_Intentan los Mexicanos asaltar el quartel, y son rechazados:
hace dos salidas contra ellos Hernan Cortés; y aunque ambas
veces fueron vencidos y desbaratados, queda con alguna
desconfianza de reducirlos._
Persiguieron los Mexicanos á Diego de Ordaz, tratando como fuga su
retirada, y siguiendo con ímpetu desordenado el alcance, hasta que los
detuvo, á su despecho, la artillería del quartel, cuyo estrago los
obligó á retroceder lo que tuvieron por necesario para desviarse del
peligro; pero hicieron alto á la vista, y se conoció del silencio y
diligencia con que se andaban convocando y disponiendo, que trataban
de pasar á nuevo designio.
Era su intento asaltar á viva fuerza el quartel por todas partes; y á
breve rato se vieron cubiertas de gente las calles del contorno.
Hicieron poco despues la seña de acometer atabales y bocinas:
avanzaron todos á un tiempo con igual precipitacion. Traian de
vanguardia tropas de Flecheros, para que barriendo la muralla,
pudiesen acercarse los demas. Fueron tan cerradas y tan repetidas las
cargas que despidieron, haciendo lugar á los que iban señalados para
el asalto, que se hallaron los defensores en confusion, acudiendo con
dificultad á los dos tiempos de reparar y ofender. Vióse casi anegado
en flechas el quartel: y no parezca locucion sobradamente animosa;
pues se llegó á señalar gente que las apartáse, porque ofendian
segunda vez cerrando el paso á la defensa. Las piezas de artillería, y
demas bocas de fuego hacian horrible destrozo en los enemigos; pero
venian tan resueltos á morir ó vencer, que se adelantaban de tropel á
ocupar el vacío de los que iban cayendo, y se volvian á cerrar
animosamente, pisando los muertos, y atropellando los heridos.
Llegaron muchos á ponerse debaxo del cañon, y á intentar el asalto con
increible determinacion: valianse de sus instrumentos de pedernal para
romper las puertas, y picar las paredes: unos trepaban sobre sus
compañeros para suplir el alcance de sus armas: otros hacian escalas
de sus mismas picas para ganar las ventanas ó terrados; y todos se
arrojaban al hierro y al fuego como fieras irritadas. Notable
repeticion de temeridades, que pudieran celebrarse como hazañas, si
obrara en ellos el valor algo de lo que obraba la ferocidad.
Pero últimamente fueron rechazados, y se retiraron, para cubrirse, á
las travesías de las calles, donde se mantuvieron hasta que los
dividió la noche, mas por la costumbre que tenian de no pelear en
ausencia del sol, que porque diesen esperanzas de haberse decidido la
qüestion. Antes se atrevieron poco despues á turbar el sosiego de los
Españoles, poniendo por diferentes partes fuego al quartel: ó ya lo
consiguiesen arrimándose á las puertas y ventanas con el amparo de la
obscuridad; ó ya le arrojasen á mayor distancia con las flechas de
fuego artificial: que pareció mas verisímil, porque la llama creció
subitamente á tomar posesion del edificio con tanto vigor, que fué
necesario atajarla derribando algunas paredes, y trabajar despues en
cerrar y poner en defensa los portillos que se hicieron para impedir
la comunicacion del incendio: fatiga que duró la mayor parte de la
noche.
Pero apénas se declaró la primera luz de la mañana, quando se dexaron
ver los enemigos, escarmentados, al parecer, de acercarse á la
muralla, porque solo provocaban á los Españoles para que saliesen de
sus reparos: llamabanlos á la batalla con grandes injurias:
tratabanlos de cobardes porque se defendian encerrados: y Hernan
Cortés, que habia resuelto salir contra ellos aquel dia, tuvo por
oportuna esta provocacion para encender los suyos. Dispusolos con una
breve oracion al desagravio de su ofensa, y formó, sin mas dilacion,
tres esquadrones del grueso que pareció conveniente, dando á cada uno
mas Españoles que Tlascaltécas: los dos para que fuesen
desembarazando las calles vecinas ó colaterales; y el tercero, donde
iba su persona y la fuerza principal de su exército, para que
acometiese por la calle de Tacuba, donde habia cargado el mayor grueso
del enemigo. Dispuso las hileras, y distribuyó las armas segun la
necesidad que habia de pelear por la frente y por los lados,
acomodándose á lo que observó Diego de Ordaz en su retirada, y
teniendo por digno de su imitacion lo que poco ántes mereció su
alabanza: en que mostró la ingenuidad de su ánimo, y que no ignoraba
quanto aventuran los superiores que se dedignan de caminar por las
huellas de los que fueron delante, quando hay tan poca distancia entre
el errar, y él diferenciarse de los que acertaron.
