Como no es posible dudar ni por un momento del origen americ

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ADAN QUIROGA

LA CRUZ EN AMÉRICA

(ARQUEOLOGÍA ARGENTINA)

CON UN PRÓLOGO

DE SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO, M. A.

_Catedrático de Arqueología Americana

en la Facultad de Filsofía y Letras

de Buenos Aires_

_Encargado de la Sección Lingüística

en el Museo de La Plata, etc., etc._

[Ilustración]

BUENOS AIRES

IMPRENTA Y LITOGRAFÍA «LA BUENOS AIRES»

260—BOLÍVAR—260

MCMI

[Ilustración: URNA FUNERARIA—AMAICHA, ENTRADA A TAFÍ Colección Quiroga]

AL

TENIENTE GENERAL BARTOLOMÉ MITRE

_26 de Junio de 1901._

PRÓLOGO

La _Cruz en América_ es el título que el Dr. Quiroga dá á su nueva

contribución al estudio de las antigüedades de nuestro continente. A

tal punto nos hemos empapado en la idea de que la Cruz empezó y acabó

en el Calvario, que basta nombrarla para que se suponga que se trata

de descubrir ó comprobar la visita de algún apóstol en el primer siglo

de nuestra era. Pero nada de esto sucede; el símbolo, materia de este

libro, es algo muy americano, que si procedió de algún otro continente,

debió ser cientos y miles de años antes de producirse la solución de

continuidad que separó las tres Américas del resto del mundo.

En su trabajo, el autor, dándonos en resumen las opiniones más

autorizadas al respecto, le niega el origen cristiano á la Cruz en

América; pero esto no quiere decir que ella haya sido inventada en

nuestro continente, ni tampoco que en el Norte y en el Sur procedan

de dos invenciones sin conexión alguna entre sí. El malogrado doctor

Brinton abogaba por la independencia de origen de todos los signos

simbólicos y demás que se encuentran en los diferentes países; pero

Wilson[1] opina lo contrario, y si bien concede que la Cruz es una

cosa tan sencilla, que en todas partes y en todas las épocas ha podido

descubrirse de nuevo, se niega á admitirlo en el caso _del swuastica_

espiral, meandros, griegas y otros adornos por el estilo. Si todo

esto más bien debió entrar de afuera por migración, igual suerte pudo

caberle á la Cruz; y es muy significativo que tanto en el Norte como

en el Sur sea la Cruz un atributo ó un símbolo de los dioses de las

lluvias y de la atmósfera, en una palabra, uno de esos signos de una

lengua sagrada que venimos rastreando en todo el mundo.

Ahora bien; si la Cruz en América simboliza algo que pertenece á

ciertos dioses de su mitología, igual cosa podemos decir de la Cruz en

el Viejo Mundo. Entre las naciones de la antigüedad (los Cartagineses

por ejemplo) á los prisioneros, y á los criminales se les daba muerte

en Cruz, víctimas por sustitución en los sacrificios humanos. Esta

sustitución degeneró entre los Quichuas en conejos, llamas, y más

tarde, en las fiestas del Chiqui, en hombrecillos de masa ú otro

sustituto, que se colgaban en el algarrobo á cuya sombra se celebraba

aquel rito. En los pueblos de Catamarca y la Rioja, las carreras que

acompañaban estos juegos eran incruentas, pero en Tuama de Santiago

los corredores se hacían sangrar en la misma iglesia y el chorro que

saltaba se dirigía hacia el altar, punto en que se hallaba la Cruz.

Lo cierto es que, al rededor de la Cruz, en todas partes encontramos la

idea de algún Dios representado, y si en América más bien se relaciona

la Cruz con el agua y con los fenómenos atmosféricos, es porque en

nuestro continente, la falta de agua era la que más se hacía sentir

y, desde luego, era un dios de las lluvias al que había que invocar;

mientras que en el Viejo Mundo, Neptuno, había tenido que ceder el

lugar á Júpiter, aquél un dios acuático, éste atmosférico; pero como en

todas partes al Dios de moda se le adjudicaban atributos del que dejaba

de serlo, así había un Júpiter _Pluvius_, otro _Tonans_, etc.

Vemos, pues, según nuestro autor, que tanto en el Norte como en el Sur

de nuestra América se encuentran Cruces, espirales, meandros, y otros

símbolos como adornos de ídolos, vasos y otros útiles.

Por otra parte, los autores más modernos se inclinan á opinar que la

raza humana desciende de una sola pareja, si bien persisten en atribuir

á la evolución lo que nosotros explicamos sencillamente en las palabras

del Génesis.

¿Cuál es entonces la dificultad que nos priva de conceder que la Cruz,

la espiral, el meandro, el triángulo, los escalones, y tantos otros,

sean símbolos de una lengua sagrada que sería propia de nuestra raza

antes de la separación que produjo las diferencias étnicas de la época

prehistórica?

Como dice Mortillet[2] el hombre cuaternario antiguo ó paleolítico, era

cazador, nómada, sin idea, ni sentimiento de religión, en fin, parecido

á nuestro Indio del Chaco; debió pues llegar un momento en que paso á

ser hombre con principios de civilización, capáz de hacer el huso con

su tortero, ya para hilar, ya para sacar fuego, y al propio tiempo con

voluntad de invocar á un poder desconocido que hace y gobierna todas

las cosas. En América, como en todas partes, hallamos razas que

fácilmente asimilan cualquier civilización, como los Mexicanos en el

Norte y los Quichuas en el Sur: y otras que, a pesar de todo, quedan

nómadas, salvajes, cazadoras hasta el día de hoy, lo que sirve de

disculpa á muchos para abogar por su exterminio.

Si hemos de estar al monogenismo, unas y otras razas proceden de las

migraciones, y ya se sabe que los que emigran portan consigo lo que

tienen, lo que saben y lo que creen. Si encontramos, pues una raza

que vive de la caza, que viste pieles y que se defiende con armas

que corresponden á cualquiera de las edades de piedra, lo lógico es

deducir que la migración se produjo en la época en que el país de sus

antepasados se hallaba en el mismo atraso. Ahora si al contrario, nos

las habemos con gentes que habitan casas, visten ropa tejida, saben

procurarse el fuego y adornar sus armas y útiles con símbolos que

tanto se hallan en el Viejo Mundo como en el Nuevo, lógico es también

que concedamos que estos conocimientos los trajeron consigo en sus

migraciones, esa familia humana que inició la civilización donde quiera

que se halle.

