"Viene después una tercera creación, siendo entonces formado el hombre,

de un árbol llamado _Tcité_, y la mujer de la medula de un pequeño

junco llamado _Zibac_. Tampoco éstos pensaron, ni hallaron á aquellos

que los habían formado, y perecieron arrebatados por las aguas. Toda

la naturaleza, los animales, los árboles y las piedras se sublevaron

contra los hombres, para vengarse del mal que les habían causado; y

todo lo que resta de esta antigua raza primitiva, se ve hoy en los

monos que habitan en los bosques.

Llegamos después á una historia de un carácter muy diverso, y que

interrumpe completamente el relato. No se refiere en manera alguna á

la creación, por más que termina por la metamórfosis de dos de sus

héroes, en Sol y en Luna. Es esta una historia que se parece mucho

á las fábulas de los brahmanes ó á los cuentos alemanes. Algunos

de los principales actores de este pequeño drama son evidentemente

séres divinos, que han descendido al nivel de la naturaleza humana; y

las hazañas que llevan á cabo, y los papeles que desempeñan son tan

extraños é increíbles, que parece se está leyendo uno de los cuentos de

_Las mil y una noches_. En las luchas de dos héroes favorecidos contra

los crueles príncipes de Xibalba, es posible que haya reminiscencias

de acontecimientos históricos; pero sería inútil pretender separar la

parte histórica de las fábulas que la envuelven. El principal intéres

del cuento americano, consiste en los puntos de semejanza que en él se

notan con los cuentos del antiguo mundo. Nos contentaremos con citar

aquí dos de ellos: la introducción de animales dotados de palabra y de

razón y la frecuente resurrección de los príncipes héroes, que, después

de haberlos quemado y arrojado sus cenizas á la mar, renacen bajo la

forma de peces; metamorfoseándose inmediatamente en hombres.

Sabemos que, en los cuentos alemanes, se explican ciertas

particularidades de la conformación y de las costumbres de los

animales, como resultado de acontecimiento de tiempos pasados;

cuéntase, por ejemplo, que el oso tiene la cola tan corta desde el día

en que le ocurrió aquella mala aventura, cuando fué á pescar sobre el

hielo. Así mismo leemos en los cuentos americanos que "_Hun Ahpu y

Xbalanqué_, habiéndo cogido al ratón, le apretaron mucho la cabeza,

queriendo ahogarle, y le quemaron la cola; época desde la cual comenzó

á tenerla pelada[56]. En otro lugar, un sapo, portador de un mensaje,

fué engullido por el _Zakuicaz_. "Desde entonces se alimentan de sapos

las serpientes"[57]. Esta historia, muy digna de llamar la atención de

aquellos que estudian la manera cómo se forman y vulgarizan los cuentos

populares, prosigue hasta el fin del libro segundo. Hasta en el tercero

surge de nuevo la cuestión de cómo fué creado el hombre.

[56] Popol-vuch, p. 125.

[57] id. id. p. 135.

Ya hemos visto que se habían hecho tres ensayos y todos habían

fracasado. Leemos después que, antes de la aurora y de haber salido

el sol y la luna, había sido creado el hombre; el alimento que debía

formar su sangre era el maíz blanco y el amarillo. Cítanse los nombres

de cuatro individuos que fueron los verdaderos antepasados de la raza

humana, ó mejor dicho de la raza quiché. No nacieron de mujer, ni

fueron tampoco engendrados por los dioses. Su creación fué un prodigio.

Estaban dotados de la razón y de la palabra; su mirada abrazaba todas

las cosas; conocieron todo el mundo y daban gracias á su creador. Los

dioses tuvieron entonces miedo, y pusieron una especie de nube en los

ojos de los hombres, á fin de que no pudiesen ver nada más que á cierta

distancia, y que el hombre no fuese semejante á los dioses mismos.

Mientras que dormían los cuatro hombres antes citados, les dieron

los dioses mujeres hermosas, que fueron después las madres de todas

las tribus, grandes y pequeñas. Pero aún no adoraban á los dioses; y

elevaban sus ojos al cielo, no sabiendo á lo que habían venido á este

mundo. Su figura era dulce, dulce también su lenguaje y grande su

inteligencia.