Embistieron todos á un tiempo y los enemigos dieron y recibieron las
primeras cargas sin perder tierra ni conocer el peligro, esperando
unas veces, y otras acometiendo, hasta llegar á lo estrecho de las
armas y los brazos. Esgrimian los chuzos y los montantes con
desesperada intrepidez. Entrabanse por las picas y las espadas para
lograr el golpe á precio de la vida. Las bocas de fuego, que iban
señaladas al opósito de las azuteas y ventanas, no podian atajar la
lluvia de las piedras, porque las arrojaban sin descubrirse, y fué
necesario poner fuego en algunas casas para que cesáse aquella prolixa
hostilidad.
Cedieron finalmente al esfuerzo de los Españoles; pero iban rompiendo
los puentes de las calles, y hacian rostro de la otra parte,
obligándolos á que cegasen, peleando, las acequias, para seguir el
alcance. Los que partieron á desembarazar las calles de los lados
cargaron la multitud que las ocupaba con tanta resolucion, que se
consiguió por su medio el asegurar la retaguardia, y el llevar siempre
al enemigo por la frente, hasta que saliendo á lo ancho de una plaza,
se unieron los tres esquadrones, y á su primer ataque desmayaron los
Indios, y volvieron las espaldas atropelladamente, dando á la fuga el
mismo ímpetu que dieron á la batalla.
No permitió Hernan Cortés que se pasáse á destruir enteramente
aquellos vasallos de Motezuma, fugitivos ya y desordenados, ó no le
sufrió su ánimo que se hiciese mas sangrienta la victoria,
pareciéndole que dexaba castigado con bastante rigor su atrevimiento.
Recogió su gente, y se retiró sin hallar oposicion que le obligáse á
pelear. Faltaron de su exército diez ó doce soldados, y hubo muchos
heridos, los mas de piedra ó flecha, y ninguno de cuidado. En el
exército de los Mexicanos murió innumerable gente: los cuerpos que no
pudieron retirar llenaban de horror las calles, despues de haber
teñido en su sangre las acequias. Duró toda la mañana el combate, y se
llegaron á ver en conflicto algunas veces los Españoles; pero se debió
á su valor el suceso, y le hizo posible su experiencia y buena
disciplina. No hubo quien sobresaliese, porque obraron todos con igual
bizarría, señalándose los soldados como los Capitanes, y quitando unas
hazañas el nombre de las otras. Hizo la imitacion valientes sin
precipicio á los Tlascaltécas: y Hernan Cortés gobernó la faccion como
valeroso y prudente Capitan, acudiendo á todas partes, y mas diligente
á los peligros: siempre la espada en el enemigo, la vista en los
suyos, y el consejo en su lugar: dexando en duda si se debió mas á su
ardimiento que á su pericia militar. Virtudes ambas que poseyó en
grado eminente, y que se desean sin distincion, ó concurren sin
preferencia en los grandes Capitanes.
Fué necesario dexar algun tiempo al descanso de la gente, y á la cura
de los heridos, cuya suspension duró tres dias, ó poco mas, en que se
atendió solamente á la defensa del quartel, que tuvo siempre á la
vista el exército de los amotinados, y fué algunas veces combatido con
ligeras escaramuzas, en que andaba mezclado el huir y el acometer. En
este mediotiempo volvió Cortés á las pláticas de la paz, y fueron
saliendo con diferentes partidos algunos Mexicanos de los que asistian
al servicio de Motezuma; pero no se descuidó mientras duraba la
negociacion en las demas prevenciones. Hizo fabricar al mismo tiempo
quatro castillos de madera, que se movian sobre ruedas con poca
dificultad, por si llegáse la ocasion de hacer nueva salida. Era
capaz cada uno de veinte ó treinta hombres, guarnecido el techo de
gruesos tablones contra las piedras que venian de lo alto; frente y
lados con sus troneras para dar la carga sin descubrir el pecho:
imitacion de las mantas que usa la milicia para echar gente á picar
las murallas: cuyo reparo tuvo entónces por conveniente para que se
pudiesen arrimar sus soldados á poner fuego en las casas, y á romper
las trincheras con que iban atajando las calles; si ya no fué para que
al embestir aquellas máquinas portátiles, peleáse tambien la novedad
asombrando al enemigo.
