CAPITULO XVII.

_Dáse noticia del estilo con que se medían y computaban en

aquella tierra los meses y los años: de sus festividades,

matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de

consideracion._

Tenian los Mexicanos dispuesto y regulado su calendario con notable

observacion. Gobernabanse por el movimiento del sol, y midiendo sus

alturas y declinaciones para entenderse con el tiempo. Daban al año

trescientos y sesenta y cinco dias como nosotros: pero le dividian en

diez y ocho meses, señalando á cada mes veinte dias, de cuyo número

se componian los trescientos y sesenta; y los cinco restantes eran

como dias intercaláres, que se añadian al fin del año para igualar el

curso del sol. Mientras duraban estos cinco dias, (que, á su parecer,

dexaron advertidamente sus mayores como vacíos y fuera de cuenta) se

daban á la ociosidad, y trataban solo de perder, como podian, aquellas

sobras del tiempo. Dexaban el trabajo los oficiales, cerrabanse las

tiendas, cesaba el despacho de los tribunales, y hasta los sacrificios

en los templos. Visitabanse unos á otros, y procuraban todos

divertirse con varios entretenimientos, dando á entender que se

prevenian con el descanso para entrar en los afanes y tareas del año

siguiente: cuyo ingreso ponian en el principio de la primavera,

discrepando del año solar, segun el cómputo de los astrólogos, en

solos tres dias que venian á tomar de nuestro mes de Febrero.

Tenian tambien sus semanas de á trece dias con nombres diferentes, que

se notaban por imágenes en el calendario; y sus siglos, que constaban

de quatro semanas de años: cuyo método y dibuxo era de notable

artificio, y se guardaba cuidadosamente para memoria de los sucesos.

Formaban un círculo grande, y le dividian en cincuenta y dos grados,

dando un año á cada grado. En el centro pintaban una efigie del sol, y

de sus rayos salian quatro faxas de colores diferentes que partian

igualmente, la circunferencia, dexando trece grados á cada

semidiámetro: cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde

tenian el siglo sus revoluciones, y el sol sus aspectos prósperos ó

adversos, segun el color de la faxa. Por defuera iban notando en otro

círculo mayor con sus figuras y caractéres los acaecimientos del

siglo, y quantas novedades se ofrecian dignas de memoria: y estos

mapas seculares eran como instrumentos públicos que servian á la

comprobacion de sus historias. Puédese contar entre las providencias

de aquel gobierno el tener historiadores que mandasen á la posteridad

los hechos de su nacion.

Habia su mezcla de supersticion en este cómputo de los siglos, porque

tenian aprehendido que peligraba la duracion del mundo siempre que

terminaba el sol aquella carrera de las quatro semanas mayores: y

quando llegaba el último dia de los cincuenta y dos años, se prevenian

todos para la última calamidad. Despedianse de la luz con lágrimas,

disponianse para morir sin enfermedad, rompian las vasijas de su

menage como trastos inútiles, apagaban los fuegos, y andaban toda la

noche como frenéticos, sin atreverse á descansar hasta saber si

estaban de asiento en la region de las tinieblas. Pero al primer

crepúsculo de la mañana empezaban á respirar con la vista en el

oriente: y en saliendo el sol, le saludaban con todos sus

instrumentos, cantándole diferentes himnos y canciones de alegría

desconcertada: congratulábanse despues unos con otros de que ya tenian

segura la duracion del mundo por otro siglo, y acudian luego á los

templos á congratularse con sus Dioses, y á recibir la nueva lumbre de

los sacerdotes, que se encendia delante de los altares con vehemente

agitación de leños combustibles. Prevenianse despues de todo lo

necesario para empezar á vivir: y este dia se celebraba con públicos

regocijos, llenándose la ciudad de bayles y otros exercicios de

agilidad dedicados á la renovacion del tiempo, no de otra suerte que

celebró Roma sus juegos seculares.

La coronacion de sus Reyes tenia extraordinarios requisitos. Hecha la

eleccion, como se ha dicho, quedaba el nuevo Rey obligado á salir en

campaña con las armas del Imperio, y conseguir alguna victoria de sus

enemigos, ó sujetar alguna província de las confinantes ó rebeldes

ántes de coronarse, ni ascender al trono real: costumbre digna de

observacion, por cuyo medio creció tanto en pocos años aquella

Monarquía. Luego que se hallaba capaz del dominio con la recomendacion

de victorioso, volvia triunfante á la ciudad, y se le hacia público

recibimiento de grande ostentacion. Acompañábanle todos los nobles,

ministros y sacerdotes hasta el templo del Dios de la guerra, donde

se apeaba de sus andas, y hechos los sacrificios de aquella funcion,

le ponian los Príncipes electores la vestidura y manto real: le

armaban la mano diestra con un estoque de oro y pedernal, insignia de

la justicia; la siniestra con el arco y flechas, que significaban la

potestad, ó el arbitrio de la guerra: y el Rey de Tezcuco le ponia la

corona, prerogativa de primer elector.

