_Pone Cortés en obediencia la cabellería de Narbáez, que andaba
en la campaña: recibe noticia de que habian tomado las armas
los Mexicanos contra los Españoles que dexó en aquella corte:
marcha luego con su exército, y entra en ella sin oposicion._
No se dexó ver aquella noche la cabellería de Narbáez, que pudiera
embarazar mucho á Cortés, si hubiera quedado en la disposicion que
pedia una plaza de armas en tan corta distancia del enemigo. Pero allí
se olvidaron todas las reglas de la milicia, y dado el yerro de la
negligencia en un Capitan, ó se hace ménos extraño lo que se dexó de
advertir, ó pasan por conseqüencias los absurdos. Valiéronse de los
caballos para escapar los que duraron ménos en la ocasion: y á la
mañana se tuvo noticia de que andaban incorporados con los batidores
que salieron la noche ántes, formando un cuerpo de hasta quarenta
caballos que discurrian por la campaña con señas de resistir. Dió
poco rezelo esta novedad, y Hernan Cortés, ántes de pasar á términos
de mayor resolucion, nombró al Maestre de Campo Christoval de Olid, y
al Capitan Diego de Ordaz para que fuesen á procurar reducirlos con
suavidad: como lo executaron y consiguieron á la primera insinuacion
de que serian admitidos en el exército con la misma gratitud que sus
compañeros, cuyo partido y exemplar bastó para que viniesen todos á
rendirse y tomar servicio con sus armas y caballos. Tratóse luego de
curar los heridos y alojar la gente, á que asistieron alegres y
oficiosos el Cacique y sus Zempoales, celebrando la victoria, y
disponiendo el hospedage de sus amigos con un género de regocijo
interesado, en que, al parecer, respiraban de la fatiga y servidumbre
antecedente.
No se descuidó Hernan Cortés en asegurarse de la armada, punto
esencial en aquella ocurrencia. Despachó sin dilacion al Capitan
Francisco de Lugo para que hiciese poner en tierra, y conducir á la
Vera Cruz las velas, xarcias y timones de todos los baxeles. Ordenó
que viniesen á Zempoala los pilotos y marineros de Narbáez, y envió de
los suyos los que parecieron bastantes para la seguridad de los
buques: por cuyo cabo fué un Maestre que se llamaba Pedro Caballero:
bastante ocupacion para que le honráse Bernal Diaz con título de
Almirante de la mar.
Dispuso que se volviesen á su provincia los Chinantécas, agradeciendo
el socorro como si hubiera servido: y despues se dieron algunos dias
al descanso de la gente, en los quales vinieron los pueblos vecinos y
Caciques del contorno á congratularse con los Españoles buenos ó
Teules mansos, que así llamaban á los de Cortés. Volvieron á revalidar
su obediencia y á ofrecer su amistad: acompañando esta demostracion
con varios presentes y regalos, de que no poco se admiraban los de
Narbáez: empezando á experimentar las mejoras del nuevo partido en el
agasajo y seguridad de aquella gente, que vieron poco ántes
escarmentada y desabrida.
En todo este fervor de sucesos favorables traia Hernan Cortés á México
en el corazon: no se apartaba un instante su memoria del riesgo en que
dexó á Pedro de Alvarado y sus Españoles, cuya defensa consistia
únicamente en aquello poco que se podia fiar de la palabra que le dió
Motezuma de no hacer novedad en su ausencia: vínculo desacreditado en
la soberana voluntad de los Reyes; porque algunos estadistas le
procuran desatar con varias soluciones, defendiendo que no les obliga
su observancia como á los particulares: en cuyo dictámen pudo hallar
entónces Hernan Cortés bastante razon de temer, sin aprobar con su
rezelo esta política irreverente, por ser lo mismo hallar falencia en
las palabras de los Reyes, que apartar de los Príncipes la obligacion
de Caballeros.
Hecho el ánimo á volverse luego, y no atreviéndose á llevar consigo
tanta gente, por no desconfiar á Motezuma ó remover los humores de su
corte, resolvió dividir el exército, y emplear alguna parte de él en
otras conquistas. Nombró á Juan Velazquez de Leon para que fuese con
doscientos hombres á pacificar la provincia de Panúco, y á Diego de
Ordaz para que se apartáse con otros doscientos á poblar la de
Guazacoalco: reservando para sí poco mas de seiscientos Españoles,
número que le pareció proporcionado para entrar en la corte con
apariencias de modesto, sin olvidar las señas de vencedor.
Pero al mismo tiempo que se daba execucion á este designio, se ofreció
novedad, que le obligó á tomar otra senda en sus disposiciones. Llegó
carta de Pedro de Alvarado en que le avisaba:
"que habian tomado las armas contra él los Mexicanos; y á pesar
de Motezuma, que perseveraba todavia en su alojamiento, le
combatian con freqüentes asaltos, y tanto número de gente, que
se perderian sin remedio él y todos los suyos, si no fuesen
socorridos con brevedad."
