_Dáse noticia de los motivos que tuvieron los Mexicanos para
tomar las armas. Sale Diego de Ordaz con algunas compañías á
reconocer la ciudad: da en una zelada que tenian prevenida; y
Hernan Cortés resuelve la guerra._
Dos ó tres dias ántes que llegáse á México el exército de Cortés se
retiraron los rebeldes á la otra parte de la ciudad; cesando en sus
hostilidades cavilosamente, segun lo que se pudo inferir del suceso.
Hallábanse asegurados en el exceso de sus fuerzas, y orgullosos de
haber muerto en los combates pasados tres ó quatro Españoles: caso
extraordinario, en que adquirieron, á costa de mucha gente, nueva
osadía ó mayor insolencia. Supieron que venia Cortés, y no pudieron
ignorar lo que habia crecido su exército; pero estuvieron tan lejos de
temerle, que hicieron aquel ademan de retirarse para dexarle franca la
entrada, y acabar con todos los Españoles despues de tenerlos juntos
en la ciudad. No se llegó á penetrar entónces este designio, aunque se
tuvo por ardid la retirada: y pocas veces se engaña quien discurre con
malicia en las acciones del enemigo.
Alojóse todo el exército en el recinto del mismo quartel, donde
cupieron Españoles y Tlascaltécas con bastante comodidad:
distribuyeronse las guardias y las centinelas, segun el rezelo á que
obligaba una guerra que habia cesado sin ocasion; y Hernan Cortés se
apartó con Pedro de Alvarado para inquirir el orígen de aquella
sedicion, y pasar á los remedios con noticia de la causa. Hallamos en
este punto la misma variedad en que otras veces ha tropezado el curso
de la pluma. Dicen unos que las inteligencias de Narbáez consiguieron
esta conjuracion del pueblo Mexicano; y otros que dispuso el motin, y
le fomentó Motezuma con ansia de su libertad: en que no es necesario
detenernos, pues se ha visto ya el poco fundamento con que se
atribuyeron á Narbáez estas negociaciones ocultas; y queda
bastantemente defendido Motezuma de semejante inconseqüencia. Dieron
algunos el principio de la conspiracion á la fidelidad de los
Mexicanos, refiriendo que tomaron las armas para sacar de opresion á
su Rey: dictámen que se acerca mas á la razon que á la verdad. Otros
atribuyeron este rompimiento al gremio de los sacerdotes, y no sin
alguna probabilidad: porque anduvieron mezclados en el tumulto,
publicando á voces las amenazas de sus Dioses, y enfureciendo á los
demas con aquel mismo furor que los disponia para recibir sus
respuestas. Repetian ellos lo que hablaba el demonio en sus ídolos; y
aunque no fué suyo el primer movimiento, tuvieron eficacia y
actividad para irritar los ánimos, y mantener la sedicion.
Los Escritores forasteros se apartan mas de lo verisímil, poniendo el
orígen y los motivos de aquella turbacion entre las atrocidades con
que procuran desacreditar á los Españoles en la conquista de las
Indias: y lo peor es que apoyan su malignidad citando al Padre Fray
Bartolomé de las Casas ó Casaus, que fué despues Obispo de Chiapa,
cuyas palabras copian y traducen, dándonos con el argumento de Autor
nuestro y testigo calificado. Lo que dexó escrito y anda en sus obras
es, que los Mexicanos dispusieron un bayle público, de aquellos que
llamaban mitotes, para divertir ó festejar á Motezuma: y que Pedro de
Alvarado, viendo las joyas de que iban adornados, convocó su gente, y
embistió con ellos, haciéndolos pedazos para quitarselas: en cuyo
miserable despojo, dice, que fueron pasados á cuchillo mas de dos mil
hombres de la Nobleza Mexicana; con que dexa la conspiracion en
términos de justa venganza. Notable despropósito de accion, en que
hace falta lo congruente y lo posible. Solicitaba entónces este
Prelado el alivio de los Indios, y encareciendo lo que padecian, cuidó
ménos de la verdad que de la ponderacion. Los mas de nuestros
Escritores le convencen de mal informado en esta y otras enormidades
que dexó escritas contra los Españoles. Dicha es hallarle impugnado,
para entendernos mejor con el respeto que se debe á su dignidad.
Pero lo cierto fué, que Pedro de Alvarado, poco despues que se apartó
de México Hernan Cortés, reconoció en los nobles de aquella corte
ménos atencion ó ménos agrado; cuya novedad le obligó á vivir
cuidadoso, y velar sobre sus acciones. Valióse de algunos confidentes,
que observasen lo que pasaba en la ciudad: supo que andaba la gente
inquieta y misteriosa, y que se hacian juntas en casas particulares,
con un género de recato mal seguro, que ocultaba el intento, y
descubria la intencion. Dió calor á sus inteligencias, y consiguió con
ellas la noticia evidente de una conjuracion que se iba forjando
contra los Españoles; porque ganó algunos de los mismos conjurados que
venian con los avisos, afeando la traycion, sin olvidar el interés.
