La etimología del dios, de «gordura del mar», fué rechazada por

Garcilaso (Lib. V. cap. XXI). Cieza dice que significa «espuma del

mar», lo que es seguido por Rialle (pág. 256), teniendo _Cocha_ á la

vez la significación de «mar» y de «lago». Lafone Quevedo (_Ojos de

Imaymana_, Bol. del Inst. Geográf. Arg., XX, 452 y 453), dice que puede

explicarse _co-agua-cha_==partícula verbal—_Vira_, gordura: es decir:

«El Hacedor del Agua de la fertilidad».

[45] Montoya (XXIII, pág. 99) dá una breve noticia de Taapac, que

quiere decir, según él, «hijo del Criador», al que tentaron con

riquezas y blanduras.

[46] _Tres Relaciones de Antigüedades Peruanas_ (J. de la E.), página

316.

[47]

Camcuna Guaca A vosotros, Guacas,

Rimachon Llamé

Camcamcunactamar Pues que á vosotras

Tonapa Tarapaca Tonapa, el Tarapaca,

Viracocha Pachayachip De Viracocha el Hacedor

Yanan Siervo

Ñusaca Indignado

Chicrisuscanqui Os lanza á la maia suerte.

(Lafone Quevedo, _El culto de Tonapa_—Rev. del Museo de la Plata 1892).

[48] Lug. cit., pág. 14.

[49] Id., pág. 29.

[50] Con razón en el _Vocabulario de la Lengua Aymará_ (1612) de

Ludovico Bertonio, verb. _Tunapa_, dice que fué «dios tenido de estos

indios, de quien cuenten infinitas cosas, dellas muy indignas no solo

de Dios, sino de cualquier hombre de razón».

[51] La voz _Atticci_ es un calificativo de igual valer á nuestra voz

«poderoso», ó más bien «omnipotente».

Este Atticci, en la obra del P. Molina (_Rites and Laws of the Incas_

de Clements R. Markham, Londres 1873), aparece como el dios Creador,

del que son emanaciones ó atributos _Imaymana y Tocapo_ Viracocha

(El tema _Imaymana_ dice «Hacedero de cosas; _Tocapo_ se descompone

así: _Toco_, ventana—y _Apu_», señor: Señor de la Ventana)—Véase la

interesantísima monografía de Lafone Quevedo, _Los Ojos de Imaymana

y el Señor de la Ventana_, págs. 454 y sigtes. del Bol. del Inst.

Geográf. Argent., Tom. XX.

[52] _Pérou et Bolivie_, pág. 703.

[53] Lafone Quevedo atribuyó á representación de Aticci la figura del

dios-sol de Wiener. Según aquél, Aticci es un andrógino, padre y madre

á la vez de los hijos dioses Imaymana y Tocapu (Op. cit., págs. 14 y

15).

[54] Este menhir fué descubierto por nuestro americanista Juan B.

Ambrosetti, quien lo describe en sus _Monumentos Megalíticos del Valle

de Tafí_ (Bolet. del Inst. Geográf. Argent., Tom. XVIII, nos. 1 á 3,

págs. 105 y sigtes). El menhir mide 3.10 m. de largo por un ancho casi

constante de 0.50m y un grueso de 0.20.

[55] Un ejemplo tenemos en el dios Tláloc, llamado _Napatecutli_, «el

generoso», cuyo nombre significa «cuatro veces señor». Más interesante

es aún el Gucumatz azteca, el que se transforma en serpiente, águila,

tigre y sangre coagulada.

[56] Tom. I, cap. XX, pág. 438.

[57] Cap. XXIV, pág. 106.

[58] _Relación Historial de las Misiones de los Indios que llaman

Chiquitos_ (1726).

[59] Sobre la Trinidad de los Nahuas, véase Brasseur de Bourbourg, pág.

121.

