papagayo-serpiente»,—de _guc_, «pájaro verde» y _matz_, «serpiente».
Es un cuaternión ó cuaterno, que se transforma en un período dado de
días en serpiente, en águila, en tigre y en sangre coagulada. Aparece
como un dios dominador y engendrador según la biblia quiche ó Popol
Vuh[168]. Gucumatz hace surgir la tierra de en medio de las aguas,
invocando á ese Hurakán, el «corazón del cielo», según este libro
sagrado.
Los nahuas veneraban á otra divinidad de la atmósfera y de la
tempestad, al cruel _Huizlopochtli_[169], dios de la guerra, que M.
Tylor creyó identificar con _Mextli_, guerrero de cuyo nombre quiere
derivar el de Méjico. _Huitzilin_, significa «colibrí», y es sin duda
este irisado pájaro-mosca el emblema de la naciente primavera. Aquél
al salir del vientre de su madre Coatlicue y cuando sus hijos, los
Centzunhuitnahuas, y su hija Coyolxauhqui, intentan matarla á causa
de su preñez, tírales con una serpiente de fuego, á cuyos golpes
caen exánimes, por lo que desde entonces viénele bien el nombre que
lleva de Tetzauhtostl, «el dios terrible». Coaticlue, la mujer de
las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube
tempestuosa preñada de rayos; una bola de blancas plumas, flotante en
el aire, que fecundo su seno, es la nubecilla blanca que al entrar en
el seno de la gran nube, parece iniciar la tempestad; los hijos que
quisieron matarla, son las nubes que suben al zenit, impulsadas por el
viento precursor del huracán, y que parecen oponiéndose y encontrando
á la nube principal; una voz que á la madre habló de defensa desde su
seno, es el trueno. Bernal Díaz cuenta de un page de Huitzilipochtli,
dios de las alarmas, mensagero «rápido», llamado Paynalton, y que
parécenos que debe ser el viento que sopla.
Entre los muyscas de Cundinamarca, P. Simón[170] hace referencias á un
_Chiminigagua_, gran receptáculo de la luz en medio de las tinieblas.
La luz comienza á emanar de él, y su aparición dá nacimiento á los
primeros seres, unos grandes pájaros negros que se desparramaron por el
espacio, lanzando por sus picos una sustancia brillante, trasparente é
impalpable, que fué el Aire.
El gran dios de la atmósfera y del iris en Cundinamarca, es
_Chuchavira_. Simón[171] relata lo universal de su culto de parte de
su pueblo, especialmente de las mujeres en cinta; siendo fecundador,
entonces, este dios del aire. Era representado por figurillas de oro, y
se le consagraban esmeraldas.
J. G. Müller[172] vé en el terrible _Thomagata_ otro dios solar como
Botchica; pero este Thomagata aparece como un meteoro divinizado, como
un espíritu de fuego cruzando el espacio, lo que demuestra que se trata
de un dios del huracán, de la tormenta con rayos, y del trueno. En
efecto: Thomagata anda siempre recorriendo el espacio, bajo el aspecto
de un ser de fuego, que tiraniza á los hombres, y que exige, para
aplacarse, grandes sacrificios humanos; y debía ser muy terrible para
que se le figurase, como refiere Piedrahita[173], con cola de felino.
Botchica extermina á este dios, lo que indica la sustitución entre los
muyscas de una divinidad por otra.
El dios atmosférico anterior á la heliolatría peruana, es _Catequil_,
quien tiene un hermano, _Piguerao_, el _piscu-uira_ ó el «pájaro
brillante» según la interpretación inadmisible de Brinton, quien
traduce al quichua una palabra que no lo es; siendo el ave luminosa,
por lo demás, alusión á la nube preñada de rayos, viéndose en ello que
en el Perú la nube era representada como un ser ornitomorfo. Catequil
tenía por arma el rayo, y los meteoritos eran las piedras que él
lanzaba sobre la tierra. Este dios del rayo aparece como una divinidad
fecundadora, alusión á la lluvia que riega la tierra, y por ello, sin
duda, los Incas admitían su culto en las fiestas de verano, no obstante
ser grato á los sacrificios sangrientos, que proscribieron los héroes
heliolátricos.
