sino científica, por decirlo así, apoyada en las más excelsas y
acatadas autoridades.
Y efectivamente, fué defendida con el mayor calor de palabra y por
escrito; y en ciertas ocasiones solemnes delante del emperador Carlos
V, que asistió desde su trono, y rodeado de sus altos dignatarios, á
controversias sobre esta materia[126].
[126] Herrera, Historia General de las Indias, déc. II, libro
IV, cap. 4.º y 5.º, y déc. III, lib. 8.º cap. X.--Edición que
se encuentra en la Biblioteca Nacional de Guatemala.
La doctrina de la condición inferior y servil de los indígenas
americanos llegó á generalizarse tanto, y á ser tan aceptada, que
el Papa Paulo III se creyó obligado á condenarla, como lo hizo por
dos breves expedidos en Roma, á 10 de Junio de 1537, en los cuales
decidió "que es malicioso y procedido de codicia infernal y diabólica
el pretexto que se ha querido tomar para molestar y despojar los
indios, y hacerlos esclavos, diciendo que son como animales brutos é
incapaces de reducirse al gremio y fe de la iglesia católica; y que él,
por autoridad apostólica, despues de haber sido bien informado, dice
y declara lo contrario, y que manda que así á los descubiertos como
los que adelante se descubrieren sean tenidos por verdaderos hombres,
capaces de la fe y religión cristiana, y que por buenos y blandos
medios sean atraídos á ella, sin que se les hagan molestias, agravios
ni vejaciones, ni sean puestos en servidumbre, ni privados del libre
y lícito uso de sus bienes y haciendas, con pena de excomunión, _lata
sententia ipso facto incurrenda_, y reservada la absolución á la Santa
Sede Apostólica, á los que lo contrario hicieren, y que esa aún no se
les pueda dar sino en el artículo de la muerte, y precediendo bastante
satisfacción"[127].
[127] "Los Precusores de la Independencia de Chile, por Miguel
Luis Amunátegui. Tomo II, pág. 8a. Santiago, imprenta de la
República, 1871.
Ni es sólo el historiador chileno el que pinta con vivos colores la
malhadada suerte de los indios. El notable literato González Suárez,
dice "que los indios llegaron á comprender el ansia que los españoles
tenían de oro, y en venganza y represalia de los malos tratamientos
que de ellos recibían, ocultaron todas las riquezas que en la ciudad y
en otros pueblos había, y tan bien las escondieron, que hasta ahora,
no se ha logrado descubrirlas, y tal vez no se hallarán jamás. Empero,
los conquistadores, viéndose burlados en sus más lisonjeras esperanzas,
descargaron toda su cólera contra los indios, y principalmente contra
los caciques ó régulos de los pueblos, á quienes tomaban presos y
atormentaban para que declararan donde estaban escondidos los tesoros
de Atahualpa. A unos quemaban á fuego lento, á otros les cortaban
las orejas, ó les mutilaban cruelmente, cortándoles no sólo las
orejas, sino las narices, las manos y los piés. Amarraron á muchos
de dos en dos por las espaldas, y así amarrados los ahogaron en el
Machángara, precipitándolos desde las peñas, por donde se complacían en
verlos bajar, dando botes, rodando hasta el agua. Por dos ocasiones,
encerraron á muchos en casas y les pegaron fuego, haciéndoles morir
dentro abrasados. Otro género de crueldad usaron, que destruyó á
millares á los indios, y fué la siguiente: para los viajes, para las
expediciones que emprendían, reclutaban centenares de indios, y los
empleaban en hacerles llevar á cuestas el fardaje: los pobres indios,
con mezquino y nada sustancioso alimento, durmiendo á la intemperie,
rendidos de cansancio, abrumados de fatiga, quedaban muertos en
los caminos, de tal manera, que de los muchos que eran llevados á
esas expediciones, apenas volvían á sus hogares unos pocos. En esas
expediciones no se respetaban ni los más sagrados vínculos de la
naturaleza, ni los más tiernos afectos del corazón: el español tenía
en más su rocín que un indio!!... Las familias se veían desoladas,
porque los padres, los esposos, los hermanos, eran llevados por el
conquistador lejos de sus hogares á climas mortíferos, de donde les
sería casi imposible volver; así es que el viaje con los extranjeros
era la despedida para el sepulcro. Y muchas veces no era el clima
insalubre, ni la falta de alimento, ni el cansancio, lo que hacía
perecer á los desventurados indios: los españoles, para hacerse temer,
incendiaban de propósito los pueblos y los reducían á cenizas, ó hacían
despedazar á los desnudos indígenas con jaurías de perros, que mandaban
llevar con ese objeto; ni era menos frecuente el ver las mujeres
oprobiadas por el sensual conquistador, quien, para cohonestar sus
vicios, calumnió á la raza americana, diciendo que era incapaz de los
delicados afectos de familia"[128].