[60] «La cabeza del Dios-sol, escribe Wiener (pág. 704), está rodeada

de 24 rayos, entre los cuales, 6 cabezas de león; el número de símbolos

de la reproducción de la especie es de 18; los dedos que retienen los

cetros son en número de 3; los campos que aparecen sobre los cetros,

esceptuando la parte superior del cetro izquierdo, son 3, lo mismo

que los pequeños campos ornando las cabezas de los cóndores, á la

extremidad inferior de los cetros y de las coronas de león sobre los

pedestales laterales. Es lo mismo en los campos de la cintura, que

al primer rango son en número de 3, al segundo, en número de 6. Las

cabezas humanas son igualmente 6, lo mismo que las cabezas de cóndor»,

etc.

[61] _Historia de las Conquistas del Nuevo Reyno de Granada_, II.

[62] «Y que el Santo, escribe, les explicó la unidad de estas tres

personas divinas, dá testimonio un ídolo que llaman _Tangatanga_, en

que adoraban á este uno en tres y tres en uno, lo cual tengo por muy

probable que les quedó del Apóstol, y ellos lo aplican á sus ídolos»

(XXIV. pág. 106.)

[63] _Congr. de Amer. de Bruselas_, Tom. I, pág. 576.

[64] _Idolo Tangatanga—Trinidad India_ (Notas de Arqueol. Calchaquí, §

VI, págs. 43 á 46, Buenos Aires, 1899).

[65] El objeto es una especie de cuba, de 0.15 m. de alto, cuya boca

y asiento son triángulos isóceles, de modo que figura una pirámide.

En las tres aristas laterales, aparecen de relieve tres monstruosos

dragones dobles, uno en cada arista, con sus dobles cabezas y dobles

colas.

No conocemos otro ejemplar tan típico, muy superior á los ternos que

reproduce el Señor Jiménez de la Espada en su trabajo citado.

[66] Véanse Techo, tomo III, libro VI, cap. IV, pág. 23. Ruíz de

Montoya, XXV, pág. 107; Raimundo de Hurtado, _Crón. Moralíz. de la Ord.

de S. Agust._, libro II, cap. III; siendo muy interesantes las actas

del Congreso de Bruselas, págs. 598 á 604.

[67] Tomo I, pág. 444.

[68] Lozano, pág. 454.

[69] Id., pág. 456.

[70] Id., pág. 461.

[71] Techo, lib. VI, pág. 22.

[72] Montoya, pág. 98.

[73] Lozano, pág. 443—Montoya, pág. 101.

[74] Lozano, pág. 442—Montoya, lug. cit.

[75] _Introd._ á la obra de Lozano, § IX, _in fine_.

[76] Op. cit., págs. 604 y 605.

[77] Así lo dá á entender el P. Ramos (_Hist. del Sant. de Copacavana_,

cap. XIII), hablando de los rastros de Tupac Yupanqui.

[78] Adán Quiroga, _El símbolo de la Mano_ (1900).

[79] Rialle, cap. XIX, págs. 320 y 324.

[80] Sobre este asunto consúltese á Brasseur de Bourbourg, Op. cit.,

págs. 70 y 165.

[81] A. H. Keane (cap. XI, pág. 107) traduce así el nombre de

Quetzalcóatl: «_quezal_—the bird _Trogon resplendens_, and

_coatl-snake_» diciendo que el dios es el «Bright-Feathered-Snake», la

encarnación de Tonacateatl, la «Serpent-Sun»—Véase Brasseur cit., págs.

70 y siguientes.

[82] Sobre este dios, véase Brasseur cit., pág. 73.

[83] Brasseur, pág. 246.

[84] Brinton, cap. VI, pág. 217.

Es de advertir que así como hay dioses blancos, hay excepcionalmente

dioses negros, y el Nepatecutli mejicano tiene fisonomía negra, con

ojos blancos.

[85] Brasseur, pág. 218.

[86] _Memorias Antiguas Historiales del Perú._ Para Montesinos Inca

Roca no era blanco, ni rubio.

