VI

El coche seguía, y á mí me abrasaba la curiosidad por saber que

había sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me

hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de

gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que

su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel

incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados

esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había

bebido el veneno. ¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo,

más convencido cada vez de la realidad de aquel suceso--¡y luego

dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una

mujer que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí

al perro que había visto recostado á los piés de la Condesa; era

el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en

una de sus orejas. La suerte quiso que aquélla mujer se sentara

á mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté:

--¿Es de usted ese perro tan bonito?

--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta á usted?

Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una

caricia; pero él, insensible á mis demostraciones de cariño,

ladró, dió un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la

inglesa, que me volvió á enseñar sus dos dientes como queriéndome

roer, y exclamó:

--¡Oooooh! usted... unsupportable.

--¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso

de la nueva explosión colérica de la mujer británica. ¿Se puede

saber?

--Era de mi señorita.

--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.

--¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, ¿ver-

dá uste?

--¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquéllo?

--De modo que usted está enterado, usted tiene moticias...

--Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del

té... pues. Y diga usted ¿murió la señora?

--¡Ah! sí, señor; está en la gloria.

--¿Y cómo fué eso? ¿La asesinaron, ó fué á consecuencia del susto?

--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dije con expresión burlona--usted

no está enterado. Fué que aquella noche había comido no se qué, pues

... y le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el

amanecer.

--Bah--pensé yo--esta no sabe una palabra del incidente del piano y

del veneno, ó no quiere darse por entendida.

Después dije en alta voz:

--¿Con que fué de indigestión?

--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «señora: no coma usted

esos mariscos»; pero no me hizo caso.

--Con que mariscos ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que

ha ocurrido.

--¿No lo cree usted?

--Sí, sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde... su marido, el

que sacó el puñal cuando tocaba el piano?

La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias

barbas.

--¿Se rie usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente

enterado? Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como

realmente son. Ya se vé, como habrá causa criminal?...

--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, á quien el mayor-

domo Mudarra...

La mujer volvió á soltar la risa con tal estrépito, que me descon-

certé diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de

Mudarra, y naturalmente ocultará todo lo que pueda.

--Usted está loco--añadió la desconocida.

--Lunatic, lunatic. I'm suffocated... ¡Oooh my God!

--Si, lo sé todo: vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué

murió la señora Condesa.

--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Diós!--exclamó la

mujer riendo con más fuerza.

--¡Si creerá usted que me engaña á mi con sus risitas!--contesté.

La condesa ha nuerto envenenada ó asesinada; no me queda la menor

duda.

En esto lllegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi

viaje. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba

su regocijo por verse libre de mí, y cada cual me dirigió á su

destino. Yo seguí á la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas,

hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en

averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle, recordé el

objeto de mi viaje y me dirigí á la casa donde debía entregar

aquellos libros. Devolvílos á la persona que me los había pedido

para leerlos, y me puse á pasear frente al Buen Suceso, esperando

á que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.

No podía apartar de la imaginación á la infortunada Condesa, y

cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quién

últimamente hablé había engañarme, ocultando la verdad de la

misteriosa tragedia.

Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso

á partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora

inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar

sitio á su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso

otra vez como la grana, exclamando:

--¡Ooooh!... usted... mi quejarse al coachman... usted reventar mi

for it.

Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo

de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le

contesté:

==Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada ó asesinada.

Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pa-

sajeros. Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento en

frente de mí. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con

muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto.

No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió

á los otros dos y dijo:

--¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le

entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el

corazón.

--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Con que fué de un tiro? ¿no

murió de una puñalada?

Los tres me miraron con sorpresa.

--De un tiro, sí señor, dijo con cierto desabrimiento el alto, seco

y huesoso.

--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión,--dije

interesándome más cada vez en aquel asunto. Cuente usted ¿y cómo

fué?

--Y á usted que le importa?--dijo el otro con muy avinagrado gesto.

Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia.

¿No es verdad que parece cosa de novela?

--¿Qué novela ni qué niño muerto? Usted está loco ó quiere burlarse

de nosotros.

--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.

--¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado

varias escenas de ese horrendo crímen. Pero dicen ustedes que la

condesa murió de un pistoletazo.

--Válgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi

perra, á quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted

quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como

merece.

--Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad, manifesté

juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas,

convirtiendo en perra á la desdichada señora.

Ya preparaba el otro su contestación, sin duda, más enérgica de lo

que el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo á la sien,

como para indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse

con esto, y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó

para ellos en la puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.

Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería

serenar mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan

embrollada cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y

la imágen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En

todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del coche, creí ver

algo que contribuyera á explicar el enigma. Sentía yo una

sobrescitación cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior

debía pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo

que no se vé todos los días.

La novela en el tranvía · 第 6 / 8 题