CAPITULO II.

_Procura Motezuma Desviar la paz de Tlascála: vienen los de

aquella república á continuar su instancia; y Hernan Cortés

executa su marcha, y hace su entrada en la ciudad._

En el discurso de los seis dias que se detuvo Hernan Cortés en su

alojamiento para cumplir con los Mexicanos, se conoció con nuevas

experiencias el afecto con que deseaban la paz los de Tlascála, y

quanto se rezelaban de los oficios y diligencias de Motezuma. Llegaron

dentro del plazo señalado los Embaxadores que se esperaban, y fueron

recibidos con la urbanidad acostumbrada. Venian seis caballeros de la

familia Real con lucido acompañamiento, y otro presente de la misma

calidad, y poco mas valor que el pasado. Habló el uno de ellos, y, no

sin aparato de palabras y exâgeraciones, ponderó:

"Quánto deseaba el supremo Emperador (y al decir su nombre

hicieron todos una profunda humiliacion) ser amigo y

confederado del Príncipe grande, á quien obedecian los

Españoles, cuya magestad resplandecia tanto en el valor de sus

vasallos, que se hallaba inclinado á pagarle todos los años

algun tributo, partiendo con él las riquezas de que abundaba,

porque le tenia en gran veneracion, considerándole hijo del

sol, ó por lo ménos señor de las regiones felicísimas donde

nace la luz; pero que habian de preceder á este ajustamiento

dos condiciones. La primera, que se abstuviesen Hernan Cortés y

los suyos de confederarse con los de Tlascála; pues no era bien

que, hallándose tan obligados de sus dádivas, se hiciesen

parciales de sus enemigos. Y la segunda, que acabasen de

persuadirse á que no era posible, ni puesto en razon el intento

de pasar á México: porque, segun las leyes de su imperio, ni él

podia dexarse ver de gentes extrangera_s_, ni sus vasallos lo

permitirian. Que considerasen bien los peligros de ambas

temeridades; porque los Tlascaltécas eran tan inclinados á la

traicion y al latrocinio, que solo tratarian de asegurarlos

para vengarse de ellos, y aprovecharse del oro con que los

habia enriquecido; y los Mexicanos tan zelosos de sus leyes, y

tan mal acondicionados, que no podria reprimirlos su autoridad,

ni los Españoles quejarse de lo que padeciesen, tantas veces

amonestados de lo que aventuraban."

De este género fué la oracion del Mexicano, y todas las embaxadas y

diligencias de Motezuma paraban en procurar que no se le acercasen los

Españoles. Mirabalos con el horror de sus presagios; y fingiéndose la

obediencia de sus dioses, hacia religion de su mismo desaliento.

Suspendió Cortés por entónces su respuesta, y solo dixo:

"Que sería razon que descansasen de su jornada, y que los

despacharia brevemente."

Deseaba que fuesen testigos de la paz de Tlascála; y miró tambien á lo

que importaba detenerlos, porque no se despecháse Motezuma con la

noticia de su resolucion, y tratáse de ponerse en defensa: que ya se

sabía su desprevencion, y no se ignoraba la facilidad con que podia

convocar sus exércitos.

Dieron tanto cuidado en Tlascála estas embaxadas, á que atribuían la

detencion de Cortés, que resolvieron los del gobierno, por última

demostracion de su afecto, venir al quartel en forma de Senado para

conducirle á su ciudad; ó no volver á ella sin dexar enteramente

acreditada la sinceridad de su trato, y desvanecidas las negociaciones

de Motezuma.

