IV

Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí

dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del

vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño, lo cierto es que

sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo,

apoyando el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta

situación continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante

mí tenía, barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo,

éstas muy acartonadas y serias.

Después me pareció que obedeciendo a la contracción de un músculo

común, todas aquellas caras hacían muecos y guiños, abriendo y

cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome alternativamente una

serie de dientes que variaban desde los más blancos hasta los más

amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros. Aquellas ocho

narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y expresión,

crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían en línea

horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia

adelante formando hocicos puntiagudos, al interesante rostro de

cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder

ser nombrado.

Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he

descrito, y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle,

las casas y los transeúntes, todo en veloz carrera, como si el

tranvía anduviera con rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que

marchaba más aprisa que nuestros ferrocarriles, más que los

franceses, más que los ingleses, más que los norte-americanos; corría

con toda la velocidad que puede suponer la imaginación, tratándose de

la traslación de lo sólido.

A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba

que iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un

instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares:

al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes,

los miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos

tamaños. Los peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los

cristales, y algunos miraban a dentro con sus grandes y dorados ojos.

Crustáceos de forma desconocida, grandes moluscos, madréporas,

esponjas y una multitud de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo

los había visto, pasaban sin cesar. El coche iba tirado por no sé

qué especie de nadantes monstruos, cuyos remos, luchando con el agua,

sonaban como las paletadas de una hélice, atornillaban la masa

líquida con su infinito voltear.

Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche

corría por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran

los vientos. Al través de los cristales no se veía nada más que

espacio: las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y

repentina tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio

puro inundado de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso

seno de celajes inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo

como de amatista, que iban quedándose atrás en nuestra marcha.

Pasábamos luego por un sitio del espacio en que flotaban masas

resplandecientes de un finísimo polvo de oro: más adelante aquella

polvareda que a mí se me antojaba producida por el movimiento de las

ruedas triturando la luz, era de plata, después verde como harina de

esmeraldas, y por último, roja como harina de rubís. El coche iba

arrastrado por algún volátil apocalíptico, más fuerte que el

hipogrifo y más atrevido que el dragón; y el rumor de las ruedas y de

la fuerza motriz recordaba el zumbido de las grandes aspas de un

molino de viento, o más bien el de un abejorro del tamaño de un

elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar nunca;

entretanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de nuestros

pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca,

Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos

ellos.

Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de

andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba

en tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las

ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un

tren o en el camarote de un vapor. Me dormí. ¡Oh infortunada

Condesa! La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel

en que escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la

mejilla, triste y meditabunda como una estátua de la melancolía. A

sus pies estaba acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste,

como su interesante ama.

Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba

como la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con

grandes y expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma

muy correcta y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus

hermosas y arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en

esto, como en su traje, se comprendía que no pensaba salir aquella

noche. ¡Tremenda, mil veces tremenda noche! Yo observaba con

creciente ansiedad la hermosa figura que tanto deseaba conocer, y me

pareció que podía leer sus ideas en aquella noble frente donde la

costumbre de la reconcentración mental había trazado unas cuantas

líneas imperceptibles, que el tiempo convertiría pronto en arrugas.

De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dio

un grito de sorpresa y se levantó muy agitada.

--¿Qué es esto?---dijo---Rafael. Usted. ¡Qué atrevimiento! ¿Cómo ha

entrado usted aquí?

--Señora,--contestó el que había entrado, joven de muy bien porte.

--¿No me esperaba usted? He recibido una carta suya.

--¡Una carta mía!---exclamó más agitada la Condesa---Yo no he escrito

carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?

--Señora, vea usted,--repuso el joven sacando la carta y

mostrándosela;--es su letra, su misma letra.

--¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!---dijo la dama con

desesperación. ---Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me

tienden.

--Señora, cálmese usted. Yo siento mucho.

--Sí; lo comprendo todo. Ese hombre infame. Ya sospecho cual habrá

sido su idea. Salga usted al instante. Pero ya es tarde; ya siento

la voz de mi marido.

En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y

al poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y

después riendo con cierta afectación, le dijo:

--¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted á

acompañar á Antonia... Con eso nos acompañará á tomar el té.

La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El jóven, en

su perplejidad, apenas acertó á devolver al Conde su saludo. Ví que

entraron y salieron criados; ví que trajeron un servicio de té y

desaparecieron después, dejando solos á los tres personajes. Iba a

pasar algo terrible.

Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una

hilaridad aturdida, semejante á la embriaguez, y el jóven callaba,

contestándole sólo con monosílabos. Sirvió el té, y el Conde alargó

á Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada.

La Condesa miró aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció

echar en ella todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la

poción con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers,

y otras menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde

volvió á reir con la desaforada y ruidosa expansión que le era

peculiar aquella noche, y dijo:

--¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia,

toca algo. Hace tanto tiempo que no te oimos. Mira... aquella pieza

de Gorstchack que se titula Morte... La tocabas admirablemente. Vamos,

ponte al piano.

La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde

la miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión

de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor. Se

levantó dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle

algo que la aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio.

Sonó el piano, heridas á la vez multitud de cuerdas, y corriendo de

las graves á las agudas, las manos de la dama despertaron en un

segundo los centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la

caja. Al principio era la música una confusa reunión de sones que

aturdía en vez de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y

un canto fúnebre y temeroso como el Dies irae surgió de tal desorden.

Yo creía escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompañado

con el bronco mugido de los fagots. Sentíanse después ayes

lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las ánimas,

condenadas en el purgatorio á pedir incesantemente un perdón que ha

de llegar muy tarde.

Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se

encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar

primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y

desbarata la espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en

una marejada sin fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más

fuerte en grandes y atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y magestuosa; no

podía ver el semblante de la condesa, sentada de espaldas á mí; pero

me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué á

pensar que el piano se tocaba solo.

El jóven estaba detrás de ella, el conde á su derecha, apoyado en el

piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero

debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte,

porque tornaba á bajar los suyos y seguía tocando. De repente el

piano cesó de sonar y la Condesa dió un grito.

En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí

violentamente y desperté.

V

En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había

dejado caer sobre la venerable inglesa que á mi lado iba.

--¡Aaah! usted... sleeping... molestar... mi dijo con avinagrado

mohin, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre

sus rodillas.

--Señora... es verdad... me dormí,--contesté turbado al ver que todos

los viajeros se reían de aquella escena.

--¡Ooo!... yo soy... going... to decir al coachman... usted

molestar... mi... usted, caballero... very shocking,--añadió la

inglesa en su jerga ininteligible: ¡Ooh! usted creer... my body es...

su cama for usted...to sleep. ¡Ooh! sir, you are a stupid ass.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante

amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre

agolpada á sus carrillos y á su nariz á brotar iba por sus candentes

poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si

me quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés,

recogí mi paquete y pasé revista á las nuevas caras que dentro del

coche había. Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! cuál sería

mi sorpresa cuando ví frente á mí ¿á quién creeráa? al jóven de la

escena soñada, al mismo D. Rafael en persona. Me restregué los ojos

para convencerme de que no dormía, y en efecto, despierto estaba, y

tan despierto como ahora.

Era él, el mismo, y conversaba con otro que á su lado iba. Puse

atención y escuché con toda mi alma.

--¿Pero tú no sospechaste nada? le decía el otro.

--Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su

marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió á resistir.

Tocó como siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué á

olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. A

pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena, llegó

un momento en que le fué imposible fingir más. Sus brazos se

aflojaron, y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dio

un grito. Entonces su marido sacó un puñal, y dando un paso hácia

ella exclamó con furia: «Toca ó te mato al instante.» Al ver esto

hirvió mi sangre toda: quisé echarme sobre aquel miserable; pero

sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; creí que

repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago;

fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo

sin sentido.

--Y antes ¿no conocístes los síntomas del envenenamiento? le

preguntó el otro.

--Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El

veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me

mató, aunque sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

--Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?

Rafael iba á contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras

pendiera un secreto de vida ó muerte, cuando el coche paró.

--¡Ah! ya estamos en los Consejos; bajemos--dijo Rafael.

¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la

historia.

--Caballero, caballero, una palabra--dijé al verlos salir.

El jóven se detuvo y me miró.

¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora? pregunté con mucho afan.

Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes

riéndose también, salieron sin contestarme palabra. El único

ser vivo que conservó su serenidad de esfinge en tal cómica

escena fué la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se

volvió á los demás viajeros diciendo:

--¡Oooh! A lunatic fellow.

La novela en el tranvía · 第 5 / 8 题