_Prosigue su marcha Hernan Cortés hasta una legua de Zempoala;
sale con su exército en campaña, Pámphilo de Narbáez:
sobreviene una tempestad, y se retira; con cuya noticia
resuelve Cortés acometerle en su alojamiento._
Quedó Hernan Cortés mas animoso que irritado con esta última sinrazon
de Narbáez, pareciéndole indigno de su temor un enemigo de tan
humildes pensamientos; y que no fiaba mucho de su exército, ni de sí,
quien trataba de asegurar la victoria con detrimento de la reputacion.
Siguió su marcha en mas que ordinaria diligencia; no porque tuviese
resuelta la faccion, ni discurridos los medios; sino porque llevaba el
corazon lleno de esperanzas, madrugando á confortar su resolucion
aquellas premisas que suelen venir delante de los sucesos. Asentó su
quartel una legua de Zempoala, en parage defendido por la frente del
rio que llamaban de Canoas, y abrigado por las espaldas con la
vecindad de la Vera Cruz, donde le dieron unas caserías ó habitaciones
bastante comodidad para que se reparáse la gente de lo que habia
padecido con la fuerza del sol, y prolixidad del camino. Hizo pasar
algunos batidores y centinelas á la otra parte del río: y dando el
primer lugar al descanso de su exército, reservó para despues el
discurrir con sus Capitanes lo que se hubiese de intentar, segun las
noticias que llegasen del exército contrario, donde tenia ganados
algunos confidentes, y estaba creyendo que lo habian de ser en la
ocasion quantos aborrecian aquella guerra: cuyo presupuesto, y las
cortas experiencias de Narbáez, le dieron bastante seguridad para que
pudiese acercarse tanto á Zempoala sin falta de precaucion, ó nota de
temeridad.
Llegó á Narbáez la noticia del parage donde se hallaba su enemigo; y
mas apresurado que diligente, ó con un género de celeridad embarazada,
que tocaba en turbacion, trató de sacar su exército en campaña. Hizo
pregonar la guerra, como si ya no estuviera pública: señaló dos mil
pesos de talla por la cabeza de Cortés: puso en precio menor las de
Gonzalo de Sandoval y Juan Velazquez de Leon. Mandaba muchas cosas á
un tiempo sin olvidarse de su enojo: mezclabanse las órdenes con las
amenazas; y todo era despreciar al enemigo con apariencias de temerle.
Puesto en órden el exército, ménos por su disposicion, que por lo que
acertaron sin obedecer sus Capitanes, marchó como un quarto de legua
con todo el grueso, y resolvió hacer alto para esperar á Cortés en
campo abierto: persuadiéndose á que venia tan desalumbrado, que le
habia de acometer donde pudiese lograr todas sus ventajas el mayor
número de su gente. Duró en este sitio y en esta credulidad todo el
dia, gastando el tiempo, y engañando la imaginacion con varios
discursos de alegre confianza: conceder el pillage á los soldados:
enriquecer con el tesoro de México á los Capitanes: y hablar mas en la
victoria que de la batalla. Pero al caer el sol se levantó un nublado
que adelantó la noche, y empezó á despedir tanta cantidad de agua, que
aquellos soldados maldixeron la salida, y clamaron por volverse al
quartel: en cuya impaciencia entraron poco despues los Capitanes, y no
se trabajó mucho en reducir á Narbáez, que sentia tambien su
incomodidad: faltando en todos la costumbre de resistir á las
inclemencias del tiempo; y en muchos la inclinacion á un rompimiento
de tantos inconvenientes.
Habia llegado poco ántes aviso de que se mantenia Cortés de la otra
parte del rio: de que, no sin alguna disculpa, conjeturaron que no
habia que rezelar por aquella noche; y como nunca se halla con
dificultad la razon que busca el deseo, dieron todos por conveniente
la retirada, y la pusieron en execucion desconcertadamente, caminando
al cubierto, ménos como soldados, que como fugitivos.
No permitió Narbáez que su exército se desuniese aquella noche, mas
porque discurrió en salir temprano á la campaña, que porque tuviese
algun rezelo de Cortés; aunque afectó por los demas el cuidado á que
obligaba la cercanía del enemigo. Alojaronse todos en el adoratorio
principal de la villa, que constaba de tres torreones ó capillas poco
distantes: sitio eminente y capaz, á cuyo plano se subia por unas
gradas pendientes y desabridas, que daban mayor seguridad á la
eminencia.
