CAPITULO XV.

_Dáse noticia de la ostentacion y puntualidad con que se hacia

servir Motezuma en su palacio, del gasto de su mesa, de sus

audiencias, y otras particularidades de su economía y

divertimientos._

Era correspondiente á la suntuosidad y soberbia de sus edificios el

fausto de su casa, y los aparatos de que adornaba su persona, para

mantener la reverencia y el temor de sus vasallos: á cuyo fin inventó

nuevas ceremonias y superfluidades, emendando, como defecto, la

humanidad con que se trataron hasta él los Reyes Mexicanos. Aumentó,

como diximos, en los principios de su reynado el número, la calidad y

el lucimiento de la familia real, componiéndola de gente noble, mas ó

ménos ilustre, segun los ministerios de su ocupacion: punto que

resistieron entónces sus consejeros, representándole que no convenia

desconsolar al pueblo con excluirle totalmente de su servicio; pero él

executó lo que le aconsejaba su vanidad: y era una de sus máxîmas,

que los Príncipes debian favorecer desde lejos á la gente sin

obligaciones, y considerar que no se hicieron los beneficios de la

confianza para los ánimos plebeyos.

Tenia dos géneros de guardias, una de gente militar, y tan numerosa,

que ocupaba los patios, y repartia diferentes esquadras á las puertas

principales: y otra de caballeros, cuya introduccion fué tambien de su

tiempo: constaba de hasta doscientos hombres de calidad conocida, y

estos entraban todos los dias en palacio con el mismo fin de guardar

la persona real, y asistir á su cortejo. Estaba repartido por turnos

con tiempo señalado este servicio de los nobles, y se iban mudando con

tal disposicion, que comprehendia toda la nobleza, no solo de la

ciudad, sino del reyno: y venian, á cumplir con esta obligacion,

quando les tocaba el turno, desde las ciudades mas remotas. Era su

asistencia en las antecámaras, donde comian de lo que sobraba en la

mesa del Rey. Solia permitir que entrasen algunos en su cámara,

mandándolos llamar, no tanto por favorecerlos, como para saber si

asistian, y tenerlos á todos en cuidado. Jactabase de haber

introducido este género de guardia, y no sin alguna política mas que

vulgar; porque solia decir á sus ministros que le servia de tener en

algun exercicio la obediencia de los nobles para enseñarlos á vivir

dependientes, y de conocer los sugetos de su Reyno para emplearlos

segun su capacidad.

Casaban los Reyes Mexicanos con hijas de otros Reyes tributarios

suyos: y Motezuma tenia dos mugeres de esta calidad con título de

Reynas en quartos separados de igual pompa y ostentacion. El número de

sus concubinas era exôrbitante y escandaloso; pues hallamos escrito

que habitaban dentro de su palacio mas de tres mil mugeres entre amas

y criadas, y que venian al exâmen de su antojo quantas nacian con

alguna hermosura en sus dominios, porque sus ministros y executores

las recogian á manera de tributo y vasallage: tratándose como

importancia del Reyno la torpeza del Rey.

Deshaciase de este género de mugeres con facilidad, poniéndolas en

estado para que ocupasen otras su lugar; y hallaban maridos entre la

gente de mayor calidad, porque salian ricas, y á su parecer,

condecoradas: tan lejos estaba de tener estimacion de virtud la

honestidad en una religion, donde no solo se permitian, pero se

mandaban las violencias de la razon natural. Afectaba mucho el

recogimiento de su casa, y tenia mugeres ancianas que atendiesen al

decoro de sus concubinas, sin permitir el menor desacierto en su

proceder; no tanto porque le disonasen las indecencias, como porque le

predominaban los zelos: y este cuidado con que procuraba mantener el

recato de su familia, que tiene por sí tanto de loable y puesto en

razon, era en él segunda liviandad, y pundonor poco generoso que se

formaba en la flaqueza de otra pasion.

