tardíos que, en los comienzos de este siglo, se hicieron en pro de la
tranquilidad de las colonias y por el mejoramiento de la triste suerte
de los indios.[165] Cuando á las Cortes extraordinarias del año de
1810, fué electo diputado el Sr. Dr. D. Antonio Larrazábal, la Junta
de Gobierno del Real Consulado formó unos interesantes "_Apuntamientos
sobre la agricultura y comercio del Reyno de Guatemala_," que dan á
conocer perfectamente el malestar en que se hallaban los aborígenes
y los abusos de que eran víctimas. Aunque bien pudiera hacer un
extracto de ese documento histórico, me he decidido á transcribirlo
íntegro, en lo que con los aborígenes se relaciona, tanto porque es
en extremo raro y curioso, como porque así pintaré más fielmente la
manera de ser de nuestros indios, en vísperas ya de la independencia de
Centro-América.
[165] Por real cédula publicada en Guatemala, á 18 de marzo
de 1802, se ordenó que los indios no pagaran diezmos. El
auto acordado el 22 de abril de 1782, mandó que á los indios
no se exigiesen costas, ni carcelaje, y que se les nombrara
intérpretes, sin costarles nada. Las tardías medidas en pro de
los naturales, no podían contener el alud preparado antes, en
muchos años de opresión.
"Desde luego--dicen aquellas apuntaciones--damos á la área de todo el
reyno sesenta y cuatro mil leguas cuadradas, pues sobre poco más ó
menos tiene de largo seiscientas leguas comunes de E. á O. y de N. S.,
en partes ciento cincuenta, en otras ciento, y en la más angosta como
sesenta.
Esta extensión de tierra goza incesantemente y á un mismo tiempo, la
influencia de las cuatro estaciones del año periódicas en Europa;
porque lo que se denomina la costa, esto es, la tierra contigua á los
dos mares del N. y S., y lo que también vulgarmente se llaman las
provincias, experimentan rigurosamente el calor del estío. Las demás
provincias conocidas por "_los altos_", el frío del invierno. Otras,
los temperamentos del otoño y primavera, cuya variación es muy poco
sensible en todas; y generalmente, disfrutan seis meses de copiosas
lluvias, y otros seis de seca. Las cosechas de granos, frutas y demás
productos de la naturaleza, que son en Europa resultados del tiempo
favorable para su respectiva procreación, en este reyno provienen del
terreno adecuado á la especie, de modo que los esquilmos europeos de
otoño, invierno, primavera y verano, se producen en todos los meses
del año en el reyno de Guatemala, los unos en las tierras frías, y
los otros en las templadas y cálidas, formando la enunciada extensión
un conjunto de montañas y volcanes asombrosos por sus elevaciones, y
espesas selvas abundantes de todas maderas exquisitas: de barrancos
profundísimos, no menos vestidos de cedros y útiles vegetales que
las serranías; y de llanos inmensos ó sabanas de terreno feraz y
adecuado para siembras y plantíos, con muchos y caudalosos ríos, que se
descargan en los mares del N. y S.
Nuestra madre España tiene sobre poco más ó menos cuarenta y cuatro mil
leguas cuadradas, y según los censos modernos de diez y medio á once
millones de almas. En tiempo de los reyes D. Fernando y Doña Isabel,
tenía veinte millones, y en el de Augusto de cuarenta á cincuenta,
según atestiguan autores clásicos.
Esto quiere decir, que la área del reyno de Guatemala, que excede
á la de España en veinte mil leguas cuadradas de terreno feraz, de
temperamento frío, templado y caluroso en todo el discurso del año,
podría ser ocupada holgadamente, á lo menos con igual población, y esto
supuesto ¡qué reino tan pujante no sería! ¡Qué rico y que apetecible
para las comodidades de la vida.!!
Pero hallándose tan inmenso espacio de país ocupado por un millón
escaso de habitantes derramados en todo él, á distancias enormes
interpoladas de desiertos y montañas, y en que no ha penetrado su
centro la huella humana, y de costumbres diametralmente opuestas
á todo lo que verdaderamente podría constituirlos felices en sus
respectivas condiciones: ¡qué probabilidad ha de haber de que con estos
datos, se eleve repentinamente á un grado de opulencia que compita con
los mejores reinos del mundo! Ilustremos más la proposición, y digamos
que el millón propuesto de habitantes se compone de....