Dice Wilson[3] citando á Lubbock[4]: «A no dudarlo, el hombre al

principio, se extendió poco á poco, paso á paso y año por año, por

toda la redondez de la tierra, tal y como la mala hierba de Europa se

extendió lenta pero seguramente por toda la superficie de Australia.»

Así, pues, se extendió el hombre, el civilizado como civilizado; el

salvaje como salvaje; y precisamente son el huso de hilar, el de sacar

fuego, y la Cruz que nos pueden señalar el curso de las migraciones.

No es mi mente establecer aquí las pruebas de que los símbolos de que

se trata, migraron de Europa á la América del Norte y después á la del

Sur, porque esto vendría con el tiempo; pero sí me intereso en hacer

constar que opino con Wilson, y en contra de Brinton, que más fácil es

concebir la hipótesis de derivaciones, que de invenciones aisladas en

cada lugar. La experiencia nos enseña lo que le cuesta al hombre hacer

lo que nunca ha visto, y tan es así que aún en América las naciones

más civilizadas casi todas han estado en contacto geográfico unas con

otras. En el Sur, desde Centro América hasta Chile, se suceden las

naciones más adelantadas, y otro tanto se puede decir del Norte hasta

llegar á la región mexicana. En ninguna parte hallamos un aislamiento

de algo como lo del Perú. Si ese paralelismo del ingenio humano fuese

un producto espontáneo, debiéramos encontrar algo como un núcleo de

cosas mejores fuera de la región consabida; pero no: en la América,

las civilizaciones se tocan unas con otras, están en las montañas,

regiones que en el Viejo Mundo han dado origen á expresiones como la

de nuestra palabra «cerril», que dice poco menos que «bárbaro». Está

muy claro que la civilización americana contraria esta experiencia

europea, que la poseyó en las costas, puertos de mar y ríos navegables.

¿Qué sería lo que sucedió? La contestación se impone. En nuestro

continente son arrinconamientos de algo que existió en otra parte; en

donde, se revelará algún día; hoy sería prematuro indicar el lugar de

procedencia. En todas partes vemos rastros de algo muy anterior al

México de Montezuma y al Perú de Atauhualpa; pero aún ese algo pudo ser

á su vez restos de continentes y adelantos perdidos.

Lo que ahora falta es un trabajo geográfico con ubicación de todos los

puntos en que se hallan Cruces en ambas Américas, es decir, un mapa

como el de Wilson, en su _The Swastika_, porque así fácilmente podremos

ver como hay contacto geográfico entre todos los lugares que han

conservado señales de este símbolo.

Una vez que entremos al estudio comparado de la simbología Mexicana y

Andina, veremos que los dioses de los dos países se adornan con los

mismos dibujos. Por ejemplo: En la introducción de Chavero[5] tenemos

una reproducción del Códice Borgiano. En ésta se representa la estrella

vespertina y matutina, una figura doble cargada de símbolos, muchos de

los cuales son los nuestros, como ser: los círculos con punto (Ojos

de Imaimana), las escaleras con meandros ó griegas y sin ellas, y

finalmente una Cruz formada (en el copete de la figura que representa

el lucero) por dos símbolos muy conocidos en nuestra alfarería. Si la

Cruz es curiosa, ¿qué diremos de los escalones y triángulos? Cuesta

creer que sean producto de la casualidad; más si suponemos que eran

símbolos de la lengua sagrada, precisamente deberían emplearse en una y

otra región como atributos y emblemas del culto tal ó cual.

En la página 154 de la citada obra de Chavero, se reproducen Cruces

griegas, maltesas y de San Andrés, las mismas que encontramos en las

alfarerías y piezas en bronce de la región de Andalgalá. Estos objetos

se hallan en el Museo de la Plata, y esperan el regreso del director

para sacarse á luz.

A propósito del Nahui Ollin, ó Cruz de San Andrés, que servía para

determinar los equinoccios, debo dar cuenta de algo que descubrí en

uno de mis viajes por la región calchaquina, y que es pertinente al

asunto de que se trata, porque, la planta de la construcción que voy á

describir, forma una Cruz perfecta de brazos más ó menos iguales.

En el lugar llamado Fuerte Quemado, como á una legua al norte de

Santa María, en la raya que divide la provincia de Catamarca de la de

Tucumán, en el mismo riñón de Calchaquí, corre un filo de cerrillada

que acaba en punta hacia el norte y domina la entrada al valle de Tafí,

pero con todo el de Santa María por medio. En una de las prominencias

de este filo se hallan levantados unos curiosos edificios: las paredes

de un salón, una torre redonda y cuatro construcciones de la laja

local, rodean un patio largo y angosto, guardado por el precipicio á

los tres costados y sin más entrada que una garganta casi impasable al

Norte.

Las construcciones á que me refiero son muy curiosas, porque constan

de cuatro paredes que se levantan dejando un espacio en Cruz entre

ellas, sin destino posible, porque apenas si dan paso al cuerpo. La

orientación no es de Norte y Sur, sino á los medios vientos, es decir,

NE., SE., NO., SO.

Como Montesinos y otros hablan de tales paredes como destinadas á

determinar las horas del día, los solsticios y equinoccios, siempre he

considerado que esta ruina en cruz fuese uno de tantos _intihuatanas_ ó

trampas para cazar el Sol.

Chavero[6] habla de la Cruz de San Andrés como símbolo de los

cuatro movimientos del Sol—el _Nahui Ollin_—y si miramos hacia

el Este los pasillos del _Intihuatana_ del Fuerte Quemado, forman

justamente una Cruz de San Andrés. Cerca de allí estuvo el lugar

llamado—_Bacamarca_—otro modo de escribir—_Huacamarca_—«la plaza

fuerte de la _Huaca_».—El nombre y su interpretación corresponden á lo

que allí existe ó existió.[7] Si se acepta mi hipótesis, tenemos otra

vez aquí la Cruz como medio de determinar observaciones astronómicas.

Muy significativas también son las Cruces que ocupan el lugar de

dientes en los dos lagartos que forman los costados del disco de bronce

(Fig. 71 B) de Andalgalá. La figura central es un ser antropomorfo que

yo identifico con Huiracocha, el dios acuático de los Quichuas.

Sabemos que la Cruz en México significaba «_el dios de las lluvias_»,

como dice Chavero,[8] y lo mismo significa en la región Calchaquí. Esto

lo demuestra muy bien Quiroga, quien llegó á tener este convencimiento

sin conocer el trabajo que acabamos de citar.