Vino con esta noticia un soldado Español, y en su escolta un Embaxador
de Motezuma, cuya representacion fué
"darle á entender que no habia sido en su mano el reprimir á
sus vasallos: ponerle delante lo que padecia su autoridad con
los amotinados: asegurarle que no se apartaria de Pedro de
Alvarado y sus Españoles: y últimamente llamarle á su corte
para el remedio:"
fuese de la misma sedicion, ó fuese del peligro en que se hallaban
aquellos Españoles, que uno y otro arguye confianza y sinceridad.
No fué necesario poner en consulta la resolucion que se debia tomar en
este caso, porque se adelantó el voto comun de los Capitanes, y
soldados á mirar como empeño inexcusable la jornada: pasando algunos á
tener por oportuno y de buen presagio un accidente que les servia de
pretexto para excusar la desunion de sus fuerzas, y volver con todo el
grueso á la corte; de cuya reduccion debian tomar su principio las
demas conquistas. Nombró luego Hernan Cortés por Gobernador de la Vera
Cruz, como Teniente de Gonzalo de Sandoval, á Rodrigo Rangel, persona
de cuya inteligencia y cuidado pudo fiar la seguridad de los
prisioneros y la conservacion de los aliados. Hizo que pasáse muestra
su exército; y dexando en aquella plaza la guarnicion que pareció
necesaria, y bastante seguridad en los baxeles, halló que constaba de
mil infantes y cien caballos. Dividióse la marcha en diferentes
veredas, por no incomodar los pueblos, ó por facilitar la provision de
los víveres: señalóse por plaza de armas un parage conocido cerca de
Tlascála, donde pareció que debian entrar unidos y ordenados: y
aunque fueron delante algunos comisarios á tener bastecidos los
tránsitos, no bastó su diligencia para que dexasen de padecer los que
iban fuera del camino principal algunos ratos de hambre y sed
intolerable. Fatiga que sufrieron los de Narbáez sin descaecer ni
murmurar; siendo aquellos mismos que poco ántes rindieron el
sufrimiento á menor inclemencia. Pudose atribuir esta novedad al
exemplo de los veteranos, ó á las esperanzas que llevaban en el
corazon: dexando alguna parte á la diferencia del Capitan, cuya
opinion suele tener sus influencias ocultas en la paciencia de los
soldados.
Antes de partir, respondió Hernan Cortés por escrito á Pedro de
Alvarado, y por su Embaxador á Motezuma, dándoles cuenta de su
victoria, de su vuelta y del aumento de su exército: al uno, para que
se alentase con esperanza de mayor socorro: y al otro, para que no
extrañáse verle con tantas fuerzas, quando los tumultos de su corte le
obligaban á no dividirlas. Procuró medir el tiempo con la necesidad:
alargó las marchas quanto pudo: estrechó las horas al descanso,
hallándole su actividad en su mismo trabajo. Hizo alguna mansion en la
plaza de armas para recoger la gente que venia extraviada: y
últimamente llegó á Tlascála en diez y siete de Junio con todo el
exército puesto en órden, cuya entrada fué lucida y festejada.
Magiscatzín hospedó á Cortés en su casa: los demas hallaron
comodidad, obsequio y regalo en su alojamiento. Andaba en los
Tlascaltécas mal encubierto el odio de los Mexicanos con el amor de
los Españoles: referian su conspiracion, y el aprieto en que se
hallaba Pedro de Alvarado, con circunstancias de mas afectacion que
certidumbre: ponderaban el atrevimiento y la poca fé de aquella
nacion, provocando los ánimos á la venganza, y mezclando con poco
artificio el avisar y el influir. Culpas encarecidas con zelo
sospechoso, y verdades en boca del enemigo, que se introducen como
informes para declinar en acusaciones.
Resolvió el Senado hacer un esfuerzo grande, y convocar todas sus
milicias para que asistiesen á Cortés en esta ocasion, no sin alguna
razon de estado, mejor entendida que recatada: porque deseaban arrimar
su interés á la causa del amigo, y servirse de sus fuerzas para
destruir de una vez la nacion dominante que tanto aborrecian.
Conocióse fácilmente su intencion; y Hernan Cortés con señas de
agradecido y lisonjeado reprimió el orgullo con que se disponian á
seguirle, contraponiendo á las instancias del Senado algunas razones
aparentes, que en la substancia venian á ser pretextos contra
pretextos. Pero admitió hasta dos mil hombres de buena calidad, con
sus Capitanes ó Cabos de quadrillas, los quales siguieron su marcha,
y fueron de servicio en las ocasiones siguientes. Llevó esta gente por
dar mayor seguridad á su empresa, ó mantener la confianza de los
Tlascaltécas, acreditados ya de valientes contra los Mexicanos: y no
llevó mayor número por no escandalizar á Motezuma, ó poner en
desesperacion á los rebeldes. Era su intento entrar en México de paz,
y ver si podia reducir aquel pueblo con los remedios moderados, sin
acordarse por entónces de su irritacion, ni discurrir en el castigo de
los culpados; si ya no queria que fuese primero la quietud: por ser
dos cosas que se consiguen mal á un mismo tiempo, el sosiego de la
sedicion, y el escarmiento de los sediciosos.
