Tenían estas gentes dos géneros de sacrificios, públicos y

particulares. Aquéllos los celebraba el pueblo entero, eran grandes

solemnidades político-religiosas; éstos eran costeados por cualquier

particular, según su necesidad y devoción. Hablaré principalmente de

los públicos, únicos que podrán interesar al curioso lector. Ofrecíanse

ordinariamente en las fiestas periódicas de cada año, ó en casos

extraordinarios, cuando alguna gran necesidad ó acontecimiento nacional

lo requería. En todo caso, el sacrificio no se celebraba sin hacer

previa consulta al Sacerdocio y al Estado, juntándose el reyezuelo y

grandes de la provincia con los principales _Teupas_ para decidir,

en sesión plena, lo concerniente al día y hora, materia y forma del

proyectado sacrificio. Hecho esto, ó por acuerdo de los notables, ó

por embustes de los adivinos, supremos oráculos de la nación, empezaba

desde luego la Vigilia. Parecerá increíble lo que paso á contar, pero

nada hay en ello que no pueda explicarse por el supremo fanatismo que

ejercía la ignorancia sobre los desventurados idólatras. Precedía á la

solemne fiesta un ayuno rigurosísimo, ó mejor diremos, un ejercicio de

bárbara penitencia, continuado por espacio de cuarenta, sesenta y aun

más días, según la mayor ó menor importancia de la solemnidad. Durante

esta larga y horrible cuarentena, no bastaba ofrecer diariamente

sacrificios de animales, fruta, flores, incienso etc.; era preciso

sacrificarse á sí mismos derramando copiosa sangre de todo su cuerpo,

arrancándosela con afilados pedernales, de brazos, piernas, ojos y

narices, y obligando á hacer lo mismo á sus hijuelos. Estos ejercicios

se practicaban públicamente en el templo, donde era menester pasar

orando los días y las noches. Los sacerdotes y los hombres casados se

tiznaban todo el cuerpo, los que no lo eran, se ungían con una especie

de almagre ó tierra colorada. Ningún hombre dormía en su casa por esta

temporada, sino en unos portales ó ramadas llamadas _Calpules_, hechas

para el caso en las inmediaciones del templo. Las mujeres solas con

los niños debían permanecer encerradas en sus chozas, de donde á ratos

salían para practicar sus ritos y andar sus estaciones. Quienes gozaban

de más libertad estos días, eran los esclavos condenados al cuchillo.

La costumbre exigía dar suelta á aquellos infelices al comenzar el

tiempo de la penitencia, á efecto de lo que, sin quitarles una argolla

que llevaban al cuello, les permitían vagar por el pueblo libremente,

introducirse y aun comer en cualquiera casa, en cuenta la del príncipe,

sólo con el apremio de no salir fuera de la población, ni perder de

vista á cuatro guardias que los custodiaban. Por lo demás, un resto de

humanidad hacía que fuesen bien tratados por entonces aquellos pobres

hombres, cuyos descuartizados miembros no arrancarían después un ay

de compasión á la supersticiosa muchedumbre. Pero llegaban por fin

los siete últimos días de la preparación, y los infelices cautivos

sepultados de nuevo en una cárcel vecina al templo mismo, veían

extinguírseles eternamente la luz de libertad y de vida. Sin duda para

suavizarles el horror de aquellos días de capilla, si acaso no era por

efecto de instintos repugnantes, de los que hallamos sobrados indicios

en estas mismas ceremonias, les daban de comer y de beber en abundancia

hasta el exceso y la embriaguez. Cuando ya no faltaban sino tres días

de abstinencia, el pueblo entero se esparcía por plazas y caminos;

todo se barría y se regaba de flores, se cubría con menudas hojas de

pino, se adornaba en fin con cuanto podía contribuir al lucimiento

de la fiesta. Llegado el postrer día, y aseados ya los aposentos del

_Teucalli_, y bien aderezados los braseros, lavábanse todos de sus

unturas y tiznes, y se vestían las mantas nuevas, limpias y galanas.