En todos estos lugares existía una cierta cultura, y así vemos que la

Cruz servía para determinar el Dios del culto que se celebraba. Orlando

esta región andina y hacia el Este, en los llanos, merodeaban las

naciones de Mocovís, Abipones, Tobas y otras de las llamadas Guaycurús

ó Frentonas. Los Indios estos y sus Machis ó Hechiceros verían como las

naciones Diaguitas veneraban la Cruz y la empleaban en sus ceremonias.

Los otros, raza de Jurís ó nómadas, no comprenderían bien aquello

de símbolos de una lengua sagrada, pero se harían cargo que la Cruz

encerraba algo bueno en sí y la adoptarían como amuleto. Así, pues;

en el siglo XVIII, los Indios Abipones se hacían tatuar unas cruces

en medio de la frente, como se puede ver en las láminas de la obra de

Dobrizhoffer que de ellos trata.

En el siglo pasado y hasta el presente, estaba y está una India Toba en

el Asilo de Huérfanos, en Buenos Aires, con una Cruz muy bien tatuada

en medio de la misma frente. En el ejemplo Abipón, la Cruz (griega)

está formada por dos líneas que se cruzan; en el moderno es el espacio

que forma la Cruz, y son los tatuajes que la perfilan. Por lo que he

podido averiguar, son las mujeres que se adornan con tinta indeleble,

como nuestros marineros; mientras que los hombres sólo se embijan con

coloretes que desaparecen con el lavado.

He notado en algunas urnas calchaquinas, de las que se adornan

con pinturas antropomorfas, una crucecita griega en el punto que

corresponde á la frente, tal y como las hallamos en las caras de las

bellas abiponas; estas indias, según el artista de Dobrizhoffer, todo

son, menos indias del Chaco; pero en cuanto al tatuaje podemos asegurar

que es una fiel reproducción de lo que viera el misionero Jesuita en

sus correrías. Ni por un sólo momento insinúa él que se trataba del

símbolo del cristianismo.

Otra cosa quiero hacer notar y es la abundancia de la Cruz en los

objetos de alfarería en la región calchaquina propiamente dicha, y su

escasez en los demás lugares del Oeste de Catamarca. Hay que confesar

que el tipo de aquellos objetos es muy distinto del de estos, al grado,

que hace sospechar que puedan corresponder á otra raza y á otro rito.

En Andalgalá los vasos más hermosos ostentan figuras draconianas.

Tinajas del tipo Santa María, de las que tantos ejemplos dá el doctor

Quiroga, no se han encontrado al Sur del Atajo, con dos excepciones

halladas en Choya, una aldehuela dos leguas al N. O. del Fuerte,

pero aún éstas carecen de las fajas negras de los costados que son

el distintivo de las de Calchaquí. Al hacer esta excepción hay que

acordarse que á Choya, ó sea Ingamana, fué expatriada una de las tribus

del valle de Calchaquí, en el siglo XVII, y allí se han conservado.

Aquí, empero, nos sale al encuentro una nueva dificultad: existen

ruinas de pueblos de indios en las faldas, mientras que los Ingamanas

fueron colocados en el llano.

Así es todo lo que se presenta en Calchaquí y los valles anejos.

Cuesta creer que las vastas ruinas hayan pertenecido á los indios

que hallaron los españoles. Los Misioneros no se acuerdan de nombrar

esos sorprendentes entierros de numerosas urnas, nuevas todas, y que

deberían responder á algún rito de la mitología local. Durante cientos

de años las crecientes han estado dando cuenta de estas huacas, y los

coleccionistas han destruido más que lo que han logrado para vender.

Los descubrimientos de Ambrosetti en Tafí, también indican algo que si

no es de una colonia peruana, corresponde á esa civilización anterior,

en pos de la cual andamos todos.

Cuando una vez se abre algún capítulo en la historia de los

descubrimientos arqueológicos, nos vienen á la memoria cosas que hemos

leído, y á que no dimos mayor importancia.

Más de una vez me llamó la atención aquel incidente en la entrada de

Juan Núñez de Prado, cuando él puso á los indios de Santiago bajo el

amparo de la Cruz. En la parada que hizo no pudo haber convertido á

esos indios al cristianismo porque no le alcanzó el tiempo. Hoy que

sabemos que la Cruz se hallaba diseminada en los objetos de alfarería,

y otros, se comprende que Prado no hizo más que utilizar una veneración

que ya existía por el símbolo.[9]

Muchos habrán creido que la noticia de Lozano carecía de importancia;

pero después se ha visto que el tal hecho consta en documentos hoy del

dominio público.

El año 1896 el doctor José Toribio Medina publicó en Santiago de Chile

la información levantada por Juan Núñez de Prado en su recién fundada

ciudad del Barco, y marzo de 1551, poco antes de trasplantar la misma

de su asiento en los llanos de Tucumán, al que después se le dió en los

valles de Calchaquí.[10] En la 8.^a pregunta se dice lo siguiente:

«8—Item si saben que estando el dicho capitán Juan Núñez Prado

poblando en esta ciudad[11] envió á Martín de Rentería, alcalde, con

hasta veinticinco ó treinta hombres que fuesen á conquistar é descubrir

la tierra por ver lo que había en ella, el cual fué y llegó á Macherata

y Collagasta y Mocata, que es cuarenta é cinco leguas de esta ciudad

é ahí en Ligasta é Thomagasta é vió otros muchos pueblos é los cuales

tomó posesión en nombre del dicho capitán Juan Núñez de Prado, é de

la dicha ciudad, _poniendo cruces en los dichos pueblos_, haciendo

entender á los caciques é indios que aquellas se ponían para que si

viniesen cristianos, supiesen estaban en paz é no les hiciesen mal

ni daño, ni tomasen sus haciendas, ni mujeres, ni hijos, _los cuales

quedaron muy contentos en haber lo susodicho_ é paz con los cristianos,

sirviéndoles muy bien». (Tiraje aparte pp. 4 y 5.)

