la divinidad de las ondas, la reina

de los magos, la dama de la saya verde, la hermana de Tláloc, según

Sahagún, ó compañera de este dios, al decir de Torquemada; la diosa

de la frente azul, que portaba una corona orlada de plumas verdes y

que lucía un collar de esmeraldas y pendientes de turquesas, vestida

de celeste claro, como el agua de los lagos; la que tenía el poder de

agitar las tempestades, de levantar los torbellinos, de inundar las

tierras, _Chalchihuitlicue_, la _Matlacue_ de los tlascaltecas, lucía

un escudo al brazo izquierdo, cuyo blasón era una flor blanca de lis de

agua, portando en su diestra un objeto en forma _de Cruz_[182].

El dios tolteca hijo de Mixcóatl, es decir, de otro dios de

la atmósfera y de las nubes, que lleva ciertos sobrenombres

significativos, dignos sobre todo de una divinidad del huracán, como

que es el «papagayo-serpiente» ó la «serpiente emplumada»; el hombre

blanco, de mirada roja resplandeciente, robusto, de larga frente, de

cabellera y barba negras, con su insignia en una mano; el predicador

de la montaña de _Tzotzitepec_, ó «monte del clamor»,—Quetzalcóatl,

de quien ya nos ocupamos, viste un largo traje blanco sembrado _de

cruces_, como una comprobación final del carácter meteorológico de tan

curioso mito[183].

El carácter atmosférico de Quetzalcóatl, queda comprobado otra vez más,

cuando figura con el epíteto de Nanihehecatl ó «señor de los _cuatro_

vientos», el cual tenía por símbolo _la Cruz_, como signo sagrado de

su poder sobre el aire. No debemos olvidar que en el curso de su viaje

hacia Tlapallán, dejó como señal de su tránsito un árbol atravesado

horizontalmente por una flecha, formando así _una Cruz_[184].

Más claramente representativa aún que la Cruz de Quetzalcóatl, es la

del aparecido _Wixepecocha_, el que de la mar vino por el sudeste; el

anciano que predicó á los zapotecas de Huatulco doctrinas que no fueron

comprendidas en el primer momento; el famoso perseguido, que vaga de

una parte á la otra, y que subiéndose á la más alta cumbre del monte

Cempoaltepec, asciende á la atmósfera y se desvanece, sin dejar otro

rastro visible en la tierra que las plantas de su pie impresas en las

rocas. Este aparecido que huye en todas direcciones y que acaba por

desvanecerse en el espacio, se parece á la nube y al viento. Antes de

partir al monte cuya cima le sirvió de refugio, plantó _una Cruz_,

recomendando su adoración á los habitantes de la tierra: la veneración

al símbolo de la lluvia queda así comprobada[185].

El terrible _Huitzilopochtli_ nahua[186] era un dios de la atmósfera

y del cielo entre los aztecas, como Quetzalcóatl entre los toltecas

y Camaxtli entre los chichimecas. Su madre Coatlicue, la muger de

las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube

del huracán despidiendo rayos. Encima de la pirámide truncada que

era consagrada á Huitzilopochtli en Tenochtitlan, se levantaba el

templo que guardaba su estatua. Esta tenía enormes proporciones, y

representaba al dios en su trono, soportando un globo azul, del cual

salían _cuatro_ bastones en forma de serpientes. El globo era emblema

de la bóveda celeste, dominio de Huitzilopochtli; las serpientes

simbolizaban relámpagos; los bastones servían á los sacerdotes para

portar su imagen en las procesiones. La cabeza del dios lucía como una

cimera un colibrí de plumas brillantes, cuyo pico y cresta eran de oro;

su rostro, con el ceño de su crueldad, era atravesado por dos bandas

azules horizontales, generalmente cubierto por una máscara de aquel

metal. En su mano derecha llevaba, para servirle de báculo, un bastón

en forma de serpiente, sobre el que se apoyaba; en su brazo izquierdo

portaba un escudo ornado de cinco ramilletes de plumas blancas _en

forma de Cruz_. La mano correspondiente á este brazo tenía las _cuatro_

flechas de oro caidas del cielo, y de las que dependía el destino del

pueblo azteca. El blasón cruciforme de este dios de la atmósfera,

simbolizaba las nubes que traían la lluvia[187]. En la nota anterior se

reproduce su insignia cruciforme.

Sin lugar á duda alguna, sabemos que el emblema de la lluvia en la

América Central, especialmente entre nahuas y mayas, era _la Cruz_. Las

Casas[188], obispo de Chiapa, recuerda su veneración en estos pueblos,

y refiere que en el principal de los manantiales ó vertientes de agua

los nativos erigían _cuatro_ altares, en la forma de una Cruz. La Cruz,

que los misioneros no supieron si admirar ó atribuir á Satanás, fué

el objeto central en el gran templo de Cozumel, perseverando en los

bajorelieves del antiquísimo pueblo de Palenque. Fr. Alonso Ramos[189]

cuenta la gran veneración á la cruz de parte de los yucatecos. «Apenas,

escribe, los españoles se acercaron al Continente de América, en 1518

desembarcando en Cozumel, junto á Yucatán, hallaron _muchas cruces_,

dentro y fuera de los templos y en su patio almenado puesta una cruz

grande, en cuyo contorno hacían procesión los indios _pidiendo á Dios

lluvias_, y á todas las veneraban con gran devoción», lo que prueba que

era el símbolo de un gran dios atmosférico.

