_Llega Hernan Cortés á Zempoala, donde halla resistencia:
consigue con las armas la victoria: prende á Narbáez, cuyo
exército se reduce á servir debaxo de su mano._
Habria marchado el exército de Cortés algo mas de media legua, quando
volvieron los batidores con una centinela de Narbáez, que cayó en sus
manos, y dieron noticia de que se les habia escapado entre la maleza
otra que venia poco despues: accidente que destruia el presupuesto de
hallar descuidado al enemigo. Hizose una breve consulta entre
Capitanes: y vinieron todos en que no era posible que aquel soldado
(caso que hubiese descubierto el exército) se atreviese por entónces á
seguir el camino derecho, siendo mas verisímil que tómase algun rodeo,
por no dar en el peligro: de que resultó, con aplauso comun, la
resolucion de alargar el paso para llegar ántes que la espía, ó entrar
al mismo tiempo en el quartel de los enemigos: suponiendo, que si no
se lográse la ventaja de asaltarlos dormidos, se conseguiria por lo
ménos la de hallarlos mal despiertos, y en el preciso embarazo de la
primera turbacion. Así lo discurrieron sin detenerse, y empezaron á
marchar en mayor diligencia, dexando en un ribazo fuera del camino los
caballos, el bagage y los demas impedimentos. Pero la centinela, que
debió á su miedo parte de su agilidad, consiguió el llegar ántes, y
puso en arma el quartel, diciendo á voces que venia el enemigo.
Acudieron á las armas los que se hallaron mas prontos. Llevaronle á la
presencia de Narbáez; y él, despues de hacerle algunas preguntas,
despreció el aviso y al que le traia, teniendo por impracticable que
se atreviese Cortés á buscarle con tan poca gente dentro de su
alojamiento, ni pudiese campear en noche tan obscura y tempestuosa.
Serian poco mas de las doce quando llegó Hernan Cortés á Zempoala, y
tuvo dicha en que no le descubriesen los caballos de Narbáez que, al
parecer, perdieron el camino con la obscuridad, sino se apartaron de
él para buscar algun abrigo en que defenderse del agua. Pudo entrar en
la villa, y llegar con su exército á vista del adoratorio, sin hallar
un cuerpo de guardia, ni una centinela en que detenerse. Duraba
entónces la disputa de Narbáez con el soldado, que se afirmaba de
haber reconocido, no solamente los batidores, sino todo el exército en
marcha diligente; pero se buscaban todavia pretextos á la seguridad, y
se perdia en el exâmen de la noticia el tiempo que, aun siendo
incierta, se debia lograr en la prevencion. La gente andaba inquieta
y desvelada cruzando por el atrio superior: unos dudosos, y otros en
la inteligencia de su Capitan; pero todos con las armas en las manos;
y poco ménos que prevenidos.
Conoció Hernan Cortés que le habian descubierto: y hallándose ya en el
segundo caso que llevaba discurrido, trató de asaltarlos ántes que se
ordenasen. Hizo la seña de acometer: y Gonzalo de Sandoval con su
vanguardia empezó á subir las gradas, segun el órden que llevaba.
Sintieron el rumor algunos de los artilleros que estaban de guardia: y
dando fuego á dos ó tres piezas, tocaron arma segunda vez, sin dexar
duda en la primera. Siguióse al estruendo de la artillería el de las
caxas y las voces: y acudieron luego á la defensa de las gradas los
que se hallaron mas cerca. Creció brevemente la oposicion: estrechóse
á las picas y á las espadas el combate: y Gonzalo de Sandoval hizo
mucho en mantenerse, forcejando á un tiempo con el mayor número de la
gente, y con la diferencia del sitio inferior; pero le socorrió
entónces Christoval de Olid: y Hernan Cortés, dexando formado su
reten, se arrojó á lo mas ardiente del conflicto, y facilitó el avance
de unos y otros, obrando con la espada lo que infundia con la voz: á
cuyo esfuerzo no pudieron resistir los enemigos, que tardaron poco en
dexar libre la última grada, y poco mas en retirarse
desordenadamente, desamparando el atrio y la artillería. Huyeron
muchos á sus alojamientos, y otros acudieron á cubrir la puerta del
torreon principal, donde se volvió á pelear breve rato con igual valor
de ambas partes.
Dexóse ver á este tiempo Pámphilo de Narbáez, que se detuvo en armarse
á persuasion de sus amigos; y despues de animar á los que peleaban, y
hacer quanto pudo para ordenarlos, se adelantó con tanto denuedo á lo
mas recio del combate, que, hallándose cerca Pedro Sanchez Farfan, uno
de los soldados que asistian á Sandoval, le dió un picazo en el
rostro, de cuyo golpe le sacó un ojo, y derribó en tierra, sin mas
aliento que el que hubo menester para decir que le habian muerto.
