son obra nativa, originó, sin duda, de que los peruanos atribuyeran á
tales monumentos una clásica antigüedad, pues es más que seguro que no
fueran obra suya. La escritura petrográfica, tanto en el Perú, como
en nuestro Calchaquí, responde á un culto atmosférico ó acuático,
y muy escepcionalmente heliolátrico. Respecto á los monumentos de
Tiahuanaco, no cabe discusión que la obra es preincaica. En Calchaquí,
si esceptuamos la piedra de Colalao (Tucumán) y unas más, no se ven
rastros solares en las petrografías.
Las rocas escritas que puede decirse que consagraron la atención del
conquistador, fueron aquellas con pies humanos esculpidos, tomados por
rastros de los blancos portadores de la Cruz.
Lozano cita las de Itoco y Tocoregua, en Nueva Granada, y la de
Ubaque, cerca de Bogotá[67]. Apúntanse en el Brasil y Paraguay las
de Itapuá[68], de Parayba[69], de San Vicente, de Baipurungá[70], de
Guayrá[71] y de la Asunción[72]. En el Perú se citan las de Piura, isla
del Titicaca, de Callo, de Calango[73], de Chillaos, de Chachapoyas,
«que demuestran (sus rastros) que se incaba allí el Santo á orar,
juntas levantadas las manos al cielo, para lo cual soltaba el bordón ó
báculo que sería de dos varas de largo, y también quedó impreso»[74],
etc.
Para dar un valor probatorio decisivo á estas piedras con pies ó manos
esculpidos, recordábanse las huellas del Santo en Ceylán, olvidando que
los fenicios, según el Dr. Lamas[75], solían grabar en sus inscripciones
dos pies, uno detrás de otro, para indicar caminante, viajero, hombre
que pasa.
El señor Jiménez de la Espada[76], cree que los pies grabados en las
rocas pueden significar esto último ó tener alguna otra significación
en la escritura petrográfica nativa, como sucede con los rastros de las
ocho piedras de Hambato, que atribuye á geroglífico ó signo del que
marcha, ó á una vía, como la que usaban los mexicanos en sus pinturas;
otras rocas de esta especie, para él, acaso conmemoran el acto solemne
de descalzarse el Inca y poner sobre la tierra sus plantas desnudas,
en señal de humillación deprecatoria ó de toma de posesión de un lugar
importante ó de una frontera[77].
Nuestra opinión es que los pies esculpidos pueden significar cosas
diversas, según el carácter de la escritura de la roca ó de la roca
misma, considerada como huaca, como señal, lindero ó mojón.
Si no se trata de rocas sagradas, correspondientes á un culto
litolátrico, los pies esculpidos en una misma dirección podrán
indicar un camino ó rumbo dados, como si se dijese gráficamente:
«por aquí», «por allá». El pie debe expresar el acto material de
andar. Pueden también las rocas indicar puntos de parada ó de
tránsito para los caminantes ó _chasques_: las piedras serán entonces
verdaderos _tambos_. Si, por el contrario, se trata de rocas sagradas,
posiblemente de la era fetiquista, entonces el pie esculpido será un
rastro divino, como el del Inca en el acto de descalzarse, ó el de una
deidad que por algún motivo se paró sobre la roca, como el de aquel
Taapac, para predicar desde un alto peñón, ó el del Huiracocha ó el del
dios Trueno, si la roca responde al culto acuático.
En nuestra interesante cuanto numerosa colección de petroglyfos, no
contamos con roca alguna de pies esculpidos; pero en cambio hallamos en
Encalilla y Carrizal (valle Calchaquí) piedras con manos grabadas, una
de estas con tres; y vayan en tal caso manos por pies, ya que unos y
otros son rastros humanos. No sucede lo mismo en la alfarería funeraria
de estas regiones, en la que hemos dado con ejemplares de urnas
ceremoniales con pies pintados de negro sobre su sección ventral, los
que en el acto reconócense por el ancho de las plantas y sus cinco
dedos. Dos ejemplares reproduciremos: en la guarda lateral de una urna
de Santa María (Fig. 1) aparecen representados cinco pies humanos;
en otra urna del mismo lugar (Fig. 2) se ven en la parte superior
ventral grupos de tres pies, que bajan de la tinaja, reproducidos en
las guardas de la misma, junto á figuras que representan manos. En
Calchaquí, pues, no podría hablarse de rastros apostólicos, toda vez
que no los dejarían impresos de tan pequeñas dimensiones y sobre el
barro cóncavo de la alfarería.
