dejéis, en nombre del _bon Giu_, perecer impenitente y culpado a un
ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, la
raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo me
arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, amo
mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. _¡Santo nombre de Dios!_
¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no querréis
demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los amos que
los esclavos?
Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba
caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una
expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.
--_Señor_ Leopoldo--prosiguió, alentado por un movimiento de lástima
que no pude contener--, ¿será posible que cualquier persona humana
contemple a su semejante en tan horrible posición y que, pudiendo
socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con un poco de
ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y tan poca
cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se igualará
a mis crímenes...
--¡Desgraciado!--le interrumpí diciendo--. ¿Cómo me traes tal recuerdo
a la memoria?
--Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo
me ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, _desdichado_! ¡La mano! ¡La
mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!
No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor
y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un
traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de
mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan
lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido
inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me
incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis
manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado
Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió
a ella; la agarró con entrambas las suyas y con fuerza prodigiosa, y,
lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle,
sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del
árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda
alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada
sacudida de aquel malvado.
--¿Qué intentas hacer, vil?--exclamé.
--¡Vengarme!--repitió con estrepitosas e infernales carcajadas--. ¡Ah,
te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas
en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca
del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado,
puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, _amigo_, y
tendré un compañero humano entre los peces de la sima.
--¡Ah, traidor!--le dije, esforzándome para resistir a su impulso--.
¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!
--Sí--me respondió--. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero
mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte!
Ven.
Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban
y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los
ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se
lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la
venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los muros
perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz,
que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera
deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto.
Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer
una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.
Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo
estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra
los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar
el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en
cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis
fatigados pulmones:
--¡Bug-Jargal!
Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas
esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.
Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia,
redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi
vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo
en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me
anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de
mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse;
oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los
remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre
sus ondas.
Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté
el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas,
clamé por otra vez aún:
--¡Bug-Jargal!
Un ladrido me dió respuesta... Conocí a _Rask_... Alcé los ojos, y
Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó
mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi
peligro, me gritó:
--¡Sostente!
Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:
--¡Ven, vente conmigo!
Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el
desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió
del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me
sentí asir por la espalda. Era _Rask_, que a una seña de su amo
había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con
violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó.
Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo
recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos
y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan
largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras _Rask_ me
arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre los
copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición que no
alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los recónditos
senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.
LV
Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me
habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de
Bug-Jargal me reanimó.
--Hermano--me dijo--, date prisa a salir de ahí, que dentro de media
hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y
tú deja que _Rask_ te sirva de guía.
Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y
ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la
obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la
luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con
desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé
la profecía del enano en el momento de entrar: _Dos somos, y uno solo
volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda_. ¡Sus esperanzas
habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido verdadero!
LVI
Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos,
me quedé oprimido de tan violentas sensaciones, con mil preguntas que
dirigirle y sin poder proferir un solo acento.
--Escucha--me dijo--: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué
en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las
avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen
las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me
aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que los
diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo que
debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico más
elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, _Rask_ me sirvió
de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a tiempo. Tú
vivirás y yo también viviré.
Me alargó la mano y añadió:
--Hermano, ¿estás satisfecho?
Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás
de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el
ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz:
--Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos?
Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo:
--Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer.
Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me
levanté, pues, embriagado de júbilo, y empezamos a caminar. El negro,
que conocía la senda, iba delante; _Rask_ nos seguía...
Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le
corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro
entre ambas manos. _Rask_ le estaba mirando con desasosiego.
--Sí, asimismo me mirabas...--pronunció con voz apagada.
Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el
sargento y el perro le fueron en seguimiento.
LVII
--Apostaría--dijo Enrique--a que nos acercamos al desenlace. De veras
que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de
prueba.
Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:
--Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco
que se bebió de un trago.
Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de
guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los
cordones, añadió:
--Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo curiosidad de
preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de
_La hermosa de Padilla_.
--Más raro es aquel Biassou--prosiguió Pascual--. Su vino, sabiendo
a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo
que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado
crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos,
como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que
mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!
--Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le
debo--dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.
El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese
tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:
--Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos
cuenta el capitán?
--A fe mía--contestó Alfredo--, que no he puesto mucha atención; pero
me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una
canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En
conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.
--Y mucha razón que lleva--repuso el ayudante Pascual--; es demasiado
larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala
noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos
disparates. Por ejemplo: ¿quién ha de creerse que ese enanillo brujo,
_Ahí verás_, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su enemigo?
--Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?--respondió
Enrique de broma--. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo
el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de
Bug-Jargal.
--En eso--dijo Pascual--, hacía todo al revés de las viejas de Celadas
cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia
con una docena de coraceros...
El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de
D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la
estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como
antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía
como si acariciase a _Rask_, a fin de que el capitán no reparase en su
sobresalto.