Corrió esta voz entre sus soldados, y cayó sobre todos el espanto y
turbacion con varios efectos: porque unos le desampararon
ignominiosamente; otros se detuvieron por falta de movimiento; y los
que mas se quisieron esforzar á socorrerle, peleaban embarazados y
confusos del súbito accidente: con que se hallaron obligados á
retroceder, dando lugar á los vencedores para que le retirasen.
Baxaronle por las gradas poco ménos que arrastrado. Envió Cortés á
Gonzalo de Sandoval para que cuidáse de asegurar su persona, lo qual
se executó, entregándole al último esquadron: y el que poco ántes
miraba con tanto descuido aquella guerra se halló al volver en sí, no
solo con el dolor de su herida, sino en poder de sus enemigos, y con
dos pares de grillos, que le ponian mas lejos su libertad.
Llegó el caso de cesar la batalla, porque cesó la resistencia.
Encerraronse todos los de Narbáez en sus torreones tan amedrentados
que no se atrevian á disparar, y solo cuidaban de poner estorvos á la
entrada. Los de Cortés apellidaron á voces la victoria, unos por
Cortés, y otros por el Rey, y los mas atentos por el Espíritu Santo:
gritos de alborozo anticipado, que ayudaron entónces al terror de los
enemigos: y fué circunstancia que hizo al caso en aquella coyuntura,
que se persuadiesen los mas á que traia Cortés un exército muy
poderoso, el qual, á su parecer, ocupaba gran parte de la campaña;
porque desde las ventanas de su encerramiento descubrian á diferentes
distancias algunas luces, que, interrumpiendo la obscuridad, parecian
á sus ojos cuerdas encendipas y tropas de arcabuceros: siendo unos
gusanos que resplandecen de noche, semejantes á nuestras lucernas ó
noctilúcas, aunque de mayor tamaño y resplandor en aquel hemisferio.
Aprehension que hizo particular batería en el vulgo del exército, y
que dexó dudosos á los que mas se animaban. Tanto engaña el temor á
los afligidos, y tanto se inclinan los adminículos menores de la
casualidad á ser parciales de los afortunados.
Mandó Cortés que cesasen las aclamaciones de la victoria, cuya
credulidad intempestiva suele dañar en los exércitos, y se debe
atajar, porque descuida y desordena los soldados. Hizo volver la
artillería contra los torreones; dispuso que á guisa de pregon se
publicáse indulto general á favor de los que se rindiesen, ofreciendo
partidos razonables y comunicacion de interéses á los que se
determinasen á seguir sus banderas, libertad y pasage á los que se
quisiesen retirar á la Isla de Cuba, y á todos salva la ropa y las
personas: diligencia que fué bien discurrida, porque importó mucho que
se hiciese notoria esta manifestacion de su ánimo, ántes que el dia,
cuya primera luz no estaba lejos, desengañáse aquella gente de las
pocas fuerzas que los tenian oprimidos, y les diese resolucion para
cobrarse de la pusilanimidad mal concebida: que algunas veces el miedo
suele hacerse temeridad, avergonzando al que le tuvo con poco
fundamento.
Apénas se acabó de intimar el bando á las tres separaciones donde se
habia retraido la gente, quando empezaron á venir tropas de Oficiales
y soldados á rendirse. Iban entregando las armas como llegaban: y
Cortés, sin faltar á la urbanidad ni al agasajo, hizo tambien desarmar
á sus confidentes, porque no se les conociese la inclinacion, ó porque
diesen exemplo á los demas. Creció tanto en breve tiempo el número de
los rendidos, que fué necesario dividirlos, y asegurarlos con guardia
suficiente, hasta que, saliendo el dia, se descubriesen las caras y
los afectos.
Cuidó en este intermedio Gonzalo de Sandoval de que se curáse la
herida de Narbáez: y Hernan Cortés, que acudia incansablemente á todas
partes, y tenia en aquella su principal cuidado, se acercó á verle con
algun recato, por no afligirle con su presencia; pero le descubrió el
respeto de sus soldados: y Narbáez, volviéndole á mirar con semblante
de hombre que no acababa de conocer su fortuna, le dixo:
"Tened en mucho, señor Capitan, la dicha que habeis conseguido
en hacerme vuestro prisionero."
A que le respondió Cortés;
"De todo, amigo, se deben las gracias á Dios; pero sin género
de vanidad os puedo asegurar que pongo esta victoria y vuestra
prision entre las cosas menores que se han obrado en esta
tierra."
