de la lengua española. Es una corrupción de la palabra mexicana
atulli. Se compone de _at_ que significa agua, y de _ulli_,
goma, ó sea goma disuelta en el agua, ¿qué razón tendrían para
corromperla?
[112] Xoco-atulli.--Hoy se dice, siguiendo la alteración de sus
palabras radicales, Xuco-atole. Quiere decir atulli mezclado
con algún otro fruto.--_Xoco_, la x debe pronunciarse como la
_ch_ inglesa, y entonces da un sonido perfectamente imitativo
al de los indios.
Con el mismo cocimiento de zarzaparrilla, guacayán, cebada y azúcar sin
purificar (_rapadura_), hacen una cerveza agradable (_chicha_), que
reputan como antisifilítico y tiene un uso común en el país. Así mismo
confeccionan con aquellas sustancias distintos jarabes.
El agua de achiote (Bixa Orellana) tiene mucha reputación para la cura
de la gonorrea. Es de creer que los antiguos indígenas considerando
esta sustancia como un remedio apropiado para la sífilis, lo aplicarían
á título de cosmético, para precaverse de ella con la mira de
simularla, según el Doctor Esparragosa, ó con los dos fines á la vez.
En Haití, los médicos á quienes llamaban _Bohuitihú ó Bohuitis_, antes
de salir de su casa para ir á ver al enfermo, se ponen negra toda la
cara con hollín y carbón. Las grasas unidas á otros cuerpos inertes
como el achiote, algunas tierras, el polvo de carbón, etc., ponen una
barrera entre la piel y lo que toca con ella; por este motivo ¿no
reputarían aquellos arbitrios, además de los otros usos que les daban,
como medios profilácticos contra la lepra, por cuya causa siempre se
presentaban los indios untados de diferentes colores?[113]
[113] _Ensayo Histórico sobre la enfermedad venérea_, por el
Sr. Dr. Don Mariano Padilla.
Sabían bien nuestros indios reducir una lujación, sangrar con _chayes_
(obsidiana), soldar un hueso roto, curar sus heridas con aguas y yerbas
medicinales, extirpar tumores,[114] embalsamar los cadáveres etc.
Los baños fríos, templados y calientes, eran muy usados para ciertas
dolencias. El baño de _temaxcal_ que es á manera de baño turco muy
rudimentario, dentro de una especie de horno, lleno de vapor de agua,
lo han usado los indígenas desde los tiempos primitivos.
[114] Olivares--Historia Civil, Lib. I, Cap. 14.
Los vestidos, entre los indios, no obedecían, ni obedecen, al capricho
inconstante de la moda. Siempre han sido los mismos, como entre los
orientales, y sólo se diferencian de un pueblo á otro. Los nobles
llevaban un vestuario de camisa y calzones blancos con flecos, y sobre
ellos otros calzones labrados que les daban á la rodilla: traían las
piernas desnudas y su calzado era una sandalia de cabulla, asegurada
con unas correas sobre el tobillo y por el talón: las mangas de la
camisa las arregazaban hasta el codo, con una cinta azul ó encarnada:
traían el pelo largo y cogido hacia atrás, trenzado con un cordón
de los referidos colores, que remataba en borla, insignia concedida
á grandes capitanes: ceñíanse la cintura con una toalla de colores,
que terminaba en una lazada por delante: sobre los hombros llevaban
una tilma de hilo blanco, labrada con figuras de pájaros y leones,
del mismo color, perfilada de torzales y flecos: traían taladradas
las orejas y el labio inferior, y pendientes en una y otra parte unas
estrellas de oro ó plata, y en la mano la insignia de su oficio ó
dignidad. Los indios del día sólo se diferencian de los antiguos en
que traen el pelo cortado, las mangas de la camisa sueltas y no usan
pendientes ni en las orejas, ni en el labio.
Las indias visten con grande honestidad: cubren el medio cuerpo con
unas enaguas, que les llegan hasta el tobillo y un _güipil_, que puesto
sobre los hombros las cubre hasta las rodillas: éste era todo labrado
de hilo de colores, y en el día lo bordan con seda. El cabello lo
usan trenzado con cintas de hilo de varios colores; y también traían
zarcillos en las orejas y en el labio inferior.
