_Castígase la traycion de Cholúla: vuelvese á reducir y
pacificar la ciudad, y se hacen amigos los de esta nacion con
los Tlascaltécas._
Fueron llegando con el dia los Indios de carga que se habian pedido, y
algunos bastimentos, prevenido uno y otro con engañosa puntualidad.
Vinieron despues en tropas deshiladas los Indios armados, que, con
pretexto de acompañar la marcha, traían su contraseña para embestir
por la retaguardia, quando llegáse la ocasion: en cuyo número no
anduvieron escasos los Caciques; ántes dieron otro indicio de su
intencion, enviando mas gente que se les pedia. Pero Hernan Cortés los
hizo dividir en los patios del alojamiento, donde los aseguró
mañosamente, dándoles á entender que necesitaba de aquella separacion
para ir formando los esquadrones á su modo. Puso luego en órden sus
soldados, bien instruidos en lo que debian executar; y montando á
caballo con los que le habian de seguir en la faccion, hizo llamar á
los Caciques para justificar con ellos su determinacion: de los quales
vinieron algunos, y otros se excusaron. Dixoles en voz alta, y Doña
Marina se lo interpretó con igual vehemencia:
"Que ya estaba descubierta su traycion, y resuelto su castigo,
de cuyo rigor conocerian quánto les convenia la paz que
trataban de romper alevosamente."
Y apénas empezó á protestarles el daño que recibiesen, quando ellos se
retiraron á incorporarse con sus tropas, huyendo en mas que ordinaria
diligencia, y rompiendo la guerra con algunas injurias y amenazas, que
se dexaron oir desde lejos. Mandó entónces Hernan Cortés que cerrase
la infantería con los Indios naturales que tenia divididos en los
patios: y aunque fueron hallados con las armas prevenidas para
executar su traycion, y trataron de unirse para defenderse, quedaron
rotos y deshechos con poca dificultad, escapando solamente con la vida
los que pudieron esconderse, ó se arrojaron por las paredes,
sirviéndose de su ligereza, y de sus mismas lanzas para saltar de la
otra parte.
Aseguradas las espaldas con el estrago de aquellos enemigos
encubiertos, se hizo la seña para que se moviesen los Tlascaltécas:
avanzó poco á poco el exército por la calle principal, dexando en el
quartel la guardia que pareció necesaria. Echaronse delante algunos de
los Zempoales, que fuesen descubriendo las zanjas, porque no
peligrasen los caballos. No estaban descuidados entónces los de
Cholúla: que hallándose ya empeñados en la guerra descubierta,
convocaron el resto de los Mexicanos, y unidos en una gran plaza,
donde habia tres ó quatro adoratorios, pusieron en lo alto de sus
atrios y torres parte de su gente, y los demas se dividieron en
diferentes esquadrones para cerrar con los Españoles. Pero al mismo
tiempo que desembocó en la plaza el exército de Cortés, y se dió de
una parte y otra la primera carga, cerró por la retaguardia con los
enemigos el trozo de Tlascála, cuyo inopinado accidente los puso en
tanto pavor y desconcierto, que ni pudieron huir, ni supieron
defenderse; y solo se hallaba mas embarazo que oposicion en algunas
tropas descaminadas, que andaban de un peligro en otro con poca ó
ninguna eleccion: gente sin consejo, que acometia para escapar, y las
mas veces daban el pecho, sin acordarse de las manos. Murieron muchos
en este género de combates repetidos; pero el mayor número escapó á
los adoratorios, en cuyas gradas y terrados se descubrió una multitud
de hombres armados, que ocupaban, mas que guarnecian, las eminencias
de aquellos grandes edificios. Encargaronse de su defensa los
Mexicanos; pero se hallaban ya tan embarazados y oprimidos, que apénas
pudieron revolverse para dar algunas flechas al viento.
