salvaje: los indios, al mismo tiempo que son tan ignorantes y pobres,
todos también son iguales. A la llegada de los europeos, el indígena
de la América del Norte ignoraba todavía el precio de las riquezas, y
se mostraba indiferente al bienestar que con ellas adquiere el hombre
civilizado, y con todo eso, nada se veía en él de grosero; por el
contrario, reinaba en el modo de portarse una reserva habitual y una
especie de política aristocrática. El indio, dulce y hospitalario en
la paz, implacable en la guerra, aún más allá de los límites conocidos
de la ferocidad humana, se exponía á morir de hambre por socorrer
al estranjero, que llamaba por la noche á la puerta de su cabaña, y
despedazaba con sus propias manos los miembros de su prisionero, que
todavía estaban palpitando. Las más famosas repúblicas antiguas nunca
habían admirado ánimo más varonil é intrépido, almas tan orgullosas,
y más agreste amor de independencia, que los que entonces ocultaban
los bosques salvajes del Nuevo Mundo. Los europeos causaron impresión
al arribar á la América del Norte, y su presencia no originó envidia
ni espanto, pues ¿qué ascendiente podían tener en semejantes hombres?
El indio sabía vivir sin necesidades, sufrir sin quejarse, y morir
cantando. Por lo demás, estos salvajes creían como todos los otros
miembros de la familia, en la existencia de un mundo mejor, y adoraban
con diferentes nombres á sus múltiples dioses. Sus nociones acerca de
las grandes verdades intelectuales eran por lo general sencillas.
Por más inculto que parezca el pueblo cuyo caracter describo aquí, no
se podía dudar, no obstante, que le hubiera precedido, en las mismas
regiones, otro más civilizado y más adelantado en todas materias. Una
tradición obscura, pero esparcida en la mayor parte de las tribus
indianas de las villas del Atlántico, enseña que en tiempos pasados,
estas mismas poblaciones habían existido en el Oeste del Mississipí.
A lo largo de las márgenes del Ohío y en todo el valle central, se
encuentran aún hoy día montecillos que han sido hechos por las manos
del hombre. Cuando se cava hasta el centro de estos monumentos, no
se dejan de hallar, según dicen, huesos humanos, instrumentos raros,
armas, utensilios de toda especie, hechos de metal, ó que recuerdan
usos ignorados por las razas actuales.
Los indios de nuestros tiempos no pueden dar ningunas noticias
acerca de la historia de ese pueblo desconocido; los que vivían hace
trecientos años, al tiempo del descubrimiento de América, tampoco
han dicho nada de que se pueda siquiera inferir una hipótesis; las
tradiciones, que son monumentos perecederos y sin cesar renacientes del
mundo primitivo, no dan luz ninguna; y sin embargo, no se puede poner
en duda que allí vivieron miles y miles de nuestros semejantes. ¿Cuándo
llegaron pues? ¿cuál fué su origen, su destino y su historia? ¿cuándo
y cómo perecieron? Nadie lo podrá decir. ¡Cosa extraordinaria! hay
pueblos que han desaparecido tan completamente de la tierra, que hasta
se ha borrado la memoria de su nombre; se han perdido sus lenguas; su
gloria se desvaneció, como un sonido sin eco; pero ignoro si existe uno
sólo que no haya dejado, por lo menos, un sepulcro en recuerdo de su
paso por este mundo. ¡Ay! y que de todas las obras del hombre, la más
durable sea la que pinta mejor su existencia perecedera y fugaz.
Aunque el vasto país, que se acaba de describir, lo hayan habitado
numerosas tribus de indígenas, se puede decir con justicia que en la
época del descubrimiento, no formaba todavía más que un desierto.
Los indios lo ocupaban, pero no lo poseían, supuesto que el hombre
se apropia el terreno por medio de la agricultura, y los primeros
habitadores de la América del Norte vivían del producto de la caza. Sus
implacables preocupaciones, sus pasiones indómitas, sus vicios y lo que
tal vez es más, sus virtudes agrestes, los entregaban á una destrucción
inevitable. La ruina de esos pueblos se ha entablado desde el día
en que arribaron allí los europeos; desde entonces, siempre ha sido
continuada; y acaba de verificarse en nuestros tiempos. La Providencia,
colocándolos en medio de las riquezas del Nuevo Mundo, no les había
dado al parecer sino un corto usufructo; y como que sólo estaban allí
_interinamente_. Esas costas, tan bien preparadas para el comercio y la
industria, esos ríos tan hondos, ese inagotable valle del Mississipí,
ese continente todo entero, se ostentaba entonces como la cuna aún
vacía de una nación grandiosa.
