una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro,
y... amigos, era mi María.
Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba
todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de
la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis
manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre
mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí
mismo.
A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra
estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con
el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot
había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas
el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y,
entreabriendo los ojos:
--¡Leopoldo!--dijo--. ¡Leopoldo mío!
--¡María!...--le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el
arrullo de un beso.
--¡Oh, siquiera no en mi presencia!--exclamó una voz penetrante.
Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a
nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba
apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado
le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las
manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:
--¡Siquiera no en mi presencia!
María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista,
exclamó:
--¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le
atormentaran. ¿Me amará, por ventura?
El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la
exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.
--María--le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la
vez que una mortal pesadumbre--. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?
--Y lo ignoro aún--me respondió, cubierta de casto rubor--. ¿De veras?
¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.
La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:
--Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal!
Había sospechado de él.
--¡Cómo!--prosiguió María con asombro--. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot?
¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun
quizá--añadió, bajando los ojos--le debes más aún. A no ser por su
socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro,
los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando
iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.
Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.
--¿Y por qué razón--le pregunté--no te envió luego Pierrot a la ciudad
del Cabo, donde estaba tu esposo?
--Lo ha intentado--me replicó--; pero no fué posible. Teniendo que
recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima
empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te
habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y
no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto
me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo
hubiera muerto en el instante mismo.
--¿Y Pierrot te condujo a este lugar?
--Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y
como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi
pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro
que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos
de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora,
que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a
nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma
rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me
aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en
tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo.
¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?
--Sí--le respondí.
--Pero, entonces, ¿cómo es dable--repuso ella--que esté enamorado de
mí? ¿Estás seguro?
--¡Ahora lo estoy!--repliqué--. Él es quien, a punto de clavarme el
puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba
cánticos de amor en la glorieta del río.
--¡De veras!--prosiguió María con inocente sorpresa--. ¡Conque es
tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen
Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan
respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía
mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de
tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué
apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan
vehemente como mi amor.
Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.
Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí
toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”
En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un
aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro,
pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y,
señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:
--Se pasó la hora.
--¡La hora! ¿Qué hora?--le pregunté.
--La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para
conducirte aquí. Entonces te supliqué que me perdonases la vida, y
ahora imploro de ti que me la arranques.
Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud,
se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a
los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una
palabra. Él me levantó con precipitación, y
--Qué haces?--me dijo.
--Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad
como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi
ingratitud.
Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y
parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso
hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas
este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:
--¿Puedo ahora llamarte hermano mío?
No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras
una corta pausa:
--Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.
--Encontré a mi hermano--le respondí--, y ya no seré por más tiempo
desdichado; pero soy muy criminal.
--¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya
no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!
XLVI
El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar
en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de
tristeza tan singular cuanto enérgico.
--Escúchame--dijo en tono de frialdad--: mi padre era rey en el
Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su
morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa
colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos.
Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del
saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español
que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi
padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!
Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas;
tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y
después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:
--El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó
trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos
con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo.
Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia
uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que
las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no
encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los
perros.
Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban
desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.
--Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como
un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día
volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.
Yo me estremecí, y él prosiguió:
--¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha
muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?--continuó titubeando
y bajando los ojos--. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos
adelante.
Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; _Rask_
era el confidente que me traía sus mensajes.
Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los
calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para
arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano,
y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de
expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la
misma jornada.
Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:
--Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?
Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su
pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con
amargura y prosiguió en estos términos:
--Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de
mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos
que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se
preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que
la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su
lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas,
y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la
morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de
tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto,
y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer.
Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte
incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único
que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle
muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis
propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los
brazos, confié el niño a _Rask_ y los conduje a entrambos a esta gruta,
de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi
crimen.
Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise
volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como
ofendido.
--Vamos--me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la
mano--; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.
Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.
--Al campamento de los blancos--me respondió--. Este asilo ya no es
seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las
posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y,
además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están
pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo
debemos, porque yo no lo estoy.
Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.
--Pues qué--contestó con ademán de impaciencia--, ¿no has oído decir
que Bug-Jargal estaba prisionero?
--Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?
A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:
--Yo soy Bug-Jargal.
XLVII
Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto
de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un
minuto antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y
ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y
magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces
comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso
el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.
Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus
palabras postreras, y prosiguió hablando:
--Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en
el campamento de Biassou, y vine a libertarte.
--¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?
Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural,
y:
--Escucha--me dijo--; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos,
cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar
muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo
d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que
mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis
compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.
Volví a detenerle, preguntando:
--¿Pero te has escapado?
--¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No
te debía yo la vida? Pero, vamos, sígueme: estamos a una hora de
distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou.
Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece
en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de
tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos
urge.
_Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto_; estas sencillas
palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque
me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay!
¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima
y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la
memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de
mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. _¡Dentro
de tres horas, el sol se habrá puesto!_ Y necesitaba una entera para
llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente
prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que
dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en
que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa
era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo,
señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?
XLVIII
Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal,
y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el
sombrío aspecto de mis facciones.
--Bug-Jargal--dije haciendo un esfuerzo--; Bug-Jargal, hermano, te
recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que
a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no
puedo seguiros!
--¡Dios eterno!--exclamó María pudiendo respirar apenas--. ¡Alguna
nueva desdicha!
Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en
sus ojos.
--Hermano, ¿qué nos dices?
El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su
previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle
la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al
oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:
--Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos
horas antes de terminarse el día: he prometido morir.
Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:
--¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para
arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo
Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es
negro, es un mulato!
--¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese
Biassou?--dijo María atemorizada.
--Cállate, cállate--le repetí en secreto a Bug-Jargal--; cállate, no la
asustemos.
--Pero bien--me preguntó con tono sombrío--, ¿cómo consentiste en hacer
tal promesa? ¿Por qué se la diste?
--Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el
vivir?
--Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.
--Le empeñé mi palabra de honor.
Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.
--¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa?
¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con
sus flores rojizas?
--No.
--Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?
--Mi honor--le repliqué.
--No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven
con nosotros.
--No puedo, hermano; lo he prometido.
--No, no lo has prometido--prorrumpió con arrebato.
Y luego, alzando la voz:
--Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere
volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo
pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.
--¿Qué has hecho?--exclamé.
Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le
llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la
vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis
brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus
manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin
aliento apenas.
--¡Oh!--decía sollozando, en voz apagada--. ¿Qué es lo que dice,
Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento
de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte
para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho
para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres
separarte de mí para no volver jamás a verme?
--María--contesté--, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero
también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.
--¡En otros lugares!--prosiguió ella con espanto--. ¡En otros lugares!
¿Adónde?...
--¡En el cielo!--le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel
ángel.
Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor. El tiempo urgía, y yo la
coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.
--¿Y nada puede detenerte?--me dijo--. Nada añadiré a lo que estás
viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras
que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres
hacerle el sacrificio de vivir!
--¡El honor!--le respondí--. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la
encargo.
Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.
--Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y
a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu
confianza.
Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la
comarca.
--¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el
pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.
Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé,
sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado
de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación,
temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi
fortaleza.
XLIX
Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la
huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista
atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso
por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que
al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus
enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba
en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción
agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé
espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a
mis pies.
Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de
hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de
verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a
renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura.
Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía,
porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que
nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había
desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad
difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser
se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían
de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin,
una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la
perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la
vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi
ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna
traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso
el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso
de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba
a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma
marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su
golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano
crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un
instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento
con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad,
la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente
en la tumba.
L
Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se
apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la
necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados
de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que
rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y
tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.
Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar
los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al
ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no
se manifestó atónito de mi presencia.
--¿Ves?--me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.
Yo permanecí sosegado, porque conocía al “_héroe_ de la humanidad” y
estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.
--¿No es verdad?--añadió riéndose en tono de escarnio--. ¿No es verdad
que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?
Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.
--Que le avisen al señor padre capellán--dijo él entonces, dirigiéndose
a uno de sus ayudantes.
Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara.
Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como
agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.
--Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército--dijo Biassou con
sosiego.
Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y
tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces,
Biassou se levantó.
--Escuchad, _amigos_; los blancos piensan atacarnos en este punto al
amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos
todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la
frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros
cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería
de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la
_Croix-des-Bouquets_ se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint
irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos
y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo.
El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién
desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por
los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que
se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen
tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para
el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán
sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán
detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las
entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú,
Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin,
los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el
terreno hasta el despuntar del día.
Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:
--Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí!
_Muerta la tropa, muerto el jefe._