[87] Pág. 253.

[88] 4^{a}. sesión.

[89] Págs. 503 y 504. El Abate fundábase en una cita de Stakemann

(_Studien über die Indianer_).

[90] Sobre este punto léase la exposición de M. Peterken en el Congreso

de Bruselas (Tom. I, págs. 508 á 511).

[91] Ambrosetti, _Anales de la Sociedad Científ. Argentina_, tom. XLI,

pág. 41 y _Bolet. del Inst. Geográf._, tom. XV (Los indios Cainguá del

Alto Paraná).

[92] _Tres Relaciones de Antig. Peruanas_, pág. 253, nota 1

(Footnote [329]).

[93] Véase Brasseur cit., pág. 226.

CAPÍTULO II

EL SIGNO CRUCIFORME

SU PROFUSIÓN CONTINENTAL

_Universalidad del símbolo—La combinación cruciforme

como hecho matemático—La Cruz entre los Pieles

Rojas—En Méjico—En la América Central—Sepulcros

mejicanos en Cruz—Las tumbas de los Muyscas—El

símbolo de la vida futura—Opinión de

Brinton—Orientación de los sepulcros—La Cruz de

Cazumel—Cruces de Guatulco y de Anáhuac—Cruz de

Palenque—Su valor arqueológico—El emblema de los

Vientos—La Cruz en Cundinamarca—La Cruz en el

Perú—Cruces de Carabuco de Santa Cruz, de los

Chunchos y del Cuzco—La Cruz en Chile y en el

Tucumán—Profusión del símbolo en Calchaquí—Opinión

del marqués de Nadaillac._

Desde mediados del siglo XVIII, y aún antes, comenzó á abrirse camino

la idea de que la Cruz no era pura y exclusivamente el signo del

cristiano. Cruces de distintos tamaños y de diversas formas, ó más bien

dicho signos cruciformes, aparecían en los monumentos y en los objetos

de arte de la más remota antigüedad.

Mucho costó desarraigar la creencia de que la Cruz v el signo del

Redentor eran una cosa inseparables. La arqueología misma tenía por

un axioma que la Cruz servía de criterium para reconocer lo que era

posterior á Cristo y pertenecía á la era actual. Este criterio, aún

á fines del siglo pasado, fué empleado por algunos americanistas

para resolver el problema de nuestra Cruz continental; pues si bien

admitieron la universalidad del símbolo, negaron obstinadamente su

veneración de parte de las naciones que lo emplearon; y así el Abate

Schmitz decía en pleno Congreso de Bruselas que no se podría citar

un solo ejemplo en toda la antigüedad de los pueblos salvages, fuera

de América, en donde la Cruz fuese venerada; que no era sinó por la

muerte del Cristo que la Cruz se hizo un signo de salud; y que si, por

consiguiente, se la encuentra adorada entre los pueblos salvages de la

América, es un indicio cierto de que el cristianismo fué conocido y

predicado[94].

El Abate no tenía en cuenta que San Jerónimo mismo recordaba el alto

valor simbólico de aquella entre los antiguos samaritanos; y olvidaba

que en los geroglíficos egipcios el _Tau_ y la Cruz empleáronse como el

símbolo de la vida futura, no existiendo nada tan sagrado como la Cruz

hermética ó Isiaca, cuya invención se atribuye á Mercurio Trismegistro.

