_Dáse noticia de la ostentacion y puntualidad con que se hacia
servir Motezuma en su palacio, del gasto de su mesa, de sus
audiencias, y otras particularidades de su economía y
divertimientos._
Era correspondiente á la suntuosidad y soberbia de sus edificios el
fausto de su casa, y los aparatos de que adornaba su persona, para
mantener la reverencia y el temor de sus vasallos: á cuyo fin inventó
nuevas ceremonias y superfluidades, emendando, como defecto, la
humanidad con que se trataron hasta él los Reyes Mexicanos. Aumentó,
como diximos, en los principios de su reynado el número, la calidad y
el lucimiento de la familia real, componiéndola de gente noble, mas ó
ménos ilustre, segun los ministerios de su ocupacion: punto que
resistieron entónces sus consejeros, representándole que no convenia
desconsolar al pueblo con excluirle totalmente de su servicio; pero él
executó lo que le aconsejaba su vanidad: y era una de sus máxîmas,
que los Príncipes debian favorecer desde lejos á la gente sin
obligaciones, y considerar que no se hicieron los beneficios de la
confianza para los ánimos plebeyos.
Tenia dos géneros de guardias, una de gente militar, y tan numerosa,
que ocupaba los patios, y repartia diferentes esquadras á las puertas
principales: y otra de caballeros, cuya introduccion fué tambien de su
tiempo: constaba de hasta doscientos hombres de calidad conocida, y
estos entraban todos los dias en palacio con el mismo fin de guardar
la persona real, y asistir á su cortejo. Estaba repartido por turnos
con tiempo señalado este servicio de los nobles, y se iban mudando con
tal disposicion, que comprehendia toda la nobleza, no solo de la
ciudad, sino del reyno: y venian, á cumplir con esta obligacion,
quando les tocaba el turno, desde las ciudades mas remotas. Era su
asistencia en las antecámaras, donde comian de lo que sobraba en la
mesa del Rey. Solia permitir que entrasen algunos en su cámara,
mandándolos llamar, no tanto por favorecerlos, como para saber si
asistian, y tenerlos á todos en cuidado. Jactabase de haber
introducido este género de guardia, y no sin alguna política mas que
vulgar; porque solia decir á sus ministros que le servia de tener en
algun exercicio la obediencia de los nobles para enseñarlos á vivir
dependientes, y de conocer los sugetos de su Reyno para emplearlos
segun su capacidad.
Casaban los Reyes Mexicanos con hijas de otros Reyes tributarios
suyos: y Motezuma tenia dos mugeres de esta calidad con título de
Reynas en quartos separados de igual pompa y ostentacion. El número de
sus concubinas era exôrbitante y escandaloso; pues hallamos escrito
que habitaban dentro de su palacio mas de tres mil mugeres entre amas
y criadas, y que venian al exâmen de su antojo quantas nacian con
alguna hermosura en sus dominios, porque sus ministros y executores
las recogian á manera de tributo y vasallage: tratándose como
importancia del Reyno la torpeza del Rey.
Deshaciase de este género de mugeres con facilidad, poniéndolas en
estado para que ocupasen otras su lugar; y hallaban maridos entre la
gente de mayor calidad, porque salian ricas, y á su parecer,
condecoradas: tan lejos estaba de tener estimacion de virtud la
honestidad en una religion, donde no solo se permitian, pero se
mandaban las violencias de la razon natural. Afectaba mucho el
recogimiento de su casa, y tenia mugeres ancianas que atendiesen al
decoro de sus concubinas, sin permitir el menor desacierto en su
proceder; no tanto porque le disonasen las indecencias, como porque le
predominaban los zelos: y este cuidado con que procuraba mantener el
recato de su familia, que tiene por sí tanto de loable y puesto en
razon, era en él segunda liviandad, y pundonor poco generoso que se
formaba en la flaqueza de otra pasion.
