La familia indígena no estaba ligada por vínculos de afectos tan suaves

y tiernos como los que forman los lazos de la familia moderna[66]. La

mujer americana, á estilo asiático, era más bien un instrumento de

placer, un medio de procrear hijos, una esclava del aborigen, á quien

se acercaba medrosa, después de las borracheras, ó cuando aquél estaba

poseído de cólera. El indio tenía tantas mujeres cuantas podía comprar

y mantener.

[66] Sin embargo, dice Las Casas que se enseñaba á los niños

á que honrasen á los padres y les fuesen obedientes; que no

tuviesen codicia de muchos bienes: que no adulterasen con mujer

ajena; que no fornicasen, ni llegasen á mujer, sino á la que

fuese suya; que no mirasen á las mujeres para codiciarlas,

diciendo que no traspasasen umbral ajeno; que si anduviesen

de noche por el pueblo, que llevasen lumbre en la mano; que

siguiesen su camino derecho, que no bajasen de camino, ni

subiesen tampoco de él; que á los ciegos no les pusiesen

ofendículo para que cayesen; á los lisiados no escarnesiesen

y de los locos no se riesen, porque todo aquello era malo;

que trabajasen y no estuvieran ociosos; y para esto desde

niños les enseñaban como habían de hacer las sementeras y como

beneficiarlas y cogerlas".--Kingsboroughis--Mex. Antiq, volu,

VIII pag. 132.

Creíase que la poligamía ensanchaba el número de los parientes; pero

castigaban al que yacía con mujer ajena ó con esclava de otro. También

el estupro era reconocido y penado como delito.

A pesar de que la mujer no había alcanzado, en este suelo, ni con

mucho, el estado á que la elevó el cristianismo en Europa; había

algunas que, por el rango á que pertenecían, sólo se casaban con los

nobles, quienes las tenían en particular estimación y las rodeaban

de consideraciones, dándole aparato religioso á sus bodas. Entre

los indios de Guatemala acostumbrábase también, cuando la novia era

doncella de calidad, que fuesen á pedirla los amigos de la familia del

pretendiente, llevando regalos á la de la mujer, que si eran aceptados

significaban el consentimiento de todos. Después de tres instancias, en

días diversos y con dávidas repetidas, se consideraban ya los unos y

los otros como parientes afines.

El Padre Las Casas describe con colorido y detalles curiosos, como

llevaban en andas á la joven que iba á desposarse, después de los

obsequios con que se la consideraba comprada. En alegre comitiva se

dirigían todos los parientes, amigos y vasallos de la familia de la

novia á buscar á los del pretendiente, que á su vez salía al encuentro

de su futura esposa, con flores, músicas y acompañamiento de personas,

quemando incienso y otras resinas, y cantando mitotes alusivos al acto.

Este se autorizaba por el jefe de la tribu, atando los vestidos de los

contrayentes, en señal de quedar unidos. Comían _tepexcuintes_, que

llamaban también _xulos_, _chumpipes_, _chachas_ y otros animales.

Después de la fiesta, y ya solos los novios, prendían una astilla de

_ocote_ (madera resinosa del pino) y la veían atenta y religiosamente

hasta que se extinguía. Entonces consumaban el matrimonio. Las llamas

simbolizaban el fuego de la concupiscencia, que si no se modera acaba

por consumir la vida.

En el reino quiché se toleraba la poligamía; pero una sola mujer se

tenía por legítima, cuyos hijos eran también los únicos que heredaban

al padre. Al que moría sin herederos se le sepultaba con sus riquezas,

para que fuese él á disfrutarlas en la vida futura. Tal era la idea que

tenían de la existencia después del sepulcro, que creían que en ella

se gozaba, con la propiedad de las cosas, como acaece en este mundo.

Los hijos del mismo hombre con diversas concubinas, no se reputaban

hermanos.