Como símbolo sagrado de la religión, la Cruz desempeñó un papel

importantísimo en los misterios de Isis, como lo hizo notar un eminente

teólogo[95]. También ha tenido gran figuración como letra gerática ó

sacerdotal, tanto que el Tau, filológicamente hablando, es la radical

del nombre primitivo de Dios: del Thaut egipcio, del Théos griego, del

Theut ó Theutates celta y del Thon escandinavo. Cruces llevaron los

monumentos egipcios de ahora seis mil años. Cruces veíanse igualmente

en manos de Horo; al cuello de Apis, de Amom y de las Vestales; y en

los timbales de los Coribantes, y en los vasos sagrados con que se

ofrendaba á los dioses. Lo propio sucedía en Asiria y Babilonia. En

Europa misma, en las cercanías de Parma, de Reggio y de Módena, ó sea

en las terramares de la Emilia, se han encontrado cruces simbólicas

en el fondo de las vasijas, trabajadas en la alfarería muchos

siglos antes de los romanos y del cristianismo; lo mismo que en los

cementerios de Villanova y en las tumbas de Golasecca, en las cuales su

culto se ha revelado de la manera más completa[96].

Entre tanto, un hecho arqueológico se comprobaba: la universalidad

del símbolo cruciforme, como la del círculo, del triángulo, del

cuadrilátero, del gancho ó segmento del cuadrado y del meandro. Y es

que la Cruz es una combinación geométrica natural; de manera que el

encontrarse en América no fué motivo para establecer conclusiones de

otro orden.

No debe perderse de vista el hecho matemático de que la combinación

cruciforme suele ser el signo general de toda la geometría celeste y

terrestre. Los conocimientos astronómicos desempeñaban en América un

gran papel político y social. La Cruz del Sud, visible en toda la zona

tórrida, debió desde el primer momento impresionar los sentidos del

indio. La perfecta orientación de las fundaciones que precedieron á los

pueblos aztecas y quichuas, puede haberle vuelto un signo geométrico

relacionado con aquella, por la influencia del ángulo recto; y el

gusto por este ángulo, sin duda determinó la forma de las aberturas

de las construcciones de Palenque, en forma de Cruz griega, cuando

no de Tau egipcio. No olvidemos que los pueblos aztecas y quichuas

eran esencialmente geómetras; que trazaban ángulos rectos perfectos,

y que casi seguramente, como hemos podido comprobarlo en las ruinas

de nuestro Calchaquí, conocieron y usaron la escuadra y la plomada.

Además, la Cruz, mayormente si se ha trazado dentro de un círculo,

divide las figuras ó cosas en cuatro porciones iguales, lo que pudo

muy bien haber ocasionado su empleo como reguladora de cantidades. Las

marchas del sol, de los astros y la dirección geográfica de los rumbos,

indudablemente que han influido, así mismo, en su trazado.

Es por algunos de estos motivos que Rialle, escribiendo sobre la Cruz

en Cundinamarca[97], no dá trascendental importancia al hallazgo del

signo, manifestando que, como la costumbre de trazar líneas cortándose

en ángulos rectos se encuentra en todos los pueblos y remonta á todas

partes, á todas las épocas prehistóricas, esta coincidencia no es digna

de llamar la atención.

Es de observar que Waldeck, en 1792, explicaba con la geometría la

existencia de cruces en ese sistema de los fondos reticulados de los

monumentos de Palenque, que tanto han dado qué decir, primero á los

creyentes, y después á los arqueólogos.

En nuestra América la profusión con que se encuentra el símbolo es tal,

que dificilmente habrá existido un pueblo que no lo haya usado como

signo sagrado, ó figurativo por lo menos.

Los Pieles Rojas y demás naciones del Norte valiéronse de la Cruz como

uno de sus símbolos hieráticos. Aparece en formas griegas en variados

objetos[98], especialmente en su alfarería ceremonial, destinada

á propiciar á sus _Wind Spirit_ y demás divinidades que ejercen

influencia sobre la atmósfera, los vientos y las lluvias; y testimonio

de ello son las ricas alfarerías depositadas en el Museo de Washington.

Así mismo la Cruz fué empleada como figura totémica por algunas tribus

ó familias.

En Méjico, ya sabemos como llamó desde el primer momento la atención

del conquistador, encontrándose venerada de parte de los aztecas y

demás naciones del imperio, cuyos dioses portaban la Cruz en la mano,

siendo ella honrada con víctimas.

