_Marcha Hernan Cortés la vuelta de Zempoala, y sin conseguir la
gente que tenia prevenida en Tlascála. Continua su viage hasta
Matalequíta donde vuelve á las pláticas de la paz, y con nueva
irritacion rompe la guerra._
Dióse principio á la marcha, y se fué siguiendo el camino de Cholúla
con todas las cautelas y resguardos que pedia la seguridad, y abrazaba
fácilmente la costumbre de aquellos soldados, diestros en las
puntualidades que ordena la milicia, y hechos á obedecer sin
discurrir. Fueron recibidos en aquella ciudad con agradable prontitud,
convertido ya en veneracion afectuosa el miedo servil con que vinieron
á la obediencia. De allí pasaron á Tlascála, y media legua de aquella
ciudad hallaron un lucido acompañamiento, que se componia de la
Nobleza y el Senado. La entrada se celebró con notables demostraciones
de alegría, correspondientes al nuevo merito con que volvian los
Españoles, por haber preso á Motezuma, y quebrantado el orgullo de
los Mexicanos: circunstancia que multiplicó entónces los aplausos, y
mejoró las asistencias. Juntóse luego el Senado para tratar de la
respuesta que se debia dar á Hernan Cortés sobre la gente de guerra
que habia pedido á la república. Y aquí hallamos otra de aquellas
discordancias de Autores, que ocurren con freqüente infelicidad en
estas narraciones de las Indias, obligando algunas veces á que se
abraze lo mas verisímil, y otras á buscar trabajosamente lo posible.
Dice Bernal Diaz que pidió quatro mil hombres, y que se los negaron
con pretexto de que no se atrevian sus soldados á tomar las armas
contra Españoles, porque no se hallaban capaces de resistir á los
caballos y armas de fuego: y Antonio de Herrera, que dieron seis mil
hombres efectivos, y le ofrecian mayor número. Los quales refiere que
se agregaron á las compañías de los Españoles, y que á tres leguas de
marcha se volvieron, por no estar acostumbrados á pelear lejos de sus
confines. Pero como quiera que sucediese (que no todo se debe apurar)
es cierto que no se hallaron los Tlascaltécas en esta faccion.
Pidiólos Hernan Cortés mas por hacer ruido á Narbáez, que porque se
fiáse de sus armas, ni fuese de codicia su estilo de pelear contra
enemigos Españoles. Pero tambien es cierto que salió de aquella ciudad
sin queja suya, ni desconfianza de los Tlascaltécas, porque los buscó
despues y los halló quando los hubo menester contra otros Indios: en
cuyos combates eran valientes y resueltos, como lo asegura el haber
conservado su libertad á despecho de los Mexicanos tan cerca de su
corte, y en tiempo de un Príncipe que tenia su mayor vanidad en el
renombre de conquistador.
Detuvose poco el exército en Tlascála, y alargando los tránsitos, pasó
á Matalequíta, lugar de Indios amigos distante doce leguas de
Zempoala, donde llegó casi al mismo tiempo Gonzalo de Sandoval con la
gente de su cargo, y siete soldados mas, que se pasaron á la Vera Cruz
del exército de Narbáez el dia siguiente á la prision del Oidor,
teniendo por sospechoso aquel partido. Supo de ellos Hernan Cortés
quanto pasaba en el quartel de su enemigo: y Gonzalo de Sandoval le
dió mas frescas noticias de todo; porque ántes de partir tuvo
inteligencia para introducir en Zempoala dos soldados Españoles, que
imitaban con propiedad los ademanes y movimientos de los Indios, y no
les desayudaba el color para la semejanza. Estos se desnudaron con
alegre solicitud: y cubriendo parte de su desnudez con los arreos de
la tierra, entraron al amanecer en Zempoala con dos banastas de fruta
sobre la cabeza, y puestos entre los demas que manejaban este género
de grangería, la fueron trocando á cuentas de vidrio: tan diestros en
fingir la simplicidad y la codicia de los paisanos, que nadie hizo
reparo en ellos; con que pudieron discurrir por la villa, y escapar á
su salvo con la noticia que buscaban. Pero no contentos con esta
diligencia, y deseando tambien llevar averiguado con que género de
guardias pasaba la noche aquel exército, volvieron á entrar con
segunda carga de hierba entre algunos Indios que salian á forragear; y
no solo reconocieron la poca vigilancia del quartel, pero la
comprobaron, trayendo á la Vera Cruz un caballo que pudieron sacar de
la misma plaza sin que hubiese quien se lo embarazáse, y acertó á ser
del Capitan Salvatierra, uno de los que mas irritaban á Narbáez contra
Hernan Cortés: circunstancia que dió estimacion á la presa. Hicieron
estos exploradores por su fama quanto cupo en la industria y el valor;
y se callaron desgraciadamente sus nombres en una faccion tan bien
executada, y en una Historia donde se hallan á cada paso hazañas
menores con dueño encarecido.