Adornaban á su modo los altares, figurando entre los adornos la mazorca

ó espiga del maíz; juntaban sus instrumentos músicos, pitos y acabales,

y en fin lo tenían todo á punto para la entrada de la noche. Entonces

propiamente empezaba la solemnidad. Los hijos del rey y otros magnates

salían del pueblo, en busca de sus dioses, mientras que los ministros

sagrados y el rey mismo se disponían al gran recibimiento. Es de

saber, que en muchas de estas partes acostumbraban tener guardados los

principales ídolos en lugares muy recónditos, como en la espesura de

los montes ó la profundidad de las cuevas; ya porque les pareciese

ganaban en respeto sus divinidades con aquel misterioso apartamiento de

la vista de los hombres, en lo que ciertamente no carecían de sentido

común, ó ya porque los comprovinciales no se los hurtasen, envidiosos

como eran de los pueblos que poseían ídolos mejores. Iban, pues, los

jóvenes más notables á sacar á los dioses de aquellas honduras y

cavernas, y traíanlos sobre sus hombros con gran procesión y ceremonia,

haciendo posas de trecho en trecho, para ofrecerles incienso y pequeños

sacrificios. En acercándose la comitiva, salía el _Teuti_ á recibirlos

con gran acompañamiento de _Teupixquis_ y _Teupas_, y en el punto del

encuentro se hacía por supuesto alguna ofrenda y se degollaba alguna

víctima. Entonces continuaba la marcha silenciosamente hasta quedar

los ídolos colocados en el templo. Una señal convenida anunciaba á

todo el pueblo estar ya los dioses en posesión de sus altares. Al

anuncio sucedían los clamores de júbilo, los gritos de alegría, el

tañido atronante de tambores, los bailes, danzas, cantos, regocijos,

en fin cuanto podía hacer sensible el tránsito de la penitencia á la

disolución. En estas devotas ocupaciones les hallaba el alba del gran

día de las expiaciones. En amaneciendo volvían á sus casas, no para

suplir el sueño desperdiciado aquella noche, sino para aderezarse,

lavarse y llevar las ofrendas y víctimas particulares, que recibían y

ofrecían los ministros, mientras que los fieles hacían presentes al

numen sus necesidades. Pasada así gran parte de la mañana, llegaba

la hora del grande y solemne sacrificio. El pontífice supremo se

revestía de sus ornamentos, que según nuestros cronistas, consistían

en una capa cuya hechura no saben ellos mismos describir, una corona ó

diadema de preciosa labor, conforme á la riqueza de los pueblos, con

su gran penacho de plumas de quetzal, una especie de báculo, y en fin

otros arreos que le hacían muy autorizado y vistoso. Tan ricas como el

pontifical debían ser las andas sobre que colocaban al grande ídolo

para llevarlo en procesión al rededor del templo, por aquel espacioso

patio que describimos arriba. Terminada la procesión, durante la cual

subía de punto el regocijo del público, con las multiplicadas danzas y

músicas, paraban al ídolo en su altar, junto á la piedra fatal donde

iban á ser inmoladas á los dioses las víctimas humanas. Antes de llegar

el cruel momento, cantaban al són de sus tambores las hazañas de

antepasados guerreros. Mientras duraba el canto, iba el rey en persona

con los otros señores al lugar donde estaban los esclavos, y sacábanlos

uno á uno, llevándolos de los cabellos hasta ponerlos en manos del

sacerdote carnicero, que armado de navaja y furor los recibía. Mientras

aquellos bárbaros arrancaban el corazón á las víctimas y lo ofrecían

á sus ídolos de oro, los que rociaban y untaban con aquella sangre,

haciendo ridículos visajes, propios de un culto de idólatras, el

pueblo, en el colmo de su fanatismo, decía á grandes voces: "Señor,

oye nuestras peticiones, recibe nuestras plegarias, ayúdanos contra

nuestros enemigos, danos holganza y descanso." Y para que los dioses

no olvidasen tan fácilmente aquellas súplicas, y se moviesen con más

eficacia á despacharlas, dejaban las cabezas de los sacrificados

clavadas en astas, sobre un altar erigido al efecto. Lo restante de

los cuerpos era cocido y se comía en la mesa del rey y de los grandes,

como vianda santificada y exquisita, teniéndose por mil veces dichoso

el que podía conseguir un bocado. Entre tanto, el pueblo se entregaba

profusamente á sus bailes, disolución y borrachera. Así quedaban

bastante indemnizados del áspero rigor de la abstinencia, tanto más

cuanto que aquellas pascuas se prolongaban por lo menos durante siete ú

ocho días."