Los _macechuales_ ó plebeyos, vivían con sus mujeres en pobres ranchos

de cañas y paja, al lado del fogón, junto á la piedra de moler el maíz

y el _comal_ para cocer las tortillas. Allí dormían, sin más cobija que

el mismo vestido que llevaban puesto, ó algún miserable abrigo para el

frío. Las camas eran _tapexcos_, ó entarimados de cañas ó troncos de

árboles. Aún viven nuestros indios en esas chozas miserables hechas

con cañas y techadas con paja. Lo que ya no hacen es procurarse el

fuego como antes de la conquista se lo procuraban. Ponía el indio

entre sus piés, é inmóvil en el suelo, un pedazo de madera seca. Luego

daba con sus manos un rápido movimiento giratorio á una vara de palo,

cuya punta frotándose fuertemente sobre aquella madera, hacía brotar

el fuego en pocos minutos. Algunas yerbas secas servían entonces para

propagarle.[67]

[67] Este sistema se usa en China, Sumatra, Australia y algunas

regiones de Africa.

Volviendo al punto de las leyes con que se regían los indios de los

señoríos de Guatemala, será oportuno decir que á los jueces, encargados

de aplicarlas, se les escogía entre los nobles ó principales, quienes

también se encargaban de recaudar los tributos, con mucha fidelidad y

diligencia, temerosos sin duda de incurrir en las graves penas que á

los infidentes aplicaban.

Los grandes crímenes ú otros asuntos importantes que afectaran los

intereses del rey, del Estado ó de las altas clases nobiliarias se

sometían al conocimiento del consejo real, presidido por el monarca.

Los subtenientes del rey ó señores de sangre real que gobernaban

las provincias, juzgaban los casos más importantes relativos á su

territorio, mientras que las cuestiones locales de menor cuantía se

decidían por jueces inferiores de aldeas ó cortijos. Pero aun en el

caso de estos negocios de pequeña importancia, se oía el parecer de

un consejo de personas designadas al efecto, que eran una especie de

abogados. Según enseña Cogolludo, tanto éstos como los jueces podían

recibir presentes, con motivo del pleito. En Guatemala, al decir de Las

Casas, el juez recibía la mitad del valor de la propiedad de la parte

condenada; esto se entendería probablemente sólo en los crímenes muy

graves, á cuyos autores se impusiera confiscación de bienes.[68]

[68] Bancroft. Vol. II. pag. 655.

Los castigos más comunes eran los azotes, la muerte, la esclavitud

y las penas pecuniarias. Dice Villagutierre que la pena del último

suplicio se aplicaba por medio de la horca, del garrote, del fuego ó

del despeñadero. En las crónicas y documentos antiguos han quedado

restos de la legislación de los indios, con anterioridad á la

conquista, por los cuales se pueden notar que, si bien imponian esas

severas y atroces penas, cuidaban con afán de no dejar impunes los

delitos.

Cuando el rey se mostraba cruel y tirano con sus súbditos, dice el

cronista Fuentes, que se reunían con gran cautela los ahguaes del

reino, que eran los grandes de la monarquía, y le deponían, eligiendo

al inmediato en la sucesión hereditaria y confiscábanle todos sus

bienes; pero si el que levantaba la conspiración contra el príncipe no

justificaba sus tiranías, se le condenaba á muerte con tormento, se

le secuestraba cuanto tuviera y se tomaban por esclavos su mujer, sus

hijos y parientes inmediatos, que se vendían á trueque de plumas, cacao

y mantas, en _caybal_, que era una especie de almoneda.

Los ahaguaes que impedían la recaudación de los tributos del rey, eran

condenados á muerte, y quedaban esclavos todos los de su familia.

Si la esposa del rey ó alguna de sus mujeres era infiel, se les

condenaba á ellas y á los cómplices á la pena de horca, si eran de los

_principales_; pero siendo plebeyos, los despeñaban de alguna roca.

El que cometía delito de lesa majestad, ó descubría los secretos de

la guerra, ó se pasaba á la parte de los enemigos, sufría la pena del

último suplicio, confiscación de bienes y esclavitud para la familia;

pero podían los parientes ser rescatados á precio de grano y mantas.

El ladrón era condenado á restituir la cosa robada y pagar otro tanto

de su valor, en plumas ó cacao á la cámara del rey, en lo cual algo se

asemeja esta pena á la establecida por la legislación romana. En caso

de reincidencia, se duplicaba la pena, y por la tercera vez, incurría

en la muerte por despeñamiento, á no ser que fuera de rico _calpul_

(linaje), que entonces se le permitía redimirse, pagando todos los

hurtos y otro tanto al rey.

