CAPITULO XI.

_Pone Cortés en obediencia la cabellería de Narbáez, que andaba

en la campaña: recibe noticia de que habian tomado las armas

los Mexicanos contra los Españoles que dexó en aquella corte:

marcha luego con su exército, y entra en ella sin oposicion._

No se dexó ver aquella noche la cabellería de Narbáez, que pudiera

embarazar mucho á Cortés, si hubiera quedado en la disposicion que

pedia una plaza de armas en tan corta distancia del enemigo. Pero allí

se olvidaron todas las reglas de la milicia, y dado el yerro de la

negligencia en un Capitan, ó se hace ménos extraño lo que se dexó de

advertir, ó pasan por conseqüencias los absurdos. Valiéronse de los

caballos para escapar los que duraron ménos en la ocasion: y á la

mañana se tuvo noticia de que andaban incorporados con los batidores

que salieron la noche ántes, formando un cuerpo de hasta quarenta

caballos que discurrian por la campaña con señas de resistir. Dió

poco rezelo esta novedad, y Hernan Cortés, ántes de pasar á términos

de mayor resolucion, nombró al Maestre de Campo Christoval de Olid, y

al Capitan Diego de Ordaz para que fuesen á procurar reducirlos con

suavidad: como lo executaron y consiguieron á la primera insinuacion

de que serian admitidos en el exército con la misma gratitud que sus

compañeros, cuyo partido y exemplar bastó para que viniesen todos á

rendirse y tomar servicio con sus armas y caballos. Tratóse luego de

curar los heridos y alojar la gente, á que asistieron alegres y

oficiosos el Cacique y sus Zempoales, celebrando la victoria, y

disponiendo el hospedage de sus amigos con un género de regocijo

interesado, en que, al parecer, respiraban de la fatiga y servidumbre

antecedente.

No se descuidó Hernan Cortés en asegurarse de la armada, punto

esencial en aquella ocurrencia. Despachó sin dilacion al Capitan

Francisco de Lugo para que hiciese poner en tierra, y conducir á la

Vera Cruz las velas, xarcias y timones de todos los baxeles. Ordenó

que viniesen á Zempoala los pilotos y marineros de Narbáez, y envió de

los suyos los que parecieron bastantes para la seguridad de los

buques: por cuyo cabo fué un Maestre que se llamaba Pedro Caballero:

bastante ocupacion para que le honráse Bernal Diaz con título de

Almirante de la mar.

Dispuso que se volviesen á su provincia los Chinantécas, agradeciendo

el socorro como si hubiera servido: y despues se dieron algunos dias

al descanso de la gente, en los quales vinieron los pueblos vecinos y

Caciques del contorno á congratularse con los Españoles buenos ó

Teules mansos, que así llamaban á los de Cortés. Volvieron á revalidar

su obediencia y á ofrecer su amistad: acompañando esta demostracion

con varios presentes y regalos, de que no poco se admiraban los de

Narbáez: empezando á experimentar las mejoras del nuevo partido en el

agasajo y seguridad de aquella gente, que vieron poco ántes

escarmentada y desabrida.

En todo este fervor de sucesos favorables traia Hernan Cortés á México

en el corazon: no se apartaba un instante su memoria del riesgo en que

dexó á Pedro de Alvarado y sus Españoles, cuya defensa consistia

únicamente en aquello poco que se podia fiar de la palabra que le dió

Motezuma de no hacer novedad en su ausencia: vínculo desacreditado en

la soberana voluntad de los Reyes; porque algunos estadistas le

procuran desatar con varias soluciones, defendiendo que no les obliga

su observancia como á los particulares: en cuyo dictámen pudo hallar

entónces Hernan Cortés bastante razon de temer, sin aprobar con su

rezelo esta política irreverente, por ser lo mismo hallar falencia en

las palabras de los Reyes, que apartar de los Príncipes la obligacion

de Caballeros.

Hecho el ánimo á volverse luego, y no atreviéndose á llevar consigo

tanta gente, por no desconfiar á Motezuma ó remover los humores de su

corte, resolvió dividir el exército, y emplear alguna parte de él en

otras conquistas. Nombró á Juan Velazquez de Leon para que fuese con

doscientos hombres á pacificar la provincia de Panúco, y á Diego de

Ordaz para que se apartáse con otros doscientos á poblar la de

Guazacoalco: reservando para sí poco mas de seiscientos Españoles,

número que le pareció proporcionado para entrar en la corte con

apariencias de modesto, sin olvidar las señas de vencedor.

Pero al mismo tiempo que se daba execucion á este designio, se ofreció

novedad, que le obligó á tomar otra senda en sus disposiciones. Llegó

carta de Pedro de Alvarado en que le avisaba:

"que habian tomado las armas contra él los Mexicanos; y á pesar

de Motezuma, que perseveraba todavia en su alojamiento, le

combatian con freqüentes asaltos, y tanto número de gente, que

se perderian sin remedio él y todos los suyos, si no fuesen

socorridos con brevedad."