[Ilustración: Fig. 1. Guarda lateral de una tinaja.]
[Ilustración: Fig. 2. Urna de Santa María (Colec. Quiroga)]
Desde que para nosotros la _mano_ es un símbolo que representa á
la Tormenta ó á la divinidad atmosférica, figura monstruosa de
fisonomía antropomorfa en Calchaquí[78], el pie debe referirse á igual
representación, por ser, como la mano, un miembro de su cuerpo, y por
aparecer, en el caso de la figura 2, pies y manos simbólicos
alternados. Y es el caso de hacer una advertencia oportuna al respecto:
los Zapotecas, en Méjico, adoraban á Huemac bajo la forma de una
mano, demandándole la riqueza de que Quetzalcóatl era el principal
dispensador: Itzamna, dios de carácter atmosférico salido de Yucatán,
era representado en su templo de Izamal bajo la forma de una mano,
_kabul_, «la mano activa»[79].
Los pies ó manos pintados ó esculpidos, ó indicarían que allí se
detenían las divinidades atmosféricas, ó que las rocas les estaban
consagradas. En Calchaquí, en vez de pies humanos se graban comunmente
patas de _suris_, y el avestruz, como lo demostraremos, es la Nube
atmosférica venerada, un símbolo acuático, simplificado en sus últimos
extremos cuando solo la pata del animal se reproduce.
Muy curiosa es también la cuestión del _Hombre Blanco_ americano, que
se confundió por los conquistadores con la del hombre europeo emigrado,
basándose en las tradiciones quichés, nahuas, mayas, aztecas, muyscas,
quichuas y guaraníes[80].
El dios Quetzalcóatl mejicano, que reino en el Anáhuac, era un blanco
y barbado, salido del Este; Votáan de Chiapas, es del mismo color;
Botchica, otro blanco y barbado, cuyo itinerario comienza en Bosa,
para seguir invariablemente de este á oeste; el Aticci Viracocha era
igualmente blanco; Tonapa, al decir de los cronistas, fué «blanco,
zarco, muy barbudo», lo mismo que el brillante Taapac del P. Ramos,
descendido del cielo; finalmente, blancos fueron Manco Cápac y el Inca
Roca.
Veamos brevemente quiénes son estos personajes, que siempre, como el
sol, caminan de naciente á poniente, detalle trascendental.
Quetzalcóatl es «la serpiente emplumada», uno de los tres principales
mitos del panteón mejicano. Tiene por atributos el pájaro verde,
_Quetzal_, y la serpiente, _Cóatl_, dios mitad ornitomorfo y
mitad ofídico[81]. Es una divinidad atmosférica: bajo el nombre de
Nanihehecatl es el señor de los vientos, y bajo el de Tohil, el ser
rugidor, epíteto dado también por los quichés de Guatemala al dios del
rayo. Es Quetzalcóatl la encarnación del pueblo tolteca: sus viajes
son las migraciones de este pueblo; el conflicto con Tezcatlipoca es
sin duda el recuerdo de una revolución religiosa y política que dió
un golpe de muerte á la preponderancia de su culto; las ciencias, las
artes, las industrias de que es inventor, son el secular bagaje de la
civilización tolteca; su épica historia, una condensación de la de este
pueblo, venido de país desconocido, establecido en Tullán y después
descendido á Cholula.
Votán, el padre de la civilización de los tzendales, en la América
Central, es otro aparecido semejante á Quetzalcóatl, que funda pueblos
como el de Palenque ó Nachán, «ciudad de las serpientes». Votán,
«corazón», en tzendal, es descendiente de Imos, de la raza de los
_Chan_ ó de «las serpientes»[82]. Venido de Chivín, baja hasta la base
del cielo por la cueva subterránea de un gran ofidio. Su semejanza con
el dios tolteca prueba el contacto seguro de chiapas y mejicanos.
Los dos son oriundos de país fabuloso, situado al oriente, de donde
salen los vientos, el huracán y las nubes de la lluvia; uno y otro
ejercen acción decisiva en la vida agrícola de sus pueblos; ambos dejan
sucesores que llevan sus nombres y perpetúan su culto atmosférico,
convertidos después en divinidades antropomorfas. Votán es un dios
serpiente, ó sea el rayo. Es también un Tepodaztli, ó dios del trueno.
Lo que le dá fisonomía peculiar, es que el pájaro de las nubes es
extraño á su culto, por lo que en los bajorelieves de Palenque los
dioses-pájaros y los dioses-serpientes no aparecen asociados.