CAPITULO CUARTO

=Sistema de gobierno é instituciones políticas que

tenían los indios y particularmente los de

Guatemala. Ceremonias de la coronación

y orden de suceder en la monarquía=

SUMARIO

Gobiernos de Méjico y el Perú.--El gobierno de los pueblos

del istmo Centro-americano era monárquico absoluto.--Consejeros ú

Oidores que había en lo político y en lo judicial.--En Honduras

no había reyes hereditarios, sino Jueces elegidos por el

pueblo.--Cómo se procedía á la elección de los reyes.--Presentes

que se ofrecían al nuevo soberano.--Ceremonias de la elección.--La

Coronación.--La fiesta Temohuá.--Arenga del gran Sacerdote.--La

jura del monarca.--Cuatro días de ayuno que observaba el rey.--Toma

de posesión del gobierno.--Los palaciegos.--Ceremonial de

audiencias reales.--Cómo iba el rey en las calles.--Etiqueta de la

mesa.--Despensas y botillerías.--Orden de sucesión de los señoríos de

Guatemala.--Consejo Supremo del monarca del Quiché.--Tenientes del

rey.--Leyes penales contra el soberano.--Opinión de Bancroft sobre el

orden de sucesión en las monarquías de Guatemala.

Notables por muchos conceptos, y muy en especial por sus gobiernos,

fueron las monarquías indianas de Méjico y del Perú. Las heroicas

figuras de Atahualpa y Guautimoc, representan el selvático brillo de

aquellos pueblos, que guardaban en sus tradiciones las reliquias de

valerosas tribus, cuyas proezas homéricas tocan los lindes de la fábula

y del mito. En las praderas del Cuzco y en las faldas del Popocatepetl

han presenciado las edades hazañas dignas de los semidioses griegos.

Los pueblos aztecas é incas tuvieron instituciones de monárquica forma,

con sus nobles de sangre real, sus reyes absolutos y plebeyos pecheros.

"Después de los ritos y ceremonias religiosas de los antiguos

pobladores de Centro-América, nada hay más interesante que lo relativo

á su modo de administración y gobierno. En esta parte se poseen quizás

noticias más circunstanciadas y seguras, en la advertencia de que las

costumbres de nuestros pueblos guatemaltecos no se apartaban mucho de

los usos de los pueblos mejicanos.

Su sistema de gobierno era sin duda el monárquico absoluto. "La

monarquía, dice, un ingenuo cronista, es la más principal república

y la que se conserva más seguramente y con menos revueltas del

pueblo; y asi estos indios tuvieron la monarquía, etc." Mas, por

absoluto que fuera el señorío del rey de Guatemala, se sabe que

compartía liberalmente su autoridad con ciertos varones de opinión,

especie de consejeros ú oidores, encargados así de lo judicial como

de lo político. Ellos eran también los que recogían y guardaban las

rentas del estado, siendo de su cargo el distribuirlas entre los

gastos de la cosa pública y los de la casa real. Además de estos

supremos consejeros, había en cada pueblo oidores y chancillerías,

con atribuciones por supuesto limitadas, no pudiendo resolver nada en

negocios arduos aquellos administradores locales. La conducta de estos

magistrados no se escapaba á la inspección y vigilancia del gobierno,

antes bien eran castigados cruelmente cuando se hallaban en falta

respecto al desempeño de su oficio, á la vez que su buena diligencia

les merecía los ascensos á la perpetuidad en el empleo. De esta suerte

el magistrado supremo solía haber recorrido todos los grados de la

jerarquía civil.

Aunque la forma general del gobierno entre las tribus americanas fuese,

como se ha dicho, la monárquica, hallamos una singular anomalía en la

provincia de Honduras, cual era el no tener reyes hereditarios, sino

Jueces elegidos por el pueblo. Dicen que su administración se renovaba

cada diez y seis meses.

Veráse ahora cómo se procedía á la elección de los reyes. Sobre el

sepulcro mismo del monarca difunto se despachaba la convocatoria á los

señores principales del reino, que se hallaban en el caso de asistir

á la elección del nuevo rey. La obligación de concurrir á aquellas

cámaras era severa y urgentísima. Los electores acudían con la prisa

posible, y bien provistos de dones que ofrecer al futuro soberano.

