conquistas dilatadísimas de los ejércitos peruanos y aztecas, si la fe
viva y la religiosidad de aquellos pueblos, debieron servir de tema á
las composiciones de los poetas indígenas y ofrecer un vasto material
á su genio, no debieron ser menos favorecidos por la perfección y
adelanto del idioma en que componían. Sabido es el grado de armonía y
riqueza á que había llegado la lengua de los antiguos mejicanos, y hoy
mismo puede el viajero admirar la suave cadencia de la lengua quichua
en las sierras del Perú y del Ecuador.
Nada tiene, pues, de extraño que los historiadores españoles den
testimonio de la existencia de poetas y de poemas en casi todas las
comarcas que descubrieron y conquistaron. Lo que sí sorprende es su
incomparable desidia para consignar esas poesías; lo que admira y
contrista es contemplar los escasísimos fragmentos que de ellas han
llegado hasta nosotros.
Los historiadores que hablan de los _avaricos_ ó poetas peruanos, no
nos han transmitido ni una pequeña muestra de sus inspiraciones, y el
inca Garcilaso, bastante digno de fe en lo que atañe á las costumbres
de los indios, asegura que en la corte del Cuzco la representación
dramática era una de las principales diversiones de la más alta
sociedad.
En cuanto á Méjico, las odas atribuidas á Nezahualcoyotl, que se han
salvado de la universal ruina, demuestran evidentemente que aquella
poesía, no sólo había alcanzado un alto grado de perfección, sino
que talvez no sería difícil descubrir en ella algunos síntomas de
decadencia.
Fuera de Méjico y del Perú, no podrían citarse de otros países
americanos más que algunas imperfectas y brevísimas muestras, sólo
dignas de atención en cuanto revelan, por una parte, cuán abundante
sería la poesía indígena cuando encontramos muestras de ella hasta
entre los feroces prehuenches; y, por otra, atestiguan indirectamente
el inmenso valor de lo que se perdió para siempre con la ruina de los
imperios de Méjico y del Perú.
Aunque es muy común la opinión que asigna como un carácter distintivo
á la poesía quichua, un sentimentalismo constante y exajerado, no
es difícil descubrir que tal juicio toma erradamente por base la
literatura del Perú indígena tal como ella se ha manifestado después de
la conquista, y no tal cual debió ser bajo el cetro feliz y glorioso
de los antiguos incas. No hay, á lo menos, razón de algún valor para
suponer que los poetas peruanos de aquella época sólo se ejercitasen
en la poesía erótica, que es la única cultivada al presente. Por el
contrario, tenemos para creer lo contrario, el testimonio ya citado del
historiador Garcilaso, y la única muestra de poesía lírica que se ha
conservado de una época indisputablemente anterior á la conquista, no
pertenece al género de los _tristes_ ó _yaravíes_ modernos.
Lo natural, pues, es suponer que la antigua poesía quichua abundaba en
composiciones de los géneros más variados, y que, si el amor tuvo, como
en todos tiempos y países, inspirados cantores bajo el reinado de los
hijos de Manco no faltaron tampoco himnos sagrados que ensalzasen la
grandeza del Padre Sol, ni cantos bélicos para empujar á los soldados
hacia el enemigo ó encaminar sus heroicos hechos cuando volvían desde
Quito ó desde Chile cubiertos de gloria y de despojos.
Empero, cuando hubo sonado la última hora de vida para aquel poderoso
imperio; cuando los descendientes de los godos destruyeron en pocos
años aquella civilización original y adelantada; cuando, junto con su
poder, perdieron los peruanos su independencia, su religión y hasta su
dignidad de hombres hechos á la imagen de Dios, toda la actividad que
aún yacía en el fondo de aquella raza infortunada, se concentró en el
corazón para llorar, á toda hora y desde la cuna hasta el sepulcro, las
pasadas glorias comparadas con las presentes y futuras miserias.
