CAPITULO IX.

_Prosigue su marcha Hernan Cortés hasta una legua de Zempoala;

sale con su exército en campaña, Pámphilo de Narbáez:

sobreviene una tempestad, y se retira; con cuya noticia

resuelve Cortés acometerle en su alojamiento._

Quedó Hernan Cortés mas animoso que irritado con esta última sinrazon

de Narbáez, pareciéndole indigno de su temor un enemigo de tan

humildes pensamientos; y que no fiaba mucho de su exército, ni de sí,

quien trataba de asegurar la victoria con detrimento de la reputacion.

Siguió su marcha en mas que ordinaria diligencia; no porque tuviese

resuelta la faccion, ni discurridos los medios; sino porque llevaba el

corazon lleno de esperanzas, madrugando á confortar su resolucion

aquellas premisas que suelen venir delante de los sucesos. Asentó su

quartel una legua de Zempoala, en parage defendido por la frente del

rio que llamaban de Canoas, y abrigado por las espaldas con la

vecindad de la Vera Cruz, donde le dieron unas caserías ó habitaciones

bastante comodidad para que se reparáse la gente de lo que habia

padecido con la fuerza del sol, y prolixidad del camino. Hizo pasar

algunos batidores y centinelas á la otra parte del río: y dando el

primer lugar al descanso de su exército, reservó para despues el

discurrir con sus Capitanes lo que se hubiese de intentar, segun las

noticias que llegasen del exército contrario, donde tenia ganados

algunos confidentes, y estaba creyendo que lo habian de ser en la

ocasion quantos aborrecian aquella guerra: cuyo presupuesto, y las

cortas experiencias de Narbáez, le dieron bastante seguridad para que

pudiese acercarse tanto á Zempoala sin falta de precaucion, ó nota de

temeridad.

Llegó á Narbáez la noticia del parage donde se hallaba su enemigo; y

mas apresurado que diligente, ó con un género de celeridad embarazada,

que tocaba en turbacion, trató de sacar su exército en campaña. Hizo

pregonar la guerra, como si ya no estuviera pública: señaló dos mil

pesos de talla por la cabeza de Cortés: puso en precio menor las de

Gonzalo de Sandoval y Juan Velazquez de Leon. Mandaba muchas cosas á

un tiempo sin olvidarse de su enojo: mezclabanse las órdenes con las

amenazas; y todo era despreciar al enemigo con apariencias de temerle.

Puesto en órden el exército, ménos por su disposicion, que por lo que

acertaron sin obedecer sus Capitanes, marchó como un quarto de legua

con todo el grueso, y resolvió hacer alto para esperar á Cortés en

campo abierto: persuadiéndose á que venia tan desalumbrado, que le

habia de acometer donde pudiese lograr todas sus ventajas el mayor

número de su gente. Duró en este sitio y en esta credulidad todo el

dia, gastando el tiempo, y engañando la imaginacion con varios

discursos de alegre confianza: conceder el pillage á los soldados:

enriquecer con el tesoro de México á los Capitanes: y hablar mas en la

victoria que de la batalla. Pero al caer el sol se levantó un nublado

que adelantó la noche, y empezó á despedir tanta cantidad de agua, que

aquellos soldados maldixeron la salida, y clamaron por volverse al

quartel: en cuya impaciencia entraron poco despues los Capitanes, y no

se trabajó mucho en reducir á Narbáez, que sentia tambien su

incomodidad: faltando en todos la costumbre de resistir á las

inclemencias del tiempo; y en muchos la inclinacion á un rompimiento

de tantos inconvenientes.

Habia llegado poco ántes aviso de que se mantenia Cortés de la otra

parte del rio: de que, no sin alguna disculpa, conjeturaron que no

habia que rezelar por aquella noche; y como nunca se halla con

dificultad la razon que busca el deseo, dieron todos por conveniente

la retirada, y la pusieron en execucion desconcertadamente, caminando

al cubierto, ménos como soldados, que como fugitivos.

No permitió Narbáez que su exército se desuniese aquella noche, mas

porque discurrió en salir temprano á la campaña, que porque tuviese

algun rezelo de Cortés; aunque afectó por los demas el cuidado á que

obligaba la cercanía del enemigo. Alojaronse todos en el adoratorio

principal de la villa, que constaba de tres torreones ó capillas poco

distantes: sitio eminente y capaz, á cuyo plano se subia por unas

gradas pendientes y desabridas, que daban mayor seguridad á la

eminencia.

