_Despacha Hernan Cortés los Embaxadores de Motezuma. Reconoce
Diego de Ordaz el volcan de Popocatepec, y se resuelve la
jornada por Cholúla._
Pasados tres ó quatro dias, que se gastaron en estas primeras
funciones de Tlascála, volvió el ánimo Cortés al despacho de los
Embaxadores Mexicanos. Detuvolos para que viesen totalmente rendidos á
los que tenian por indómitos: y la respuesta que les dió fué breve y
artificiosa:
"Que dixesen á Motezuma lo que llevaban entendido, y habia
pasado en su presencia: las instancias y demostraciones con que
solicitaron y merecieron la paz los de Tlascála: el afecto y
buena correspondencia con que la mantenian: que ya estaban á su
disposicion, y era tan dueño de sus voluntades, que esperaba
reducirlos á la obediencia de su Príncipe, siendo esta una de
las conveniencias que resultarian de su embaxada, entre otras
de mayor importancia, que le obligaban á continuar el viage, y
á solicitar entónces su benignidad, para merecer despues su
agradecimiento."
Con cuyo despacho, y la escolta que pareció necesaria, partieron
luego los Embaxadores mas enterados de la verdad, que satisfechos de
la respuesta. Y Hernan Cortés se halló empeñado en detenerse algunos
dias en Tlascála, porque iban llegando á dar la obediencia los pueblos
principales de la república, y las naciones de su confederacion, cuyo
acto se revalidaba con instrumento público, y se autorizaba con el
nombre del Rey Don Carlos, conocido ya y venerado entre aquellos
Indios con un género de verdad en la sujecion, que se dexaba colegir
del respeto que tenian á sus vasallos.
Sucedió por este tiempo un accidente que hizo novedad á los Españoles,
y puso en confusion á los Indios. Descubrese desde lo alto del sitio,
donde estaba entónces la ciudad de Tlascála, el volcan de Popocatepec
en la cumbre de una sierra, que á distancia de ocho leguas se
descuella considerablemente sobre los otros montes. Empezó en aquella
sazon á turbar el dia con grandes y espantosas avenidas de humo tan
rápido y violento, que subia derecho largo espacio del ayre, sin ceder
á los ímpetus del viento, hasta que, perdiendo la fuerza en lo alto,
se dexaba esparcir y dilatar á todas partes, y formaba una nube mas ó
ménos obscura, segun la porcion de ceniza que llevaba consigo. Salian
de quando en quando mezcladas con el humo algunas llamaradas ó globos
de fuego, que, al parecer, se dividian en centellas; y serian las
piedras encendidas que arrojaba el volcan, ó algunos pedazos de
materia combustible, que duraban segun su alimento.
No se espantaban los Indios de ver el humo, por ser freqüente y casi
ordinario en este volcan; pero el fuego, que se manifestaba pocas
veces, los entristecia y atemorizaba como presagio de venideros males:
porque tenian aprendido que las centellas, quando se derramaban por el
ayre, y no volvian á caer en el volcan, eran las almas de los tiranos
que salian á castigar la tierra: y que sus Dioses, quando estaban
indignados, se valian de ellos como instrumentos adequados á la
calamidad de los pueblos.
En este delirio de su imaginacion estaban discurriendo con Hernan
Cortés Magiscatzín, y algunos de aquellos magnátes que ordinariamente
le asistian: y él reparando en aquel rudo conocimiento que mostraban
de la inmortalidad, premio y castigo de las almas, procuraba darles á
entender los errores con que tenian desfigurada esta verdad, quando
entró Diego de Ordaz á pedirle licencia para reconocer desde mas cerca
el volcan, ofreciendo subir á lo alto de la sierra, y observar todo el
secreto de aquella novedad. Espantaronse los Indios de oir semejante
proposicion; y procurando informarle del peligro, y desviarle del
intento, decian:
"Que los mas valientes de su tierra solo se atrevian á visitar
alguna vez unas ermitas de sus Dioses que estaban á la mitad
de la eminencia; pero que de allí adelante no se hallaria
huella de humano pie, ni eran sufribles los temblores y
bramidos con que se defendia la montaña."
