CAPITULO IV.

_Despacha Hernan Cortés los Embaxadores de Motezuma. Reconoce

Diego de Ordaz el volcan de Popocatepec, y se resuelve la

jornada por Cholúla._

Pasados tres ó quatro dias, que se gastaron en estas primeras

funciones de Tlascála, volvió el ánimo Cortés al despacho de los

Embaxadores Mexicanos. Detuvolos para que viesen totalmente rendidos á

los que tenian por indómitos: y la respuesta que les dió fué breve y

artificiosa:

"Que dixesen á Motezuma lo que llevaban entendido, y habia

pasado en su presencia: las instancias y demostraciones con que

solicitaron y merecieron la paz los de Tlascála: el afecto y

buena correspondencia con que la mantenian: que ya estaban á su

disposicion, y era tan dueño de sus voluntades, que esperaba

reducirlos á la obediencia de su Príncipe, siendo esta una de

las conveniencias que resultarian de su embaxada, entre otras

de mayor importancia, que le obligaban á continuar el viage, y

á solicitar entónces su benignidad, para merecer despues su

agradecimiento."

Con cuyo despacho, y la escolta que pareció necesaria, partieron

luego los Embaxadores mas enterados de la verdad, que satisfechos de

la respuesta. Y Hernan Cortés se halló empeñado en detenerse algunos

dias en Tlascála, porque iban llegando á dar la obediencia los pueblos

principales de la república, y las naciones de su confederacion, cuyo

acto se revalidaba con instrumento público, y se autorizaba con el

nombre del Rey Don Carlos, conocido ya y venerado entre aquellos

Indios con un género de verdad en la sujecion, que se dexaba colegir

del respeto que tenian á sus vasallos.

Sucedió por este tiempo un accidente que hizo novedad á los Españoles,

y puso en confusion á los Indios. Descubrese desde lo alto del sitio,

donde estaba entónces la ciudad de Tlascála, el volcan de Popocatepec

en la cumbre de una sierra, que á distancia de ocho leguas se

descuella considerablemente sobre los otros montes. Empezó en aquella

sazon á turbar el dia con grandes y espantosas avenidas de humo tan

rápido y violento, que subia derecho largo espacio del ayre, sin ceder

á los ímpetus del viento, hasta que, perdiendo la fuerza en lo alto,

se dexaba esparcir y dilatar á todas partes, y formaba una nube mas ó

ménos obscura, segun la porcion de ceniza que llevaba consigo. Salian

de quando en quando mezcladas con el humo algunas llamaradas ó globos

de fuego, que, al parecer, se dividian en centellas; y serian las

piedras encendidas que arrojaba el volcan, ó algunos pedazos de

materia combustible, que duraban segun su alimento.

No se espantaban los Indios de ver el humo, por ser freqüente y casi

ordinario en este volcan; pero el fuego, que se manifestaba pocas

veces, los entristecia y atemorizaba como presagio de venideros males:

porque tenian aprendido que las centellas, quando se derramaban por el

ayre, y no volvian á caer en el volcan, eran las almas de los tiranos

que salian á castigar la tierra: y que sus Dioses, quando estaban

indignados, se valian de ellos como instrumentos adequados á la

calamidad de los pueblos.

En este delirio de su imaginacion estaban discurriendo con Hernan

Cortés Magiscatzín, y algunos de aquellos magnátes que ordinariamente

le asistian: y él reparando en aquel rudo conocimiento que mostraban

de la inmortalidad, premio y castigo de las almas, procuraba darles á

entender los errores con que tenian desfigurada esta verdad, quando

entró Diego de Ordaz á pedirle licencia para reconocer desde mas cerca

el volcan, ofreciendo subir á lo alto de la sierra, y observar todo el

secreto de aquella novedad. Espantaronse los Indios de oir semejante

proposicion; y procurando informarle del peligro, y desviarle del

intento, decian:

"Que los mas valientes de su tierra solo se atrevian á visitar

alguna vez unas ermitas de sus Dioses que estaban á la mitad

de la eminencia; pero que de allí adelante no se hallaria

huella de humano pie, ni eran sufribles los temblores y

bramidos con que se defendia la montaña."

