_Dáse noticia del estilo con que se medían y computaban en
aquella tierra los meses y los años: de sus festividades,
matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de
consideracion._
Tenian los Mexicanos dispuesto y regulado su calendario con notable
observacion. Gobernabanse por el movimiento del sol, y midiendo sus
alturas y declinaciones para entenderse con el tiempo. Daban al año
trescientos y sesenta y cinco dias como nosotros: pero le dividian en
diez y ocho meses, señalando á cada mes veinte dias, de cuyo número
se componian los trescientos y sesenta; y los cinco restantes eran
como dias intercaláres, que se añadian al fin del año para igualar el
curso del sol. Mientras duraban estos cinco dias, (que, á su parecer,
dexaron advertidamente sus mayores como vacíos y fuera de cuenta) se
daban á la ociosidad, y trataban solo de perder, como podian, aquellas
sobras del tiempo. Dexaban el trabajo los oficiales, cerrabanse las
tiendas, cesaba el despacho de los tribunales, y hasta los sacrificios
en los templos. Visitabanse unos á otros, y procuraban todos
divertirse con varios entretenimientos, dando á entender que se
prevenian con el descanso para entrar en los afanes y tareas del año
siguiente: cuyo ingreso ponian en el principio de la primavera,
discrepando del año solar, segun el cómputo de los astrólogos, en
solos tres dias que venian á tomar de nuestro mes de Febrero.
Tenian tambien sus semanas de á trece dias con nombres diferentes, que
se notaban por imágenes en el calendario; y sus siglos, que constaban
de quatro semanas de años: cuyo método y dibuxo era de notable
artificio, y se guardaba cuidadosamente para memoria de los sucesos.
Formaban un círculo grande, y le dividian en cincuenta y dos grados,
dando un año á cada grado. En el centro pintaban una efigie del sol, y
de sus rayos salian quatro faxas de colores diferentes que partian
igualmente, la circunferencia, dexando trece grados á cada
semidiámetro: cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde
tenian el siglo sus revoluciones, y el sol sus aspectos prósperos ó
adversos, segun el color de la faxa. Por defuera iban notando en otro
círculo mayor con sus figuras y caractéres los acaecimientos del
siglo, y quantas novedades se ofrecian dignas de memoria: y estos
mapas seculares eran como instrumentos públicos que servian á la
comprobacion de sus historias. Puédese contar entre las providencias
de aquel gobierno el tener historiadores que mandasen á la posteridad
los hechos de su nacion.
Habia su mezcla de supersticion en este cómputo de los siglos, porque
tenian aprehendido que peligraba la duracion del mundo siempre que
terminaba el sol aquella carrera de las quatro semanas mayores: y
quando llegaba el último dia de los cincuenta y dos años, se prevenian
todos para la última calamidad. Despedianse de la luz con lágrimas,
disponianse para morir sin enfermedad, rompian las vasijas de su
menage como trastos inútiles, apagaban los fuegos, y andaban toda la
noche como frenéticos, sin atreverse á descansar hasta saber si
estaban de asiento en la region de las tinieblas. Pero al primer
crepúsculo de la mañana empezaban á respirar con la vista en el
oriente: y en saliendo el sol, le saludaban con todos sus
instrumentos, cantándole diferentes himnos y canciones de alegría
desconcertada: congratulábanse despues unos con otros de que ya tenian
segura la duracion del mundo por otro siglo, y acudian luego á los
templos á congratularse con sus Dioses, y á recibir la nueva lumbre de
los sacerdotes, que se encendia delante de los altares con vehemente
agitación de leños combustibles. Prevenianse despues de todo lo
necesario para empezar á vivir: y este dia se celebraba con públicos
regocijos, llenándose la ciudad de bayles y otros exercicios de
agilidad dedicados á la renovacion del tiempo, no de otra suerte que
celebró Roma sus juegos seculares.
La coronacion de sus Reyes tenia extraordinarios requisitos. Hecha la
eleccion, como se ha dicho, quedaba el nuevo Rey obligado á salir en
campaña con las armas del Imperio, y conseguir alguna victoria de sus
enemigos, ó sujetar alguna província de las confinantes ó rebeldes
ántes de coronarse, ni ascender al trono real: costumbre digna de
observacion, por cuyo medio creció tanto en pocos años aquella
Monarquía. Luego que se hallaba capaz del dominio con la recomendacion
de victorioso, volvia triunfante á la ciudad, y se le hacia público
recibimiento de grande ostentacion. Acompañábanle todos los nobles,
ministros y sacerdotes hasta el templo del Dios de la guerra, donde
se apeaba de sus andas, y hechos los sacrificios de aquella funcion,
le ponian los Príncipes electores la vestidura y manto real: le
armaban la mano diestra con un estoque de oro y pedernal, insignia de
la justicia; la siniestra con el arco y flechas, que significaban la
potestad, ó el arbitrio de la guerra: y el Rey de Tezcuco le ponia la
corona, prerogativa de primer elector.
