I
El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para
atravesar todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el
egoísta deseo de tomar asiento antes que las demás personas movidas
de iguales intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera
de la imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo
instante ¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto
lado entraba. Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D Dionisio
Cascajares de la Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que
tuvo en aquella crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero
y entusiasta apretón de manos.
Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de
consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto
sombrero de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer
inglesa, que tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió, sin duda
por falta de agilidad, el rechazo de su bastón.
Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a
charlar. El señor don Dionisio Cascajares es un médico afamado,
aunque no por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un
hombre de bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar
lo ajeno, ni a matar a sus semejantes por otros medios que por los de
su peligrosa y científica profesión. Bien puede asegurarse que la
amenidad de su trato y el complaciente sistema de no dar a los
enfermos otro tratamiento que el que ellos quieren, son causa de la
confianza que inspira a multitud de familias de todas jerarquías,
mayormente cuando también es fama que en su bondad sin límites presta
servicios ajenos a la ciencia, aunque siempre de índole rigurosamente
honesta.
Nadie sabe cómo él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio
público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de
preguntar, si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa
en él por la prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se
tomen el trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía
de tan hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los
curiosos y por los lenguaraces.
Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que
sentado iba junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su
calzada de hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna
vez para llenar los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Íbamos
tan estrechos que me molestaba grandemente el paquete de libros que
conmigo llevaba, y ya le ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra,
ya por fin me resolví a sentarme sobre él, temiendo molestar a la
señora inglesa, a quién cupo en suerte colocarse a mi siniestra mano.
--¿Y usted a dónde va?--me preguntó Cascajares, mirándome por encima
de sus espejuelos azules, lo que me hacía el efecto de ser examinado
por cuatro ojos.
Contesté le evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel
rato sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas
diciendo:
--Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanita, ¿dónde está?--con otras
indagatorias del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.
Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la
hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y
empezó a desembuchar.
--¡Pobre condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un
visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos,
no sería en situación tan crítica.
--¡Ah! es claro,--contesté maquinalmente, ofreciendo también el
tributo de mi compasión a la señora condesa.
--¡Figúrese usted,--prosiguió,--que se han dejado dominar por aquel
hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa.
¡Pobrecilla! Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no.
Urge tomar una determinación. Porque ese hombre es un infame, le
creo capaz de los mayores crímenes.
--¡Ah! ¡Si es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su
indignación.
--Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición
que si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro
indica su rostro que de allí no puede salir cosa buena.
--Ya lo creo, eso salta a la vista.
--Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer
excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos
conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no
comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a
toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y
llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose
honestamente aquí y allí, donde quiera que suena un piano? Es más,
yo mismo se lo aconsejo y le digo: Señora, procure usted distraerse,
que la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de
sus locuras y se acabarán las penas. Me parece que estoy en lo
cierto.
--¡Ah! sin duda,--contesté con oficiosidad, continuando en mis
adentros tan indiferente como al principio a las desventuras de la
Condesa.
--Pero no es eso lo peor,--añadió Cascajares, golpeando el suelo con
su bastón--sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar
celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de
distraer a la Condesa.
--El marido tendrá la culpa de que lo consiga.
--Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma
virtud; todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un
hombre abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella
casa.
--¿De veras? ¿Y quién es, ese hombre?--pregunté con una chispa de
curiosidad.
--Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto
martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha
apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma
pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia!
--Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo,
descargando también el peso de mis iras sobre aquel hombre.
--Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en
la Cibeles. Sí: ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande
usted parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar
cuando el coche está en marcha, para descalabrarse contra los
adoquines. Adiós, mi amigo, adiós.
Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después
de darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el
sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto.