Yucatán, de Guatemala y de Chiapas estaban tan espesos y frondosos
como lo están hoy; y como probablemente estaban un siglo antes de la
conquista, porque, según la tradición que se conserva de Yucatán,
cuando fué destruido el reino de Maya, uno de sus príncipes huyó á
esconderse en la floresta con una parte de su pueblo, los Itzas, y se
estableció con ellos en las playas del lago del Petén. Si en la época á
que me refiero ya existían olvidadas y sepultadas en los bosques esas
importantes ruinas, y si se observa esa clase de vegetación que las
cubre, no puede uno menos de suponer, con bastante fundamento, que la
época de civilización que representan trascurrió hace muchos siglos.
En la edad anterior al desarrollo de estas inmensas y espesas
florestas, los lugares que ocupan estaban habitados por un pueblo que
había obtenido un grado bastante alto de civilización. Los campos
cultivados, y las ciudades en condición floreciente. La calidad misma
de las florestas y el estado tan decaído en que se hallaban las ruinas,
son pruebas inequívocas de la antigüedad muy remota del período de
civilización. Puede asegurarse, sin temor de incurrir en un yerro, que
ese período fué muy anterior á la dominación de los aztecas; pero no se
puede fijar con precisión el número de siglos ó años trascurridos entre
esas diferentes épocas. Copán, que por primera vez fué descubierto hace
trecientos años, ya era entonces misterioso y tan poco conocido de los
naturales, que vivían en sus inmediaciones, como lo son las antiguas
ruinas de Caldea para los árabes, que vagan en los solitarios llanos de
la baja Mesopotamia. No existía entre ellos ningún recuerdo ó tradición
relativa á esas ruinas, que ni nombre tenían, lo cual hace suponer que
cuando los aztecas se elevaron al poder ya esa ciudad estaba abandonada
y oculta en el bosque que la rodea.[53]
[53] "La Antigua América," obra escrita en inglés, por Juan D.
Baldwin, pags. 81 y 82.
Si se dejan aparte las ruinas antiguas de Guatemala, y se desea saber
cual era la base de la alimentación de los indios, bastará consultar
á Bernal Díaz del Castillo y á Ximénez, para saber que el maíz, el
_chile_ (pimiento), el plátano, los frijoles, los tubérculos y el
cacao, formaban los principales alimentos de nuestros aborígenes.
Humboldt asegura que por estas regiones se conocían las cebollas, las
calabazas y garbanzos. Tenían varias especies de gallinaceas, como
_chumpipes_ (pavos), faisanes y _chachas_. Había unos _perros mudos_,
que no ladraban y servían para comer. Eran muy dados los indios á la
caza y á la pesca.
Sabían mezclar el cobre con el estaño para darle más dureza, y tuvieron
curiosos instrumentos de esos metales, que casi igualaban al acero.
Tejían sus vestidos, y los adornaban de colores abigarrados, siendo
de diversos matices en cada pueblo. Mucho más se podría decir de los
usos y costumbres de las antiguas naciones civilizadas del istmo
centro-americano; pero ya se ha alargado bastante el presente capítulo.
Para concluir, y sin entrar á examinar aqui si los mejicanos y quichés
fueron más civilizados que los incas, cumple echar una ojeada rápida
sobre el afamado país que con el nombre de _Perú_, fué conocido por
los castellanos, que así lo denominaron á causa de que al llegar los
primeros á sus costas, preguntaron á un indio por el nombre de aquella
tierra, y les contestó que era _Berú_; "luego mirando al río, dijo
_Pelú_, y señalando después á los extranjeros, el interior del país,
_Pirú_. Entonces los recién llegados exclamaron: "¡Acabemos, que aquí
todo es _Perú_!" En ninguna parte de la América llegó la agricultura á
un estado más floreciente. En el arte de labrar piedras, hallábanse los
incas á la vanguardia de los demás pueblos americanos. El espléndido
templo del sol en Pachacanac, el palacio real del Cuzco, la fortaleza
de ésta ciudad, y los célebres caminos que de allí partían para Quito
y Chile, son obras colosales, que llenan el espíritu de asombro y
admiración. Mucho habría que escribir acerca del rápido progreso que
los incas alcanzaron bajo el imperio de Manco-Cápac y de sus sucesores;
pero ya no lo permite la índole de esta obra, consagrada de preferencia
á los indígenas del istmo centro-americano.
