la Tierra del Fuego á buscar leña para quemar en la colonia de Malvinas,
esta gente les daba la asistencia que podia; y para convidarlos, y que
fuesen conocidos, colgaban una bandera blanca, porque tenian tal horror
á la encarnada de que usan los ingleses, que inmediatamente huian. Los
franceses y españoles atribuyen esto á haberse tirado cañonazos de
algunos navios ingleses, con cuyo ruido espantaron de tal modo á los
indios, que jamas se atreven á bajar, cuando vén la bandera colorada.
Esto pudiera muy bien ser; pero es cierto que se han usado varios
artificios, para que esta gente no tuviera comunicacion con los
ingleses. Un cacique de esta nacion, que vino con otros Tehuelches á
visitarme, me dijo que habia estado en una casa de madera que andaba
sobre el agua. Como dijo esto pocos años despues que el Almirante Anson
habia pasado el mar del sur, concebí que el cacique estaria en uno de
los navios pertenecientes á esta escuadra.
Todas estas naciones de Tehuelches se llaman por los Moluches,
Vuck-Guilliches, ó la grande gente meridional. Los españoles los llaman
Monteces, aunque no saben de donde vienen: los demas de Europa los
llaman Patagones.
He visto caciques de todas las naciones de indios, habitantes en la
parte meridional de la América, y observado que los Puelches ó indios
orientales eran altos, pasando alguno de ellos de siete pies y medio de
alto, siendo de la misma raza de los que no tienen mas que seis. Los
Moluches ó indios occidentales que viven en las montañas, son
generalmente de baja estatura, pero gruesos.
Los moradores de las montañas nubladas de la Cordillera, se matan
frecuentemente á si mismos, lo que no hacen los indios orientales.
Llamábanse sus caciques Cacapol, Cangapol, Yampalco, Tolimichiuya,
Guelmen, Saasimiyan, Yepelche, Marique, Chuyentura, Guerquen, Clusgell,
Millarsuel y Tamu.
La noticia de que hay una nacion en estas partes, descendientes de los
europeos, ó del resto de los que naufragaron, es como ciertamente creo
falsísima, y sin el menor fundamento, causada de no entender la razon
que dan los indios: porque si se les pregunta en Chile, concerniente á
alguna colonia interior de españoles, responden que hay villas, y gente
blanca, entendiendo por esto Buenos Aires &a., y así vice versa, sin
tener la menor idea de los moradores de estos dos paises distantes, sean
conocidos los unos de los otros.
Haciendo yo á los indios alguna pregunta sobre esta parte, ví que mi
congetura era cierta, pues reconocieron, nombrándoles Chiloé, Valdivia,
&a., que estos parages eran los que ellos entendian bajo la descripcion
de colonias europeas.
Lo que hace mas increible haber esta colonia de los Cesares, es la misma
imposibilidad moral, de que 200, á 300 europeos, casi todos hombres,
pudiesen sin tener comunicacion alguna con un pais civilizado, penetrar
por medio de tantas naciones belicosas, y mantenerse como una república
separada en un pais que no produce cosa alguna, y donde los moradores
subsisten solo con la caza, y todo esto por espacio de 200 años, (segun
nos dice la historia); sin haber sido estirpados, muertos, ó hecho
esclavos por los indios, ó sin perder las apariencias de europeos,
entremezclándose con ellos: fuera de que no hay un pié de tierra de este
continente, por donde las gentes vagabundas, no pasen cada año; pues aun
el desierto inhabitado que está á la orilla del Océano Atlantico, es
frecuentado como paso, así para enterrar los huesos de sus difuntos,
como para coger sal. Sus caciques y otros de reputacion y crédito entre
ellos, me aseguraron que no habia gente blanca en todos aquellos
parages, excepto los que son muy conocidos de toda Europa, á saber, los
de Chile, Buenos Aires, Chiloé, Mendoza, &a.
_De la religion política y costumbres de los Moluches y Puelches._
Los indios creen en dos potencias superiores, la una buena, y la otra
mala. A la buena llaman los Moluches Toquichen, que quiere decir
gobernador de la gente. Los Taluheches, y Diviheches, la llaman Soychu,
que significa en su lengua el Presidente de la tierra, de la venida
fuerte. Los Tehuelches, Guayava-cuni, esto es, Señor de los difuntos.
