CAPITULO III.

_Describese La Ciudad de Tlascála: quejanse los Senadores de

que anduviesen armados los Españoles, sintiendo su

desconfianza; y Cortés los satisface, y procura reducir á que

dexen la idolatría:_

Era entónces Tlascála una ciudad muy populosa, fundada sobre quatro

eminencias poco distantes, que se prolongaban de oriente á poniente

con desigual magnitud: y fiadas en la natural fortaleza de sus

peñascos contenian en sí los edificios, formando quatro cabeceras ó

barrios distintos, cuya division se unia y comunicaba por diferentes

calles de paredes gruesas que servian de muralla. Gobernaban estas

poblaciones con señorio de vasallage quatro Caciques descendientes de

sus primeros fundadores, que pendian del Senado, y ordinariamente

concurrian en él; pero con sujecion á sus órdenes en todo lo político,

y segundas instancias de sus vasallos. Las casas se levantaban

moderadamente de la tierra, porque no usaban segundo techo: su fábrica

de piedra y ladrillo; y en vez de tejados, azoteas y corredores. Las

calles angostas y torcidas, segun conservaba su dificultad la aspereza

de la montaña. ¡Extraordinaria situacion y arquitectura! ménos á la

comodidad, que á la defensa.

Tenia toda la provincia cincuenta leguas de circunferencia: diez su

longitud de oriente á poniente; y quatro su latitud de norte á sur.

Pais montuoso y quebrado, pero muy fertil, y bien cultivado en todos

los parages donde la freqüencia de los riscos daba lugar al beneficio

de la tierra. Confinaba por todas partes con provincias de la faccion

de Motezuma: solo por la del norte cerraba, mas que dividia, sus

límites la gran cordillera, por cuyas montañas inaccesibles se

comunicaban con los Otomíes, Totonaques y otras naciones bárbaras de

su confederacion. Las poblaciones eran muchas y de numerosa vecindad.

La gente, inclinada desde la niñez á la supersticion, y al exercicio

de las armas, en cuyo manejo se imponian y habilitaban con emulacion;

hicieselos montaraces el clima, ó valientes la necesidad. Abundaban de

maiz, y esta semilla respondia tan bien al sudor de los villanos, que

dió á la provincia el nombre de Tlascála: voz que en su lengua es lo

mismo que tierra de pan. Habia frutas de gran variedad y regalo: cazas

de todo género; y era una de sus fertilidades la Cochinilla, cuyo uso

no conocian, hasta que le aprendieron de los Españoles. Debióse de

llamar así del grano coccineo, que dió entre nosotros nombre á la

grana; pero en aquellas partes es un género de insecto como gusanillo

pequeño, que nace, y adquiere la última sazon sobre las hojas de un

arbol rústico y espinoso, que llamaban entónces tuna silvestre, y ya

le benefician como fructífero; debiendo su mayor comercio y utilidad

al precioso tinte de sus gusanos, nada inferior al que hallaron los

antiguos en la sangre del múrice y la púrpura, tan celebrado en los

mantos de sus Reyes.

Tenia tambien sus pensiones la felicidad natural de aquella provincia

sujeta, por la vecindad de las montañas, á grandes tempestades,

horribles huracanes, y freqüentes inundaciones del rio Zahual, que no

contento algunos años con destruir las mieses, y arrancar los árboles,

solia buscar los edificios en lo mas alto de las eminencias. Dicen que

Zahual en su idioma significa rio de sarna, porque se cubrian de ella

los que usaban de sus aguas en la bebida ó en el baño: segunda

malignidad de su corriente. Y no era la menor entre las calamidades

que padecia Tlascála el carecer de sal, cuya falta desazonaba todas

sus abundancias: y aunque pudieran traerla fácilmente de las tierras

de Motezuma con el precio de sus granos, tenian á menor inconveniente

sufrir el sinsabor de sus manjares, que abrir el comercio á sus

enemigos.

Estas y otras observaciones de su gobierno reparables á la verdad en

la rudeza de aquella gente, hacian admiracion, y ponian en cuidado á

los Españoles. Cortés escondia su rezelo; pero continuaba las guardias

en su alojamiento: y quando salia con los Indios á la ciudad, llevaba

consigo parte de su gente, sin olvidar las armas de fuego. Andaban

tambien en tropas los soldados, y con la misma prevencion, procurando

todas acreditar la confianza, de manera que no pareciese descuido.