Sus audiencias no eran fáciles ni freqüentes; pero duraban mucho, y se

adornaba esta funcion de grande aparato y solemnidad. Asistian á ellas

los próceres que tenian entrada en su quarto, seis ó siete consejeros

cerca de la silla, por si ocurriese alguna materia digna de consulta,

y diferentes secretarios que iban notando, con aquellos símbolos que

les servian de letras, las resoluciones y decretos, cada uno segun su

negociacion. Entraba descalzo el pretendiente, y hacia tres

reverencias sin levantar los ojos de la tierra, diciendo en la

primera, _Señor_: en la segunda, _mi Señor_: y en la tercera, _gran

Señor_. Hablaba en acto de mayor humiliacion, y se volvia despues á

retirar por los mismos pasos, repitiendo sus referencias sin volver

las espaldas, y cuidando mucho de los ojos; porque habia ciertos

ministros que castigaban luego los menores descuidos; y Motezuma era

observantísimo en estas ceremonias: cuidado que no se debe culpar en

los Príncipes, por consistir en ellas una de las prerogativas que los

diferencian de los otros hombres, y tener algo de substancia en el

respeto de los súbditos estas delicadezas de la Magestad. Escuchaba

con atencion, y respondia con severidad, midiendo, al parecer, la voz

con el semblante. Si alguno se turbaba en el razonamiento, le

procuraba cobrar, ó le señalaba uno de los ministros que le asistian,

para que le habláse con ménos embarazo: y solia despacharle mejor,

hallando en aquel miedo respectivo lisonja y discrecion. Preciabase

mucho del agrado y humanidad con que sufria las impertinencias de los

pretendientes, y la desproporcion de las pretensiones: y á la verdad

procuraba por aquel rato corregir los ímpetus de su condicion; pero no

todas veces lo podia conseguir, porque cedia lo violento á lo natural,

y la soberbia reprimida se parece poco á la benignidad.

Comia solo, y muchas veces en público; pero siempre con igual aparato.

Cubrianse los aparadores ordinariamente con mas de doscientos platos

de varios manjares á la condicion de su paladar, y algunos de ellos

tan bien sazonados, que no solo agradaron entónces á los Españoles,

pero se han procurado imitar en España: que no hay tierra tan bárbara

donde no se precie de ingenioso en sus desórdenes el apetito.

Antes de sentarse á comer registraba los platos, saliendo á reconocer

las diferencias de regalos que contenian; y satisfecha la gula de los

ojos, elegia los que mas le agradaban, y se repartian los demas entre

los Caballeros de su guardia: siendo esta profusion quotidiana una

pequeña parte del gasto que se hacia de ordinario en sus cocinas;

porque comian á su costa quantos habitaban en palacio, y quantos

acudian á él por obligacion de su oficio. La mesa era grande, pero

baxa de pies, y el asiento un taburete proporcionado. Los manteles de

blanco y sutil algodon, y las servilletas de lo mismo, algo

prolongadas. Atajábase la pieza por la mitad con una baranda, ó

biombo, que, sin impedir la vista, señalaba término al concurso, y

apartaba la familia. Quedaban dentro cerca de la mesa tres ó quatro

ministros ancianos de los mas favorecidos, y cerca de la baranda uno

de los criados mayores que alcanzaba los platos. Salian luego hasta

veinte mugeres vistosamente ataviadas, que servian la vianda, y

ministraban la copa con el mismo género de reverencias que usaban en

sus templos. Los platos eran de barro muy fino y solo servian una vez,

como los manteles y servilletas, que se repartian luego entre los

criados: los vasos de oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces

solia beber en cocos ó conchas naturales costosamente guarnecidas.

Tenian siempre á la mano diferentes géneros de bebidas, y él señalaba

las que apetecia: unas con olor, otras de hierbas saludables, y

algunas confecciones de ménos honesta calidad. Usaba con moderacion de

los vinos, ó mejor diriamos cervezas, que hacian aquellos Indios,

liquidando los granos del maiz por infusion y cocimiento, bebida que

turbaba la cabeza como el vino mas robusto. Al acabar de comer tomaba

ordinariamente un género de chocolate á su modo, en que iba la

substancia del cacao batida con el molinillo hasta llenar la xicara de

mas espuma que licor; y despues el humo del tabaco suavizado con

liquidambar: vicio que llamaban medicina, y en ellos tuvo algo de

supersticion, por ser el zumo de esta yerba uno de los ingredientes

con que se dementaban y enfurecian los sacerdotes siempre que

necesitaban de perder el entendimiento para entender al demonio.

Asistian ordinariamente á la comida tres ó quatro juglares de los que

mas sobresalian en el número de sus sabandijas: y estos procuraban

entretenerle, poniendo, como suelen, su felicidad en la risa de los

otros; y vistiendo las mas veces en trage de gracia la falta de

respeto. Solia decir Motezuma que los permitia cerca de su persona,

porque le decian algunas verdades: (poco las apeteceria quien las

buscaba en ellos, ó tendria por verdades las lisonjas): sentencia que

se pondera entre sus discreciones; pero mas reparamos en que llegáse á

conocer hasta un Príncipe bárbaro la culpa de admitirlos, pues buscaba

colores con que honestarlo.