CAPITULO TERCERO
=Teogonía de los indios de Guatemala, sus ritos
y ceremonias religiosas, sacrificios, altares,
templos, sacerdotes y fiestas.=
SUMARIO
Interés que se ha tomado en los últimos tiempos en penetrar
los misterios de la religión de nuestros indios.--El sabio Max
Müller consagra á Guatemala un erudito estudio sobre su teogonía
antigua.--El libro de los salvajes.--El Popol-vuh.--Autenticidad que
tiene ese "Libro del Pueblo," ó sea Biblia de los Quichés.--Cuando
fué descubierto el manuscrito del Popol-vuh.--La traducción de
Jiménez.--Las opiniones de Brasseur de Bourbourg.--Es muy posible
que los autores del manuscrito hayan sufrido influencia de las
ideas europeas y cristianas.--Extractos del Popol-vuh.--El Génesis
quiché.--Animales dotados de palabra y razón.--Resurrección
de héroes.--La confusión de las lenguas.--Emigraciones de
Oriente.--Como termina el Popol-vuh.--Los indios de Guatemala eran
muy fanáticos y supersticiosos.--Los _brujos_.--El indio jamás
se creía solo, sino rodeado de objetos que contenían espíritus
ocultos.--La vida futura.--El miedo era la base de la religión
de los aborígenes.--Particularidades religiosas de los indios
choles y mames de la Verapaz.--Los indios de Guatemala dividían
sus dioses en tres clases.--Cuales eran éstas.--De los sacerdotes,
vírgenes y sacerdotisas.--Lo que escribe Bancroft acerca de
ellos.--Altares, templos, sacrificios y fiestas religiosas de los
indios de Guatemala.--Los calpules.--Solemnidades religiosas.--Como
dejaban las cabezas de los sacrificados clavadas en astas.--De los
mitotes.--Sacrificios especiales en favor de las sementeras.--El
sacrificio de la caza.
En la última mitad del presente siglo se han acumulado, por modo
extraordinario, nuevos y auténticos materiales para el estudio de las
teogonías del mundo, de tal suerte que los sabios europeos han tomado
mucho interés en penetrar los misterios de las religiones de nuestros
indios, que no eran simplemente, como se creyó por los conquistadores,
una salvaje idolatría y meros sacrificios bárbaros de infelices
vírgenes y prisioneros. En los últimos tiempos, el impulso dado á
las investigaciones etnológicas ha inducido á los viajeros y á los
misioneros á consignar en sus escritos todos los vestigios teogónicos
que han podido descubrir en los antiguos pueblos americanos.
El sabio Max Müller, que ha escrito la historia de las religiones,
consagra á la América Central tan eruditos párrafos que bien merecen,
por su novedad, formar parte del material de que me he servido para
la presente obra, en que me he propuesto historiar á los primitivos
pobladores de América, y sobre todo, á los del istmo del centro, que
tienen sus peculiares tradiciones y su teogonía singular. "Muchas
gentes, dice aquel sabio orientalista, acogerán con una sonrisa
escéptica un libro intitulado _Popol-vuh_, y que se asegura ser el
texto original de las escrituras sagradas de los indios de la América
Central. Aún no se ha olvidado á aquellos pobres Aztecas, que hace
algunos años se les presentó en toda Europa como los descendientes
de una raza á la que los indígenas de Méjico tributaban honores casi
divinos, antes de la conquista de los españoles, y que más tarde se
supo que no eran sino víctimas desgraciadas de especuladores bárbaros,
y el _Libro de los salvajes_[Nota 37] publicado recientemente por el
abad Domenech, bajo los auspicios del conde Walewski, ha menoscabado
en cierto modo la dignidad de los estudios americanos en general. Sin
embargo los que se rien del manuscrito americano, descubierto por el
abad Domenech en la Biblioteca del Arsenal, en París, y publicado
por él con tanto cuidado, como una reliquia preciosa de los antiguos
Pielesrojas de la América Septentrional, deben tener presente que es
muy posible exista un manuscrito auténtico que nos ofrezca un modelo de
la escritura figurativa de este pueblo salvaje.