La pregunta 9 relata como en seguida salió Prado á recorrer lo visitado

por Rentería y algo más, y continúa así:

«E habiendo salido de esta dicha ciudad con veinte é ocho hombres

que consigo llevaba, un día que se contaron diez de Noviembre del

año pasado de quinientos é cincuenta años, estando alojado junto al

pueblo de Tepiro[12] un cacique que llevaba consigo de Tucumán[13]

que le había salido de paz, le dijo como en el pueblo Thomagasta[14]

había cristianos, que eran cinco leguas más adelante; é sabido por el

dicho capitán Juan Núñez de Prado, luego procuró de que se tomasen

algunos indios para saber que gente era, y luego se tomaron dos ó tres

indios los cuales dijeron que en el dicho pueblo de Thomagasta había

cristianos é que habían estado alanceándolos é robándolos é _derrocando

la cruz que estaba puesta_, é no embargante _que los indios les hacían

cruces_, como les habían dicho no dejaban de matarlos é robarlos é les

habían hecho otros muchos malos tratamientos, etc.» Ibid. p. 5.

Llamado Martín de Rentería, depuso que todo esto era así, y al

proseguir con la pregunta 9 agregó que había:

«Oido decir á Pedro de Rueda é á otras personas que venían con el

dicho Villagrán, como habían entrado alanceando los dichos indios de

Thomagasta _llamando á la cruz que estaba puesta garabato_, diciendo:

_que garabatos tienen aquí_ puesto los de _Tucumán_ etc.» Ibid p. 14.

Es curioso que el Padre Domínico, Alonso Trueno, nada diga de las

cruces, lo que demuestra que no fué él que las planteó.

Este documento no se conocía cuando el doctor Andrés Lamas publicó su

edición de la historia de la conquista por el P. Pedro Lozano S. J. y,

por esta causa no se dió la importancia que merecía á la noticia que de

ello nos diera el famoso Padre. Sus palabras son estas:

«Prado, cuyo celo debemos siempre alabar, por lo que se esmeraba en

adelantar los negocios de la fe con la autoridad y con ser ejemplo

entre estos indios, en cuyos pueblos apenas sentaba el pie, cuando en

piedad cristiana _hacia enarbolar cruces_, para que los bárbaros las

adorasen.... con cuya diligencia cobraron las bárbaros tal estimación

de la Santa Cruz, que hasta _los mismos gentiles la veneraban por el

mayor de sus ídolos_.» Historia de la Conquista, t. IV., p. 128. Ed.

Lamas.

En su historia, el autor, refiere este episodio como si correspondiese

á los meses posteriores al incidente con Francisco Villagrán en

Tuamagasta, pero de la información del año 1551 se desprende que esto

se hizo desde el primer momento de la entrada.

El nombre de «_garabatos_» que la gente de Villagrán daban á estos

signos de la Cruz, y la ninguna mención que de ellos hace el Padre

Trueno en su declaración nos ponen en el caso de sospechar que él no

estaba muy convencido de la eficaz fe cristiana de los indios en este

símbolo, cuando acudían á su amparo.

Por otra parte, no se halla ninguna referencia, ni en Bárcena ni en

Techo, ni en ninguna de las cartas anuas, á estas Cruces del arte

Calchaquí, y no obstante, como se vé en las colecciones y en los

numerosos ejemplos citados y reproducidos por el doctor Quiroga, no hay

signo que se presente con más frecuencia que este de la Cruz.

Ya hace algún tiempo que había yo reunido algunos ejemplares de la

Cruz en la alfarería, para un estudio sobre el simbolismo de la región

calchaquina, que permanece aún inédito; allí hacía notar que se

relacionaba el signo este con los dioses acuáticos y con el agua, más

nunca llegué á identificarle con el suri y con el sapo.

La identidad del suri (el avestruz americano) y de la Cruz en todo lo

que se refiere al agua, puede decirse que ha sido descubierta entre

nosotros por el doctor Quiroga, y seguramente es una de las partes más

interesantes de su trabajo. Después que el doctor Quiroga llamó mi

atención á los locos gambeteos del suri, cuando está por llover, he

tenido ocasión de observar una de estas aves, y he notado que es el

mejor de los barómetros. Los movimientos excéntricos de alas, patas

y pescuezo, reproducen las figuras que se notan en los _pucos_[15]

y tinajas, y no hay postura que se advierta en éstas, por violenta

que sea, que no la véamos también en el ave en vida, cuando está por

llover. Valiéndome de la advertencia de mi amigo, más de una vez en

este año (1901) he adquirido fama de buen profeta de lluvia. Siendo,

pues, la Cruz, como muy bien dice Quiroga, el símbolo del agua ó de

la lluvia, y observando los _Machis_ ó Hechiceros, la conducta de los

suris en vísperas de la lluvia, lo más natural era que se pintase lo

uno con lo otro. Lo del sapo se impone, y la sustitución de uno de

estos símbolos por el otro, es una de las pruebas más satisfactorias

que nos ofrece el autor de que la Cruz, con el suri ó sin él, es

llamativa del agua.

Por lo que hace á la serpiente y su simbolismo, creó que también

acierta Quiroga. Me consta que el vulgo nuestro, cree que una víbora

en un lugar, en tiempo de tormenta, basta para hacer que allí caiga

rayo; y un lindo espécimen que reservaba para un amigo naturalista en

un rancho de mi hacienda fué destruido y arrojado lejos porque empezó

á tronar, y los dueños de casa temían ser víctimas del rayo, si no

se deshacían del incómodo huésped, que no necesitaba estar vivo para

perjudicar.

Como no es posible dudar ni por un momento del origen americano de la

Cruz, en general y también en la región de Calchaquí, por el modo como

se presenta y las combinaciones en que entra, justo es que tratemos de

darle el lugar que le corresponde en el simbolismo de la mitología de

nuestro hemisferio; y á esto se dedica con todo empeño el autor en su

obra. Se ha comprobado su existencia como símbolo sagrado: se ha visto

que, no en todas partes se presenta en la misma forma; que en una

es atributo de un dios tal ó cual, que en otra es adorno de un vaso

sagrado; así designamos las urnas que acompañaban á las inhumaciones

de los cadáveres en Calchaquí. Hay pues que establecer y distribuir

estas diferencias regionales que tanto nos ayudarán á dar al símbolo su

completo, si bien multiforme significado.

Es de esperar que en seguida alguien emprenda uno ó más trabajos

tendentes á dar á conocer todos los ejemplares de la Cruz en Calchaquí

que se hallan en las colecciones públicas y particulares, teniéndose

especial cuidado de distinguir entre los de un distrito y los de otro,

porque hasta entre estos suele haber bastante diferencia.

Digna de toda atención también es la forma en que la Cruz aparece en

la famosa lámina del Yamqui Pachacutic, clave tan preciosa para la

arqueología del Sur como lo ha sido el alfabeto de Landa para la del

Norte.