[128] Herrera, Oviedo y Castellanos hablan bien claro de las
crueldades cometidas por los conquistadores contra los pobres
indios en América: aquí, como en todas partes, la conquista
ofrece escenas sangrientas. Véase el Opúsculo del P. Fray
Bartolomé de las Casas, sobre la _Brevísima destrucción de las
Indias_, en el tomo 71.º de la Colección de documentos inéditos
para la Historia de España-Madrid 1879. El conocido académico
de la Historia, señor Fabié, hizo una nueva edición de los
escritos del P. Las Casas, para completar é ilustrar con ellos
la Biografía del famoso defensor de los indios. En el tomo
II de la Biografía, en el apéndice XXI, se halla una copiosa
relación de las horribles crueldades que se cometieron en la
conquista de América. Según este documento, Rumiñahui murió
asaetado: y Zopozopangui atenaceado. Creemos estas narraciones
no poco exajeradas.
No soy yo, por cierto, de los que creen que si nuestras miradas no
divisaran á Colón y á las Casas, no se vería en medio de las escenas
abominables que han ensangrentado la América, nada que pudiese consolar
la humanidad. Con raras excepciones sin embargo, los aventureros que
venían á estas tierras, en lo que menos pensaban era en el bien y
provecho de los miserables indios, sino en hacer riquezas, á cambio de
exponer momento á momento la existencia. Así es que no puede parecer
extraño que explotasen y maltratasen á los primitivos pobladores de
los países conquistados. Ni la época era de extremada cultura, ni el
móvil que los traía fué de civilización, ni las ideas de entonces,
ni el ambiente social en que se encontraron, daban lugar á otros
trámites y procederes que aquellos de los españoles; y en medio de
todo eso, es innegable que los reyes de España, desde el punto del
descubrimiento, pusieron mucho empeño en amparar y proteger á los
naturales de América. La magnánima doña Isabel, cuyo corazón era fuente
inagotable de amor hacia sus súbditos, dió órdenes muy estrictas para
el buen tratamiento de los indios, y hasta enfadóse con Colón porque
_osaba convertir en esclavos á sus vasallos_[129]. En el testamento
de la excelsa reina, recomendó muy encarecidamente que se amparase á
los aborígenes. El emperador Carlos V y el sombrío y cruel Felipe II
expidieron leyes paternales en pro de los indígenas. _La Recopilación
de Indias_ es un elocuente monumento de la regia solicitud con que, en
todas ocasiones, los monarcas españoles se preocuparon por la felicidad
de los aborígenes; pero ya se verá por qué aquellas filantrópicas
disposiciones se quedaban casi siempre escritas en el papel, sin dar el
resultado que hubiera sido apetecible.
[129] Navarrete--Colección II, número 45.