Otro aparecido venido del sudeste, y por mar, es Wixepecocha, el
predicador de los zapotecas de Huatulco. Este es perseguido hasta el
monte Cempoaltepec, á cuya cima sube, levantándose á la atmósfera y
desvaneciéndose: esto dá á entender que se trata de un dios que vuela,
ó del aire, como el de los toltecas.
Botchica[83] es la divinidad solar, con influencia sobre la atmósfera
que veneraron los muyscas de Cundinamarca. Botchica se tiene por el
blanco del norte de la América Meridional, cuando en realidad el nombre
que toma de _Zuhé_ ó _Xué_ no tiene otra significación que «brillante»,
como es el sol. Botchica hace su camino de este á oeste, y desde Bosa
prosigue por Muqueta y Fontebón á Sagamosa, en donde desaparece de la
tierra para subir al cielo, por lo que recibe el nombre de Sugunza: «el
que desaparece».
A propósito del color «blanco» de Botchica, conviene recordar que
Mixcoatl ó Itzac-Mixcóatl, la nube serpiente, es «_la blanca ó la
brillante_ nube-serpiente»[84].
Huiracocha surgió del Titicaca como un todopoderoso «resplandeciente»,
por lo que debía ser «blanco». Es el creador de los brillantes
astros,—del sol, de la luna y de las estrellas, á los cuales señaló
su curso en el cielo. Desapareció en el mar, su elemento, á cuyas
profundidades precipitóse.
Inca Roca y Manco Cápac[85], que casan con sus hermanas, son hijos del
sol, usan vestidos resplandecientes y obran prodigios. La leyenda de
cada pareja es un verdadero mito solar, en el sentido de que sin duda
son representaciones terrestres y antropomorfas del Sol y la Luna, de
Inti y Mama Quilla.
Manco Cápac y Mama Ocllo salen del Titicaca, llegan al ombligo del
mundo y fundan el Cuzco, en donde levantan el templo al padre Sol. Sus
hijos cimentan la dinastía de los Incas, de origen celeste, por lo cual
eran estos divinizados, presentándose como tales á su pueblo en la
fiesta de Intip-raymi, en el solsticio de Junio, en celebración de la
muerte y resurrección del sol omnipotente.
En la historia mítica de aquellos reyes la figuración del Inca Roca es
de héroe solar. Ocupa un alto rango en la geneología de los monarcas
del Cuzco, siendo él, según Montesinos, el verdadero fundador del
imperio heliolátrico[86].
Cuéntase que una princesa, Mama Cibaco, y una hermana suya se
decidieron á reformar la sociedad y restablecer el antiguo culto.
Mama Cibaco, de extraordinaria belleza, es la madre de Inca Roca. La
hermana de aquella, una famosa maga, aconsejóle que labrase para el
niño un vestido resplandeciente de oro y piedras preciosas, y que ya
vestido ocultase al infante en una caverna contigua al Cuzco, en las
ruinas de un templo del sol. Así se hizo. La princesa llama entonces á
los habitantes del Cuzco, manifestándoles que, dormido su hijo, el sol
habíalo llevado á los cielos para volverlo después, colocándolo en el
real trono, pues que el astro había reconocido por vástago suyo á Inca
Roca. El pueblo se reunió; y después de muchos sacrificios, anuncióse
su aparición en la cueva de Chingano, saliendo de improviso de ella el
niño resplandeciente. Entonces el pueblo le ciñó el llauto, y como Inca
restituyó el culto del sol, proscribiendo la poligamia al casarse con
Mama Cora.
En el presente caso, como en el de Manco Cápac, diremos con Rialle[87],
que el Inca Roca es el hijo del sol; que su vestimenta reluciente no es
más que el reflejo de los rayos solares; que la gruta de Chingano, en
donde se ocultó por cuatro días, no es otra cosa que la representación
de la noche tenebrosa de donde sale en la aurora el astro diurno; que
el casamiento de Inca Roca con su hermana Mama Cora es semejante al de
Manco Cápac con Mama Ocllo, al de Inti con Mama Quilla.
De las breves noticias que de estos mitos acabamos de dar, resulta
que los _blancos_ americanos son divinidades ó seres atmosféricos ó
solares, ofilátricos ó heliolátricos, hijos de la serpiente-rayo, ó
del astro del día. Se trata, entonces, de dioses «resplandecientes», á
los que se diría blancos, del mismo modo que se dice blanca á la luz
del sol ó del relámpago. He ahí la explicación más natural del hombre
blanco, con tanta más razón cuanto que el epíteto coincide con la
calidad del dios.