Guarneció con su artillería el pretil que servia de remate á las
gradas; eligió para su persona el torreon de en medio, donde se retiró
con algunos Capitanes, y hasta cien hombres de su confidencia, y
repartió en los otros dos el resto de la gente: dispuso que saliesen
algunos caballos á correr la campaña; nombró dos centinelas que se
alargasen á reconocer las avenidas: y con estos resguardos que, á su
parecer, no dexaban que desear á la buena disciplina, dió al sosiego
lo que restaba de la noche, tan lejos el peligro de su imaginacion,
que se dexó rendir al sueño con poca ó ninguna resistencia del
cuidado.
Despachó luego Andres de Duero á Hernan Cortés un confidente suyo, que
pudo echar fuera de la plaza con poco riesgo, para que á boca le
diese cuenta de la retirada, y de la forma en que se habia dispuesto
el alojamiento, mas por asegurarle amigablemente que podia pasar la
noche sin rezelo, que por advertirle ó provocarle á nuevos designios.
Pero él con esta noticia tardó poco en determinarse á lograr la
ocasion que, á su parecer, le convidaba con el suceso. Tenia
premeditados todos los lances que se le podian ofrecer en aquella
guerra: y alguna vez se deben cerrar los ojos á las dificultades,
porque suelen parecer mayores desde lejos; y hay casos en que daña el
discurrir al executar. Convocó su gente sin mas dilacion y la puso en
órden, aunque duraba la tempestad; pero aquellos soldados, endurecidos
ya en mayores trabajos, obedecieron, sin hacer caso de su incomodidad,
ni preguntar la ocasion de aquel movimiento inopinado: tanto se
dexaban á la providencia de su Capitan. Pasaron el rio con el agua
sobre la cintura: y vencida esta dificultad, hizo á todos un breve
razonamiento, en que les comunicó lo que llevaba discurrido, sin poner
duda en su resolucion, ni cerrar las puertas al consejo. Dióles
noticia de la turbacion con que se habian retirado los enemigos,
buscando el abrigo de su quartel contra el rigor de la noche, y de la
separacion y desórden con que habian ocupado los torreones del
adoratorio: ponderó él el descuido y seguridad en que se hallaban: la
facilidad con que podrian ser asaltados ántes que llegasen á unirse, ó
tuviesen lugar para doblarse: y viendo que no solo se aprobaba, pero
se aplaudia la proposicion:
"Esta noche, prosiguió diciendo con nuevo fervor, esta noche,
amigos, ha puesto el Cielo en nuestras manos la mayor ocasion
que se pudiera fingir nuestro deseo: veréis agora lo que fio de
vuestro valor; y yo confesaré que vuestro mismo valor hace
grandes mis intentos. Poco ha que aguardabamos á nuestros
enemigos con esperanza de vencerlos al reparo de esa ribera: ya
los tenemos descuidados y desunidos, militando por nosotros el
mismo desprecio con que nos tratan. De la impaciencia
vergonzosa con que desampararon la campaña, huyendo esos
rigores de la noche, pequeños males de la naturaleza, se colige
como estarán en el sosiego unos hombres que le buscaron con
floxedad, y le desfrutan sin rezelo. Narbáez entiende poco de
las puntualidades á que obligan las contingencias de la guerra.
Sus soldados por la mayor parte son visoños, gente de la
primera ocasion, que no ha menester la noche para moverse con
desacierto y ceguedad: muchos se hallan desobligados ó quejosos
de su Capitan: no faltan algunos á quien debe inclinacion
nuestro partido; ni son pocos los que aborrecen como voluntario
este rompimiento: y suelen pesar los brazos quando se mueven
contra el dictámen ó contra la voluntad. Unos y otros se deben
tratar como enemigos hasta que se declaren: porque, si ellos
nos vencen, hemos de ser nosotros los traydores. Verdad es que
nos asiste la razon; pero en la guerra es la razon enemiga de
los negligentes, y ordinariamente se quedan con ella los que
pueden mas. A usurparos vienen quanto habeis adquirido; no
aspiran á ménos que hacerse dueños de vuestra libertad, de
vuestras haciendas, y de vuestras esperanzas: suyas han de
llamar nuestras victorias; suya la tierra que habeis
conquistado con vuestra sangre: suya la gloria de vuestras
hazañas: y lo peor es, que con el mismo pie que intentan pisar
nuestra cerviz, quieren atropellar el servicio de nuestro Rey,
y atajar los progresos de nuestra Religion; porque se han de
perder si nos pierden; y siendo suyo el delito, han de quedar
en duda los culpados. A todo se ocurre con que obreis esta
noche como acostumbrais; mejor sabréis executarlo, que yo
discurrirlo: alto á las armas y á la costumbre de vencer: Dios
y el Rey en el corazon, el pundonor á la vista, y la razon en
las manos, que yo seré vuestro compañero en el peligro; y
entiendo ménos de animar con las palabras, que de persuadir con
el exemplo."