Acercóse con su exército Hernan Cortés al mayor de los adoratorios, y
mandó á sus intérpretes, que, levantando la voz, ofreciesen buen
pasage á los que voluntariamente baxasen á rendirse: cuya diligencia
se repitió con segundo y tercer requerimiento; y viendo que ninguno
se movia, ordenó que se pusiese fuego á los torreones del mismo
adoratorio: lo qual asientan que llegó á executarse, y que perecieron
muchos al rigor del incendio y la ruina. No parece fácil que se
pudiese introducir la llama en aquellos altos edificios, sin abrir
primero el paso de las gradas; si ya no lo consiguió Hernan Cortés,
valiéndose de las flechas encendidas con que arrojaban los Indios á
larga distancia sus fuegos artificiales. Pero nada bastó para
desalojar al enemigo, hasta que se abrevió el asalto por el camino que
abrió la artillería; y se observó dignamente que solo uno de tantos
como fueron deshechos en este adoratorio se rindió voluntariamente á
la merced de los Españoles. ¡Notable seña de su obstinacion!
Hizose la misma diligencia en los demas adoratorios, y despues se
corrió la ciudad, que á breve rato quedó enteramente despoblada, y
cesó la guerra por falta de enemigos. Los Tlascaltécas se desmandaron
con algun exceso en el pillage, y costó su dificultad el recogerlos:
hicieron muchos prisioneros: cargaron de ropas y mercaderías de valor;
y particularmente se cebaron en los almacenes de la sal, de cuya
provision remitieron luego algunas cargas á su ciudad, atendiendo á la
necesidad de su patria en el mismo calor de su codicia. Quedaron
muertos en las calles, templos y casas fuertes mas de seis mil hombres
entre naturales y Mexicanos. Faccion bien ordenada, y conseguida sin
alguna pérdida de los nuestros, que en la verdad tuvo mas de castigo
que de victoria.
Retiróse luego Hernan Cortés á su alojamiento con los Españoles y
Zempoales: y señalando quartel dentro de la ciudad á los Tlascaltécas,
trató de que fuesen puestos en libertad todos los prisioneros de ambas
naciones, cuyo número se componia de la gente mas principal, que se
iba reservando como presa de mas estimacion. Llamólos primero á su
presencia: y mandando que saliesen tambien de su retiro los
sacerdotes, la India que descubrió el trato, y los Embaxadores de
Motezuma, hizo á todos un breve razonamiento, doliéndose de que le
hubiesen obligado los vecinos de aquella ciudad á tan severa
demostracion; y despues de ponderar el delito, y de asegurar á todos
que ya estaba desenojado y satisfecho, mandó pregonar el perdon
general de lo pasado, sin excepcion de personas; y pidió con agradable
resolucion á los Caciques, que tratasen de que se volviese á poblar su
ciudad, recogiendo los fugitivos, y asegurando á los temerosos.
No acababan ellos de creer su libertad, enseñados al rigor con que
solian tratar á sus prisioneros; y besando la tierra en demostracion
de su agradecimiento, se ofrecieron con humilde solicitud á la
execucion de esta órden. Los Embaxadores procuraron disimular su
confusion, aplaudiendo el suceso de aquel dia: y Hernan Cortés se
congratuló con ellos, dexándose llevar de su disimulacion para
mantenerlos en buena fé, y afirmarse con nuevas exterioridades en la
política de interesar á Motezuma en el castigo de sus mismos
estratagemas. Volvióse á poblar brevemente la ciudad, porque la
demostracion de poner en libertad á los Caciques y sacerdotes con
tanta prontitud, y lo que ponderaron ellos esta clemencia de los
Españoles sobre tan justa provocacion, bastó para que se aseguráse la
gente que andaba derramada por los lugares del contorno.
Restituyeronse luego á sus casas los vecinos con sus familias:
abrieronse las tiendas, manifestaronse las mercaderías, y el tumulto
se convirtió de una vez en obediencia y seguridad. Accion en que no se
conoció tanto la natural facilidad con que se movian aquellos Indios
de un extremo á otro, como el gran concepto en que tenian á los
Españoles: pues hallaron en la misma justificacion de su castigo toda
la razon que hubieron menester para fiarse de su emienda.