Pero el Marqués de Monclar en el Congreso de Luxemburgo[88] y el
Abate Schmitz en el de Bruselas[89], afirmaron, á nuestro juicio sin
fundamento positivo, que las personas reales, los Incas y las figuras
ornamentales de los vasos, eran blancos y barbados.
En cuanto á las figuras ornamentales blancas, el testimonio carece de
valor como tal, pues podemos presentar ejemplares de cosas animadas, de
blanco, cuyo original es de diverso color, como sucede en pictografías
de Cafayate, San Lucas y otros lugares en nuestro mismo valle Calchaquí.
En cuanto á que los Incas hayan sido blancos, no hay crónica ni
narración que lo confirme. Los españoles vieron y comunicaron con los
monarcas del Cuzco, con cuyas hermanas é hijas casaron, y sus colores
eran cobrizos.
Pero no por esto negaremos la existencia de hombres relativamente
blancos en América, por efecto de un fenómeno etnográfico, que conviene
estudiar detenidamente, y por las influencias de las acciones físicas
y sociales, de las cuales el color es la resultante en todas las
latitudes; por lo cual los indios de Vera-Paz, á 1500 m. de altura,
por ejemplo, traían á la memoria los árabes de Argelia, según Brasseur
de Bourbourg. Montezuma, de la planicie del Anáhuac, no era más que
bronceado. Algunas tribus de la Pampa, que se pintan menos que las
del Norte, tienen el color de los paisanos de la España y del sud de
Italia[90].
El problema de los hombres barbados es mucho más sencillo que el de los
hombres blancos. Pensar que los indios americanos son absolutamente
imberbes, como la generalidad, es un error del que podemos dar fe los
que conocemos indios montañeses, provistos generalmente de bigote y aún
de barba, como el indio Llampa, de Belén, cuya fotografía conseguimos
en una reciente excursión.
Como la barba es un atributo viril, cuando el indio se propone
manifestar de una manera gráfica que lo que ha querido representar es
un varón, entonces exagerará en sus figuraciones tal atributo, dando
á la barba un tamaño doble y triple del que en realidad tendría el
original.
J. G. Müller hace notar que las razas americanas no son imberbes, y
que, por consiguiente, nada hay de sorprendente que se represente con
barba á ciertos personajes. Botchica, por ejemplo, es un ser viril, y
la barba es un atributo de virilidad que comparte con el Viracocha de
los aymarás, con el Quetzalcóatl de los toltecas y con el Coxcox de los
chichimecas. En cuanto á los naturales de la República Argentina, el P.
Bárcena habla de indios barbados en Córdoba, en carta á su Provincial;
Ambrosetti ha publicado un grupo de calchaquíes de Luracatao y una
familia Cainguá con varones barbados[91].
Nosotros poseemos en nuestra colección una regular cantidad de pinzas
depilatorias, que los peruanos llamaban _canipachos_[92], con las que el
indio se arrancaba la barba.
La cuestión, pues, del hombre barbado, queda así explicada[93].
Reasumiendo: el conquistador encontró que en toda la América la Cruz
era un símbolo sagrado; y, sin penetrar los orígenes y motivos de la
figura geométrica simbólica, ni tener en cuenta su universalidad como
tal, consideró desde el primer momento que ella fué importada á este
Continente, pues para aquel la cruz americana tenía el mismo valor que
el signo de su fe.
Al conquistador no ocurrió que el símbolo sagrado fuese nativo, y por
eso no indagó los antecedentes que hubieran establecido la verdad del
tan debatido asunto.
Posteriormente, cuando se detuvo á estudiar á la América y su genio
nativo y original, entonces comenzó á comprender que no había necesidad
de que apóstoles ú hombres blancos hubieran pisado su suelo, ni
discurrido por sus vastas soledades, enseñando dogmas y misterios y
dejando á la Cruz como recuerdo imperecedero de su predicación.
NOTAS:
[17] _Conquista Espiritual del Paraguay_, § XXI, págs. 95 y siguientes.
(Bilbao, 1892).
[18] Véanse P. Lozano, _Historia de la Conquista del Paraguay, Río
de la Plata y Tucumán_, tom. I, cap. XX, pág. 452, y N. de Techo,
_Historia de la Provincia del Paraguay_, tom. I, lib. VI, cap. IV
(Madrid, 1897).
