Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí
pensando en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y
sobre todo en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión
del médico, a punto estaba de causar un desastre en la casa.
Considera, lector, lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares
principió a referirme aquellos sucesos, yo renegaba de su
inoportunidad y pesadez, mas poco tardó mi mente en apoderarse de
aquel mismo asunto, para darle vueltas de arriba abajo, operación
psicológica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del
coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas, limando el hierro de
los carriles.
Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y
recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a
mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas
expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que
van a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente
curiosidad; unos están alegres, otros tristes, aquél bosteza, el de
más allá ríe, y a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que
no desee terminarlo pronto. Pues entre los mil fastidios de la
existencia, ninguno aventaja al que consiste en estar una docena de
personas mirándose las caras sin decirse palabra, y contándose
recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y éste o el otro accidente
observado en el rostro o en la ropa.
Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y
que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a
alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan,
quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es
esto de la vida humana en que el nacer y el morir son como las
entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en
generaciones de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive.
Entran, salen; nacen, mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que
nosotros! ¡Cuántos vendrán después!
Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico
de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que
se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta
les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan
desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez
minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y
sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo
el vehículo, remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando,
uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su
interior sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas
pasioncillas de que es mudo teatro; siempre corriendo, corriendo
sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y
resbaladizas como los siglos.
Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta
que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi
paquete de libros al caer al suelo. Recogí lo al instante; mis ojos
se fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los
volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí
estaba impreso. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad:
había leído algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en
el pedazo de folletín hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo.
Busqué el principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente
pude leer, con curiosidad primero y después con afán creciente, lo
que sigue:
... Sentía la condesa una agitación indescriptible. La presencia de
Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo origen atrevía
se a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra.
El infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a
un preso. Ya no le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su
infame asechanza la sensibilidad y delicadeza de tan excelente
señora.
Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida
y agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para
despedirle.
--No se asuste usía, señora Condesa,--dijo con forzada y siniestra
sonrisa, que aumentó la turbación de la dama; no vengo a hacer a usía
daño alguno.
--¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!---exclamó la dama,
dejando caer sus brazos con desaliento. Salga Usted; yo no puedo
acceder a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi
debilidad, y de la indiferencia de mi esposo, único autor de tantas
desdichas!
--¿Por qué tan arisca, señora Condesa?---añadió el feroz mayordomo.
Si yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no
pudiera imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues...
referentes a aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas
terribles armas. Usted me comprenderá al fin, conociendo cuan
desinteresado es el grande amor que ha sabido inspirarme.
Al decir esto, Mudarra dio algunos pasos hacia la Condesa, que se
alejó con horror y repugnancia de aquel mónstruo.
Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y
patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la
boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y
espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial
concupiscencia.
--¡Ah puerco espín!---exclamó con ira al ver el natural despego de la
dama. --¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo
sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude
usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es
para él el mismos Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le
presento el papelito.
--¡Infame! gritó la Condesa con noble arranque de indignación y
dignidad. --Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar
oídos a tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil
veces ser despreciada por mi marido y por todo el mundo a comprar mi
tranquilidad a ese precio. Salga usted de aquí al instante.
--Yo también tengo mal genio, señora Condesa,--dijo el mayordomo
devorando su rabia; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco...
Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya
sé lo que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta
aquí. Por última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me
ponga en el caso de hacer un disparate... con que señora mía.
Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos
tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y
dio algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa.
Ésta se levantó de un salto gritando:--¡No; salga usted! ¡Infame! Y
no tener quien me defienda... ¡Salga usted!
El mayordomo, entonces, era como una fiera a quien se escapa la presa
que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dio un resoplido,
hizo un gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La
Condesa, trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del
gabinete, sintió las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra
de la habitación inmediata, y respiró al fin cuando le consideró
lejos. Cerró las puertas y quiso dormir; pero el sueño huía de sus
ojos, aún aterrados con la imagen del monstruo.
CAPÍTULO XI.--El Complot.---Mudarra, al salir de la habitación de la
Condesa, se dirigió a la suya, y dominado por fuerte inquietud
nerviosa, comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre
dientes: « Ya no aguanto más; me las pagará todas juntas. » Después
se sentó, tomó la pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y
examinándola bien, empezó a escribir otra, tratando de remedar la
letra. Mudaba la vista con febril ansiedad del modelo a la copia, y
por último, después de gran trabajo, escribió con caracteres
enteramente iguales a los des modelo, la carta siguiente, cuyo
sentido era de su propia cosecha: Había prometido a usted una
entrevista y me apresuro.
El folletín estaba roto y no pude leer más.