646.666 indios de todos sexos y edades.
313.334 pardos y algunos negros.
40.000 blancos.
---------
1,000.000
Los primeros, que son, hablando con propiedad, los indígenas ó
naturales, gobernados inmediatamente por sus Gobernadores y Justicias
de la propia casta, bajo el dominio español, en lo político; de un
Intendente Alcalde Mayor ó Corregidor, y en lo espiritual, de los curas
seculares ó regulares, se mantienen hasta el presente tan adictos á
sus costumbres y usos antiguos, que verdaderamente su vida es la misma
que la de los primeros pobladores de la tierra. Al igual que aquéllos,
ciñen sus necesidades á un alimento parco y rústico para el día, y
á cubrir sencillamente sus carnes, sin aspirar á otra cosa, porque
desconocen aquellas otras necesidades, que la vanidad y refinamiento de
las naciones que se llaman cultas, han constituído aunque superfluas en
su esencia, precisas al orgullo humano.
Su agricultura se reduce á sus _milpas_, trigales, frijolares y
hortalizas, en terrenos para ellos precarios aunque propios, lo que
luego explicaremos, con que subsisten del modo indicado, pagan su
tributo, ocurren á los capitales de sus cofradías religiosas y cajas
de comunidades. Proveen con dichos esquilmos y frutas la plaza de la
capital y cabeceras de partido, donde se compran por las otras clases
para su sustento y regalo.
Su industria artesana está vinculada desde tiempo inmemorial en
ciertos y determinados pueblos. Una carpintería de escaños y sillas
mal forjadas, toscas y prolijas en su labor, por no emplear en ellos
instrumentos adecuados, sino un cuchillo viejo ó un pedazo de machete,
y sobre todo baratísima en demasía, es peculiar por ejemplo, del pueblo
de Comalapa. En Cobán ejercen este mismo oficio con más finura, pues
trabajan papeleras y otros muebles embutidos de madera blanca con
figuras primorosas y prolijas en su ejecución. En la misma ciudad,
capital de la provincia de Verapaz, en Cahabón, Rabinal y otros pueblos
de ella, todos habitados de indios, se ocupan las indias en la hilaza
de algodón, con que se proveen los tejedores de ropas llamadas _de la
tierra_, que existen en la capital, en la Antigua Guatemala y otros
parajes.
En la provincia de Totonicapam se emplean también en el ramo de hilaza
y tejidos. Hay pueblos que sólo se entretienen en hacer medias y
calcetas de algodón, como en Sumpango. Otros, loza ordinaria: otros,
esteras ó _petates_, redes, sombreros de palma, hamacas &.
Lo referido, y los trabajos á que se les obliga enviándolos los
alcaldes mayores en partidas con nombres de repartimientos á las
haciendas de los que los piden para sus labores, y á los que deben
dárseles con arreglo á las leyes: la conducción sobre sus espaldas,
de cargas pertenecientes á los mismos alcaldes mayores, curas y
particulares de la clase de blancos, de unos parajes á otros: la
composición de caminos, la construcción de los edificios, templos y
casas, bajo la dirección de los maestros arquitectos ó albañiles, y en
fin, todo lo que es servicio penoso y molesto, está reservado para esta
gente en todo el reino de Guatemala. Ellos son el descanso de las demás
clases sin exclusión: ellos son los que nos alimentan surtiéndonos de
lo necesario y de regalo, al paso que ellos son tan parcos y frugales
que casi nada comen de sustancia. I si los indios trabajan como queda
insinuado, las indias hacen lo propio al tanto y talvez más: hasta
los indizuelos trabajan, pues apenas tienen alguna solidez en sus
piernecitas, cuando van con sus madres al monte á recoger palitos para
el fuego, y á renglón seguido caminan ya con sus padres jornadas largas
con sus carguitas proporcionadas á cuestas.[166]
[166] R. C. del Señor Don Felipe III al virrey del Perú,
Marqués de Montes Claros.
