CAPITULO XII.

_Dáse noticia de los motivos que tuvieron los Mexicanos para

tomar las armas. Sale Diego de Ordaz con algunas compañías á

reconocer la ciudad: da en una zelada que tenian prevenida; y

Hernan Cortés resuelve la guerra._

Dos ó tres dias ántes que llegáse á México el exército de Cortés se

retiraron los rebeldes á la otra parte de la ciudad; cesando en sus

hostilidades cavilosamente, segun lo que se pudo inferir del suceso.

Hallábanse asegurados en el exceso de sus fuerzas, y orgullosos de

haber muerto en los combates pasados tres ó quatro Españoles: caso

extraordinario, en que adquirieron, á costa de mucha gente, nueva

osadía ó mayor insolencia. Supieron que venia Cortés, y no pudieron

ignorar lo que habia crecido su exército; pero estuvieron tan lejos de

temerle, que hicieron aquel ademan de retirarse para dexarle franca la

entrada, y acabar con todos los Españoles despues de tenerlos juntos

en la ciudad. No se llegó á penetrar entónces este designio, aunque se

tuvo por ardid la retirada: y pocas veces se engaña quien discurre con

malicia en las acciones del enemigo.

Alojóse todo el exército en el recinto del mismo quartel, donde

cupieron Españoles y Tlascaltécas con bastante comodidad:

distribuyeronse las guardias y las centinelas, segun el rezelo á que

obligaba una guerra que habia cesado sin ocasion; y Hernan Cortés se

apartó con Pedro de Alvarado para inquirir el orígen de aquella

sedicion, y pasar á los remedios con noticia de la causa. Hallamos en

este punto la misma variedad en que otras veces ha tropezado el curso

de la pluma. Dicen unos que las inteligencias de Narbáez consiguieron

esta conjuracion del pueblo Mexicano; y otros que dispuso el motin, y

le fomentó Motezuma con ansia de su libertad: en que no es necesario

detenernos, pues se ha visto ya el poco fundamento con que se

atribuyeron á Narbáez estas negociaciones ocultas; y queda

bastantemente defendido Motezuma de semejante inconseqüencia. Dieron

algunos el principio de la conspiracion á la fidelidad de los

Mexicanos, refiriendo que tomaron las armas para sacar de opresion á

su Rey: dictámen que se acerca mas á la razon que á la verdad. Otros

atribuyeron este rompimiento al gremio de los sacerdotes, y no sin

alguna probabilidad: porque anduvieron mezclados en el tumulto,

publicando á voces las amenazas de sus Dioses, y enfureciendo á los

demas con aquel mismo furor que los disponia para recibir sus

respuestas. Repetian ellos lo que hablaba el demonio en sus ídolos; y

aunque no fué suyo el primer movimiento, tuvieron eficacia y

actividad para irritar los ánimos, y mantener la sedicion.

Los Escritores forasteros se apartan mas de lo verisímil, poniendo el

orígen y los motivos de aquella turbacion entre las atrocidades con

que procuran desacreditar á los Españoles en la conquista de las

Indias: y lo peor es que apoyan su malignidad citando al Padre Fray

Bartolomé de las Casas ó Casaus, que fué despues Obispo de Chiapa,

cuyas palabras copian y traducen, dándonos con el argumento de Autor

nuestro y testigo calificado. Lo que dexó escrito y anda en sus obras

es, que los Mexicanos dispusieron un bayle público, de aquellos que

llamaban mitotes, para divertir ó festejar á Motezuma: y que Pedro de

Alvarado, viendo las joyas de que iban adornados, convocó su gente, y

embistió con ellos, haciéndolos pedazos para quitarselas: en cuyo

miserable despojo, dice, que fueron pasados á cuchillo mas de dos mil

hombres de la Nobleza Mexicana; con que dexa la conspiracion en

términos de justa venganza. Notable despropósito de accion, en que

hace falta lo congruente y lo posible. Solicitaba entónces este

Prelado el alivio de los Indios, y encareciendo lo que padecian, cuidó

ménos de la verdad que de la ponderacion. Los mas de nuestros

Escritores le convencen de mal informado en esta y otras enormidades

que dexó escritas contra los Españoles. Dicha es hallarle impugnado,

para entendernos mejor con el respeto que se debe á su dignidad.

Pero lo cierto fué, que Pedro de Alvarado, poco despues que se apartó

de México Hernan Cortés, reconoció en los nobles de aquella corte

ménos atencion ó ménos agrado; cuya novedad le obligó á vivir

cuidadoso, y velar sobre sus acciones. Valióse de algunos confidentes,

que observasen lo que pasaba en la ciudad: supo que andaba la gente

inquieta y misteriosa, y que se hacian juntas en casas particulares,

con un género de recato mal seguro, que ocultaba el intento, y

descubria la intencion. Dió calor á sus inteligencias, y consiguió con

ellas la noticia evidente de una conjuracion que se iba forjando

contra los Españoles; porque ganó algunos de los mismos conjurados que

venian con los avisos, afeando la traycion, sin olvidar el interés.

