_Describese La Ciudad de Tlascála: quejanse los Senadores de
que anduviesen armados los Españoles, sintiendo su
desconfianza; y Cortés los satisface, y procura reducir á que
dexen la idolatría:_
Era entónces Tlascála una ciudad muy populosa, fundada sobre quatro
eminencias poco distantes, que se prolongaban de oriente á poniente
con desigual magnitud: y fiadas en la natural fortaleza de sus
peñascos contenian en sí los edificios, formando quatro cabeceras ó
barrios distintos, cuya division se unia y comunicaba por diferentes
calles de paredes gruesas que servian de muralla. Gobernaban estas
poblaciones con señorio de vasallage quatro Caciques descendientes de
sus primeros fundadores, que pendian del Senado, y ordinariamente
concurrian en él; pero con sujecion á sus órdenes en todo lo político,
y segundas instancias de sus vasallos. Las casas se levantaban
moderadamente de la tierra, porque no usaban segundo techo: su fábrica
de piedra y ladrillo; y en vez de tejados, azoteas y corredores. Las
calles angostas y torcidas, segun conservaba su dificultad la aspereza
de la montaña. ¡Extraordinaria situacion y arquitectura! ménos á la
comodidad, que á la defensa.
Tenia toda la provincia cincuenta leguas de circunferencia: diez su
longitud de oriente á poniente; y quatro su latitud de norte á sur.
Pais montuoso y quebrado, pero muy fertil, y bien cultivado en todos
los parages donde la freqüencia de los riscos daba lugar al beneficio
de la tierra. Confinaba por todas partes con provincias de la faccion
de Motezuma: solo por la del norte cerraba, mas que dividia, sus
límites la gran cordillera, por cuyas montañas inaccesibles se
comunicaban con los Otomíes, Totonaques y otras naciones bárbaras de
su confederacion. Las poblaciones eran muchas y de numerosa vecindad.
La gente, inclinada desde la niñez á la supersticion, y al exercicio
de las armas, en cuyo manejo se imponian y habilitaban con emulacion;
hicieselos montaraces el clima, ó valientes la necesidad. Abundaban de
maiz, y esta semilla respondia tan bien al sudor de los villanos, que
dió á la provincia el nombre de Tlascála: voz que en su lengua es lo
mismo que tierra de pan. Habia frutas de gran variedad y regalo: cazas
de todo género; y era una de sus fertilidades la Cochinilla, cuyo uso
no conocian, hasta que le aprendieron de los Españoles. Debióse de
llamar así del grano coccineo, que dió entre nosotros nombre á la
grana; pero en aquellas partes es un género de insecto como gusanillo
pequeño, que nace, y adquiere la última sazon sobre las hojas de un
arbol rústico y espinoso, que llamaban entónces tuna silvestre, y ya
le benefician como fructífero; debiendo su mayor comercio y utilidad
al precioso tinte de sus gusanos, nada inferior al que hallaron los
antiguos en la sangre del múrice y la púrpura, tan celebrado en los
mantos de sus Reyes.
Tenia tambien sus pensiones la felicidad natural de aquella provincia
sujeta, por la vecindad de las montañas, á grandes tempestades,
horribles huracanes, y freqüentes inundaciones del rio Zahual, que no
contento algunos años con destruir las mieses, y arrancar los árboles,
solia buscar los edificios en lo mas alto de las eminencias. Dicen que
Zahual en su idioma significa rio de sarna, porque se cubrian de ella
los que usaban de sus aguas en la bebida ó en el baño: segunda
malignidad de su corriente. Y no era la menor entre las calamidades
que padecia Tlascála el carecer de sal, cuya falta desazonaba todas
sus abundancias: y aunque pudieran traerla fácilmente de las tierras
de Motezuma con el precio de sus granos, tenian á menor inconveniente
sufrir el sinsabor de sus manjares, que abrir el comercio á sus
enemigos.
Estas y otras observaciones de su gobierno reparables á la verdad en
la rudeza de aquella gente, hacian admiracion, y ponian en cuidado á
los Españoles. Cortés escondia su rezelo; pero continuaba las guardias
en su alojamiento: y quando salia con los Indios á la ciudad, llevaba
consigo parte de su gente, sin olvidar las armas de fuego. Andaban
tambien en tropas los soldados, y con la misma prevencion, procurando
todas acreditar la confianza, de manera que no pareciese descuido.