En este punto era donde los hombres civilizados debían ensayar el
construir la sociedad sobre cimientos nuevos, y donde, aplicando
por primera vez teorías hasta entonces desconocidas ó reputadas
irrealizables, iban á dar al mundo un espectáculo á que no lo había
conducido la historia de lo pasado."
Un antiguo y desconocido pueblo dejó restos de su existencia y de
cierto grado de civilización en los valles del río Mississipí y sus
tributarios. No tenemos un conocimiento auténtico de su nombre, ni
como nación ni como raza; por eso se les designa con el nombre de
fabricantes de cerritos ó terraplenes, que se les ha dado por las
ruinas más importantes de sus obras que hasta hoy se contemplan.
Entre los restos que aún existen, por los cuales sabemos que un
pueblo habitó antiguamente esas regiones, sobresalen los terraplenes
artificiales, construidos con habilidad y mucho trabajo. Muchos de
ellos son grandes terrados y otros pirámides truncadas. Regularmente
son de forma cuadrada ó rectangular, habiendo algunos exágonos
ú octágonos, y los más elevados tienen escaleras ó graderías en
alguno de sus lados, que conducen á la cima. Muchas de estas obras
guardan rara y notable semejanza con los _teócalis_ de México. Son
de diferentes tamaños. El gran terraplén que existe en Grave-Creek,
Virginia, tiene 70 piés de alto y 1,000 de circunferencia en su base.
Otro que está cerca de Mianisburgo, en Ohío, cuenta 68 piés de alto y
852 de circunferencia. La gran pirámide truncada de Cahokía en Ylinois
es de 700 piés de largo, 500 de ancho y 90 de alto. La generalidad,
sin embargo, de estos terraplenes tiene de 6 á 20 piés de alto. Los
que se encuentran en la parte inferior del valle del Mississipí, son
generalmente más grandes en extensión horizontal, y menos elevados.
Si hemos de dar crédito al sabio Barón de Humboldt, los indios y los
hombres de color bronceado son muy raros en el Norte de Nueva España
(Méjico) y apenas los hay en las provincias llamadas internas. La
historia nos descubre varias causas de este fenómeno. Cuando los
españoles hicieron la conquista de México, encontraron muy pocos
habitantes en los países situados más allá del paralelo de 20.º
Eran esas provincias la mansión de los chichimecas y de los otomíes,
dos pueblos errantes, cuyas tribus poco numerosas, ocupaban terrenos
extensos. La agricultura y la civilización estaban encerradas en los
llanos que se extienden al Sur del río de Santiago, especialmente entre
el valle de Méjico y la provincia de Oajaca.
Por punto general, puede decirse que desde el siglo VIIº hasta el
XIIIº la población parece haber refluido continuamente hacia el
territorio de Guatemala. De las regiones situadas al Norte del rio
Gila, salieron aquellas naciones guerreras que inundaron, unas después
de otras, el país de Anahuac. Ignórase si era aquella su patria
primitiva, ó si siendo originarios del Asia ó de la costa N. O. de la
América, habían atravesado las sabanas ó praderas de Navajoa y del
Moqui, para venir á parar en el río Gila. Las pinturas geroglíficas de
los aztecas nos han trasmitido la memoria de las épocas principales
de la grande avenida de los pueblos americanos. Esta irrupción tiene
alguna analogía con la que en el siglo Vº sepultó á la Europa en el
estado de barbarie, de cuyas funestas consecuencias aún se resienten
muchas de sus instituciones sociales. Pero dos pueblos que atravesaron
el reino de Méjico, esparcieron en él algunos restos de cultura y
civilización. Los toltecas se dejaron ver por la primera vez en el
año de 1648; los chichimecas en 1170; los nahualtecas en 1178; los
acolhuas y los aztecas en 1196. Los toltecas introdujeron el cultivo
del maíz y del algodón; construyeron ciudades, caminos, y sobre
todo, aquellas grandes pirámides que todavía admíranse hoy, y cuyas
fachadas están construidas con mucha exactitud. Conocían el uso de las
pinturas geroglíficas; sabían fundir los metales, y cortar las piedras
más duras; tenían un año solar más perfecto que el de los griegos y
romanos. La forma de su gobierno indicaba que descendían de un pueblo
que había experimentado ya grandes vicisitudes en su estado social.[42]
[42] Ensayo Político sobre Nueva España, por el Barón A. de
Humboldt, Tomo I. pág. 157.