El primer trabajo de aquella grande Asamblea Nacional era fijar los

derechos de los candidatos al trono. La ley de sucesión designaba

ordinariamente á los hermanos, y á falta de éstos al hijo mayor: en

otros pueblos la constitución era diversa. En general la elección

recaía en el mejor guerrero[63], no habiendo dificultad legal para

desechar al heredero inmediato, siempre que su ineptitud lo alejaba

del Gobierno. Discutida y resuelta (con más prontitud de la que se usa

en el día) la cuestión de candidatos, procedíase luego á la ceremonia

de la coronación, cuyo ritual paso á describir brevemente.

[63] Valía el que más podía, y el que era más hombre de

guerra--Herrera.

Desnudaban al electo, y así desnudo lo llevaban desde el lugar de la

elección hasta el templo principal, el _Teucalli_, que hase descrito

en otra parte, todo en gravísimo silencio, sin música ni mayor

aparato. Llegado al patio, y puesto delante de las gradas del templo,

era subido de los brazos por dos caballeros principales, especie de

regidores del pueblo, presidiendo lo mejor y más granado de toda la

nación. En lo alto del templo, ó sacrificatorio, le aguardaba el

sumo sacerdote, con los demás Teupixquis, revestidos de sus mejores

ornamentos: allí estaban también preparadas las ricas vestiduras que

había de ostentar la real persona en el acto de la coronación. Cada

uno de los señores principales ó caciques tributarios, llevaba delante

de sí las insignias y armas de sus títulos, en ciertas tablas que

semejaban escudos; y una vez llegadas al adoratorio, todos desde el

rey hasta el último caballero, hacían al ídolo cierta reverencia, que

consistía en inclinarse hasta el suelo y besar la mano con que habían

tocado la tierra. Entonces empezaba propiamente la coronación. La

primera ceremonia que ejecutaba el pontífice era la unción del nuevo

rey, que según la costumbre universal de los indígenas de América, no

se limitaba á sólo las manos ó cabeza, sino que se extendía á todo

el cuerpo, que embadurnaban con un negrísimo betún. Después de esto,

el sacerdote con un hisopo hecho de ramas de cedro, sauce y caña,

rociaba al monarca, bañándolo cuatro veces en cierta agua que tenían

por bendita y pronunciando palabras misteriosas. Luego le vestían la

_púrpura_, que era una manta pintada de calaveras y huesos de muerto,

poniéndole además otras dos mantas en la cabeza, con las mismas

pinturas y de distintos colores, la una negra y la otra azul. En

seguida le colgaban al cuello unas largas cintas coloradas, de cuyos

cabos pendían misteriosas insignias; y á las espaldas le colgaban

también una calabacita ó _tecomate_ lleno de ciertos polvos de virtud

antienfermiza y antidiabólica. Con aquel rito pretendían libertar

al nuevo príncipe, así de las enfermedades, como de los engaños del

demonio y de las hechicerías de encantadores y brujas. Tenían por

cierto aquellas gentes supersticiosas, que si el rey emfermaba en

cierta fiesta llamada _Temohuá_, no sanaría jamás. En fin, le ponía

el sumo sacerdote una redecilla ó bolsita en el brazo, á manera de

manípulo, llena de incienso, para que fuera en el acto á incensar á

los dioses. Hechas estas ceremonias, sentábase el gran sacerdote, y

vuelto al rey le decía, entre otras cosas: "Ya ves como todos los

altos hombres están aquí presentes con todos sus caballeros para

honrarte.... Tú, como padre y madre de ellos, los has de defender y

amparar y mantener en justicia, pues ellos tienen puestos los ojos en

tí solo: tú los has de regir y gobernar, has de tener cuidado en las

cosas de la guerra, y has de tener gran cuenta en que el Sol ande y la

Tierra dé sus frutos."--Se ve claro que no carecían nuestros indios de

habilidad para hacer un razonamiento digno de las circunstancias. El

rey no podía contestar á la arenga sino con gestos de aprobación y de

humildad. Entonces bajaba la corte al patio del _Teucalli_, donde se

procedía á la jura del monarca, y en el acto de prestarle homenaje, los

señores le ofrecían sus joyas y demás presentes. Pero no era aquel día

el destinado á los regocijos de la coronación. El rey debía permanecer

en el templo cuatro días más, entretenido en dar gracias á los dioses

por la adquisición del reino, á efecto de lo que tenía que sujetarse

á ridículas y penosas ceremonias. Encerrado en un aposento construído

