--Vamos, _hermanos_--añadió incorporándose--. Candi dará el santo y la

contraseña.

Los jefes se retiraron.

--Mi general--dijo Rigaud--, sería menester enviar los oficios de Juan

Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a

los blancos.

Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.

--Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática,

como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.

En seguida me presentó el papel.

--Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en

preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta

carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en _estilo blanco_.

Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.

--¿Quieres decir que no?--me preguntó.

--No; mil veces no--le repliqué.

Volvió a insistir, y me dijo:

--Reflexiónalo bien.

Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme los instrumentos del

verdugo con que se entretenía.

--Porque lo he reflexionado--le contesté--, me niego a ello. Parece

que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para

retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una

existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego

que empiecen mis tormentos.

--¡Hola, _muchacho_!--respondió Biassou dando un puntapié a los

instrumentos de tortura--. Creo que te vas familiarizando con esto, y

de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba.

Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto

posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras,

porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir

sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu

muerte al padre capellán.

Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.

--_Bon per_, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto

afirmativo con la cabeza.

--¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los

únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.

El obí respondió que sí por otra seña.

Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya

reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.

--He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso

de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez

que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos

contornos?

--He visto--le respondí con frescura--que hay árboles sobrados para

ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.

--Pues mira--replicó con un tono de burla forzado--, hay un sitio

que sin duda no conoces, y que el bendito _bon per_ se va a tomar la

molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.

Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de

una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los

negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y

el rosario en la mano.

LI

Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que

hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado

a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché

la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas

para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y

bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro

momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con

su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía

en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia

hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces,

en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones

de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora

del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un

manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las

olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría

aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso

me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un

vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de _mauricias_,

especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra;

allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí,

inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los

dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas

de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros

_coalí_. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los

descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado

de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo

virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer

hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras

tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de

sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón

tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde

brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían

por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por

un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de

largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas,

acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se

nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al

que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros

me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el

subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento:

--He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno

volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.

Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas.

El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros

pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé,

en efecto.

Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie

de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas

del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de

medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se

despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña.

Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba

una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima

reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz

del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel

instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.

Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito

a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes

y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por

la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que

mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada,

y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más

abajo del borde.

Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual

un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo

de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.

Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que

aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando

la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos

vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.

LII

Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la

hora de morir.

Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo

así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve

espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un

remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una

queja.

--Amigos--les dije a los negros que me rodeaban--, ¿sabéis que es cosa

triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de

vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras

sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?

Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del

obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se

me acercó de súbito.

--¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? _¡Alabado sea Dios!_ Mi

único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.

Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas

conjeturas.

--¿Quién eres, miserable?--le pregunté.

--Vas a saberlo--me contestó con acento terrible.

Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:

--Mira aquí.

Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos

nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que

imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos

nombres era el de _Effingham_; el otro, el de mi tío, el mío propio:

_D’Auverney_. Quedé mudo de sorpresa.

--Pues bien, Leopoldo d’Auverney--me preguntó el obí--, ¿no te declara

tu nombre el mío?

--No--repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano

aclarar mis recuerdos--. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino

en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a

nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!

--¡El mismo soy!--exclamó con una voz espantosa.

Y, levantando la sangrienta _gorra_, se arrancó el velo. El diforme

rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia

alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora

y siniestra.

--¡Dios eterno!--prorrumpí, herido de asombro--. Pues qué, ¿todos los

muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.

El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:

--¡Sí, su bufón y... su homicida!

Retrocedí, lleno de espanto.

--¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?

--¡Bondades! Ultrajes, dirás--me respondió interrumpiéndome.

--¿Y tú, infame--proseguí--; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?

--¡Sí, yo fuí!--replicó, dando una horrible expresión a sus

facciones--. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que

apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de

la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a

su cabecera.

Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.

--¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti

solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a

su lecho...

--¡Como un perro!--dijo Habibrah con ímpetu--. ¡Sí, _como un perro_!

¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas

afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti.

Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no

soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica

y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte

ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo

servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería,

sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y

su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!

Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:

--¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney!

Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de

estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección

de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? _¡Bon Giu!_ ¡Qué

predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas

desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo

ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo

era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables

amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. _¡Oh, rabia!_

¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba!

Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al

agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto

valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin

descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de

los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el

corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable,

eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para

tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué

no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían

para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes

de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán

abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un

rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado

aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al

cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le

hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor,

y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el

ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será

más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará

trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus

ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que

nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo

asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!

Y era espantoso.