De los Mexicanos que salieron á proponer la paz, volvieron unos mal
despachados, y otros se quedaron entre los rebeldes, no sin grande
irritacion de Motezuma, que deseaba con empeño la reduccion de sus
vasallos, y recataba con artificio, fácil de penetrar, el rezelo de
que acabasen de perder el miedo á su autoridad. Hacianse á este tiempo
nuevas prevenciones de guerra en la ciudad. Los Señores de vasallos,
que andaban en la sedicion, iban llamando la gente de sus lugares;
crecia por instantes la fuerza del enemigo; y no cesaba la provocacion
en el quartel de los Españoles, cansados ya de sufrir la embarazosa
repeticion de voces y flechas, que, aunque se perdian en el viento, no
dexaban de ofender en la paciencia.
Con esta buena disposicion de su gente, con el parecer de sus
Capitanes, y aprobacion de Motezuma, executa Cortés la segunda salida
contra los Mexicanos. Llevó consigo la mayor parte de los Españoles, y
hasta dos mil Tlascaltécas, algunas piezas de artillería, las máquinas
de madera con guarnicion proporcionada, y algunos caballos á la mano
para usar de ellos quando lo permitiesen las quiebras del terreno.
Estaba entónces el tumulto en un profundo silencio, y apénas se dió
principio á la marcha, quando se conoció la primera dificultad de la
empresa en lo que abultaron subitamente los gritos de la multitud,
alternados con el estruendo pavoroso de los atabales y caracoles. No
esperaron á ser acometidos; ántes se vinieron á los Españoles con
notable resolucion y movimiento ménos atropellado que solian. Dieron y
recibieron las primeras cargas sin descomponerse ni precipitarse; pero
á breve rato conocieron el daño que recibian, y se fueron retirando
poco á poco, sin volver las espaldas, al primero de los reparos con
que tenian atajadas las calles: en cuya defensa volvieron á pelear con
tanta obstinacion, que fué necesario adelantar algunas piezas de
artillería para desalojarlos. Tenian cerca las retiradas, y en algunas
levantados los puentes de las acequias, con que se repetia
importunamente la dificultad, y no se hallaba la sazon de poderlos
combatir en descubierto. Vieronse aquel dia en sus operaciones algunas
advertencias, que parecian de guerra mas que popular. Disparaban á
tiempo, y baxa la puntería para no malograr el tiro en la resistencia
de las armas. Los puestos se defendian con desahogo, y se abandonaban
sin desórden. Echaron gente á las acequias para que ofendiesen nadando
con el bote de las picas. Hicieron subir grandes peñascos á las
azuteas para destruir los castillos de madera, y lo consiguieron
haciéndolos pedazos. Todas las señas daban á entender que habia quien
gobernase, porque se animaban y socorrian tempestivamente, y se dexaba
conocer alguna obediencia entre los mismos desconciertos de la
multitud.
Duró el combate la mayor parte del dia, reducidos los Españoles y sus
aliados á ganar terreno de trinchera en trinchera; hizose gran daño en
la ciudad, quemaronse muchas casas, y costó mas sangre á los Mexicanos
esta ocasion que las dos antecedentes, porque anduvieron mas cerca de
las balas, ó porque no pudieron huir como solian con el impedimento de
sus mismos reparos.
Ibase acercando la noche, y Hernan Cortés viéndose obligado, no sin
alguna desazon, á la disputa inútil de ganar puestos, que no se habian
de mantener, se volvió á su alojamiento, dexando, en la verdad, ménos
corregida que hostigada la sedicion. Perdió hasta quarenta soldados,
los mas Tlascaltécas: salieron heridos y maltratados mas de cincuenta
Españoles, y él con un flechazo en la mano izquierda: pero mas herido
interiormente de haber conocido en esta ocasion que no era posible
continuar aquella guerra tan desigual, sin riesgo de perder el
exército y la reputacion. Primer desaliento suyo, cuya novedad extrañó
su corazon, y padeció su constancia. Encerróse con pretexto de la
herida, y con deseo de alargar las riendas al discurso. Tuvo mucho que
hacer consigo la mayor parte de la noche. Sentia el retirarse de
México, y no hallaba camino de mantenerse. Procuraba esforzarse contra
la dificultad, y se ponia la razon de parte del rezelo. No se
conformaban su entendimiento y su valor, y todo era batallar sin
resolver: impaciente y desabrido con los dictámenes de la prudencia, ó
mal hallado con lo que duele, ántes de aprovechar el desengaño.