En el delito de estupro se imponía al culpable la pena de muerte; pero

si sólo había habído conatos, se entregaba al culpable por esclavo de

la ofendida.

Cuando un hombre iba á casarse, era ley que sirviese á los padres de

la novia durante algún tiempo y que les hiciese alguna donación, que

devolvían ellos si no se efectuaba el enlace, y entonces los mismos

padres debían servir al novio por igual número de días que él les había

servido.

El delito de infidelidad conyugal era de prueba muy privilegiada; de

tal suerte que bastaba, para condenar al acusado, encontrarle alguna

prenda de la mujer.

El incendiario se equiparaba al reo de lesa majestad, porque decía

que podían destruir todo un pueblo; así es que le condenaban á muerte

y confiscación de bienes, con los cuales se pagaban los daños y

perjuicios que hubiera causado.

Eran los indios tan fanáticos adoradores de sus dioses que imponían

atroces penas á los que osaban profanar sus ídolos ó adoratorios; los

despeñaban á ellos y á sus familias.

El _cimarrón_, que era el que se huía del dominio ó señorío de su

dueño, caía en la pena de que su _calpul_ pagara por él cierta cantidad

de mantas, y si reincidía debía sufrir la muerte de horca.

La mujer que enviudaba, según dice Torquemada, si era joven debía

casarse con el hermano ó pariente cercano de su marido, y los hijos se

enlazaban con los parientes de la madre, porque ella ya no pertenecía á

su _calpul_.

Cuando un reo no confesaba le aplicaban el tormento, que consistía en

suspenderle de un árbol, y atándole solamente los dedos pulgares y

sahumándole con gran cantidad de _chile_ quemado, azotarle con crueldad.

En los tres reinos del Quiché, Cakchiquel y Sutojil, se observaban

todas esas penas, que seguramente eran bárbaras; pero no lo eran menos

las que establecían los antiguos códigos de España y otras naciones

europeas, cuya civilización estaba indudablemente mucho más avanzada.

En lo que tocaba al parentesco, dice el interesante informe que el

oidor de la Real Audiencia de Guatemala, Licenciado Don Diego García

dirigió al rey de España----tenían un árbol pintado, y en él siete

ramas, que significaban siete grados de parentesco[69]. "En estos

grados no se podía casar nadie, y esto se entendía por línea recta,

sino fuese que alguno hubiese fecho algún gran fecho en armas, y había

de ser del tercer grado afuera. Por línea trasversa, tenía otro árbol

con cuatro ramas, que significaban el cuarto grado; en estos no se

podía casar nadie.

[69] Bien conocido es lo que varía el cómputo de los grados de

parentesco en varias naciones: así p. e., los primos hermanos

por la ley canónica estan en segundo grado, y por la romana

en cuarto grado; porque por la ley canónica es regla _quot

generationes tot gradus_. (Véase Compendio de los derechos de

la Iglesia por Richter, é Historia de las costumbres de Roma

por Friedlander.)

Fuera de otras leyes que los indios tenían en toda esta provincia,

reputaban los de esta nación por inviolables las siguientes[70]:

[70] Los castigos tan severos mencionados aquí, se encuentran

también en otros pueblos, donde comienza la transición de

cierto grado de civilización á otro superior. Nos sorprende

ver que el castigo que se imponía por trato ilícito con una

esclava agena se castigara también por los antiguos romanos con

idéntica pena.

Cualquiera que menospreciaba los sacrificios de sus ídolos, ó sus

ritos, moría por ello.

Cualquiera que se echaba con mujer ajena, moría por ello.

Cualquiera que tenía cuenta carnal con pariente en los grados

susodichos, morían por ello ambos.

Cualquiera que hablaba con alguna mujer, ó le hacía señas, si era

casada, le desterraban de su pueblo y quitaban sus bienes.

Cualquiera que se echaba con esclava ajena, le hacían esclavo, si no

fuese que á la tal persona le perdonase el Papa, por servicios que

hubiese fecho en la guerra.

Cualquiera que hurtaba, como fuese grave, moría por ello.

Cualquiera que forzaba doncella, le sacrificaban por ello.

Cualquiera que mentía, le azotaban bravamente, y si era en cosa de

guerra, le hacían esclavo por ello"[71].