Diego de Ordaz se encendió mas en su deseo con la misma dificultad que
le ponderaban: y Hernan Cortés, aunque lo tuvo por temeridad, le dió
licencia para intentarlo, porque viesen aquellos Indios, que no
estaban negados, sus imposibles al valor de los Españoles: zeloso á
todas horas de su reputacion y la de su gente.
Acompañaron á Diego de Ordaz en esta faccion dos soldados de su
compañía y algunos Indios principales, que ofrecieron llegar con él
hasta las ermitas, lastimándose mucho de que iban á ser testigos de su
muerte. Es el monte muy delicioso en su principio: hermoseanle por
todas partes frondosas arboledas, que, subiendo largo trecho con la
cuesta, suavizan el camino con su amenidad, y, al parecer, con
engañoso divertimiento llevan al peligro por el deleyte. Vase despues
esterilizando la tierra, parte con la nieve que dura todo el año en
los parages que desampara el sol ó perdona el fuego, y parte con la
ceniza que blanquea tambien desde lejos con la oposicion del humo.
Quedaronse los Indios en la estancia de las ermitas, y partió Diego de
Ordaz con sus dos soldados, trepando animosamente por los riscos, y
poniendo muchas veces los pies donde estuvieron las manos: pero
quando llegaron á poca distancia de la cumbre, sintieron que se movia
la tierra con violentos y repetidos bayvenes, y percibieron los
bramidos horribles del volcan, que á breve rato disparó con mayor
estruendo gran cantidad de fuego envuelto en humo y ceniza: y aunque
subió derecho sin calentar lo transversal del ayre, se dilató despues
en lo alto, y volvió sobre los tres una lluvia de ceniza tan espesa y
tan encendida, que necesitaron de buscar su defensa en el cóncavo de
una peña, donde faltó el aliento á los Españoles, y quisieron
volverse; pero Diego de Ordaz viendo que cesaba el terremoto, que se
mitigaba el estruendo, y salia ménos denso el humo, los ánimo con
adelantarse, y llegó intrepidamente á la boca del volcan, en cuyo
fondo observó una gran masa de fuego, que, al parecer, hervia como
materia líquida y resplandeciente; y reparó en el tamaño de la boca
que ocupaba casi toda la cumbre, y tendria como un quarto de legua su
circunferencia. Volvieron con esta noticia, y recibieron enhorabuenas
de su hazaña, con grande asombro de los Indios, que redundó en mayor
estimacion de los Españoles. Esta bizarría de Diego de Ordaz no pasó
entónces de una curiosidad temeraria; pero el tiempo la hizo de
conseqüencia, y todo servia en esta obra: pues hallándose despues el
exército con falta de pólvora para la segunda entrada que se hizo por
fuerza de armas en México, se acordó Cortés de los hervores de fuego
líquido que se vieron en este volcan, y halló en él toda la cantidad
que hubo menester de finísimo azufre para fabricar esta municion: con
que se hizo recomendable y necesario el arrojamiento de Diego de
Ordaz, y fué su noticia de tanto provecho en la conquista, que se la
premió despues el Emperador con algunas mercedes, y ennobleció la
misma faccion dándole por armas el volcan.
Veinte dias se detuvieron los Españoles en Tlascála, parte por las
visitas que ocurrieron de las naciones vecinas, y parte por el
consuelo de los mismos naturales, tan bien hallados ya con los
Españoles, que procuraban dilatar el plazo de su ausencia con varios
festejos y regocijos públicos, bayles á su modo, y exercicios de sus
agilidades. Señalado el dia para la jornada, se movió disputa sobre la
eleccion del camino: inclinabase Cortés á ir por Cholúla, ciudad, como
diximos, de gran poblacion, en cuyo distrito solian alojarse las
tropas veteranas de Motezuma.