Pero los Indios, que deseaban sin artificio ni afectacion la amistad

de los Españoles, se desconsolaban pundonorosamente de que no se

arrimasen las armas, y se acabáse de creer su fidelidad: punto que se

discurrió en el Senado; por cuyo decreto vino Magiscatzín á significar

este sentimiento á Cortés, y ponderó mucho:

"Quanto disonaban aquellas prevenciones de guerra donde todos

estaban sujetos, obedientes y deseosos de agradar: que la

vigilancia con que se vivia en el quartel denotaba poca

seguridad; y los soldados que salian á la ciudad con sus rayos

al hombro; puesto que no hiciesen mal, ofendian mas con la

desconfianza, que ofendieran con el agravio. Dixo que las armas

se debian tratar como peso inútil donde no eran necesarias, y

parecian mal entre amigos de buena ley, y desarmados:"

y concluyó, suplicando encarecidamente á Cortés de parte del Senado, y

toda la ciudad:

"Que mandáse cesar en aquellas demostraciones y aparatos, que,

al parecer, conservaban señales de guerra mal fenecida, ó por

lo ménos eran indicios de amistad escrupulosa."

Cortés le respondió:

"Que tenia conocida la buena correspondencia de sus ciudadanos,

y estaba sin rezelo de que pudiesen contravenir á la paz que

tanto habian deseado: que las guardias que se hacian, y el

cuidado que reparaban en su alojamiento, era conforme á la

usanza de su tierra, donde vivian siempre militarmente los

soldados, y se habilitaban en el tiempo de la paz á los

trabajos de la guerra, por cuyo medio se aprendia la

obediencia, y se hacia costumbre la vigilancia: que las armas

tambien eran adorno y circunstancia de su trage, y las traían

como gala de su profesion; por cuya causa les pedia que se

asegurasen de su amistad, y no estrañasen aquellas

demostraciones propias de su milicia, y compatibles con la paz

entre los de su nacion."

Halló camino de satisfacer á sus amigos, sin faltar á la razon de su

cautela: y Magiscatzín, hombre de espíritu guerrero, que habia

gobernado en su mocedad las armas de su república, se agradó tanto de

aquel estilo militar y loable costumbre, que no solo volvió sin queja,

pero fué deseoso de introducir en sus exércitos este género de

vigilancia y exercicios, que distinguian y habilitaban los soldados.

Quietaronse con esta noticia los paisanos, y asistian todos con

diligente servidumbre al obsequio de los Españoles. Conociase mas cada

dia su voluntad: los regalos fueron muchos, cazas de todos géneros, y

frutas extraordinarias, con algunas ropas y curiosidades de poco

precio, pero lo mejor que daba de sí la penuría de aquellos montes,

cerrados al comercio de las regiones que producian el oro y la plata.

La mejor sala del alojamiento se reservó para capilla, donde se

levantó sobre gradas el altar, y se colocaron algunas imágenes con la

mayor decencia que fué posible. Celebrabase todos los dias el santo

sacrificio de la Misa con asistencia de los Indios principales, que

callaban admirados ó respectivos; y aunque no estuviesen devotos,

cuidaban de no estorvar la devocion. Todo lo reparaban, y tódo les

hacia novedad, y mayor estimacion de los Españoles: cuyas virtudes

conocian y veneraban, mas por lo que se hacen ellas amar, que porque

las supiesen el nombre, ni las exercitasen.

Un dia preguntó Magiscatzín á Cortés:

"Si era mortal: porque sus obras y las de su gente parecian mas

que naturales, y contenian en sí aquel género de bondad y

grandeza que consideraban ellos en sus Dioses; pero que no

entendian aquellas ceremonias con que, al parecer, reconocian

otra Deidad superior: porque los aparatos eran de sacrificio, y

no hallaban en él la víctima, ó la ofrenda con que se aplacaban

los Dioses; ni sabian que pudiese haber sacrificio, sin que

muriese alguno por la salud de los demas."

