III

Sin apartar la vista del paquete me puse a pensar en la relación que

existía entre las noticias sueltas que oí de boca del Sr. Cascajares

y la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido

de alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montépin. Será

una tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira

interés esa señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo

imposible, cual no existe sino en la trastornada cabeza de algún

novelista nacido para aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el

maldito para vengarse? Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad

de esas que ponen fin a un capítulo de sensación. ¿Y el Conde, qué

hará? Y aquel mozalbete de quien hablaron Cascajares en el coche y

Mudarra en el folletín, ¿qué hará, quién será? ¿Qué hay entre la

Condesa y ese incógnito caballerito? Algo daría por saber.

Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del

coche, y ¡horror! Vi una persona que me hizo estremecer de espanto.

Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de

folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o

dejar algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel

hombre, cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era

él, Mudarra, el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus

rodillas tocando mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a

cabeza y reconocí las facciones cuya descripción había leído. No

podía ser otro: hasta los más insignificantes detalles de su vestido

indicaban claramente que era él. Reconocí la tez morena y lustrosa,

los cabellos indomables, cuyas mechas surgían en opuestas direcciones

como las culebras de Medusa, los ojos hundidos bajo la espesura de

unas agrestes cejas, las barbas, no menos revueltas e incultas que el

pelo, los pies torcidos hacia dentro como los de los loros, y en fin,

la misma mirada, el mismo hombre en el aspecto, en el traje, en el

respirar, en el toser, hasta en el modo de meterse la mano en el

bolsillo para pagar.

« ¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta

pequeña, con el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien,

recreándose en su infame obra, hasta que observó que yo con

curiosidad indiscreta y descortés alargaba demasiado el rostro para

leer el sobrescrito. Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de

un golpe, y guardó su cartera.

El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo

leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas

cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil,

convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado

atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba

triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás

coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y

ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y

aturdidos por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la

mole que se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca

distancia.

¡Oh infortunada señora! finge su letra y escribe una carta a cierto

caballerito, con quien hubo esto y lo otro, y lo de más allá. En la

carta le da una cita en su propia casa; llega el joven a la hora

indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido cuidado de

avisar, para que coja in fraganti a su desleal esposa: ¡oh admirable

recurso del ingenio! Esto, que en la vida tiene su pro y su contra,

en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el

amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina

está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada

venganza.

Lector yo de muchas y muy malas novelas, dí aquel giro a la que

insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las

palabras de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de

un desconocido.

La novela en el tranvía · 第 4 / 8 题