[71] Documentos inéditos del archivo de Indías, publicados por

el Lic. D. León Fernández, tomo I, pág. 44.

CAPITULO SEXTO

=La instrucción pública entre los indios de Guatemala.

Nociones de orden científico que tenían.

La poesía, el teatro y la música en América,

antes de la conquista española. Fiestas

y diversiones de los indios=

SUMARIO.

Cómo educaban los mayas á sus hijos.--Escuelas y colegios en el

Quiché.--Ramos que estudiaban.--El historiador Bancroft contiene

datos curiosos sobre las letras, entre los indios de Guatemala.--Cómo

contaban el tiempo.--Cuándo comenzaba el año.--Libros que escribían

los aborígenes.--Papel que hacían en Amatitlán.--Los pobladores de

Nicaragua tenían efemérides escritas.--El Manuscrito Mejicano.--El

Código de Dresden.--El Manuscrito Troano.--Conocimiento que tenían

los indios en ciencias naturales.--Nociones Astronómicas.--La

poesía indiana.--Los _avaricos_ ó poetas peruanos.--Las odas de

Nezahualcoyotl.--La poesía quichua.--Poesía popular de nuestros

indios.--Las representaciones teatrales.--La fiesta de la Balsa.--El

baile del Tun y otras diversiones de los indios.--La danza del

Toncontín.--El baile de San Pedro y San Juan Bautista.--Descripción

que hace de esa danza el Padre Tomás Gage.--Confesión de sus pecados

que los indios hacían después de decapitar á San Juan Bautista.--Cómo

esa curiosa fiesta revela bien el carácter de los primitivos

pobladores de América.

Los mayas fueron en extremo cuidadosos de la educación de la juventud,

lo mismo que los nahuas. Los padres tomaban mucho empeño en instruir

á sus hijos, sobre todo en infundirles máximas de respeto á la

ancianidad, de reverencia á los dioses y de honra á sus padres. Los

ejercitaban en el manejo del arco y de la flecha, desde niños, y

cuando iban creciendo los enseñaban á labrar la tierra. Los muchachos

eran educados por el padre, mientras que las niñas permanecían al lado

de la madre. Los jóvenes en Guatemala dormían bajo el pórtico de la

casa, porque se creía impropio que observasen la conducta y oyesen

las conversaciones de la gente casada[72]. En Yucatán, también los

muchachos permanecían separados de sus mayores. El primer artefacto que

salía de las manos de un niño se dedicaba á los dioses[73].

[72] "Dormían en los portales, no sólo cuando hacían su

ayuno, mas aún casi todo el año, porque no les era permitido

tratar ni saber de los negocios de los casados, ni aún sabían

cuándo habían de casarse, hasta el tiempo que les presentaban

las mujeres, porque eran muy sujetos y obedientes á sus

padres. Cuando aquestos mancebos iban á sus casas á ver á sus

padres.......tenían su cuenta de que no hablasen los padres

cosa que fuese menos honesta." Ximénez, Hist. Ind. Guat.ª p.

181.-

[73] Las Casas. Hist. Apologética. M. S. cap. 179.-

En las principales ciudades había escuelas, y los historiadores

refieren que en el Quiché hubo un seminario con setenta maestros y

unos cinco mil alumnos, sostenido á expensas del tesoro real.[74] Los

hijos de los nobles recibían una educación más esmerada, de tal suerte,

que según los cronistas, se les iniciaba en los misterios y ritos de

su religión; estudiaban el derecho, la moral, la música, el arte de

la guerra, la astronomía, la astrología, la adivinación, la medicina,

la poesía, la historia, la escritura pictórica y los demás ramos del

saber que les eran conocidos. Las hijas de los nobles eran tenidas

en estricta reclusión, y se las instruía cuidadosamente en todas las

materias que debía saber una señora maya[75].

[74] Juarros, Hist. Guat.ª, p. 87; Brasseur de Bourbourg, Hist.

Nat. Civ. T. II. p. 569.

[75] Landa, relación pp. 42-4; Carrillo in Soc. Mex. Geog.

Boletín, 2.ª época t.º III p. 269; Norelet, Voyage, t.º I, p.

191; Brasseur de Bourbourg. Hist. Mat. Civ., t.º II, pp. 61-2.