Con la conquista, quedaron los vencidos en verdadera esclavitud, de
hecho[130], hasta el punto de que, pasados los horrores de la guerra,
tenían los hijos de los reyes de este suelo que demandar por limosna el
pan á sus señores los españoles, como les sucedió á los descendientes
de Atahualpa. Con todo, no fué tan absoluta la abyección en que cayeron
los aborígenes, que no dejasen de hacer alguna vez esfuerzos heroicos
por su libertad, sin lograr más que promover el derrame á torrentes de
más sangre y provocar la ira horrenda de sus dominadores, que acabaron
por disminuir en más de la mitad la población americana, antes de que
alboreara el siglo XVII, según lo demostraré en uno de los capítulos
siguientes.
[130] Véase "Los viajes de Tomás Gage"--París--1838, tomo II,
página 71, en donde habla de la miserable condición de los
indios de Guatemala, "_tan triste como la de los esclavos_."
La conquista de América fué, en suma, la epopeya apocalíptica de
heroicos hechos, proezas increíbles, vicios horrendos, actos salvajes,
virtudes filantrópicas, creaciones nuevas, destrucciones impías y ayes
de dolor de una raza entera. Necesaria evolución, acaecida cuando el
mundo antiguo, en medio de estruendoso clamoreo, se hallaba viejo y
estrecho para el Renacimiento de la humanidad.
CAPITULO SEGUNDO
=Las leyes de Indias=
SUMARIO
Carácter y tendencias de las Leyes de Indias.--Noble
conducta de Felipe IV para con los indios.--Pragmática de don
Carlos II.--Privilegios en favor de los indios.--Conducta de los
conquistadores.--El interés pudo más en América que la elevada
actitud de los monarcas españoles.--Informe del arzobispo
don Cayetano Francos y Monroy acerca de la condición de los
aborígenes.--Cómo se desvirtuaban las filantrópicas miras de los
reyes españoles.--Motivos principales que se oponían al buen gobierno
de las Indias.
Todo lo relativo al gobierno de América estaba tan prolija y
menudamente reglamentado en las Leyes de Indias, que parece no hubieran
querido los monarcas españoles dejar nada fuera del alcance de los
preceptos legales. Ni hay en el mundo otro código que haya previsto
tanto caso, ni consultado con más solicitud las ocurrencias todas que
podían acaecer en este Continente. Si la tendencia de esta legislación
era la de alargar lo más posible el poderío español en las colonias,
también es preciso reconocer que tales leyes reflejan un espíritu de
justicia y de protección hacia los aborígenes, de que ningún otro
pueblo conquistador, más que España, puede envanecerse.
Si se consulta la época en que las _Leyes de Indias_ se expidieron y
el estado en que la América se encontraba después de la conquista,
se comprenderá por qué no era dable que se hiciera más de loque se
hizo, en esa famosa compilación, que si respira á las veces espíritu
restrictivo, propio de aquellos tiempos, ostenta á vueltas de los
defectos de que resiente, intención elevada y deseo de amparar á los
infelices aborígenes.[131]
[131] El año 1680 se publicó la Recopilación de Indias.
En 1628, llegaron á noticia de Felipe IV los malos tratamientos de
que eran víctimas los naturales de estos países, y no sólo recomendó
la más estricta observancia de todas las anteriores pragmáticas y
cédulas en pro de los indios, sino que, inspirado por un celo noble y
en extremo laudable, escribió de su puño lo siguiente: "Quiero que me
déis satisfacción á mí y al mundo del modo de tratar esos mis vasallos,
y de no hacerlo con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados
ejemplares castigos en los que hubieran excedido en esta parte, me
daré por deservido; y aseguráos que aunque no lo remediéis, lo tengo
de remediar, y mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en
esto, por ser contra Dios y contra mí, y en total ruina y destrucción
de esos reinos, cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como
lo merecen vasallos que tanto sirven á la monarquía, y tanto la han
engrandecido é ilustrado."