Llegó entónces noticia de que se resistia con obstinacion uno de los
torreones donde se habian hecho fuertes el Capitan Salvatierra y Diego
Velazquez el mozo, deteniendo con su autoridad y persuasiones á los
soldados que se hallaban con ellos. Volvió Cortés á subir las gradas:
hizoles intimar que se rindiesen, ó serian tratados con todo el rigor
de la guerra; y viéndolos resueltos á defenderse ó capitular, dispuso,
no sin alguna cólera, que se disparasen al torreon dos piezas de
artillería: y poco despues ordenó á los artilleros que levantasen la
mira, y diesen la carga en lo alto del edificio, mas para espantar que
para ofender. Así lo executaron; y no fué necesaria mayor diligencia
para que saliesen muchos á pedir quartel, dexando libre la entrada de
la torre, que acabó da allanar Juan Velazquez de Leon con una esquadra
de los suyos, prendiendo á los Capitanes Salvatierra y Velazquez,
enemigos declarados, de quien se podia temer que aspirasen á ocupar el
vacío de Narbáez: con que se declaró enteramente la victoria por
Cortés. Murieron de su parte solo dos soldados, y hubo algunos
heridos, de los quales hay quien diga que murieron otros dos. En el
exército contrario quedaron muertos quince soldados, un Alferez y un
Capitan, y fué mucho mayor el número de los heridos. Narbáez y
Salvatierra fueron llevados á la Vera Cruz con la guardia que pareció
necesaria. Quedó prisionero de Juan Velazquez de Leon Diego Velazquez
el mozo: y aunque le tenia justamente irritado con el lance de
Zempoala, cuidó con particular asistencia de su cura y regalo.
Generosidad, en que medió como intercesora la igualdad de la sangre, y
como superior la nobleza del ánimo. Y todo esto quedó executado ántes
de amanecer. ¡Notable faccion, en que se midieron por instantes los
aciertos de Cortés, y los desalumbramientos de Narbáez!
Al romper del Alva llegaron los dos mil Chinantécas que se habian
prevenido; y aunque vinieron despues de la victoria, celebró Cortés el
socorro, teniéndole por oportuno, para que viesen los de Narbáez que
no faltaban amigos que le asistiesen. Miraban aquellos pobres rendidos
con vergüenza y confusion el estado en que se hallaban: dióles el dia
con su ignominia en los ojos: vieron llegar este socorro, y conocieron
las pocas fuerzas con que se habia conseguido la victoria: maldecian
la confianza de Narbáez: acusaban su descuido: y todo cedia en mayor
estimacion de Cortés, cuya vigilancia y ardimiento ponderaban con
igual admiracion. Prerogativa es del valor, en la guerra
particularmente, que no le aborrezcan los mismos que le envidian:
pueden sentir su fortuna los perdidosos; pero nunca desagradan al
vencido las hazañas del vencedor. Máxîma que se verificó en esta
ocasion: porque cada uno, sin fiarse de los demas, se iba inclinando á
mejorar de Capitan, y á seguir las banderas de un exército donde
vencian y mendraban los soldados. Habia entre los prisioneros algunos
amigos de Cortés, muchos aficionados á su valor y muchos á su
liberalidad. Rompieron los amigos el velo de la disimulacion, dieron
principio á sus aclamaciones, con que se declararon luego los
aficionados, siguiendo á la mayor parte los demas. Permitióse que
fuesen llegando á la presencia del nuevo Capitan: arrojáronse muchos
á sus pies, si él no los detuviera con los brazos: dieron todos el
nombre, haciendo pretension de ganar antigüedad en las listas: no hubo
entre tantos uno que se quisiese volver á la Isla de Cuba: y logró con
esto Hernan Cortés el principal fruto de su empresa; porque no deseaba
tanto vencer, como conquistar aquellos Españoles. Fué reconociendo los
ánimos, y halló en todos bastante sinceridad, pues ordenó luego que se
les volviesen las armas: accion que resistieron algunos de sus
Capitanes; pero no faltarian motivos á esta seguridad, siendo amigos
los que mas suponian entre aquella gente, y estando allí los
Chinantécas, que aseguraban su partido. Conocieron ellos el favor que
recibian: aplaudieron esta confianza con nuevas aclamaciones; y él se
halló en breves horas con un exército que pasaba ya de mil Españoles,
presos los enemigos de quien se podia rezelar, con una armada de once
navios y siete bergantines á su disposicion, deshecho el último
esfuerzo de Velazquez, y con fuerzas proporcionadas para volver á la
conquista principal: debiéndose todo á su gran corazon, suma
vigilancia y talento militar; y no ménos al valor de sus soldados, que
abrazaron primero con el ánimo una resolucion tan peligrosa; y despues
con la espada y con el brio le dieron, no solamente la victoria, sino
el acierto de la misma resolucion; porque al voto de los hombres, que
dan ó quitan la fama, el conseguir es credito del intentar, y las mas
veces se debe á los sucesos el quedar con opinion de prudentes los
consejos aventurados.