El _Popol-vuh_ ó libro sagrado de la población de Guatemala, cuyo
texto original, acompañado de una traducción francesa ha publicado el
Abad Brasseur de Bourbourg, ocupa un lugar importante entre las obras
compuestas por los indígenas en sus propios dialectos, y escritas
por ellos con los caractéres del alfabeto latino. Sólo hay otras dos
obras cuya importancia puede compararse á la del _Popol-vuh_, para
el estudio de las antigüedades y de las lenguas americanas, y son el
Codex Chimalpopoca, escrito en lengua nahuatl, y el Codex Cackchiquel,
redactado en el dialecto de Guatemala. Estas tres obras deben ser
el punto de partida de todas las investigaciones críticas sobre las
antigüedades de los indígenas de América.
El primer punto que debe establecerse cuando se examinan escritos de
esta naturaleza, es su autenticidad. Debemos, pues, examinar ante todo
si estas tres obras son realmente, como se pretende, composiciones que
datan de hace tres siglos, fundadas en las tradiciones orales y en
los documentos ideogramáticos de los antiguos habitantes de América,
y escritos en los dialectos hablados en tiempo de Colón, de Cortés y
de Pizarro. He aquí, en resumen, la parte histórica del _Popol-vuh_,
según Brasseur de Bourbour. El manuscrito fué descubierto por primera
vez á fines del siglo XVII, por el padre Francisco Jiménez, cura
de Santo Tomás Chichicastenango, situado á unas tres leguas al Sur
de Santa Cruz del Quiché y á veinte leguas próximamente al N. E.
de Guatemala. Era este sacerdote muy versado en los idiomas de los
indígenas de Guatemala, tanto que ha dejado un Diccionario de sus tres
dialectos principales, su _Tesoro de las lenguas Quichés, Cackchiquel
y Tzutujil_; esta obra, inédita todavía, llena dos volúmenes, el
segundo de los cuales contiene una copia del manuscrito descubierto
por Jiménez. Este, que era dominicano, escribió también una historia
general de la provincia de San Vicente de Chiapas, que comprendía
cuatro tomos en folio. Había dejado de ella dos copias, pero ambas
estaban incompletas cuando Brasseur de Bourbourg las vió en Guatemala.
Los tres tomos que se habían conservado contenían muchas reseñas
curiosas sobre la historia y las tradiciones del país. El primero de
dichos tomos comprendía la traducción española del manuscrito quiché
que nos ocupa en este momento. Brasseur de Bourbourg copió dicha
traducción en 1855. Un viajero alemán, Mr. Scherzer, que se hallaba
á la sazón en Guatemala, hizo copiar la traducción de Jiménez, que
publicó en Viena en 1856.[54]
[54] MANUSCRITO PITOGRÁFICO AMERICANO, con una noticia sobre
la ideografía de los Pielesrojas, por el abad Domenech. París,
1860.
No se contentó el Abad francés con mandar imprimir el texto original
del _Popol-vuh_ y la traducción española de Jiménez, que declara ser
inexacta, incompleta y á veces ininteligible. Durante sus viajes por
América, había aprendido muchos idiomas del país y particularmente
la lengua quiché, cuyos diversos dialectos son hablados todavía
por una población de más de seiscientas mil almas. Como sacerdote,
tenía relaciones diarias con los habitantes de la parroquia, cuya
administración le estaba confiada; y mientras vivía entre ellos,
pudiendo consultarles á cada paso, como diccionarios vivos, fué cuando
comprendió, con el auxilio de los manuscritos de Jiménez, su propia
traducción de las antiguas crónicas de los quichés. Desde el tiempo del
descubrimiento de Jiménez hasta el de la publicación de Brasseur de
Bourbourg, podemos referir la historia del _Popol-vuh_ de una manera
clara y satisfactoria. Pero aún falta un siglo, del que hay necesidad
de dar cuenta; desde fines del XVI, época en que se supone que fué
escrita la obra hasta fines del XVII, fecha del descubrimiento del
manuscrito de Chichicastenango, por el dominicano Jiménez. En lo que
á este período se refiere, carecemos completamente de datos; pero