"Marqués de Montes Claros &. Cosa sabida es la mucha gente
española que hay en esas provincias, así de la que de acá va de
ordinario, como de criollos nacidos allá, y también se tiene
entendido, que con ser mucha de esta gente humilde y pobre,
no se inclina á trabajar en las labores del campo, minas ni
otras granjerías, ní á servir á otros españoles, y los tienen
por menos valer: de que resulta haber tanta gente perdida y
cargar sobre los indios el peso de todo el trabajo y servicio
de los españoles. Y en consentir y dejar pasar por esto á los
españoles los ministros míos, que han gobernado, y las demás
justicias, se ha introducido esta ociosidad á que en ninguna de
las repúblicas se da lugar. Y como quiera que en el Despacho
sobre los servicios personales de los indios que ahora se os
envía, se os ordena que encaminéis al trabajo de todas las
dichas labores á los españoles de condición servil, mestizos,
mulatos, y zambaigos, como cosa que tanto deseo, é importa
dar principio á esta reformación tan necesaria para el buen
gobierno y conservación de esas provincias, alivios y libertad
de los indios, os lo he querido volver á encargar aparte, como
lo encargo y mando." (Solorz. P. V.)
La segunda clase de habitantes son los 313,334 pardos, inclusos
algunos negros; casta menos útil por su innata flojera y abandono.
De esta especie se pueden hacer tres divisiones: 1ª artesanos,
como pintores, escultores, plateros, carpinteros, tejedores,
sastres, zapateros, herreros &ª, cuyos oficios son necesarios en la
República, pero de tal modo los ejercen por costumbre, capricho y
arbitrariedad, que necesitan una reforma y arreglo, que precavan los
menoscabos que sufre frecuentemente el común, que está por necesidad
atenido á ellas, sin que esto perjudique á la habilidad particular
de algunos plateros, escultores y carpinteros; tanto más admirable,
cuanto que parece natural, que en vista de sus principios, y falta
de proporciones no debían tenerla, ni á la formalidad y honradez de
algunos maestros acreditados por su conducta. Carecen de fondos en lo
general, para proveerse de los materiales respectivos: es menester
que el que necesite la obra, si su valor llega á una docena de pesos
los desembolse al maestro, antes de recibirla, para comprar la
materia, pagar á los oficiales, y comer mientras la trabaja, lo que
sería soportable si la recibiese al tiempo estipulado, y en aquellos
términos y modo pactados; mas no sucede así: las más veces se halla
frustrada la confianza del que manda hacer la obra y ha desembolsado
su dinero con anticipación, porque si la consigue es en fuerza de sus
reconvenciones repetidas ó demanda judicial á que se ve constreñido por
último recurso. Las de menor valor siguen el mismo rumbo de perjuicio,
porque se ha de recibir bien ó mal hecho lo que el carpintero, sastre
y zapatero entrega, sin arbitrio de poder mejorar ocurriendo á
otros.--2.ª Gente de labranza y armería: ¡qué penalidades, atrasos y
fatigas no experimentan los dueños de haciendas, y de recuas con ella!
Indiferencia absoluta por los intereses del amo, es el daño menor que
resulta del servicio de esta especie: su pereza y falta radical de
vergüenza, hacen indispensable una continua vigilancia sobre ellos para
que trabajen algo: en no viéndolos, ya no hacen otra cosa de provecho,
pasándoseles el tiempo en la holgazanería, y lo peor es que propensos
al robo por su educación enteramente abandonada, lo ejercen al menor
descuido de los dueños y mayordomos; y un mayordomo, regular hombre de
bien y celoso por la hacienda del amo, es tan raro encontrarse, que
el que lo logra lo tiene por gran fortuna. Sin embargo, no deja de
haber porción de gente parda que dedicada á la agricultura en pequeñas
heredades, que trabajan por sí, tanto en las provincias como en los
pueblos de las inmediaciones de la capital, debemos con justicia
excluirlos de la nota que sólo recae en la especie que acabamos de
describir.--3.ª Esta, que no es la más diminuta, se compone de una
_zanganada_ perjudicial en sumo grado á todos los demás órdenes del
Estado, porque no trabajando absolutamente para subsistir, viven á
expensas de los robos de reses y frutos, que ejecutan en las haciendas;
de los plátanos que hallan abundantes en las márgenes de los ríos y de
rapiñas y hurtos en poblado, con lo que pasan la vida jugando á los
dados, embriagándose, hiriéndose y matándose atrozmente, y en suma,
arrimados á las tapias y cercas de los pueblos, y de los barrios de la
capital, infundiendo recelo á los vecinos honrados y laboriosos.