[19] _Historia de la Compañía de Jesús de la Provincia del Paraguay_,
Lib. VI, cap. XVI—El P. Cataldino fundó á N. S. de Loreto en 1546, y
era italiano (Montoya cit., VI, pág. 30).
[20] Véase _El Hombre Blanco y la Cruz en el Perú_, de M. J. de la
Espada, inserto en las Actas del Congreso de Americanistas de Bruselas
(1879), págs. 529 y 530.
[21] _Historia del Paraguay_, etc., cit., tom. I, cap. III, pág. 69.
[22] De esta Gruta ocupóse Jiménez de la Espada en el referido Congreso
de Bruselas, citando el testimonio de D. Julio Ramón César (_Descrip.
Hist. del Paraguay_), quien dió en 1768 interesantes datos sobre la
misma, concluyendo aquel americanista que se trataba de un monumento
de la prehistoria, que quizá guardaría vestigios del hombre primitivo
(Actas del Congr., tom. I, págs. 538 y 653).
M. Peterken manifestó en el Congreso que sobre esta gruta corrían
leyendas nativas en el Paraguay, y que á su juicio fué un refugio de
pescadores (Lug. cit, págs. 651 y 652).
[23] Sobre esta piedra debatió largamente el Congreso anterior de
Luxemburgo en su 4^a sesión.
[24] Lozano, Op. y lug. cits.
[25] _Historia de Nuestra Señora de Copacavana_, capítulos VII á XI.
[26] _Crónica moralizadora de la Orden de San Agustín_, lib. II,
capítulos II y siguientes.
[27] Ruíz de Montoya, cap. XXIII, págs. 98 á 103—Techo, tom. III, lib.
VI. cap. IV, págs. 23 á 26—Lozano, tom. I, cap. XX.
[28] Op. cit., cap. IX.
[29] Cap. XXIII, pág. 102.
[30] Congr. de Amer. de Bruselas, tom. I, pág. 597, nota.
[31] «En toda la Provincia de Tucumán, escribe, no se encuentra
vestigio ninguno de los que se celebran en otras regiones, ni hay
noticia de que sus naturales tuvieron tradición sobre este particular y
hallándose también noticias en la provincia de Santa Cruz de la Sierra,
de que por allí discurrió nuestro sagrado apóstol, es verosímil que,
dejando á mano izquierda el Tucumán, se encaminó desde el Paraguay al
Perú» (tom. I, cap. XX. pág. 463).
Es curioso el dato consignado por Techo á la pág. 397, tom. II.
[32] _La Araucana_, Part. I, Canto II.
[33] Techo, Op. y lug. cits.—Ruíz de Montoya, § XXIII, págs. 102 y
103—Calancha, Op. cit.—_Congr. de Bruselas_, tom. I, págs. 555 á 640.
[34] Garcilaso, _Comentarios Reales_, tom. II, cap. IV—Antonio de
Pinelo, _Paraiso_, lib. II, cap. XII—Lozano, tom. I, pág. 446—Lucas
Fernández de Piedrahita, _Historia del Nuevo Reino_, etc.
[35] _Pay_, escribe Montoya en una de sus obras (_Cong. Esp. del
Paraguay_, § XIX, pág. 96), «quiere decir Padre, y lo usurparon los
viejos, los _magos_ y los _hechiceros_»; _Pay_, escribe en otra
(_Tesoro de la Lengua Guaraní_, verb. _Pai_), «dice Padre, es palabra
de respeto y con ella nombran á sus viejos _hechiceros_ y _gente
brava_». _Pay_ escribe Calancha (Op. cit., Lib. II, cap. II), «es el
nombre que daban á lo que ellos tenían por divino, poderoso ó sabio,
como á Dios y á sus _encantadores_». «Los _magos_, dice Lozano (tom. I,
cap. XX, pág. 462) se usurparon el nombre de _Pay_, para honrarse con
él».
[36] Sobre Pay Tumé ó Tumá el Abate Schmitz discurrió en el Congreso de
Luxemburgo (_Compte-réndu du Congrès Internat. des Américanistes_, tom.
I, pág. 363).
[37] Lozano (Lug. cit., pág. 462) dice que los ancianos y magos que
se decían Pay, «jamás se pusieron el de _Abaré_, como opuesto á su
profesión, que era de vivir con cuantas mujeres alcanzaba su posible.»
Ruíz de Montoya (Id. id, pág. 95) escribe que los paraguayos á los
sacerdotes «llámanlos _Abaré_, que quiere decir _Homo segregatus
á venere_». «Por _oprobio_ nos llaman _Abaré_», agrega en otro
lugar, citando el ejemplo del «eunuco á natura» que vióse obligado á
desterrarse, como los venados, por los montes (págs. 96 y 97).