Guarneció con su artillería el pretil que servia de remate á las

gradas; eligió para su persona el torreon de en medio, donde se retiró

con algunos Capitanes, y hasta cien hombres de su confidencia, y

repartió en los otros dos el resto de la gente: dispuso que saliesen

algunos caballos á correr la campaña; nombró dos centinelas que se

alargasen á reconocer las avenidas: y con estos resguardos que, á su

parecer, no dexaban que desear á la buena disciplina, dió al sosiego

lo que restaba de la noche, tan lejos el peligro de su imaginacion,

que se dexó rendir al sueño con poca ó ninguna resistencia del

cuidado.

Despachó luego Andres de Duero á Hernan Cortés un confidente suyo, que

pudo echar fuera de la plaza con poco riesgo, para que á boca le

diese cuenta de la retirada, y de la forma en que se habia dispuesto

el alojamiento, mas por asegurarle amigablemente que podia pasar la

noche sin rezelo, que por advertirle ó provocarle á nuevos designios.

Pero él con esta noticia tardó poco en determinarse á lograr la

ocasion que, á su parecer, le convidaba con el suceso. Tenia

premeditados todos los lances que se le podian ofrecer en aquella

guerra: y alguna vez se deben cerrar los ojos á las dificultades,

porque suelen parecer mayores desde lejos; y hay casos en que daña el

discurrir al executar. Convocó su gente sin mas dilacion y la puso en

órden, aunque duraba la tempestad; pero aquellos soldados, endurecidos

ya en mayores trabajos, obedecieron, sin hacer caso de su incomodidad,

ni preguntar la ocasion de aquel movimiento inopinado: tanto se

dexaban á la providencia de su Capitan. Pasaron el rio con el agua

sobre la cintura: y vencida esta dificultad, hizo á todos un breve

razonamiento, en que les comunicó lo que llevaba discurrido, sin poner

duda en su resolucion, ni cerrar las puertas al consejo. Dióles

noticia de la turbacion con que se habian retirado los enemigos,

buscando el abrigo de su quartel contra el rigor de la noche, y de la

separacion y desórden con que habian ocupado los torreones del

adoratorio: ponderó él el descuido y seguridad en que se hallaban: la

facilidad con que podrian ser asaltados ántes que llegasen á unirse, ó

tuviesen lugar para doblarse: y viendo que no solo se aprobaba, pero

se aplaudia la proposicion:

"Esta noche, prosiguió diciendo con nuevo fervor, esta noche,

amigos, ha puesto el Cielo en nuestras manos la mayor ocasion

que se pudiera fingir nuestro deseo: veréis agora lo que fio de

vuestro valor; y yo confesaré que vuestro mismo valor hace

grandes mis intentos. Poco ha que aguardabamos á nuestros

enemigos con esperanza de vencerlos al reparo de esa ribera: ya

los tenemos descuidados y desunidos, militando por nosotros el

mismo desprecio con que nos tratan. De la impaciencia

vergonzosa con que desampararon la campaña, huyendo esos

rigores de la noche, pequeños males de la naturaleza, se colige

como estarán en el sosiego unos hombres que le buscaron con

floxedad, y le desfrutan sin rezelo. Narbáez entiende poco de

las puntualidades á que obligan las contingencias de la guerra.

