En mil quinientos veinte, los bosques que cubren la mayor parte de

Yucatán, de Guatemala y de Chiapas estaban tan espesos y frondosos

como lo están hoy; y como probablemente estaban un siglo antes de la

conquista, porque, según la tradición que se conserva de Yucatán,

cuando fué destruido el reino de Maya, uno de sus príncipes huyó á

esconderse en la floresta con una parte de su pueblo, los Itzas, y se

estableció con ellos en las playas del lago del Petén. Si en la época á

que me refiero ya existían olvidadas y sepultadas en los bosques esas

importantes ruinas, y si se observa esa clase de vegetación que las

cubre, no puede uno menos de suponer, con bastante fundamento, que la

época de civilización que representan trascurrió hace muchos siglos.

En la edad anterior al desarrollo de estas inmensas y espesas

florestas, los lugares que ocupan estaban habitados por un pueblo que

había obtenido un grado bastante alto de civilización. Los campos

cultivados, y las ciudades en condición floreciente. La calidad misma

de las florestas y el estado tan decaído en que se hallaban las ruinas,

son pruebas inequívocas de la antigüedad muy remota del período de

civilización. Puede asegurarse, sin temor de incurrir en un yerro, que

ese período fué muy anterior á la dominación de los aztecas; pero no se

puede fijar con precisión el número de siglos ó años trascurridos entre

esas diferentes épocas. Copán, que por primera vez fué descubierto hace

trecientos años, ya era entonces misterioso y tan poco conocido de los

naturales, que vivían en sus inmediaciones, como lo son las antiguas

ruinas de Caldea para los árabes, que vagan en los solitarios llanos de

la baja Mesopotamia. No existía entre ellos ningún recuerdo ó tradición

relativa á esas ruinas, que ni nombre tenían, lo cual hace suponer que

cuando los aztecas se elevaron al poder ya esa ciudad estaba abandonada

y oculta en el bosque que la rodea.[53]

[53] "La Antigua América," obra escrita en inglés, por Juan D.

Baldwin, pags. 81 y 82.

Si se dejan aparte las ruinas antiguas de Guatemala, y se desea saber

cual era la base de la alimentación de los indios, bastará consultar

á Bernal Díaz del Castillo y á Ximénez, para saber que el maíz, el

_chile_ (pimiento), el plátano, los frijoles, los tubérculos y el

cacao, formaban los principales alimentos de nuestros aborígenes.

Humboldt asegura que por estas regiones se conocían las cebollas, las

calabazas y garbanzos. Tenían varias especies de gallinaceas, como

_chumpipes_ (pavos), faisanes y _chachas_. Había unos _perros mudos_,

que no ladraban y servían para comer. Eran muy dados los indios á la

caza y á la pesca.

Sabían mezclar el cobre con el estaño para darle más dureza, y tuvieron

curiosos instrumentos de esos metales, que casi igualaban al acero.

Tejían sus vestidos, y los adornaban de colores abigarrados, siendo

de diversos matices en cada pueblo. Mucho más se podría decir de los

usos y costumbres de las antiguas naciones civilizadas del istmo

centro-americano; pero ya se ha alargado bastante el presente capítulo.

Para concluir, y sin entrar á examinar aqui si los mejicanos y quichés

fueron más civilizados que los incas, cumple echar una ojeada rápida

sobre el afamado país que con el nombre de _Perú_, fué conocido por

los castellanos, que así lo denominaron á causa de que al llegar los

primeros á sus costas, preguntaron á un indio por el nombre de aquella

tierra, y les contestó que era _Berú_; "luego mirando al río, dijo

_Pelú_, y señalando después á los extranjeros, el interior del país,

_Pirú_. Entonces los recién llegados exclamaron: "¡Acabemos, que aquí

todo es _Perú_!" En ninguna parte de la América llegó la agricultura á

un estado más floreciente. En el arte de labrar piedras, hallábanse los

incas á la vanguardia de los demás pueblos americanos. El espléndido

templo del sol en Pachacanac, el palacio real del Cuzco, la fortaleza

de ésta ciudad, y los célebres caminos que de allí partían para Quito

y Chile, son obras colosales, que llenan el espíritu de asombro y

admiración. Mucho habría que escribir acerca del rápido progreso que

los incas alcanzaron bajo el imperio de Manco-Cápac y de sus sucesores;

pero ya no lo permite la índole de esta obra, consagrada de preferencia

á los indígenas del istmo centro-americano.