Diego de Ordaz se encendió mas en su deseo con la misma dificultad que

le ponderaban: y Hernan Cortés, aunque lo tuvo por temeridad, le dió

licencia para intentarlo, porque viesen aquellos Indios, que no

estaban negados, sus imposibles al valor de los Españoles: zeloso á

todas horas de su reputacion y la de su gente.

Acompañaron á Diego de Ordaz en esta faccion dos soldados de su

compañía y algunos Indios principales, que ofrecieron llegar con él

hasta las ermitas, lastimándose mucho de que iban á ser testigos de su

muerte. Es el monte muy delicioso en su principio: hermoseanle por

todas partes frondosas arboledas, que, subiendo largo trecho con la

cuesta, suavizan el camino con su amenidad, y, al parecer, con

engañoso divertimiento llevan al peligro por el deleyte. Vase despues

esterilizando la tierra, parte con la nieve que dura todo el año en

los parages que desampara el sol ó perdona el fuego, y parte con la

ceniza que blanquea tambien desde lejos con la oposicion del humo.

Quedaronse los Indios en la estancia de las ermitas, y partió Diego de

Ordaz con sus dos soldados, trepando animosamente por los riscos, y

poniendo muchas veces los pies donde estuvieron las manos: pero

quando llegaron á poca distancia de la cumbre, sintieron que se movia

la tierra con violentos y repetidos bayvenes, y percibieron los

bramidos horribles del volcan, que á breve rato disparó con mayor

estruendo gran cantidad de fuego envuelto en humo y ceniza: y aunque

subió derecho sin calentar lo transversal del ayre, se dilató despues

en lo alto, y volvió sobre los tres una lluvia de ceniza tan espesa y

tan encendida, que necesitaron de buscar su defensa en el cóncavo de

una peña, donde faltó el aliento á los Españoles, y quisieron

volverse; pero Diego de Ordaz viendo que cesaba el terremoto, que se

mitigaba el estruendo, y salia ménos denso el humo, los ánimo con

adelantarse, y llegó intrepidamente á la boca del volcan, en cuyo

fondo observó una gran masa de fuego, que, al parecer, hervia como

materia líquida y resplandeciente; y reparó en el tamaño de la boca

que ocupaba casi toda la cumbre, y tendria como un quarto de legua su

circunferencia. Volvieron con esta noticia, y recibieron enhorabuenas

de su hazaña, con grande asombro de los Indios, que redundó en mayor

estimacion de los Españoles. Esta bizarría de Diego de Ordaz no pasó

entónces de una curiosidad temeraria; pero el tiempo la hizo de

conseqüencia, y todo servia en esta obra: pues hallándose despues el

exército con falta de pólvora para la segunda entrada que se hizo por

fuerza de armas en México, se acordó Cortés de los hervores de fuego

líquido que se vieron en este volcan, y halló en él toda la cantidad

que hubo menester de finísimo azufre para fabricar esta municion: con

que se hizo recomendable y necesario el arrojamiento de Diego de

Ordaz, y fué su noticia de tanto provecho en la conquista, que se la

premió despues el Emperador con algunas mercedes, y ennobleció la

misma faccion dándole por armas el volcan.

Veinte dias se detuvieron los Españoles en Tlascála, parte por las

visitas que ocurrieron de las naciones vecinas, y parte por el

consuelo de los mismos naturales, tan bien hallados ya con los

Españoles, que procuraban dilatar el plazo de su ausencia con varios

festejos y regocijos públicos, bayles á su modo, y exercicios de sus

agilidades. Señalado el dia para la jornada, se movió disputa sobre la

eleccion del camino: inclinabase Cortés á ir por Cholúla, ciudad, como

diximos, de gran poblacion, en cuyo distrito solian alojarse las

tropas veteranas de Motezuma.