[38] Wiener, _Pérou et Bolivie_, Vocabuls., verb. _Pai_, pág. 786, dice
que esta voz es el pronombre él, ella.
[39] Lozano, cit., pág. 449—La cita de Alfaro, reproducida por Montoya
(pág. 105), dice: «Cuando estuve visitando la Gobernación de Santa
Cruz de la Sierra, supe que había en toda aquella tierra noticia de un
Santo que llamaban Pay Tumé, el cual había venido de hacia la parte del
Paraguay, y que había venido de muy lejos, de suerte que entendí como
que había venido del Brasil por el Paraguay á aquellas tierras de Santa
Cruz».
[40] Sin dejar de admitirse la comunicación continental con tierras del
norte de la América y la migración europea de los escandinavos de los
siglos X y XI, primero á Groenlandia y después á Vinland, los Congresos
de Americanistas de Nancy y Luxemburgo debatieron y trataron con todo
género de reservas la evangelización de las tierras americanas por los
Apóstoles (Nancy, 1875, _Congrès des Américanistes_, tom. I-Id. id.
Luxemburgo, _Compte rendu des Congr._, etc.—Véanse: M. E. Beauvais,
_Les Colonies Europ._, Ses. 2^a tom. I, pág. 174; Monseñor Timon,
_Missions in Western New York_, Buffalo 1862, págs. 16 y siguientes;
Palfrey, _Hist. of New England_, tom. I. págs. 56 y siguientes, etc.)
En el Congreso de Bruselas el Abate Schmitz quizo reabrir la cuestión,
pero sin éxito alguno (Bruselas, 1879, _Congr. des Amér._, tom. I,
sesión 3^a, págs. 497 y siguientes.)
[41] «Abierta la puerta, escribe, y queriendo entrar por ella, apenas
cabía un hombre y había mucha oscuridad y no muy buen olor. Visto esto,
trajeron candela y ansi entramos con ella en una cueva muy pequeña,
tosca, sin ninguna labor, y en medio della estaba un madero nincado en
la tierra, con una figura de hombre hecha en la cabeza del, mal tallada
y mal formada y al pie, á la redonda del, muchas cosillas de oro y de
plata ofrecidas de muchos tiempos y soterrados por aquella tierra.
Vista la suciedad y burlería del ídolo, nos salimos afuera á preguntar
que porque hacían caso de una cosa tan sucia y torpe como allí estaba?
Los cuales muy espantados de nuestra osadía volvían por la honra de su
Dios, y decían que aquel era _Pachacámac_, el cual los sanaba de sus
enfermedades.»
Sobre Pachacámac, véase Brasseur de Bourbourg, _Le Livre Sacré_, pág.
224.
[42] Para Girard de Rialle, Pachacámac no fué ni un dios ni un héroe
solar, aunque más tarde los Incas le presentaran, como á Con y á Manco
Ceápac, como hijo del sol. No era dios del agua, visto su antagonismo
con Con (_Mythologie Comparée_, Cap. XVI, págs. 263 y 264).
Daniel Brinton piensa con Müller y Picard que Pachacámac es el dios del
fuego, pues que el fuego es impalpable y sútil, y reanima y vivifica.
El fuego contiene, para los pueblos en los cuales la ciencia de la
física es poco avanzada, los gérmenes de toda cosa, y constituye el
elemento procreador y vital por excelencia (_Myths of the New World_,
págs. 210, 263 y 335—Filadelfia, 1896).
[43] Sobre este interesantísimo mito, véase Brasseur de Bourbourg, _Le
Livre Sacré_, pág. 238.
[44] Keane, _Man Past and Present_, págs. 424 y 425 (1899), entre
otras cosas muy interesantes, dice de Huiracocha: «... El gran templo
y los edificios que lo rodean inconclusos, como quedaron, se remontan
á la época preincásica y fueron dedicados á Viracocha, dios tutelar
de los Aymará; más la edificación fué suspendida por los Incas, para
quienes Tiahuanaco, asiento de este culto, era un rival de Pacaritambo,
cerca del Cuzco, centro del culto solar de los Quichuas. Después que
se realizara la conquista del país de los Aymará, la anterior enemiga
entre estos dos centros de cultura desapareció; las desconfianzas
internacionales, que procedían más bien de causas políticas que de
religión, dejaron de existir, y el mismo Viracocha ingresó al panteón
de los Quichuas ...»