CAPITULO TERCERO

=Teogonía de los indios de Guatemala, sus ritos

y ceremonias religiosas, sacrificios, altares,

templos, sacerdotes y fiestas.=

SUMARIO

Interés que se ha tomado en los últimos tiempos en penetrar

los misterios de la religión de nuestros indios.--El sabio Max

Müller consagra á Guatemala un erudito estudio sobre su teogonía

antigua.--El libro de los salvajes.--El Popol-vuh.--Autenticidad que

tiene ese "Libro del Pueblo," ó sea Biblia de los Quichés.--Cuando

fué descubierto el manuscrito del Popol-vuh.--La traducción de

Jiménez.--Las opiniones de Brasseur de Bourbourg.--Es muy posible

que los autores del manuscrito hayan sufrido influencia de las

ideas europeas y cristianas.--Extractos del Popol-vuh.--El Génesis

quiché.--Animales dotados de palabra y razón.--Resurrección

de héroes.--La confusión de las lenguas.--Emigraciones de

Oriente.--Como termina el Popol-vuh.--Los indios de Guatemala eran

muy fanáticos y supersticiosos.--Los _brujos_.--El indio jamás

se creía solo, sino rodeado de objetos que contenían espíritus

ocultos.--La vida futura.--El miedo era la base de la religión

de los aborígenes.--Particularidades religiosas de los indios

choles y mames de la Verapaz.--Los indios de Guatemala dividían

sus dioses en tres clases.--Cuales eran éstas.--De los sacerdotes,

vírgenes y sacerdotisas.--Lo que escribe Bancroft acerca de

ellos.--Altares, templos, sacrificios y fiestas religiosas de los

indios de Guatemala.--Los calpules.--Solemnidades religiosas.--Como

dejaban las cabezas de los sacrificados clavadas en astas.--De los

mitotes.--Sacrificios especiales en favor de las sementeras.--El

sacrificio de la caza.

En la última mitad del presente siglo se han acumulado, por modo

extraordinario, nuevos y auténticos materiales para el estudio de las

teogonías del mundo, de tal suerte que los sabios europeos han tomado

mucho interés en penetrar los misterios de las religiones de nuestros

indios, que no eran simplemente, como se creyó por los conquistadores,

una salvaje idolatría y meros sacrificios bárbaros de infelices

vírgenes y prisioneros. En los últimos tiempos, el impulso dado á

las investigaciones etnológicas ha inducido á los viajeros y á los

misioneros á consignar en sus escritos todos los vestigios teogónicos

que han podido descubrir en los antiguos pueblos americanos.

El sabio Max Müller, que ha escrito la historia de las religiones,

consagra á la América Central tan eruditos párrafos que bien merecen,

por su novedad, formar parte del material de que me he servido para

la presente obra, en que me he propuesto historiar á los primitivos

pobladores de América, y sobre todo, á los del istmo del centro, que

tienen sus peculiares tradiciones y su teogonía singular. "Muchas

gentes, dice aquel sabio orientalista, acogerán con una sonrisa

escéptica un libro intitulado _Popol-vuh_, y que se asegura ser el

texto original de las escrituras sagradas de los indios de la América

Central. Aún no se ha olvidado á aquellos pobres Aztecas, que hace

algunos años se les presentó en toda Europa como los descendientes

de una raza á la que los indígenas de Méjico tributaban honores casi

divinos, antes de la conquista de los españoles, y que más tarde se

supo que no eran sino víctimas desgraciadas de especuladores bárbaros,

y el _Libro de los salvajes_[Nota 37] publicado recientemente por el

abad Domenech, bajo los auspicios del conde Walewski, ha menoscabado

en cierto modo la dignidad de los estudios americanos en general. Sin

embargo los que se rien del manuscrito americano, descubierto por el

abad Domenech en la Biblioteca del Arsenal, en París, y publicado

por él con tanto cuidado, como una reliquia preciosa de los antiguos

Pielesrojas de la América Septentrional, deben tener presente que es

muy posible exista un manuscrito auténtico que nos ofrezca un modelo de

la escritura figurativa de este pueblo salvaje.