podemos sin embargo apelar á la autoridad del mismo manuscrito, que dá
la lista de las dinastías reales hasta la conquista española; lista
cerrada con los nombres de los dos príncipes, don Juan de Rojas y don
Juan Cortés, hijos de Tecum y Tepepul. Por más que estos príncipes
se hallasen enteramente bajo la dominación española, se les permitió
conservar las insignias reales hasta el año 1558, y el manuscrito
debió de ser redactado poco tiempo después de esta fecha. El autor
mismo termina el último párrafo del preámbulo del _Popol-vuh_, con la
declaración siguiente:[55] "he aquí lo que escribiremos después (que
se haya promulgado,) la palabra de Dios (Chabal Dios,) y dentro del
cristianismo; la reproduciremos, porque no se considera como libro
nacional, en que se ve claramente que se ha venido del otro lado del
mar, (es decir) el relato de nuestra existencia en el país de la
sombra, y cómo vimos la luz y la vimos." No intenta en manera alguna
el autor atribuir á esta obra una gran antigüedad, ni una autoridad
misteriosa. Reconoce expresamente que en la época en que escribe,
ha sido ya conquistado el país por los castellanos: que los obispos
predican allí la palabra de Dios; y que las antiguas tradiciones del
pueblo iban desapareciendo poco á poco.
[55] _Popol-vuh_, traducción del abad Brasseur de Bourbourg, p.
5.
Ni siquiera da á su obra el nombre de _Popol-vuh_, como ha hecho
Brasseur de Bourbourg. Dice que en su tiempo no se llamaba aún
_Popol-vuh_, cuya expresión significa el "_Libro Nacional_," para
designar la literatura de tradición, que trasmitiera de edad en edad,
todo lo que se sabía sobre la historia primitiva del país y acerca de
sus doctrinas y de sus ceremonias religiosas.
Es sensible que Brasseur de Bourbourg haya sancionado el empleo de
estas palabras, como título del manuscrito quiché, descubierto por el
padre Jiménez, y las haya traducido, al parecer, por las de "_Libro
Sagrado_", en lugar de traducirlas por las de "_Libro Nacional_," como
Jiménez las había traducido por el "_Libro del Común_."
Estas ligeras inexactitudes producen infaliblemente una gran confusión.
Sólo el deseo de dar á su libro un título pomposo es lo que ha podido
hacer que nuestro autor cometa esta falta, puesto que él mismo confiesa
que el título de _Popol-vuh_ no pertenece en manera alguna al libro que
él publica, y además, que _Popol-vuh_ no significa "_Libro sagrado_."
Nada autoriza á suponer, con el sabio francés, que las dos primeras
partes del manuscrito contengan una trascripción casi literal del
verdadero _Popol-vuh_, ni á creer que este libro sea el original del
_Teo Amox-Ali ó Libro sagrado de los Toltecas_. Todo lo que sabemos es,
en primer lugar, que el autor de esta obra anónima la redactó porque
el _Popol-vuh_, es decir, la tradición nacional, se iba perdiendo poco
á poco, y además, que ha reunido, en las dos primeras partes de su
trabajo, las antiguas tradiciones comunes á toda la raza, reservando
las otras dos para los anales de la nación quiché, que poseía, en
tiempo de la conquista, la mayor parte de la actual república de
Guatemala. Si nos colocamos en este punto de vista, no hallaremos en
el contenido ni en el carácter de este libro, cosa alguna que nos
inspire dudas sobre su autenticidad. El autor se ha propuesto preservar
del olvido en que iban cayendo las historias de sus dioses y de sus
antepasados, que había oído y aprendido en su infancia. Los rasgos
principales de estas historias habían sido quizá conservados, ya por
la enseñanza oral en las escuelas, ya por las pinturas figurativas;
sin embargo, la conquista española había trastornado de tal modo el
paìs, que el autor se vió en el caso sin duda de contar principalmente
con la fidelidad de sus propios recuerdos. Si se quisiera sacar de
estas leyendas una historia seguida, la tarea sería materialmente
imposible. Todo es en ella vago, contradictorio, milagroso, absurdo.