Han formado un número de deidades, creyendo que cada cual preside sobre
una raza, ó familia de indias, de quien se supone haber sido el Criador.
Unos le hacen de la raza de los tigres, algunos del leon, otros del
guanaco, y otros del avestruz &a. Imaginan que estas deidades tienen sus
moradas separadas debajo de alguna laguna, montaña, &a., y cuando algun
indio muere, vá su alma á vivir con aquella deidad, que preside sobre su
particular familia, y que goza la dicha de estar enteramente borracho.
Creen que sus buenas deidades crearon el mundo, y que primero criaron
los indios en sus cuevas, dándoles á cada uno una lanza, arco y saetas
con sus bolas de piedra para pelear y cazar, y echándolos luego al mundo
para proveerse á si mismos. Imaginan tambien que las deidades de los
españoles hicieron otro tanto con ellos, pero que en vez de proveerlos
de lanzas, arcos, &a., les dieron escopetas y espadas, y suponen que las
bestias, aves y animales menores fueron criados; que los mas ligeros
salieron inmediatamente de sus cuevas; pero que los toros y vacas,
siendo los últimos, espantaron de tal modo los indios, por razon de sus
astas, que inmediatamente taparon las bocas de las cuevas con piedras
grandes, á lo cual atribuyen la falta de ganado vacuno en aquel país,
hasta que los españoles lo llevaron allí, quienes con mas cordura los
dejaron salir de sus cuevas.
Formaron tambien otra creencia, que despues de la muerte han de volver
otra vez á sus cuevas divinas, añadiendo que las estrellas son los
indios antiguos, y que la via láctea es el campo donde van á cazar los
avestruces, cuyas plumas son las dos nubes meridionales. Llevan la
opinion de que la creacion aun no se ha acabado, ni que todo haya venido
á la luz del dia en este mundo superior.
Sus hechiceros, tocando sus tambores, y haciendo ruido con sus calabazas
llenas de conchas, pretenden ver debajo de la tierra hombres, ganados,
&a., con tiendas de aguardiente comun, cascabeles, y otras varias cosas:
pero estoy bien asegurado que todos ellos, ó la mayor parte, no creen en
esta tonteria, porque el cacique tehuel, llamado Chechuentuya, me vino á
ver una mañana, y darme razon de un nuevo descubrimiento hecho por uno
de sus hechiceros de paises subterraneos, que estaban debajo del lugar
donde viviamos. Pero riéndome de él, y exponiéndole su simplicidad de
dejarse engañar de tales fábulas, respondió Epucungeigu, esto es, cuento
de viejas.
La mala potencia se llama por los Moluches Huecusú, esto es, el vagador;
por los Tehuelches y Checheheches, Atikan, Nakannatz, y por los otros
Puelches, Valichu.
Confiesan haber un gran número de demonios vagando por el mundo, á
quienes atribuyen todo el mal que se hace, sea á hombres ó á mugeres, y
aun á bestias; estando tan obstinados en esta creencia, que aseguran que
todo el cansancio ó fatiga de sus largas jornadas ó trabajo, viene de
estos demonios. Suponen que cada uno de sus hechiceros tiene dos
demonios familiares, que les asisten continuamente, y les avisan todo lo
futuro, y aun lo que pasa al presente, á gran distancia de ellos; que
los ayudan á curar sus enfermos, peleando y echando fuera, ó apaciguando
los otros demonios que los atormentan. Creen tambien que las almas de
estos hechiceros, despues de muertos, son otros tantos demonios.
Dirigen enteramente su culto á esta mala potencia, exceptuando algunas
ceremonias particulares que usan con respecto á sus difuntos. Para
practicar su culto se juntan en la tienda del hechicero, el cual está
escondido en un rincon de ella, donde tiene un pequeño tambor, una ó dos
calabazas rodeadas de conchas, y algunas bolsas de piel pintadas, en que
guarda los materiales de sus encantos: comienza la ceremonia haciendo un
gran ruido con el tambor y calabazas; finge luego una epilepsia en que
lucha con el diablo, que supone entra en él, teniendo los ojos
levantados, las facciones torcidas, echando espuma por la boca, y sus
coyunturas descompuestas; hasta que despues de varias y violentas
mociones, queda recto y en disposicion de un hombre que se halla con
epilepsia: despues de lo cual vuelve como que ha ganado la batalla
contra el demonio, fingiendo dentro de su tabernáculo una voz desmayada,
chillona y dolorida, como si fuera de un mal espíritu que se supone
vencido; y finalmente, tomando una especie de asiento en tres pies,
responde de allí á todas las cuestiones que se le proponen: que sea bien
ó mal nada quiere decir, porque en caso de suceder lo último, se echa la
culpa al demonio. En todas estas ocasiones se pagaba bien al hechicero.