Llegamos ahora á un pasaje muy interesante, en el que se intenta

explicar la causa de la confusión de las lenguas. Ninguna nación,

excepto el pueblo judío, se ha preocupado mucho por saber la razón de

que haya muchas lenguas en vez de una sola. En su _Ensayo sobre el

origen del lenguaje_, hace Grimm las siguientes observaciones:

"Parece sorprendente que ni los antiguos griegos, ni los antiguos

indios, hayan pensado en proponer ni menos intentado resolver, la

cuestión sobre el origen y la multiplicidad de las lenguas humanas. La

Sagrada Escritura ha querido explicar uno de estos dos enigmas, el de

la multiplicidad de las lenguas, por la tradición de la Torre de Babel.

No conozco más que una pobre leyenda de Sthonia, que se puede colocar

al lado de esta explicación bíblica. El viejo dios, dicen los sthonios,

resolvió, luego que los hombres hallaron muy estrecha su morada,

dispersarlos por toda la tierra y dar á cada nación su propia lengua.

En consecuencia, colocó sobre el fuego un caldero de agua, ordenando

á las diversas razas que se fuesen aproximando á él, una por una, y

eligiesen los sonidos que les agradaran entre los que producía el agua

encerrada y comprimida.

Hubiera podido Grimm agregar á la referida, otra leyenda muy popular

entre los thlinkithianos, y que tiene evidentemente por objeto explicar

porqué existen lenguas diferentes. Los thlinkithianos son una de las

cuatro razas principales de la América rusa. Los rusos los llaman

kaljush, koljulh ó kolosh. Ocupan la costa desde el 60° hasta el

45° de latitud N. Se extienden por consiguiente, hasta el otro lado

de la frontera rusa, casi hasta la desembocadura del Oregón, y se

han establecido igualmente en muchas islas vecinas. Cree Wniaminow

que su número en las posesiones rusas é inglesas, es de 20 á 25.000

almas. Esta es una raza que tiende evidentemente á desaparecer, y

sus leyendas, que parece son numerosas y llenas de ideas originales,

merecían ser estudiadas muy atentamente por los etnógrafos americanos.

Creía Wragel que existe cierto parentesco entre ellos y los aztecas

de México. Los thlinkithianos profesan la creencia de que ha habido

una inundación ó diluvio universal, y que los hombres se salvaron en

una inmensa nave que flotó sobre las aguas. Cuando éstas se retiraron,

chocó la nave contra una roca, y por su propio peso se dividió en

dos partes. En la una se hallaban thlinkihtianos con su lenguaje, en

la otra el resto de las razas humanas. Tal fué el principio de la

diversidad de las lenguas[58].

[58] Holmberg, Ethnogoaphisehe Shizzen über die Volker des

Rusisehen Amrika. Helsingfon. 1885.

Ni la leyenda sthonia, ni la de los thlinkithianos ofrecen, sin

embargo, una conformidad notable con el relato mosaico. Debe, pues,

observarse con particular atención las analogías y las diferencias que

existen entre el capítulo noveno del Génesis y el capítulo siguiente

del manuscrito quiché, traducido por Brasseur de Bourbourg[59].

[59] Popol-vuh, p. 211.--

Todos tenían una sola lengua: no invocaban todavía la madera ni la

piedra; y sólo se acordaban de la palabra del Creador y del Formador,

del alma, del cielo y de la tierra.

Hablaban, meditando sobre lo que ocultaba la salida del sol: y llenos

de la palabra sagrada, de amor, de obediencia y de temor, hacían su

súplica; después, levantando sus ojos al cielo, pedían hijos é hijas.

"¡Salve, oh creador, ó formador! ¡Tú que nos ves y nos oyes, no nos

abandones ni nos desampares! ¡Oh Dios, que estás en el cielo y en la

tierra, oh alma del cielo, oh alma de la tierra, dadnos descendencia

y posteridad mientras caminan el sol y la aurora; y que se extienda

nuestra semilla lo mismo que la luz. Dadnos siempre para marchar,

caminos abiertos y senderos sin emboscadas; que estemos siempre

tranquilos y en paz con los nuestros; que pasemos una vida feliz;

dadnos una existencia que se halle al abrigo de todo pecado, oh

huracán, oh relámpago, oh rayo que hiere......haz que fructifique la

sementera y que se haga la luz!......

....Y llegaron todos á Tulán; y no se podía contar el número de gentes

que llegaban, y que entraban caminando en buen orden.

........Ahora bien, allí fué donde se alteró la lengua de las tribus;

allí tuvo lugar la diversidad de sus lenguas; no se entendieron

claramente entre sí, cuando llegaron á Tulán. Allí fué donde se

dividieron; algunos se dirigieron hacia el Oriente y muchos hacia aquí.

........El lenguaje de Balam-Quitzé, de Balam-Agab; de Mahücutah y de

Ikí-Balam (los cuatro antepasados del género humano), era ya diferente:

nosotros hemos abandonado, pues, nuestra lengua, ¿cómo lo hemos hecho?

¡estamos arruinados! ¿De dónde procede que hayamos sido inducidos á

error? Nosotros no teníamos más que una sola lengua, cuando vinimos de

Tulán; uno solo era nuestro modo de sostener (el altar), una nuestra

educación.

No hemos hecho evidentemente bien, repitieron todas las tribus, en los

bosques y bajo los bejucos."

El resto de esta obra que consta de cuatro libros, está consagrado

á las emigraciones de las tribus que partieron de Oriente y á sus

diversos establecimientos. Los cuatro antepasados de la raza quiché

parece que tuvieron una vida muy larga; y cuando al fin llegaron á

morir, desaparecieron de una manera misteriosa, dejando á sus hijos lo

que llaman la _Majestad envuelta_, que no debía desplegarse jamás por

mano de hombre. ¿Qué era esta Majestad? no lo sabemos.

Los capítulos siguientes contienen muchas cosas interesantes; pero no

pueden buscarse en él los materiales para la historia, por más que el

autor considere todo lo que cuenta sobre esta sucesión de reyes como

tradiciones perfectamente auténticas. Mas cuando despues el relato de

las emigraciones, de las guerras y de las insurrecciones diversas,

llega al fin á referir la llegada de los españoles, hallamos que sólo

hay catorce generaciones entre los cuatro primeros antepasados de la

raza humana ó de la raza quiché y la última de las dinastías reales; y

el autor, quienquiera que sea, termina su obra con esta confesión:

"He aquí lo que resta de la existencia del Quiché; porque no hay medio

de ver este libro, en donde otras veces lo leían los reyes todo, porque

ha desaparecido. Esto mismo se ha hecho con todos los del Quiché, que

se llama _Santa Cruz_."

Aunque los indios de Centro América se habían formado una idea elevada

é incorpórea de la divinidad, no por eso dejaban de ser fanáticos y

supersticiosos. Tenían como los antiguos romanos, sus dioses lares y

penates; cada familia adoraba, además de las divinidades comunes ó

generales, á ciertos seres que los libraban del mal y de las acechanzas

de genios maléficos. Los cojos, tuertos, mancos y gibosos, los del

rostro quemado ó deforme, eran adivinos ó _brujos_ (y aún hoy los hay

en algunos pueblos). Esos tales empleaban arañas, que hacían correr

en mantas, después de quitarles una pata, ó bien un sapo vivo ó una

culebra en una olla grande, á la cual habían antes amansado para que

les lamiese el cuerpo. Otros usaban pelo de muerto, dientes de difunto,

figurillas especiales de piedra y yerbas á las que atribuían virtudes

singulares. Los _brujos_ hacían maleficios, por medio de venenos,

atribuyéndolos á oraciones ó encantamientos. En todo encontraban la

intervención de un sér sobrenatural, de un genio casi siempre maléfico

ó dañino. Los graznidos de la lechuza[60], el revolotear de la mariposa

negra, el aullido lúgubre del coyote, y otras muchas cosas inocentes,

dábanles espanto como augurios de grandes calamidades. En las tribus de

indios guatemaltecos, todavía duran esas preocupaciones y creencias, á

las cuales son tan aferrados los aborígenes.

[60] Hay un canto popular que dice:

"La lechuza canta,

El indio muere,

Será mentira,

Pero sucede.....!