Carlos II hizo insertar este mandato de su padre en la ley 23, título
X, libro VI de la _Recopilación de Indias_, declarando que "su voluntad
era que los indios fuesen tratados con toda suavidad, blandura y
caricia, y de ninguna persona eclesiástica ó secular ofendidos; y
mandando á los virreyes, presidentes, audiencias y justicias que visto
y considerado lo que el rey don Felipe IV había sido servido de mandar,
y todo cuanto se contenía en las leyes dadas en favor de los indios, lo
guardasen y cumpliesen con tan especial cuidado que no diesen motivo á
su indignación, y para todos fuese cargo de residencia."
Aquellos soberanos, dice D. Miguel Luis Amunátegui, no se limitaron
á reconocer una y mil veces, y de la manera más solemne, que los
indígenas americanos eran iguales á sus vasallos españoles, y tan
libres como ellos, y por lo tanto dueños de sus personas y de sus
bienes.
Hicieron más todavía.
Decretaron en su favor todos los privilegios que el derecho ha
inventado para amparar contra los abusos del fraude y de la violencia á
las personas ignorantes ó desvalidas.[132]
[132] Los indios estuvieron á cubierto de las iniquidades de la
Inquisición. Ley 25, t. I. Libro 6.--Ley 17, Lib. I, de la Rec.
de Indias.
En el t. 1. del Cedulario de la antigua Real Audiencia hay
muchas cédulas en favor de los indios del Reino de Guatemala.
Entre otros, son muy notables los que siguen:
Los virreyes, audiencias y demás magistrados de las Indias debían poner
particular cuidado en que los indios comprasen sus bastimentos por
precios equitativos, "tasándolos con justicia y moderación"; y "en que
los hallasen más baratos que la otra gente, en atención á su pobreza y
trabajo," debiendo castigar los excesos con demostración."[133]
[133] Recopilación de Indias, libro 6, tít. I, ley 26.
Eran declaradas nulas las compras que se hicieran á los indígenas, á
menos que se efectuaran en almoneda pública, debiendo pregonarse por
el término de treinta días si se trataba de bienes raíces, y por el de
nueve si se trataba de muebles que valiesen más de treinta pesos de oro
común. Los objetos de menos valor no podían ser enajenados sin permiso
é intervención de la justicia.[134]
[134] id id id id 4, tít. I, ley 27.
Las tropelías y vejaciones perpetradas contra los infelices naturales
causaban tanto disgusto, tanta repugnancia, tal vez tanto sonrojo
en la corte, que los reyes ordenaron que en las capitulaciones para
nuevos descubrimientos "se excusara la palabra _conquista_, y en su
lugar se usara de las de _pacificación_ y _población_, pues habiéndose
de hacer con toda paz y caridad, era su voluntad que aun este nombre
interpretado contra la real intención no ocasionase ni diese color
á lo capitulado, para que se pudiese hacer fuerza ni agravio á los
indios".[135]
[135] Recopilación de Indias, libro IV, tít I, ley 6.
Por desgracia, la supresión del nombre no importaba la supresión de la
cosa.
De los hechos que acabo de mencionar muy en resumen, aparece que había
acerca de la condición y tratamiento de los indígenas americanos dos
doctrinas diametralmente opuestas, sostenida la una por los reyes y
practicada la otra por los conquistadores.
La opinión real era defendida en América, comunmente por los
eclesiásticos y los legistas.
Según los conquistadores, los indios eran siervos _á natura_, incapaces
de comprender y malos por instinto; especie de bestias, que no podían
tener otro fin que el de ejecutar oficios de tales. Al observar la
manera como se trata á los indios, escribía el rey á la audiencia
de Quito en 19 de Octubre de 1591, "parecen haber nacido sólo para
el servicio de los españoles"; y en efecto era lo que creían los
conquistadores.
Según los reyes, los indios eran hombres como todos los otros, aunque
más desgraciados y miserables, á quienes los monarcas de España, por
disposición de Dios y del papa, debían instruir en la verdadera fe,
para que en la tierra sirviesen á las dos Majestades, y pudieran de
este modo ser bienaventurados en el cielo.