Oraba despues largo rato uno de los magistrados mas eloqüentes,
dándole por todo el Imperio la enhorabuena de aquella dignidad, y
algunos documentos en que le representaba los cuidados y desvelos que
traia consigo la corona, lo que debia mirar por el bien público de sus
reynos, y le ponia delante la imitacion de sus antecesores. Acabada
esta oracion, se acercaba con gran reverencia el mayor de los
sacerdotes, y en sus manos hacia un juramento de reparables
circunstancias. Juraba primero que mantendria la religion de sus
mayores, que observaria las leyes y fueros del Imperio, que trataria
con benignidad á sus vasallos; y que, mientras él reynáse, andarian
concertadas las lluvias, que no habria inundaciones en los rios,
esterilidad en los campos, ni malignas influencias en el sol. Notable
pacto entre Rey y vasallos, de que se rie Justo Lipsio; y pudieramos
decir que le querian obligar con este juramento á que reynáse con tal
moderacion, que no mereciese por su parte las iras del Cielo, no sin
algun conocimiento de que suelen caer sobre los súbditos estos
castigos y calamidades públicas por los pecados y exôrbitancias de los
Reyes.
En los demas ritos y costumbres de aquella nacion tocarémos solamente
lo que fuere digno de historia, dexando las supersticiones,
indecencias y obscenidades que manchan la narracion, por mas que se
digan sin ofensa de la verdad. Siendo tanta como se ha referido la
muchedumbre de sus Dioses, y tan obscura la ceguedad de su idolatría,
no dexaban de conocer una Deidad superior, á quien atribuían la
creacion del cielo y de la tierra: y este principio de las cosas era
entre los Mexicanos un Dios sin nombre, porque no tenian en su lengua
voz con que significarle; solo daban á entender que le conocian
mirando al cielo con veneracion, y dándole á su modo el atributo de
inefable con aquel género de religiosa incertidumbre que veneraron los
Athenienses al Dios no conocido. Pero esta noticia de la primera
causa, que, al parecer, habia de facilitar su desengaño, sirvió poco
en aquella ocasion; porque no se hallaba camino de reducirlos á que
pudiese gobernar todo el mundo, sin necesitar de otras manos, aquella
misma Deidad, que, segun su inteligencia, tuvo poder para criarle: y
estaban persuadidos á que no hubo Dioses de esotra parte del Cielo,
hasta que multiplicándose los hombres, empezaron sus calamidades,
considerando los Dioses como unos genios favorables, que se producian
quando era necesaria su operacion; sin hacerles disonancia que
adquiriesen el ser y la divinidad en las miserias de la naturaleza.
Creían la inmortalidad del alma, y daban premio y castigo en la
eternidad: mal entendido el merito y la culpa, y obscurecida esta
verdad con otros errores: sobre cuyo presupuesto enterraban con los
difuntos cantidad de oro y plata para los gastos del viage, que
consideraban largo y trabajoso. Mataban algunos de sus criados para
que los acompañasen: y era fineza ordinaria en las mugeres propias
celebrar con su muerte las exêquias del marido. Los Príncipes
necesitaban de gran sepultura, porque se llevaban tras sí la mayor
parte de sus riquezas y familia: uno y otro correspondiente á su
grandeza, llenos los oficios de la casa, y algunos lisonjeros que
padecian el engaño de su misma profesion. Los cuerpos se llevaban á
los templos con solemnidad y acompañamiento, donde los salian á
recibir aquellos que llamaban sacerdotes con sus braserillos de copal,
cantando al son de flautas roncas y destempladas diferentes himnos y
versos fúnebres en tono melancólico. Levantaban repetidas veces en
alto el ataud mientras duraba el sacrificio voluntario de aquellos
miserables que introducian en el alma la servidumbre. Funcion de
notable variedad, compuesta de abusiones ridículas, y atrocidades
lastimosas.