El P. Lozano[99], reproduce lo que sobre el sagrado signo en la América

Central escribieron Gomara[100] y Malvenda[101]. Las cruces de Cozumel y

de Yucatán llaman la atención de aquel cronista, diciendo que en estos

lugares se veneraba el símbolo de la redención, sellando con él las

lápidas de sus sepulcros, como lo registraron los españoles cuando

descubrieron estas provincias. Desde los más remotos tiempos nahuas y

mayas adoraban, suspendido en sus templos de Popayán y Cundinamarca, el

emblema augusto, del mismo modo que los mejicanos[102].

Fué en todo tiempo un hecho curioso y digno de llamar la atención, que

las tumbas entre estos últimos afectasen la forma cruciforme en su

distribución.

Entre los muyscas de Cundinamarca los muertos gozaban de la vida eterna

ó sufrían crueles castigos, siendo la última enfermedad la confirmación

de su póstumo destino. Los hombres que perecían en la guerra y las

mujeres muertas de parto, seguramente gozaban de la eterna felicidad,

lo mismo que los que sucumbían de una pleuresia ó hemorragia; mientras

que otro género de muerte fué considerada como una señal de la cólera

de los dioses. En este último caso los muyscas no colocaban cruces

sobre las tumbas de los extintos; más si la naturaleza de la muerte

indicaba felicidad futura, la cabeza del cadáver era cubierta de

_bixa_, enterrándose á este en una tumba perfumada, construyéndose

sobre el túmulo un pequeño santuario rematado en una Cruz.

Estos interesantísimos datos dícennos con claridad que la Cruz entre

los muyscas fué un símbolo de la vida futura, lo mismo que en Yucatán,

en donde los cuatro Bacabs ó los cuatro Vientos pasaban por los autores

de la vida; y de aquí las cuatro urnas funerarias para cada muerto.

Brinton[103] sigue la misma opinión, manifestando que la Cruz es ese

famoso «Arbol de nuestra Vida».

Refiriéndose este autor especialmente á las tumbas mejicanas en forma

de Cruz, dice que si las tumbas de los mejicanos, como se ha asegurado,

tuvieron tal forma, era indudablemente por relación á una resurrección

y á una vida futuras que estaban colocadas bajo este símbolo, indicando

que el cuerpo enterrado resucitaba bajo la acción de los cuatro

espíritus del mundo, como la simiente enterrada recobra una nueva

existencia cuando es regada por las lluvias primaverales.

Nosotros añadiremos que la orientación de los sepulcros y sus formas,

deberían responder especialmente á propiciar en favor del muerto la

ayuda de los genios cardinales ó de los dioses del norte, sud, este y

oeste, tan venerados por los pueblos del norte.

En estas regiones septentrionales y centrales de la América, y

especialmente entre los mayas de Yucatán, que adoraban la Cruz de la

isla de Cozumel, implorábase al sagrado emblema para que cesasen las

secas; de modo que en tales países, aparte del carácter atmosférico

del símbolo, la Cruz representaba la vida de todas las cosas de la

naturaleza, por acción de los fenómenos meteorológicos que hacen nacer,

crecer y fructificar las especies animales y vegetales.

Esta Cruz de Cozumel, llevada por los naturales en procesión á la

orilla de los lagos y ríos en tiempo de seca, fué motivo de largas

divagaciones de parte del conquistador, por más que su veneración

no fuese el asunto principal en las creencias nativas, pues el dios

Cozumel era la suprema divinidad de la isla, y la Cruz tan solo su

insignia ó emblema[104].

En Méjico ó Nueva España, con la primera Cruz que dieron los

castellanos fué con la de Guatulco, la cual, según Gregorio García[105]

tomóse por una insignia apostólica, grabada en una roca, con el retrato

del Santo, “para memoria perpetua de cosa tan santa”. Esta Cruz es

fama que hacía quince siglos que existía cuando don Juan de Cervantes,

obispo de Goajaca, la hizo trasladar á su catedral.