Después de la conquista, ni era fácil que los indios tuviesen
inspiraciones que no fuesen inspiraciones de dolor, ni los españoles
habrían tolerado jamás la osadía del que hubiese intentado cantar las
hazañas, las glorias, las grandezas, algo, en fin, que no fuese el
abatimiento y la ruina de los enemigos de Cristo, de los idólatras
adoradores del Sol. Testigo de ello Jacinto Collahuazo, ilustre indio,
hijo de Imbabura, en el Ecuador, que, por haber escrito una interesante
historia, fué maltratado y reducido á prisión después de haber visto
quemar su libro en la plaza pública, para escarmiento de sus hermanos y
como justo castigo "_por haberse metido en cosas que no convenían á un
indio_."
Así se explica no sólo la muerte de la poesía quichua, sino también
la pérdida de las antiguas composiciones. "Es probable que los
que castigaban tan severamente á los autores, no se mostrasen más
indulgentes con los recitadores; y que así, aun los cantos más
populares, fueran poco á poco cayendo en el olvido."[85]
[85] Apuntes sobre la poesía indígena de América, por Zorobabel
Rodríguez.
La conquista de América por razas europeas, hundió para siempre en los
antros del tiempo la civilización aborigen de este Continente, á fin de
ceder el campo, en el transcurso de las edades á otra civilización y á
otras costumbres; á otras generaciones de diversas gentes, que traían
al Nuevo Mundo el germen de nueva vida y la simiente de la libertad y
del progreso.
En medio de la naturaleza exuberante de estas comarcas indianas,
iluminadas por los resplandores de ardientes penachos que coronan las
cúspides de montes altísimos; en las márgenes de arenas de oro de los
caudalosos é imponentes ríos, que se desploman en espumantes cascadas,
en los deliciosos valles esmaltados de perennal verdura; á la sombra
del agreste pino, del olmo y de la ceiba; en esta tierra, que se llamó
después americana, y que conserva el sello del perdido paraíso, vivía
feliz el indio, congregado bajo el cetro de reales estirpes. Aquellos
pueblos jóvenes, inspirados por cuanto se extendía ante sus ojos,
cultivaban á pesar de su rudeza, la flor divina de la poesía, que brota
siempre al calor del sentimiento, doquiera que haya corazones que
laten, ilusiones que halagan, penas que hieren.
Teñíanse sus cantos del variado color del lugar donde nacieron, y
tomaban los matices del cielo sereno y transparente que cubre estas
regiones: eran el eco del gorjeo de las aves; del susurro del viento,
al sacudir los pinos, cual si fuesen las arpas del desierto; del
murmullo de los arroyos, al mezclarse con los blandos suspiros de las
flores; del rugido de las tempestades, evocando los primeros días del
mundo. Aquella poesía popular, expontánea, inspirada en la naturaleza,
debió de ser la manifestación de las vitales energías de primitivas
razas; el tesoro de sus tradiciones; el arca santa de sus recuerdos; el
arco iris de sus esperanzas. ¡Qué bella luciría aquí todas sus galas
esa diosa tutelar de las naciones, que llora sus glorias, canta sus
tristezas y augura sus infortunios!
Entre esos vagos presentimientos, aterraba á la raza indígena la idea
siniestra de que alguna vez sería sierva de valerosos conquistadores,
y el fantasma sombrío que mostraba con aterida mano las oprobiosas
cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes cakchiqueles.
Sonó al fin en la historia la hora nefasta de la desolación y de la
ruina, como suena en el corazón del moribundo el postrer eco de los
entrecortados estertores de la vida. La raza indígena sucumbió al rudo
empuje de otras razas, venidas de allende el mar; y entre el humo
de los combates homéricos; y los torrentes de sangre que tiñieron
el Xequijel; y los ayes de Tecum; y los suspiros de Ashumanché;
y los vítores de las huestes castellanas al audaz conquistador;
y la hecatombe producida por una de las más grandes epopeyas que
presenciaron los siglos;--perdiéronse ¡ay! aquellas rosas silvestres
que esmaltaban esta tierra, aquellos cantos primitivos, aquellas
poéticas reminiscencias, que forman la historia en sus obscuros
comienzos. Es que los pueblos que no cantan, son como los corazones
que no palpitan. La poesía, alborada de la vida, es el postrer suspiro
de la existencia. Una raza sin autonomía y sin libertad, es una raza
muerta para el espíritu, muerta para el sentimiento. Cuando enmudecen
las arpas, reina el silencio de las tumbas y se apagan los rayos del
lucero de la esperanza.