_Ataguju_ ó Atachuchu creó un ser humano, Guaman-suri, que descendió á
la tierra y sedujo á una joven, hija y hermana de los Guachemines, los
tenebrosos habitantes del globo. Estos mataron al amante de su hermana,
la que sobrevivióle poco tiempo, no sin poner dos huevos en el mundo,
de los cuales nacieron Catequil y Piguerao. Catequil, volviendo á la
vida á su madre, y matando á los Guachemines, valiéndose de una piel de
oro de Atachuchu, hace nacer de la tierra á los hombres.
Este mito, en resumen, es interpretado por Brinton[174] de la manera
siguiente: el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, se une
á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, es decir, á la
nube misma; los nubarrones del huracán, los tenebrosos Guachemines, son
heridos por su rayo; Catequil, acompañado del relámpago, dispersa estas
nubes, y después, por medio del fuego, fecunda y dá vida á la tierra, á
la que hace fértil, suministrando el alimento á los hombres.
_Pillán_, el Trueno, es la divinidad suprema de los araucanos, el
que vive en las eminencias de la cordillera fraguando la tormenta.
Sus hachas son los rayos, que cortan de un golpe los viejos robles.
Esto aparece resultar de la leyenda del _Viejo Latrapai_, referida
por un distinguido americanista chileno[175], según la cual Latrapai
resolvió un día dar sus hijas en matrimonio á sus sobrinos Cónquel
y Pediu, pero siempre que derribasen un bosque de robles, volteando
cada árbol de un solo golpe, lo que consiguieron cuando bajaron las
armas del Pillán, que ellos pidieron «llamando hachas» _cuatro_
veces, en estos términos:—¡«Bájate, hacha del Pillán! Bájate hacha
del Pillán! Favorécenos, soberano de los hombres; bota dos hachas
que corten un árbol con cada golpe!»—Dicho lo cual, bajaron hachas
por las copas de los árboles; y con ellas, cortando cada árbol de un
golpe, satisficieron al viejo Latrapai, casando con sus hijas. Y es de
advertir, á propósito de hachas, que las de piedra, obra del hombre
primitivo, son tenidas como hachas del rayo por los pueblos indígenas
que las desentierran; y es por eso que en Calchaquí, por ejemplo, se
conjura á la tormenta de piedra ó al granizo presentándole durante un
rato los filos sagrados de aquellas[176].
En nuestro Calchaquí tenemos también un mito del viento y de la
tormenta, que desempeña un importantísimo papel en la cosmogonía de
este pueblo. La divinidad atmosférica calchaquí aparece aniquilando
á las fuerzas de la naturaleza que vencieron al sol y á la luna,
estableciendo desde entonces su imperio absoluto, lo que demuestra la
supremacia en estas regiones de un culto acuático sobre la heliolatría.
Tal divinidad atmosférica suprema, de cara humana, mitad antropomorfa y
mitad ofídica, con cuerpo de dragón y cola de serpiente, es la _chasca
Huayrapuca_, la «Madre del Viento», ó el Viento mismo, del género
epiceno, varón y hembra á la vez, que anda corriendo por los aires,
llevando al huracán, á la tormenta y á la lluvia, y que á nosotros nos
cupo en suerte desenterrar del panteón calchaquí[177].
Esta breve reseña de las divinidades atmosféricas continentales nos
ha sido necesaria, para dejar así establecido que, no sólo no nos
extraña la existencia de la Cruz venerada entre los Pieles Rojas y
demás pueblos del norte, y entre los toltecas, los aztecas, los nahuas,
los quichés, los muyscas, los aymarás, los quichuas, los araucanos
y los calchaquíes, sinó que la existencia del sagrado símbolo debió
precisamente ser un hecho entre ellos, desde el momento en que los
cuatro palos de la cruz, como más adelante lo veremos, no son otra
cosa que la gráfica, sencilla y natural representación de los cuatro
puntos cardinales de donde soplan los cuatro vientos, de los cuatro
vientos mismos, de los cuatro antepasados, las fuerzas creadoras de
la naturaleza, ó de los cuatro genios de las cosmogonías primitivas;
porque, como observa Brasseur[178] respecto á este último punto, los
navajos de Méjico nacieron de cuatro espíritus; los mayas de cuatro
genios antepasados; y en todas las historias aztecas y toltecas
aparecen cuatro caracteres, ya sean como sacerdotes ó enviados de los
dioses ó magestad oculta ó disfrazada, ya como guías y caudillos de
tribus durante sus migraciones, ya como reyes y mandantes de monarquias
después de su fundación; y aún en los tiempos de la conquista siempre
encontramos cuatro príncipes que forman el supremo gobierno, ya sea en
Guatemala ó ya en Méjico. Nosotros añadiremos en el Perú á los cuatro
de la cueva de Pacaritambo, que tiraban piedras á los cuatro rumbos, y
que volaban al cielo cuando morían[179], repitiéndose este ejemplo de
los cuaternos en otros pueblos.