El traje de los indios mazeguales ó plebeyos era muy simple y pobre:
no se les permitía el uso de mantas de algodón, sino de unas telas de
pita; y éste se reducía á una camisa larga, cuya falda delantera la
entraban por entre las piernas hacia atrás, y la de las espaldas la
traían hacia adelante, ciñéndose con una tohallita y abrigando con otra
la cabeza. Este traje lo usan todavía algunos indios de las costas;
aunque lo más común es que los indios de tierras cálidas anden casi
desnudos, sin más que el _maztlate_, que es un paño con que en parte se
cubren.
Los indios bárbaros del reino de Guatemala, á distinción de los de
Sinaloa, que andan enteramente desnudos, traían una tohalla larga en
la cintura, que entrando por la horcajadura, les cubría siquiera algún
tanto. Los nobles usaban esta tohalla de algodón muy blanco; mas los
plebeyos la hacían de cierta corteza que puesta á la corriente del río
por algunos días y después bien batanada, parecía una finísima gamuza
de color anteado. Andaban siempre pintados de negro, lo cual no era
sólo por gala, sino por preservarse de los mosquitos: ceñíanse las
cabezas con una cinta de algodón blanca ó de otros colores, y en ella
prendían algunas plumas rojas, que los capitanes ó señores las usaban
verdes. Traían el pelo suelto hacia la espalda, y pinjantes en los
labios y narices. Llevaban el arco y la flecha en la mano y el carcax
colgado al hombro.[115]
[115] _Juarros_, Historia de Guatemala. Tít. II, pág. 32.
Si el famoso Torquemada (2ª parte, cap. 28) no exagera, hase de
creer que los indios del reino de Guatemala ponían muy particular
cuidado en la educación de sus hijos, pues había seminarios para
niños y niñas nobles. Los mazeguales vivieron en ruda dependencia,
y las infelices mujeres llevaron siempre á sus niños colgados á las
espaldas y sostenidos por un paño, que todavía se atan sobre el pecho.
Así trabajan y andan grandes jornadas. No los abrigan ni los mecen en
cunas, sino que los echan al suelo ó los duermen en rústicas hamacas.
Comen sin mantel ninguno, y duermen en toscos _tapexcos_, formados de
cañas ó de troncos de árboles. Tuvieron en otro tiempo, los magnates y
grandes muchas más comodidades y una cultura que hoy ya no se revela en
ninguno de esos pueblos.
En medio de esa civilización relativa en que se encontraban los indios
de Guatemala, al tiempo de la conquista, había sacrificios humanos
y otras bárbaras costumbres, que reseñadas quedan en los capítulos
anteriores. Nada extraño es que, así como en la culta Roma, iban las
vestales mismas y las nobles doncellas á deleitarse al anfiteatro con
escenas horribles, de sangre y de dolor, fuesen las indias americanas
y los niños á presenciar, con unción, las impías farsas y cruentos
holocaustos de sus idolátricos ritos.[116]
[116] Brasseur de Bourbourg, p. 678, tít. IV: Histoire du
Mexique et de l' Amérique Centrale.
Eran muy dados nuestros indios, según se ha visto en el capítulo
anterior, á los _mitotes_ ó bailes de diversos géneros, siendo digno de
mencionarse el que llamaban _oxtum_, y que lo hacían al són de los más
ruidosos instrumentos de música, preparándose antes por algunos días,
sin tocar mujeres, y tomando afrodisiacos. Durante el baile, érales
lícito apoderarse de las hembras que les pluguiese escoger, para usos
torpes y deshonestos.[117]
[117] Recordación Florida de Fuentes y Guzmán, t.º I, p. 41,
Madrid 1882. Los indios de Alatenango, mandaron á ofrecer mil
pesos al Capitán General Dn. Martín Carlos de Mencos, á fin
de que les diera licencia para bailar un _Oxtum_. No se les
concedió tal permiso, ni se les recibió el dinero, sino que se
les impuso un castigo.
Los pipiles, en el Salvador, se contaban entre las naciones
semicivilizadas, en el siglo XVI, cuando los españoles llegaron á estas
tierras; pero nunca tuvieron rey, sino dos capitanes, electos por los
sacerdotes, á quienes todos obedecían[118]. En realidad, esos pequeños
jefes, dice Squier, más bien eran aliados, para fomentar y proteger los
intereses generales[119].