Hoy, fuera de los indios civilizados de Méjico, no faltan algunas
tribus bárbaras, entre las que se pueden mencionar los coras de
Jalisco, los otomíes y mazaguas, adyacentes al valle de Méjico, los
pames, los tarascos y matlaltzincas de Michoacán, los huaztecas y
totonacos de Veracruz y Tamaulipas, los chontales, chichinantecos,
mazatecos, cuicatecos, chatinos, miztecos, zapatecos, miges, huaves,
chispanecos, zoques, lacandones, choles, mames, tzotziles, tzendales, y
otros del sur de Méjico.
En el istmo centro americano había, y aún quedan algunas tribus
semibárbaras, como los lacandones, los mosquitos de Honduras, los
popolucas, pipiles y chontales, ramas, lencas, xicaques, huatusos,
caimanes, bayamos, dorachos, guájiros, mandingas etc. En la América
del Sur había también muchas tribus bárbaras ó semibárbaras como los
puruhaes, los cañaris, los pallas, los zarzas, los huacas, los tuzas,
los tulcanes, los guillasingas, los quinchés, los chillos, los ambatos,
los tiquizambis, los chimbos y los seyris, quitos y fueguinos, que
tienen historia propiamente tal.
En cuanto á las naciones civilizadas del Nuevo Mundo, debe advertirse
que, la cultura material, moral é intelectual que hallaron aquí los
españoles, no podía ponerse en parangón con la de los habitantes de
Europa. Sea que por civilización se entienda, al decir de Guizot, el
estado de adelantamiento del hombre, resultante del orden social,
en lugar de la independencia absoluta del individuo y falta de ley
del salvaje de vida bárbara; sea que la civilización la constituya,
según opina Buckle, el triunfo de la inteligencia sobre los agentes
externos; sea que, como enseña Virey, la civilización consista en el
desenvolvimiento más ó menos absoluto, de las facultades morales é
intelectuales de los hombres unidos en sociedad; sea de ello lo que
fuere, puede asegurarse que los indios civilizados de Méjico, el Perú
y Centro América, se encontraban en un atraso de miles de años con
respecto á los conquistadores. Al hallarse frente á frente los imperios
de Carlos Vº y Moctezuma 2.º chocaban dos edades diferentes, dos
civilizaciones distintas, dos historias que se pierden, por rumbos
diversos, en la obscuridad del tiempo.
Siquiera sea á grandes rasgos, diseñaré el estado de progreso en que
se hallaban, antes de la conquista por los españoles, estos pueblos
americanos, y en particular los indios de Guatemala.
En sus primitivos tiempos la historia mejicana, se concreta á obscuras
tradiciones, vagos y misteriosos recuerdos. Su símbolo animado se
encuentra en Huitzilopoztli, hombre superior que dominó las tribus,
las condujo á su antojo y fué deificado por la ignorancia y regados sus
altares por ríos de sangre[43]; pero el espíritu de desarrollo, que es
condición de la vida de los pueblós, cuando llevan en su seno gérmenes
de existencia dilatada, fué animando más y más á los mayas, nahuaes, y
aztecas, hasta exhibirlos en la historía con una civilización propia,
original y agreste, muy digna de llamar la atención del filósofo y del
historiador.
[43] Marcos Arrónix Historia y cronología de México, pag. 19.
Tenían gobierno regido por leyes sabias; había magnificencia suma en
los monarcas; construyeron palacios como el de Nezahualcoyotl rey de
Tezenco, cuya grandeza y explendor admiran; conservaban colecciones
zoológicas que hoy podrían apreciarse en los mejores museos; sus
jardines flotantes en los lagos; sus andas de oro; sus trajes y armas;
sus colegios y escuelas; sus matrimonios y concubinatos reglamentados;
sus fiestas y bailes; todo denota grande adelanto relativo[44].
[44] México al través de los siglos--Introducción.