Sus audiencias no eran fáciles ni freqüentes; pero duraban mucho, y se
adornaba esta funcion de grande aparato y solemnidad. Asistian á ellas
los próceres que tenian entrada en su quarto, seis ó siete consejeros
cerca de la silla, por si ocurriese alguna materia digna de consulta,
y diferentes secretarios que iban notando, con aquellos símbolos que
les servian de letras, las resoluciones y decretos, cada uno segun su
negociacion. Entraba descalzo el pretendiente, y hacia tres
reverencias sin levantar los ojos de la tierra, diciendo en la
primera, _Señor_: en la segunda, _mi Señor_: y en la tercera, _gran
Señor_. Hablaba en acto de mayor humiliacion, y se volvia despues á
retirar por los mismos pasos, repitiendo sus referencias sin volver
las espaldas, y cuidando mucho de los ojos; porque habia ciertos
ministros que castigaban luego los menores descuidos; y Motezuma era
observantísimo en estas ceremonias: cuidado que no se debe culpar en
los Príncipes, por consistir en ellas una de las prerogativas que los
diferencian de los otros hombres, y tener algo de substancia en el
respeto de los súbditos estas delicadezas de la Magestad. Escuchaba
con atencion, y respondia con severidad, midiendo, al parecer, la voz
con el semblante. Si alguno se turbaba en el razonamiento, le
procuraba cobrar, ó le señalaba uno de los ministros que le asistian,
para que le habláse con ménos embarazo: y solia despacharle mejor,
hallando en aquel miedo respectivo lisonja y discrecion. Preciabase
mucho del agrado y humanidad con que sufria las impertinencias de los
pretendientes, y la desproporcion de las pretensiones: y á la verdad
procuraba por aquel rato corregir los ímpetus de su condicion; pero no
todas veces lo podia conseguir, porque cedia lo violento á lo natural,
y la soberbia reprimida se parece poco á la benignidad.
Comia solo, y muchas veces en público; pero siempre con igual aparato.
Cubrianse los aparadores ordinariamente con mas de doscientos platos
de varios manjares á la condicion de su paladar, y algunos de ellos
tan bien sazonados, que no solo agradaron entónces á los Españoles,
pero se han procurado imitar en España: que no hay tierra tan bárbara
donde no se precie de ingenioso en sus desórdenes el apetito.
Antes de sentarse á comer registraba los platos, saliendo á reconocer
las diferencias de regalos que contenian; y satisfecha la gula de los
ojos, elegia los que mas le agradaban, y se repartian los demas entre
los Caballeros de su guardia: siendo esta profusion quotidiana una
pequeña parte del gasto que se hacia de ordinario en sus cocinas;
porque comian á su costa quantos habitaban en palacio, y quantos
acudian á él por obligacion de su oficio. La mesa era grande, pero
baxa de pies, y el asiento un taburete proporcionado. Los manteles de
blanco y sutil algodon, y las servilletas de lo mismo, algo
prolongadas. Atajábase la pieza por la mitad con una baranda, ó
biombo, que, sin impedir la vista, señalaba término al concurso, y
apartaba la familia. Quedaban dentro cerca de la mesa tres ó quatro
ministros ancianos de los mas favorecidos, y cerca de la baranda uno
de los criados mayores que alcanzaba los platos. Salian luego hasta
veinte mugeres vistosamente ataviadas, que servian la vianda, y
ministraban la copa con el mismo género de reverencias que usaban en
sus templos. Los platos eran de barro muy fino y solo servian una vez,
como los manteles y servilletas, que se repartian luego entre los
criados: los vasos de oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces
solia beber en cocos ó conchas naturales costosamente guarnecidas.
Tenian siempre á la mano diferentes géneros de bebidas, y él señalaba
las que apetecia: unas con olor, otras de hierbas saludables, y
algunas confecciones de ménos honesta calidad. Usaba con moderacion de
los vinos, ó mejor diriamos cervezas, que hacian aquellos Indios,
liquidando los granos del maiz por infusion y cocimiento, bebida que
turbaba la cabeza como el vino mas robusto. Al acabar de comer tomaba
ordinariamente un género de chocolate á su modo, en que iba la
substancia del cacao batida con el molinillo hasta llenar la xicara de
mas espuma que licor; y despues el humo del tabaco suavizado con
liquidambar: vicio que llamaban medicina, y en ellos tuvo algo de
supersticion, por ser el zumo de esta yerba uno de los ingredientes
con que se dementaban y enfurecian los sacerdotes siempre que
necesitaban de perder el entendimiento para entender al demonio.
Asistian ordinariamente á la comida tres ó quatro juglares de los que
mas sobresalian en el número de sus sabandijas: y estos procuraban
entretenerle, poniendo, como suelen, su felicidad en la risa de los
otros; y vistiendo las mas veces en trage de gracia la falta de
respeto. Solia decir Motezuma que los permitia cerca de su persona,
porque le decian algunas verdades: (poco las apeteceria quien las
buscaba en ellos, ó tendria por verdades las lisonjas): sentencia que
se pondera entre sus discreciones; pero mas reparamos en que llegáse á
conocer hasta un Príncipe bárbaro la culpa de admitirlos, pues buscaba
colores con que honestarlo.