La tercera clase de población, que hacemos ascender á cuarenta
mil almas, es la de blancos. Compónese de americanos y europeos,
hacendados, comerciantes, mercaderes de toda suerte de tráficos,
empleados y eclesiásticos, &.
En cuanto á los hacendados, unos poseen tierras de considerable número
de leguas sin trabajarlas, á reserva de alguna muy corta parte,
resultando por consiguiente inútiles á ellos, y al común que carecen
absolutamente de terreno propio para sembrar su maíz ú otro fruto. El
ganado mayor es por lo regular el nervio y sustancia de estas grandes
haciendas, pues criándose en las de las provincias remotas y comprado y
traído para repastarlo en las de la capital, para abastecer de carne,
forma un tráfico entre un orden de individuos, que ni corresponde
propiamente á la agricultura, ni al comercio.
Los agricultores que se deben considerar como tales, son los que poseen
las haciendas productoras del añil. Este fruto por su preciosidad
é importancia merece la mayor atención, porque es toda el alma que
vivifica el reino: es su comercio activo de extracción, de tal modo,
que sin él no habría objeto de relaciones entre la metrópoli y nosotros.
Otro ramo de agricultura, cual es el azúcar y rapadura, constituye un
tráfico interior que abastece al reino de este artículo, sin extenderse
á la exportación por las distancias y costos para embarcarlo. Lo mismo
sucede con el algodón, que sin embargo es incalculable su utilidad para
los tejidos del país, con que se provee la gente pobre, y aun la que
no lo es, de modo que si se desterrara la ridícula y muy perjudicial
vanidad de hacer uso de géneros extranjeros, de los introducidos por el
contrabando y permisos perjudiciales, ninguna clase de gente se podría
quejar con razón de no tener ropa con qué vestirse, adecuada á los
temperamentos del reino, y de una decencia sustancialmente racional,
puesto que no faltan tampoco los tejidos de lana, cuyas fábricas son
peculiares de Quezaltenango y su provincia.
Con exclusión de muy pocos, los referidos labradores, á pesar de los
vastos terrenos que abrazan sus haciendas, son pobres en realidad,
porque además de dichas posesiones tienen sobre sí capellanías,
hipotecas y otros gravámenes al par de sus valores, que los obligan á
acudir anualmente á la satisfacción de los réditos, necesitan adeudarse
para poder trabajarlas bajo el método que acostumbran, no verificándolo
casi nunca con el desahogo esencial que proporciona el provecho y
felicidad del hombre. Parece que estudian con empeño cómo ahuyentarla
de sí, aun cuando por algún accidente favorable se les aproxima, porque
si tienen una hacienda gravada, y por ventura logran desempeñarla á
fuerza de su trabajo y á merced de algunas buenas cosechas y expendio
ventajoso, en este caso, en vez de dedicarse cuerdamente á trabajarla
con desembarazo é independencia de toda suerte de habilitaciones y
demás empréstitos que obstan á la prosperidad, compran otra ú otras,
que los constituyen hombres de muchas tierras, de muchas ideas huecas
de felicidad, y de mucha agitación en todo el curso de su vida,
empleándola en tapar y destapar continuamente los agujeros que la
codicia ocasiona en el mal cimentado edificio de sus errados cálculos;
y esta es la propensión innata de los labradores de este reino.