El indio jamás se creía solo, sino acompañado por los objetos que le

rodeaban. En toda la naturaleza había seres ocultos, mudos, severos

y terribles, dispuestos á castigar aun al que involuntariamente

cometiera el menor desacato contra ellos. Imaginaban que en la otra

vida futura, era la existencia análoga á la que aqui se lleva; y por

eso tenían cuidado de que el muerto tuviese _bastimento_ de maíz,

_totopoxte_, chile y otros comestibles, junto con piedras de moler y

demás utensilios que ponían en las sepulturas. Levantaban sobre éstas,

cerritos de tierra, cuando eran de magnates, y á los régulos les

erigían monumentos de piedra ó los inhumaban en las hendeduras de las

rocas.

Cuando el huracán se desataba, formando remolinos de polvo, arrancando

los troncos viejos de los árboles, despojando á la ceiba de su

follaje y al rancho de su techo pajizo, iban medrosos el quiché y

el cakchiquel á las cuevas de sus mayores á implorar perdón. Si la

tempestad se desencadenaba, luciendo el relámpago y tronando el rayo,

corría el indio á aplacar á _Gucumatz_ con ofrendas y conjuros. Si la

peste asolaba la comarca, ó la sequía esterilizaba el campo, ó temblaba

la tierra, los crédulos aborígenes sacrificaban doncellas, niños,

venados ó conejos, á los dioses ofendidos, que al fin se apaciguaban

con la sangre fresca de las víctimas, al pensar de aquellos idólatras

pobladores de este suelo americano.

Es el miedo la base de su religión: oiga un indio ruido insólito

por entre la selva, derribe un terremoto su mísera choza, rómpase

su estrecho _cayuco_ en un raudal, y deduce que su mala suerte es

efecto del espíritu maligno, á quien sólo con ofrendas es dable tener

tranquilo. Cuando el aborígen se encontraba sorprendido por un tigre,

hacía inmediatamente confesión de sus pecados en alta voz, creyendo

que así lo perdonaría. Acostumbraban también sacrificios al salir y

al volver las aguas, y en la época de las siembras, quemaban copal y

hule ante los ídolos, á los cuales ofrecían algunos granos de los que

iban á sembrar y además la sangre que los sacerdotes se extraían de

varias partes del cuerpo. Entre los templos de los célebres quichés, se

encuentran el de Tohil, en Gumarcaah, el de Cabah y el de Mictlán, á

los cuales no entraban las mujeres.

Los indios choles y manches de la Vera Paz, impresionados por los

contornos grandiosos y salvajes de la espléndida naturaleza que

los rodeaba, veneraban los montes y los cerros, y en uno llamado

Escurruchán, que se halla en donde varios ríos se juntan, conservaban

un fuego sagrado, que con leña alimentaba todo pasajero, y al cual

ofrecían sacrificios. En otro sitio hallaron los misioneros un altar de

piedra, rodeado de una cerca, ante el cual quemaban resinas olorosas, y

ofrecían aves y sangre de sus propios cuerpos. Aquellos que más sangre

se sacaban de las partes pudendas eran los más piadosos.

En resolución, se puede decir que los antiguos indios de Guatemala

dividían sus dioses en tres clases: unos eran comunes, invocados

por todos y en todas las necesidades. Tales eran los que presidían

á los campos, á las siembras, á la guerra, al matrimonio etc. Otros

(que corresponden á los _semidioses_ de los pueblos antiguos) eran

les hombres célebres, elevados por esta ó aquella nación al rango y

categoría de divinos. Tal era entre los mejicanos _Quetzalcoatl_. Otros

finalmente, eran los dioses de primer orden, jefes supremos de las

deidades inferiores, como en la generalidad de los pueblos americanos

el Sol y la Luna. Entre los dioses de la segunda clase se conserva, por

famosa y extraordinaria, la tradición de _Ixbalaquén_, venerado por los

habitantes de Utatlán y Guatemala. De este dios cuenta la fábula que

bajó á combatir al infierno, peleó con sus príncipes, los demonios,

prendiólos con su rey, y así cargado de trofeos dió la vuelta al mundo

victorioso. Pero llegando cerca de la tierra, el rey del infierno le

pidió que no le sacase de aquel sitio. Ixbalaquén, accediendo á la

suplica, dióle un empellón, le volvió á su propio reino y le dijo:

sea tuyo todo lo malo, inmundo y feo. En seguida llegó el vencedor al

país de Verapaz ó Guatemala; pero como sus habitantes no quisiesen

tributarle los honores merecidos, el dios se marchó á otra provincia,

donde fué recibido con la veneración correspondiente. De este vencedor

del infierno dicen que tuvo origen el sacrificio de víctimas humanas.