Quedaron tan encendidos los ánimos con esta oracion de Cortés, que
hacian instancia los saldados sobre que no se dilatáse la marcha.
Todos le agradecieron el acierto de la resolucion, y algunos le
protestaron que, si trataba de ajustarse con Narbáez, le habian de
negar la obediencia: palabras de hombres resueltos, que no le sonaron
mal, porque hacian al brio mas que al desacato. Formó, sin perder
tiempo, tres pequeños esquadrones de su gente, los quales se habian de
ir sucediendo en el asalto. Encargó el primero á Gonzalo de Sandoval
con sesenta hombres, en cuyo número fueron comprehendidos los
Capitanes Jorge y Gonzalo de Alvarado, Alonso Dávila, Juan Velazquez
de Leon, Juan Nuñez de Mercado, y nuestro Bernal Diaz del Castillo.
Nombró por Cabo del segundo al Maestre de Campo Christoval de Olid,
con otros sesenta hombres, y asistencia de Andres de Tapia, Rodrigo
Rangel, Juan Xaramillo y Bernardino Vazquez de Tapia: y él se quedó
con el resto de la gente, y con los Capitanes Diego de Ordaz, Alonso
de Grado, Christoval y Martin de Gamboa, Diego Pizarro y Domingo de
Alburquerque. La órden fué, que Gonzalo de Sandoval con su vanguardia
procuráse vencer la primera dificultad de las gradas, y embarazar el
uso de la artillería, dividiéndose á estorvar la comunicacion de los
dos torreones de los lados, y poniendo gran cuidado en el silencio de
su gente. Que Christoval de Olid subiese inmediatamente con mayor
diligencia, y embistiese al torreon de Narbáez, apretando el ataque á
viva fuerza; y él seguiria con los suyos para dar calor, y asistir
donde llamáse la necesidad, rompiendo entónces las caxas y demas
estruendos militares, para que su misma novedad diese al asombro y á
la confusion el primer movimiento del enemigo.
Entró luego Fray Bartolomé de Olmedo con su exôrtacion espiritual, y
asentado el presupuesto de que iban á pelear por la causa de Dios, los
dispuso á que hiciesen de su parte lo que debian para merecer su
favor. Habia una cruz en el camino, que fixaron ellos mismos quando
pasaron á México; y puesto de rodillas delante de ella todo el
exército, les dictó un acto de contricion, que iban repitiendo con voz
afectuosa: mandóles decir la confesion general, y bendiciéndolos
despues con la forma de la absolucion, dexó en sus corazones otro
espíritu de mejor calidad, aunque parecido al primero: porque la
quietud de la conciencia quita el horror á los peligros, ó mejora el
desprecio de la muerte.
Concluida esta piadosa diligencia, formó Hernan Cortés sus tres
esquadrones: puso en su lugar las picas y las bocas de fuego: repitió
las órdenes á los Cabos: encargó á todos el silencio: dió por seña y
por invocacion el nombre del Espíritu Santo, en cuya Pascua sucedió
esta interpresa: y empezó á marchar en la misma ordenanza que se habia
de acometer, caminando muy poco á poco, porque llegáse descansada la
gente, y por dar tiempo á la noche para que se apoderáse mas de su
enemigo; de cuya ciega seguridad y culpable descuido pensaba servirse
para vencerle á ménos costa, sin quedarle algun escrúpulo de que
obraba ménos valerosamente que solia en este género de insidias
generosas, que llamó la antigüedad delitos de Emperadores ó Capitanes
Generales; siendo los engaños, que no se oponen á la buena fé, lícitas
permisiones del arte militar, y disputable la preferencia entre la
industria y el valor de los soldados.