Sin embargo, la profesion de estos hechiceros es muy peligrosa, porque
sucede muchas veces que cuando muere algun gefe indio, matan algunos
hechiceros, y especialmente si habian tenido disputa con el difunto,
respecto que los indios echan por lo comun la culpa á estos hechiceros,
y á sus demonios. En caso de haber pestes y epidemias, de que mueren
muchos, tambien lo pagan los hechiceros. Por las viruelas que sucedieron
á la muerte de Mayupilqui-ya y su gente, que casi destruyeron
enteramente los Checheheches, Cangapol mandó matar todos los hechiceros,
para ver si por este medio cesaba el mal.
Los hechiceros son de ambos sexos. Los hombres están obligados (por
decirlo así) á dejar su sexo, y vestirse de muger, no siéndoles
permitido casarse, aunque si á las hechiceras. Son elegidos para este
oficio desde niños, dándose la preferencia á los que estan mas
dispuestos desde su primera edad á condicion femenina. Vístense muy
temprano en trage de mugeres, y se les dá un tambor y matraquillas, como
pertenecientes á la profesion que han de seguir.
Los que padecen el mal de epilepsia, ó chorea sanabita, se eligen
inmediatamente para este oficio, como si fuesen los demonios mismos, de
quienes se suponen estan poseidos, causándoles las convulsiones, y
contorciones comunes en los parasismos epilépticos.
El entierro de sus difuntos, y reverencias supersticiosas hechas en su
memoria, tienen muchas ceremonias. Cuando un indio muere, una de las
mugeres mas distinguidas, es nombrada inmediatamente para hacer el
esqueleto del cuerpo, sacándole las entrañas, y quemándolas hasta que se
hagan cenizas; descarnando los huesos, y enterrándolos luego, hasta que
la carne esté del todo consumida, ó hasta moverlos, (lo que se debia
hacer al año de su entierro, aunque algunas veces lo ejecutan á los dos
meses), al lugar propio en que fueron enterrados sus antecesores.
Los Moluches, Talhueches y Diviheches, guardan fielmente esta
costumbre. Pero los Checheheches, y Tehuelches ó Patagones, ponen los
huesos en alto, sobre cañas entretejidas, hasta que se sequen, y se
blanqueen con el sol y la lluvia.
Durante la ceremonia de hacer los esqueletos, se visten los indios de
mantos largos de pieles, cubriendo las caras con ollin, y andando al
rededor de la tienda, con unas adargas ó lanzas en las manos, cantando
tristemente, ó hiriendo la tierra para espantar los valichos, ó
demonios. Algunos van á visitar y consolar á la viuda, ó viudas y
parientes del difunto, esto es, si hay algo que ganar, porque nada hacen
sin interes. Durante esta visita de pésame, lloran, aullan y cantan de
una manera muy dolorosa, forzando las lagrimas, y punzando los brazos y
muslos con espinas agudas, hasta sacar sangre. Por esta muestra de dolor
se les paga muy bien, con cuentas de vidrios, cascaveles de bronce, y
otras niñerias que tienen grande estimacion entre ellos. Los caballos
del difunto se matan inmediatamente, para ir á caballo á Alhuemapu, ó
pais de los difuntos, reservándose solo unos pocos para adornar la pompa
funeral, y transportar sus reliquias á sus propias sepulturas.
Las viudas estan obligadas al llanto, y al ayuno, por todo un año
despues de la muerte de sus maridos, reduciéndose á estar encerradas en
sus tiendas, sin comunicacion con persona alguna, á no salir de ellas
sino para lo necesario de la vida, á no lavarse las manos ni la cara
ennegrecidas con el ollin, y abstenerse de carnes de caballo y vaca: y
tierra adentro, donde no hay abundancia de las de avestruz y guanacos,
aunque pueden comer cualquiera otra cosa.