Otra famosa Cruz fué encontrada en el templo de Anáhuac, de gran

veneración; y Cortés, en su expedición á Tabasco, dió con una de

piedra, de cerca de tres pies de alto.

Pero la más famosa de las cruces pareció ser la de Palenque, encontrada

en unas grandiosas y seculares ruinas, desconocidas para los mismos

naturales del país, sobre las que había crecido una gran selva en

tiempo de la llegada de los españoles á Yucatán. Estas ruinas, para la

arqueología americana, son los restos de las monumentales obras dejadas

por extintos pueblos primitivos, haciendo Alejandro Lenoir remontar

su origen á más de 3000 años, considerándolas Braseur de Bourbourg

como anteriores á las más antiguas construcciones del viejo mundo.

Waldeck[106] describió las ruinas á fines del siglo XVIII, dedicando

especialmente su obra al estudio de su famosa cuanto simbólica Cruz,

que gracias á sus dibujos, los de Stephens, de Castañeda y las

fotografías de Charnay, ha salvado hasta nosotros, pues que ella fué

extraída del grupo esculpido en medio del cual se encontraba con toda

su primitiva grandeza[107].

En la figura 3 ofrecemos los detalles más salientes de tan admirable

escultura.

Sobre este secular emblema, cuyo palo superior termina en una cara

zoomorfa, aparecía asentado un pájaro fantástico, de larga cola,

cuya cabeza y plumaje extravagantes delataban perfectamente bien su

carácter simbólico. A este pájaro es al que, sin duda, ofrendaba el

indio, artísticamente vestido, un niño estendido sobre sus brazos,

estirados horizontalmente en actitud de súplica. El conjunto tenía por

base una figura de ídolo. La Cruz aparecía sobrecargada de líneas y

de accesorios complicados, que formaban algunos de esos símbolos cuyo

valor no nos es desconocido. En su torno habíanse grabado caracteres

geroglíficos.

[Ilustración: Fig. 3. Cruz venerada en el templo del Sol, de Palenque.]

La Cruz de Palenque, sin lugar á dudas de ningún género, es un

interesante elemento de escritura sagrada, un símbolo, cuyo valor

mitológico puede calcularse por haber sido esculpida sobre piedras

sagradas, en el recinto de un templo erigido en honor del sol. Es

para nosotros el ave, el volátil asentado encima de la Cruz, la

figura emblemática que puede llevarnos á clasificarla como un símbolo

atmosférico, si es que el ave, ofrendada de parte del indio, es la

representación ornitomorfa de la Nube que produce la lluvia por acción

del sol[108].

En la América Central, más que una cosa principal del culto, la Cruz

fué una insignia de los dioses del Aire, y figuró como un emblema

acuático, entre otros. Sus cuatro palos, ó dos líneas que se cortan en

ángulos rectos, representaban los cuatro vientos que traían las nubes,

de las que caía la lluvia, que fecundaba y alentaba todas las cosas.

Lo mismo sucedía en Cundinamarca. La Cruz en este país fué objeto de

veneración á causa de aparecer como el signo gráfico figurativo de los

puntos cardinales y de la rosa de los vientos, siendo aquellos cuatro

puntos en toda América cuatro genios del viento, cuatro personalidades

míticas tutelares; de modo que cuando se habla del «norte», lo que

en realidad quiere decirse es «viento que sopla del norte». Estos

cuatro vientos, estos cuatro genios arrastran las lluvias; y de aquí

el importantísimo papel que desempeñan en las cosmogonías de los

dioses-agua ó dioses-sol.

En el Perú, igualmente, la Cruz aparece con mucha profusión; pero las

cruces peruanas no han sido estudiadas por la arqueología, sinó por la

filosofía religiosa, con su mal preparado criterio.

Una breve noticia de las cruces enumeradas por los cronistas de Indias

bastará para que nos demos cuenta exacta de la importancia que se

atribuyó al símbolo en el pueblo de los Incas.