No es este empero el lugar de hacer una disertación sobre aquella

interesante y sugestiva lámina. El trabajo del Dr. Quiroga la dá

á conocer para que todos puedan juzgar de su importancia con la

reproducción del original á la vista. Yo mismo utilicé muchos de sus

datos en mi artículo sobre los _Ojos de Imaimana_, publicado en el

t. XX del Boletín del Instituto Geográfico. Estos dibujos

nos dan á conocer que existía un simbolismo con signos reconocidos, y

fundándome en esto, y en la universalidad de muchos de ellos en nuestro

Continente, es que no trepido en hablar de una lengua sagrada con

simbología bien conocida tanto en el Norte como en el Sur.

Acordémonos también que nosotros estamos aprovechando sólo los restos

de riquísimos antecedentes. Miles de MSS. se destruyeron en el Norte,

miles de ídolos y otros objetos por el estilo en el Sur; pero con

todo eso en una y otra parte encontramos esas Cruces, esos círculos

con puntos, ó sean Ojos de Imaimana[16], escaleras, algunas con asta

banderas, triángulos con espirales ó griegas y sin ellos, triángulos

solos, conos, meandros ó griegas de todas formas y complicaciones,

serpientes, dragones horrorosos, algunos con caras antropomorfas, otros

con dos ó más cabezas; en fin todos esos signos que algo indican y que

tanto abundan en la alfarería y otros objetos de nuestra región andina

del Norte. Todo esto hay que aprovechar en una serie de publicaciones

como la del Dr. Adán Quiroga, quien con singular abnegación ha dedicado

tanto tiempo y buena parte de su fortuna en coleccionar los objetos que

le han servido de base para este estudio.

Digno de todo elogio es el trabajo con que el autor ha iniciado el

nuevo siglo, y sépase que muchos de los objetos han sido exhumados por

él en los propios yacimientos. Lo que ahora se publica no es más que un

fragmento de sus investigaciones, y puedo asegurar que su colección del

Folk-Lore y de los Petroglifos de aquella región es tan importante como

sus descubrimientos acerca de la Cruz, si no los supera.

Una vez más debemos protestar contra esas destrucciones por mayor

de los yacimientos que contienen estos rastros de la prehistoria de

nuestro país. El único modo de evitar el comercialismo que ha invadido

á los colectores sería el no aceptar colección alguna que no viniese

con los credenciales de cada objeto y de su descubrimiento y ubicación,

y que estos fuesen á satisfacción de peritos en la materia; pues

nuestros Museos hoy poseen datos que permiten esta clase de exigencias.

Sólo el amor á la ciencia del Dr. Quiroga pudo ponerlo en posesión de

todo aquello que le ha servido para concebir la idea de este libro,

y mucha abnegación para escribirlo en los momentos de ocio que le

dejaban sus tareas en la Corte de Justicia de Catamarca de la que era

y es uno de los Ministros. Sus vacaciones las pasaba en Calchaquí, sus

noches interpretando libros en otros idiomas, y así, á 300 leguas de la

casa editora, ha podido llevar á feliz término su trabajo _La Cruz en

América_.

SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO.

El Museo, La Plata, Agosto 21 de 1901.

NOTAS:

[1] _The Swastica_, por Thomas Wilson p. 953.

[2] _Le Préhistorique_, Ed. de 1900, p. 333.

[3] _The Swastica_, p. 982.

[4] _Prehistoric Man_ p. 601.

[5] _México á través de los siglos_, p. XV.

[6] _México á través de los siglos_, t. I, p. 145.

[7] Rápidamente desaparece todo, y muy en breve no quedará más rastro

que los apuntes de mis carteras.

[8] Ibid, p. 382.

[9] Santiago era una colonia de los valles calchaquinos.

[10] No se precisan los puntos por estar su ubicación aún en tela de

juicio.

[11] El Barco.

[12] Las _cruces_, se entiende.

[13] Tepiro y Tuamagasta, pueblos de Santiago del Estero, aquel al

Norte, éste al Sur.

[14] Sin duda error por Atacama cerca de Río Hondo. Véase p. 33.

[15] _Pucos_ escudillas ó tazas.

[16] _Imaimana_—Todas cosas. Gonzalez Holguín _in voce_.

CAPÍTULO I

LA CRUZ EN AMÉRICA

JUICIO DEL CONQUISTADOR

_La Cruz en los siglos XVI, XVII y XVIII—Juicio

del Conquistador—Idea de un cristianismo

antecolombiano—Los_ PAY _americanos y los

hechiceros nativos—Juicio del indio—Monumentos y

mitos continentales—-Pachacámac, Atticci Viracocha,

Tonapa y Taapac—El tricéfalo de Cundinamarca

y el Tangatanga de Chuquisaca—Escrituras

petográficas—Quelzalcóatl, Votán, Wixepecocha,

Botchica y Huiracocha—Manco Cápac y el Inca

Roca—Pies esculpidos—El hombre blanco y barbado—La

Cruz como símbolo nativo._

No es la presente una obra de filosofía ni de discusión dogmática sobre

la CRUZ en América, sinó un ensayo arqueológico. Por eso

parecerá á algunos que el presente capítulo está demás; pero el orden

cronológico en que ha sido tratado el asunto, así como el desarrollo

del mismo hasta llegar á conclusiones que consideramos definitivas,

hacen que nos ocupemos someramente de cuanto sobre el símbolo

universal, encontrado por el Conquistador en el Continente, háse

escrito y mentado hasta la época actual.

Para los siglos XVI, XVII y XVIII fué la Cruz americana un motivo

trascendental de religión. El conquistador ni vió, ni pudo ver en

aquella, una combinación geométrica simbólica, sinó el signo sacrosanto

de su fe, que portaba en sus manos junto con la espada. Las ideas de

la época hicieron surgir en nuestro suelo, con su palabra evangélica,

á Santo Thomé, el Apóstol del Asia y del Africa, doctrinador de

brahamanes y etiopes. El rico material de tradiciones y leyendas

nativas fué pacientemente acumulado y comentado. El indio, que vió

venerado por excepción uno de sus símbolos, convino en afirmar cuanto

interesaba á los prejuicios del misionero; y así se explican, por

ejemplo, los párrafos de mística unción del P. Ruíz de Montoya, después

que con el P. Cristóbal de Mendoza visitaran á Tayatí, lugar en el cual

las gentes recibiéranles con tan extraño agasajo, refiriéndoles la

vieja tradición[17]; como se explican las constancias anteriores de las

tan conocidas cartas del P. Manuel de Nóbrega, de 1549 y 1552, sobre

lo que le dijeron los brasiles[18], y las afirmaciones de la epístola

del P. Cataldino á su Provincial, en 1613, que Lozano califica de «la

fuente más pura de la noticia»[19].