Los conocimientos que tenían en astronomía; la manera de contar el
tiempo; el calendario azteca y el de Michoacán y Yucatán; sus libros
y archivos, destruidos por la mano impía de Zumárraga; los jardines
botánicos; los médicos aborígenes; la manera de curar ciertas
enfermedades; los ritos funerarios; las ceremonias religiosas; en una
palabra, la vida de aquellos pueblos osténtase como se ostentan las
flores silvestres, llenas de lozanía y colores, en medio de seculares
bosques y praderas risueñas y exuberantes.
Si con mirada atenta contemplamos los utensilios de barro que usaban
los indios, y que hoy figuran, como reliquias del tiempo, en museos de
América y Europa, comprenderemos que en las artes habían progresado
notablemente. Los mexicanos tenían unos libritos de papel, hechos de
corteza de _amatl_, y en ellos consignaban los hechos históricos. En
mantas y lienzos pintaban sus mapas. Clavígero, hablando de pinturas,
dice:[45] servíanse de las simples imágenes de los objetos, y también
de geroglíficos y de caracteres. Representaban las cosas materiales
con sus propias figuras, aunque para ahorrar tiempo, trabajo, colores
y papel, se contentaban con una parte del objeto, que bastaba para
darle á conocer á los inteligentes; pues así como nosotros no podemos
entender lo escrito, sin aprender antes á leer, así aquellos americanos
debían instruirse préviamente en el modo de figurar los objetos, para
comprender el sentido de las pinturas, con que suplían el lenguage
escrito. Es por lo que Ordóñez, en las páginas 265 y 270, arguye de
equivocación á Boturini, que careció de la mitología del país, para
descifrar los anales americanos. Para los objetos que no tienen forma
material, prosigue Clavígero, se valían de ciertos caracteres, no
ya verbales, sino reales; y pone por ejemplo, las imágenes con que
indicaban el tiempo, el cielo, la tierra, el agua y el aire. Sus
pinturas, dice últimamente, no deben considerarse como una historia
ordenada, sino como apoyos de la tradición; las cuales trasmitían y
hacían aprender á sus hijos y discípulos en arengas y discursos.
[45] Libro VII. art. 47.
Navegaban los indios en canoas, que podían contener hasta cincuenta
personas, como la que vió el Almirante Colón, desde una de las
Guanajas, que era tan grande como una galera, de ocho piés de ancho, y
cargada de mercaderías, con un toldo de esteras de palma (petates)[46].
[46] Herrera, Dec. I, libro 5º, cap. 5º,
Por lo que respecta á los primitivos pobladores del istmo
centro-americano, piérdese su historia en la obscuridad de los tiempos
y mézclase con mitos y sagradas tradiciones. No faltan sabios que creen
haber sido esta región el punto de partida de los demás pueblos del
continente, y el lugar más civilizado, en época remota, del que irradió
la cultura embrionaria á las otras naciones que en América dejaron de
ser salvajes. Dícese que Votán, misterioso fundador del _Palenque_,
sabio legislador, introdujo los principios de la ilustración
incipiente entre las tribus bárbaras de estas comarcas, de las cuales
fué como el _Zama_, ó divinidad redentora[47]. Con posterioridad
vinieron los Nahuas ó Nahoas, conocidos con el nombre de Tultecas,
que fundaron la ciudad de Tula (en Chiapas), bajo el caudillaje del
famoso Quetzalcohuatl (serpiente con plumas de Quetzal), dios de
los mexicanos. Procedentes del Norte, hubo otras inmigraciones que
sojuzgaron á los tultecas, y eran compuestas de hombres á quienes éstos
llamaban _mam_ (tartamudos) por la dificultad con que hablaban otras
lenguas. Restos de los tultecas fueron los cakchiqueles, mientras que
los quichés eran tribu que pobló el Quix-Ché (muchos árboles) y después
se extendió desde el país de los Lacandones hasta el océano Pacífico,
con excepción de parte de Izabal y de las costas de Escuintla. El
zutujil abrazaba el antiguo partido de Atitlán y el pueblo de San
Antonio Suchitepéquez, y los mames estaban por Huehuetenango, parte de
Quezaltenango y todo Soconusco.
[47] BRASSEUR DE BOURBOURG, en su erudita obra "Dictionnarie,
grammaire et Chrestomathíe de la langue maya, precedés d'une
etude sur le systéme graphique des indígenes de Yucatán.