El dia siguiente á la faccion llegó Xicotencál con un exército de
veinte mil hombres que, al primer aviso de los suyos, remitió la
república de Tlascála para el socorro de los Españoles. Tenian
prevenidas sus tropas, rezelando el suceso, y en todo se iban
experimentando las atenciones de aquella nacion. Hicieron alto fuera
de la ciudad, y Hernan Cortés los visitó y regaló con toda estimacion
de su fineza; pero los reduxo á que se volviesen, diciendo á
Xicotencál y á sus Capitanes:
"Que ya no era necesaria su asistencia para la reduccion de
Cholúla, y que hallándose con resolucion de marchar brevemente
la vuelta de México, no le convenia despertar la resistencia de
Motezuma, ó provocarle á que rompiese la guerra, introduciendo
en su dominio un grueso tan numeroso de Tlascaltécas enemigos
descubiertos de los Mexicanos."
A cuya razon no tuvieron que replicar; ántes la conocieron y
confesaron con ingenuidad, ofreciendo tener prevenidas sus tropas, y
acudir al socorro siempre que lo pidiese la necesidad.
Trató Cortés, primero que se retirasen, de hacer amigas aquellas dos
naciones de Tlascála y Cholúla: introduxo la plática, desvió las
dificultades; y como tenia ya tan asentada su autoridad con ambas
parcialidades, lo consiguió en breves dias, y se celebró acto de
confederacion y alianza entre las dos ciudades y sus distritos con
asistencia de sus Magistrados, y con las solemnidades y ceremonias de
su costumbre: cuerda mediacion, á que le obligaria la conveniencia de
abrir el paso á los de Tlascála, para que pudiesen subministrar con
mayor facilidad los socorros de que necesitáse, ó no dexar aquel
estorvo en su retirada, si el suceso no respondiese favorablemente á
su esperanza.
Así pasó el castigo de Cholúla, tan ponderado en los libros
extrangeros y en alguno de los naturales, que consiguió por este medio
el aplauso miserable de verse citado contra su nacion. Ponen esta
faccion entre las atrocidades que refieren de los Españoles en las
Indias, de cuyo encarecimiento se valen para desaprobar, ó satirizar
la conquista. Quieren dar al impulso de la codicia, y á la sed del oro
toda la gloria de lo que obraron nuestras armas, sin acordarse de que
abrieron el paso á la Religion, concurriendo en sus operaciones
especial asistencia el brazo de Dios. Lastímanse mucho de los Indios,
tratándolos como gente indefensa y sencilla, para que sobresalga lo
que padecieron: maligna compasion, hija del odio y de la envidia. No
necesita el caso de Cholúla de mas defensa que su misma narracion. En
él se conoce la malicia de aquellos bárbaros, como se sabian
aprovechar de la fuerza y del engaño, y quan justamente fué castigada
su alevosía: y de él se puede colegir quan apasionadamente se refieren
otros casos de horrible inhumanidad, ponderados con la misma
afectacion. No dexamos de conocer que se vieron en algunas partes de
las Indias acciones dignas de reprehension, obradas con queja de la
piedad y de la razon; pero ¿en quál empresa justa ó santa se dexaron
de perdonar algunos inconvenientes? ¿De quál exército bien
disciplinado se pudieron desterrar enteramente los abusos y
desórdenes, que llama el mundo licencias militares? ¿Y qué tienen que
ver estos inconvenientes menores con el acierto principal de la
conquista? No pueden negar los émulos de la nacion Española, que
resultó de este principio, y se consiguió con estos instrumentos la
conversion de aquella gentilidad, y el verse hoy restituida tanta
parte del mundo á su Criador. Querer que no fuese del agrado de Dios,
y de su altísima ordenacion la conquista de las Indias, por este ó
aquel delito de los Conquistadores, es equivocar la substancia con los
accidentes: que hasta en la obra inefable de nuestra Redencion se
presupuso como necesaria para la salud universal, la malicia de
aquellos pecadores permitidos, que ayudaron á labrar el mayor remedio
con la mayor iniquidad. Puedense conocer los fines de Dios en algunas
disposiciones, que traen consigo las señales de su providencia; pero
la proporcion, ó congruencia de los medios por donde se encaminan, es
punto reservado á su eterna sabiduría, y tan escondido á la prudencia
humana, que se deben oir con desprecio estos juicios apasionados,
cuyas sutilezas quieren parecer valentías del entendimiento, siendo en
la verdad atrevimientos de la ignorancia.