Es el Brasil la primera tierra americana que pisó Santo Tomás, bajando

en la Bahía de todos los Santos, dejando impresas sus huellas en

peñascos, que recuerdan las de Buda ó del Dídimo en el Ceilán, así

como abierto el camino _Maraypé_[20]. El Paraguay de las misiones

guaraníticas aparece como la nación más favorecida del Santo, al que

se atribuyó anunciar la llegada futura de misioneros, y el que dejó

abierto el camino _Peabirú_, que remataba en Carabuco peruano, por el

que portó su gran Cruz de madera, siendo obras suyas el famoso panteón

de Guayrarú y el pozo cercano al río Tebicuarí[21]. Memorias del Apóstol

son también la gruta de Paraguarí[22], la piedra de Tacumbú[23] y las

huellas de Mbalpirungá[24].

Los pasos apostólicos por el resto de la América Meridional, desde

Chile adelante, fueron seguidos por los padres agustinos Fr. Alonso de

Ramos[25] y Fr. Antonio de la Calancha[26], tomando los jesuitas sus

noticias del primero[27]. De su tránsito por nuestro Tucumán, que

pudiera interesarnos por una natural curiosidad local, los cronistas

dan brevísimas noticias: á mediados del siglo XVII el Obispo del

Paraguay, D. Lorenzo de Grado, afirma que Santo Thomé atravesó estas

provincias; Fr. Alonso Ramos[28], limítase á referir que lo que á

personas curiosas oyó platicar es haber ido el Santo al Perú «por el

Brasil, Paraguay y _Tucumán_»; lo mismo repite el P. Montoya[29],

haciendo suya la anterior noticia; el Relator del Consejo de Indias, D.

Antonio Rodríguez de León Pinedo, refiere que á cuatro ó cinco leguas

de Córdoba, hacia donde llaman _Sal-si-puedes_, hay una peña en la

que están impresas las huellas del Santo[30]; más el P. Lozano, gran

conocedor de la historia de nuestra tierra, es de distinto parecer, no

encontrando rastros apostólicos en el Tucumán[31].

De esta nación pasaría á Chile, según una _Relación_ del P. Andrés de

Lara y una referencia de D. Alonso de Ercilla[32].

En Bolivia aparécese el Apóstol en Tarija, en cuyos términos se hizo

famosa la Cruz de Salinas, pasando aquel á través de los Charcas al

Perú.

En el siglo XVII, especialmente, corrieron muchas mentas sobre la

estadía del Apóstol en este último país. Santo Toribio de Mogravejo,

arzobispo de Lima, mando levantar una capilla sobre la roca de sus

huellas esculpidas. La Cruz de Carabuco, enterrada á orillas del

Titicaca, fué labrada con madera que el Santo condujo desde Guairá.

Aquél lago, Cachi, Chucuito, Chachapoyas, valles de Trujillo, Cañete

y Calango están llenos de sagrados recuerdos. Cieza supone que el

Ticci Viracocha salido del Titicaca es el Apóstol, y Calancha, que

las estatuas de Muyna y de Cacha le representan. Reminiscencias de

accidentes geológicos peruanos están ligados á obras del Santo[33].

Algunos cronistas opinan que el Apóstol del Perú fué San Bartolomé, á

causa de la manera como se representaba á Huiracocha en los templos

dedicados á su culto[34].

Los PAY americanos, ó sean Pay Zumé, Pay Abaré y Pay Tumé, los

primeros del Brasil y el tercero del Perú, son los Apóstoles mismos,

portadores de la Cruz en las tradiciones y monumentos nativos. Los

nombres de Zumé y de Tumé tomáronse por corrupción de Thomé. Y en

efecto: estos Pay aparecen como grandes doctrinadores de un nuevo orden

de cosas en materia de religión, figurando en las leyendas míticas como

seres extraordinarios.

En el sentido americano de la palabra, _Pay_, es un profeta, un

adivino, un mago, un hechicero, ó un gran brujo[35]; los Pay son de la

familia de esos mismos que los misioneros encontraron y conocieron en

el Paraguay y otros pueblos, los que predicaban ser hacedores de todas

las cosas, dueños de las lluvias y dominadores de la tempestad, como

el indio Antecristo de los pueblos de Piti y Mara, en el Perú, lugar

teniente de Dios, que tanta maravilla obró, al decir del P. Ramos.

Pay Zumé, el Apóstol de la epístola del P. Nóbrega, en 1552, sería un

hechicero de extraordinarias facultades, por lo que tanto le recordaron

brasileños y paraguayos. Lo mismo decimos de Pay Tumé[36].

El nombre de _Abaré_ no podía cuadrar á ningún Apóstol, por cuanto era

oprobioso en la gramática de la lengua, pues para el indio equivalía

á «hombre que no gusta de mujeres», á estar á las crónicas de los

misioneros mismos[37].

El Pay Tumé del Perú, aparece ser el Pay Zumé brasileño y paraguayo,

según Lozano, Montoya y otros[38]. Lozano consigna una breve noticia de

Pay Tumé, tomada de una relación manuscrita del doctor don Francisco de

Alfaro, transcribiendo Montoya el párrafo pertinente[39].

En definitiva: todo cuanto se ha escrito sobre la Cruz americana

en los siglos XVI y XVII á cerca de una supuesta predicación

evangélica antecolombiana, no reposa sinó en fundamentos deleznables

é inconsistentes; y el celo de los P. P. de la Compañía engañóles á

sí mismos, ó contribuyó á que les engañara, dejándose seducir por los

relatos de los naturales, quienes matizaban sus viejas tradiciones

con alguna novedad española, en el propósito de propiciarse la

buena voluntad de los aparecidos invencibles, los que llenaron de

turbación sus espíritus, y á los que vieron adueñarse de sus tierras,

estableciendo su imperio en todos los órdenes de la vida. Es claro,

entonces, que los venidos del mar tendrían también precursores llegados

por la mar; que los profetas no podrían ser advenedizos y que arribaron

precedidos por otros profetas; que los blancos no surgieron de golpe,

sinó que mucho antes aparecieron anunciados por otros blancos como

ellos, con los cuales los naturales sellarían el pacto de esperarles en

día no lejano. De tal modo se explica la antigua evangelización y el tan

decantado y misterioso origen de los Apóstoles[40].