Respecto á los comerciantes, ascenderán á treinta ó treinta y cinco en
todo el reino las casas mercantiles que merezcan este título, siendo
las únicas que directamente reciben de Cádiz por el golfo de Honduras
anualmente el valor de un millón de pesos, sobre algunos miles más ó
menos, en géneros europeos, que distribuyéndose entre los mercaderes,
los expenden por menor en sus tiendas, y aun el mayor número de los
primeros practica lo propio en las que en sus casas tienen con nombre
de almacenes. Los retornos se efectúan en igual porción de libras de
añil, fruto casi único que sostiene las relaciones del comercio con la
metrópoli, debiéndose entender este cálculo aproximado cuando la guerra
con los ingleses no pone obstáculos á la navegación, y la langosta ó
algún otro contratiempo, no menoscaba las cosechas de la tinta.
Uno, dos, ó tres barcos menores que vienen á Sonsonate también del
Perú, con cargamentos de vinos de Chile, aceite, aceitunas, pasas,
almendras, pellones, de doscientos á trescientos mil pesos en moneda,
para compra de añiles, cortes, forma otra relación de comercio entre
este y aquel reino.
De la Habana, Batabanó y Cuba, llegarán á Trujillo de ocho á diez
goletas, pailebots, etc., la mayor parte con cargamentos mezquinos de
aguardiente de caña, cebollas y otros objetos que más parecen pretextos
para ganar los registros en las aduanas, que motivo de negociación; así
es que, importando un cargamento de éstos á lo sumo, calculado por los
registros, de cinco á seis mil pesos, y llevándose en retorno, además
de porción considerable de añiles, de treinta á cuarenta mil pesos en
moneda registrada, y acaso otros tantos por alto, en la plata y oro
en pasta de los minerales de la provincia de Honduras, es evidente
que dicho tráfico es contrabandista y clandestino, que se ejerce
impunemente, á vista, ciencia y paciencia de los mismos que debieran
embarazarlo.
Al río de San Juan vienen también anualmente tres ó cuatro barcos con
registros de Cartagena, Santa Marta y otros puertos españoles, donde
no es verosímil haya almacenes capaces de formar los cargamentos que
traen, siendo consiguiente que éstos se efectúen en Curazao y que
los registros ó sean falsos, como se ha probado repetidas veces, ó
comprados á la infidelidad de algunos empleados.
De todos estos manantiales, y de las introducciones que se hacen por
el puerto de Villa Hermosa en la provincia de Tabasco, las más de ellas
igualmente fraudulentas, se eslabona una cadena de giro, que circulando
progresivamente de mano en mano, constituye una base de comercio sobre
que estriba el segundo orden de este ramo compuesto de mercaderes
con tiendas más ó menos surtidas en la capital y demás cabeceras de
partidos, así como de viandantes, que andan por todas partes acechando
las ocasiones de proveerse de anchetas, á todo trance y riesgo.
Fuera de estos principales ramos que los forman, como dejamos
expuestos, los géneros europeos legítimamente introducidos, y los
asiáticos é ingleses de algodón, que á pesar de las leyes, reales
órdenes, y contra la buena política del interés de la patria se nos
ingieren, tenemos otros domésticos de alguna consideración, y fuera
en sumo grado su importancia á no obstarlo los espurios asiáticos é
ingleses, contrarios á sus progresos y prosperidad, tales son los
cortes de enaguas azules, mantas blancas ordinarias, medianas y finas
para sábanas, fustanes, camisas, y otros infinitos usos: cotines de
todos colores y labores, propios para el vestido decente diario del
hombre, especialmente los más adecuados, por su mucha duración y
baratura, para los niños y muchachos: cotonías blancas muy buenas,
superiores á las inglesas en duración, y por una tercera parte del
precio que éstas se venden: mantelería ordinaria y hasta exquisita,
tohallas, colchas, y otros varios tejidos todos de algodón patrio
y de lana, que en el día lánguidamente se fabrican en la capital,
Quezaltenango y otros pueblos donde se consume ya muy poco; pero que no
hace muchos años se fabricaban con ahinco é interés, se gastaban con
gusto, y se hacían crecidas remesas á las provincias, expendiéndose
ventajosamente, ya en las tiendas y ya en partes de las habitaciones
que se dan á los cosecheros de tintas, y en cambio también de éstas,
de que resultaba el incalculable beneficio de la ocupación de los
patricios, hallando fácilmente en ella la subsistencia de sus familias;
que el numerario no pasase á países extranjeros, pues circulaba sólo
en el reino, en provecho suyo; que los ociosos (muchos á su pesar,
especialmente del gremio de tejedores) de que estamos abrumados
actualmente, no lo fuesen en dicha época; y el que la extravagancia
del lujo no tuviese corrompido, como ahora, todo el mujeriego sin
distinción de clases y condiciones, con otros infinitos males
accesorios á los indicados.