El erudito historiador norteamericano Mr. Bancroft[76], del cual he

tomado los precedentes datos, contiene interesantes noticias acerca

de la educación de la juventud y de las escuelas de los indios en

Guatemala, que harto demuestran el alto grado de importancia relativa

que la instrucción pública alcanzó en las antiguas naciones civilizadas

de este continente.

[76] Volume II, page 661. Native races of the Pacific states.

No obstante todo eso, siempre eran supersticiosos nuestros indios, y

así los quichés, á estilo de los romanos, clasificaban los días en

fastos, nefastos é indiferentes[77], y aceptaban la división del tiempo

que idearon los tultecas. Eran en un principio los meses ó lunaciones

de veintiséis días, subdivididos en períodos de trece, y más tarde,

acomodándose al curso del sol, pusieron su calendario con los mismos

dos períodos de trece días, no como divisiones astronómicas, sino

como semanas. Los cakchiqueles tenían también su cómputo de meses,

dividiendo el año en dieziocho, de veinte días cada uno, resultándoles

trescientos sesenta días, á los cuales tenían que agregar cinco más,

sin darles nombre. Las seis horas que sobran, y que obligan á aumentar

un día en los años bisiestos, fueron conocidas por los indios. No

están de acuerdo los autores en la fecha en que comenzaba á contarse

el tiempo; pero parece que sería el 19 de noviembre, según el curioso

calendario de Hernández Spina, ó el 24 de diciembre, según Basseta.

[77] Calendario de Vicente Hernández Spina. Véase colección

de documentos históricos, del Dr D. Mariano Padilla, en la

Biblioteca Nacional.

Los sacerdotes escribían libros, y en Guatemala, según enseña Benzoni,

de lo que más se sorprendieron los indios, fué de la manera de leer y

escribir de los españoles. Pedro Martyr hace una descripción detallada

de los libros de los aborígenes, describiendo los caracteres[78] de que

se valían y las materias que empleaban para fabricar una especie de

papel, que según se sabe, lo hacían los _amatitanecos_ de la corteza

del _amate_ ó _amatl_. Los pobladores de Nicaragua, al tiempo de la

conquista, tenían efemérides escritas, por medio de pinturas en colores

sobre pieles y papeles, muy semejantes al de los Nahuas, pueblo del que

los nicaragüences eran descendientes.

[78] Piter Martyr, dec IV, lib, VIII, ó edición latina de

Cologne, 1574, pag. 354.--Brasseur de Bourbourg. M. S. Troano,

t.º I, pp. 2-3. Gómara, Conq. de Méjico, t.º I. p. 424.

Del maya aborigen sólo tres manuscritos se conservan, á saber: _el

manuscrito mejicano_, que se halla en la Librería Imperial de París;

_el Código de Dresden_, que forma una de las joyas históricas de

la Biblioteca Real de esa ciudad; y _el Manuscrito Troano_, que se

encuentra en una tira de papel de maguey, de catorce piés de largo

y nueve pulgadas de ancho, y que fué descubierto por Brasseur de

Bourbourg.

En ciencias naturales tenían algunos conocimientos prácticos los

aborígenes, que se niegan siempre á revelar. Ellos han conocido, y

conocen, plantas medicinales admirables. Curaban la sífilis con una

decocción de _guayacán_[79]; para catarros, rehumas, toses y otras

dolencias, usaban el tabaco[80]; para enfermedades cutáneas recetaban

una masa de gusanos ponzoñosos[81]; para llagas y escoriaciones,

aplicaban lociones de una yerba llamada _coygaraca_, junto con hojas

molidas de _moxot_[82]; á los heridos en las batallas, los sanaban

por medio de medicinas externas[83]; el cacao, después de extraída la

manteca, se consideraba como preventivo contra los venenos[84]. Eran

muy entendidos en la manera de curar otras enfermedades, como se verá

en el capítulo siguiente, en el cual me propongo tratar este punto por

extenso.

[79] Oviedo Hist. Gral., t.º I p. 365

[80] "Hay en esta tierra mucha diversidad de yerbas medicinales

conque se curan los naturales: y matan los gusanos, y con

que restriñen la sangre como es el Piciete, por otro nombre

tabaco, que quita dolores causados de frío, y tomado en humo es

provechoso para las rehumas, asma y tos; y lo traen en polvo en

la boca los indios y los negros, para adormecer y no sentir el

trabajo."--Herrera, Hist. Gen. dec. III, libro VII, cap. III.