Desde tiempo inmemorial la Cruz aparece siendo objeto de plegarias y

de sacrificios de parte de nahuas y mayas, la que se suspendía como un

emblema augusto en los templos de Popayán y Cundinamarca, significando

«Arbol de Nuestra Vida» en lengua mejicana. Los de Yucatán imploraban á

la Cruz cuando demandaban agua en tiempo de seca. La diosa azteca de

las lluvias llevaba una Cruz en su mano, y en una fiesta primaveral

en su honor víctimas humanas eran sacrificadas en cruces, atravesados

sus cuerpos de flechas[190]. Quién sabe si esto mismo significasen los

sacrificios humanos en cruces, ó los niños crucificados que se hallaron

en casi todos los templos del Perú, y especialmente en los de Pasao,

de los que recuerdan el P. de la Calancha, Zárate, Miguel Estete y

especialmente Cieza de León, quien compara estos _crucificados_ con los

que vió en Cali[191].

El dios del templo de la isla de Cozumel, venerado especialmente por

los mayas, se llamaba _Ahulneb_, divinidad de la lluvia y de los

vientos, representado bajo la forma de un gigante monstruoso que

llevaba una flecha en la mano. Su emblema era _la Cruz_, á la que

imploraban, para que hiciera llover, los peregrinos venidos de los

países secos, en donde el agua se guardaba en preciosas represas[192].

Los _cuatro_ Bacabs de la naturaleza; las cuatro corrientes invisibles

del aire; los cuatro seres míticos; las «cuatro _vasijas_ de arriba»,

que en Yucatán se suponían columnas del cielo que lo sostenían en las

cuatro partes del mundo, como grandes cariátides, estaban distribuidos

_en Cruz_[193]. Estos cuatro Bacabs, _Kan, Muluc, Ix y Cauac_,

correspondientes á los puntos cardinales N. S. E. y Oeste, eran dioses

de la lluvia, y arreglaban el calendario maya. Su representación por

_cuatro vasijas de arriba_, es sin duda una alusión á los _vasos del

Trueno_, de los que nos ocuparemos. Los cuatro Bacabs, ó los cuatro

viejos, escaparon en tiempo en que todos los seres se ahogaron en el

diluvio americano.

Cuando los musycas querían sacrificar en honor de las diosas de las

aguas, estendían largas cuerdas sobre la tranquila linfa del lago,

de tal manera que formaban _una Cruz_ gigantesca, en cuyo punto de

intersección ofrendaban oro y esmeraldas al sagrado símbolo, como

lo atestiguan Simón y Acosta[194]. Según Rialle[195], no obstante el

culto preponderante de Botchica, la diosa _Batchué_ conservó toda la

veneración de los muyscas de Cundinamarca, quienes le rendían homenage

tendiendo en cruz dos grandes cuerdas sobre la superficie del lago,

venerándose su intersección en la forma que dejamos apuntada. Era la

diosa de las aguas, y tenía supremacia sobre las plantas, hijas de

la tierra. En el capítulo respectivo comprobaremos la existencia de

_cochas_ con cruces en Calchaquí.

Del valor mitológico de la Cruz como símbolo en el Perú, nos hemos

ocupado anteriormente.

Aunque los cronistas guarden silencio sobre las relaciones entre el

Catequil y la Cruz, porque fué asunto en que no cayeron en cuenta,

nosotros no dudamos que esta ha debido ser su símbolo, dado el carácter

atmosférico de la pre-incaica divinidad.

El _Dios del Aire_ que nos ofrece E. G. Squier[196], y que reproducimos

en la Fig. 28, no aparece con la Cruz; pero en cambio es portador en su

izquierda de un largo _Tau_, igual al de las figurillas de la procesión

de Wiener, de que antes dimos cuenta,—símbolo que, en todos los

pueblos equivale á aquel otro, como ya lo establecimos. Este dios del

Aire, de nombre ignorado, que bien puede ser ese Catequil, también

celebrado escepcionalmente por los Incas en su gran festival de las

mieses en verano, porta á su diestra un pájaro de pico abierto,

largo cuello, cola profusamente pintada: el pájaro de la tormenta,

símbolo de la nube, quizá el ave luminosa _Piguerao_, que nos hace

recordar al instante el papagayo de Quetzalcóatl, Cuculcán, Gucumatz,

y particularmente el colibrí ó pájaro-mosca de Huitzilopochtli.

