_Hallanse nuevos indicios del trato doble de Cholúla: marcha el
exército la vuelta de aquella ciudad, reforzado con algunas
Capitanías de Tlascála._
Era cierto que Motezuma, sin resolverse á tomar las armas contra los
Españoles, trataba de acabar con ellos, sirviéndose del ardid, primero
que de la fuerza. Tenianle de nuevo atemorizado las respuestas de sus
oráculos: y el demonio, á quien embarazaba mucho la vecindad de los
Christianos, le apretaba con horribles amenazas en que los apartáse de
sí: unas veces enfurecia los sacerdotes y agoreros para que le
irritasen y enfureciesen: otras se le aparecia, tomando la figura de
sus ídolos, y le hablaba para introducir desde mas cerca el espíritu
de la ira en su corazon; pero siempre le dexaba inclinado á la
traycion y al engaño, sin proponerle que usáse de su poder y de sus
fuerzas. O no tendria permision para mayor violencia, ó como nunca
sabe aconsejar lo mejor, le retiraba los medios generosos, para
envilecerle con lo mismo que le animaba. Por una parte le faltaba el
valor para dexarse ver de aquella gente prodigiosa; y por otra le
parecia despreciable y de corto número su exército para empeñar
descubiertamente sus armas: y hallando pundonor en los engaños,
trataba solo de apartarlos de Tlascála, donde no podia introducir las
asechanzas, y llevarlos á Cholúla, donde las tenia ya dispuestas y
prevenidas.
Reparó Hernan Cortés en que no venian los de aquel gobierno á
visitarle, y comunicó su reparo á los Embaxadores Mexicanos,
estrañando mucho la desatencion de los Caciques, á cuyo cargo estaba
su alojamiento: pues no podian ignorar que le habian visitado con
ménos obligacion todas las poblaciones del contorno. Procuraron ellos
disculpar á los de Cholúla, sin dexar de confesar su inadvertencia: y
al parecer, solicitaron la emienda con algun aviso en diligencia;
porque tardaron poco en venir de parte de la ciudad quatro Indios mal
ataviados, gente de poca suposicion para Embaxadores, segun el uso de
aquellas naciones. Desacato que acriminaron los de Tlascála como nuevo
indicio de su mala intencion: y Hernan Cortés no los quiso admitir;
ántes mandó que se volviesen luego, diciendo en presencia de los
Mexicanos:
"Que sabian poco de urbanidad los Caciques de Cholúla, pues
querian emendar un descuido con una descortesía."
Llegó el dia de la marcha; y por mas que los Españoles tomaron la
mañana para formar su esquadron y el de los Zempoales, hallaron ya en
el campo un exército de Tlascaltécas prevenido por el Senado á
instancia de Magiscatzín, cuyos Cabos dixeron á Cortés:
"Que tenian órden de la república para servir debaxo de su
mano, y seguir sus banderas en aquella jornada, no solo hasta
Cholúla, sino hasta México, donde consideraban el mayor peligro
de su empresa."
Estaba la gente puesta en órden; y aunque unida y apretada, segun el
estílo de su milicia, ocupaba largo espacio de tierra; porque habian
convocado todas las naciones de su confederacion, y hecho un esfuerzo
extraordinario para la defensa de sus amigos, suponiendo que llegaria
el caso de afrontarse con las huestes de Motezuma. Distinguianse las
Capitanías por el color de los penachos, y por la diferencia de las
insignias, águilas, leones y otros animales feroces levantados en
alto, que, no sin presuncion de geroglíficos ó empresas, contenian
significacion, y acordaban á los soldados la gloria militar de su
nacion. Algunos de nuestros escritores se alargan á decir que constaba
todo el grueso de cien mil hombres armados: otros andan mas detenidos
en lo verisímil; pero con el número menor queda grande la accion de
los Tlascaltécas, digna verdaderamente de ponderacion por la
substancia y por el modo. Agradeció Cortés con palabras de todo
encarecimiento esta demostracion: y necesitó de alguna porfía para
reducirlos á que no convenia que le siguiese tanta gente quando iba de
paz; pero lo consiguió finalmente, dexándolos satisfechos con permitir
que le siguiesen algunas Capitanías con sus Cabos, y quedáse reservado
el grueso para marchar en su socorro, si lo pidiese la necesidad.
Nuestro Bernal Diaz escribe que llevó consigo dos mil Tlascaltécas.
Antonio de Herrera dice tres mil; pero el mismo Hernan Cortés confiesa
en sus relaciones que llevó seis mil; y no cuidaba tan poco de su
gloria, que supondria mayor número de gente, para dexar ménos
admirable su resolucion.