Era solemne y numeroso el acompañamiento, y pacífico el color de los

adornos y las plumas. Venian los Senadores en andas ó sillas

portátiles sobre los hombros de ministros inferiores; y en el mejor

lugar Magiscatzín, que favoreció siempre la causa de los Españoles, y

el padre de Xicotencál, anciano venerable, á quien habia quitado los

ojos la vejez, pero sin ofender la cabeza; pues se conservaba todavia

con opinion de sabio entre los Consejeros. Apearonse poco ántes de

llegar á la casa donde los esperaba Cortés: y el ciego se adelantó á

los demas, pidiendo á los que le conducian que le acercasen al Capitan

de los Orientales. Abrazóle con extraordinario contento, y despues le

aplicaba por diferentes partes el tacto, como quien deseaba conocerle,

supliendo con las manos el defecto de los ojos. Sentáronse todos, y á

ruego de Magiscatzín habló el ciego en esta substancia:

"Ya, valeroso Capitan, seas, ó no, del género mortal, tienes

en tu poder al Senado de Tlascála, última señal de nuestro

rendimiento. No venimos á disculpar el yerro de nuestra

nacion; sino á tomarle sobre nosotros, fiando á nuestra verdad

tu desenojo. Nuestra fué la resolucion de la guerra: pero

tambien ha sido nuestra la determinacion de la paz. Apresurada

fué la primera, y tarda es la segunda; pero no suelen ser de

peor calidad las resoluciones mas consideradas; ántes se borra

con trabajo lo que se imprime con dificultad: y puedo asegurar

que la misma detencion nos dió mayor conocimiento de tu valor,

y profundó los cimientos de nuestra constancia. No ignoramos

que Motezuma intenta disuadirte de nuestra confederacion:

escuchale como á nuestro enemigo, si no le considerares como

tirano, que ya lo parece quien te busca para la sinrazon.

Nosotros no queremos que nos ayudes contra él, que, para todo

lo que no eres tú, nos bastan nuestras fuerzas: solo

sentirémos que fies tu seguridad de sus ofertas; porque

conocemos sus artificios y maquinaciones, y acá en mi ceguedad

se me ofrecen algunas luces que me descubren desde lejos tu

peligro. Puede ser que Tlascála se haga famosa en el mundo por

la defensa de tu razon; pero dexemos al tiempo tu desengaño:

que no es vaticinio lo que se colige fácilmente de su tiranía

y de nuestra fidelidad. Ya nos ofreciste la paz: ¿si no te

detiene Motezuma, qué te detiene? ¿Por qué te niegas á

nuestras instancias? ¿Por qué dexas de honrar nuestra ciudad

con tu presencia? Resueltos venimos á conquistar de una vez tu

voluntad y tu confianza, ó poner en tus manos nuestra

libertad: elige, pues, de estos dos partidos el que mas te

agradáre: que para nosotros nada es tercero entre las dos

fortunas, de tus amigos ó tus prisioneros."

Así concluyó su oracion el ciego venerable, porque no faltáse algun

Apio Claudio en este consistorio, como el otro que oró en el Senado

contra los Epirótas: y no se puede negar que los Tlascaltécas eran

hombres de mas que ordinario discurso, como se ha visto en su

gobierno, acciones y razonamientos. Algunos escritores poco afectos á

la nacion Española tratan á los Indios como brutos incapaces de razon,

para dar ménos estimacion á su conquista. Es verdad que se admiraban

con simplicidad de ver hombres de otro género, color y trage: que

tenian por monstruosidad las barbas, accidente que negó á sus rostros

la naturaleza: que daban el oro por el vidrio: que tenian por rayos

las armas de fuego, y por fieras los caballos; pero todos eran efectos

de la novedad, que ofenden poco al entendimiento: porque la

admiracion, aunque suponga ignorancia, no supone incapacidad; ni

propiamente se puede llamar ignorancia la falta de noticia. Dios los

hizo racionales; y no, porque permitió su ceguedad, dexó de poner en

ellos toda la capacidad y dotes naturales que fueron necesarios á la

conservacion de la especie, y debidos á la perfeccion de sus obras.

Volvamos, empero, á nuestra narracion, y no autorizemos la calumnia

sobrando en la defensa.