Con esta ocasion tomó la mano Cortés, y satisfaciendo á sus preguntas,

confesó con ingenuidad:

"Que su naturaleza, y la de todos sus soldados era mortal;"

porque no se atrevió á contemporizar con el engaño de aquella gente,

quando trataba de volver por la verdad infalible de su Religion; pero

añadió:

"Que como hijos de mejor clima tenian mas espíritu y mayores

fuerzas que los otros hombres:"

y sin admitir el atributo de inmortal, se quedó con la reputacion de

invencible. Dixoles tambien:

"Que no solo reconocian superior en el Cielo, donde adoraban al

único Señor de todo el universo; pero tambien eran súbditos y

vasallos del mayor Príncipe de la tierra, en cuyo dominio

estaban ya los de Tlascála: pues siendo hermanos de los

Españoles, no podian dexar de obedecer á quien ellos

obedecian."

Pasó luego á discurrir en lo mas esencial; y aunque oró fervorosamente

contra la idolatría, hallando con su buena razon bastantes fundamentos

para impugnar y destruir la multiplicidad de los Dioses, y el error

abominable de sus sacrificios, quando llegó á tocar en los misterios

de la Fé, le parecieron dignos de mejor explicacion, y dió lugar,

discreto hasta en callar á tiempo, para que habláse el Padre Fray

Bartolomé de Olmedo. Procuró este Religioso introducirlos poco á poco

en el conocimiento de la verdad, explicando como docto y como prudente

los puntos principales de la Religion Christiana, de modo que pudiese

abrazarlos la voluntad sin fatiga del entendimiento: porque nunca es

bien dar con toda la luz en los ojos á los que habitan en la

obscuridad. Pero Magiscatzín, y los demas que le asistian, dieron por

entónces poca esperanza de reducirse. Decian:

"Que aquel Dios, á quien adoraban los Españoles, era muy

grande, y sería mayor que los suyos; pero que cada uno tenia

poder en su tierra, y allí necesitaban de un Dios contra los

rayos y tempestades: de otro para la guerra: y así de las demas

necesidades; porque no era posible que uno solo cuidáse de

todo."

Mejor admitieron la proposicion del Señor temporal: porque se

allanaron desde luego á ser sus vasallos, y preguntaban si los

defenderia de Motezuma, poniendo en esto la razon de su obediencia;

pero al mismo tiempo pedian con humildad y encogimiento:

"Que no saliese de allí la plática de mudar religion, porque si

lo llegaban á entender sus Dioses, llamarian á sus tempestades,

y echarian mano de sus avenidas para que los aniquilasen."

Así los tenia poseídos el error, y atemorizados el demonio. Lo mas que

se pudo conseguir entónces fué, que dexasen los sacrificios de sangre

humana, porque les hizo fuerza lo que se oponian á la ley natural: y

con efecto fueron puestos en libertad los miserables cautivos que

habian de morir en sus festividades, y se rompieron diferentes

cárceles y jaulas, donde los tenian y preparaban con el buen

tratamiento, no tanto porque llegasen decentes al sacrificio, como

porque no viniesen deslucidos al plato.

No quedó satisfecho Hernan Cortés con esta demostracion; ántes

proponia entre los suyos que se derribasen los ídolos, trayendo en

conseqüencia la faccion y el suceso de Zempoala; como si fuera lo

mismo intentar semejante novedad en lugar de tanto mayor poblacion:

engañabale su zelo, y no le desengañaba su ánimo. Pero el Padre Fray

Bartolomé de Olmedo le puso en razon, diciéndole con entereza

religiosa:

"Que no estaba sin escrúpulo de la fuerza que se hizo á los de

Zempoala: porque se compadecian mal la violencia y el

Evangelio; y aquello en la substancia era derribar los altares,

y dexar los ídolos en el corazon. A que añadió: que la empresa

de reducir aquellos Gentiles pedia mas tiempo y mas suavidad:

porque no era buen camino para darles á conocer su engaño,

malquistar con torcedores la verdad; y ántes de introducir á

Dios, se debia desterrar al demonio: guerra de otra milicia y

de otras armas."

A cuya persuasion y autoridad rindió Hernan Cortés su dictámen,

reprimiendo los ímpetus de su piedad; y de allí adelante se trató

solamente de ganar y disponer las voluntades de aquellos Indios,

haciendo amable con las obras la Religion, para que, á vista de ellas,

conociesen la disonancia y abominacion de sus costumbres, y por estas

la deformidad y torpeza de sus Dioses.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 9 / 46 题