No pueden durante el año casarse mientras el luto, pues si en este
tiempo ha tenido alguna viuda comunicacion con algun hombre, los
parientes del difunto matan á ambos, si no resulta haber sido ella
violentada. No he descubierto que los hombres estén obligados al mismo
llanto en la muerte de sus mugeres.
Cuando transportan los huesos de sus parientes, los ponen en una piel,
sobre los caballos mas favorecidos del difunto, que dejan vivos á este
fin, adornándolos á la moda, con mantos, plumas, &a., y caminando de
esta manera muchos dias, hasta que llegan á la sepultura propia, á donde
hacen la última ceremonia.
Los Moluches, Tahueches y Divieches, entierran sus difuntos en hoyos
grandes y cuadrados. Juntan los huesos y los guardan, atando cada uno en
su respectivo lugar, y cubriéndolos con las mejores telas que pueden
encontrar, adornadas de cuentas, plumages, &a. Todo lo cual se limpia ó
muda una vez al año. Estos hoyos están cubiertos de vigas, árboles ó
cañas entretejidas, sobre lo cual echan la tierra. Escogen una matrona
antigua de cada tribu, para cuidar de sus sepulturas; por cuya razon se
tiene este empleo en gran veneracion. Su oficio es abrir cada año estas
tristes moradas, cubrir y limpiar estos esqueletos, echando entonces en
ellas algunas vasijas de chicha que hacen, y de que beben á la buena
salud de los difuntos. Estas sepulturas no son siempre muy distantes de
sus ordinarias habitaciones: colocan alrededor de ellas los esqueletos
de sus caballos muertos, en pié, apuntalados ó sostenidos con palos.
Los Tehuelches ó Patagones meridionales, se diferencian en alguna cosa
de los otros indios. Despues de haber secado los huesos de sus difuntos,
los llevan á gran distancia de sus moradas al desierto, y poniéndolos en
su propia forma con los adornos ya dichos, los dejan en una choza
erigida á este fin, con los esqueletos de sus caballos al rededor.
En la expedicion de 1746, algunos soldados españoles, caminando cerca de
treinta leguas al poniente del puerto de San Julian, encontraron uno de
estos sepulcros, que contenia tres esqueletos, y los de tantos caballos
apuntalados al rededor.
No es facil figurar una forma regular de gobierno ó constitucion civil
entre estos indios. El poco que tienen parece que consiste en un pequeño
grado de sugecion que deben á sus caciques. El oficio de estos es
hereditario y no electivo, teniendo todos los hijos de un cacique
derecho para tomar esta dignidad. Se encuentran algunos indios que la
dejan por su poca importancia.
El cacique tiene poder de proteger á cuantos se le acogen; de componer,
ó hacer callar en cualquiera diferencia, ó disputa, ó de entregar al
ofensor para ser castigado con pena de muerte, sin estar obligado á dar
razon de ello, porque en estos casos su voluntad hace ley. Generalmente
es susceptible de cohecho, entregando sus vasallos, y aun sus parientes
cuando le pagan bien. Segun sus órdenes acampan, y marchan los indios de
un país á otro para morar ó cazar, ó hacer la guerra. Frecuentemente los
cita á su tienda, donde les hace sus arengas relativas á su conducta,
las exigencias del tiempo, las injurias que han recibido, y las medidas
que se deben tomar, &a. En estas ocasiones ostenta, y exagera sus
proezas, y mérito personal. Si tiene elocuencia es muy estimado, pero si
le falta este talento, emplea por lo comun un orador que supla sus
veces. En casos de importancia, especialmente de guerra, cita un consejo
de los principales indios y hechiceros, con quienes consulta sobre lo
conducente, ya para defenderse, ya para atacar á sus enemigos.