El exterminio fué casi completo en las regiones que los ingleses
subyugaron, y no quedan rastros siquiera de la primitiva raza allí,
donde al borde de un abismo, desplómanse en hórrido estallido las
cataratas del Niágara. Perdiéronse, con las brumas del Ontario y los
vapores de ténue gasa del pintoresco río San Lorenzo, hasta los ecos
de aquellos cantares que, ante la naturaleza expléndida, exhalarían
los primeros dueños de las selvas y llanuras del Norte del Continente.
Los _peregrinos_ que vinieron en la "Flor de Mayo" á la roca de
Plymouth, si no obligaron á los indios de primas á primeras á creer en
Jesucristo, como el fraile Valverde pretendió hacerlo con el inca del
Perú, los ahuyentaban á balazos y los cazaban como á bestias feroces.
Con la muerte de los últimos reyes de la raza indígena de América,
se ocultaba también en la noche del olvido, su poesía popular, como
medrosa del estrépito de los conquistadores, y de la inclemente saña
con que, al derribar sus ídolos, no se saciaban recibiendo la ofrenda
de montañas de oro, arroyos de sangre y manadas de siervos.
En las faldas del Popocatepetl divísase aún la humilde choza de cañas
y paja del azteca descendiente de reales estirpes; boga melancólico
por el bellísimo lago de Atitlán, en estrecho _cayuco_, el hijo de
los príncipes cakchiqueles; y el soberbio inca recorre, con la cabeza
oprimida por el _mecapal_, los bosques sombríos de sus padres, los
opulentos quichuas; pero ni el adorador del sol canta, ni guarda los
poemas de Manco Capac; ni el creyente en los misterios del Popol-buj
conserva el tesoro de la poesía de sus mayores; ni la enervada prole de
Moctezuma guarda completa la tradición de las vírgenes que salvaron á
Nezahualcóyotl. Es que muere el quetzal al ver rotas las plumas de su
cauda, y desfallece el águila, cuando sujeta, no puede sacudir sus alas
por el espacio del éter. El indio vive, es verdad, en esas orientales
tribus, pero vive cual la planta silvestre que arrima sus renuevos
á exótico arbusto y esconde sus amarillentas hojas en el artístico
arriate del vergel. El indio guarda algunas de sus tradiciones;
pero las oculta, como si fueran ocasión de anatema y evocaran una
irreparable catástrofe para aquella raza desgraciada.
Aún tributa culto á sus dioses; pero lo hace á hurtadillas, bien así
cual si sus preces hubieran motivado la hecatombe de sus progenitores.
Imita idolátricamente las formas del culto de quienes lo conquistaron,
sólo como para no ofrecer nuevo pretexto á la crueldad inaudita con
que sus creencias fueron castigadas. Conserva sus primitivos idiomas;
porque lo último que se extingue en las colectividades humanas, es la
lengua, reflejo de la fisonomía moral de los pueblos.
En todas las poblaciones principales tenían los indios edificios
destinados á representaciones dramáticas, compuestos de un terraplén
descubierto y situado en la plaza del mercado ó en el atrio inferior
de algún templo, pero bastante alto para poder ser visto por los
espectadores. Uno de los más espaciosos era, según dice Cortés, el que
había en la plaza de Tlatclolco construido de piedra y cal.
No faltan algunos anticuarios, tan amantes de todo lo que se refiere
á la primitiva grandeza americana que, como Boturini, hacen pomposos
elogios de las composiciones que los indios representaban. Este
escritor asegura que, entre las cosas más curiosas de su museo, tenía
dos dramas sobre las apariciones de la madre de Dios al neófito
mejicano Juan Diego, en los que se notaba singular dulzura en el
lenguaje y delicadeza en los pensamientos.
