CAPITULO VII.

_Castígase la traycion de Cholúla: vuelvese á reducir y

pacificar la ciudad, y se hacen amigos los de esta nacion con

los Tlascaltécas._

Fueron llegando con el dia los Indios de carga que se habian pedido, y

algunos bastimentos, prevenido uno y otro con engañosa puntualidad.

Vinieron despues en tropas deshiladas los Indios armados, que, con

pretexto de acompañar la marcha, traían su contraseña para embestir

por la retaguardia, quando llegáse la ocasion: en cuyo número no

anduvieron escasos los Caciques; ántes dieron otro indicio de su

intencion, enviando mas gente que se les pedia. Pero Hernan Cortés los

hizo dividir en los patios del alojamiento, donde los aseguró

mañosamente, dándoles á entender que necesitaba de aquella separacion

para ir formando los esquadrones á su modo. Puso luego en órden sus

soldados, bien instruidos en lo que debian executar; y montando á

caballo con los que le habian de seguir en la faccion, hizo llamar á

los Caciques para justificar con ellos su determinacion: de los quales

vinieron algunos, y otros se excusaron. Dixoles en voz alta, y Doña

Marina se lo interpretó con igual vehemencia:

"Que ya estaba descubierta su traycion, y resuelto su castigo,

de cuyo rigor conocerian quánto les convenia la paz que

trataban de romper alevosamente."

Y apénas empezó á protestarles el daño que recibiesen, quando ellos se

retiraron á incorporarse con sus tropas, huyendo en mas que ordinaria

diligencia, y rompiendo la guerra con algunas injurias y amenazas, que

se dexaron oir desde lejos. Mandó entónces Hernan Cortés que cerrase

la infantería con los Indios naturales que tenia divididos en los

patios: y aunque fueron hallados con las armas prevenidas para

executar su traycion, y trataron de unirse para defenderse, quedaron

rotos y deshechos con poca dificultad, escapando solamente con la vida

los que pudieron esconderse, ó se arrojaron por las paredes,

sirviéndose de su ligereza, y de sus mismas lanzas para saltar de la

otra parte.

Aseguradas las espaldas con el estrago de aquellos enemigos

encubiertos, se hizo la seña para que se moviesen los Tlascaltécas:

avanzó poco á poco el exército por la calle principal, dexando en el

quartel la guardia que pareció necesaria. Echaronse delante algunos de

los Zempoales, que fuesen descubriendo las zanjas, porque no

peligrasen los caballos. No estaban descuidados entónces los de

Cholúla: que hallándose ya empeñados en la guerra descubierta,

convocaron el resto de los Mexicanos, y unidos en una gran plaza,

donde habia tres ó quatro adoratorios, pusieron en lo alto de sus

atrios y torres parte de su gente, y los demas se dividieron en

diferentes esquadrones para cerrar con los Españoles. Pero al mismo

tiempo que desembocó en la plaza el exército de Cortés, y se dió de

una parte y otra la primera carga, cerró por la retaguardia con los

enemigos el trozo de Tlascála, cuyo inopinado accidente los puso en

tanto pavor y desconcierto, que ni pudieron huir, ni supieron

defenderse; y solo se hallaba mas embarazo que oposicion en algunas

tropas descaminadas, que andaban de un peligro en otro con poca ó

ninguna eleccion: gente sin consejo, que acometia para escapar, y las

mas veces daban el pecho, sin acordarse de las manos. Murieron muchos

en este género de combates repetidos; pero el mayor número escapó á

los adoratorios, en cuyas gradas y terrados se descubrió una multitud

de hombres armados, que ocupaban, mas que guarnecian, las eminencias

de aquellos grandes edificios. Encargaronse de su defensa los

Mexicanos; pero se hallaban ya tan embarazados y oprimidos, que apénas

pudieron revolverse para dar algunas flechas al viento.

