sembrado su trigo y que casi no tenían en que ocupar á los indios,
retener en su casa á todos los que les habían dado para la siembra, y
sabiendo bien la afección que estas pobres gentes tienen de volver á su
familia, después de haberles hecho cortar leña, el lunes y martes, el
miércoles les preguntaban ¿cuánto querían darles por dejarlos ir? y de
esta manera sacaban de unos un real y de otros dos y tres, de modo que
no solamente se hacían surtir de leña para su casa, sino que sacaban
también bastante dinero para comprar carne y chocolate para quince
días, viviendo ociosamente á costa de estos pobres indios.
Hay otros también que se los alquilan á sus vecinos, que tienen que
hacer por aquella semana, en un real cada uno, que ellos tienen buen
cuidado de reducir de sus salarios.
También están sujetos á una servidumbre igual en todos los pueblos,
porque los muchos viajeros que transitan por allí pueden pedir al más
próximo, cuantos indios necesitan para conducir sus mulas y llevar sus
equipajes, y al fin del viaje les arman una querella bajo cualquier
pretexto, y las más veces les despachan con algunos golpes por toda
recompensa.
Ellos hacen cargar á estos pobres miserables, por espacio de uno ó
dos días, maletas que pesan cuatro arrobas, atándoselas á la cintura
y pasándoles por la frente una ancha correa, atada á la misma maleta,
que hace que todo el peso de este fardo caiga sobre la frente arriba de
las cejas, cuya señal les queda de tal suerte que por ella se pueden
distinguir fácilmente de los demás habitantes del pueblo, y porque al
mismo tiempo esta correa les hace caer el pelo y los vuelve calvos de
delante.
Así es como este pobre pueblo trata de ganar su vida entre los
españoles; pero es con tanto dolor y agonía, que las más veces piden á
Dios los ponga en libertad, y no tienen otro consuelo que el que les
dan los sacerdotes, aconsejándoles que sufran todo por amor de Dios y
por el bien del Estado.
Sus inflexibles capataces los hacen trabajar y caminar en todas las
estaciones, haya calor ó frío en los llanos, en las montañas, en los
malos y buenos caminos, sin embargo de que sus vestidos no sirven más
que para cubrir su desnudez, y muchas veces están tan hechos pedazos
que no les cubren ni la mitad del cuerpo."
No hay que olvidar, en todo caso, que los monarcas españoles, hasta el
hechizado Carlos II, todos se inspiraron en el deseo de que se tratara
bien á los indios; mientras que el interés de los conquistadores; la
codicia de los emigrantes de España; el espíritu de enriquecerse,
primero por aventuras y después por encomiendas; la distancia de la
metrópoli; lo largo y dispendioso de los trámites--todo ahogaba en la
América hispana el propósito laudable que doña Isabel la Católica y sus
regios sucesores, en favor de los naturales del Nuevo Mundo tuvieron.
CAPITULO CUARTO
=Vejaciones á los indios en Guatemala, y notable disminución
de ellos en toda la América española=
SUMARIO
Los indios eran tratados como esclavos.--Sistema que se adoptó
en Guatemala, desde un principio, para la formación de poblaciones
indígenas.--Pueblos que desaparecieron.--Relación que hace Remesal
de cómo se despoblaban los asientos de los indios.--El P. Las Casas
narra peculiaridades referentes á Guatemala, San Salvador, Honduras
y Nicaragua.--A mediados del siglo XVI mudóse la naturaleza de las
encomiendas en el reino de Guatemala.--Real Cédula de 27 de Mayo de
1582, dirigida al Presidente y Oidores de Guatemala, haciéndoles
cargo de los malos tratamientos que sufrían los indios.--Informe
estadístico del partido de Suchitepéquez de 20 de Mayo de
1814.--Queda diezmada la población indígena.--Resultado funesto de
las _Misiones_.