No cabe duda de que los quichés, cakchiqueles, zutujiles y mames,
fueron descendientes directos de los súbditos de Votán; pero la linea
de historia tradicional que une los imperios, se halla truncada en
varios puntos, sin que sea dable seguirla paso á paso. Los fastos de
la poderosa nación Quiché, por cuatro ó cinco centurias antes de la
conquista española, quedan en manuscritos, que se escribieron en
lenguas aborígenes, con el alfabeto romano.[48]. _El Memorial de Tecpam
Atitlán_, redactado por el cacique Xahilá, es un precioso documento que
contiene datos acerca de los cakchiqueles, y que existió muchos años
en el Museo Nacional de la Sociedad Económica, en donde tuvo ocasión
de leer el original el autor de estas lineas. Existe una tradución del
Abate Brasseur de Bourbourg, hecha en el año 1855. Además, obraban en
nuestros archivos públicos, títulos territoriales de pueblos que ese
americanista se llevó, sin dejar siquiera copias.
[48] Bancroft's works--Native races. Vol. II. civilized
nations, page 638.
Dice el P. Juarros[49] que poseían esta región centro-americana un
sin número de gentes, que continuamente se hacían guerras unas á
otras, y cada pueblo era gobernado por su régulo, de donde proviene
que sus habitantes hablen tantas lenguas diferentes; pues unos usan
la mexicana, otros la quiché, cakchiquel, tzutujil, man, pocamán,
pocanchí, chortí, sinca y otras muchas". Sabido es, sin embargo, que
los reinos quichés, cackchiqueles y tzutujiles eran los principales y
más poderosos. Más de veintiún reyes de la primera de esas naciones,
gobernaron antes de la conquista á un pueblo adelantado, aguerrido
y numeroso, que se extendía por Quezaltenango, Totonicapa, Atitlán,
Tecpán Atitlán, Suchitepéquez, los señoríos de los mames y pocomanes,
los Cuchumatanes, parte de Chiapas y Soconusco y los poderosos
dominios de los reyes de Copán, al decir del desconocido autor del
_Isajoge_.[50] Por las tierras del norte de Guatemala, Verapaz,
Nicaragua y Comayagua, había caciques independientes de los quichés.
Los cackchiqueles se extendían por la parte central de Guatemala, los
rabinales en la Verapaz, los tzutujiles por el lago de Atitlán, los
pipiles en las faldas de los volcanes de Agua y de Fuego, y por el
lugar de Escuintla, Sonsonate, Apaneca, Aguachapán y Cuscatlán.[51]
[49] Historia de Guatemala Tomo I, pág. 13.
[50] Isagoje Histórico Apologético General de todas las Indias
y especial de la provincia de S. Vicente Ferrer de Chiapa y
Goathemala--1892 Madrid, Tipografía de Minuesa de los Rios.
[51] _Cuscatlán_ era el nombre antiguo de "Sn. Salvador".
Monarq. Ind. t.º I. p. 333. Brasseur de Bourbourg, Hist. T. II.
p. 76.--Oviedo, Hist. General y Natural de las Indias, Tom. IV.
p. 35.
Durante el primer período del siglo XIII. todavía se hallaba la nación
quiché, obscura y concentrada en las montañas en donde nació. Después
fué creciendo poco á poco, hasta llegar á ser muy poblada y muy rica.
La ciudad de Santa Cruz, en otro tiempo la opulenta Utatlán, era la
corte de los famosos reyes quichés. El cronista Fuentes hizo un viaje á
aquella ciudad para estudiar sus ruinas, que revelan la magnificencia
que tuvo, aunque lo que hoy se encuentra no es más que un pequeño
barrio de la gran capital. Hallábase circundada de una barranca, que
le servía de foso, con dos entradas muy estrechas, defendidas por el
castillo de _El Resguardo_, que las hacía inespugnables. En el centro
de la capital estaba el real palacio, rodeado de casas de la nobleza,
y el pueblo vivía en las extremidades de la ciudad. Las calles eran
estrechas y la población tan grande que el rey pudo encontrar 72,000
combatientes para luchar con los españoles. Esta opulenta capital
contenía numerosos y bellos edificios, entre los cuales era notable el
colegio nacional, en donde se educaban é instruían de 5 á 6 mil niños,
alimentados por cuenta del Tesoro nacional. Había sesenta maestros y
toda clase de comodidades. Como cosa grandiosa, es preciso citar el
castillo del _Atalaya_, con cuatro pisos y un gran número de soldados.