También nos trae á la memoria el ojo blanco de Tláloc, con su línea

horizontal negra, ese ojo cuadrado, con su línea central, en la peruana

divinidad. El cuerpo circular del pájaro de Squier, rememora el «espejo

resplandeciente» de Tezcatlipoca, y especialmente la bola emplumada

que flotando en el aire fecundo el seno de Caticlue, la muger de las

serpientes.

[Ilustración: Fig. 28. Dios del Aire de Squier.]

Por lo demás, este Dios del Aire ofrece mucho interés: su cuerpo es

antropomorfo, y de su parte posterior sale su gran cola de dragón,

común á las representaciones de las divinidades atmosféricas; su

cabeza zoomorfa, de gran boca dentada, con casquete triangular y una

media luna por penacho, recuerda la fisonomía del _Wind Spirit_ de

los Haidas, y, sobre todo, la de las _Huayrapucas_ de la figura 27.

Cosas muy curiosas, son: los _linga_ y _yoni_ que la divinidad peruana

lleva á cada lado de sus piernas; el falo, con su ingle superior y

sus círculos Imaymanas á la parte de abajo, entre el _tau_ y el casco

triangular de su cabeza, etc. El dios se vé que va en actitud de volar

por los aires.

[Ilustración: Fig. 29. Fragmento de calabaza (Piedra Blanca,

Catamarca).]

[Ilustración: Fig. 29 _bis_. Detalles de la anterior.]

Lafone Quevedo[197], dedicando al mismo una decena de renglones, dice

que, por sus atributos fálicos, «muy bien le vendría el nombre de

_Punchao_.»

Cada vez que vemos la figura de Squier, viénennos también á la memoria

las Huayrapucas calchaquíes de las Figs. 29 y 29 _bis_, grabadas sobre

un pequeño mate de barro, reproducido en la primera de estas láminas,

apareciendo en la figura _bis_ el desarrollo del objeto total, de uno y

otro lado. Estas figurillas _a_ y _b_, tienen cuerpo antropomorfo, cara

zoomorfa, y aparecen en actitud de volar; y si bien no arrastran

colas de dragón, la serpiente de escama triangulada, que simboliza al

rayo, aparece enroscada al mango incompleto del objeto. La figurilla

_a_, lleva en su única mano una flecha, que debe ser figuración de

un rayo, como en los dioses toltecas y aztecas; la _b_, porta en su

izquierda una larga flecha, y en su diestra otra, y á más el pájaro

ó _Ave de la Tormenta_, representada simbólicamente por una cabeza y

cuello de _Suri_ ó Avestruz, que indiscutiblemente para nosotros es

el ave sagrada de _las nubes_ en Calchaquí, como lo explicaremos en

el capítulo respectivo. Los ojos de las figurillas que nos ocupan son

Imaymanas, sencillos y dobles.

[Ilustración: Fig 30. Olla de barro de Capayán Colecc. Quiroga.]

Indudablemente que el dios del Aire de Calchaquí está emparentado con

el del Perú, y quién sabe si no son ambos la misma divinidad de la

tormenta.

Más en las Huayrapucas hasta ahora reproducidas no aparece el símbolo

de la Cruz, que vamos estudiando en los dioses meteorológicos, hasta

que damos con el grupo mítico-atmosférico de Capayán (Catamarca), en

las fronteras del valle de Londres, grabado sobre el barro de color

negro, en la parte anterior de la pequeña olla de la figura 30, que

reproducimos desarrollada en la 30 _bis_. A la parte posterior de la

olla (Fig. 30) sólo aparece la cola ofídica, con círculos Imaymanas

grabados en la misma, sirviendo de oreja ó manija á la tinajita. Lo

interesante es la figura mítica á la cual esta cola de serpiente

pertenece, grabada con poca profundidad en la parte anterior del objeto

(Fig. 30 _bis_).

Estas figuras fueron ofrecidas por nosotros en nuestro trabajo sobre la

Madre del Viento[198], y muy oportuno es reproducirlas en esta ocasión.

[Ilustración: Fig. 30 _bis_. Desarrollo de la figura anterior.]

Como se vé en el desarrollo del grupo mítico de la olla, al centro

del mismo aparece un ser de interesantísimas formas humanas. Este

ser, como los dioses mejicanos del aire, lleva en la cabeza un

penacho de seis anchas plumas de ave. En su cara humana,—de la que

caen pendientes,—dos serpientes que tatúan sus mejillas, sobre las

que descansan sus cabezas, forman la nariz del ídolo en su punto de

intersección, y sus colas arqueadas, las cejas; la boca es ovalada.

De su barba, despréndese la caja geométrica del cuerpo, saliendo

para dentro del cuadro, de cada una de las cuatro esquinas del

mismo, _cuatro_ cabezas de serpiente, con ojos y boca, provistas de

sus cuellos. Estas cuatro cabezas forman el símbolo de _la Cruz_,

perfectamente artística y visible. Del ángulo inferior del cuadrado

despréndense las patas zoomorfas del mítico ser, el que aparece en

medio de las nubes y de la tormenta, provisto de grandes ojos dobles,

con las zig-zags.

La cruz en América (Arqueología Argentina) · 第 6 / 17 段