Donde hay, pues, dioses de la atmósfera, del huracán, de la tormenta,
del trueno y del rayo, seguramente existirá el símbolo complementario
de la Cruz, tenido como emblema de alta veneración; lo contrario, la
escepción, sería lo que cabalmente llamaría la atención en cuanto el
caso se presentase; pero esto en realidad no acontece, como lo veremos
por los ejemplos que pasamos á apuntar.
Tláloc, la gran divinidad azteca, de cuerpo y rostro gris, vestido
de una túnica de azul con bandas de plata en cuadro, luciendo flores
de perlas de colores, diadema de plumas blancas y verdes, de la que
caían á sus espaldas plumas rojas y verdes también, oro y pedrerías, y
portando la aurea serpiente en su diestra en representación del rayo,
con su solo ojo, todo blanco, atravesado por una línea horizontal
negra, bajo la cual veíase el semicírculo del mismo color;—Tláloc, el
dios de la boca tridentada, cuya estatura era rodeada por un gran
anillo doble azul, tenía por insignia la _Cruz_, ó los cuatro vientos
que soplan de los cuatro puntos trayendo la lluvia, sobre los que
ejercía su imperio, repitiéndose el número cuatro en todo lo que con él
se relacionaba[180].
_Amimitl_, como _Opochtli_, el señor de los pescadores, inventor de
redes y harpones, era uno de tantos Tlálocs, venerado en el lago
Chalco. Como á Tláloc máximo, representábasele bajo la forma de un
hombre de tinte gris, coronado de papeles de diversos colores y de
plumas verdes, vistiendo un traje de igual color, semejante al hábito
de los sacerdotes católicos. Esta divinidad acuática estaba armada de
un cetro singular y de un escudo rojo, adornado al centro con una flor
blanca, y _cuatro_ hojas _en Cruz_[181].
La diosa de seno de esmeraldas, la divinidad de las ondas, la reina
de los magos, la dama de la saya verde, la hermana de Tláloc, según
Sahagún, ó compañera de este dios, al decir de Torquemada; la diosa
de la frente azul, que portaba una corona orlada de plumas verdes y
que lucía un collar de esmeraldas y pendientes de turquesas, vestida
de celeste claro, como el agua de los lagos; la que tenía el poder de
agitar las tempestades, de levantar los torbellinos, de inundar las
tierras, _Chalchihuitlicue_, la _Matlacue_ de los tlascaltecas, lucía
un escudo al brazo izquierdo, cuyo blasón era una flor blanca de lis de
agua, portando en su diestra un objeto en forma _de Cruz_[182].
El dios tolteca hijo de Mixcóatl, es decir, de otro dios de
la atmósfera y de las nubes, que lleva ciertos sobrenombres
significativos, dignos sobre todo de una divinidad del huracán, como
que es el «papagayo-serpiente» ó la «serpiente emplumada»; el hombre
blanco, de mirada roja resplandeciente, robusto, de larga frente, de
cabellera y barba negras, con su insignia en una mano; el predicador
de la montaña de _Tzotzitepec_, ó «monte del clamor»,—Quetzalcóatl,
de quien ya nos ocupamos, viste un largo traje blanco sembrado _de
cruces_, como una comprobación final del carácter meteorológico de tan
curioso mito[183].
El carácter atmosférico de Quetzalcóatl, queda comprobado otra vez más,
cuando figura con el epíteto de Nanihehecatl ó «señor de los _cuatro_
vientos», el cual tenía por símbolo _la Cruz_, como signo sagrado de
su poder sobre el aire. No debemos olvidar que en el curso de su viaje
hacia Tlapallán, dejó como señal de su tránsito un árbol atravesado
horizontalmente por una flecha, formando así _una Cruz_[184].