Llegó á México dia de San Juan, sin haber hallado en el camino mas
embarazo que la variedad y discordancia de las noticias. Pasó el
exército la laguna sin oposicion, aunque no faltaron señales que
hiciesen novedad en el cuidado. Hallaronse deshechos y abrasados los
dos bergantines de fábrica Española; desiertos los arrabales y el
barrio de la entrada: rotos los puentes que servian á la comunicacion
de las calles: y todo en un silencio que parecia cauteloso. Indicios
que obligaron á caminar poco á poco, suspendiendo los avances, y
ocupando la infantería lo que dexaban reconocido los caballos. Duró
este rezelo hasta que, descubriendo el socorro los Españoles que
asistian á Motezuma, levantaron el grito y aseguraron la marcha. Baxó
con ellos Pedro de Alvarado á la puerta del alojamiento, y se celebró
la comun felicidad con igual recocijo. Victoreabanse unos á otros en
vez de saludarse: todos se interrumpian: dixeron mucho los brazos y
las medias razones: eloqüencias del contento, en que significan mas
las voces que las palabras.
Salió Motezuma con algunos de sus criados hasta el primer patio, donde
recibió á Cortés, tan copiosa de afectos su alegría, que tocó en
exceso, y se llevó tras sí la majestad. Es cierto, y nadie lo niega,
que deseaba su venida, porque ya necesitaba de sus fuerzas y consejo
para reprimir á los suyos, ó por la misma privacion en que se hallaba
de aquel género de libertad que le permitia Cortés, dexándole salir á
sus divertimientos: licencia de que no quiso usar en todo el tiempo de
su ausencia: siendo cierto que ya consistia su prision en la fuerza de
su palabra, cuyo desempeño le obligó á no desviarse de los Españoles
en aquella turbacion de su república.
Bernal Diaz del Castillo dice que correspondió Hernan Cortés con
desabrimiento á esta demostracion de Motezuma: que le torció el
rostro, y se retiró á su quarto sin visitarle ni dexarse visitar: que
dixo contra él algunas palabras descompuestas delante de sus mismos
criados: y añade como de propio dictámen:
"Que por tener consigo tantos Españoles, hablaba tan ayrado y
descomedido."
Terminos son de su Historia. Y Antonio de Herrera le desautoriza mas
en la suya: porque se vale de su misma confesion para comprobar su
desacierto con estas palabras:
"Muchos han dicho haber oido decir á Hernando Cortés que, si en
llegando visitára á Motezuma, sus cosas pasaran bien; y que lo
dexó, estimándole en poco por hallarse tan poderoso."
Y trae á este propósito un lugar de Cornelio Tácito, cuya substancia
es, que los sucesos prósperos hacen insolentes á los grandes
Capitanes. No lo dice así Francisco Lopez de Gómara, ni el mismo
Hernan Cortés en la segunda relacion de su jornada, que pudiera
tocarlo para dar los motivos que le obligaron á semejante aspereza,
tuviese razon, ó fuese disculpa. Quede al arbitrio de la sinceridad el
credito que se debe á los Autores, y seanos lícito dudar en Cortés una
sinrazon tan fuera de propósito. Los mismos Herrera y Castillo
asientan que Motezuma resistió esta sedicion de sus vasallos: que los
detuvo y reprimió siempre: que intentaron asaltar el quartel: y que,
si no fuera por la sombra de su autoridad, hubieran perecido
infaliblemente Pedro de Alvarado y los suyos. Nadie niega que Cortés
lo llevó entendido así; ni el hallarle cumpliendo su palabra le dexaba
razon de dudar: siendo fuera de toda proporcion que aquel Príncipe
moviese las armas que detenia, y se dexáse estar cerca de los que
intentaba destruir. Accion parece indigna de Cortés el despreciarle,
quando podia llegar el caso de haberle menester, y no era de su genio
la destemplanza que se le atribuye como efecto de la prosperidad.
Puedese creer, ó sospechar á lo ménos, que Antonio de Herrera entró
con poco fundamento en esta noticia, reincidiendo en los manuscritos
de Bernal Diaz, apasionado intérprete de Cortés: y pudo ser que se
inclináse á seguir su opinion por lograr la sentencia de Tácito.
Ambicion peligrosa en los historiadores: porque suele torcerse ó
ladearse la narracion para que vengan á propósito las márgenes y no es
de todos entenderse á un tiempo con la verdad y con la erudicion.