Fundaba Cortés parte de sus esperanzas en la corta milicia de aquella
gente: y el descuido con que gobernaba su quartel Pámphilo de Narbáez
le traía varios designios á la imaginacion. Podia nacer de lo mismo
que desestimaba sus fuerzas, y así lo conocia; pero no le pesaba de
verlas tan desacreditadas que produxesen aquella seguridad en el
exército contrario, la qual favorecia su intento, y, á su parecer,
militaba de su parte: en que discurria sobre buenos principios,
siendo evidente que la seguridad es enemiga del cuidado, y ha
destruido á muchos Capitanes. Debese poner entre los peligros de la
guerra; porque ordinariamente, quando llega el caso de medir las
fuerzas, queda mejor el enemigo despreciado. Trató de abreviar sus
disposiciones, y estrechar á Narbáez con las instancias de la paz, que
por su parte debian preceder al rompimiento.
Hizo reseña de su gente, y se halló con doscientos y sesenta y seis
Españoles, inclusos los Oficiales y los soldados que vinieron con
Gonzalo de Sandoval, sin los Indios de carga que fueron necesarios
para el bagage. Despachó segunda vez al Padre Fray Bartolomé de
Olmeda, para que volviese á porfiar en el ajustamiento; y le avisó
brevemente del poco efecto que producian sus diligencias. Pero
deseando hacer algo mas por la razon, ó ganar algun tiempo en que
pudiesen llegar los dos mil Indios que aguardaba de Chinantelá,
determinó enviar al Capitan Juan Velazquez de Leon, creyendo que por
su autoridad, y por el parentesco de Diego Velazquez, sería mejor
admitida su mediacion. Tenia experimentada su fidelidad, y pocos dias
ántes le habia repetido las ofertas de morir á su lado, con ocasion de
poner en sus manos una carta que le escribió Narbáez llamándole á su
partido con grandes conveniencias. Demostracion á cuyo agradecimiento
correspondió Hernan Cortés, fiando entónces de su ingenuidad y
entereza tan peligrosa negociacion.
Creyeron todos, quando llegó á Zempoala, que iba reducido á seguir las
banderas de su pariente; y Narbáez salió á recibirle con grande
alborozo; pero quando llegó á entender su comision, y conoció que se
iba empeñando en apadrinar la razon de Cortés, atajó el razonamiento,
y se apartó de él con alguna desazon, aunque no sin esperanza de
reducirle: porque ántes de volver á la plática, ordenó que se hiciese
un alarde á sus ojos de toda su gente, deseando, al parecer,
atemorizarle, ó convencerle con aquella vana ostentacion de sus
fuerzas. Aconsejaronle algunos que le prendiese; pero no se atrevió,
porque tenia muchos amigos en aquel exército; ántes le convidó á comer
el dia siguiente, y convidó tambien á los Capitanes de su confidencia
para que le ayudasen á persuadirle. Dieronse á la urbanidad y
cumplimiento los principios de la conversacion; pero á breve rato se
introduxo la murmuracion de Cortés entre las licencias del banquete. Y
aunque procuró disimular Juan Velazquez por no destruir el negocio de
su cargo, pasando á términos indecentes la irrision y el desacato, no
se pudo contener en el desayre de su paciencia, y dixo en voz alta y
descompuesta:
"Que pasasen á otra plática, porque delante de un hombre como
él no debian tratar como ausente á su Capitan: y que qualquiera
de ellos que no tuviese á Cortés y á quantos le seguian por
buenos vasallos del Rey, se lo dixese con ménos testigos, y le
desengañaria como quisiese."
Callaron todos, y calló Pámphilo de Narbáez como embarazado en la
dificultad de la respuesta; pero un Capitan mozo, sobrino de Diego
Velazquez, y de su mismo nombre, se adelantó á decirle:
"Que no tenia sangre de Velazquez, ó la tenia indignamente
quien apadrinaba con tanto empeño la causa de un traydor."
A que respondió Juan Velazquez desmintiéndole, y sacando la espada con
tanta resolucion de castigar su atrevimiento, que trabajaron todos en
reprimirle; y últimamente le instaron en que se volviese al real de
Cortés, porque temieron los inconvenientes que podria ocasionar su
detencion; y él lo executó luego, llevándose consigo al Padre Fray
Bartolomé de Olmedo, y diciendo al partir algunas palabras poco
advertidas, que hacian á su venganza, ó la trataban como decision del
rompimiento.