Más claramente representativa aún que la Cruz de Quetzalcóatl, es la
del aparecido _Wixepecocha_, el que de la mar vino por el sudeste; el
anciano que predicó á los zapotecas de Huatulco doctrinas que no fueron
comprendidas en el primer momento; el famoso perseguido, que vaga de
una parte á la otra, y que subiéndose á la más alta cumbre del monte
Cempoaltepec, asciende á la atmósfera y se desvanece, sin dejar otro
rastro visible en la tierra que las plantas de su pie impresas en las
rocas. Este aparecido que huye en todas direcciones y que acaba por
desvanecerse en el espacio, se parece á la nube y al viento. Antes de
partir al monte cuya cima le sirvió de refugio, plantó _una Cruz_,
recomendando su adoración á los habitantes de la tierra: la veneración
al símbolo de la lluvia queda así comprobada[185].
El terrible _Huitzilopochtli_ nahua[186] era un dios de la atmósfera
y del cielo entre los aztecas, como Quetzalcóatl entre los toltecas
y Camaxtli entre los chichimecas. Su madre Coatlicue, la muger de
las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube
del huracán despidiendo rayos. Encima de la pirámide truncada que
era consagrada á Huitzilopochtli en Tenochtitlan, se levantaba el
templo que guardaba su estatua. Esta tenía enormes proporciones, y
representaba al dios en su trono, soportando un globo azul, del cual
salían _cuatro_ bastones en forma de serpientes. El globo era emblema
de la bóveda celeste, dominio de Huitzilopochtli; las serpientes
simbolizaban relámpagos; los bastones servían á los sacerdotes para
portar su imagen en las procesiones. La cabeza del dios lucía como una
cimera un colibrí de plumas brillantes, cuyo pico y cresta eran de oro;
su rostro, con el ceño de su crueldad, era atravesado por dos bandas
azules horizontales, generalmente cubierto por una máscara de aquel
metal. En su mano derecha llevaba, para servirle de báculo, un bastón
en forma de serpiente, sobre el que se apoyaba; en su brazo izquierdo
portaba un escudo ornado de cinco ramilletes de plumas blancas _en
forma de Cruz_. La mano correspondiente á este brazo tenía las _cuatro_
flechas de oro caidas del cielo, y de las que dependía el destino del
pueblo azteca. El blasón cruciforme de este dios de la atmósfera,
simbolizaba las nubes que traían la lluvia[187]. En la nota anterior se
reproduce su insignia cruciforme.
Sin lugar á duda alguna, sabemos que el emblema de la lluvia en la
América Central, especialmente entre nahuas y mayas, era _la Cruz_. Las
Casas[188], obispo de Chiapa, recuerda su veneración en estos pueblos,
y refiere que en el principal de los manantiales ó vertientes de agua
los nativos erigían _cuatro_ altares, en la forma de una Cruz. La Cruz,
que los misioneros no supieron si admirar ó atribuir á Satanás, fué
el objeto central en el gran templo de Cozumel, perseverando en los
bajorelieves del antiquísimo pueblo de Palenque. Fr. Alonso Ramos[189]
cuenta la gran veneración á la cruz de parte de los yucatecos. «Apenas,
escribe, los españoles se acercaron al Continente de América, en 1518
desembarcando en Cozumel, junto á Yucatán, hallaron _muchas cruces_,
dentro y fuera de los templos y en su patio almenado puesta una cruz
grande, en cuyo contorno hacían procesión los indios _pidiendo á Dios
lluvias_, y á todas las veneraban con gran devoción», lo que prueba que
era el símbolo de un gran dios atmosférico.
Desde tiempo inmemorial la Cruz aparece siendo objeto de plegarias y
de sacrificios de parte de nahuas y mayas, la que se suspendía como un
emblema augusto en los templos de Popayán y Cundinamarca, significando
«Arbol de Nuestra Vida» en lengua mejicana. Los de Yucatán imploraban á
la Cruz cuando demandaban agua en tiempo de seca. La diosa azteca de
las lluvias llevaba una Cruz en su mano, y en una fiesta primaveral
en su honor víctimas humanas eran sacrificadas en cruces, atravesados
sus cuerpos de flechas[190]. Quién sabe si esto mismo significasen los
sacrificios humanos en cruces, ó los niños crucificados que se hallaron
en casi todos los templos del Perú, y especialmente en los de Pasao,
de los que recuerdan el P. de la Calancha, Zárate, Miguel Estete y
especialmente Cieza de León, quien compara estos _crucificados_ con los
que vió en Cali[191].