El destino del desdichado indio, era para los conquistadores el
provecho personal de su amo; y para los reyes, su conversión al
catolicismo.
Cualquiera habría imaginado que la doctrina sostenida con tanto empeño
y constancia, de abuelos á hijos, por los omnipotentes reyes de España
hubiera sido la que había de prevalecer.
En abstracto, prescindiendo de las circunstancias especiales, esto
habría sido lo lógico, lo natural; pero la fuerza de la situación pudo
más que la voluntad soberana de una larga serie de monarcas absolutos y
venerados.
En vano dijeron: esto es lo que queremos y lo que ordenamos; y en vano
se llevaron repitiéndolo de año en año, por espacio de tres siglos.
Su generoso y ardiente anhelo de hacer á los indígenas dichosos en este
mundo y en el otro, tuvo que quebrantarse delante de una situación
que no pudieron dominar completamente, que no pudieron amoldar á sus
benéficos planes.
El genio de Colón había dado á los reyes de España la magnífica presea
de un vasto mundo, ignorado hasta entonces en medio de las aguas del
océano.
Pero una vez descubierto el nuevo Continente, había que tomar posesión
de él; había que conquistarlo, como se dice en la lengua vulgar; había
que pacificarlo y que poblarlo, como dice la ley de Indias.
La empresa era por demás ardua y dificultosa.
Para ello, había que imponer la ley á una población desprovista de
medios de ataque y defensa comparables á los de los europeos, pero en
compensación sumamente numerosa; y sobre todo, había que vencer una
naturaleza exuberante é imponente; los ríos, las selvas, las ciénegas,
las cordilleras; y había que soportar todo linaje de privaciones y de
penalidades, desde el hambre hasta la fiebre.
Habría sido bello, admirable, sublime, el espectáculo de una nación
que se hubiera encargado de convertir á la civilización aquellas
poblaciones bárbaras ó semibárbaras, con todo desinterés, sin otro
estímulo que el de servir á un principio santo, que el de cumplir un
gran deber, que el de realizar una obra que se presumía ser sumamente
grata á Dios.
Las cruzadas de esta especie á la América, en el siglo XVI, para
libertar á los indígenas de los vicios de la barbarie, habrían sido
harto superiores á las que en el siglo XI se dirigieron al Asia para
libertar de la dominación musulmana el santo sepulcro.
No pretendo negar que entre las turbas de aventureros que vinieron
al Nuevo Mundo, al tiempo del descubrimiento, ó en las épocas
posteriores, hubiera algunos varones insignes y preclaros á quienes
animaban los afectos más generosos, el anhelo de la gloria, el deseo
del engrandecimiento de la patria, el propósito de ser útiles á sus
semejantes y á su religión.
Pero por desgracia esas fueron excepciones.
La gran mayoría de los conquistadores y colonizadores españoles miraban
más por la granjería de sus haciendas, que por la salvación de las
almas infieles.
Aquello que buscaban con empeño desmedido era, no tanto méritos para la
bienaventuranza celestial, como recursos para la prosperidad terrena.
Inmediatamente que llegaban á una comarca, preguntaban á los indios por
el oro y la plata que en ella había, hasta el extremo de que algunos
de los interrogados se persuadieron que estos metales eran el dios que
aquellos extranjeros adoraban.
Ahora bien, no podían obtener el codiciado atesoramiento de riquezas
sin la cooperación forzada de los indígenas.
Los conquistadores españoles eran relativamente muy pocos: algunos
millares de individuos esparcidos en un vastísimo Continente.
Aún cuando hubieran tenido voluntad de trabajar, y tiempo de hacerlo,
no habrían bastado por sí solos, particularmente en medio de tantas
y tan variadas atenciones, para enriquecerse, y sobre todo para
enriquecerse pronto y muy pronto, como lo pretendían.