No pudo resistir Hernan Cortés á esta demostracion del Senado, ni

tenia ya que esperar, habiéndose cumplido el término que ofreció á los

Mexicanos; y así respondió con toda estimacion á los Senadores, y los

hizo regalar con algunos presentes, deseando acreditar con ellos su

agrado y su confianza. Fué necesario persuadirlos con resolucion para

que se volviesen: y lo consiguió, dándoles palabra de mudar luego su

alojamiento á la ciudad, sin mas detencion que la necesaria para

juntar alguna gente de los lugares vecinos que conduxesen la

artillería y el bagage. Aceptaron ellos la palabra, haciéndosela

repetir con mas afecto que desconfianza; y partieron contentos y

asegurados, tomando á su cuenta la diligencia de juntar y remitir los

Indios de carga que fuesen menester: y apénas rayó la primera luz del

dia siguiente, quando se hallaron á la puerta del quartel quinientos

Tamenes tan bien industriados, que competian sobre la carga, haciendo

pretension de su mismo trabajo.

Tratóse luego de la marcha: pusose la gente en esquadron, y dando su

lugar á la artillería y al bagage, se fué siguiendo el camino de

Tlascála con toda la buena ordenanza, prevencion y cuidado que

observaba siempre aquel pequeño exército: á cuya rigurosa disciplina

se debió mucha parte de sus operaciones. Estaba la campaña por ambos

lados poblada de innumerables Indios, que salian de sus pueblos á la

novedad: y eran tantos sus gritos y ademanes, que pudieran pasar por

clamores ó amenazas de las que usaban en la guerra, si no dixera Doña

Marina que usaban tambien de aquellos alaridos en sus mayores fiestas,

y que, celebrando á su modo la dicha que habian conseguido,

victoreaban y bendecian á los nuevos amigos: con cuya noticia se llevó

mejor la molestia de las voces, siendo necesaria entónces la paciencia

para el aplauso.

Salieron los Senadores largo trecho de la ciudad á recibir el exército

con toda la ostentacion y pompa de sus funciones públicas, asistidos

de los nobles, que hacian vanidad en semejantes casos de autorizar á

los ministros de su república. Hicieron al llegar sus reverencias; y

sin detenerse caminaron delante, dando á entender con este apresurado

rendimiento lo que deseaban adelantar la marcha, ó no detener á los

que acompañaban.

Al entrar en la ciudad resonaron los víctores y aclamaciones con mayor

estruendo; porque se mezclaba con el grito popular la música disonante

de sus flautas, atabalillos y bocinas. Era tanto el concurso de la

gente, que trabajaron mucho los ministros del Senado en concertar la

muchedumbre, para desembarazar las calles. Arrojaban las mugeres

diferentes flores sobre los Españoles, y las mas atrevidas ó ménos

recatadas se acercaban hasta ponerlas en sus manos. Los sacerdotes

arrastrando las ropas talares de sus sacrificios, salieron al paso con

sus braserillos de copal; y sin saber que acertaban, significaron el

aplauso con el humo. Dexábase conocer en los semblantes de todos la

sinceridad del ánimo; pero con varios afectos: porque andaba la

admiracion mezclada con el contento, y el alborozo templado con la

veneracion. El alojamiento que tenian prevenido con todo lo necesario

para la comodidad y el regalo, era la mejor casa de la ciudad, donde

habia tres ó quatro patios muy espaciosos, con tantos y tan capaces

aposentos, que consiguió Cortés sin dificultad la conveniencia de

tener unida su gente. Llevó consigo á los Embaxadores de Motezuma, por

mas que lo resistieron, y los alojó cerca de sí: porque iban

asegurados en su respeto, y estaban temerosos de que se les hiciese

alguna violencia. Fué la entrada, y última reduccion de Tlascála en

veinte y tres de Septiembre del mismo año de mil y quinientos y diez y

nueve: dia en que los Españoles consiguieron una paz con

circunstancias de triunfo, tan durable y de tanta conseqüencia para la

conquista de Nueva España, que se conservan hoy en aquella provincia

diferentes prerogativas y exênciones obtenidas en remuneracion de

aquella primera constancia. Honrado monumento de su antigua fidelidad.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 8 / 46 题