Sus soldados por la mayor parte son visoños, gente de la

primera ocasion, que no ha menester la noche para moverse con

desacierto y ceguedad: muchos se hallan desobligados ó quejosos

de su Capitan: no faltan algunos á quien debe inclinacion

nuestro partido; ni son pocos los que aborrecen como voluntario

este rompimiento: y suelen pesar los brazos quando se mueven

contra el dictámen ó contra la voluntad. Unos y otros se deben

tratar como enemigos hasta que se declaren: porque, si ellos

nos vencen, hemos de ser nosotros los traydores. Verdad es que

nos asiste la razon; pero en la guerra es la razon enemiga de

los negligentes, y ordinariamente se quedan con ella los que

pueden mas. A usurparos vienen quanto habeis adquirido; no

aspiran á ménos que hacerse dueños de vuestra libertad, de

vuestras haciendas, y de vuestras esperanzas: suyas han de

llamar nuestras victorias; suya la tierra que habeis

conquistado con vuestra sangre: suya la gloria de vuestras

hazañas: y lo peor es, que con el mismo pie que intentan pisar

nuestra cerviz, quieren atropellar el servicio de nuestro Rey,

y atajar los progresos de nuestra Religion; porque se han de

perder si nos pierden; y siendo suyo el delito, han de quedar

en duda los culpados. A todo se ocurre con que obreis esta

noche como acostumbrais; mejor sabréis executarlo, que yo

discurrirlo: alto á las armas y á la costumbre de vencer: Dios

y el Rey en el corazon, el pundonor á la vista, y la razon en

las manos, que yo seré vuestro compañero en el peligro; y

entiendo ménos de animar con las palabras, que de persuadir con

el exemplo."

Quedaron tan encendidos los ánimos con esta oracion de Cortés, que

hacian instancia los saldados sobre que no se dilatáse la marcha.

Todos le agradecieron el acierto de la resolucion, y algunos le

protestaron que, si trataba de ajustarse con Narbáez, le habian de

negar la obediencia: palabras de hombres resueltos, que no le sonaron

mal, porque hacian al brio mas que al desacato. Formó, sin perder

tiempo, tres pequeños esquadrones de su gente, los quales se habian de

ir sucediendo en el asalto. Encargó el primero á Gonzalo de Sandoval

con sesenta hombres, en cuyo número fueron comprehendidos los

Capitanes Jorge y Gonzalo de Alvarado, Alonso Dávila, Juan Velazquez

de Leon, Juan Nuñez de Mercado, y nuestro Bernal Diaz del Castillo.

Nombró por Cabo del segundo al Maestre de Campo Christoval de Olid,

con otros sesenta hombres, y asistencia de Andres de Tapia, Rodrigo

Rangel, Juan Xaramillo y Bernardino Vazquez de Tapia: y él se quedó

con el resto de la gente, y con los Capitanes Diego de Ordaz, Alonso

de Grado, Christoval y Martin de Gamboa, Diego Pizarro y Domingo de

Alburquerque. La órden fué, que Gonzalo de Sandoval con su vanguardia

procuráse vencer la primera dificultad de las gradas, y embarazar el

uso de la artillería, dividiéndose á estorvar la comunicacion de los

dos torreones de los lados, y poniendo gran cuidado en el silencio de

su gente. Que Christoval de Olid subiese inmediatamente con mayor

diligencia, y embistiese al torreon de Narbáez, apretando el ataque á

viva fuerza; y él seguiria con los suyos para dar calor, y asistir

donde llamáse la necesidad, rompiendo entónces las caxas y demas

estruendos militares, para que su misma novedad diese al asombro y á

la confusion el primer movimiento del enemigo.

Entró luego Fray Bartolomé de Olmedo con su exôrtacion espiritual, y

asentado el presupuesto de que iban á pelear por la causa de Dios, los

dispuso á que hiciesen de su parte lo que debian para merecer su

favor. Habia una cruz en el camino, que fixaron ellos mismos quando

pasaron á México; y puesto de rodillas delante de ella todo el

exército, les dictó un acto de contricion, que iban repitiendo con voz

afectuosa: mandóles decir la confesion general, y bendiciéndolos

despues con la forma de la absolucion, dexó en sus corazones otro

espíritu de mejor calidad, aunque parecido al primero: porque la

quietud de la conciencia quita el horror á los peligros, ó mejora el

desprecio de la muerte.

Concluida esta piadosa diligencia, formó Hernan Cortés sus tres

esquadrones: puso en su lugar las picas y las bocas de fuego: repitió

las órdenes á los Cabos: encargó á todos el silencio: dió por seña y

por invocacion el nombre del Espíritu Santo, en cuya Pascua sucedió

esta interpresa: y empezó á marchar en la misma ordenanza que se habia

de acometer, caminando muy poco á poco, porque llegáse descansada la

gente, y por dar tiempo á la noche para que se apoderáse mas de su

enemigo; de cuya ciega seguridad y culpable descuido pensaba servirse

para vencerle á ménos costa, sin quedarle algun escrúpulo de que

obraba ménos valerosamente que solia en este género de insidias

generosas, que llamó la antigüedad delitos de Emperadores ó Capitanes

Generales; siendo los engaños, que no se oponen á la buena fé, lícitas

permisiones del arte militar, y disputable la preferencia entre la

industria y el valor de los soldados.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 37 / 46 题