[118] García. Origen de los indios, pág. 329.
[119] Squier, Central América, pág. 331.-4.--
Cuando los españoles llegaron á Nicaragua, se hallaba aquel territorio
dividido en provincias, habitadas por tribus de distintas lenguas,
acerca de las cuales habla Oviedo, refiriendo que eran gobernadas por
ancianos electos por el pueblo.
Los chontales de Nicaragua eran muy incultos, y no les iban en zaga los
talamancas, guaimies, chorotegas, y otros de la parte de Costa Rica,
que casi han desaparecido.
Aunque ya se ha hablado detenidamente, en el capítulo III, de los
sacerdotes, de los altares, y de los sacrificios que hacían á sus
dioses, creo muy oportuno transcribir aquí lo que acerca de esos
puntos, pudo observar el oidor de la Real Audiencia de Guatemala, D.
Diego García del Palacio, á raíz de la conquista española, quien en su
informe al rey, le dijo: "Allende del cacique y señor natural, tenían
un Papa que llamaban _Tecti_, el cual se vestía de una ropa larga azul,
y traía en la cabeza una diadema y á veces mitra, labrada de diferentes
colores, y en los cabos de ella, un manojo de plumas muy buenas, de
unos pájaros que hay en esta tierra, que llaman _quetzales_[120];
traía de ordinario un báculo en la mano, á manera de obispo, y á éste
obedecían todos en lo que tocaba á las cosas espirituales. Después
de éste, tenía el segundo lugar en el sacerdocio otro que llamaban el
_Tehua-Matlini_, que era el mayor hechicero y letrado en sus libros y
artes, y el que declaraba los agüeros y hacía sus pronósticos. Había,
allende de estos, cuatro sacerdotes que llamaban _Teupixqui_, vestidos
de diferentes colores y de ropas hasta los piés, y eran negros,
colorados, verdes y amarillos, y éstos eran los del consejo de las
cosas de sus ceremonias, y los que asistían á todas las supersticiones
y boberías de su gentilidad. Había también un mayordomo, que tenía
cuidado de guardar las joyas y preseas de sus sacrificios, y el que
abría y sacaba los corazones á los sacrificados, y hacía las demás
cosas personales que eran necesarias. Sin los dichos había otros, que
tenían trompetas é instrumentos de su gentilidad, para conocer y llamar
la gente á los sacrificios que habían de hacer."
[120] Aún hoy lleva el mismo nombre este pájaro en todo
Centro-América; y es sin duda alguna el de más hermoso plumaje
de toda la América. Es el quetzal (_Trogon resplendens_ Gould,
_Pharomacrus Mocinno_, de La Llave) del tamaño de una paloma,
su plumaje de un color tornasol verde-dorado, el pecho es de un
color cinabrio brillante, y el macho, al tiempo de empollar,
luce generalmente dos hermosísimas plumas de tornasol, verde
dorado que á menudo tienen la dimensión de un metro. El adorno
de la cabeza del sacerdote mayor, mencionado arriba, debe de
haber consistido en un penacho de estas plumas de quetzal.
No hubo, según afirma Bernal Díez del Castillo (cap. 172) al tiempo
de la conquista, ningún camino de Méjico para estos pueblos de Centro
América, sino estrechísimas veredas, que en muchos lugares se cerraban.
Eran independientes de Moctezuma los poderosos monarcas del Quiché,
Guatemala y Atitlán. La corte de los mames, ó sea Huehuetenango,
hallóse desierta y asolada, á la sazón que Gonzalo de Alvarado llegó
á conquistarlos y á batir la espléndida fortaleza de Socaleo, en la
cual murieron mil ochocientos indios. Era aquella ciudad muy rica y
populosa; pero la más grande, opulenta y digna de atención fué la
historica Utatlán, que ha sido ya descrita en el capítulo II. _Xelahú_,
que hoy es Quezaltenango, estaba gobernada por diez capitanes, y tenía
más de trescientos mil habitantes. Además, era famosa la ciudad de
_Chemequeñá_, que quiere decir _sobre el agua caliente_, y hoy es el
pueblo de Totonicapam, perteneciente al señorío quiché, que pudo poner
á disposición de Tecum-Umán noventa mil combatientes. La ciudad de
Quiriguá es monumental, y de ella hizo una descripción muy notable Mr.