Despues del rato del sosiego solian entrar sus músicos á divertirle: y

al son de flautas y caracoles, cuya desigualdad de sonidos concertaban

con algun género de consonancia, le cantaban diferentes composiciones

en varios metros, que tenian su número y cadencia: variando los tonos

con alguna modulacion buscada en la voluntad de su oído. El ordinario

asunto de sus canciones eran los acaecimientos de sus mayores, y los

hechos memorables de sus Reyes; y estas se cantaban en los templos, y

enseñaban á los niños, para que no se olvidasen las hazañas de su

nacion, haciendo el oficio de la historia con todos aquellos que no

entendian las pinturas y geroglíficos de sus anales. Tenian tambien

sus cantilenas alegres, de que usaban en sus bayles, con estribillos y

repeticiones de música mas bulliciosa: y eran tan inclinados á este

género de regocijos, y á otros espectáculos en que mostraban sus

habilidades, que, casi todas las tardes, habia fiestas públicas en

alguno de los barrios, unas veces de la nobleza, y otras de la gente

popular: y en aquella sazon fueron mas freqüentes, y de mayor

solemnidad, por el agasajo de los Españoles, fomentándolas y

asistiéndolas Motezuma contra el estilo de su austeridad; como quien

deseaba con algun género de ambicion que se contasen los exercicios de

la ociosidad entre las grandezas de su corte.

La mas señalada entre sus fiestas era un género de danzas que llamaban

mitotes: componianse de innumerable muchedumbre; unos vistosamente

adornados, y otros en trages y figuras extraordinarias. Entraban en

ellas los nobles, mezclándose con los plebeyos en honor de la

festividad: y tenian exemplar de haber entrado sus Reyes. Hacian el

son dos atabales de madera cóncava, desiguales en el tamaño y en el

sonido, baxo y tiple, unidos y templados no sin alguna conformidad.

Entraban de dos en dos haciendo sus mudanzas: y despues formaban

corro, hiriendo todos á un tiempo la tierra y el ayre con los pies,

sin perder el compás. Cansado un corro, sucedia otro con diferentes

saltos y movimientos, imitando los tripudios y coreas que celebró la

antigüedad; y algunas veces se mezclaban todos en alegre inquietud,

hasta que, mediando los brindis, y venciendo la embriaguez, de que se

hacia gala en estos dias, cesaba la fiesta, ó se convertia en otra

locura ménos ordenada.

Juntabase otras veces el pueblo en las plazas ó en los atrios de sus

templos á diferentes espectáculos y juegos. Habia desafíos de tirar al

blanco, y hacer otras destrezas admirables con el arco y la flecha.

Usaban de la carrera y la lucha con sus apuestas particulares, y

premios públicos para el vencedor. Tenian hombres agilísimos que

baylaban sin equilibrio en la maroma; y otros que hacian mudanzas y

vueltas con segundo baylarin sobre los hombros. Jugaban tambien á la

pelota igual número de competidores con un género de goma que

levantaba mucho los botes, y la traían largo rato en el ayre, hasta

que ganaban la raya los que daban con ella en el término contrapuesto:

victoria que se disputaba con tanta solemnidad, que venian los

sacerdotes con el Dios de la pelota (ridícula supersticion!) y

colocándole á la vista, conjuraban el trinquete con ciertas

ceremonias, que, á su parecer, dexaban corregidos los azares del

juego, igualando la fortuna de los jugadores.

Raros eran los dias en que no hubiese alguna fiesta que alegráse la

ciudad: y Motezuma gustaba de que se freqüentasen los bayles y los

regocijos; no porque fuesen de su genio, ni dexáse de conocer los

inconvenientes que se perdonan, ó se disimulan en estos bullicios de

la plebe; sino porque hallaba conveniencia en traer divertidos

aquellos ánimos inquietos, de cuya fidelidad vivia rezeloso. Propia

cavilacion de Príncipe tirano, dexar al pueblo estos incitamentos de

los vicios, para que no discurra en lo que padece: y mayor servidumbre

de la tiranía, necesitar de indignas permisiones, para introducir la

servidumbre con especie de libertad.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 21 / 46 题