Quedaron algunos de los Capitanes mal satisfechos de que Narbáez le
dexáse volver sin ajustar el duelo de su pariente, para oirle y
despacharle bien ó mal, segun lo que de nuevo representáse: á cuyo
propósito decian:
"Que una persona de aquella suposicion y autoridad se debia
tratar con otro género de atencion: que de su juicio y
entereza no se podia creer que hubiese venido con proposiciones
descaminadas, ó ménos razonables: que las puntualidades de la
guerra nunca llegaban á impedir la franqueza de los oidos; ni
era buena política ó buen camino de poner en cuidado al enemigo
darle á entender que se temia su razon."
Discursos que pasaron de los Capitanes á los soldados con tanto
conocimiento de la poca justificacion con que se procedia en aquella
guerra, que Pámphilo de Narbáez necesitó, para sosegarlos, de nombrar
persona que fuese á disculpar en su nombre y el de todos aquella falta
de urbanidad, y á saber de Cortés á qué puntos se reducia la comision
de Juan Velazquez de Leon: para cuya diligencia eligieron él y los
suyos el Secretario Andres de Duero, que por ménos apasionado contra
Hernan Cortés pareció á propósito para la satisfaccion de los mal
contentos; y por criado de Diego Velazquez no desmereció la confianza
de los que procuraban estorvar el ajustamiento.
Hernan Cortés entretanto, con las noticias que llevaron Fray Bartolomé
de Olmedo y Juan Velazquez de Leon, entró en conocimiento de que habia
cumplido sobradamente con las diligencias de la paz: y teniendo ya por
necesario el rompimiento, movió su exército con ánimo de acercarse mas
y ocupar algun puesto ventajoso donde aguardar á los Chinantécas, y
aconsejarse con el tiempo.
Iba continuando su marcha, quando volvieron los batidores con noticia
de que venia de Zempoala el Secretario Andres de Duero: y Hernan
Cortés, no sin esperanza de alguna favorable novedad, se adelantó á
recibirle. Saludaronse los dos con igual demostracion de su afecto:
renovaronse con los abrazos, ó se volvieron á formar los antiguos
vínculos de su amistad: concurrieron al aplauso de su venida todos los
Capitanes: y ántes de llegar á lo inmediato de la negociacion, le hizo
Cortés algunos presentes mezclados con mayores ofertas. Detuvose hasta
otro dia despues de comer: y en este tiempo se apartaron los dos á
diferentes conferencias de grande intimidad. Discurrieronse algunos
medios en órden á la union de ambos partidos, con deseo de hallar
camino para reducir á Narbáez, cuya obstinacion era el único
impedimento de la paz. Llegó Cortés á ofrecer que le dexaria la
empresa de México, y se apartaria con los suyos á otras conquistas. Y
Andres de Duero, viéndole tan liberal con su enemigo, le propuso que
se viese con él, pareciéndole que podria conseguir de Narbáez este
abocamiento, y que se vencerian mejor las dificultades con la
presencia y viva voz de las partes. Dicen unos que llevaba órden para
introducir esta plática: otros, que fué pensamiento de Cortés; y
concuerdan todos en que se ajustaron las vistas de ambos Capitanes
luego que volvió Andres de Duero á Zempoala, por cuya solicitud se
hizo capitulacion auténtica, señalando la hora y el sitio donde habia
de ser la conferencia: y asegurando cada uno con su palabra y su firma
que saldrian al puesto señalado con solos diez compañeros, para que
fuesen testigos de lo que se discurriese y ajustáse.
Pero al mismo tiempo que se disponia Hernan Cortés para dar
cumplimiento por su parte á lo capitulado, le avisó de secreto Andres
de Duero, que se andaba previniendo una emboscada con ánimo de
prenderle ó matarle sobre seguro: cuya noticia, que se confirmó
tambien por otros confidentes, le obligó á darse por entendido con
Narbáez de que habia descubierto el doblez de su trato: y con el
primer calor de su enojo, le escribió una carta rompiendo la
capitulacion, y remitiendo á la espada su desagravio. Llevabale
ciegamente á las manos de su enemigo la misma nobleza de su proceder;
y acertaba mal á disculpar con los suyos aquella falta de cautela ó
precipitada sinceridad con que se fiaba de Narbáez, teniendo conocida
su intencion y mala voluntad: pero nadie pudo acusarle de poco
advertido Capitan en esta confianza, siendo el rompimiento de la
palabra en semejantes convenciones una de las malignidades que no se
deben rezelar del enemigo: porque las supercherías no estan en el
número de los estratagemas, ni caben estos engaños que manchan el
pundonor en toda la malicia de la guerra.