Cada una de las tribus de Guatemala tenía una casta distinta y separada

de sacerdotes, quienes, por medio de sus oráculos, ejercían gran

influencia en las cosas públicas, y algunos, como los quichés, eran

espiritualmente gobernados por pontífices independientes. Los altos

sacerdotes de Tohil y Gucumatz, Ahan Ah Tohil y Ahan Ah Guenmatz,

pertenecieron á la real casa de Cawek, y tenían el cuarto y quinto

rango respectivamente entre los grandes del imperio; Ahan-Avilix el

supremo sacerdote de Avilix, era miembro de la familia Nihaib; Ahan

Gagavitz vino de la casa de Ahan Quiché; y los dos sumos pontífices

del templo de Kahba, en Utatlán, eran de la casa de Zakik, y cada uno

tenía asignada una provincia para su sostenimiento[61]. Los sacerdotes

de Tohil debían ser muy castos y continentes, sin que jamás pudiesen

comer carne. Cuando moría el alto sacerdote, se embalsamaba su cuerpo y

se sepultaba en una cripta bajo el palacio. Tanto respeto y veneración

se guardaba á los sacerdotes, que si alguien era osado de tocarlos, se

juzgaba que caería muerto en el acto.[62].

[61] Bancroft, vol. III. pág. 489. Native races of the Pacific

States.

[62] Schezer. Indianer von Istlavacan, pág. 10.

Para poner fin al presente capítulo, es conveniente decir algo

acerca de las relaciones que hacen los cronistas de los altares,

templos, sacrificios y fiestas religiosas de los primitivos indios de

Guatemala. "En las provincias menos importantes no había ciertamente

nada de notable en materia de edificios religiosos. Estos se reducían

á pequeñas ermitas fabricadas en el campo, tan miserables poco más

ó menos como el resto de las casas. Talvez en la habitación de

cualquier magnate se destinaba algún apartamento más decente para

servir de _adoratorio_, y aún allí se limitaba el culto á incensar

y perfumar, en braseritos de barro, algunos ídolos de poco momento.

Pero en las naciones organizadas con regular cultura, cual eran no

sólo el gran imperio mejicano, sino también algunos de nuestros reinos

guatemaltecos, es increíble el número y opulencia, al menos relativo,

de los templos. He aquí la forma general de estos edificios, llamados

en unos pueblos _Cúes_, y en otros _Teutcallis_, es á saber, _Casas de

Dios_.

Escogíase primero el sitio más ameno y delicioso de toda la comarca;

allí se hacía una gran plaza comunmente cuadrada, cercada toda de

altísimas paredes con anchas puertas, que daban á tres ó cuatro caminos

principales. Para mayor belleza de la fábrica se ponía grande esmero en

la construcción de estos caminos, prolongándolos por una ó dos leguas

tan nivelados y tan rectos, que era un placer contemplarlos desde los

altos del templo. Dentro de aquel vasto cuadro se edificaba una torre,

que en algunas ciudades, como Méjico y Texcuco, sabemos se elevaba

á una altura prodigiosa. Solía construirse en figura de pirámide

truncada, y tenía por la parte occidental una escalera perfectamente

dispuesta para subir á la plazuela que coronaba el edificio, y era

propiamente el templo sacrificatorio. Mídese la altura de aquellos

edificios por el número de gradas; el de Méjico tenía 113 y el de

Texcuco 119. En la plazuela ya citada, y que era tan espaciosa, cuando

menos, como una buena sala, colocábanse á derecha é izquierda, á la

parte de Oriente, dos altares ó uno solo si el templo no tenía tan

vastas dimensiones. Según parece, los altares quedaban cubiertos por

un terrado que hacía una especie de capilla. Sobre ellos colocaban sus

ídolos y sacrificaban las víctimas.

Los Indios, su Historia y su Civilización · 第 5 / 23 段