Por más que, la atroz codicia y la inclemente saña de los
conquistadores españoles hubiese sido crimen del tiempo y no de la
metrópoli, como dice el poeta clásico, no se puede desconocer que á los
desgraciados indios se les trató con suma crueldad, marcándolos á veces
con hierros candentes, convirtiéndolos en esclavos, martirizándolos sin
conmiseración y haciéndoles, en fin, odiosa la existencia.[156]
[156] Ximénez, libro III. cap. 62.
Por real cédula fecha en Valladolid á 1.º de Septiembre de
1548, ordenó el Rey que el Presidente de la Audiencia de
Guatemala mandase averiguar el número de indios que había en la
provincia de Honduras, y de los que hubiera en disponibilidad
de dar en encomiendas. Véase el "_Extracto cronológico de las
Cédulas y Reales Ordenes referentes á Guatemala, escrito por
don Manuel Antonio del Campo y Rivas_", que contiene 2,294
cédulas, en II tomos, formado en la ciudad de Guatemala, año de
1801.
Por lo que á Guatemala concierne, el sistema que se adoptó desde un
principio para la formación de las poblaciones indígenas, no pudo
inducir otra cosa que el desamparo y desocupación de sus labores;
porque, como escribe el arzobispo Peláez, reduciéndose á un pueblo,
no los caseríos de las estancias, sino pueblos enteros, acumulándose
para formar uno solo, y habiéndose de dar un solo egido á este último,
todos los demás habían de perder su territorio y pertenencias comunes y
particulares. Así es que cinco pueblos grandes y otros tantos pequeños,
que formaron Chichicastenango, tenían cinco y diez egidos y entraron
á tener uno solo: once pueblos principales y otros tantos accesorios
que formaron el de Sacapulas, y disfrutaban veintidós egidos, no
tuvieron en adelante más que uno. Nebah, que se compone de diez y seis
pueblos mayores y otros tantos menores, y había de tener treinta y dos
porciones de egidos, no tiene sino uno. Lo mismo Amatitlán, cuyos seis
pueblos debieron poseer seis egidos, quedó reducido á uno, dentro los
egidos de la capital; y por este tenor es de discurrir de los otros
pueblos. Por lo cual no es de extrañar desapareciese entonces el pueblo
de Ucubil, en que, según relación de Juarros, se acamparon las huestes
castellanas y sacatepéquez, como tampoco parecieron más los pueblos de
Samastepeque é Inestiquixa en el mismo valle, y en las inmediaciones de
Escuintla los de Guacacapa, Chialchitán, Malacatepeque y Marma, que se
mencionan en actas de los años de 41 y 42 Humboldt, en el Ens., lib.
2, cap. 6, lamentando lo deplorable que la conquista hizo el estado de
los indígenas, escribe: toda propiedad india, fuese mueble ó raíz, era
mirada como perteneciente al vencedor; y esta máxima atroz llegó á ser
sancionada por una ley, la cual concede á los indígenas una pequeña
porción de terreno al rededor de las iglesias nuevamente construídas.
Remesal, libro 8, cap. 25, expone: que asentados los pueblos en la
forma referida, donde daban la vuelta los padres, eran desamparados
de sus nuevos moradores, y era menester volverlos á juntar otra vez,
acariciarlos, ponerlos en sus casas nuevas, derribarles las antiguas,
deshacer los sitios de su anterior superstición, y para todo esto,
estudiar el modo de hablarles, para que entendiesen que cuanto se
hacía era por su bien. Lo mucho que los padres trabajaron, se echa de
ver claramente por una cédula del rey don Felipe II, de 5 de Marzo
de 1557, en que hace memoria de cierta relación que le hizo el P.
Fr. Domingo de Alva, procurador de esta provincia: que los indios se
comenzaban á salir de los pueblos en que vivían, y se volvían á los
antiguos asientos que solían tener, y si se les consentía hacer esto,
sería causa para que se perdiesen, y los pueblos quedarían deshechos,
de que también resultaría disminuirse la hacienda real, y para quitar
estos inconvenientes, manda S. M. á la Audiencia de Guatemala que no
consienta que los indios se vuelvan á los sitios antiguos. Por este
estilo debió suceder, que muchos indígenas propietarios abandonasen
uno y otro sitio juntamente: el nuevo, porque no les acomodaba, y
el antiguo, porque no se les permitía, y así verse en la necesidad
de emigrar, y destituídos de propiedad. Otros adoptarían el nuevo
domicilio llanamente, mas aunque se acomodasen en él, no podían recibir
mucho contento sus antiguos moradores, llegándoles otros dueños y
vecinos, con quienes habían de partir sus terrenos y formar comunidad,
con lo que los indígenas eran mortificados en todos conceptos."[157]
[157] García Peláez, Memorias para la Historia del antiguo
reino de Guatemala, 1.º I, pág. 181.