Mucho se ha insistido, aún después del siglo XVII, en hallar pruebas

de que la Cruz fué importada al Continente, en los mitos y monumentos

americanos, después de sometidos á un estudio sin prevenciones, y

cuando se hicieron á un lado las disquisiciones teológicas; pero

examinadas tales pruebas con criterio desapasionado resultó que nada se

había avanzado con el cambio de sistema, y que la veneración á la Cruz

de parte de nuestros naturales, aunque un hecho comprobado, fué siempre

un misterio, hasta que la arqueología, en lugar de la filosofía, se

avocó la solución del problema.

Los mitos y monumentos peruanos, aztecas y mayas fueron observados,

estudiados y comentados.

Pachacámac, llamado «el Invisible», aparece en primer término como

el portador de la Cruz, no obstante el desengaño que sufrieron

los piadosos misioneros con las noticias que Miguel Estete en sus

_Relaciones del Descubrimiento del Perú_ ofreció del dios y de su

templo, después de haberles visitado con don Hernando de Pizarro[41].

Y es que Pachacámac era «el vivificador del mundo»; y aunque espíritu

sútil é impalpable, no por eso dejaba de ser representado con

singulares formas antropomorfas.

Pachacámac fué la divinidad del occidente de los Andes, al cual

chimos y yungas levantaron su templo en el valle de Lerin. Oriundo

del mediodía, lucha con _Con_, el fetiche acuático, el cual fué por

aquél rechazado al norte, llevándose la lluvia, lo que hace creer que

Pachacámac sea la forma politeista del viento que produce la seca, ó el

elemento fuego, adversario del agua, ese _ignis animal_ de que hablaba

el clásico latino, padre de los gigantes ó de las poblaciones antiguas,

que sin duda tendría mucho qué hacer con las grandes convulsiones

geológicas del Perú[42].

Lo propio que con Pachacámac, ó el elemento fuego, ha sucedido con

Huiracocha, el mito acuático aymará, viendo los cronistas en Atticci

Viracocha, el _Hacedor_, al portador de la Cruz y predicador del

Evangelio.

Es este el famoso bulto de piedra de Cacha, de que recordaba don Pedro

de Cieza, conforme al talle de un hombre, con vestiduras largas y

cuentas en las manos; aunque en la segunda parte de su obra niega lo de

las cuentas, «lo cual es burla», según él mismo, lo propio que aquello

de que tenía puestas las manos sobre los cuadriles.

Este Atticci Viracocha, á estar á lo que de él refiere Cieza, de que

«de los cerros hazía llanuras y de las llanuras hazía cerros grandes,

haziendo fuentes en piedras vivas», podría ser considerado como el

mito de las fuerzas terraqueas, si no supiéramos que es la gran

divinidad politeista del agua, ó el genio de las masas líquidas, del

lago, del mar, de las lluvias del cielo. Con Huiracocha, en el momento

de la conquista, el pueblo incaico caminaba hacia el monoteismo, por

la supremacia de ese _Illatici-Viracocha-Pachacámac_[43], trinidad

sintética, en la cual confundíase el mito de Catequil de la cosmogonía

nacional de las viejas razas, así como el Pachacámac yungueño, que

unidos al mito de Tiahuanaco constituían una unidad vivificante y

creadora formada por el huracán, el fuego y el agua. El nombre de

Viracocha llegó á ser adoptado por uno de los Incas, y en la enseñanza

esotérica del sacerdocio peruano apareció como el «Dios Desconocido»,

de tal modo que el Titicaca, origen de los aymarás, llegó á ser la cuna

mística de los jefes del culto heliolátrico[44].

Los padres agustinos á que nos hemos referido, hablan de otra

divinidad peruana llamada _Tunapa_, esto es, gran Sabio y Señor, y por

veneración _Taapac_[45], ó hijo del Creador. Este aparecido discurrió

por las provincias del Collao, las cercanías del Cuzco y otros puntos

distantes. Era un hombre venerable en la presencia, grande en la

estatura, zarco, barbado, destocado y vestido de cuxma, sobrio, enemigo

de la chicha y la poligamia. Su residencia favorita fué Carabuco, en

donde se dice que plantó la Cruz que llevaba. Fray Diego Ortiz escribe

que en la isla del Titicaca se encontraron impresos sus pies.

Para que se vea quien era Tonapa, el supuesto aparecido, basta leer lo

que sobre este personaje mítico ha escrito el Yamqui Pachacuti, el que

reproduce sus himnos[46].

Tonapa es un dios fálico-solar. De los himnos cantados por

_Guascaryngatopacuçiguallpa_, arrepentido de haber adorado á los

_Huacas_, despréndese que Tonapa es un siervo de Huiracocha[47].

_Tupá_ es dios, y _Thupa_ nombre de honor equivalente á «Señor», según

Lafone Quevedo[48]; _Thupac_, significa «cosa resplandeciente», según

Mossi[49]; de modo que _Tonapa_ es un epíteto solar, y el dios una

encarnación de lo mismo. La morfología quichua permítenos analizar su

nombre en estas dos formas: Tona-apa y Tonapa: la primera nos lleva al

tema _Thonay_, «piedra de moler» ó «falo»; _Apa_ es un verbo que dice

«llevar cargando»,—de modo que daría: «el que carga el falo»[50].

Los grandes monolitos de Tiahuanaco, que Cieza atribuye á

representaciones de Atticci Viracocha[51], fueron tomados también por

figuraciones de los Apóstoles de la Cruz.

Wiener en su obra[52] reproduce la interesantísima figura antropomorfa

del bajo relieve central de la puerta monolítica de Tiahuanaco,

atribuyéndola á una representación del Dios-sol. La cabeza del dios

está rodeada de veinticuatro rayos, seis de ellos terminados en cabezas

de león, signos de la fuerza, según el autor citado; los demás rayos

son alusiones á la fuerza creadora del sol; las líneas como meandros

que rodean la figura, valen por símbolos de generación; las lágrimas

de sus ojos son alusiones á la lluvia fecundante; los pescados y

cabezas de cóndor en el pecho, representan habitantes del agua y de los

aires[53].

Los misioneros no han citado la cabeza colosal del ídolo de pórfido

de Collo-Collo, de 1.37m de alto, entre Tiahuanaco y la Paz, que

debe ser otro Aticci, y el que en la banda de su frente ostenta cuatro

_cruces_, grabadas respectivamente dos sobre el pecho de esas figuras

marinas monstruosas que le adornan. Hagamos notar desde ya que el mito

acuático por excelencia porta cruces.