En una guerra general, cuando muchas naciones se alian con su comun
enemigo, eligen un Apo, ó Comandante en gefe de entre los viejos, y mas
celebrados caciques, cuyo honor aunque electivo, ha muchos años que en
alguna manera se ha hecho hereditario en la familia de Cangapol, quien
va á la cabeza de los Tehuelches, Checheches, Guilliches, Peguenches y
Diviheches, cuando se unen sus fuerzas. Acampan regularmente á 30 ó 40
leguas del pais de los enemigos, para no ser descubiertos, y enviar sus
espias á examinar los parages, y plazas que quieren atacar. Escóndense
de dia, y salen de noche para señalar todas las casas y quintas de los
lugares que se proponen atacar, observando con la mayor exactitud su
disposicion, número de sus moradores, y modos de su defensa. Informados
bien de todo, lo participan al grueso del ejército, para que luego que
se pase el plenilunio, y tengan la luz necesaria para su trabajo,
marchen al ataque. Al punto que se acercan al parage señalado, se
separan en diferentes cuerpos pequeños, teniendo cada uno determinado á
su ataque sobre tal casa, ó tal quinta. Empiézanle á pocas horas despues
de media noche, matando á todos los hombres que se les oponen, y
cautivando á todas las mugeres y niños. Las de los indios, siguen á sus
maridos armadas con porras, varas, y algunas veces espadas, para
desbaratar y robar cuanto encuentran en las casas, como vestidos,
utensilios domesticos, &a. y cargadas con su presa, se retiran lo mas
presto que pueden, sin pararse de dia ni de noche, hasta hallarse á gran
distancia, y fuera del peligro de ser alcanzados por sus enemigos. Aquí
paran, y reparten su presa, lo que rara vez hacen sin perder las
amistades, terminando por lo comun en riñas, y efusion de sangre.
Otras veces hacen una especie de guerra volante, con cuadrillas de 50 ó
100 hombres en cada una; pero entonces no atacan sino las quintas ó
casas de campo, manejándose con mucha aceleracion, tanto en el ataque,
como en su retirada.
Sin embargo no tienen los caciques poder de imponer contribuciones, ni
quitar cosa alguna á sus vasallos, ni aun obligarlos á servir tal ó tal
empleo, sin que se les pague, debiendo por el contrario tratarlos con la
mayor benignidad, y algunas veces aliviarlos en sus necesidades, si no
quieren que se sometan á algun otro. Por esto, muchos Ghúlmenes, ó hijos
de caciques, no quieren tener vasallos, costándoles caro, y sirviéndoles
muy poco. Ningun indio, ó cuerpo de ellos puede vivir sin la proteccion
de algun cacique, segun la ley de aquellas naciones, y si algunos de
ellos se atreviesen á hacerlo, le matarian, ó cautivarian al punto que
fuese descubierto.
En caso de recibir alguna injuria, la parte agraviada usa de todos los
medios posibles para hacerse justicia, sin embargo de la autoridad del
cacique. No conocen mas castigo, ó satisfaccion que la de pagarles ó
remitirles la injuria ó daño hecho, con alguna cosa de valor en su
estimacion, porque no usan dinero, ni castigan de otro modo que
quitándoles la vida. No obstante, cuando la injuria es despreciable, y
el ofensor pobre, se contenta el ofendido, con solo castigarle en las
espaldas con sus bolas de piedra. Si el ofensor es poderoso, le dejan, á
menos que el cacique no medie, y le obligue á dar satisfaccion.
Las guerras, que estas diversas naciones tienen unas con otras, y con
los españoles, nacen algunas veces de las injurias recibidas, porque son
inclinados á la venganza, aunque mas frecuentemente provienen de la
falta de viveres, ó deseo del pillage.
Aunque dichas naciones tengan entre sí continuas disputas y
desavenencias, muchas veces se juntan contra los españoles, eligiendo un
Apo, ó Capitan General otras. Cada nacion hace la guerra por si misma.
En las guerras con los españoles de Buenos Aires, los Moluches asisten
en calidad de auxiliares, siendo elegidos sus gefes de entre los
Puelches, porque conocen mejor el pais. Por la misma razon, en las
guerras con los españoles de Chile, se eligen gefes Moluches.