Vino con esta noticia un soldado Español, y en su escolta un Embaxador

de Motezuma, cuya representacion fué

"darle á entender que no habia sido en su mano el reprimir á

sus vasallos: ponerle delante lo que padecia su autoridad con

los amotinados: asegurarle que no se apartaria de Pedro de

Alvarado y sus Españoles: y últimamente llamarle á su corte

para el remedio:"

fuese de la misma sedicion, ó fuese del peligro en que se hallaban

aquellos Españoles, que uno y otro arguye confianza y sinceridad.

No fué necesario poner en consulta la resolucion que se debia tomar en

este caso, porque se adelantó el voto comun de los Capitanes, y

soldados á mirar como empeño inexcusable la jornada: pasando algunos á

tener por oportuno y de buen presagio un accidente que les servia de

pretexto para excusar la desunion de sus fuerzas, y volver con todo el

grueso á la corte; de cuya reduccion debian tomar su principio las

demas conquistas. Nombró luego Hernan Cortés por Gobernador de la Vera

Cruz, como Teniente de Gonzalo de Sandoval, á Rodrigo Rangel, persona

de cuya inteligencia y cuidado pudo fiar la seguridad de los

prisioneros y la conservacion de los aliados. Hizo que pasáse muestra

su exército; y dexando en aquella plaza la guarnicion que pareció

necesaria, y bastante seguridad en los baxeles, halló que constaba de

mil infantes y cien caballos. Dividióse la marcha en diferentes

veredas, por no incomodar los pueblos, ó por facilitar la provision de

los víveres: señalóse por plaza de armas un parage conocido cerca de

Tlascála, donde pareció que debian entrar unidos y ordenados: y

aunque fueron delante algunos comisarios á tener bastecidos los

tránsitos, no bastó su diligencia para que dexasen de padecer los que

iban fuera del camino principal algunos ratos de hambre y sed

intolerable. Fatiga que sufrieron los de Narbáez sin descaecer ni

murmurar; siendo aquellos mismos que poco ántes rindieron el

sufrimiento á menor inclemencia. Pudose atribuir esta novedad al

exemplo de los veteranos, ó á las esperanzas que llevaban en el

corazon: dexando alguna parte á la diferencia del Capitan, cuya

opinion suele tener sus influencias ocultas en la paciencia de los

soldados.

Antes de partir, respondió Hernan Cortés por escrito á Pedro de

Alvarado, y por su Embaxador á Motezuma, dándoles cuenta de su

victoria, de su vuelta y del aumento de su exército: al uno, para que

se alentase con esperanza de mayor socorro: y al otro, para que no

extrañáse verle con tantas fuerzas, quando los tumultos de su corte le

obligaban á no dividirlas. Procuró medir el tiempo con la necesidad:

alargó las marchas quanto pudo: estrechó las horas al descanso,

hallándole su actividad en su mismo trabajo. Hizo alguna mansion en la

plaza de armas para recoger la gente que venia extraviada: y

últimamente llegó á Tlascála en diez y siete de Junio con todo el

exército puesto en órden, cuya entrada fué lucida y festejada.

Magiscatzín hospedó á Cortés en su casa: los demas hallaron

comodidad, obsequio y regalo en su alojamiento. Andaba en los

Tlascaltécas mal encubierto el odio de los Mexicanos con el amor de

los Españoles: referian su conspiracion, y el aprieto en que se

hallaba Pedro de Alvarado, con circunstancias de mas afectacion que

certidumbre: ponderaban el atrevimiento y la poca fé de aquella

nacion, provocando los ánimos á la venganza, y mezclando con poco

artificio el avisar y el influir. Culpas encarecidas con zelo

sospechoso, y verdades en boca del enemigo, que se introducen como

informes para declinar en acusaciones.

Resolvió el Senado hacer un esfuerzo grande, y convocar todas sus

milicias para que asistiesen á Cortés en esta ocasion, no sin alguna

razon de estado, mejor entendida que recatada: porque deseaban arrimar

su interés á la causa del amigo, y servirse de sus fuerzas para

destruir de una vez la nacion dominante que tanto aborrecian.

Conocióse fácilmente su intencion; y Hernan Cortés con señas de

agradecido y lisonjeado reprimió el orgullo con que se disponian á

seguirle, contraponiendo á las instancias del Senado algunas razones

aparentes, que en la substancia venian á ser pretextos contra

pretextos. Pero admitió hasta dos mil hombres de buena calidad, con

sus Capitanes ó Cabos de quadrillas, los quales siguieron su marcha,

y fueron de servicio en las ocasiones siguientes. Llevó esta gente por

dar mayor seguridad á su empresa, ó mantener la confianza de los

Tlascaltécas, acreditados ya de valientes contra los Mexicanos: y no

llevó mayor número por no escandalizar á Motezuma, ó poner en

desesperacion á los rebeldes. Era su intento entrar en México de paz,

y ver si podia reducir aquel pueblo con los remedios moderados, sin

acordarse por entónces de su irritacion, ni discurrir en el castigo de

los culpados; si ya no queria que fuese primero la quietud: por ser

dos cosas que se consiguen mal á un mismo tiempo, el sosiego de la

sedicion, y el escarmiento de los sediciosos.