El dios del templo de la isla de Cozumel, venerado especialmente por
los mayas, se llamaba _Ahulneb_, divinidad de la lluvia y de los
vientos, representado bajo la forma de un gigante monstruoso que
llevaba una flecha en la mano. Su emblema era _la Cruz_, á la que
imploraban, para que hiciera llover, los peregrinos venidos de los
países secos, en donde el agua se guardaba en preciosas represas[192].
Los _cuatro_ Bacabs de la naturaleza; las cuatro corrientes invisibles
del aire; los cuatro seres míticos; las «cuatro _vasijas_ de arriba»,
que en Yucatán se suponían columnas del cielo que lo sostenían en las
cuatro partes del mundo, como grandes cariátides, estaban distribuidos
_en Cruz_[193]. Estos cuatro Bacabs, _Kan, Muluc, Ix y Cauac_,
correspondientes á los puntos cardinales N. S. E. y Oeste, eran dioses
de la lluvia, y arreglaban el calendario maya. Su representación por
_cuatro vasijas de arriba_, es sin duda una alusión á los _vasos del
Trueno_, de los que nos ocuparemos. Los cuatro Bacabs, ó los cuatro
viejos, escaparon en tiempo en que todos los seres se ahogaron en el
diluvio americano.
Cuando los musycas querían sacrificar en honor de las diosas de las
aguas, estendían largas cuerdas sobre la tranquila linfa del lago,
de tal manera que formaban _una Cruz_ gigantesca, en cuyo punto de
intersección ofrendaban oro y esmeraldas al sagrado símbolo, como
lo atestiguan Simón y Acosta[194]. Según Rialle[195], no obstante el
culto preponderante de Botchica, la diosa _Batchué_ conservó toda la
veneración de los muyscas de Cundinamarca, quienes le rendían homenage
tendiendo en cruz dos grandes cuerdas sobre la superficie del lago,
venerándose su intersección en la forma que dejamos apuntada. Era la
diosa de las aguas, y tenía supremacia sobre las plantas, hijas de
la tierra. En el capítulo respectivo comprobaremos la existencia de
_cochas_ con cruces en Calchaquí.
Del valor mitológico de la Cruz como símbolo en el Perú, nos hemos
ocupado anteriormente.
Aunque los cronistas guarden silencio sobre las relaciones entre el
Catequil y la Cruz, porque fué asunto en que no cayeron en cuenta,
nosotros no dudamos que esta ha debido ser su símbolo, dado el carácter
atmosférico de la pre-incaica divinidad.
El _Dios del Aire_ que nos ofrece E. G. Squier[196], y que reproducimos
en la Fig. 28, no aparece con la Cruz; pero en cambio es portador en su
izquierda de un largo _Tau_, igual al de las figurillas de la procesión
de Wiener, de que antes dimos cuenta,—símbolo que, en todos los
pueblos equivale á aquel otro, como ya lo establecimos. Este dios del
Aire, de nombre ignorado, que bien puede ser ese Catequil, también
celebrado escepcionalmente por los Incas en su gran festival de las
mieses en verano, porta á su diestra un pájaro de pico abierto,
largo cuello, cola profusamente pintada: el pájaro de la tormenta,
símbolo de la nube, quizá el ave luminosa _Piguerao_, que nos hace
recordar al instante el papagayo de Quetzalcóatl, Cuculcán, Gucumatz,
y particularmente el colibrí ó pájaro-mosca de Huitzilopochtli.
También nos trae á la memoria el ojo blanco de Tláloc, con su línea
horizontal negra, ese ojo cuadrado, con su línea central, en la peruana
divinidad. El cuerpo circular del pájaro de Squier, rememora el «espejo
resplandeciente» de Tezcatlipoca, y especialmente la bola emplumada
que flotando en el aire fecundo el seno de Caticlue, la muger de las
serpientes.
[Ilustración: Fig. 28. Dios del Aire de Squier.]
Por lo demás, este Dios del Aire ofrece mucho interés: su cuerpo es
antropomorfo, y de su parte posterior sale su gran cola de dragón,
común á las representaciones de las divinidades atmosféricas; su
cabeza zoomorfa, de gran boca dentada, con casquete triangular y una
media luna por penacho, recuerda la fisonomía del _Wind Spirit_ de
los Haidas, y, sobre todo, la de las _Huayrapucas_ de la figura 27.