Ibase acercando una fiesta muy solemne de sus ídolos, que celebraban

con aquellos bayles públicos, mezcla de nobleza y plebe, y conmocion

de toda la ciudad. Eligieron este dia para su faccion, suponiendo que

se podrian juntar descubiertamente sin que hiciese novedad. Era su

intento dar principio al bayle para convocar el pueblo, y llevarsele

tras sí con la diligencia de apellidar la libertad de su Rey y la

defensa de sus Dioses: reservando para entónces el publicar la

conjuracion, por no aventurar el secreto, fiándose anticipadamente de

la muchedumbre: y á la verdad no tenian mal discurrido: que pocas

veces falta el ingenio á la maldad.

Vinieron la mañana precedente al dia señalado algunos de los

promovedores del motin á verse con Pedro de Alvarado, y le pidieron

licencia para celebrar su festividad: rendimiento afectado con que

procuraron deslumbrarle; y él, mal asegurado todavia en su rezelo, se

la concedió con calidad que no llevasen armas, ni se hiciesen

sacrificios de sangre humana; pero aquella misma noche supo que

andaban muy solícitos escondiendo las armas en el barrio mas vecino al

templo: noticia que no le dexó que dudar, y le dió motivo para

discurrir en una temeridad, que tuvo sus apariencias de remedio; y lo

pudiera ser, si se aplicára con la debida moderacion. Resolvió

asaltarlos en el principio de su fiesta, sin dexarles lugar para que

tomasen las armas, ni levantasen el pueblo: y así lo puso en

execucion, saliendo á la hora señalada con cincuenta de los suyos, y

dando á entender que le llevaba la curiosidad ó el divertimiento.

Hallólos entregados á la embriaguez, y envueltos en el regocijo

cauteloso, de que se iba formando la traycion. Embistió con ellos, y

los atropelló con poca ó ninguna resistencia, hiriendo y matando

algunos que no pudieron huir, ó tardaron mas en arrojarse por las

cercas y ventanas del adoratorio. Su intento fué castigarlos y

desunirlos, lo qual se consiguió sin dificultad, pero no sin

desórden, porque los Españoles despojaron de sus joyas á los heridos y

á los muertos. Licencia mal reprimida entónces, y siempre dificultosa

de reprimir en los soldados, quando se hallan con la espada en la

mano, y el oro á la vista.

Dispuso esta faccion Pedro de Alvarado con mas ardor que providencia.

Retiróse con desahogos de vencedor, sin dar á entender al concurso

popular los motivos de su enojo. Debiera publicar entónces la traycion

que prevenian contra él aquellos nobles: manifestar las armas que

tenian escondidas; ó hacer algo de su parte para ganar contra ellos el

voto de la plebe, fácil siempre de mover contra la nobleza; pero

volvió satisfecho de que habia sido justo el castigo, y conveniente la

resolucion; ó no conoció lo que importan al acierto los adornos de la

razon. Y aquel pueblo, que ignoraba la provocacion, y vió el estrago

de los suyos y el despojo de las joyas, atribuyó á la codicia todo el

hecho, y quedó tan irritado, que tomó luego las armas, y dió cuerpo

formidable á la sedicion, hallándose dentro del tumulto con poca ó

ninguna diligencia de los primeros conjurados.

Reprehendió Hernan Cortés á Pedro de Alvarado por el arrojamiento y

falta de consideracion con que aventuró la mayor parte de sus fuerzas

en dia de tanta comocion, dexando el quartel y su primer cuidado al

arbitrio de los accidentes que podian sobrevenir. Sintió que recatáse

á Motezuma los primeros lances de aquella inquietud, porque no se fió

de él, hasta que le vió á su lado en la ocasion: y debiera comunicarle

sus rezelos, quando no para valerse de su autoridad, para sondar su

ánimo, y saber si le dexaba seguro con tan poca guarnicion: lo qual

fué lo mismo que volver las espaldas al enemigo, de quien mas se debia

rezelar: culpó la inadvertencia de no justificar á voces con el pueblo

y con los mismos delinqüentes una resolucion de tan violenta

exterioridad. De que se conoce que no hubo en el hecho, ni en sus

motivos ó circunstancias, la maldad que le imputaron; porque no se

contentára Hernan Cortés con reprehender solamente un delito de

semejante atrocidad, ni perdiera la ocasion de castigarle, ó prenderle

por lo ménos, para introducir la paz con este género de satisfaccion.