Sin embargo, no es verosímil que observasen las reglas del drama, ni
que propiamente mereciesen ese nombre aquellas composiciones tan rudas
como primitivas. Antes bien, pienso que la descripción que hace el
P. Acosta de los teatros de los indios y de sus representaciones, es
más conforme con el carácter de aquellos pueblos. Hablando de las que
se daban en Cholula, con motivo de la fiesta del dios Quezaltcoatl,
dice: "Había en el atrio del templo de aquel dios, un pequeño teatro
de treinta piés en cuadro, curiosamente blanqueado, que adornaban con
ramos y aseaban con el mayor esmero, guarneciéndolo con arcos de plumas
y flores, y suspendiendo en ellos pájaros, conejos y otros objetos
curiosos.
Allí se reunía el pueblo después de comer. Presentábanse los actores, y
hacían sus representaciones burlescas, fingiéndose sordos, resfriados,
cojos, ciegos y tullidos, los cuales figuraban ir á pedir la salud al
ídolo.
Los sordos respondían despropósitos; los resfriados tosiendo, los
cojos, cojeando; y todos referían sus males y miserias, con lo que
excitaban la risa del auditorio. Seguían otros actores que hacían el
papel de diferentes animales, unos representando escarabajos, otros
sapos, otros lagartijas, etc. Venían después unos muchachos del templo,
con alas de mariposas y de pájaros de diferentes colores, y subiendo
á los árboles, dispuestos al efecto, les tiraban los sacerdotes con
pequeñas bolas de tierra, por medio de las _cerbatanas_, añadiendo
expresiones ridículas en contra de los unos y en favor de los otros.
Por fin, se hacía un baile compuesto de todos los actores y así
terminaba la función."
Esta descripción de Acosta recuerda las primeras escenas que la
historia ha trasmitido de los griegos; y no dudo que, si el imperio
mejicano hubiera durado un siglo más, su teatro se habría reformado
como el de los antiguos.
Del amor de los primitivos habitantes de estas tierras á la poesía
y á la danza, es buena prueba la real disposición de 1514, que cita
Herrera, por la que se prevenía á todos los que tuvieran indios por
pajes, que los enseñasen á leer y escribir, y que no se les impidiese
hacer sus _areitos_ y juegos, así en los días de fiestas como en los
otros, si no fuese de impedimento para sus trabajos. Entre nuestros
indios todavía se conoce el baile que llaman del _Tun_ (Xahoh-Tun),
y que es más bien un drama histórico, cuyo argumento se remonta al
siglo XII, al decir del abate Brasseur de Bourbourg, quien siendo cura
párroco de Rabinal, lo vió representar, y llamóle la atención, tanto
por el asunto á que se refiere, como por lo apropiado de la música y
animado de la danza[86].
[86] Histoire des nations civilisées du Mexique et de l'
Amerique Centrale, t. I. p. XXVIII.
Diversas especies de fiestas hay entre los indios moscos y de Chiriquí,
pero no mencionaré sino una de las principales. La más importante es
la de la _Balsa_; fiesta que se efectúa generalmente al comienzo de
la estación seca, y á la cual se dirigen en multitud los convidados.
Cuando una familia ó un pueblo han determinado dar una _balsería_ y se
ha señalado la época de ella, van á avisarlo á las casas distantes los
mensajeros que á ese efecto se despachan, los cuales llevan bejucos
que tienen hechos tantos nudos cuantos días deban transcurrir antes
de comenzar la fiesta. Convídase á todos, hombres y mujeres, jóvenes
y viejos. Según las distancias que hayan de recorrerse, se ponen en
camino de modo de llegar al lugar de la cita dos días antes de los
festejos; lleva cada cual las provisiones necesarias, porque los
organizadores apenas proveen de _chicha_. Por el camino, van soplando
los convidados en unas grandes conchas, cuyo tañido da á conocer su
paso. El lugar elegido para el caso es por lo regular una sabana cerca
de un río. Amanece al fin el anhelado día: todos se ponen en pié desde
los primeros albores, y se encaminan al río á bañarse. Acabado el
baño, se pintan todo el cuerpo de igual color, azul ó colorado, pero
en la cara se dibujan figuras muy complicadas de hombres, animales
y arabescos como se suelen encontrar en los vasos sacados de las
_guacas_. Las mujeres hacen de artistas. Este trabajo ocupa un buen
espacio de tiempo, y cuando el convidado se halla listo, ya el sol está
casi en mitad del cielo. Por la cintura se cruza un pedazo de tela
fabricada de la corteza de un árbol (nuni), y luego se cubren la cabeza
con una piel de animal, de modo que cuelgue sobre las espaldas la parte
que corresponde á la cola y á las piernas. Los animales cuya piel se
emplea más á menudo para este objeto son el tigre, el oso hormiguero
y el oso melero. Si es demasiado grande la piel, no hacen uso sino de
la cabeza, y de ella cuelgan la cola y las patas. Cada cual se dirige
entonces al lugar designado; y los grupos se van formando en silencio.