en el mismo atrio, debía guardar una inviolable clausura: á la oración

debía juntar la penitencia y el ayuno, aunque se le permitía comer

buenos manjares, pero no más de una vez al día. Bañábase á la mañana y

á la noche, en una alberca construída allí con este único objeto, y el

resto del día, lo pasaba en ofrecer á los ídolos incienso, sangre de

las orejas, víctimas y ofrendas de real munificencia. Pasados aquellos

cuatro días, venían al templo los magnates y el pueblo para conducir

al monarca á su palacio con toda la pompa y alborozo digno de tan gran

solemnidad. Instalado en su real sitio el nuevo soberano, tomaba desde

ese mismo día las riendas del gobierno.

A tanta grandeza en el ceremonial de la coronación correspondía sin

duda la majestad del tratamiento que se daban estos reyes. Lo más, de

lo que hallamos descrito en las historias, pertenece ciertamente al

gran dueño del imperio mejicano, cuyo poder excedía con mucho al de

todos los demás señores de la América setentrional, y quizás también

al de los mismos incas del Perú; pero no por eso deja de convenir, al

menos en gran parte, á los otros señores indianos, puesto que hablando

de los reyes de Tezcuaco y Tlacupán, tributarios de Moctezuma, nos

asegura un cronista que se trataban con _casi la magnificencia y

majestad que el de Méjico_; y sabemos por otra parte, que el rey de

Guatemala no era tributario, antes bien tenía otros reyezuelos sujetos

á sí, quienes recibían de él la confirmación de sus estados.

Hecha esta advertencia, volveré al asunto. En amaneciendo entraban

en palacio multitud de señores principales é innumerables criados y

lacayos, con el solo objeto de hacer la corte al soberano desde la

mañana hasta la noche, aun sin poder disfrutar de su presencia en todo

el día. La ocupación de estos tristes palaciegos era formar corrillos

en los corredores de la casa real. De estos esclavos principales,

Moctezuma tenía hasta seiscientos. Por lo que hace á los que hanse

llamado _palacios_ de los reyes indígenas, digan lo que quieran los

historiadores, no es verosímil que pasasen de ser lo que eran las

demás fábricas de estos pueblos, de vastas dimensiones, si se quiere,

pero siempre algo desaliñadas. Sabido es que las famosas ruinas de

que aún quedan vestigios por todo el territorio americano, datan

de una fecha muy anterior á la época de la conquista. Sin embargo,

no es difícil que aún en medio de aquella rudeza arquitectónica se

hallasen en las grandes poblaciones algunos edificios de singular

curiosidad y admirable trabajo, lo mismo que jardines, fuentes, casas

de fieras &. cuales pudieron ser los que tanto llamaron la atención

de los conquistadores. Era curiosísimo el ceremonial observado en

las audiencias del rey. Ninguno entraba en la real cámara sino

rigurosamente descalzo: la gala de uniforme eran las mantas más

viles y groseras, porque en el concepto de estas gentes, la decencia

consistía en el abatimiento, y así la mayor honra del rey era el

presentarse más miserable en su presencia, sobre todo si era elevada

la condición del caballero; práctica ridícula por cierto, como

fundada en una mala aplicación de principios, y en el fondo altamente

humillante. Por supuesto los ojos bajos, la cabeza inclinada y todo

el cuerpo profundamente encorbado, completaban el cuadro de la más

abyecta reverencia. Sólo seis personas tenían facultad para fijar la

vista en el rostro del monarca. Cuando éste hablaba era tan bajo, que

apenas parecía mover los labios, y aún tal favor no se dispensaba

sino rarísimas veces, porque las más se valía de intérprete para sus

respuestas, según dicen lo usaron también los Asirios.

El rey salía poco de palacio, y entonces se observaban los siguientes

ritos. Precedía un oficial ó macero con tres varas en la mano, á manera

de los antiguos lictores, anunciando de aquel modo la aproximación del

monarca. Este era llevado de ordinario en unas andas magníficas, y el

suelo que pisaba debía estar limpio hasta de piedras y pajas. Todos

los que formaban el augusto séquito, así fuesen cerca ó lejos, debían

llevar los ojos en el suelo, reverencia que con mayor razón debían

prestar los asistentes que se encontrasen al paso, quienes además

tenían que aguardar profundamente inclinados á que pasase la real

procesión.