Maudslay, viajero inglés, que visitó nuestro suelo[121]. Estando en
Guatemala aquel anticuario, supo por mi amigo Don Eduardo Rockstroh,
haber otra ciudad inexplorada, que muy á la ligera había visto en sus
excursiones. Situada en un recodo del río Usumacinta, en un paraje
en que los violentos raudales impiden la navegación y donde vienen á
coincidir los límites de Tabasco, Chiapas, Petén, y Huehuetenango,
pasada la Sierra Madre, se encuentra apartada de todo tránsito, aunque
próxima al pueblo de Tenosique y á las ruinas de Palenque. Llamaban al
referido lugar _Manché_, ó ciudad del Usumacinta, contándose maravillas
de los monumentos.
[121] Explorations in Guatemala, and examinations of the newly
discovered Indian ruins of Quiriguá, and the Usumacinta. 1833.
Entre los cakchiqueles fueron célebres las ciudades de _Patinamit_
ó Tecpán Guatemala, y _Mixco_, con fortificaciones excelentes y gran
cultura y adelanto. En el señorío Zutujil se admira la famosa corte de
Atitlán, entre riscos escarpados á la orilla del lago más pintoresco
del mundo. Cuando los españoles lograron sojuzgar aquel belicoso
pueblo, era muy crecido el número de habitantes, de espíritu altivo y
genio indomable. Hernán Cortés en una de sus cartas al emperador Carlos
V, refiere haber visto en Guatemala templos como los de Méjico. El
sacrificatorio de Tohil, en Utatlán, era un grandioso edificio cónico,
con una gradería al frente. En la cúspide tenía una planicie colosal,
con una alta capilla de piedra tallada y techo de preciosas maderas.
Las paredes eran de fino estuco, y sobre un trono de oro y piedras
preciosas estaba colocada la imagen del dios[122]. De las ruinas de las
grandes construcciones del Quiché se han sacado cimientos para casi
todas las casas de la población actual y materiales para construir la
iglesia que es grande y parte de los edificios públicos que hoy existen.
[122] Villagutierre--Historia de la Conquista Itza, p. 402.
La poderosa monarquía de Utatlán se hallaba, á la venida de los
españoles, en el colmo de su prosperidad y grandeza. Extensa de suyo,
rica en tierras y cultura, señora ya de muchos pueblos circunvecinos,
que habían sucumbido á la ambición de Kicab Tanub, quería subyugar, en
guerra sangrienta, á los zutujiles y á los mames, para ser la dueña
del más bello territorio que se extiende entre ambos mares y en el
centro del mundo. Estaba la nación Quiché, en su mayor auge, como la
Roma de los Césares en víspera de la caída del imperio, cuando vino
á realizarse de súbito aquel vago presentimiento que aterraba á la
raza indígena; aquella siniestra idea de que alguna vez sería sierva
de valerosos conquistadores; y el fantasma sombrío, que mostró con
aterida mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las
vírgenes cakchiqueles. En vano Kicab Tanub imploró auxilio del valeroso
Sinacam, rey de Guatemala, quien se declaró amigo de los _teules_
(españoles). El presuntuoso monarca zutujil contestó al requerimiento
del quiché, _que él solo y sin ayuda, se daría traza de defender sus
dominios de menos hambrientos y más numerosos ejércitos que aquel de
los extranjeros que marchaba contra Utatlán_.
No bastaron á los valientes quichés ni sus numerosísimos ejércitos,
que llegaron á doscientos treinta y dos mil infantes; ni sus ardides
y celadas; ni su bélico ardor, al ver muerto á su rey en el campo de
batalla; ni el recuerdo glorioso de las hazañas de sus progenitores; ni
el haber dejado, con su sangre, teñido el rio _Xequijel_..... Tuvieron
que sucumbir, como buenos, al rudo golpe del destino, y el sagrado
_quetzal_ dejó de serles propicio.
