_Viene Motezuma el mismo dia por la tarde á visitar á Cortés en
su alojamiento. Refierese la oracion que hizo ántes de oir la
embaxada: y la respuesta de Cortés._
Era poco mas de medio dia quando entraron los Españoles en su
alojamiento; hallaron prevenido un banquete regalado y espléndido para
Cortés y los Cabos de su exército, con grande abundancia de
bastimentos ménos delicados para el resto de la gente, y muchos Indios
de servicio que ministraban los manjares y las bebidas con igual
silencio y puntualidad. Por la tarde vino Motezuma con la misma pompa
y acompañamiento á visitar á Cortés, que, avisado poco ántes, salió á
recibirle hasta el patio principal con todo el obsequio debido á
semejante favor. Acompañóle hasta la puerta de su quarto, donde le
hizo una profunda reverencia; y él pasó á tomar su asiento con despejo
y gravedad. Mandó luego que acercasen otro á Cortés: hizo seña para
que se apartasen á la pared los Caballeros que andaban cerca de su
persona; y Cortés advirtió lo mismo á los Capitanes que le asistian.
Llegaron los intérpretes: y quando se prevenia Hernan Cortés para dar
principio á su oracion, le detuvo Motezuma, dando á entender que tenia
que hablar ántes de oir: y se refiere que discurrió en esta
substancia:
"Antes que me deis la embaxada, ilustre Capitan y valerosos
extrangeros, del Príncipe grande que os envia, debeis vosotros,
y debo yo desestimar y poner en olvido lo que ha divulgado la
fama de nuestras personas y costumbres, introduciendo en
nuestros oídos aquellos vanos rumores que van delante de la
verdad, y suelen obscurecerla, declinando en lisonja ó
vituperio. En algunas partes os habrán dicho de mí que soy uno
de los Dioses inmortales, levantando hasta los Cielos mi poder
y mi naturaleza: en otras, que se desvela en mis opulencias la
fortuna: que son de oro las paredes y los ladrillos de mis
palacios, y que no cabe la tierra mis tesoros; y en otras, que
soy tirano, cruel y soberbio, que aborrezco la justicia, y que
no conozco la piedad. Pero los unos y los otros os han engañado
con igual encarecimiento: y para que no imagineis que soy
alguno de los Dioses, ó conozcais el desvarío de los que así me
imaginan, esta porcion de mi cuerpo (y desnudó parte del brazo)
desengañará vuestros ojos de que hablais con un hombre mortal
de la misma especie; pero mas noble, y mas poderoso que los
otros hombres. Mis riquezas no niego que son grandes; pero las
hace mayores la exâgeracion de mis vasallos. Esta casa que
habitais es uno de mis palacios. Mirad esas paredes hechas de
piedra y cal, materia vil que debe al arte su estimacion; y
colegid de uno y otro el mismo engaño y el mismo encarecimiento
en lo que os hubieren dicho de mis tiranías, suspendiendo el
juicio hasta que os entereis de mi razon, y despreciando ese
lenguage de mis rebeldes, hasta que veais si es castigo lo que
llaman infelicidad, y si pueden acusarle sin dexar de
merecerle. No de otra suerte han llegado á nuestros oídos
varios informes de vuestra naturaleza y operaciones. Algunos
han dicho que sois Deidades, que os obedecen las fieras, que
manejais los rayos, y que mandais en los elementos; y otros,
que os dexais dominar de los vicios, y que venis con una sed
insaciable del oro que produce nuestra tierra. Pero yo veo que
sois hombres de la misma composicion y masa que los demas;
aunque os diferencian de nosotros algunos accidentes de los que
suele influir el temperamento de la tierra en los mortales.