El _Popol-vuh_ ó libro sagrado de la población de Guatemala, cuyo

texto original, acompañado de una traducción francesa ha publicado el

Abad Brasseur de Bourbourg, ocupa un lugar importante entre las obras

compuestas por los indígenas en sus propios dialectos, y escritas

por ellos con los caractéres del alfabeto latino. Sólo hay otras dos

obras cuya importancia puede compararse á la del _Popol-vuh_, para

el estudio de las antigüedades y de las lenguas americanas, y son el

Codex Chimalpopoca, escrito en lengua nahuatl, y el Codex Cackchiquel,

redactado en el dialecto de Guatemala. Estas tres obras deben ser

el punto de partida de todas las investigaciones críticas sobre las

antigüedades de los indígenas de América.

El primer punto que debe establecerse cuando se examinan escritos de

esta naturaleza, es su autenticidad. Debemos, pues, examinar ante todo

si estas tres obras son realmente, como se pretende, composiciones que

datan de hace tres siglos, fundadas en las tradiciones orales y en

los documentos ideogramáticos de los antiguos habitantes de América,

y escritos en los dialectos hablados en tiempo de Colón, de Cortés y

de Pizarro. He aquí, en resumen, la parte histórica del _Popol-vuh_,

según Brasseur de Bourbour. El manuscrito fué descubierto por primera

vez á fines del siglo XVII, por el padre Francisco Jiménez, cura

de Santo Tomás Chichicastenango, situado á unas tres leguas al Sur

de Santa Cruz del Quiché y á veinte leguas próximamente al N. E.

de Guatemala. Era este sacerdote muy versado en los idiomas de los

indígenas de Guatemala, tanto que ha dejado un Diccionario de sus tres

dialectos principales, su _Tesoro de las lenguas Quichés, Cackchiquel

y Tzutujil_; esta obra, inédita todavía, llena dos volúmenes, el

segundo de los cuales contiene una copia del manuscrito descubierto

por Jiménez. Este, que era dominicano, escribió también una historia

general de la provincia de San Vicente de Chiapas, que comprendía

cuatro tomos en folio. Había dejado de ella dos copias, pero ambas

estaban incompletas cuando Brasseur de Bourbourg las vió en Guatemala.

Los tres tomos que se habían conservado contenían muchas reseñas

curiosas sobre la historia y las tradiciones del país. El primero de

dichos tomos comprendía la traducción española del manuscrito quiché

que nos ocupa en este momento. Brasseur de Bourbourg copió dicha

traducción en 1855. Un viajero alemán, Mr. Scherzer, que se hallaba

á la sazón en Guatemala, hizo copiar la traducción de Jiménez, que

publicó en Viena en 1856.[54]

[54] MANUSCRITO PITOGRÁFICO AMERICANO, con una noticia sobre

la ideografía de los Pielesrojas, por el abad Domenech. París,

1860.