Ibase acercando una fiesta muy solemne de sus ídolos, que celebraban
con aquellos bayles públicos, mezcla de nobleza y plebe, y conmocion
de toda la ciudad. Eligieron este dia para su faccion, suponiendo que
se podrian juntar descubiertamente sin que hiciese novedad. Era su
intento dar principio al bayle para convocar el pueblo, y llevarsele
tras sí con la diligencia de apellidar la libertad de su Rey y la
defensa de sus Dioses: reservando para entónces el publicar la
conjuracion, por no aventurar el secreto, fiándose anticipadamente de
la muchedumbre: y á la verdad no tenian mal discurrido: que pocas
veces falta el ingenio á la maldad.
Vinieron la mañana precedente al dia señalado algunos de los
promovedores del motin á verse con Pedro de Alvarado, y le pidieron
licencia para celebrar su festividad: rendimiento afectado con que
procuraron deslumbrarle; y él, mal asegurado todavia en su rezelo, se
la concedió con calidad que no llevasen armas, ni se hiciesen
sacrificios de sangre humana; pero aquella misma noche supo que
andaban muy solícitos escondiendo las armas en el barrio mas vecino al
templo: noticia que no le dexó que dudar, y le dió motivo para
discurrir en una temeridad, que tuvo sus apariencias de remedio; y lo
pudiera ser, si se aplicára con la debida moderacion. Resolvió
asaltarlos en el principio de su fiesta, sin dexarles lugar para que
tomasen las armas, ni levantasen el pueblo: y así lo puso en
execucion, saliendo á la hora señalada con cincuenta de los suyos, y
dando á entender que le llevaba la curiosidad ó el divertimiento.
Hallólos entregados á la embriaguez, y envueltos en el regocijo
cauteloso, de que se iba formando la traycion. Embistió con ellos, y
los atropelló con poca ó ninguna resistencia, hiriendo y matando
algunos que no pudieron huir, ó tardaron mas en arrojarse por las
cercas y ventanas del adoratorio. Su intento fué castigarlos y
desunirlos, lo qual se consiguió sin dificultad, pero no sin
desórden, porque los Españoles despojaron de sus joyas á los heridos y
á los muertos. Licencia mal reprimida entónces, y siempre dificultosa
de reprimir en los soldados, quando se hallan con la espada en la
mano, y el oro á la vista.
Dispuso esta faccion Pedro de Alvarado con mas ardor que providencia.
Retiróse con desahogos de vencedor, sin dar á entender al concurso
popular los motivos de su enojo. Debiera publicar entónces la traycion
que prevenian contra él aquellos nobles: manifestar las armas que
tenian escondidas; ó hacer algo de su parte para ganar contra ellos el
voto de la plebe, fácil siempre de mover contra la nobleza; pero
volvió satisfecho de que habia sido justo el castigo, y conveniente la
resolucion; ó no conoció lo que importan al acierto los adornos de la
razon. Y aquel pueblo, que ignoraba la provocacion, y vió el estrago
de los suyos y el despojo de las joyas, atribuyó á la codicia todo el
hecho, y quedó tan irritado, que tomó luego las armas, y dió cuerpo
formidable á la sedicion, hallándose dentro del tumulto con poca ó
ninguna diligencia de los primeros conjurados.
Reprehendió Hernan Cortés á Pedro de Alvarado por el arrojamiento y
falta de consideracion con que aventuró la mayor parte de sus fuerzas
en dia de tanta comocion, dexando el quartel y su primer cuidado al
arbitrio de los accidentes que podian sobrevenir. Sintió que recatáse
á Motezuma los primeros lances de aquella inquietud, porque no se fió
de él, hasta que le vió á su lado en la ocasion: y debiera comunicarle
sus rezelos, quando no para valerse de su autoridad, para sondar su
ánimo, y saber si le dexaba seguro con tan poca guarnicion: lo qual
fué lo mismo que volver las espaldas al enemigo, de quien mas se debia
rezelar: culpó la inadvertencia de no justificar á voces con el pueblo
y con los mismos delinqüentes una resolucion de tan violenta
exterioridad. De que se conoce que no hubo en el hecho, ni en sus
motivos ó circunstancias, la maldad que le imputaron; porque no se
contentára Hernan Cortés con reprehender solamente un delito de
semejante atrocidad, ni perdiera la ocasion de castigarle, ó prenderle
por lo ménos, para introducir la paz con este género de satisfaccion.