Pero los Indios, que deseaban sin artificio ni afectacion la amistad
de los Españoles, se desconsolaban pundonorosamente de que no se
arrimasen las armas, y se acabáse de creer su fidelidad: punto que se
discurrió en el Senado; por cuyo decreto vino Magiscatzín á significar
este sentimiento á Cortés, y ponderó mucho:
"Quanto disonaban aquellas prevenciones de guerra donde todos
estaban sujetos, obedientes y deseosos de agradar: que la
vigilancia con que se vivia en el quartel denotaba poca
seguridad; y los soldados que salian á la ciudad con sus rayos
al hombro; puesto que no hiciesen mal, ofendian mas con la
desconfianza, que ofendieran con el agravio. Dixo que las armas
se debian tratar como peso inútil donde no eran necesarias, y
parecian mal entre amigos de buena ley, y desarmados:"
y concluyó, suplicando encarecidamente á Cortés de parte del Senado, y
toda la ciudad:
"Que mandáse cesar en aquellas demostraciones y aparatos, que,
al parecer, conservaban señales de guerra mal fenecida, ó por
lo ménos eran indicios de amistad escrupulosa."
Cortés le respondió:
"Que tenia conocida la buena correspondencia de sus ciudadanos,
y estaba sin rezelo de que pudiesen contravenir á la paz que
tanto habian deseado: que las guardias que se hacian, y el
cuidado que reparaban en su alojamiento, era conforme á la
usanza de su tierra, donde vivian siempre militarmente los
soldados, y se habilitaban en el tiempo de la paz á los
trabajos de la guerra, por cuyo medio se aprendia la
obediencia, y se hacia costumbre la vigilancia: que las armas
tambien eran adorno y circunstancia de su trage, y las traían
como gala de su profesion; por cuya causa les pedia que se
asegurasen de su amistad, y no estrañasen aquellas
demostraciones propias de su milicia, y compatibles con la paz
entre los de su nacion."
Halló camino de satisfacer á sus amigos, sin faltar á la razon de su
cautela: y Magiscatzín, hombre de espíritu guerrero, que habia
gobernado en su mocedad las armas de su república, se agradó tanto de
aquel estilo militar y loable costumbre, que no solo volvió sin queja,
pero fué deseoso de introducir en sus exércitos este género de
vigilancia y exercicios, que distinguian y habilitaban los soldados.
Quietaronse con esta noticia los paisanos, y asistian todos con
diligente servidumbre al obsequio de los Españoles. Conociase mas cada
dia su voluntad: los regalos fueron muchos, cazas de todos géneros, y
frutas extraordinarias, con algunas ropas y curiosidades de poco
precio, pero lo mejor que daba de sí la penuría de aquellos montes,
cerrados al comercio de las regiones que producian el oro y la plata.
La mejor sala del alojamiento se reservó para capilla, donde se
levantó sobre gradas el altar, y se colocaron algunas imágenes con la
mayor decencia que fué posible. Celebrabase todos los dias el santo
sacrificio de la Misa con asistencia de los Indios principales, que
callaban admirados ó respectivos; y aunque no estuviesen devotos,
cuidaban de no estorvar la devocion. Todo lo reparaban, y tódo les
hacia novedad, y mayor estimacion de los Españoles: cuyas virtudes
conocian y veneraban, mas por lo que se hacen ellas amar, que porque
las supiesen el nombre, ni las exercitasen.
Un dia preguntó Magiscatzín á Cortés:
"Si era mortal: porque sus obras y las de su gente parecian mas
que naturales, y contenian en sí aquel género de bondad y
grandeza que consideraban ellos en sus Dioses; pero que no
entendian aquellas ceremonias con que, al parecer, reconocian
otra Deidad superior: porque los aparatos eran de sacrificio, y
no hallaban en él la víctima, ó la ofrenda con que se aplacaban
los Dioses; ni sabian que pudiese haber sacrificio, sin que
muriese alguno por la salud de los demas."