No se contentó el Abad francés con mandar imprimir el texto original

del _Popol-vuh_ y la traducción española de Jiménez, que declara ser

inexacta, incompleta y á veces ininteligible. Durante sus viajes por

América, había aprendido muchos idiomas del país y particularmente

la lengua quiché, cuyos diversos dialectos son hablados todavía

por una población de más de seiscientas mil almas. Como sacerdote,

tenía relaciones diarias con los habitantes de la parroquia, cuya

administración le estaba confiada; y mientras vivía entre ellos,

pudiendo consultarles á cada paso, como diccionarios vivos, fué cuando

comprendió, con el auxilio de los manuscritos de Jiménez, su propia

traducción de las antiguas crónicas de los quichés. Desde el tiempo del

descubrimiento de Jiménez hasta el de la publicación de Brasseur de

Bourbourg, podemos referir la historia del _Popol-vuh_ de una manera

clara y satisfactoria. Pero aún falta un siglo, del que hay necesidad

de dar cuenta; desde fines del XVI, época en que se supone que fué

escrita la obra hasta fines del XVII, fecha del descubrimiento del

manuscrito de Chichicastenango, por el dominicano Jiménez. En lo que

á este período se refiere, carecemos completamente de datos; pero

podemos sin embargo apelar á la autoridad del mismo manuscrito, que dá

la lista de las dinastías reales hasta la conquista española; lista

cerrada con los nombres de los dos príncipes, don Juan de Rojas y don

Juan Cortés, hijos de Tecum y Tepepul. Por más que estos príncipes

se hallasen enteramente bajo la dominación española, se les permitió

conservar las insignias reales hasta el año 1558, y el manuscrito

debió de ser redactado poco tiempo después de esta fecha. El autor

mismo termina el último párrafo del preámbulo del _Popol-vuh_, con la

declaración siguiente:[55] "he aquí lo que escribiremos después (que

se haya promulgado,) la palabra de Dios (Chabal Dios,) y dentro del

cristianismo; la reproduciremos, porque no se considera como libro

nacional, en que se ve claramente que se ha venido del otro lado del

mar, (es decir) el relato de nuestra existencia en el país de la

sombra, y cómo vimos la luz y la vimos." No intenta en manera alguna

el autor atribuir á esta obra una gran antigüedad, ni una autoridad

misteriosa. Reconoce expresamente que en la época en que escribe,

ha sido ya conquistado el país por los castellanos: que los obispos

predican allí la palabra de Dios; y que las antiguas tradiciones del

pueblo iban desapareciendo poco á poco.

[55] _Popol-vuh_, traducción del abad Brasseur de Bourbourg, p.

5.

Ni siquiera da á su obra el nombre de _Popol-vuh_, como ha hecho

Brasseur de Bourbourg. Dice que en su tiempo no se llamaba aún

_Popol-vuh_, cuya expresión significa el "_Libro Nacional_," para

designar la literatura de tradición, que trasmitiera de edad en edad,

todo lo que se sabía sobre la historia primitiva del país y acerca de

sus doctrinas y de sus ceremonias religiosas.

Es sensible que Brasseur de Bourbourg haya sancionado el empleo de

estas palabras, como título del manuscrito quiché, descubierto por el

padre Jiménez, y las haya traducido, al parecer, por las de "_Libro

Sagrado_", en lugar de traducirlas por las de "_Libro Nacional_," como

Jiménez las había traducido por el "_Libro del Común_."

Estas ligeras inexactitudes producen infaliblemente una gran confusión.

Sólo el deseo de dar á su libro un título pomposo es lo que ha podido

hacer que nuestro autor cometa esta falta, puesto que él mismo confiesa

que el título de _Popol-vuh_ no pertenece en manera alguna al libro que

él publica, y además, que _Popol-vuh_ no significa "_Libro sagrado_."

Nada autoriza á suponer, con el sabio francés, que las dos primeras

partes del manuscrito contengan una trascripción casi literal del

verdadero _Popol-vuh_, ni á creer que este libro sea el original del

_Teo Amox-Ali ó Libro sagrado de los Toltecas_. Todo lo que sabemos es,

en primer lugar, que el autor de esta obra anónima la redactó porque

el _Popol-vuh_, es decir, la tradición nacional, se iba perdiendo poco

á poco, y además, que ha reunido, en las dos primeras partes de su

trabajo, las antiguas tradiciones comunes á toda la raza, reservando

las otras dos para los anales de la nación quiché, que poseía, en

tiempo de la conquista, la mayor parte de la actual república de

Guatemala. Si nos colocamos en este punto de vista, no hallaremos en

el contenido ni en el carácter de este libro, cosa alguna que nos

inspire dudas sobre su autenticidad. El autor se ha propuesto preservar

del olvido en que iban cayendo las historias de sus dioses y de sus

antepasados, que había oído y aprendido en su infancia. Los rasgos

principales de estas historias habían sido quizá conservados, ya por

la enseñanza oral en las escuelas, ya por las pinturas figurativas;

sin embargo, la conquista española había trastornado de tal modo el

paìs, que el autor se vió en el caso sin duda de contar principalmente

con la fidelidad de sus propios recuerdos. Si se quisiera sacar de

estas leyendas una historia seguida, la tarea sería materialmente

imposible. Todo es en ella vago, contradictorio, milagroso, absurdo.