Poco á poco el tambor y los cantos se dejan oír y se comienza á beber
la _chicha_; en esto las mujeres, que también se han pintado para la
diversión, vienen á juntarse á los grupos, y beben con sobriedad,
sostienen el canto ó platican unas con otras en corros animados. Al
cabo de dos ó tres horas, la _chicha_ hace su efecto: uno tras otro se
levanta, después de desafiar á una de las personas del mismo grupo.
A una señal de las personas más ancianas principia el jaleo. A esta
sazón, sigue el grupo á los bailarines, y en breve se cubre de gente
todo el llano. Las mujeres se juntan al grupo en que ven á sus maridos.
Ya los dos bailarines están frente á frente á cosa de veinticinco pasos
uno de otro. El que ha lanzado el reto lleva en la mano un bastón
liviano y esponjoso de palo _balso_ (especie de caña); bastón que tiene
cerca de dos metros de largo con una bola en un extremo, y que va
disminuyendo en grosor hacia el puño.[87]
[87] Chiriquí, por A. L. Pinart. Traducido para "El Repertorio
Colombiano", página 116, número 8.º, año 7.º vol. 13.
El célebre Padre Tomás Gage, que estuvo en Guatemala, por el año 1625,
y que sirvió varios curatos de indios, decía[88] que aunque estos
infelices vivían bajo el yugo y la servidumbre, no dejaban por eso de
ser de muy buen humor y de divertirse á su modo en festines, juegos
y danzas; y principalmente el día de la fiesta del santo patrón de su
pueblo.
[88] Viajes de Tomás Gage, capítulo XVII, tomo II.
No hay en las Indias un pueblo, grande ó chico, aunque no sea más que
de veinte casas, que no esté dedicado á la Virgen ó algún santo.
Dos ó tres meses antes de la fiesta se reúnen los indios todas las
noches para prepararse á las danzas acostumbradas en aquellos días, y
en estas asambleas beben gran cantidad de chocolate y chicha.
Hay una casa ordenada expresamente para cada manera de danza, donde
está un maestro que va á enseñar á los otros, á fin de que la sepan
perfectamente, antes que llegue el día de la fiesta del santo.
En todo aquel tiempo no se oye otra cosa, todas las noches, más que
gentes que cantan, que ahullan, que dan golpes sobre conchas y que
tocan fagotes y flautas. Mas cuando llega la fiesta, por espacio de
ocho días, se les ve bailar en público y poner en práctica todo lo que
han aprendido, en los tres meses, en aquellas casas.
Aquel día se visten muy bien de seda y tela fina con una gran cantidad
de listones y plumas, según la naturaleza de la danza, que ellos
comienzan en la iglesia, delante de la imagen del santo patrón de su
pueblo, ó bien en el cementerio; y durante la octava, van á bailar de
casa en casa donde les dan de beber chocolate, chicha ó cualquier otro
brevaje, de suerte que por ocho días no se ve otra cosa que borrachos
en el pueblo, y si se les reprenden sus excesos, responden que ellos se
regocijan con su santo que está en el cielo, y que quieren beber á su
salud, para que se acuerde de sus devotos.
La danza principal que se practica entre ellos se llama _Toncontín_,
que algunos españoles, que han vivido entre los indios, han bailado
delante del rey de España, en Madrid, para hacerle ver algunas de las
costumbres de aquellos pueblos, y se dice que su Majestad católica
quedó muy satisfecha.