Oraba despues largo rato uno de los magistrados mas eloqüentes,

dándole por todo el Imperio la enhorabuena de aquella dignidad, y

algunos documentos en que le representaba los cuidados y desvelos que

traia consigo la corona, lo que debia mirar por el bien público de sus

reynos, y le ponia delante la imitacion de sus antecesores. Acabada

esta oracion, se acercaba con gran reverencia el mayor de los

sacerdotes, y en sus manos hacia un juramento de reparables

circunstancias. Juraba primero que mantendria la religion de sus

mayores, que observaria las leyes y fueros del Imperio, que trataria

con benignidad á sus vasallos; y que, mientras él reynáse, andarian

concertadas las lluvias, que no habria inundaciones en los rios,

esterilidad en los campos, ni malignas influencias en el sol. Notable

pacto entre Rey y vasallos, de que se rie Justo Lipsio; y pudieramos

decir que le querian obligar con este juramento á que reynáse con tal

moderacion, que no mereciese por su parte las iras del Cielo, no sin

algun conocimiento de que suelen caer sobre los súbditos estos

castigos y calamidades públicas por los pecados y exôrbitancias de los

Reyes.

En los demas ritos y costumbres de aquella nacion tocarémos solamente

lo que fuere digno de historia, dexando las supersticiones,

indecencias y obscenidades que manchan la narracion, por mas que se

digan sin ofensa de la verdad. Siendo tanta como se ha referido la

muchedumbre de sus Dioses, y tan obscura la ceguedad de su idolatría,

no dexaban de conocer una Deidad superior, á quien atribuían la

creacion del cielo y de la tierra: y este principio de las cosas era

entre los Mexicanos un Dios sin nombre, porque no tenian en su lengua

voz con que significarle; solo daban á entender que le conocian

mirando al cielo con veneracion, y dándole á su modo el atributo de

inefable con aquel género de religiosa incertidumbre que veneraron los

Athenienses al Dios no conocido. Pero esta noticia de la primera

causa, que, al parecer, habia de facilitar su desengaño, sirvió poco

en aquella ocasion; porque no se hallaba camino de reducirlos á que

pudiese gobernar todo el mundo, sin necesitar de otras manos, aquella

misma Deidad, que, segun su inteligencia, tuvo poder para criarle: y

estaban persuadidos á que no hubo Dioses de esotra parte del Cielo,

hasta que multiplicándose los hombres, empezaron sus calamidades,

considerando los Dioses como unos genios favorables, que se producian

quando era necesaria su operacion; sin hacerles disonancia que

adquiriesen el ser y la divinidad en las miserias de la naturaleza.

Creían la inmortalidad del alma, y daban premio y castigo en la

eternidad: mal entendido el merito y la culpa, y obscurecida esta

verdad con otros errores: sobre cuyo presupuesto enterraban con los

difuntos cantidad de oro y plata para los gastos del viage, que

consideraban largo y trabajoso. Mataban algunos de sus criados para

que los acompañasen: y era fineza ordinaria en las mugeres propias

celebrar con su muerte las exêquias del marido. Los Príncipes

necesitaban de gran sepultura, porque se llevaban tras sí la mayor

parte de sus riquezas y familia: uno y otro correspondiente á su

grandeza, llenos los oficios de la casa, y algunos lisonjeros que

padecian el engaño de su misma profesion. Los cuerpos se llevaban á

los templos con solemnidad y acompañamiento, donde los salian á

recibir aquellos que llamaban sacerdotes con sus braserillos de copal,

cantando al son de flautas roncas y destempladas diferentes himnos y

versos fúnebres en tono melancólico. Levantaban repetidas veces en

alto el ataud mientras duraba el sacrificio voluntario de aquellos

miserables que introducian en el alma la servidumbre. Funcion de

notable variedad, compuesta de abusiones ridículas, y atrocidades

lastimosas.