Entre las princesas reales del Quiché, era Xuchil la más bella y
graciosa. A la llegada de los españoles, acababa de casarse con uno de
los primeros dignatarios de la corona. La vió el jefe conquistador, y
so pretexto de saber por ella algunos detalles del modo de ser de las
cosas, la hizo llevar ante sí violentamente. Corrió sobresaltado y casi
loco el marido de la princesa, se arrodilló ante el español, ofrecióle
mucho oro y joyas por el rescate de aquella joven, con quien el amor
y lazos sagrados lo unían; pero el bárbaro jefe, sin piedad y sin
escrúpulos, arrojó de allí á las esclavas que llevaban los presentes;
se quedó con ellos; aprisionó al importuno marido; y después de
desfogar su torpe liviandad, conservó á la desdichada Xuchil entre sus
concubinas[123].
[123] M. S. Cackchiquel, ó Memorial de Tecpán Atitlán.
Proceso de residencia de D. Pedro de Alvarado, pág. 77.
Brasseur de Bourbourg--Histoire du Mexique et de l' Amérique
Centrale, t.º 4.º p. 656.
En andas de oro y con valiosos presentes salió después el sencillo
Sinacam, esmaltada su gloria con veintiocho coronas de sus nobles
ascendientes, á ponerse á las órdenes del conquistador Dn. Pedro
de Alvarado. El antiguo reino de _Jiutemal_ paso así rendido á los
monarcas de España. El águila cakchiquel plegó sus alas, y abandonó
para siempre á los primitivos señores de nuestro suelo.
Ni pudo el _Zutujil_ cumplir su palabra empeñada, de defender él solo
sus dominios; ni fué dado á las otras tríbus contener el ímpetu invasor
de los valientes iberos, que merced á la división de los indios, á
sus implacables rivalidades, á la inferioridad de sus armas y á la
enorme diferencia de cultura en que se hallaban, hicieron posible la
conquista americana, en todo caso heroica; por más que históricamente
fuera natural, y de antemano se hallase decretada por los designios
inescrutables de la Providencia.
SEGUNDA PARTE
=Los indios durante la dominación española en América=
CAPITULO PRIMERO
=Poderío español, régimen colonial, y suerte
reservada á los indios por la Conquista=
SUMARIO
Poderío de España en el siglo XVI.--No ha habido conquista sin
atroces crímenes.--Despotismo, centralismo y errores económicos de
la Península.--La ley cohibía la libertad, y el anatema religioso
dominaba la razón.--A los indios se les trataba con dureza y
crueldad.--Se popularizó la idea de que no eran hombres.--Los reyes
de España, sin embargo, pusieron empeño en proteger á los indios.--La
reina Dña. Isabel la Católica tuvo á mal á Colón que los hiciese
esclavos.--Carlos V y Felipe II expidieron leyes favorables á los
indios.--La Recopilación de las Leyes de Indias.--Obstáculos que á su
cumplimiento se oponían.--Antes de los comienzos del siglo XVII ya
había disminuído en más de la mitad la población indígena americana.
El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, y las famosas victorias
que en el antiguo Continente llevó á cabo Carlos V, hicieron de España
la más poderosa de las naciones, en cuyos vastos dominios jamás se
ponía el sol. Más de veinte veces mayor que el imperio romano, y
con riquezas superiores á los delirantes sueños de la ambición, se
extendía en el siglo XVI, por las principales partes del planeta, la
monarquía española.
Los populosos y antiquísimos imperios de esta mitad del globo fueron á
ley de conquista sometidos por los audaces aventureros, que hicieron
flamear en el Continente nuevo el pendón de castillos, símbolo de la
real majestad del trono de San Fernando. Desde Chiguagua hasta la
Tierra del Fuego, se obedecieron los mandatos y se acataron las leyes
de Felipe II y sus demás sucesores. Bajo el imperio del monarca ibero
quedaron los valientes aztecas, los indómitos quichés, los orgullosos
cakchiqueles, los sufridos zutujiles, los altivos incas, y las tribus
todas que poblaban la parte más culta y rica de la América.
¿Cuál fué la suerte que cupo á los indios durante aquella conquista, y
cómo se les trató y gobernó mientras fueron súbditos de España? Tal es
la materia de esta segunda parte, que procuraré tratar sin prevenciones
y odios, que hoy no tienen razón de ser, contra la Madre Patria, que
nos dejó su lengua, su religión, sus costumbres y su cultura social;
pero no por eso me será dable bosquejar el cuadro del gobierno de
la colonia, sin sombras ni manchas; dado que no hubo en la historia
conquista alguna sin violencias atroces, crímenes inauditos, dolores
indecibles y torrentes de lágrimas y sangre. Procuraré, en todo caso,
al dejar correr mi pluma, que sea como quería el orador romano que se
escribiese la historia, _sin odio y sin amor_.