El gran _Alcázar_, ó sea palacio de los reyes del Quiché, según varios
cronistas, no cedía en suntuosidad ni al de Moctezuma, en México,
ni al de los incas en Cuzco. La fachada, de Este á Oeste, tenía 376
metros de largo y 728 de ancho. Estaba construido de finísimas piedras
de diversos colores. Se dividía en muchos departamentos: el primero
servía de cuartel á un numeroso batallón de lanceros, de arqueros,
y de otros veteranos que escoltaban al monarca: el segundo era la
habitación de los principales y parientes del rey, que vivían allí con
grande opulencia, mientras no se casaban; el tercero era la casa real,
donde estaba el trono, el tesoro, el tribunal de los jueces del pueblo,
el depósito de armas, los jardines, &; en el cuarto y quinto, estaba
la mansión de la reina y de las concubinas del rey; era inmenso, y
contenía baños, fuentes, jaulas con fieras, y grandes parques.
Y no sólo en el Quiché (Santa Cruz), se encuentran vestigios de una
civilización remota, sino que, como dice Bancroft, en casi todo el
territorio de Guatemala, hay restos de la cultura indígena. Las ruinas
de Quiriguá, con sus altares, estatuas y pirámides, que tanto han
llamado la atención del viajero que visita nuestro suelo; los despojos
ciclópeos del Carrizal; las fortificaciones de Mixco; los acueductos
del Rosario; las ruinas de Patinamit ó sea Tecpán Guatemala; los
escombros de edificios y los ídolos de Rabinal; las antigüedades de
Cotzumalguapa, Palenque, Copán y Tical; en suma, todos esos monumentos
que el tiempo respetó, dan idea de las gentes que poblaron nuestro
suelo, antes de la conquista española, y acerca de las cuales, escribió
el abate Brasseur de Bourbourg, una obra interesante, que se intitula
"Historia de las naciones civilizadas de Méjico y de la América
Central."[52]
[52] Brasseur de Bourbourg. Histoire des nations civilisées
du Mexique et de l' Amerique Centrale. Esta obra, en cuatro
volúmenes, está en la Biblioteca Nacional, con una expresiva
dedicatoria del autor al Sr. Dr. Dn. Mariano Padilla.
Entre esos pueblos se contaba el reino cackchiquel, que había
alcanzado notable desarrollo y que tuvo á Patinamit por corte. Los
bravos cackchiqueles no sólo vencieron á los quichés, sino que,
en combate memorable, ganaron la primacía entre las monarquías
centro-americanas, no por cierto para consolidar la paz, sino para
estar en continuas guerras con las tribus vecinas. Nación poderosa la
de los cackchiqueles, pudo alcanzar desarrollo y adelanto, no obstante
los disturbios y las asoladoras pestes que diezmaron á los indios
de esa raza. Al tiempo de la conquista por los españoles, Guatemala
comprendía varios reinos poderosos de los antiguos indios, siendo los
principales, como se ha dicho, el del Quiché y el de los Cackchiqueles.
Estos lucharon fuerte y largamente en defensa de su patria y libertad,
y cuando fueron forzados á rendirse á los españoles, los pocos
que sobrevivían de la lucha, se retiraron á vivir en partes casi
inaccesibles en las elevadas montañas del norte, ó quedaron sumisos á
los conquistadores en los lugares que fueron ocupados, conservando por
mucho tiempo sus creencias antiguas en materia de religión, que hasta
el día no han perdido. En una parte de esa región, especialmente en
el estado de Chiapas y en algunos pueblos de los Altos y la Verapaz,
los naturales conservan todavía muchas de sus antiguas creencias, y
caracter muy reservado.
Las ruinas de Méjico y Centro-América demuestran, de una manera
cierta, que en tiempo antiguo existía en estos paises una importante
civilización, que debe haber provenido de época muy remota. Sabido es
que la mayor parte de esas ruinas estaban olvidadas ó habían llegado
á ser vistas como misteriosas por los habitantes que los españoles
encontraron en esos países al tiempo de su descubrimiento.