No era menos notable la etiqueta de la mesa. El comedor del rey era

una sala alfombrada toda con esteras muy finas y de curiosas labores:

la mesa era el propio pavimento, pero cubierto de blancos manteles de

algodón, y el asiento real era un cojín ó almohadón de cuero de venado

ú otra piel bien curtida, de extraordinario precio. Sentado á la comida

el monarca, sentábanse con él, pero á una distancia conveniente, seis

ancianos venerables, aquellos solos que tenían el privilegio de mirarle

á la cara. Entraban entonces centenares de pajes, cada uno con su plato

ó vasija de barro de primorosas hechuras, y en todas ellas venía un

manjar. El maestresala tomaba en seguida aquella vianda, la presentaba

al rey, luego á los seis viejos y después á cien magnates que comían

en una pieza inmediata. Del mismo modo se servía la bebida. Los vasos

eran aquellas calabazas que hasta hoy llamamos _Xícaras_ y _Cocos_, que

bien pulidas y montadas, podrían presentarse, sin recibir desaire, en

la mesa de algún príncipe europeo.

Omitiendo por ahora muchos otros pormenores, que no carecerían de

curiosidad, solamente notaré una singular magnificencia, que celebran

los historiadores en las casas de estos reyes, y era que en las

despensas y botillerías destinadas al servicio del monarca, siempre

había puerta franca para cuantos quisiesen disfrutar de sus vinos y

manjares. No hay duda que esto era exceder los límites de una grandeza

ordinaria.

Por lo demás, si se desea saber el orden de sucesión de los señoríos

de Guatemala, puede consultarse á Torquemada y Juarros. Este último

historiador asevera haberse acostumbrado que el primogénito del rey

fuese el inmediato sucesor á la corona; y al hijo segundo le daban el

título de electo, porque debía suceder al hermano mayor: los hijos de

éstos tenían el título de capitán mayor el hijo del primogénito, y de

capitán menor el hijo del segundo: muerto el rey, empuñaba el cetro el

inmediato sucesor, y el electo pasaba á inmediato; el capitán mayor

ascendía al puesto de electo, el capitán menor á capitán mayor, y el

pariente más cercano á capitán menor. De esta suerte, subiendo por

grados al trono, se conseguía que los reyes siempre fuesen provectos en

edad, y cargados de méritos y muy experimentados, así en lo político

como en lo militar. Pero si alguno de estos cuatro señores se advertía

ser inútil, quedaba en aquel primer puesto hasta su muerte, y entraba

al grado superior el pariente más cercano.

El Consejo Supremo del Monarca del Quiché se componía de veinticuatro

grandes, con quienes consultaba el rey para el acierto de los negocios

políticos y militares. Estos consejeros gozaban de grandes honras

y privilegios, y eran los que llevaban en hombros las andas del

Emperador, cuando salía de su palacio; pero también se les castigaba

severamente cuando cometían algún delito. Estaba á cargo de estos

magnates la administración de justicia y la recaudación de la Real

Hacienda.

Tenía este monarca, en los pueblos principales de su imperio, Tenientes

que gozaban de grande honor, rentas y suprema autoridad; excepto los

casos y negocios que eran contra los Ahaus,[64] que éstos se remitían

al Supremo Consejo. Pero si tales Tenientes se deslizaban y cometían

algún exceso, eran brevemente depuestos y severamente castigados; y por

el contrario, si gobernaban con rectitud y prudencia, no dando motivo

de queja á los súbditos, se les perpetuaba en los puestos y engrandecía

con mayores honores, y sus hijos eran atendidos y muchas veces

sucedían á los padres en los puestos.

[64] Así llaman los indios á sus grandes, nobles y ancianos.

Estos Tenientes del rey ó Corregidores de los partidos, tenían sus

Consejos en las cabeceras. I á más de ello, cuando se ofrecían negocios

de mucha gravedad, si el asunto era perteneciente al bien público, se

llamaba á los Cabezas de Capul, para tomar sus pareceres: si se trataba

de materias de guerra, se oía á los Capitanes más experimentados.

I es de advertir, que á estos oficios de Tenientes y Consejeros y aun

al de porteros de los Consejos, no entraban sino los indios nobles, no

dándose caso de que en oficio público alto ó bajo se pusiese persona

que no fuese de la primera nobleza; y así se celaba con gran cuidado

la conservación de los linajes, para que permaneciesen en su limpieza.