Puesta en órden la marcha.... Pero no pasemos en silencio una novedad
que merece reflexîon, y pertenece á este lugar. Quedó en Tlascála,
quando salieron los Españoles de aquella ciudad, una cruz de madera,
fixa en un lugar eminente y descubierto, que se colocó de comun
consentimiento el dia de la entrada: y Hernan Cortés no quiso que se
deshiciese, por mas que se tratasen como culpas los excesos de su
piedad, ántes encargó á los Caciques su veneracion; pero debia de ser
necesaria mayor recomendacion para que duráse con seguridad entre
aquellos Infieles: porque apénas se apartaron de la ciudad los
Christianos, quando á vista de los Indios baxó del cielo una
prodigiosa nube á cuidar de su defensa. Era de agradable y exquisita
blancura, y fué descendiendo por la region del ayre, hasta que,
dilatada en forma de coluna, se detuvo perpendicularmente sobre la
misma cruz, donde perseveró mas ó ménos distinta (maravillosa
providencia) tres ó quatro años que se dilató por varios accidentes la
conversion de aquella provincia. Salia de la nube un género de
resplandor mitigado, que infundia veneracion, y no se dexaba mezclar
entre las tinieblas de la noche. Los Indios se atemorizaban al
principio, conociendo el prodigio, sin discurrir en el misterio; pero
despues consideraron mejor aquella novedad, y perdieron el miedo sin
menoscabo de la admiracion. Decian públicamente que aquella santa
señal encerraba dentro de sí alguna Deidad, y que no en vano la
veneraban tanto sus amigos los Españoles: procuraban imitarlos,
doblando la rodilla en su presencia, y acudian á ella con sus
necesidades, sin acordarse de los ídolos, ó freqüentando ménos sus
adoratorios: cuya devocion (si así se puede llamar aquel género de
afecto que sentian como influencia de causa no conocida) fué
creciendo con tanto fervor de nobles y plebeyos, que los sacerdotes y
agoreros entraron en zelos de su religion, y procuraron diversas veces
arrancar y hacer pedazos la cruz; pero siempre volvian escarmentados,
sin atreverse á decir lo que les sucedia, por no desautorizarse con el
pueblo. Así lo refieren Autores fidedignos, y así cuidaba el Cielo de
ir disponiendo aquellos ánimos para que recibiesen despues con ménos
resistencia el Evangelio: como el labrador, que, ántes de repartir la
semilla, facilita su produccion con el primer beneficio de la tierra.
No se ofreció novedad en la primera marcha; porque ya no lo era el
concurso innumerable de los Indios que salian á los caminos, ni
aquellos alaridos que pasaban por aclamaciones. Caminaronse quatro
leguas de las cinco que distaba entónces Cholúla de la antigua
Tlascála: y pareció hacer alto cerca de un rio de apacible ribera, por
no entrar con la noche á los ojos en lugar de tanta poblacion. Poco
despues que se asentó el quartel, y distribuyeron las órdenes
convenientes á su defensa y seguridad, llegaron segundos Embaxadores
de aquella ciudad, gente de mas porte, y mejor adornada. Traían un
regalo de vituallas diferentes, y dieron su embaxada con grande
aparato de reverencias, que se reduxo á disculpar la tardanza de sus
Caciques, con pretexto de que no podian entrar en Tlascála, siendo
sus enemigos los de aquella nacion: ofrecer el alojamiento que tenia
prevenido su ciudad; y ponderar el regocijo con que celebraban sus
ciudadanos la dicha de merecer unos huespedes tan aplaudidos por sus
hazañas, y tan amables por su benignidad: dicho uno y otro con
palabras, al parecer, sencillas, ó que traían bien desfigurado el
artificio. Hernan Cortés admitió gratamente la disculpa y el regalo,
cuidando tambien de que no se conociese afectacion en su seguridad: y
el dia siguiente, poco despues de amanecer, se continuó la marcha con
la misma órden, y no sin algun cuidado, que obligó á mayor vigilancia:
porque tardaba el recibimiento de la ciudad, y no dexaba de hacer
ruido este reparo entre los demas indicios. Pero al llegar el exército
cerca de la poblacion, prevenidas ya las armas para el combate, se
dexaron ver los Caciques y sacerdotes con numeroso acompañamiento de
gente desarmada. Mandó Cortés que se hiciese alto para recibirlos; y
ellos cumplieron con su funcion tan reverentes y regocijados, que no
dexaron que rezelar por entónces al cuidado con que se observaban sus
acciones y movimientos; pero al reconocer el grueso de los
Tlascaltécas que venía en la retaguardia, torcieron el semblante, y se
levantó entre los mas principales del recibimiento un rumor
desagradable, que volvió á despertar el rezelo en los Españoles.
Dióse órden á Doña Marina para que averiguáse la causa de aquella
novedad; y por su medio respondieron:
"Que los de Tlascála no podian entrar con armas en su ciudad,
siendo enemigos de su nacion, y rebeldes á su Rey."
Instaban en que se detuviesen, y retirasen luego á su tierra como
estorvos de la paz que se venía publicando, y representaban sus
inconvenientes sin alterarse ni descomponerse, firmes en que no era
posible; pero contenida la determinacion en los límites del ruego.
Hallóse Cortés algo embarazado con esta demanda, que parecia
justificada, y podia ser poco segura: procuró sosegarlos con
esperanzas de algun temperamento, que mediáse aquella diferencia; y
comunicando brevemente la materia con sus Capitanes, pareció que sería
bien proponer á los Tlascaltécas que se alojasen fuera de la ciudad,
hasta que se penetráse la intencion de aquellos Caciques, ó se
volviese á la marcha. Fueron con esta proposicion, que, al parecer,
tenia su dureza, los Capitanes Pedro de Alvarado y Christoval de Olid,
y la hicieron, valiéndose igualmente de la persuasion y de la
autoridad, como quien llevaba la órden, y obligaba con dar la razon.
Pero ellos anduvieron tan atentos, que atajaron la instancia,
diciendo:
"Que no venian á disputar, sino á obedecer, y que tratarian
luego de abarracarse fuera de la poblacion en parage donde
pudiesen acudir prontamente á la defensa de sus amigos, ya que
se querian aventurar contra toda razon, fiándose de aquellos
traydores."
Comunicóse luego este partido con los de Cholúla, y le abrazaron
tambien con facilidad, quedando ambas naciones no solo satisfechas,
sino con algun género de vanidad, hecha de su misma oposicion: los
unos, porque se persuadieron á que vencian, dexando poco ayrosos y
desacomodados á sus enemigos; y los otros, porque se dieron á entender
que el no admitirlos en su ciudad era lo mismo que temerlos. Así
equivoca la imaginacion de los hombres la esencia y el color de las
cosas, que ordinariamente se estiman como se aprenden, y se aprenden
como se desean.