Contradecian esta resolucion los Tlascaltécas, aconsejando que se

guiáse la marcha por Guajozingo, pais abundante y seguro: porque los

de Cholúla, sobre ser naturalmente sagaces y traydores, obedecian con

miedo servil á Motezuma, siendo los vasallos de su mayor confianza y

satisfaccion; á que añadian:

"Que aquella ciudad estaba reputada en todos sus contornos por

tierra sagrada y religiosa, por tener dentro de sus muros mas

de quatrocientos templos con unos Dioses tan mal

acondicionados, que asombraban el mundo con sus prodigios: por

cuya razon no era seguro penetrar sus términos, sin tener

primero algunas señales de su beneplácito."

Los Zempoales, ménos supersticiosos ya con el trato de los Españoles,

despreciaban estos prodigios; pero seguian la misma opinion, acordando

y repitiendo los motivos que dieron en Zocothlán para desviar el

exército de aquella ciudad.

Pero ántes que se tomáse acuerdo en este punto, llegaron nuevos

Embaxadores de Motezuma con otro presente, y noticia de que ya estaba

su Emperador reducido á dexarse visitar de los Españoles, dignándose

de recibir gratamente la embaxada que le traían: y entre otras cosas

que discurrieron concernientes al viage, dieron á entender que dexaban

prevenido el alojamiento en Cholúla; con que se hizo necesario el

empeño de ir por aquella ciudad; no porque se fiáse mucho de esta

inopinada y repentina mudanza de Motezuma, ni dexáse de parecer

intempestiva y sospechosa tanta facilidad sobre tanta resistencia:

pero Hernan Cortés ponia gran cuidado en que no le viesen aquellos

Mexicanos rezeloso, de cuyo temor se componia su mayor seguridad. Los

Tlascaltécas del gobierno, quando supieron la proposicion de Motezuma,

dieron por hecho el trato doble de Cholúla, y volvieron á su

instancia, temiendo con buena voluntad el peligro de sus amigos: y

Magiscatzín, que tenia mayor afecto á los Españoles, y amaba

particularmente á Cortés con inclinacion apasionada, le apretó mucho

en que no fuese por aquella ciudad; pero él, que deseaba darle

satisfaccion de lo que agradecia su cuidado, y estimaba su consejo,

convocó luego á sus Capitanes, y en su presencia se propuso la duda, y

se pesaron las razones que por una y otra parte ocurrian: cuya

resolucion fué:

"Que ya no era posible dexar de admitir el alojamiento que

proponian los Mexicanos, sin que pareciese rezelo anticipado;

ni quando fuese cierta la sospecha, convenia pasar á mayor

empeño, dexando la traycion á las espaldas; ántes se debia ir á

Cholúla para descubrir el ánimo de Motezuma, y dar nueva

reputacion al exército con el castigo de sus asechanzas."

Reduxose Magiscatzín al mismo dictámen, venerando con docilidad el

superior juicio de los Españoles. Peno sin apartarse del rezelo que le

obligó á sentir lo contrario, pidió licencia para juntar las tropas de

su república, y asistir á la defensa de sus amigos en un peligro tan

evidente: que no era razon que, por ser ellos invencibles, quitasen á

los Tlascaltécas la gloria de cumplir con su obligacion. Pero Hernan

Cortés, aunque no dexaba de conocer el riesgo, ni le sonó mal este

ofrecimiento, se detuvo en admitirle, porque le hacia disonancia el

empezar tan presto á desfrutar los socorros de aquella gente recien

pacificada: y así le respondió agradeciendo mucho su atencion; y

últimamente le dixo:

"Que no era necesaria por entónces aquella prevencion;"

pero se lo dixo con floxedad, como quien deseaba que se hiciese, y no

queria darlo á entender: especie de rehusar, que suele ser poco ménos

que pedir.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 10 / 46 题