Nuestro gran monolito esculpido de Tafí es muy digno de figurar al

lado de los monumentos megalíticos de Tiahuanaco. Sus esculturas, con

círculos con puntos y figuras cruciformes, parecen combinar las dos

ideas de los _Ojos_ de Ymaymana y de las _Ventanas_ de Tocapo[54].

Tampoco dan cuenta los misioneros de este monumento de la prehistoria

de nuestro Tucumán.

Otro hecho que suministró argumentos en favor de los portadores blancos

de la Cruz, fué encontrarse la _Trinidad_ como misterio americano.

Efectivamente en América aparece el 3 como número sagrado; pero no lo

es menos el 4, como lo veremos en el capítulo respectivo[55].

Lozano[56] dá cuenta de un tricéfalo que adoraban los peruanos, «que

decían eran _tres_ personas con _un_ corazón». Ruíz de Montoya[57] cita

la trinidad de las estátuas del sol: Apointi, Churinti, Intiqua ó Qui,

«que quiere decir el Padre y Señor Sol, el Hijo del Sol, el Hermano del

Sol». Calancha enumera así á las personas de esta trinidad: Apu Inti,

Churi Inti é Inti Huaoque, «padre sol, é hijo sol, y ayre ó espíritu

sol». El P. Gerónimo Herran[58], procurador general de la Provincia

del Paraguay, con mucha discresión atribuye al demonio el remedo

del misterio: esta trinidad consiste en Padre, Hijo y Espíritu (no

Santo, según él, sinó colateral de los dos), ó sean: Omequeturiqui ó

Uragozoriso, Urasana y Urapo.

La nación aymará en el Perú tenía especial veneración por el tres;

mientras que la quichua, por el cuatro.

Cuando Wiener describía su Dios-sol llamaba la atención hacia el

singular fenómeno numérico que el ídolo ofrecía, pues hasta la grada

central era de tres escalas, de tal suerte que la cifra 3 y sus

múltiplos, predominaban en su ornamentación y disposición general.

Podemos citar algunos otros ejemplares de trinidades americanas, como

los de Cundinamarca, Bolivia y nuestro Calchaquí[59]. En algunos de

ellos también, como en el dios del Perú, predomina el número 3[60].

La trinidad de la altiplanicie de Colombia está representada por ese

aparecido, anciano y barbado, que llevaba tres nombres: Botchica,

Nemterequeteba y Zuhé, al cual representábase por un ser tricéfalo. A

Botchica acompañaba una mujer de extraordinaria belleza que llevaba,

como él, tres nombres: Huythaca, Chia y Yebecuayguaya; fué ella quien

hizo desbordar el Funza y produjo un diluvio, por lo cual Botchica,

airado, la convirtió en luna. Botchica restaurador de las cosas, que

reino dos mil años, es ese _Idacanzas_, otro Apóstol de los misioneros.

Su nombre de Zuhé ó Xué significa «el día», «el brillante», y de aquí

que se le llamó «el blanco». Idacanzas quiere decir «creador del

tiempo». Botchica, en suma, es una personificación del sol, reglando

las estaciones, y cuya aparición ó desaparición dá lugar al día ó á

la noche, al buen ó mal tiempo. De aquí que los caciques Muyscas,

según refiere Piedrahita[61], tenían la pretensión de influir sobre la

temperatura.

Otra figura tricéfala que dió mucho que decir á los cronistas,

elevándola al rango de misterio cristiano, fué el _Tangatanga_ ó la

huaca capirotes, «que al contar de los quippus de Chuquisaca era un

Dios y tres personas, ó uno en tres y tres en uno», al decir del P.

Josef de Acosta, que fué quien primero dió noticia de la misteriosa

huaca, á la cual sin duda se refería la cita de Lozano, atribuyéndole

gran importancia el P. Montoya[62].

_Tanga_, ó mejor _tanca_, según Jiménez de la Espada[63], es el tocado

en forma de capirote que usaban las indias de Huaqui, y como la

reeduplicación en los idiomas peruanos envuelve idea ó concepto de

multiplicidad colectiva (como en _Zachha—Zachha_, bosque de Zachha,

árbol), resulta que la trinidad de los Charcas en puridad viene á ser

la _huaca capirotes_, ascendida poco á poco de figurón tricéfalo á

misterio cristiano.

Nuestro americanista Ambrosetti dió en Calchaquí con la huaca capirotes

ó figurón policéfalo de Quilmes, que describe en una interesante

monografía[64].

Ternos de seres animados ó inanimados encuéntranse también en Perú y

Chile, como los de la colección de Ferreira, de Lima, y del Museo de

Santiago. Nosotros poseemos un pequeño objeto de piedra, encontrado en

el valle de Catamarca, que representa indiscutiblemente una trinidad,

y que tiene por emblema el triángulo de la fecundación sexual[65]. El

disco de Chaquiago de Lafone Quevedo, que más adelante se reproducirá,

es un _Caylle_ trinitario, con su figura central antropomorfa y sus dos

monstruos zoomorfos laterales, que ostentan _cruces_ en sus cabezas.

En Calchaquí, como el 3, aparecen ser indudablemente sagrados los

números 2 y 4. Las figuras dobles, como los objetos fálicos de

nuestra colección encontrados en Tinogasta y Lules, que reprodujimos

en nuestra monografía sobre el _Falo_, suelen ser epicenas, como ese

Uiracochanticcicapac de Pachacuti ó esos padres del universo mejicano,

Citlatonac y Citlalicue, varón y mujer, divinidades que llevaban los

nombres de Ometecuctli y Omecihuatl, que valen por «dos varones» y «dos

mujeres», ó sea: «doblemente varón» y «doblemente mujer.»

Los monumentos megalíticos esculpidos y las petrografías y pictografías

fueron tomados como escritura indeleble de los portadores de la Cruz.

Entre los petroglyfos adquirieron celebridad los de Calango, del valle

de Cañete, con huellas del Santo; la piedra de Collao, mentada por D.

Francisco de Toledo; la de Tocoregua, del corregimiento de Tunja; la

de Colla Tupá, sobre la cual Santo Toribio de Mogravejo erigió una

capilla; la huaca _Chasca Cóyllur_ ó _Cantacauro_, etc., sobre las que

tan larga y erradamente debatieron los cronistas[66].

La cruz en América (Arqueología Argentina) · 第 1 / 17 段