--¡Monstruo!--exclamé--. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco

en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!

--¡No hables de atrocidad!--me dijo Habibrah--. Recuerda las crueldades

de tu tío.

--¡Infame!--le contesté indignado--. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo,

por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices

esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te

daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de

ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?

--¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que

se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario,

le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos,

para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión

provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los

favorecía.

Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.

--Pues bien--añadió el enano--: ¿te parece que he sabido calcular y

llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?

--Acaba lo que tan bien empezaste--le respondí--. Mátame, pero date

prisa.

Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.

--¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio

tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los

negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y

yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me

pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto

irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese

abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo

en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la

idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia

yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y

tu María a perecer en el fuego.

--¡Infame, infame!--exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.

Entonces se volvió a los negros, diciendo:

--¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!

Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían

prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos

de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir

de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde

de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados,

me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo

levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su

odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En

este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la

enorme cabeza de _Rask_ apareció por la hendedura. Me estremecí; el

enano gritó:

--¡Vamos!

Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a

lanzarme en el abismo...

LIII

--¡Camaradas!--clamó una voz de trueno.

Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la

grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.

--¡Camaradas!--repitió--. ¡Deteneos!

Los negros se postraron, y él prosiguió:

--Yo soy Bug-Jargal.

Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo

intento y significado era difícil en extremo discernir.

--¡Desatad al preso!--gritó el caudillo.

Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido

tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los

negros, próximos a cortar mis ligaduras.

--¿Cómo?--exclamó--. _¿Qué quiere decir eso?_

Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:

--Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?

Bug-Jargal respondió:

--Vengo a dar órdenes a mis hermanos.

--En efecto--dijo el enano con rabia reconcentrada--, negros de

Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho--añadió--vienes

a dictar órdenes sobre mi prisionero?

El caudillo repitió:

--Yo soy Bug-Jargal.

Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.

--Bug-Jargal--repuso Habibrah--no puede deshacer lo que Biassou

dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y

morirá. _Vosotros_--dijo volviéndose a los negros--obedecedme. Lanzadle

en el abismo.

A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso

adelante; en aquel instante vi segura la muerte.

--¡Soltad al preso!--exclamó Bug-Jargal.

Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era

igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le

detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.

--_¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma!_ Pues qué, infames,

¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi _voz_? ¡Para qué perdería yo el

_tiempo_ en hablar con este _maldito_! ¡Debiera haberle arrojado sin

demora a los peces del _báratro_! Por apetecer una venganza completa,

¡la pierdo toda! _¡Oh, rabia de Satanás! Escuchadme vosotros_: Si

no me obedecéis, si no lanzáis a lo hondo de la sima a este blanco

execrable, yo os hecho mi maldición. El cabello se os volverá blanco;

los mosquitos y las cucarachas os devorarán en vida; las piernas y los

brazos se os troncharán como endebles juncos; el aliento os quemará

la garganta como arena abrasada; os moriréis luego, y después de la

muerte vuestras almas estarán condenadas a dar vueltas sin descanso a

una piedra de molino, tamaña cual un monte, allá en la luna, donde hace

mucho frío.

Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi

especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros,

que se asemejaban a los demonios; suspendido, por decirlo así, sobre

un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos

extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos

reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que

asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo,

me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la

pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada

entre mi ángel protector y el espíritu maligno.

Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y,

queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó:

--¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá!

Bug-Jargal respondió con majestad:

--¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la

tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su

morada.

Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió:

--Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del

monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de

este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a

Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva.

Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de

ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió

luego el penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin

proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la

galería subterránea.

No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé

los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con

extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.

--¡Alabado sea Dios!--dijo al cabo--. ¡Todo se ha salvado! Hermano,

vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.

Hizo un gesto con la mano y desapareció.

LIV

Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro

había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la

caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento

mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto

obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí;

lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba

aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento

había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada,

mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le

servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso

atrás por un movimiento involuntario.

--¡Ja, ja, _maldito_! ¿Creías escapárteme? Pero el tonto es menos

tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu

amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle,

pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!

Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.

--¡Monstruo!--le respondí, echándome a la espalda por el terrado--.

Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.

--¡Me vengo!--replicó, rechinando los dientes.

En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a

mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y

deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos

los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por

las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno,

y cayó en la sima.

Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más

abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El

enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le

enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer

sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo

se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del

asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los

profundos rincones de la catarata.

Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero de subir al terrado;

pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las

manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas

paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.

La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas

hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le

admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una

manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba

a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre

el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:

Bug-Jargal · 第 12 / 14 段