Acercóse con su exército Hernan Cortés al mayor de los adoratorios, y

mandó á sus intérpretes, que, levantando la voz, ofreciesen buen

pasage á los que voluntariamente baxasen á rendirse: cuya diligencia

se repitió con segundo y tercer requerimiento; y viendo que ninguno

se movia, ordenó que se pusiese fuego á los torreones del mismo

adoratorio: lo qual asientan que llegó á executarse, y que perecieron

muchos al rigor del incendio y la ruina. No parece fácil que se

pudiese introducir la llama en aquellos altos edificios, sin abrir

primero el paso de las gradas; si ya no lo consiguió Hernan Cortés,

valiéndose de las flechas encendidas con que arrojaban los Indios á

larga distancia sus fuegos artificiales. Pero nada bastó para

desalojar al enemigo, hasta que se abrevió el asalto por el camino que

abrió la artillería; y se observó dignamente que solo uno de tantos

como fueron deshechos en este adoratorio se rindió voluntariamente á

la merced de los Españoles. ¡Notable seña de su obstinacion!

Hizose la misma diligencia en los demas adoratorios, y despues se

corrió la ciudad, que á breve rato quedó enteramente despoblada, y

cesó la guerra por falta de enemigos. Los Tlascaltécas se desmandaron

con algun exceso en el pillage, y costó su dificultad el recogerlos:

hicieron muchos prisioneros: cargaron de ropas y mercaderías de valor;

y particularmente se cebaron en los almacenes de la sal, de cuya

provision remitieron luego algunas cargas á su ciudad, atendiendo á la

necesidad de su patria en el mismo calor de su codicia. Quedaron

muertos en las calles, templos y casas fuertes mas de seis mil hombres

entre naturales y Mexicanos. Faccion bien ordenada, y conseguida sin

alguna pérdida de los nuestros, que en la verdad tuvo mas de castigo

que de victoria.

Retiróse luego Hernan Cortés á su alojamiento con los Españoles y

Zempoales: y señalando quartel dentro de la ciudad á los Tlascaltécas,

trató de que fuesen puestos en libertad todos los prisioneros de ambas

naciones, cuyo número se componia de la gente mas principal, que se

iba reservando como presa de mas estimacion. Llamólos primero á su

presencia: y mandando que saliesen tambien de su retiro los

sacerdotes, la India que descubrió el trato, y los Embaxadores de

Motezuma, hizo á todos un breve razonamiento, doliéndose de que le

hubiesen obligado los vecinos de aquella ciudad á tan severa

demostracion; y despues de ponderar el delito, y de asegurar á todos

que ya estaba desenojado y satisfecho, mandó pregonar el perdon

general de lo pasado, sin excepcion de personas; y pidió con agradable

resolucion á los Caciques, que tratasen de que se volviese á poblar su

ciudad, recogiendo los fugitivos, y asegurando á los temerosos.

No acababan ellos de creer su libertad, enseñados al rigor con que

solian tratar á sus prisioneros; y besando la tierra en demostracion

de su agradecimiento, se ofrecieron con humilde solicitud á la

execucion de esta órden. Los Embaxadores procuraron disimular su

confusion, aplaudiendo el suceso de aquel dia: y Hernan Cortés se

congratuló con ellos, dexándose llevar de su disimulacion para

mantenerlos en buena fé, y afirmarse con nuevas exterioridades en la

política de interesar á Motezuma en el castigo de sus mismos

estratagemas. Volvióse á poblar brevemente la ciudad, porque la

demostracion de poner en libertad á los Caciques y sacerdotes con

tanta prontitud, y lo que ponderaron ellos esta clemencia de los

Españoles sobre tan justa provocacion, bastó para que se aseguráse la

gente que andaba derramada por los lugares del contorno.

Restituyeronse luego á sus casas los vecinos con sus familias:

abrieronse las tiendas, manifestaronse las mercaderías, y el tumulto

se convirtió de una vez en obediencia y seguridad. Accion en que no se

conoció tanto la natural facilidad con que se movian aquellos Indios

de un extremo á otro, como el gran concepto en que tenian á los

Españoles: pues hallaron en la misma justificacion de su castigo toda

la razon que hubieron menester para fiarse de su emienda.