Este es en suma el cuadro analizado del estado actual del reino, que
demuestra su extensión, las cualidades de sus terrenos y climas para
las producciones propias y extrañas, su población dividida en las
clases que abraza, y los usos y costumbres de cada una para subsistir.
Bajo cuyo principio, entramos en materia ceñida á la agricultura y
comercio, y á la indagación de los medios ásequibles á su mejora.
La agricultura, pues, ha sido siempre considerada como el manantial
más necesario y rico de un Estado, porque alimenta á los hombres, y
proporciona las artes, siendo como el tronco de un árbol, sobre el cual
toman su incremento todas las ramas del comercio. Es el destino del
hombre en sociedad, que no ciñéndose á clase alguna las abraza todas en
general; así es que el clérigo, el magistrado, el caballero, el español
llano, el indio y el mulato pueden ser labradores en su esfera, no
habiendo ocupación más digna del hombre libre, más grata y mejor, que
la empleada en el cultivo de la tierra, cuya posesión es una verdadera
y sólida propiedad, que la ley protege y perpetúa[167].
[167] ihil est agricultura melius, nihil dulcius, nihil nomine
libero dignius--Cic.
En efecto, la propiedad que el hombre adquiere en el país donde nace
ó reside, es la que le inspira el amor patriótico, la que lo aficiona
á trabajar para utilizarse de ella, desviándolo de la holgazanería
y vicios consecuentes; y la que en fin, lo hace miembro útil é
interesante del Estado, siendo evidente que el hombre sin propiedad
nada posee, que el que nada posee, nada tiene que perder, y que el que
no tiene que perder, _no tiene patria_; de donde proviene que esta
casta de gente es la más temible en cualquiera conmoción popular, por
presumir siempre que no puede empeorar su suerte.
Por otra parte, es cosa averiguada en este reino, que las tierras
repartidas en pequeñas posesiones, trabajadas materialmente por sus
propios dueños, fructifican incomparablemente más que las constituídas
en grandes haciendas.
Este que es un gran principio inconcuso, lo vemos puntualizado en
nuestras cosechas de añil. Chalatenango y Tejutla, en la provincia de
San Salvador, componen un vecindario de doce mil quinientas almas,
cuya mayor parte es propietario de cortos terrenos, y á pesar de
que éstos son sin disputa los más estériles de toda la provincia,
puede asegurarse que anualmente excede de mil zurrones su cosecha,
y en la del año de 806 levantaron como se podría hacer ver, más de
mil quinientos. Por esta proporción y sin contar con las ventajas
del terreno, correspondía que toda la provincia con respecto á su
población, levantase de catorce á quince mil zurrones anuales, y que
la cosecha de 1806 hubiese ascendido á veintiuno ó veintidós mil,
siendo así que no pasó de cinco mil quinientos, á seis mil zurrones.
Si volvemos los ojos á las cosechas de maíz que tenemos á las puertas
de la ciudad, veremos también en ellas confirmada esta verdad. Un
hacendado que siembra diez fanegas, no levanta arriba de seiscientas á
ochocientas, y un propietario poquitero que siembra una sola fanega,
alza sobre cien y á veces hasta doscientas: es decir que en manos de
éste, produce un doscientos por ciento sobre el labrador en grande.
Toda esta diferencia hace que la tierra esté distribuida en grandes
ó pequeñas proporciones, cuya razón no es necesario indagar, porque
es bien obvia y conocida. De aquí, y de sus menores gastos, proviene
también que en manos del poquitero, tenga siempre menos precio
cualquier fruto".[168]
[168] Informe á este Real Consulado en 1808, por don Juan
Antonio de Aqueche y don Anselmo Quirós.
Agricultura con respecto á los indios.