Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en
aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un
caballero con su señora: él quedó junto á mí. Era un hombre que
parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que
alguna vez se llevó el pañuelo á los ojos para enjugar las invisibles
lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus
descomunales amtiparras.
Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja á la que parecía ser su
mujer.
--Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de
decir D. Nateo. ¡Desdichada mujer!
--¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte.
¿De tales cafres qué se podía esperar?
--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.
Yo, que era todo oidos, dije también en voz baja:
--Sí señor; hubo envenenamiento. Me consta.
--¿Cómo, usted sabe? ¿usted también la conocía?--dijo vivamente el de
las antiparras verdes, volviéndose hácia mí.
--Sí señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que
quieran hacernos creer que fué indigestión.
--Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe
usted...?
--Lo sé, lo sé,--repuso muy satisfecho de que aquel no me tuviera por
loco.
--Luego, usted irá á declarar al juzgado; porque ya se está formando
la sumaria.
--Me alegro, para que castiguen á esos bribones. Iré á declarar, iré
á declarar, sí señor.
A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme
de aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo
que es pluma esto con que escribo.
--Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue
á los autores del crímen. Yo declararé: Fué envenenada con una taza
de té, lo mismo que el joven.
--Oye, Petronila--dijo á su esposa el de las antiparras--con una taza
de té.
--Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que
fueron á inventar esos malditos!
--Sí, señor; con una taza de té. La Condesa tocaba el piano.
--¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre interrumpiéndome.
--La Condesa, la envenenada.
--Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.
--Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.
--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino
simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del
Norte.
--¿Lavandera, eh?--dijo en tono de picardía.--¡Si también me querrá
usted hacer tragar que es lavandera!
El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después
se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que ví hacer á
la señora, comprendí que había adquirido el profundo convencimiento
de que yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y
callé, contendándome con despreciar en silencio, cual conviene á las
grandes almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi
zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento,
y había llegado á interesarme tanto por su siniestro fin, como si
todo ello no fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía,
impresionada por sucesivas visiones y diálogos. En fin, para que se
comprenda á qué extremo llegó mi locura, voy á referir el último
incidente de aquel viaje; voy á decir con qué extravagancia puse
término al doloroso pugilato de mi entendimiento empeñado en fuerte
lucha con un ejército de sombras.
Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla
que frente á mí tenía miré á la calle, débilmente iluminada por la
escasa luz de los faroles, y ví pasar á un hombre. Dí un grito de
sorpresa, y exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el
autor principal de tantas infamias. Mandé parar el coche, y salí,
mejor dicho, salté á la puerta, tropezando con los piés y las piernas
de los viajeros; bajé á la calle y corrí tras aquel hombre,
gritando:--¡A ese, á ese, al asesino!
Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el
pacífico barrio.
Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por
la tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó
el veneno para la Condesa, el que asesinó á la Condesa!
Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba
loco; pero que quieras que nó los dos fuímos conducidos á la
prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba.
No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me
encerraron. El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance,
fué el de haber despertado del profundo letargo en que caí, verdadera
borrachera moral, producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros
fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como
precursores de la locura definitiva.
Come es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el
antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un
honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado á
condesa alguna. Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi
engaño, y solía exclamar: «Infortunada condesa; por más que digan, yo
siempre sigo en mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste
tus días á mano de tu iracundo esposo...»
Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al
ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la
realidad á dominar en mi cabeza. Me rio siempre que recuerdo aquel
viaje, y toda la consideración que antes me inspiraba la soñada
víctima la dedico ahora, ¿á quién creeréis? á mi compañera de viaje
en aquella angustiosa expedición, á la irascible inglesa, a quien
disloqué un pié en el momento de salir atropelladamente del coche
para perseguir al supuesto mayordomo.