La historia tal como nosotros la comprendemos, esto es, presentando la

serie y el encadenamiento de los hechos, es una concepción moderna,

desconocida de casi todas las naciones antiguas. Aunque poseyéramos

el verdadero _Popol-vuh_, es probable que no encontrásemos en él más

datos históricos que en el manuscrito quiché. Es verdad que, de tiempo

en tiempo, parece que se perciben algunos puntos luminosos en estos

confusos relatos; pero, en la página siguiente, se vuelve á caer en el

caos. Es probable que se encuentre alguna dificultad en reconocer que,

á pesar de todas las tradiciones sobre las inmigraciones primitivas

de Cécrope y de Dando, á pesar de los poemas homéricos de la guerra

de Troya y de las genealogías de las antiguas dinastías de Grecia, no

sabemos nada de la historia griega antes de las olimpiadas, y que, aún

respecto de los acontecimientos de las primeras olimpiadas, se reducen

á muy poca cosa nuestros conocimientos. Pero el verdadero historiador

no se deja seducir en esto por ningún género de ilusiones, y no quiere

oír hablar ni aun de las más ingeniosas reconstrucciones históricas.

Lo que decimos de la historia griega puede aplicarse, con mayor fuerza

y razón, á la historia antigua de los aborígenes de América; y las

personas que estudien las antigüedades americanas obrarán con tanto

más acierto cuanto menos tiempo inviertan en reconocer esta verdad.

Hasta las tradiciones sobre las emigraciones de los chichimecas, de

los colhuas y de los nahuas, que forman el principal tema de todas las

historias antiguas de América no tienen fundamento más sólido que las

tradiciones griegas concernientes à los Pelasgos, á los Eolios y á los

Jonios. Querer construir con tales elementos una historia seguida que,

tarde ó temprano, no destruyera cualquier émulo de Niebuhr, de Grote ó

de Lewis, sería perder tiempo.

Pero si no hallamos materiales para la historia en las leyendas de los

antiguos habitantes de Guatemala, nos permiten, al menos, estudiar

el carácter de estos hombres, analizar su religión y su mitología,

comparar sus principios de moral, sus ideas sobre la virtud, sobre

la belleza, sobre el heroísmo, con los principios y las ideas de

otras razas humanas. Hé aquí el atractivo real y durable de una obra

como la que el abad Brasseur de Bourbourg hubo de darnos á conocer,

mediante una fiel traducción de la misma. Desgraciadamente no está este

atractivo libre de todo peligro. Es, en rigor, posible que los autores

de tal manuscrito y de los demás textos americanos hayan sufrido, de

un modo más ó menos consciente, la influencia de las ideas europeas y

cristianas. En ese caso, no tendremos la certeza de que las historias

referidas por ellos nos presenten una imagen fiel del genio primitivo

de las razas americanas. El manuscrito quiché ofrece con el Antiguo

Testamento ciertas conformidades que no dejan de ser extraordinarias.

Sin embargo, aún admitiendo una influencia cristiana, quedan todavía

en estas tradiciones muchas cosas que difieren de tal modo de todo lo

que vemos en las demás literaturas nacionales, que no corremos riesgo

de engañarnos considerándolas como verdadero producto intelectual

peculiar de América. Para terminar, citaremos en apoyo de nuestras

observaciones, algunos extractos del libro que las ha sugerido; pero

no debemos despedirnos de Brasseur de Bourbourg sin manifestarle

nuestro reconocimiento por su excelente obra. Esperamos que podrá

realizar además su proyecto de publicar una "_Colección de documentos

en las lenguas indígenas, para que puedan servir para el estudio de la

historia y de la filosofia de la América antigua_." La obra que hace

poco ha publicado, forma el primer tomo de esta colección.