La metrópoli, á lo que se ocurre, no podía disponer más que de dos
arbitrios para tomar posesión del Nuevo Mundo: ó formar cuerpos pagados
de conquistadores, ó dejar la empresa á la actividad individual de sus
súbditos.
Lo primero era materialmente imposible. La monarquía española, de
erario siempre escueto, no tenía que gastar. Para equipar las tres
miserables carabelas de la expedición de Colón, la reina Isabel tuvo
que empeñar sus joyas. ¿Cómo habría podido la metrópoli levantar
ejércitos asalariados para enviarlos á América y en seguida proveerlos
y mantenerlos en ella?
No quedaba más que el segundo arbitrio, que fué el que se adoptó.
Pero habría sido insensato imaginarse que tantos aventureros desalmados
hubieran venido á arrostrar todo linaje de fatigas y penalidades, sin
el atractivo de una ganancia pronta y muy cuantiosa.
Y ésta, dadas las circunstancias, no podía conseguirse sin la
explotación de los pobres indígenas"[136].
[136] "Los precursores da la independencia de Chile," por
Miguel Luis Amunátegui, Tomo II, p. 18 y 19.
Por eso no bastó el plausible anhelo de los monarcas iberos para hacer
felices á los indios. El interés, que es la gran palanca que mueve al
mundo, pudo más en América que la noble actitud de los reyes españoles,
desde el otro lado del océano; el interés de los que aquí venían en
busca de oro, les hizo considerar á los indios como siervos _á natura_,
á pesar de las opiniones de los legistas y de los eclesiásticos, que
propalaban por lo común, los derechos de los pobres naturales de estas
tierras, como antes se ha dicho.
El Ilmo. Don Cayetano Francos y Monrroy, Arzobispo de Guatemala, en
un informe que expidió el 13 de Agosto de 1784, decía: "Es opinión
entre algunos que _al indio hasta quitarle el dinero y el pellejo_.
Lo peor no es que se diga, sino que se ejecute........ He aquí porqué
dice el Señor Palafox que el juicio de los indios ha de ser terrible y
temible. Sin embargo, no extrañaré que haya quién diga que es preciso
tratarlos de esta suerte para sujetarlos y que no se subleven. Tampoco
me hará fuerza que se asegure que el indio es por naturaleza incapaz,
idiota y poco menos qu irracional. Lo primero, á más de ser por decirlo
así, una herejía política, es un error enorme, y ésto sólo se puede
decir por quien no los ha tratado, oído ni visitado, como padre y
como pastor, que como dice el Pr. Palafox, es donde únicamente se les
conoce. Lo que á mí me ha enseñado la experiencia sobre este punto,
es á la verdad todo lo contrario; y por lo mismo, afirmaré que por lo
común se vive muy equivocado, pues el indio es por naturaleza humilde,
agradecido, garboso, fiel y capaz para cualquier oficio y aun también
para el estudio, pues no ha faltado algún otro, aunque muy raro, que
habiéndose dedicado á las letras se ha graduado en la universidad de
Salamanca, y ascendiendo á las sagradas órdenes, ha desempeñado con
acierto el oficio de párroco en el pueblo de Ocosocoutla del obispado
de Chiapa"[137].
[137] "Gaceta de Guatemala," del lunes 6 de Junio de 1803.--n.º
306, tomo VII, folio 239.
Es innegable, pues, que á la sombra de las benéficas leyes de Indias
se habían introducido en América, innumerables abusos, y que, por
medios ingeniosos y atrevidos se burlaban las más de las veces las
providencias reales. A mediados del último siglo, emitieron dos
célebres matemáticos, D. Antonio de Ulloa y D. Jorge Juan un informe
secreto á Fernando VI, que fué impreso en Londres el año 1826, en la
tipografía de R. Taylor. En esa importante obra, escrita por dichos
sabios, se narra la crueldad y extorsiones de que fueron víctimas los
indios; las causas de su origen y los motivos de su continuación,
durante tres centurias.