Cosas muy curiosas, son: los _linga_ y _yoni_ que la divinidad peruana
lleva á cada lado de sus piernas; el falo, con su ingle superior y
sus círculos Imaymanas á la parte de abajo, entre el _tau_ y el casco
triangular de su cabeza, etc. El dios se vé que va en actitud de volar
por los aires.
[Ilustración: Fig. 29. Fragmento de calabaza (Piedra Blanca,
Catamarca).]
[Ilustración: Fig. 29 _bis_. Detalles de la anterior.]
Lafone Quevedo[197], dedicando al mismo una decena de renglones, dice
que, por sus atributos fálicos, «muy bien le vendría el nombre de
_Punchao_.»
Cada vez que vemos la figura de Squier, viénennos también á la memoria
las Huayrapucas calchaquíes de las Figs. 29 y 29 _bis_, grabadas sobre
un pequeño mate de barro, reproducido en la primera de estas láminas,
apareciendo en la figura _bis_ el desarrollo del objeto total, de uno y
otro lado. Estas figurillas _a_ y _b_, tienen cuerpo antropomorfo, cara
zoomorfa, y aparecen en actitud de volar; y si bien no arrastran
colas de dragón, la serpiente de escama triangulada, que simboliza al
rayo, aparece enroscada al mango incompleto del objeto. La figurilla
_a_, lleva en su única mano una flecha, que debe ser figuración de
un rayo, como en los dioses toltecas y aztecas; la _b_, porta en su
izquierda una larga flecha, y en su diestra otra, y á más el pájaro
ó _Ave de la Tormenta_, representada simbólicamente por una cabeza y
cuello de _Suri_ ó Avestruz, que indiscutiblemente para nosotros es
el ave sagrada de _las nubes_ en Calchaquí, como lo explicaremos en
el capítulo respectivo. Los ojos de las figurillas que nos ocupan son
Imaymanas, sencillos y dobles.
[Ilustración: Fig 30. Olla de barro de Capayán Colecc. Quiroga.]
Indudablemente que el dios del Aire de Calchaquí está emparentado con
el del Perú, y quién sabe si no son ambos la misma divinidad de la
tormenta.
Más en las Huayrapucas hasta ahora reproducidas no aparece el símbolo
de la Cruz, que vamos estudiando en los dioses meteorológicos, hasta
que damos con el grupo mítico-atmosférico de Capayán (Catamarca), en
las fronteras del valle de Londres, grabado sobre el barro de color
negro, en la parte anterior de la pequeña olla de la figura 30, que
reproducimos desarrollada en la 30 _bis_. A la parte posterior de la
olla (Fig. 30) sólo aparece la cola ofídica, con círculos Imaymanas
grabados en la misma, sirviendo de oreja ó manija á la tinajita. Lo
interesante es la figura mítica á la cual esta cola de serpiente
pertenece, grabada con poca profundidad en la parte anterior del objeto
(Fig. 30 _bis_).
Estas figuras fueron ofrecidas por nosotros en nuestro trabajo sobre la
Madre del Viento[198], y muy oportuno es reproducirlas en esta ocasión.
[Ilustración: Fig. 30 _bis_. Desarrollo de la figura anterior.]
Como se vé en el desarrollo del grupo mítico de la olla, al centro
del mismo aparece un ser de interesantísimas formas humanas. Este
ser, como los dioses mejicanos del aire, lleva en la cabeza un
penacho de seis anchas plumas de ave. En su cara humana,—de la que
caen pendientes,—dos serpientes que tatúan sus mejillas, sobre las
que descansan sus cabezas, forman la nariz del ídolo en su punto de
intersección, y sus colas arqueadas, las cejas; la boca es ovalada.
De su barba, despréndese la caja geométrica del cuerpo, saliendo
para dentro del cuadro, de cada una de las cuatro esquinas del
mismo, _cuatro_ cabezas de serpiente, con ojos y boca, provistas de
sus cuellos. Estas cuatro cabezas forman el símbolo de _la Cruz_,
perfectamente artística y visible. Del ángulo inferior del cuadrado
despréndense las patas zoomorfas del mítico ser, el que aparece en
medio de las nubes y de la tormenta, provisto de grandes ojos dobles,
con las zig-zags.