La historia tal como nosotros la comprendemos, esto es, presentando la
serie y el encadenamiento de los hechos, es una concepción moderna,
desconocida de casi todas las naciones antiguas. Aunque poseyéramos
el verdadero _Popol-vuh_, es probable que no encontrásemos en él más
datos históricos que en el manuscrito quiché. Es verdad que, de tiempo
en tiempo, parece que se perciben algunos puntos luminosos en estos
confusos relatos; pero, en la página siguiente, se vuelve á caer en el
caos. Es probable que se encuentre alguna dificultad en reconocer que,
á pesar de todas las tradiciones sobre las inmigraciones primitivas
de Cécrope y de Dando, á pesar de los poemas homéricos de la guerra
de Troya y de las genealogías de las antiguas dinastías de Grecia, no
sabemos nada de la historia griega antes de las olimpiadas, y que, aún
respecto de los acontecimientos de las primeras olimpiadas, se reducen
á muy poca cosa nuestros conocimientos. Pero el verdadero historiador
no se deja seducir en esto por ningún género de ilusiones, y no quiere
oír hablar ni aun de las más ingeniosas reconstrucciones históricas.
Lo que decimos de la historia griega puede aplicarse, con mayor fuerza
y razón, á la historia antigua de los aborígenes de América; y las
personas que estudien las antigüedades americanas obrarán con tanto
más acierto cuanto menos tiempo inviertan en reconocer esta verdad.
Hasta las tradiciones sobre las emigraciones de los chichimecas, de
los colhuas y de los nahuas, que forman el principal tema de todas las
historias antiguas de América no tienen fundamento más sólido que las
tradiciones griegas concernientes à los Pelasgos, á los Eolios y á los
Jonios. Querer construir con tales elementos una historia seguida que,
tarde ó temprano, no destruyera cualquier émulo de Niebuhr, de Grote ó
de Lewis, sería perder tiempo.
Pero si no hallamos materiales para la historia en las leyendas de los
antiguos habitantes de Guatemala, nos permiten, al menos, estudiar
el carácter de estos hombres, analizar su religión y su mitología,
comparar sus principios de moral, sus ideas sobre la virtud, sobre
la belleza, sobre el heroísmo, con los principios y las ideas de
otras razas humanas. Hé aquí el atractivo real y durable de una obra
como la que el abad Brasseur de Bourbourg hubo de darnos á conocer,
mediante una fiel traducción de la misma. Desgraciadamente no está este
atractivo libre de todo peligro. Es, en rigor, posible que los autores
de tal manuscrito y de los demás textos americanos hayan sufrido, de
un modo más ó menos consciente, la influencia de las ideas europeas y
cristianas. En ese caso, no tendremos la certeza de que las historias
referidas por ellos nos presenten una imagen fiel del genio primitivo
de las razas americanas. El manuscrito quiché ofrece con el Antiguo
Testamento ciertas conformidades que no dejan de ser extraordinarias.
Sin embargo, aún admitiendo una influencia cristiana, quedan todavía
en estas tradiciones muchas cosas que difieren de tal modo de todo lo
que vemos en las demás literaturas nacionales, que no corremos riesgo
de engañarnos considerándolas como verdadero producto intelectual
peculiar de América. Para terminar, citaremos en apoyo de nuestras
observaciones, algunos extractos del libro que las ha sugerido; pero
no debemos despedirnos de Brasseur de Bourbourg sin manifestarle
nuestro reconocimiento por su excelente obra. Esperamos que podrá
realizar además su proyecto de publicar una "_Colección de documentos
en las lenguas indígenas, para que puedan servir para el estudio de la
historia y de la filosofia de la América antigua_." La obra que hace
poco ha publicado, forma el primer tomo de esta colección.