Con esta ocasion tomó la mano Cortés, y satisfaciendo á sus preguntas,
confesó con ingenuidad:
"Que su naturaleza, y la de todos sus soldados era mortal;"
porque no se atrevió á contemporizar con el engaño de aquella gente,
quando trataba de volver por la verdad infalible de su Religion; pero
añadió:
"Que como hijos de mejor clima tenian mas espíritu y mayores
fuerzas que los otros hombres:"
y sin admitir el atributo de inmortal, se quedó con la reputacion de
invencible. Dixoles tambien:
"Que no solo reconocian superior en el Cielo, donde adoraban al
único Señor de todo el universo; pero tambien eran súbditos y
vasallos del mayor Príncipe de la tierra, en cuyo dominio
estaban ya los de Tlascála: pues siendo hermanos de los
Españoles, no podian dexar de obedecer á quien ellos
obedecian."
Pasó luego á discurrir en lo mas esencial; y aunque oró fervorosamente
contra la idolatría, hallando con su buena razon bastantes fundamentos
para impugnar y destruir la multiplicidad de los Dioses, y el error
abominable de sus sacrificios, quando llegó á tocar en los misterios
de la Fé, le parecieron dignos de mejor explicacion, y dió lugar,
discreto hasta en callar á tiempo, para que habláse el Padre Fray
Bartolomé de Olmedo. Procuró este Religioso introducirlos poco á poco
en el conocimiento de la verdad, explicando como docto y como prudente
los puntos principales de la Religion Christiana, de modo que pudiese
abrazarlos la voluntad sin fatiga del entendimiento: porque nunca es
bien dar con toda la luz en los ojos á los que habitan en la
obscuridad. Pero Magiscatzín, y los demas que le asistian, dieron por
entónces poca esperanza de reducirse. Decian:
"Que aquel Dios, á quien adoraban los Españoles, era muy
grande, y sería mayor que los suyos; pero que cada uno tenia
poder en su tierra, y allí necesitaban de un Dios contra los
rayos y tempestades: de otro para la guerra: y así de las demas
necesidades; porque no era posible que uno solo cuidáse de
todo."
Mejor admitieron la proposicion del Señor temporal: porque se
allanaron desde luego á ser sus vasallos, y preguntaban si los
defenderia de Motezuma, poniendo en esto la razon de su obediencia;
pero al mismo tiempo pedian con humildad y encogimiento:
"Que no saliese de allí la plática de mudar religion, porque si
lo llegaban á entender sus Dioses, llamarian á sus tempestades,
y echarian mano de sus avenidas para que los aniquilasen."
Así los tenia poseídos el error, y atemorizados el demonio. Lo mas que
se pudo conseguir entónces fué, que dexasen los sacrificios de sangre
humana, porque les hizo fuerza lo que se oponian á la ley natural: y
con efecto fueron puestos en libertad los miserables cautivos que
habian de morir en sus festividades, y se rompieron diferentes
cárceles y jaulas, donde los tenian y preparaban con el buen
tratamiento, no tanto porque llegasen decentes al sacrificio, como
porque no viniesen deslucidos al plato.
No quedó satisfecho Hernan Cortés con esta demostracion; ántes
proponia entre los suyos que se derribasen los ídolos, trayendo en
conseqüencia la faccion y el suceso de Zempoala; como si fuera lo
mismo intentar semejante novedad en lugar de tanto mayor poblacion:
engañabale su zelo, y no le desengañaba su ánimo. Pero el Padre Fray
Bartolomé de Olmedo le puso en razon, diciéndole con entereza
religiosa:
"Que no estaba sin escrúpulo de la fuerza que se hizo á los de
Zempoala: porque se compadecian mal la violencia y el
Evangelio; y aquello en la substancia era derribar los altares,
y dexar los ídolos en el corazon. A que añadió: que la empresa
de reducir aquellos Gentiles pedia mas tiempo y mas suavidad:
porque no era buen camino para darles á conocer su engaño,
malquistar con torcedores la verdad; y ántes de introducir á
Dios, se debia desterrar al demonio: guerra de otra milicia y
de otras armas."
A cuya persuasion y autoridad rindió Hernan Cortés su dictámen,
reprimiendo los ímpetus de su piedad; y de allí adelante se trató
solamente de ganar y disponer las voluntades de aquellos Indios,
haciendo amable con las obras la Religion, para que, á vista de ellas,
conociesen la disonancia y abominacion de sus costumbres, y por estas
la deformidad y torpeza de sus Dioses.