Antes hallamos que le propuso el mismo Alvarado su prision como uno de

los medios que podrian facilitar la reduccion de aquella gente; y no

vino en ello, porque le pareció camino mas real servirse de la razon

que tuvo el mismo Alvarado contra los primeros amotinados, para

desengañar el pueblo, y enflaquecer la faccion de los nobles.

No se dexaron ver aquella tarde los rebeldes, ni despues hubo

accidente que turbáse la quietud de la noche. Llegó la mañana, y

viendo Hernan Cortés que duraba el silencio del enemigo con señas de

cavilacion, porque no parecia un hombre por las calles, ni en todo lo

que se alcanzaba con la vista, dispuso que saliese Diego de Ordaz á

reconocer la ciudad, y apurar el fondo á este misterio. Llevó

quatrocientos hombres Españoles y Tlascaltécas: marchó con buena órden

por la calle principal, y á poca distancia descubrió una tropa de

gente armada, que le arrojaron, al parecer, los enemigos para cebarle:

y avanzando entónces, con ánimo de hacer algunos prisioneros para

tomar lengua, descubrió un exército de innumerable muchedumbre que le

buscaba por la frente, y otro á las espaldas, que tenian oculto en las

calles de los lados, cerrando el paso á la retirada. Embisterionle

unos y otros con igual ferocidad, al mismo tiempo que se dexó ver en

las ventanas y azuteas de las casas tercer exército de gente popular

que cerraba tambien el camino de la respiracion, llenando el ayre de

piedras y armas arrojadizas.

Pero Diego de Ordaz, que necesitó de su valor y experiencia para

juntar en este conflicto el desahogo con la celeridad, formó y dividió

su esquadron segun el terreno, dando segunda frente á la retaguardia:

picas y espadas contra las dos avenidas; y bocas de fuego contra las

ofensas de arriba. No le fué posible avisar á Cortés del aprieto en

que se hallaba; ni él, sin esta noticia, tuvo por necesario el

socorrerle, quando le suponia con bastantes fuerzas para executar la

órden que llevaba. Pero duró poco el calor de la batalla; porque los

Indios embistieron tumultuariamente, y anegados en su mismo número, se

impedian el uso de las armas: perdiendo tantos la vida en el primer

acometimiento que se reduxeron los demas á distancia que ni podian

ofender, ni ser ofendidos. Las bocas de fuego despejaron brevemente

los terrados. Y Diego de Ordaz, que venia solo á reconocer, y no debia

pasar á mayor empeño, viendo que los enemigos le sitiaban á lo largo,

reducidos á pelear con las voces y las amenazas, se resolvió á

retirarse abriendo el camino con la espada: y dada la órden, se movió

en la misma formacion que se hallaba, cerrando á viva fuerza con los

que ocupaban el paso del quartel, y peleando al mismo tiempo con los

que se le acercaban, por la parte contrapuesta, ó se descubrian en lo

alto de las casas. Consiguióse con dificultad la retirada, y no dexó

de costar alguna sangre, porque volvieron heridos Diego de Ordaz y los

mas de los suyos, quedando muertos ocho soldados que no se pudieron

retirar. Serian acaso Tlascaltécas; porque solo se hace memoria de un

Español, que obró señaladamente aquel dia, y murió cumpliendo con su

obligacion. Bernal Diaz refiere sus hazañas, y dice que se llamaba

Lezcano. Los demas no hablan en él. Quedó sin el nombre cabal que

merecia; pero no quede sin la recomendacion de que se puede honrar su

apellido. Conoció Hernan Cortés en este suceso que ya no era tiempo de

intentar proposiciones de paz, que, disminuyendo la reputacion de sus

fuerzas, aumentasen la insolencia de los sediciosos. Determinó

hacersela desear ántes de proponersela, y salir á la ciudad con la

mayor parte de su exército, para llamarlos con el rigor á la quietud.

No se hallaba persona entónces por cuyo medio se pudiese introducir el

tratado. Motezuma desconfiaba de su autoridad, ó temia la inobediencia

de sus vasallos. Entre los rebeldes no habia quien mandáse, ni quien

obedeciese, ó mandaban todos, y nadie obedecia: vulgo entónces sin

distincion ni gobierno, que se componia de nobles y plebeyos. Deseaba

Cortés con todo el ánimo seguir el camino de la moderacion, y no

desconfió de volverle á cobrar; pero tuvo por necesario hacerse

atender ántes de ponerse á persuadir: en que obró como diestro

Capitan; porque nunca es seguro fiarse de la razon desarmada para

detener los ímpetus de un pueblo sedicioso: ella encogida ó

balbuciente quando no lleva seguras las espaldas: y él un monstruo

inexôrable que, aun teniendo cabeza, le faltan los oidos.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 40 / 46 题