Para lo cual estaba ordenado por la ley, que si algún cacique ó noble

recibiera mujer que no fuese de la nobleza, quedara el tal cacique

reducido á la categoría de mazegual ó plebeyo y tomase el apellido de

la mujer, sujeto á los tequios y gravámenes de los plebeyos; y que

sus bienes se secuestrasen para el rey, dejándole solamente los que

necesitara para mantenerse en la esfera de mazegual.

También tenían sus leyes penales. El rey á quien se justificaba y

probaba el delito de extremada crueldad y tiranía, era depuesto por

los Ahaguaes, que celebraban con gran cautela junta, para este efecto,

y colocaban en el trono al que le correspondía, según derecho; y el

depuesto era castigado, confiscándole todos sus bienes, y algunos

sientan que era decapitado. (Torquemada. 2. p. cap. 8º). La reina que,

faltando á la fidelidad á su esposo, adulteraba, si el cómplice era

persona principal, se les daba garrote á los dos; pero si era plebeyo,

eran despeñados de partes muy altas.

Los Ahaguaes que embarazaban la recaudación de los tributos, ó que eran

causa de alguna conspiración, eran condenados á muerte y todos los de

su familia vendidos por esclavos."

Brasseur de Bourbourg está de acuerdo con los autores citados y da

al rey, al electo, y á los dos capitanes los títulos de Ahan Ahpop,

Ahan Ahpop Camba, Nim Chocoh Cahuck y Ahan Ah Tojil, respectivamente;

pero cuando el último cargo quedaba vacante por muerte del rey, nos

dice el Abate que "se le confería al mayor de los hijos del nuevo

monarca,"--esto es, al mismo individuo que antes lo tuviera! El Padre

Jiménez deja entender que la corona bajaba del hermano al hermano,

y del hermano menor al sobrino que fuese hijo del hermano mayor. No

encuentro, dice Bancroft[65], autoridades que arrojen luz sobre un

asunto tan confuso; es evidente, no obstante, que si el último sistema

mencionado, idéntico al que se usaba entre algunas de las naciones

nahuaes, no es el cierto, nada más se conoce en tal materia. Parece

que lo que se proponían era que no recayera la autoridad en manos

inexpertas y jóvenes, para poder contar, como prendas de acierto, con

la experiencia y madurez del juicio, que la práctica de los negocios y

los años dan á los gobernantes.

[65] Vol. II, pág. 639, Native Races. Ximénez, Hist. Ind.

Guatemala Escolios, pp. 195-6--Torquemada, Monarq. Ind. t.º II,

p. 338.

CAPITULO QUINTO

=Leyes civiles y penales de los indios, antes de

la Conquista, y en especial las de los pobladores

del istmo Centro-Americano=

SUMARIO

La propiedad entre los indios.--La familia indígena de

América.--La poligamía.--El matrimonio.--Solemnidades y ceremonias

con que se celebraba.--Manera de vivir de los macehuales.--Jueces y

Tribunales.--Castigos que comunmente empleaban los indios.--Penas

contra los tiranos.--Manera de castigar los delitos de lesa-majestad,

el robo, el hurto, el estupro, el adulterio, el incendio, la

impiedad, y otros delitos.--Penas contra el cimarrón.--Las leyes

penales en los reinos quiché, cakchiquel, y sutojil.--Manera de

computar los grados de parentesco.--Varias penas que aplicaban á

diversos delitos.--Informe que el Oidor de Guatemala, Licdo. Dn. Diego

García, dirigió al rey de España sobre esos puntos.

Las naciones indígenas centro-americanas no eran pueblos nómades,

conocían el derecho de propiedad, y cada familia se hallaba establecida

en una porción de terreno que usufructuaba, porque el monarca era

el señor de las tierras. Las tribus ó parcialidades respetaban los

límites dentro de los cuales estaban los terrenos y aguas de que era

dado disfrutar al vecino. Pueblos sedentarios, no podían dejar de ser

esencialmente agricultores.

Reconocida la propiedad, ese derecho real del que los otros dimanan,

claro está que debía haber, como en realidad existían, leyes que

reglamentaran la adquisición del dominio, sus desmembraciones,

transmisiones y demás accidentes que lo constituyen.

Los Indios, su Historia y su Civilización · 第 6 / 23 段