[81] Hacen en el (Atiquizaya) una masa de gusanos hediondos y

ponzoñosos, que es maravillosa medicina para todo género de

frialdades, y otras indisposiciones." Id. dec. IV, libro VIII,

cap. X.--

[82] Oviedo. Hist. Gral.; t.º I, pp. 385.3

[83] "Curaban los heridos con polvos de yervas ó carbón que

llevaban para ésto" Herrera. His. Gen., dec, III, lib. IV, cap.

VII.

[84] Oviedo. His. Gen. t.º I, p. 321.--

En astronomía tuvieron los indios muchos conocimientos; en cerámica

y joyería dejaron riquísimos trabajos; en el arte de tejer eran muy

curiosos, y fabricaban telas preciosas de plumas, según podrá notarse

al tratar, en la presente obra, del estado en que se hallaban las

naciones de Centro-América á la venida de Cristóbal Colón.

Como los pueblos orientales, eran los originarios del Nuevo Mundo muy

dados á las obras de imaginación y esparcimiento. "La poesía, esta flor

que brota siempre en el corazón de los pueblos jóvenes, que crece al

calor de las rosadas ilusiones de la adolescencia, que toma los colores

de la naturaleza en que nace, sus acentos de los ruidos que forman las

aves, las cascadas y los bosques movidos por el viento; ¡cuán bella y

majestuosa no se ostentaría entre los primitivos pobladores de América,

de este gran mundo, que conservaba aún intacto el sello de la mano de

Dios!

Nosotros, hombres nacidos en medio de una civilización que se empeña

en reformar la naturaleza, en contrariarla y en vencerla, apenas si

podemos imaginar siquiera las impresiones que experimentaría el alma

virgen y robusta de los aborígenes, á la vista de cataratas como la del

Niágara ó del Tequendama, de volcanes como el Popocatepetl ó el Masaya,

de lagos como el Titicaca ó el Ontario, ó de montes como el Chimborazo

ó el Tupungato, de selvas como las que cubrían casi todos los países

americanos.

Suponer que hombres colocados en teatros tan espléndidamente decorados

hubieran vivido mudos y fríos, ajenos á ese entusiasmo del alma y á esa

plenitud del corazón, que son dondequiera que existan seres racionales,

la inagotable fuente de la más encantadora poesía, es un absurdo

igual á suponer, que el sol de los trópicos no produzca vegetación

exhuberante y frutas exquisitas, que los mares, los lagos y los ríos

de América, no hubieran contenido variedad infinita de peces, y las

inmensas selvas no hubieran servido de morada á multitud de aves de

hermosas plumajes y cantos suavísimos.

La poesía es tan natural al hombre como el nadar á los peces y el volar

á las aves. Dondequiera que descubre en torno suyo algo que amar ó

que admirar, la poesía nace fatalmente del fondo del alma, formándose

en cantos más ó menos simétricos y delicados, pero siempre hermosos y

robustos.

Desde el groelandés que canta las delicias de su hogar de nieve y sus

luchas con los osos blancos en las latitudes polares, hasta el árabe

que refiere en los oasis de sus desiertos abrasados, los estragos de su

espada, las glorias de su tribu, la rabia de sus celos ó las delicias

de su amor; desde las montañas cubiertas de bruma en que resuenan las

melodías del ciego de Morvín, hasta los países donde florece el loto,

en todas partes la poesía aparece, como el sol, dando calor y vida,

ó, como la luna, sirviendo de confidente suave y meláncolica á los

sentimientos del alma.

Siendo esto así, si es cierto que la poesía en los pueblos nacientes

es como la sonrisa en los niños, la primera manifestación del alma

humana ¿cómo poner en duda que sociedades tan adelantadas y cultas

como las que formaban los imperios de Moctezuma y Atahualpa, donde las

artes útiles para la vida, donde las ciencias mismas y la organización

política y civil habián alcanzado un notable desarrollo, cómo dudar,

repetimos, que en tales sociedades no existiese la poesía, esta

compañera inseparable aun de las tribus más bárbaras é incultas?

Los Indios, su Historia y su Civilización · 第 7 / 23 段