Sus casamientos se hacen por ventas, comprando los hombres á las
mugeres, á sus parientes mas cercanos, y muchas veces muy caras. Su
precio son cuentas, cascabeles, vestidos, caballos, ó cualquiera otra
cosa de estimacion entre ellos. Hacen su contrato con ellas, pagando
parte del precio, cuando son muy jóvenes, y muchos años antes que tengan
la edad competente, para casarse. A cada indio es permitido tener
cuantas mugeres pueda comprar ó mantener. Las viudas ó huerfanas tienen
libertad de casarse con quien quieran, las demas estan obligadas á
someterse al contrato de venta, aun contra su inclinacion. Rara vez
sucede, no obstante, que un indio tenga mas que una muger (aunque
algunos han tenido dos ó tres á la vez, especialmente los Ghúlmenes, ó
caciques), ocasionado de no haber muchas; y estas tan caras, que ni aun
una quieren.
Gastan poca ó ninguna ceremonia en sus casamientos. Al tiempo señalado,
los parientes conducen la nóvia á la habitacion de su esposo, y la dejan
con él, ó la esposa se va por si misma, estando cierta de ser bien
recibida: la mañana siguiente la visten sus parientes, antes de
levantarse, y encontrándola en la cama con su esposo, el casamiento está
concluido; pero siendo forzados muchos de estos casamientos, por parte
de la muger, se desgracian ordinariamente. La contumacia de la muger
apura algunas veces la paciencia del marido, quien entonces suele
echarla de casa, ó venderla al sugeto que ella mas quiere; pero rara
vez la hiere, ó trata mal. Otras veces la muger huye de su marido, y se
va á su galan, el cual, si es mas poderoso, ó de casa mas alta que su
marido, obliga á este á estarse quieto, y aguantar la afrenta, y pérdida
de su muger; á menos que algun amigo mas poderoso, no haga que el galan
la restituya, ó componga la materia, en que por lo comun se acomodan
facilmente.
Las mugeres que una vez aceptaron sus maridos, son generalmente muy
fieles y trabajadoras, sus operaciones y fatigas no tienen intérvalo,
porque ademas de criar sus hijos, estan obligadas á someterse á toda
especie de trabajo y servidumbre, excepto cazar y pelear; y aun de esto
último no estan siempre exentas. El cuidado de los negocios domésticos
cáe enteramente sobre ellas. Traen la leña y el agua, hacen la cocina,
componen la casa, remiendan y limpian las tiendas, y cosen las pieles,
haciendo de las menores sus mantillas ó _carapas_: hilan, y hacen
ponchos ó _macuñes_: cuando caminan lian cada cosa, aun los palos de sus
tiendas que estan obligadas á quitar y poner todas las veces que es
necesario, cargando, descargando y acomodando el bagage, atando las
cinchas á las sillas, y llevando las lanzas de sus maridos, que no
pueden aliviarlas jamas, aun en el mayor aprieto, sin incurrir en grande
ignominia. Las mugeres de distincion, ó las parientas de los caciques
pueden tener esclavos que las ayuden, aun en lo mas penoso de sus
trabajos; pero si carecen de ellos, deben aguantar como las demas.
Corresponde al marido hacer las provisiones de caballos, avestruces,
guanacos, liebres, jabalies, armadillos, antas, &a., ó lo que el país
produce. Tambien provée á su muger de pieles para la tienda, y para
vestirse; aunque algunas veces compran á los españoles paños, mantillas,
ó géneros de Europa, igualmente que pendientes, cascabeles, cuentas de
vidrio azules, que son entre ellos de la mayor estimacion. Les he visto
cambiar una poncha, ó mantilla de pieles de zorras pequeñas, tan finas y
hermosas como las de armiño, de cinco á siete pesos cada una, por cuatro
hilos, ú órdenes de cuentas, que no valian mas de cuatro peniques, ó
poco mas de real y medio de España de vellon. Los Moluches tienen
grandes rebaños de ovejas, por razon de su lana, y siembran una pequeña
cantidad de trigo; pero los Puelches dependen absolutamente de la caza,
y por esto mantienen muchos perros, que llaman _thehua_.
Aunque sus casamientos sean voluntarios, sin embargo una vez que estan
de acuerdo y tienen hijos, con dificultad se separan aun en la extrema
vejez. El marido protege á su muger contra cualesquiera injurias,
tomando siempre su partido aunque ella no tenga razon, lo cual causa
frecuentemente efusion de sangre. No obstante, no le quita esta adhesion
el derecho de reprenderla en secreto. Rara vez le pone las manos, y si
la sorprende en un trato criminal echa toda la culpa al galan, á quien
corrige con toda severidad, si no satisface la injuria con un buen
regalo.