El P. Las Casas narra peculiaridades que se refieren á Guatemala,
San Salvador, Honduras y Nicaragua. La menos mala, dice, y menos fea
causa que los españoles tuvieron para hacer á los indios esclavos, fué
moviendo contra ellos injustas guerras, según fueron las otras llenas
al menos de mayor nequicia y deformidad, porque todas las más han sido
espantables y nunca vistas ni oídas tales novedades de maldad, para
poner en admiración á todos los hombres. Aquí referiré de muchas,
algunas pocas.
Unos, por engaños que hacían á los indios, que estuviesen con ellos,
ó por miedos ó por halagos, los atraín á su poder, y después les
hacían confesar delante de las justicias, que eran esclavos, sin saber
ó entender los inocentes, que quería decir ser esclavos; y con esta
confesión las inicuas justicias y gobernadores pasaban y mandábanles
imprimir el hierro del rey en la cara, siendo sabedores ellos mismos
de la maldad. Otros provocaban algunos indios malos con media arroba
de vino, ó por una camisa ú otra cosa que les daban, á que hurtasen
algunos muchachos huérfanos, ó los trajesen por engaños como para
convidarles, y con una manada de ellos veníase a los españoles y
haciéndoles del ojo que los tomasen: los cuales los ataban y los metían
á los navíos, ó llevábanlos por tierra y sin hierro y vendíanlos por
esclavos; y aquellos plagiarios primeros, ó los segundos que los
compraban, iban delante del gobernador ó justicia, y decían que los
habían comprado por esclavos, y luego sin más averiguar los herraban.
Algunas veces los han herrado con hierro del rey en las caras, otras en
los muslos.
Otras veces á muchos de los indios pusiéronles nombres naborías por
fuerza, habiendo vergüenza de llamarlos esclavos, aunque como cosa muy
segura y bien ganada, de unas manos á otras los venden y traspasan,
y de esta manera y con esta justicia, orden y buena conciencia, han
traído á las islas Española y Cuba, San Juan de la costa de la Perla,
de Honduras y de Yucatán, en gran manera y en inmensa cantidad, y con
detestables y tiránicas desvergüenzas, del infeliz reino de Venezuela
y de Guatemala y Nicaragua, para llevar á vender á Panamá y al Perú.
Ninguna vez traían en navío trescientas ó cuatrocientas personas, que
no echasen en la mar cien ó ciento cincuenta muertas por no darles de
comer y de beber: porque tantos cargaban que las vasijas que metían
para agua, ni los bastimentos que llevaban bastaban, sino para muy poco
más que para sustentarse los plagiarios que los salteaban, ó de los
otros salteadores los compraban".[158]
[158] Fr. Bartolome de Las Casas. La esclavitud de los
indígenas.
A mediados del siglo XVI mudóse la naturaleza de las encomiendas, que
se convirtieron en tributo. Por los empadronamientos que se hicieron,
notóse bien que la población indígena disminuía de modo pasmoso,
debido á los malos tratamientos de que era víctima, según puede verse
por la Real Cédula de 27 de Mayo de 1582, que muestra el empeño real
en extirpar abusos y exhibe al propio tiempo crueldades sumas. He
ahí ese importante documento histórico que dice así: "Presidente y
Oidores de nuestra Audiencia que reside en la ciudad de Santiago de la
provincia de Guatemala: nos hemos informado que en esa provincia se
van acabando los indios naturales de ella, por los malos tratamientos
que sus encomenderos les hacen, y que habiéndose disminuído tanto los
dichos indios, que en algunas tierras faltan más de la tercia parte,
les llevan las tasas por entero, que es de tres partes las dos más de
lo que son obligados á pagar, y los tratan peor que esclavos, y que
como tales se hallan muchos vendidos y comprados de unos encomenderos
á otros, y algunos muertos á azotes, y mujeres que mueren y revientan
con las pesadas cargas, y á otras y á sus hijos los hacen servir en
sus granjerías, y duermen en los campos y ahí paren y crían mordidos
de sabandijas ponzoñosas, y muchas se ahorcan, y otras toman yerbas
venenosas, y que hay madres que matan á sus hijos en pariéndolos,
diciendo que lo hacen para librarlos de trabajos que ellas padecen".