Comienza el manuscrito del _Popol-vuh_ con un relato del origen de las

cosas. Cuando se lee por vez primera la traducción literal de Brasseur

de Bourbourg, plagada de nombres extraños de los dioses y demás

seres que en ella desempeñan algún papel, no deja en el espíritu una

impresión bien determinada. Mas cuando se vuelve á leer muchas veces,

aparecen ciertas ideas salientes que atestiguan en esta historia un

fondo primitivo de nobles concepciones cubiertas y ocultas más tarde

por mil fantasmas extravagantes y absurdos. Dejemos á un lado los

nombres propios, que no hacen más que perturbar la memoria y que en

vano se intentará explicarlos de una manera racional, pues se necesitan

largas investigaciones antes de poder decidir si estos nombres,

aplicados con tanta profusión á la divinidad, designaban otras tantas

personalidades distintas ó únicamente las manifestaciones diversas de

un solo y mismo poder. En todo caso, no pueden tener para nosotros

ninguna importancia, hasta que nuevos estudios nos permitan enlazar

ideas más claras á nombres tan poco armónicos como Tzakal, Bitol, Alom,

Kaholom, Itum-Ahpu Vuch, Gucumatz, Óuaz-Cho, etc. Algunos nombres de

estos están seguramente bien elegidos, sino se ha engañado Brasseur

de Bourbourg al traducirlos por "Creador, Formador, El que engendra,

El que da sér, el Dominador, el Señor del Planisferio que verdea, el

Señor de la superficie azulada, el alma del cielo." ¿Pero qué decir

de nombres tan absurdos como "La serpiente cubierta de plumas," "el

tirador de cerbatana á la Vulpeja," y otros del mismo género?

Cualquiera que sea el sentido de estos nombres ininteligibles, el hecho

es que los quichés creían que hubo un tiempo en que fué creado cuanto

existe en el cielo y en la tierra. "Todo estaba en suspenso, dice el

_Popol-vuh_; todo estaba tranquilo y silencioso, y vacía la inmensidad

de los cielos. No existía un solo hombre, un animal, un ave, ni un

pez; sólo existía el cielo. Aún no había aparecido la superficie de la

tierra; sólo existía la mar tranquila, y todo el espacio de los cielos.

Sólo estaban sobre el agua los seres divinos como una luz grandiosa.

Hablaron éstos, se consultaron y meditaron; y en el momento de aparecer

la aurora, apareció también el hombre. Entonces mandaron aquéllos que

se retirasen las aguas y que se enjugase y afirmase la tierra, á fin de

que pudiera sembrarse, y lucir el día en el cielo y en el mundo.

"Porque, decían ellos (_Popol-vuh_, p. II.) nosotros no recibiremos

honor ni gloria de todo lo que hemos creado y formado, hasta que exista

la criatura humana, la criatura dotada de razón. "_Tierra_," dijeron;

y al instante se formó ésta. Su formación, en su estado material, se

verificó como una especie de niebla, cuando aparecieron sobre el agua

las montañas, elevándose en un instante extraordinariamente. Así se

verificó la creación de la tierra, cuando fué formada por aquellos que

son el alma del cielo y del mundo; porque así se llaman los primeros

que lo fecundaron, estando suspendidos todavía el cielo y la tierra en

medio de las aguas."

Vemos después la creación de las bestias bravías, y el disgusto de los

dioses, cuando ordenan á los animales decir sus nombres y honrar á

aquellos que los han creado. Entonces dijeron los dioses á los animales:

"He aquí que vosotros seréis cambiados, porque os ha sido imposible

hablar. Volvemos, pues, á recoger nuestra palabra. Tendréis alimento y

guaridas; pero será en las quebradas y en los bosques, porque nuestra

gloria no es perfecta y vosotros no nos invocáis. Aún hay seres que

podrán saludarnos; nosotros los haremos capaces de obedecer. Ahora,

cumplid con vuestro deber. En cuanto á vuestra carne, será triturada

por los dientes."

Sigue después la creación del hombre. Su carne fué hecha de arcilla.

Pero "el hombre no tenía cohesión, consistencia, movimiento, fuerza;

era inerte y acuoso. No movía la cabeza; su vista se hallaba velada;

había recibido el dón de la palabra, pero no tenía inteligencia, y

en un principio permaneció en el agua, sin poder tenerse de pié."

(_Popu-lvuh_, p. 19.)

Conferenciaron por segunda vez los dioses, á fin de crear seres que

pudiesen adorarlos; y después de ciertas ceremonias mágicas, formaron

hombres de madera, los cuales se multiplicaron. Pero no tenían

sentimiento, inteligencia, ni idea de su Creador. Arrastraban una vida

degradada é inútil, y eran como irracionales. No pensaban en elevar sus

cabezas hacia su Formador, y fueron sumergidos en las aguas.

Los Indios, su Historia y su Civilización · 第 4 / 23 段