Ved aquí como lo bailan ordinariamente; los indios que deben bailarla
son lo menos treinta ó cuarenta, según el tamaño del pueblo: todos
están vestidos de blanco, tanto los jubones como los calzones y
ayates, que de un lado llegan á tocar la tierra: los calzones y los
ayates están bordados de seda ó de pluma ó adornados con algún buen
galón. Algunos también alquilan jubones, calzones y ayates de tafetán,
hechos para el caso; llevan sobre la espalda grandes ramilletes de
plumas de todos colores, pegadas á un cierto aparejo dorado que hacen
expresamente para ésto, y atado á sus espaldas con cintas, á fin
de que no caiga al tiempo del baile. Además llevan sobre la cabeza
otro ramillete de pluma, pero más pequeño que el otro, atándolo á
sus sombreros, ó bien una especie de casco pintado ó dorado, que se
acomodan en la cabeza.
Tienen además en la mano un abanico de plumas y la mayor parte lo
llevan también en los piés, en forma de unas pequeñas alas; algunos
usan zapatos, otros no; pero están casi todos cubiertos de hermosas
plumas desde los talones hasta la cabeza.
El instrumento de que se valen para marcar la cadencia está hecho de un
tronco de árbol hueco, que es bien redondo y alisado por dentro, y por
fuera muy suave y reluciente, el cual es cuatro veces más grueso que
nuestras violas, con dos ó tres grandes hendiduras del lado de arriba
y algunos agujeros en la extremidad. A este instrumento lo llaman
_Tepanabad_.
Lo colocan sobre dos sillas ó sobre un banco, en medio de los indios, y
el maestro del baile pega en él con dos palos guarnecidos de lana en la
estremidad, y cubiertos de un cuero, dado con pez para contener la lana.
Aunque tal instrumento produzca un sonido sordo y pesado, sin embargo
el que lo toca no deja de sacar diversos tonos según el modo de dar los
golpes, y por el cambio de este tono, hace oír á los que bailan los
movimientos que deben hacer, bien sea alargándose, bien encorvándose, ó
bien cuando es necesario que canten ó eleven la voz.
Además de estas danzas, bailan también nuestras zarabandas y las de
los negros, con castañuelas; pero el baile que atrae más al pueblo y
lo atolondra, es una tragedia que representan bailando, que consiste
muchas veces en la muerte de San Pedro ó en la de San Juan Bautista.
Allí se representa al emperador Nerón, al rey Herodes con sus mujeres,
vestidas magníficamente; y otro personaje con un vestido talar, que
hace papel de San Pedro ó San Juan Bautista, el cual, mientras que los
otros bailan se pasea en medio de ellos, con un libro en las manos como
si leyese oraciones: todos los que danzan están vestidos de capitanes y
soldados con espadas, puñales y alabardas en las manos.
Bailan al són de un tamborcillo y varias flautas; algunas veces al
rededor y otras adelante, hablando muchas ocasiones al emperador ó al
rey, y después entre ellos, con el objeto de coger y hacer morir al
santo.
El rey y la reina se sientan frecuentemente, para oírlos hablar contra
el santo, y para oir también sus defensas; después bailan con los otros.
El fin del baile es crucificar á San Pedro, con la cabeza abajo, y
cortar la de San Juan Bautista, teniendo dispuesta al intento una
cabeza pintada en una fuente, que presentan al rey y á la reina,
quienes de júbilo bailan después todos juntos, concluyendo por quitar
de la cruz al que representaba la persona de San Pedro.
La mayor parte de los indios tienen una especie de superstición y
de apego á lo que hacen en este baile, como si hubiese allí alguna
realidad ó algo más que la representación de la historia.
Cuando yo me hallaba entre ellos, el que había representado á San Pedro
ó San Juan Bautista, tenía siempre costumbre de venir á confesarse el
primero, diciendo que debían estar puros y santos como el santo que
acababan de representar, y que se debían preparar para morir.
De la misma manera, el que había hecho el papel de Herodes ó de
Herodías y los soldados que durante el baile habían acusado ó hablado
contra los santos, venían también á confesar su crimen y á pedir la
absolución."