Con anterioridad á esa real cédula, ya Carlos V y sus sucesores
habían expedido muchas leyes favorables á los aborígenes; leyes que
se llamaron _nuevas_ y que fueron muy mal recibidas en Guatemala,
provocando la cólera de los conquistadores y del Ayuntamiento contra
el filántropo Las Casas, que como todo redentor fué calumniado y
perseguido. No faltan escritores extranjeros, como Washington Irving,
que califican de exageradas las descripciones del virtuoso defensor de
los indios, cuando narra sus padecimientos y triste situación á que
se les había sujetado; pero hay que considerar que un norteamericano
nunca podía mostrarse muy compasivo hacia una pobre raza que la
anglosajona destruyó del modo más inhumano y despiadado. Lo que sí
llama la atención es que nuestro distinguido compratriota, Don José
Milla, califique de exageradas y declamatorias las aseveraciones del
célebre misionero, en su Brevísima Relación de la destrucción de
las Indias Occidentales", una vez que, á pesar de las "Reflexiones
_imparciales_ sobre la humanidad de los españoles en las Indias",
del abate Juan Nuix, publicadas en 1782, es bien sabido que en menos
de trescientos años se redujo la población indígena de América à la
décima parte, según queda demostrado en otro lugar de la presente
obra. Enhorabuena que el espíritu de conquista, la sed de oro, el
férreo carácter de los conquistadores, las ideas erróneas de aquellos
tiempos, sirvan de excusa á la saña cruel de que fueron víctimas los
infelices indios; pero que no por eso se deje de encomiar al Padre Las
Casas, que ha merecido grandes elogios de Quintana y de otros muchos
notables escritores españoles, ni se desconozca, como lo hace nuestro
compatriota historiador[159], que la población de América, en las
regiones que España conquistó, se redujo á fines del siglo último á la
décima parte en cuanto á la raza aborigen. En el Perú había unos seis
millones de indios, y según el censo hecho por orden del virrey Gil
Gamos, en 1796, quedaban seiscientos ocho mil ochocientos noventa y
nueve. En Méjico era quizá mayor la población que entre los ìncas, y se
minoró en extremo, como lo demuestra el eruditísimo Larráinzar.[160]
En el Ecuador y en todas las demás regiones sojuzgadas por soldados
hispanos, si no acababan del todo con los indios, diezmaron su número
y los redujeron á dura servidumbre[161]. En los populosos reinos de
Guatemala había más de tres millones de pobladores, en un extenso
territorio, antes del siglo XVI, y quedaban sólo seiscientos cuarenta y
seis mil sesenta y seis, según el censo del año 1810, relativo á todo
el istmo Centro-Americano, contando únicamente la población indígena de
raza primitiva americana. En Cuba, Santo Domingo y Honduras, decía el
mismo Carlos V, con datos ciertos, que se habían destruído más de dos
millones y seiscientos mil indios.
[159] Histª. de la América Central, t.º II., Cap. I. por Don
José Milla.
[160] Larráinzar, Apuntamientos para la Histª. de Méjico.--Hubo
muchos que, como Nuño de Guzmán, fueron Atilas de Nueva España.
Véase "Méjico al través de los siglos". Tomo II, pág. 203.
[161] F. G. Suárez. Histª. del Ecuador. Quito, 1890. Carrera de
Chile, n.º 14.--Informe de Ulloa y Jorge Juan al rey de España,
noticias secretas de América.--Histª. Antigua del Perú, por D.