Despues del rato del sosiego solian entrar sus músicos á divertirle: y
al son de flautas y caracoles, cuya desigualdad de sonidos concertaban
con algun género de consonancia, le cantaban diferentes composiciones
en varios metros, que tenian su número y cadencia: variando los tonos
con alguna modulacion buscada en la voluntad de su oído. El ordinario
asunto de sus canciones eran los acaecimientos de sus mayores, y los
hechos memorables de sus Reyes; y estas se cantaban en los templos, y
enseñaban á los niños, para que no se olvidasen las hazañas de su
nacion, haciendo el oficio de la historia con todos aquellos que no
entendian las pinturas y geroglíficos de sus anales. Tenian tambien
sus cantilenas alegres, de que usaban en sus bayles, con estribillos y
repeticiones de música mas bulliciosa: y eran tan inclinados á este
género de regocijos, y á otros espectáculos en que mostraban sus
habilidades, que, casi todas las tardes, habia fiestas públicas en
alguno de los barrios, unas veces de la nobleza, y otras de la gente
popular: y en aquella sazon fueron mas freqüentes, y de mayor
solemnidad, por el agasajo de los Españoles, fomentándolas y
asistiéndolas Motezuma contra el estilo de su austeridad; como quien
deseaba con algun género de ambicion que se contasen los exercicios de
la ociosidad entre las grandezas de su corte.
La mas señalada entre sus fiestas era un género de danzas que llamaban
mitotes: componianse de innumerable muchedumbre; unos vistosamente
adornados, y otros en trages y figuras extraordinarias. Entraban en
ellas los nobles, mezclándose con los plebeyos en honor de la
festividad: y tenian exemplar de haber entrado sus Reyes. Hacian el
son dos atabales de madera cóncava, desiguales en el tamaño y en el
sonido, baxo y tiple, unidos y templados no sin alguna conformidad.
Entraban de dos en dos haciendo sus mudanzas: y despues formaban
corro, hiriendo todos á un tiempo la tierra y el ayre con los pies,
sin perder el compás. Cansado un corro, sucedia otro con diferentes
saltos y movimientos, imitando los tripudios y coreas que celebró la
antigüedad; y algunas veces se mezclaban todos en alegre inquietud,
hasta que, mediando los brindis, y venciendo la embriaguez, de que se
hacia gala en estos dias, cesaba la fiesta, ó se convertia en otra
locura ménos ordenada.
Juntabase otras veces el pueblo en las plazas ó en los atrios de sus
templos á diferentes espectáculos y juegos. Habia desafíos de tirar al
blanco, y hacer otras destrezas admirables con el arco y la flecha.
Usaban de la carrera y la lucha con sus apuestas particulares, y
premios públicos para el vencedor. Tenian hombres agilísimos que
baylaban sin equilibrio en la maroma; y otros que hacian mudanzas y
vueltas con segundo baylarin sobre los hombros. Jugaban tambien á la
pelota igual número de competidores con un género de goma que
levantaba mucho los botes, y la traían largo rato en el ayre, hasta
que ganaban la raya los que daban con ella en el término contrapuesto:
victoria que se disputaba con tanta solemnidad, que venian los
sacerdotes con el Dios de la pelota (ridícula supersticion!) y
colocándole á la vista, conjuraban el trinquete con ciertas
ceremonias, que, á su parecer, dexaban corregidos los azares del
juego, igualando la fortuna de los jugadores.
Raros eran los dias en que no hubiese alguna fiesta que alegráse la
ciudad: y Motezuma gustaba de que se freqüentasen los bayles y los
regocijos; no porque fuesen de su genio, ni dexáse de conocer los
inconvenientes que se perdonan, ó se disimulan en estos bullicios de
la plebe; sino porque hallaba conveniencia en traer divertidos
aquellos ánimos inquietos, de cuya fidelidad vivia rezeloso. Propia
cavilacion de Príncipe tirano, dexar al pueblo estos incitamentos de
los vicios, para que no discurra en lo que padece: y mayor servidumbre
de la tiranía, necesitar de indignas permisiones, para introducir la
servidumbre con especie de libertad.