Llegó á México dia de San Juan, sin haber hallado en el camino mas

embarazo que la variedad y discordancia de las noticias. Pasó el

exército la laguna sin oposicion, aunque no faltaron señales que

hiciesen novedad en el cuidado. Hallaronse deshechos y abrasados los

dos bergantines de fábrica Española; desiertos los arrabales y el

barrio de la entrada: rotos los puentes que servian á la comunicacion

de las calles: y todo en un silencio que parecia cauteloso. Indicios

que obligaron á caminar poco á poco, suspendiendo los avances, y

ocupando la infantería lo que dexaban reconocido los caballos. Duró

este rezelo hasta que, descubriendo el socorro los Españoles que

asistian á Motezuma, levantaron el grito y aseguraron la marcha. Baxó

con ellos Pedro de Alvarado á la puerta del alojamiento, y se celebró

la comun felicidad con igual recocijo. Victoreabanse unos á otros en

vez de saludarse: todos se interrumpian: dixeron mucho los brazos y

las medias razones: eloqüencias del contento, en que significan mas

las voces que las palabras.

Salió Motezuma con algunos de sus criados hasta el primer patio, donde

recibió á Cortés, tan copiosa de afectos su alegría, que tocó en

exceso, y se llevó tras sí la majestad. Es cierto, y nadie lo niega,

que deseaba su venida, porque ya necesitaba de sus fuerzas y consejo

para reprimir á los suyos, ó por la misma privacion en que se hallaba

de aquel género de libertad que le permitia Cortés, dexándole salir á

sus divertimientos: licencia de que no quiso usar en todo el tiempo de

su ausencia: siendo cierto que ya consistia su prision en la fuerza de

su palabra, cuyo desempeño le obligó á no desviarse de los Españoles

en aquella turbacion de su república.

Bernal Diaz del Castillo dice que correspondió Hernan Cortés con

desabrimiento á esta demostracion de Motezuma: que le torció el

rostro, y se retiró á su quarto sin visitarle ni dexarse visitar: que

dixo contra él algunas palabras descompuestas delante de sus mismos

criados: y añade como de propio dictámen:

"Que por tener consigo tantos Españoles, hablaba tan ayrado y

descomedido."

Terminos son de su Historia. Y Antonio de Herrera le desautoriza mas

en la suya: porque se vale de su misma confesion para comprobar su

desacierto con estas palabras:

"Muchos han dicho haber oido decir á Hernando Cortés que, si en

llegando visitára á Motezuma, sus cosas pasaran bien; y que lo

dexó, estimándole en poco por hallarse tan poderoso."

Y trae á este propósito un lugar de Cornelio Tácito, cuya substancia

es, que los sucesos prósperos hacen insolentes á los grandes

Capitanes. No lo dice así Francisco Lopez de Gómara, ni el mismo

Hernan Cortés en la segunda relacion de su jornada, que pudiera

tocarlo para dar los motivos que le obligaron á semejante aspereza,

tuviese razon, ó fuese disculpa. Quede al arbitrio de la sinceridad el

credito que se debe á los Autores, y seanos lícito dudar en Cortés una

sinrazon tan fuera de propósito. Los mismos Herrera y Castillo

asientan que Motezuma resistió esta sedicion de sus vasallos: que los

detuvo y reprimió siempre: que intentaron asaltar el quartel: y que,

si no fuera por la sombra de su autoridad, hubieran perecido

infaliblemente Pedro de Alvarado y los suyos. Nadie niega que Cortés

lo llevó entendido así; ni el hallarle cumpliendo su palabra le dexaba

razon de dudar: siendo fuera de toda proporcion que aquel Príncipe

moviese las armas que detenia, y se dexáse estar cerca de los que

intentaba destruir. Accion parece indigna de Cortés el despreciarle,

quando podia llegar el caso de haberle menester, y no era de su genio

la destemplanza que se le atribuye como efecto de la prosperidad.

Puedese creer, ó sospechar á lo ménos, que Antonio de Herrera entró

con poco fundamento en esta noticia, reincidiendo en los manuscritos

de Bernal Diaz, apasionado intérprete de Cortés: y pudo ser que se

inclináse á seguir su opinion por lograr la sentencia de Tácito.

Ambicion peligrosa en los historiadores: porque suele torcerse ó

ladearse la narracion para que vengan á propósito las márgenes y no es

de todos entenderse á un tiempo con la verdad y con la erudicion.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 39 / 46 题