Sus matrimonios tenian su forma de contrato, y sus ceremonias de
religion. Hechos los tratados, comparecian ambos contrayentes en el
templo, y uno de los sacerdotes exâminaba su voluntad con preguntas
rituales; y despues tomaba con una mano el velo de la muger, y con
otra el manto del marido, y los anudaba por los extremos, significando
el vínculo interior de las dos voluntades. Con este género de yugo
nupcial volvian á su casa en compañía del mismo sacerdote: donde,
imitando la supersticion de los Dioses Lares, entraban á visitar el
fuego doméstico, que, á su parecer, mediaban en la paz de los casados,
y daban siete vueltas á él siguiendo al sacerdote: con cuya
diligencia, y la de sentarse despues á recibir el calor de
conformidad, quedaba perfecto el matrimonio. Hacíase memoria con
instrumento público de los bienes dotales que llevaba la muger: y el
marido quedaba obligado á restituirlos en caso de apartarse; lo qual
sucedia muchas veces, y se tenia por bastante causa para el divorcio
que se conformasen los dos: pleyto en que no entraban las leyes,
porque se juzgaban los que se conocian. Quedábase con las hijas la
muger, llevándose los hijos el marido; y una vez disuelto el
matrimonio, tenian pena de la vida irremisible si se volvian á
juntar: siendo en su natural inconstancia la única dificultad de los
repudios el peligro de la reincidencia. Zelaban como punto de honra la
honestidad y el recato de las mugeres propias, y entre aquella
desordenada licencia, con que se daban al vicio de la sensualidad, se
aborrecia y castigaba con rigor el adulterio, no tanto por su
deformidad, como por sus inconvenientes.
Llevábanse á los templos con solemnidad los niños recien nacidos, y
los sacerdotes los recibian con ciertas amonestaciones, en que les
notificaban los trabajos á que nacian. Aplicábanles, si eran nobles, á
la mano derecha una espada, y al brazo izquierdo un escudo, que tenian
para este ministerio: si eran plebeyos, hacian la misma diligencia con
algunos instrumentos de los oficios mecánicos; y las hembras de una y
otra calidad empuñaban la rueca y el uso, manifestando á cada uno el
género de fatiga con que le aguardaba su destino. Hecha esta primera
ceremonia, los llevaban cerca del altar, y con espinas de maguey, ó
con lancetas de pedernal les sacaban alguna sangre de las partes de la
generacion, y despues les echaban agua, ó los bañaban con otras
imprecaciones. En que parece quiso el demonio, inventor de aquellos
ritos, imitar el bautismo y la circuncision con la misma soberbia que
intentó contrahacer otras ceremonias, y hasta los otros Sacramentos de
la Religion Católica; pues introduxo entre aquellos bárbaros la
confesion de los pecados, dándoles á entender que se ponian con ella
en gracia de sus Dioses, ó un género de comunion ridícula, que
ministraban los sacerdotes, ciertos dias del año, repartiendo en
pequeños bocados un ídolo de harina masada con miel, que llamaban Dios
de la penitencia. Ordenó tambien sus jubileos, instituyó las
procesiones, los incensarios y otros remedos del verdadero culto,
hasta disponer que se llamasen papas en aquella lengua los sumos
sacerdotes. En que se conoce que le costaba particular estudio esta
imitacion; fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas mezclándolas
con sus abominaciones, ó porque no sabe arrepentirse de aspirar con
este género de afectaciones á la semejanza del Altísimo.
Los demas ritos y ceremonias de aquella miserable gentilidad eran
horribles á la razon y á la naturaleza; bestialidades, absurdos y
locuras, que parecieran incompatibles con las demas atenciones que se
han notado en su gobierno, si no estuvieran llenas las historias de
semejantes engaños de la humana capacidad en otras naciones que vivian
mas dentro del mundo, igualmente ciegas en menor obscuridad. Los
sacrificios de sangre humana empezaron casi con la idolatría; y siglos
ántes los introduxo el demonio entre aquellas gentes, de quien vino
hasta los Israelitas el sacrificar sus hijos á las esculturas de
Canaan. El horror de comerse los hombres á los hombres se vió primero
en otros bárbaros de nuestro emisferio, como lo confiesa entre sus
antigüedades la Galacia, y en sus antropófagos la Scitia. Los leños
adorados como Dioses, las supersticiones, los agüeros, los furores de
los sacerdotes, la comunicacion con el demonio en sus oráculos, y
otros absurdos de igual abominacion, se hallan admitidos y venerados
por otros gentiles que supieron discurrir y obrar con acierto en lo
moral y político. Grecia y Roma desatinaron en la religion, y en lo
demas dieron leyes al mundo, y exemplos á la posteridad. De que se
conoce la corta jurisdiccion del entendimiento humano, que vuela poco
sobre las noticias que recibe de los sentidos y de las experiencias,
quando falta en él aquella luz participada con que se descubre la
esencia de la verdad. Era la religion de los Mexicanos un compuesto
abominable de todos los errores y atrocidades que recibió en
diferentes partes la gentilidad. Dexamos de referir por menor las
circunstancias de sus festividades y sacrificios, sus ceremonias,
hechicerías y supersticiones, porque se hallan á cada paso, y con
prolixa repeticion en las Historias de las Indias; y porque, á nuestro
parecer, sobre ser materia en que se puede confesar el rezelo de la
pluma, es leccion poco necesaria, en que falta la dulzura, y está
lejos la utilidad.