Esos brutos que os obedecen, ya conozco que son unos venados
grandes, que traeis domesticados y embebidos en aquella
doctrina imperfecta que puede comprehender el instinto de los
animales. Esas armas que se asemejan á los rayos, tambien
alcanzo que son unos cañones de metal no conocido, cuyo efecto
es como el de nuestras cerbatanas, ayre oprimido que busca
salida, y arroja el impedimento. Ese fuego que despiden con
mayor estruendo, será quando mucho algun secreto mas que
natural de la misma ciencia que alcanzan nuestros magos. Y en
lo demas que han dicho de vuestro proceder, hallo tambien,
segun la observacion que han hecho de vuestras costumbres mis
Embaxadores y confidentes, que sois benignos y religiosos, que
os enojais con razon, que sufris con alegría los trabajos, y
que no falta entre vuestras virtudes la liberalidad, que se
acompaña pocas veces con la codicia. De suerte que unos y otros
debemos olvidar las noticias pasadas y agradecer á nuestros
ojos el desengaño de nuestra imaginacion: con cuyo presupuesto
quiero que sepais ántes de hablarme, que no se ignora entre
nosotros, ni necesitamos de vuestra persuasion para creer que
el Príncipe grande, á quien obedeceis, es descendiente de
nuestro antiguo Quezalcoál, señor de las siete cuevas de los
Nautlácas, y Rey legítimo de aquellas siete naciones que dieron
principio al Imperio Mexicano. Por una profecía suya, que
veneramos como verdad infalible, y por la tradicion de los
siglos que se conserva en nuestros anales, sabemos que salió de
estas regiones á conquistar nuevas tierras hácia la parte del
oriente, y dexó prometido que, andando el tiempo, vendrian sus
descendientes á moderar nuestras leyes, ó poner en razon
nuestro gobierno. Y porque las señas que traeis conforman con
este vaticinio, y el Príncipe del oriente que os envia
manifiesta en vuestras mismas hazañas la grandeza de tan
ilustre progenitor, tenemos ya determinado que se haga en
obsequio suyo todo lo que alcanzaren nuestras fuerzas. De que
me ha parecido advertiros, para que hableis sin embarazo en sus
proposiciones, y atribuyais á tan alto principio estos excesos
de mi humanidad."
Acabó Motezuma su oracion, previniendo el oído con entereza y
magestad: cuya substancia dió bastante disposicion á Cortés para que,
sin apartarse del engaño que hallaba introducido en el concepto de
aquellos hombres, pudiese responderle, segun lo que hallamos escrito,
éstas ó semejantes razones:
"Despues, Señor, de rendiros las gracias por la suma benignidad
con que permitis vuestros oídos á nuestra embaxada, y por el
superior conocimiento con que nos habeis favorecido,
menospreciando en nuestro abono los siniestros informes de la
opinion, debo deciros, que tambien acerca de nosotros se ha
tratado la vuestra con aquel respeto y veneracion que
corresponde á vuestra grandeza. Mucho nos han dicho de vos en
esas tierras de vuestro dominio, unos afeando vuestras obras, y
otros poniendo entre sus Dioses vuestra persona; pero los
encarecimientos crecen ordinariamente con injuria de la verdad:
que, como es la voz de los hombres el instrumento de la fama,
suele participar de sus pasiones; y estas ó no entienden las
cosas como son, ó no las dicen como las entienden. Los
Españoles, Señor, tenemos otra vista con que pasamos á
discernir el color de las palabras, y por ellas el semblante
del corazon. Ni hemos creido á vuestros rebeldes, ni á vuestros
lisonjeros: con certidumbre de que sois Príncipe grande, y
amigo de la razon, venimos á vuestra presencia, sin necesitar
de los sentidos para conocer que sois Príncipe mortal. Mortales
somos tambien los Españoles, aunque mas valerosos, y de mayor
entendimiento que vuestros vasallos, por haber nacido en otro
clima de mas robustas influencias. Los animales que nos
obedecen no son como vuestros venados, porque tienen mayor
nobleza y ferocidad: brutos inclinados á la guerra, que saben
aspirar con alguna especie de ambicion á la gloria de su dueño.