D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.
LVIII
--_Rask_ iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle lucía
ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de luz
apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se
estremeció y me apretó con violencia la mano.
--Escucha--dijo--.
Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón,
resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte.
--¡Esa es la señal!--exclamó el negro en lúgubre acento.
Y luego añadió:
--¿No ha sido un cañonazo?
Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos
a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos
y me preguntó con melancólica sonrisa:
--¿Lo ves?
Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me
indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los
postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba
al viento una negra bandera.
Aquí, D’Auverney hizo una pausa.
--Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y
creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso
de mis verdugos.
Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y
contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió
algunos pasos como para bajar la ladera.
--¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...
Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:
--¿Oíste el cañonazo?
Yo no repliqué.
--Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...
E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más,
diciendo:
--Hermano, anda a buscar a tu mujer, que _Rask_ te enseñará el camino.
Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a
menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.
Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era
aquella una sonrisa convulsiva.
--¡Adiós!--gritó con voz de trueno.
Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.
Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me
hacía prever mayores desdichas. _Rask_, viendo desaparecer a su amo, se
acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En seguida se
vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con desasosiego,
se volvió hacia el punto por donde había penetrado su amo y empezó a
ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus temores y di
algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, siguiendo las
huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de vista, aun cuando
corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis fuerzas, si de rato
en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de alcanzarle. Así
atravesamos cañadas, y subimos collados, y cruzamos selvas, hasta que
al fin...--
Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se
retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:
--Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.
El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero,
sin embargo, trató de obedecer el mandato.
--Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el
asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot,
fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo,
y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán,
no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí
propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán,
cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos
días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un
verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez
de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía
de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos
horas después se escapó, haciendo un gran agujero...
D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:
--¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la montaña, como él no
había vuelto--lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo
extrañaba--, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que
llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se
llamaba la _Boca Grande del Diablo_, a distancia del campamento como
de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro está que
no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba arreglando
el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el negrazo
saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin aliento,
me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; no dijo
nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo allí me
estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces empezó una
lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá hubiera durado
un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que concluyera tan
pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en aquel momento
llegó su perrazo, ¡pobre _Rask_!, y se me abalanzó al pescuezo; ¿por
qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero Pierrot hizo una
seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal no pudo impedir
que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, yo le creía a
usted muerto... y estaba furioso... y mandé...
El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la
fatal palabra.
--Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde
entonces acá, caballeros--y meneaba el sargento con dolor la cabeza--,
está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí
le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se
apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía,
pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le
llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó
gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.
Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:
--¡Bug-Jargal había muerto!
Tadeo inclinó la cabeza.
--Sí--dijo--. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!
NOTA
Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir
explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes
han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos
hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas
pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney,
a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda
tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias
Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de
las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el
primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he
aquí cuanto hemos averiguado:
Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de
la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en
su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe,
redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la
plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional
acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle que
el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego
hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro
colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y
diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el
servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso
negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de
un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las
víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se
llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una
cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de
flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles,
como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que
entrase sin demora el representante.
Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas,
sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el
representante al general, le dijo a media voz:
--Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los
enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los
enemigos domésticos.
--¿Qué queréis decir, ciudadano representante?--respondió el general,
sorprendido.
--Hay en vuestro ejército--prosiguió con misterio el comisionado de la
Convención--un capitán llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el
regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?
--Y tanto--replicó el general--. Ahora mismo estaba leyendo el parte
del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un
excelente capitán.
--¡Cómo es eso, ciudadano general!---dijo el representante del pueblo
con altivez--. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?
--No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...
En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.
--La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis
y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes
enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al
exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un
contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La
vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin
tardanza.
El general respondió con frialdad:
--No puede ser.
--¿Que no puede ser?--repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba--.
¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades
ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis!
Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré
la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado acerca
de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal
público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de
nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela
aquí: Leopoldo Auverney (ex-_de_), capitán en el regimiento número
32, está convicto: _Primo_, de haber contado en un conciliábulo de
conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada
a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar
las añejas supersticiones intituladas _trono_ y _religión_; _secundo_,
de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos memorables,
y entre ellos la emancipación de los _ex negros_ de Santo Domingo,
de voces que desaprueba todo buen descamisado; _tertio_, de haber
empleado siempre en el hilo de su discurso la palabra _señores_, y
nunca la de _ciudadanos_; _quarto_, de haber, por fin, con dicha
relación conspirado abiertamente para subvertir la república, a favor
de la facción de los girondinos y los brisotistas. Por tales crímenes
antipatrióticos merece la muerte. Ahora bien: ¿qué tenéis que decir
a esto, general? ¿Protegeréis aún al traidor? ¿Titubearéis aún en
entregar a este enemigo de la nación para que sufra la pena merecida?