Antes hallamos que le propuso el mismo Alvarado su prision como uno de
los medios que podrian facilitar la reduccion de aquella gente; y no
vino en ello, porque le pareció camino mas real servirse de la razon
que tuvo el mismo Alvarado contra los primeros amotinados, para
desengañar el pueblo, y enflaquecer la faccion de los nobles.
No se dexaron ver aquella tarde los rebeldes, ni despues hubo
accidente que turbáse la quietud de la noche. Llegó la mañana, y
viendo Hernan Cortés que duraba el silencio del enemigo con señas de
cavilacion, porque no parecia un hombre por las calles, ni en todo lo
que se alcanzaba con la vista, dispuso que saliese Diego de Ordaz á
reconocer la ciudad, y apurar el fondo á este misterio. Llevó
quatrocientos hombres Españoles y Tlascaltécas: marchó con buena órden
por la calle principal, y á poca distancia descubrió una tropa de
gente armada, que le arrojaron, al parecer, los enemigos para cebarle:
y avanzando entónces, con ánimo de hacer algunos prisioneros para
tomar lengua, descubrió un exército de innumerable muchedumbre que le
buscaba por la frente, y otro á las espaldas, que tenian oculto en las
calles de los lados, cerrando el paso á la retirada. Embisterionle
unos y otros con igual ferocidad, al mismo tiempo que se dexó ver en
las ventanas y azuteas de las casas tercer exército de gente popular
que cerraba tambien el camino de la respiracion, llenando el ayre de
piedras y armas arrojadizas.
Pero Diego de Ordaz, que necesitó de su valor y experiencia para
juntar en este conflicto el desahogo con la celeridad, formó y dividió
su esquadron segun el terreno, dando segunda frente á la retaguardia:
picas y espadas contra las dos avenidas; y bocas de fuego contra las
ofensas de arriba. No le fué posible avisar á Cortés del aprieto en
que se hallaba; ni él, sin esta noticia, tuvo por necesario el
socorrerle, quando le suponia con bastantes fuerzas para executar la
órden que llevaba. Pero duró poco el calor de la batalla; porque los
Indios embistieron tumultuariamente, y anegados en su mismo número, se
impedian el uso de las armas: perdiendo tantos la vida en el primer
acometimiento que se reduxeron los demas á distancia que ni podian
ofender, ni ser ofendidos. Las bocas de fuego despejaron brevemente
los terrados. Y Diego de Ordaz, que venia solo á reconocer, y no debia
pasar á mayor empeño, viendo que los enemigos le sitiaban á lo largo,
reducidos á pelear con las voces y las amenazas, se resolvió á
retirarse abriendo el camino con la espada: y dada la órden, se movió
en la misma formacion que se hallaba, cerrando á viva fuerza con los
que ocupaban el paso del quartel, y peleando al mismo tiempo con los
que se le acercaban, por la parte contrapuesta, ó se descubrian en lo
alto de las casas. Consiguióse con dificultad la retirada, y no dexó
de costar alguna sangre, porque volvieron heridos Diego de Ordaz y los
mas de los suyos, quedando muertos ocho soldados que no se pudieron
retirar. Serian acaso Tlascaltécas; porque solo se hace memoria de un
Español, que obró señaladamente aquel dia, y murió cumpliendo con su
obligacion. Bernal Diaz refiere sus hazañas, y dice que se llamaba
Lezcano. Los demas no hablan en él. Quedó sin el nombre cabal que
merecia; pero no quede sin la recomendacion de que se puede honrar su
apellido. Conoció Hernan Cortés en este suceso que ya no era tiempo de
intentar proposiciones de paz, que, disminuyendo la reputacion de sus
fuerzas, aumentasen la insolencia de los sediciosos. Determinó
hacersela desear ántes de proponersela, y salir á la ciudad con la
mayor parte de su exército, para llamarlos con el rigor á la quietud.
No se hallaba persona entónces por cuyo medio se pudiese introducir el
tratado. Motezuma desconfiaba de su autoridad, ó temia la inobediencia
de sus vasallos. Entre los rebeldes no habia quien mandáse, ni quien
obedeciese, ó mandaban todos, y nadie obedecia: vulgo entónces sin
distincion ni gobierno, que se componia de nobles y plebeyos. Deseaba
Cortés con todo el ánimo seguir el camino de la moderacion, y no
desconfió de volverle á cobrar; pero tuvo por necesario hacerse
atender ántes de ponerse á persuadir: en que obró como diestro
Capitan; porque nunca es seguro fiarse de la razon desarmada para
detener los ímpetus de un pueblo sedicioso: ella encogida ó
balbuciente quando no lleva seguras las espaldas: y él un monstruo
inexôrable que, aun teniendo cabeza, le faltan los oidos.