El fuego de nuestras armas es obra natural de la industria
humana, sin que tenga parte alguna en su produccion esa
facultad que profesan vuestros magos, ciencia entre nosotros
abominable, y digna de mayor desprecio que la misma
ignorancia: con cuya suposicion, que me ha parecido necesaria
para satisfacer á vuestras advertencias, os hago saber con todo
el acatamiento debido á vuestra Magestad, que vengo á visitaros
como Embaxador del mas poderoso Monarca que registra el sol
desde su nacimiento: en cuyo nombre os propongo, que desea ser
vuestro amigo y confederado sin acordarse de los derechos
antiguos que habeis referido para otro fin que abrir el
comercio entre ambas Monarquías, y conseguir por este medio
vuestra comunicacion y vuestro desengaño. Y aunque pudiera,
segun la tradicion de vuestras mismas historias, aspirar á
mayor reconocimiento en estos dominios, solo quiere usar de su
autoridad para que le creais en lo mismo que os conviene, y
daros á entender que vos, Señor, y vosotros Mexicanos que me
oís (volviendo el rostro á los circunstantes) vivis engañados
en la religion que profesais, adorando unos leños insensibles,
obra de vuestras manos y de vuestra fantasía: porque solo hay
un Dios verdadero, Principio eterno, sin principio ni fin, de
todas las cosas, cuya omnipotencia infinita crió de nada esa
fábrica maravillosa de los cielos, el sol que nos alumbra, la
tierra que nos sustenta, y el primer hombre, de quien
procedemos todos con igual obligacion de reconocer y adorar á
nuestra Primera Causa. Esta Misma obligacion teneis vosotros
impresa en el alma; y conociendo su inmortalidad, la
desestimais y destruis, dando adoracion á los demonios, que son
unos espíritus inmundos, criaturas del mismo Dios, que por su
ingratitud y rebeldía fueron lanzados en ese fuego subterráno,
de que teneis alguna imperfecta noticia en el horror de
vuestros volcanes. Estos, que por su envidia y malignidad son
enemigos mortales del género humano, solicitan vuestra
perdicion, haciéndose adorar en esos ídolos abominables: suya
es la voz que alguna vez escuchais en las respuestas de
vuestros oráculos, y suyas las ilusiones con que suele
introducir, en vuestro entendimiento los errores de la
imaginacion. Ya conozco, Señor, que no son de este lugar los
misterios de tan alta enseñanza; pero solamente os amonesta ese
mismo Rey, á quien reconoceis tan antigua superioridad, que nos
oygais en este punto con ánimo indiferente, para que veais como
descansa vuestro espíritu en la verdad que os anunciamos, y
quantas veces habeis resistido á la razon natural, que os daba
luz suficiente para conocer vuestra ceguedad. Esto es lo
primero que desea de vuestra Magestad el Rey mi Señor, y esto
lo principal que os propone, como el medio mas eficaz para que
pueda estrecharse con durable amistad la confederacion de
ambas coronas, y no falten á su firmeza los fundamentos de la
Religion, que, sin dexar alguna discordia en los dictámenes,
introduzcan en el ánimo los vínculos de la voluntad."
Así procuró Hernan Cortés mantener entre aquella gente la estimacion
de sus fuerzas, sin apartarse de la verdad, y servirse del orígen que
buscaban á su Rey, ó no contradecir lo que tenian aprehendido, para
dar mayor autoridad á su embaxada. Pero Motezuma oyó con señas de poca
docilidad el punto de la Religion, obstinado con hipocresía en los
errores de su gentilidad; y levantándose de la silla:
"Yo acepto (dixo) con toda gratitud la confederacion y amistad
que me proponeis del gran descendiente de Quezalcoál; pero
todos los Dioses son buenos, y el vuestro puede ser todo lo que
decis sin ofensa de los mios. Descansad ahora, que en vuestra
casa estais, donde seréis asistido con todo el cuidado que se
debe á vuestro valor, y al Príncipe que os envia."
Mandó luego que entrasen algunos Indios de carga que traia prevenidos,
y ántes de partir presentó á Hernan Cortés diferentes piezas de oro,
cantidad de ropas de algodon, y varias curiosidades de pluma, dádiva
considerable por el valor y por el modo; y repartió algunas joyas y
preseas del mismo género entre los Españoles que estaban presentes,
dando uno y otro con alegre generosidad, sin hacer mucho caso del
beneficio; pero mirando á Cortés y á los suyos con un género de
satisfaccion, en que se conocia el cuidado antecedente, como los que
manifiestan su temor en lo mismo que se complacen de haberle perdido.