Sus matrimonios tenian su forma de contrato, y sus ceremonias de

religion. Hechos los tratados, comparecian ambos contrayentes en el

templo, y uno de los sacerdotes exâminaba su voluntad con preguntas

rituales; y despues tomaba con una mano el velo de la muger, y con

otra el manto del marido, y los anudaba por los extremos, significando

el vínculo interior de las dos voluntades. Con este género de yugo

nupcial volvian á su casa en compañía del mismo sacerdote: donde,

imitando la supersticion de los Dioses Lares, entraban á visitar el

fuego doméstico, que, á su parecer, mediaban en la paz de los casados,

y daban siete vueltas á él siguiendo al sacerdote: con cuya

diligencia, y la de sentarse despues á recibir el calor de

conformidad, quedaba perfecto el matrimonio. Hacíase memoria con

instrumento público de los bienes dotales que llevaba la muger: y el

marido quedaba obligado á restituirlos en caso de apartarse; lo qual

sucedia muchas veces, y se tenia por bastante causa para el divorcio

que se conformasen los dos: pleyto en que no entraban las leyes,

porque se juzgaban los que se conocian. Quedábase con las hijas la

muger, llevándose los hijos el marido; y una vez disuelto el

matrimonio, tenian pena de la vida irremisible si se volvian á

juntar: siendo en su natural inconstancia la única dificultad de los

repudios el peligro de la reincidencia. Zelaban como punto de honra la

honestidad y el recato de las mugeres propias, y entre aquella

desordenada licencia, con que se daban al vicio de la sensualidad, se

aborrecia y castigaba con rigor el adulterio, no tanto por su

deformidad, como por sus inconvenientes.

Llevábanse á los templos con solemnidad los niños recien nacidos, y

los sacerdotes los recibian con ciertas amonestaciones, en que les

notificaban los trabajos á que nacian. Aplicábanles, si eran nobles, á

la mano derecha una espada, y al brazo izquierdo un escudo, que tenian

para este ministerio: si eran plebeyos, hacian la misma diligencia con

algunos instrumentos de los oficios mecánicos; y las hembras de una y

otra calidad empuñaban la rueca y el uso, manifestando á cada uno el

género de fatiga con que le aguardaba su destino. Hecha esta primera

ceremonia, los llevaban cerca del altar, y con espinas de maguey, ó

con lancetas de pedernal les sacaban alguna sangre de las partes de la

generacion, y despues les echaban agua, ó los bañaban con otras

imprecaciones. En que parece quiso el demonio, inventor de aquellos

ritos, imitar el bautismo y la circuncision con la misma soberbia que

intentó contrahacer otras ceremonias, y hasta los otros Sacramentos de

la Religion Católica; pues introduxo entre aquellos bárbaros la

confesion de los pecados, dándoles á entender que se ponian con ella

en gracia de sus Dioses, ó un género de comunion ridícula, que

ministraban los sacerdotes, ciertos dias del año, repartiendo en

pequeños bocados un ídolo de harina masada con miel, que llamaban Dios

de la penitencia. Ordenó tambien sus jubileos, instituyó las

procesiones, los incensarios y otros remedos del verdadero culto,

hasta disponer que se llamasen papas en aquella lengua los sumos

sacerdotes. En que se conoce que le costaba particular estudio esta

imitacion; fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas mezclándolas

con sus abominaciones, ó porque no sabe arrepentirse de aspirar con

este género de afectaciones á la semejanza del Altísimo.

Los demas ritos y ceremonias de aquella miserable gentilidad eran

horribles á la razon y á la naturaleza; bestialidades, absurdos y

locuras, que parecieran incompatibles con las demas atenciones que se

han notado en su gobierno, si no estuvieran llenas las historias de

semejantes engaños de la humana capacidad en otras naciones que vivian

mas dentro del mundo, igualmente ciegas en menor obscuridad. Los

sacrificios de sangre humana empezaron casi con la idolatría; y siglos

ántes los introduxo el demonio entre aquellas gentes, de quien vino

hasta los Israelitas el sacrificar sus hijos á las esculturas de

Canaan. El horror de comerse los hombres á los hombres se vió primero

en otros bárbaros de nuestro emisferio, como lo confiesa entre sus

antigüedades la Galacia, y en sus antropófagos la Scitia. Los leños

adorados como Dioses, las supersticiones, los agüeros, los furores de

los sacerdotes, la comunicacion con el demonio en sus oráculos, y

otros absurdos de igual abominacion, se hallan admitidos y venerados

por otros gentiles que supieron discurrir y obrar con acierto en lo

moral y político. Grecia y Roma desatinaron en la religion, y en lo

demas dieron leyes al mundo, y exemplos á la posteridad. De que se

conoce la corta jurisdiccion del entendimiento humano, que vuela poco

sobre las noticias que recibe de los sentidos y de las experiencias,

quando falta en él aquella luz participada con que se descubre la

esencia de la verdad. Era la religion de los Mexicanos un compuesto

abominable de todos los errores y atrocidades que recibió en

diferentes partes la gentilidad. Dexamos de referir por menor las

circunstancias de sus festividades y sacrificios, sus ceremonias,

hechicerías y supersticiones, porque se hallan á cada paso, y con

prolixa repeticion en las Historias de las Indias; y porque, á nuestro

parecer, sobre ser materia en que se puede confesar el rezelo de la

pluma, es leccion poco necesaria, en que falta la dulzura, y está

lejos la utilidad.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 23 / 46 题