Comienza el manuscrito del _Popol-vuh_ con un relato del origen de las
cosas. Cuando se lee por vez primera la traducción literal de Brasseur
de Bourbourg, plagada de nombres extraños de los dioses y demás
seres que en ella desempeñan algún papel, no deja en el espíritu una
impresión bien determinada. Mas cuando se vuelve á leer muchas veces,
aparecen ciertas ideas salientes que atestiguan en esta historia un
fondo primitivo de nobles concepciones cubiertas y ocultas más tarde
por mil fantasmas extravagantes y absurdos. Dejemos á un lado los
nombres propios, que no hacen más que perturbar la memoria y que en
vano se intentará explicarlos de una manera racional, pues se necesitan
largas investigaciones antes de poder decidir si estos nombres,
aplicados con tanta profusión á la divinidad, designaban otras tantas
personalidades distintas ó únicamente las manifestaciones diversas de
un solo y mismo poder. En todo caso, no pueden tener para nosotros
ninguna importancia, hasta que nuevos estudios nos permitan enlazar
ideas más claras á nombres tan poco armónicos como Tzakal, Bitol, Alom,
Kaholom, Itum-Ahpu Vuch, Gucumatz, Óuaz-Cho, etc. Algunos nombres de
estos están seguramente bien elegidos, sino se ha engañado Brasseur
de Bourbourg al traducirlos por "Creador, Formador, El que engendra,
El que da sér, el Dominador, el Señor del Planisferio que verdea, el
Señor de la superficie azulada, el alma del cielo." ¿Pero qué decir
de nombres tan absurdos como "La serpiente cubierta de plumas," "el
tirador de cerbatana á la Vulpeja," y otros del mismo género?
Cualquiera que sea el sentido de estos nombres ininteligibles, el hecho
es que los quichés creían que hubo un tiempo en que fué creado cuanto
existe en el cielo y en la tierra. "Todo estaba en suspenso, dice el
_Popol-vuh_; todo estaba tranquilo y silencioso, y vacía la inmensidad
de los cielos. No existía un solo hombre, un animal, un ave, ni un
pez; sólo existía el cielo. Aún no había aparecido la superficie de la
tierra; sólo existía la mar tranquila, y todo el espacio de los cielos.
Sólo estaban sobre el agua los seres divinos como una luz grandiosa.
Hablaron éstos, se consultaron y meditaron; y en el momento de aparecer
la aurora, apareció también el hombre. Entonces mandaron aquéllos que
se retirasen las aguas y que se enjugase y afirmase la tierra, á fin de
que pudiera sembrarse, y lucir el día en el cielo y en el mundo.
"Porque, decían ellos (_Popol-vuh_, p. II.) nosotros no recibiremos
honor ni gloria de todo lo que hemos creado y formado, hasta que exista
la criatura humana, la criatura dotada de razón. "_Tierra_," dijeron;
y al instante se formó ésta. Su formación, en su estado material, se
verificó como una especie de niebla, cuando aparecieron sobre el agua
las montañas, elevándose en un instante extraordinariamente. Así se
verificó la creación de la tierra, cuando fué formada por aquellos que
son el alma del cielo y del mundo; porque así se llaman los primeros
que lo fecundaron, estando suspendidos todavía el cielo y la tierra en
medio de las aguas."
Vemos después la creación de las bestias bravías, y el disgusto de los
dioses, cuando ordenan á los animales decir sus nombres y honrar á
aquellos que los han creado. Entonces dijeron los dioses á los animales:
"He aquí que vosotros seréis cambiados, porque os ha sido imposible
hablar. Volvemos, pues, á recoger nuestra palabra. Tendréis alimento y
guaridas; pero será en las quebradas y en los bosques, porque nuestra
gloria no es perfecta y vosotros no nos invocáis. Aún hay seres que
podrán saludarnos; nosotros los haremos capaces de obedecer. Ahora,
cumplid con vuestro deber. En cuanto á vuestra carne, será triturada
por los dientes."
Sigue después la creación del hombre. Su carne fué hecha de arcilla.
Pero "el hombre no tenía cohesión, consistencia, movimiento, fuerza;
era inerte y acuoso. No movía la cabeza; su vista se hallaba velada;
había recibido el dón de la palabra, pero no tenía inteligencia, y
en un principio permaneció en el agua, sin poder tenerse de pié."
(_Popu-lvuh_, p. 19.)
Conferenciaron por segunda vez los dioses, á fin de crear seres que
pudiesen adorarlos; y después de ciertas ceremonias mágicas, formaron
hombres de madera, los cuales se multiplicaron. Pero no tenían
sentimiento, inteligencia, ni idea de su Creador. Arrastraban una vida
degradada é inútil, y eran como irracionales. No pensaban en elevar sus
cabezas hacia su Formador, y fueron sumergidos en las aguas.