Sin apartar la vista del paquete me puse a pensar en la relación que
existía entre las noticias sueltas que oí de boca del Sr. Cascajares
y la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido
de alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montépin. Será
una tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira
interés esa señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo
imposible, cual no existe sino en la trastornada cabeza de algún
novelista nacido para aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el
maldito para vengarse? Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad
de esas que ponen fin a un capítulo de sensación. ¿Y el Conde, qué
hará? Y aquel mozalbete de quien hablaron Cascajares en el coche y
Mudarra en el folletín, ¿qué hará, quién será? ¿Qué hay entre la
Condesa y ese incógnito caballerito? Algo daría por saber.
Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del
coche, y ¡horror! Vi una persona que me hizo estremecer de espanto.
Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de
folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o
dejar algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel
hombre, cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era
él, Mudarra, el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus
rodillas tocando mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a
cabeza y reconocí las facciones cuya descripción había leído. No
podía ser otro: hasta los más insignificantes detalles de su vestido
indicaban claramente que era él. Reconocí la tez morena y lustrosa,
los cabellos indomables, cuyas mechas surgían en opuestas direcciones
como las culebras de Medusa, los ojos hundidos bajo la espesura de
unas agrestes cejas, las barbas, no menos revueltas e incultas que el
pelo, los pies torcidos hacia dentro como los de los loros, y en fin,
la misma mirada, el mismo hombre en el aspecto, en el traje, en el
respirar, en el toser, hasta en el modo de meterse la mano en el
bolsillo para pagar.
« ¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta
pequeña, con el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien,
recreándose en su infame obra, hasta que observó que yo con
curiosidad indiscreta y descortés alargaba demasiado el rostro para
leer el sobrescrito. Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de
un golpe, y guardó su cartera.
El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo
leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas
cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil,
convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado
atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba
triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás
coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y
ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y
aturdidos por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la
mole que se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca
distancia.
¡Oh infortunada señora! finge su letra y escribe una carta a cierto
caballerito, con quien hubo esto y lo otro, y lo de más allá. En la
carta le da una cita en su propia casa; llega el joven a la hora
indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido cuidado de
avisar, para que coja in fraganti a su desleal esposa: ¡oh admirable
recurso del ingenio! Esto, que en la vida tiene su pro y su contra,
en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el
amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina
está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada
venganza.
Lector yo de muchas y muy malas novelas, dí aquel giro a la que
insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las
palabras de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de
un desconocido.