Sebastián Llorente.
En el informe estadístico del partido de Suchitepéquez, que emitió el
alcalde mayor don Juan Antonio López, con fecha 26 de mayo de 1814,
se lee lo siguiente: "Tenía en principios del siglo XVIII, veintiocho
pueblos florescientes y bien poblados. En el día, apenas cuenta
diezisiete, de los cuales sólo cinco están medianamente poblados,
que son Santo Domingo, Mazatenango, Cuyutenango, San Sebastián,
Quezaltenango y San Antonio Retalhuleu. Los once perdidos se
aniquilaron en menos de setenta años, y de los demás ni vestigios se
hallan en el día. Las causales de este deterioro las hizo ver, en un
informe que dió á la Real Audiencia, el alcalde mayor que fué en este
partido, Don José Rosi y Rubí".[162]
[162] El informe citado del alcalde mayor don Juan Antonio
López lo tiene original y manuscrito el autor de la presente
obra.
No hay, pues, hipérbole en decir que la población indígena de América
quedó diezmada durante los tres siglos de régimen colonial.
En aquellos tiempos no se había comprendido que, como dice el
publicista Alberdi, _gobernar es poblar_.
Después de la grande epopeya de la conquista, después de las hazañas
homéricas y de los horrendos crímenes de Cortés, Pizarro y Alvarado,
las posesiones españolas casi se quedan sin historia. Durante ese largo
período los indios desaparecieron por tribus y por naciones; pero ni
aun se oía su queja. Sin el oro del Perú, la plata de Méjico y los
cortos productos que el monopolio dejaba penetrar en Europa, la América
española habría llegado á ser un mito, habría podido ser sumergida en
el mar, como otra Atlántida.[163]
[163] Ignácio Gómez--La poesía y los poetas de la América
española, artículo I.
El Gobierno español pensó que el establecimiento de las _Misiones_
sería fecundo en grandes beneficios para América, dice un político
observador: acaso creyó también que los misioneros serían la
compensación de los encomenderos, y que, á falta de escuelas, colegios,
buenos caminos, comercio y demás ventajas de la civilización rehusadas
á los criollos, se alcanzaría á lo menos el gran bien de atraer el
mayor número posible de indios salvajes á una semibarbarie reducida
al bautismo y la vida común de los caseríos ó pueblos. Si el gobierno
procedió de buena fe en este asunto, como lo creemos, su cálculo fué
muy equivocado. Los hechos probaron que las _Misiones_ nada hicieron
ganar á la civilización, pues sólo sirvieron para dar opulencia á los
jesuitas, opulencia que fué peligrosísima para el gobierno, funesta
para la sociedad, y para mantener á los indígenas reducidos á la vida
civil, en la más triste abyección. Las _Misiones_ hicieron degenerar
á las razas indígenas en dondequiera; y si la historia de esos
establecimientos no estuviera probando la plena exactitud de nuestra
aserción, los ejemplos que ofrece Colombia no dejarían lugar á duda
alguna. De todos los pueblos de Hispano-Colombia el más hondamente
atrasado--á pesar de sus excelentes elementos de prosperidad--es el
Paraguay, que fué patrimonio de los jesuitas, dignamente representados
más tarde por el doctor Francia. En Nueva Granada, como en Venezuela
y Buenos Aires, los jesuitas tuvieron sus más valiosas _haciendas_
ó _Misiones_ en los llanos ó en las pampas. Allí poseyeron inmensos
rebaños y crías y tierras superiores é ilimitadas, que les dieron
opulencia. I bien, ¿cuáles fueron los resultados? Por una parte, las
poblaciones más belicosas, ásperas y temibles de Colombia y de las
repúblicas del Plata han surgido precisamente de esas _Misiones_;
por otra, el llanero y el gaucho, semibárbaros en todo y crueles y
devastadores en la guerra, no aprendieron sino á guardar resentimientos
por la dura explotación que sufrieron; y el día en que se hizo general
la lucha por la independencia, fué de los Llanos y las Pampas de donde
salieron los más formidables enemigos de España.[164]
[164] J. M. Samper--Ensayo sobre las revoluciones políticas ó
la condición social de las repúblicas colombianas. Cap. III,
París, 1861.