Contradecian esta resolucion los Tlascaltécas, aconsejando que se
guiáse la marcha por Guajozingo, pais abundante y seguro: porque los
de Cholúla, sobre ser naturalmente sagaces y traydores, obedecian con
miedo servil á Motezuma, siendo los vasallos de su mayor confianza y
satisfaccion; á que añadian:
"Que aquella ciudad estaba reputada en todos sus contornos por
tierra sagrada y religiosa, por tener dentro de sus muros mas
de quatrocientos templos con unos Dioses tan mal
acondicionados, que asombraban el mundo con sus prodigios: por
cuya razon no era seguro penetrar sus términos, sin tener
primero algunas señales de su beneplácito."
Los Zempoales, ménos supersticiosos ya con el trato de los Españoles,
despreciaban estos prodigios; pero seguian la misma opinion, acordando
y repitiendo los motivos que dieron en Zocothlán para desviar el
exército de aquella ciudad.
Pero ántes que se tomáse acuerdo en este punto, llegaron nuevos
Embaxadores de Motezuma con otro presente, y noticia de que ya estaba
su Emperador reducido á dexarse visitar de los Españoles, dignándose
de recibir gratamente la embaxada que le traían: y entre otras cosas
que discurrieron concernientes al viage, dieron á entender que dexaban
prevenido el alojamiento en Cholúla; con que se hizo necesario el
empeño de ir por aquella ciudad; no porque se fiáse mucho de esta
inopinada y repentina mudanza de Motezuma, ni dexáse de parecer
intempestiva y sospechosa tanta facilidad sobre tanta resistencia:
pero Hernan Cortés ponia gran cuidado en que no le viesen aquellos
Mexicanos rezeloso, de cuyo temor se componia su mayor seguridad. Los
Tlascaltécas del gobierno, quando supieron la proposicion de Motezuma,
dieron por hecho el trato doble de Cholúla, y volvieron á su
instancia, temiendo con buena voluntad el peligro de sus amigos: y
Magiscatzín, que tenia mayor afecto á los Españoles, y amaba
particularmente á Cortés con inclinacion apasionada, le apretó mucho
en que no fuese por aquella ciudad; pero él, que deseaba darle
satisfaccion de lo que agradecia su cuidado, y estimaba su consejo,
convocó luego á sus Capitanes, y en su presencia se propuso la duda, y
se pesaron las razones que por una y otra parte ocurrian: cuya
resolucion fué:
"Que ya no era posible dexar de admitir el alojamiento que
proponian los Mexicanos, sin que pareciese rezelo anticipado;
ni quando fuese cierta la sospecha, convenia pasar á mayor
empeño, dexando la traycion á las espaldas; ántes se debia ir á
Cholúla para descubrir el ánimo de Motezuma, y dar nueva
reputacion al exército con el castigo de sus asechanzas."
Reduxose Magiscatzín al mismo dictámen, venerando con docilidad el
superior juicio de los Españoles. Peno sin apartarse del rezelo que le
obligó á sentir lo contrario, pidió licencia para juntar las tropas de
su república, y asistir á la defensa de sus amigos en un peligro tan
evidente: que no era razon que, por ser ellos invencibles, quitasen á
los Tlascaltécas la gloria de cumplir con su obligacion. Pero Hernan
Cortés, aunque no dexaba de conocer el riesgo, ni le sonó mal este
ofrecimiento, se detuvo en admitirle, porque le hacia disonancia el
empezar tan presto á desfrutar los socorros de aquella gente recien
pacificada: y así le respondió agradeciendo mucho su atencion; y
últimamente le dixo:
"Que no era necesaria por entónces aquella prevencion;"
pero se lo dixo con floxedad, como quien deseaba que se hiciese, y no
queria darlo á entender: especie de rehusar, que suele ser poco ménos
que pedir.