El coche seguía, y á mí me abrasaba la curiosidad por saber que
había sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me
hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de
gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que
su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel
incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.
Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados
esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había
bebido el veneno. ¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo,
más convencido cada vez de la realidad de aquel suceso--¡y luego
dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas!
Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una
mujer que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí
al perro que había visto recostado á los piés de la Condesa; era
el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en
una de sus orejas. La suerte quiso que aquélla mujer se sentara
á mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté:
--¿Es de usted ese perro tan bonito?
--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta á usted?
Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una
caricia; pero él, insensible á mis demostraciones de cariño,
ladró, dió un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la
inglesa, que me volvió á enseñar sus dos dientes como queriéndome
roer, y exclamó:
--¡Oooooh! usted... unsupportable.
--¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso
de la nueva explosión colérica de la mujer británica. ¿Se puede
saber?
--Era de mi señorita.
--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.
--¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, ¿ver-
dá uste?
--¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquéllo?
--De modo que usted está enterado, usted tiene moticias...
--Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del
té... pues. Y diga usted ¿murió la señora?
--¡Ah! sí, señor; está en la gloria.
--¿Y cómo fué eso? ¿La asesinaron, ó fué á consecuencia del susto?
--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dije con expresión burlona--usted
no está enterado. Fué que aquella noche había comido no se qué, pues
... y le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el
amanecer.
--Bah--pensé yo--esta no sabe una palabra del incidente del piano y
del veneno, ó no quiere darse por entendida.
Después dije en alta voz:
--¿Con que fué de indigestión?
--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «señora: no coma usted
esos mariscos»; pero no me hizo caso.
--Con que mariscos ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que
ha ocurrido.
--¿No lo cree usted?
--Sí, sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde... su marido, el
que sacó el puñal cuando tocaba el piano?
La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias
barbas.
--¿Se rie usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente
enterado? Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como
realmente son. Ya se vé, como habrá causa criminal?...
--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.
--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, á quien el mayor-
domo Mudarra...
La mujer volvió á soltar la risa con tal estrépito, que me descon-
certé diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de
Mudarra, y naturalmente ocultará todo lo que pueda.
--Usted está loco--añadió la desconocida.
--Lunatic, lunatic. I'm suffocated... ¡Oooh my God!
--Si, lo sé todo: vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué
murió la señora Condesa.
--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Diós!--exclamó la
mujer riendo con más fuerza.
--¡Si creerá usted que me engaña á mi con sus risitas!--contesté.
La condesa ha nuerto envenenada ó asesinada; no me queda la menor
duda.
En esto lllegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi
viaje. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba
su regocijo por verse libre de mí, y cada cual me dirigió á su
destino. Yo seguí á la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas,
hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en
averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle, recordé el
objeto de mi viaje y me dirigí á la casa donde debía entregar
aquellos libros. Devolvílos á la persona que me los había pedido
para leerlos, y me puse á pasear frente al Buen Suceso, esperando
á que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.
No podía apartar de la imaginación á la infortunada Condesa, y
cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quién
últimamente hablé había engañarme, ocultando la verdad de la
misteriosa tragedia.
Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso
á partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora
inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar
sitio á su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso
otra vez como la grana, exclamando:
--¡Ooooh!... usted... mi quejarse al coachman... usted reventar mi
for it.
Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo
de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le
contesté:
==Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada ó asesinada.
Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.
Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pa-
sajeros. Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento en
frente de mí. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con
muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto.
No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió
á los otros dos y dijo:
--¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le
entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el
corazón.
--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Con que fué de un tiro? ¿no
murió de una puñalada?
Los tres me miraron con sorpresa.
--De un tiro, sí señor, dijo con cierto desabrimiento el alto, seco
y huesoso.
--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión,--dije
interesándome más cada vez en aquel asunto. Cuente usted ¿y cómo
fué?
--Y á usted que le importa?--dijo el otro con muy avinagrado gesto.
Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia.
¿No es verdad que parece cosa de novela?
--¿Qué novela ni qué niño muerto? Usted está loco ó quiere burlarse
de nosotros.
--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.
--¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado
varias escenas de ese horrendo crímen. Pero dicen ustedes que la
condesa murió de un pistoletazo.
--Válgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi
perra, á quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted
quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como
merece.
--Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad, manifesté
juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas,
convirtiendo en perra á la desdichada señora.
Ya preparaba el otro su contestación, sin duda, más enérgica de lo
que el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo á la sien,
como para indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse
con esto, y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó
para ellos en la puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.
Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería
serenar mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan
embrollada cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y
la imágen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En
todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del coche, creí ver
algo que contribuyera á explicar el enigma. Sentía yo una
sobrescitación cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior
debía pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo
que no se vé todos los días.