Véase también "La América, por J. V. Lastarría."
CAPITULO QUINTO
=Situación de los indios en Guatemala á principios del
presente siglo. Abusos de cofradías, sacristías
y servicio parroquial. Medios propuestos
á las Cortes Españolas para mejorar
la condición de los aborígenes, el año de 1810.=
SUMARIO
Estado de la América española, en los comienzos de la centuria
actual.--Conmociones y movimientos en Chile, el Perú, Nueva Granada,
Guatemala y Méjico.--Situación agrícola y económica del reino de
Guatemala.--Su extensión territorial.--Su población.--Había un millón
de habitantes, de los cuales eran indios seiscientos cuarenta y seis
mil seiscientos sesenta y seis.--Cómo se hallaban gobernados.--Su
industria y agricultura.--Trabajos que se les imponían.--Los
pardos.--Los blancos.--El comercio de todo el reino de Guatemala.--La
agricultura con respecto á los indios.--Junta protectora de los
aborígenes.--Medios propuestos por el real Consulado de Comercio
de Guatemala á fin de mejorar la condición de los indios.--Abusos
en las cofradías.--Abuso en el servicio de sacristías.--Abuso en
el servicio parroquial.--Sólo en la provincia de Suchitepéquez se
empleaban doce mil setecientos setenta y cinco indios en las raciones
para los curas.--Sólo los indios componían de balde los caminos,
puentes y calzadas.--Se perdían más de cuatrocientos mil jornales
en Suchitepéquez, por el sistema abusivo que prevalecía contra los
indios.--Causas que influyeron en la pérdida de los cacaotales.--Hubo
tiempo en que del reino de Guatemala salían doce mil cargas de
cacao.--Jueces de provincia.--Cómo debieran haber sido.--Cuadro
estadístico de las quince provincias que formaban el antiguo reino de
Guatemala.--Tributo que se pagaba.--Renta de alcabalas.--Derechos de
importación.--Renta del tabaco.--Derecho del Real Consulado.--Número
de habitantes.--Población indígena.
Para concluir el presente libro, es oportuno examinar el estado en que
se hallaban los aborígenes de Guatemala en los albores de la centuria
actual, cuando comenzó á escucharse en Hispano-América el sordo rumor
de la revolución de independencia, que se iba preparando, como se
prepara la tempestad por el acrecentamiento paulatino de electricidades
contrarias, que en un momento chocan, y despiden luz y hacen conmoverse
los espacios etéreos. Turgot dijo que las colonias eran como las frutas
que permanecen en el árbol hasta que maduran; y la época de la madurez
estaba próxima para las colonias hispano-americanas.
Después de tres siglos de régimen absoluto; después de doce
generaciones de indios que habían sufrido cruda servidumbre, se redujo
su número á la décima parte de los que encontraron los conquistadores
castellanos. Cuando los españoles, en vez de aprovecharse de la
enseñanza que les daban los levantamientos del Perú, en tiempo del
virrey Jáuregui; la revolución del Socorro en Nueva Granada, bajo
el gobierno de don Manuel Antonio Flores; la prematura intentona de
Chile; los movimientos de Méjico, la asonada de Belén en Guatemala,
y los demás síntomas que se dejaban ver en el resto de la América
española;--cuando los castellanos, digo, en vez de aprovecharse de la
lección elocuente que los sucesos les suministraban, sólo fueron duros
é inhumanos con los vencidos, fomentaban ellos mismos, con la represión
violenta, los varios elementos de la guerra de independencia, prevista
por el político conde de Aranda, que anunció la emancipación de las
colonias americanas, y reconoció que sus grandes desórdenes eran tan
añejos, arraigados y universales, que no podían evitarse ni en un siglo
de buen gobierno; sin que por otra parte, la distancia permitiera jamás
el remedio radical del sistema monstruoso que se había implantado.