En cambio de la flexibilidad que los reyes españoles mostraron para
aprovechar los elementos indígenas del Nuevo Mundo, rechazada por la
raza anglosajona como colonizadora, tenía el gobierno de los virreyes
y capitanes generales, muchas desventajas. "En efecto, España, que en
política soportaba y profesaba el despotismo, que en administración
practicaba el centralismo más completo, y que en economía política no
dejó de aceptar un solo error, ni logró poner en práctica una sola
verdad, no podía dar á sus colonias americanas más que lo que poseía:
despotismo, centralismo, y en consecuencia miseria.
Según el sistema español, el rey era, legalmente al menos, y acaso de
intención, el padre ó más bien dicho el tutor de sus fieles súbditos.
Estos estaban, por lo tanto, bajo la real potestad y bajo la guarda
de sus gobernantes. Punto de partida funestísimo que había de ser
manantial de todo género de torpezas é iniquidades. Una vez admitido,
en efecto, era preciso admitir que el rey era más competente que sus
fieles súbditos, tomados uno á uno ó en conjunto, para saber lo que les
podía aprovechar ó perjudicar, y que por lo tanto tenía facultad, y era
el único que la tenía para arreglar según su leal saber y entender, la
religión, la familia, la industria, el comercio, las costumbres y hasta
los peinados y los trajes. Consecuencia funesta de un principio falso,
pero consecuencia rigurosa.
En efecto, en materia de gobierno, ó se cree que los gobernantes,
llámense como se llamen, tienen _poderes delegados y limitados_, ó se
cree que pueden y deben tomar cuantas medidas estimen conducentes al
progreso y bienestar de la comunidad. El primero es el régimen de los
Estados Unidos; el segundo era el régimen de España."[124]
[124] Zorobabel Rodríguez, Miscelanea literaria, t.º II, p. 213.
No había, ni nunca pudo haber expansión social, ni iniciativa
particular, á influjo de aquel prurito de reglamentarlo todo. Cuando
se estudia la antigua legislación de España, pásmase uno al ver que la
voluntad del monarca intervenía hasta en las cosas más baladíes, en los
asuntos más ridículos. Ni sólo en Madrid _anduvieron á picos pardos_
muchas encopetadas señoras, cuando se publicó la pragmática para poner
á raya á las concubinas de los clérigos, ni sólo allá se daban reglas,
por el legislador, acerca del tamaño que por abajo y por arriba debían
tener los vestidos de las mujeres, sobre las joyas que podían usar las
nobles y las plebeyas. Fué asunto serio la forma del peinado y altura
del copete de los oidores, el traje del presidente, las etiquetas
del cabildo, el monopolio del pescado por los frailes, las fiestas
en que hubiese asistencia á la iglesia mayor. La autoridad, á título
de solicitud paternal, metía la mano en los más recónditos secretos
de la vida doméstica. La ley en lo civil cohibía en aquella época la
libertad, y el _anatema religioso_ dominaba la razón.
En cuanto á los indios, tratóseles con dureza y hasta con crueldad;
crueldad y dureza que inspiraron al filántropo P. Las Casas su obra
famosa, que á la vez que revela su elevado y noble corazón, ostenta la
aspereza é inhumanidad de los procedimientos de que fueron víctimas los
dueños de este suelo. "Para tranquilizar sus conciencias, para acallar
los remordimientos, que quizá experimentaban de cuando en cuando, los
conquistadores inventaron la teoría de que los indios no eran hombres
como los otros hombres; eran simplemente animales superiores al mono;
eran _siervos á natura_, según la expresión técnica, escolástica, que
se creó para formular la idea.
Estos indios, decían los conquistadores, son tan bárbaros, que no
merecen el nombre de racionales.
"A título del barbarismo, silvestre y fiero natural, de las más
naciones de estos indios, expone el jurisconsulto Solórzano, fueron
muchos de parecer que se les podía hacer guerra justa, y aun cazarlos,
cautivarlos y domarlos como á salvajes, movidos por la doctrina de
Aristóteles y otros"[125].
[125] Solórzano Pereira, Política Indiana, libro, II, cap. I,
número I.