El P. Techo[109] menciona especialmente la Cruz de Carabuco, aldea

contigua al Titicaca, y sin duda influenciada por su civilización.

Esta Cruz, cualquiera que sea el motivo invocado, aparece arrojada

varias veces al agua, sobrenadando en la corriente, sin hundirse, é

inaccesible al poder del fuego. La Cruz fué enterrada, por fin, en

un hoyo profundo en las márgenes del lago, del cual es fama que la

estrajo el cura Sarmiento, después de la revelación de los indios

anansayas[110]. Es también digna de llamar la atención la influencia

de la Cruz sobre los rayos, pues al decir de Montoya, nuestro Señor

hacía con esta cruz muchos milagros, y principalmente «_contra los

rayos_»[111].

La de Santa Cruz de la Sierra, que dió su nombre á la provincia, fué

mentada por Fr. Gregorio García en su _Predicación del Evangelio_. El

cronista cuenta que esta Cruz se veía grabada en medio de una roca,

junto á unos pies esculpidos, que se dicen ser de Pay Zumé, dato que

nos indicaría que la Cruz de que tratamos no es otra cosa que un signo

complementario del de los pies esculpidos, de que nos ocupamos en el

capítulo anterior, ó sea: un símbolo acuático ó astrolátrico.

Corrobora esta creencia la noticia del P. Josef de Acosta[112] de que

los indios, cuando la adoraban, demandábanle lluvias.

El P. de la Calancha escribe sobre la Cruz misteriosa de los Chunchos,

entre las montañas; y está demás decir que para este escritor fanático

es obra del Apóstol.

De la famosa Cruz del Cuzco, que los españoles llevaron á la catedral,

labrada «con mármol fino, de color blanco y encarnado de jaspe

cristalino», ocupóse el Congreso de Americanistas de Luxemburgo,

haciendo notar el marqués de Monclar[113] que la Cruz existió en el

centro mismo del imperio de los Incas, y que era allí objeto de gran

veneración. El marqués negaba que pudiera representar los cuatro puntos

cardinales, como se sostenía á causa de habérsela encontrado colocada

verticalmente, colgada de su agujero de suspensión.

Lozano[114] hace referencias á esta insignia «que tuvieron en

veneración» los ingas, siguiendo á Garcilaso de la Vega[115]; siendo de

advertir que éste duda de los motivos de «su veneración», pues asegura

que era simplemente venerada y no «adorada»,—«lo cual escribe, debía

ser _por su hermosa figura_, ó por algún otro respeto que no saben

decir».

De este modo, la Cruz de mármol se convertía para Garcilaso en un

fetiche _Canopa_.

Respecto á la observación del marqués de Monclar, que la Cruz no podía

ser emblema de los cuatro puntos cardinales á causa de su colocación

vertical, no la juzgamos argumento serio.

Los mapas murales, colgados verticalmente, figuran la planicie de la

tierra y de los mares, no obstante. Si la Cruz representaba los puntos

cardinales, y en tal concepto recibía veneración, no era preciso que

estuviese horizontalmente colocada, por cuanto ella no representaría

propiamente un signo geográfico, sinó que valdría como un emblema

sagrado, alusivo á los cuatro vientos venidos de los cuatro rumbos; y,

por otra parte, si en las ceremonias hacíase necesaria su disposición

horizontal, así se efectuaría en cada caso ocurrente, colgándosela de

nuevo.

Lo que nosotros dudamos es que se haya probado que esta Cruz peruana

representaba los puntos cardinales, por más que así lo fuese en otros

pueblos americanos.

En el imperio parece que los Incas mismos portaban la Cruz, pues, según

Fernández, los candidatos al llauto vestían una camisa blanca «con cosa

que se asemejaba á una cruz bordada en el pecho»[116].

La cruz en América (Arqueología Argentina) · 第 3 / 17 段