El dia siguiente á la faccion llegó Xicotencál con un exército de

veinte mil hombres que, al primer aviso de los suyos, remitió la

república de Tlascála para el socorro de los Españoles. Tenian

prevenidas sus tropas, rezelando el suceso, y en todo se iban

experimentando las atenciones de aquella nacion. Hicieron alto fuera

de la ciudad, y Hernan Cortés los visitó y regaló con toda estimacion

de su fineza; pero los reduxo á que se volviesen, diciendo á

Xicotencál y á sus Capitanes:

"Que ya no era necesaria su asistencia para la reduccion de

Cholúla, y que hallándose con resolucion de marchar brevemente

la vuelta de México, no le convenia despertar la resistencia de

Motezuma, ó provocarle á que rompiese la guerra, introduciendo

en su dominio un grueso tan numeroso de Tlascaltécas enemigos

descubiertos de los Mexicanos."

A cuya razon no tuvieron que replicar; ántes la conocieron y

confesaron con ingenuidad, ofreciendo tener prevenidas sus tropas, y

acudir al socorro siempre que lo pidiese la necesidad.

Trató Cortés, primero que se retirasen, de hacer amigas aquellas dos

naciones de Tlascála y Cholúla: introduxo la plática, desvió las

dificultades; y como tenia ya tan asentada su autoridad con ambas

parcialidades, lo consiguió en breves dias, y se celebró acto de

confederacion y alianza entre las dos ciudades y sus distritos con

asistencia de sus Magistrados, y con las solemnidades y ceremonias de

su costumbre: cuerda mediacion, á que le obligaria la conveniencia de

abrir el paso á los de Tlascála, para que pudiesen subministrar con

mayor facilidad los socorros de que necesitáse, ó no dexar aquel

estorvo en su retirada, si el suceso no respondiese favorablemente á

su esperanza.

Así pasó el castigo de Cholúla, tan ponderado en los libros

extrangeros y en alguno de los naturales, que consiguió por este medio

el aplauso miserable de verse citado contra su nacion. Ponen esta

faccion entre las atrocidades que refieren de los Españoles en las

Indias, de cuyo encarecimiento se valen para desaprobar, ó satirizar

la conquista. Quieren dar al impulso de la codicia, y á la sed del oro

toda la gloria de lo que obraron nuestras armas, sin acordarse de que

abrieron el paso á la Religion, concurriendo en sus operaciones

especial asistencia el brazo de Dios. Lastímanse mucho de los Indios,

tratándolos como gente indefensa y sencilla, para que sobresalga lo

que padecieron: maligna compasion, hija del odio y de la envidia. No

necesita el caso de Cholúla de mas defensa que su misma narracion. En

él se conoce la malicia de aquellos bárbaros, como se sabian

aprovechar de la fuerza y del engaño, y quan justamente fué castigada

su alevosía: y de él se puede colegir quan apasionadamente se refieren

otros casos de horrible inhumanidad, ponderados con la misma

afectacion. No dexamos de conocer que se vieron en algunas partes de

las Indias acciones dignas de reprehension, obradas con queja de la

piedad y de la razon; pero ¿en quál empresa justa ó santa se dexaron

de perdonar algunos inconvenientes? ¿De quál exército bien

disciplinado se pudieron desterrar enteramente los abusos y

desórdenes, que llama el mundo licencias militares? ¿Y qué tienen que

ver estos inconvenientes menores con el acierto principal de la

conquista? No pueden negar los émulos de la nacion Española, que

resultó de este principio, y se consiguió con estos instrumentos la

conversion de aquella gentilidad, y el verse hoy restituida tanta

parte del mundo á su Criador. Querer que no fuese del agrado de Dios,

y de su altísima ordenacion la conquista de las Indias, por este ó

aquel delito de los Conquistadores, es equivocar la substancia con los

accidentes: que hasta en la obra inefable de nuestra Redencion se

presupuso como necesaria para la salud universal, la malicia de

aquellos pecadores permitidos, que ayudaron á labrar el mayor remedio

con la mayor iniquidad. Puedense conocer los fines de Dios en algunas

disposiciones, que traen consigo las señales de su providencia; pero

la proporcion, ó congruencia de los medios por donde se encaminan, es

punto reservado á su eterna sabiduría, y tan escondido á la prudencia

humana, que se deben oir con desprecio estos juicios apasionados,

cuyas sutilezas quieren parecer valentías del entendimiento, siendo en

la verdad atrevimientos de la ignorancia.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 13 / 46 题