tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me
acerques!
Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor
movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para
buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento
conmovido, pero de blandura, me replicó:
--No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque
tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!
Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con
aspecto melancólico:
--¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!
En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me
vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con
presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus
miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron
postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.
Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las
caricias que _Rask_ repartía entre su amo y yo, mirándome con
desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía
impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los
transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.
--¡Oh!--exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas
que me retenían--. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese
infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y
sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí
con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener
el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos
execrables lazos!
Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus
plantas.
--Compañeros--les dijo--, soltad al prisionero.
XLI
Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron
ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie
y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez
encadenado.
--No es esto solo--repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su
cuchillo y ofreciéndomelo--. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita
que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la
salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.
No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo
triste y resignada.
Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a
quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado
extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot,
ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato;
y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me
clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría
venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo.
¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser
extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar
mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:
--¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte.
¡Defiéndete!
--¡Que me defienda!--replicó asombrado--. ¿Y de quién?
--De mí.
Hizo un ademán de pasmo.
--¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a
_Rask_? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero no
podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que soy
para contigo como _Rask_, no te entiendo.
Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:
--Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los
míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío,
han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada,
devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame:
cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me
respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?
Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos;
yo le miré con ferocidad.
--Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho--díjele enfurecido--, y
no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.
--¿Qué?--me preguntó.
Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un
trueno:
--¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?
A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como
desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:
--¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos
escuchen.
Su turbación, y tales palabras como _tienes razón_, encendieron un
infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En
aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción
profunda:
--No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro lugar te lo explicaré
todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.
Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y
añadió enternecido:
--¿Puedo llamarte mi hermano?
Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas
palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino
exasperarme.
--¡Miserable, ingrato!--exclamé--. ¿Te atreves a recordarme aquellos
tiempos?
Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:
--¡No soy yo el ingrato!
--¡Pues bien--le repliqué arrebatado--, habla!, ¿qué has hecho con
María?
--En otro lugar, en otro lugar--me contestó--; aquí hay otros oídos
que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin
darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que
sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí,
bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de
ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en
libertad. Vamos a ver a Biassou.
Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no
alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra
aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón
y que me dominaba algún inexplicable poderío; me sentí titubear entre
el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega
confianza, y, por último, me resolví a seguirle.
XLII
Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi
sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en
que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi
sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban
ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones
de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la
categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome
del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio,
no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer,
gozaba entre los secuaces del levantamiento.
Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de
Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi,
preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a
aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de percibir
las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito la _montera_
recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio atrevimiento, hizo
una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos introdujo en la
estancia de Biassou, dando en tono balbuciente mil disculpas, a que
sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén.
Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados
negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales
jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a
preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad
tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al
generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada,
comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de
Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho
bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia
a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó
admitir la oferta.
--Juan Biassou--le dijo--, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo
a pedirte una gracia.
--Vuestra _Alteza_ sabe--respondió Biassou redoblando sus saludos--que
puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de cuanto Juan
Biassou posea y aun de su misma persona.
El título de _Alteza_ que confería Biassou a Pierrot aumentó más mi
asombro.
--No quiero tanto--repuso Pierrot con empeño--. No te pido otra cosa
que la vida y la libertad de este prisionero.
Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante
como cortado; pero su indecisión fué breve.
--Gran pesar me causa Vuestra _Alteza_ pidiéndome lo que con sumo
dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no
pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él.
--¿Qué pretendes decir?--preguntó Pierrot con ademán severo--. ¿Pues
de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los
tuyos?
--Sí, _Alteza_; por desgracia.
--¿Y cuál?
--Mi ejército.
El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas
y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder
otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.
--¿Cómo es eso de tu ejército?--exclamó Pierrot--. Pues qué, ¿no sabes
hacerte obedecer?
Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire
de inferioridad, contestó con aparente franqueza:
--¿Y se imagina _Su Alteza_ que se pueda mandar de veras a hombres que
se han rebelado por no obedecer?
Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero
la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus
secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a
descubierto su doblez. Pierrot le replicó:
--Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados
hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra
este prisionero?
--Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann--contestó
Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona
fisonomía--, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco
de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren
alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga
balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el _bon Giu_ bueno
pesa a entrambos partidos.
--¿Cómo has podido--le dijo Pierrot--adherirte a estas horribles
represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo
que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los
blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que
ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes.
En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo
de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la
emboscada de _Doma-Mulatos_, Jeannot, también acaba de morir. Ya
sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario
con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del
cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan
Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.
Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó
escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró
Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en
secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el
campamento. Pierrot continuó hablando así:
--... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la
ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos
los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de
Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A
pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos
momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado
de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza,
al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de
garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou,
medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los
blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar
aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí
exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien
apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de
negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que
está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos
cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita a sus secuaces
a la matanza y al saqueo en nombre de María...
Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento
religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no
sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.
--... Pues bien--prosiguió el esclavo--, tenéis aquí en vuestro
campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la
Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de
hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso
enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable
encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones?
Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A
menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y
aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre,
sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo
de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos
clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más
santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado
a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los
ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de
sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas
diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de
nuestras huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?
Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban
tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir.
Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del
león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras
tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que
había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales
horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al
vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:
--¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!
XLIII
Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba
desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de
Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de
mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de
su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo
esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que
indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de
aparente concesión a los deseos de Pierrot.
--Si somos algo severos con los blancos--dijo con evidente despecho--,
Vuestra _Alteza_ lo es bastante con nosotros, y me agravia en
particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿_qué
podría hacer ahora_ para satisfacerle?
--Ya lo he dicho, _señor_ Biassou--replicó Pierrot--: que me dejen
llevarme a este cautivo.
Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando
a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable.
--Vamos, quiero probarle a Vuestra _Alteza_ cuán grande es mi deseo de
complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en secreto, y
en seguida el prisionero quedará libre.
--¿De veras?... Que por eso no quede--replicó Pierrot.
Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se
encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou,
llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja:
--No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes;
¿consientes?
Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera
parecido ruindad, y así, le contesté:
--No, no consiento.
--¡Ah!--continuó con su acostumbrado sarcasmo--. ¡Conque sigues siempre
tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién
es, por acaso?
--Sí--le repliqué con violencia--, es un monstruo como tú, y, además,
más hipócrita.
Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como
para descubrir en los míos si hablaba de veras.
--¡Pues qué!--me dijo--, ¿no le conoces?
--No reconozco en él--respondí con desprecio--sino a un esclavo de mi
tío que se llama Pierrot.
Biassou soltó una risa de mofa:
--¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y
tú le das el dictado de _un monstruo como yo_.
--¡Qué me importa!--le contesté--. Si disfrutara de un momento de
libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.
--¿Qué significa esto?--dijo Biassou--. Hablas con aire sincero y no
supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí
que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él
implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello.
Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así,
te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor
de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol.
¿No es cierto que eres francés?
¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba
recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de
mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución la certeza de
que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi
libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas
horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi
adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado
en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y
mi palabra se la di.
Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo
con tono sumiso:
--Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra _Alteza_ y
en libertad de ir en su compañía.
Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.
--Gracias, Biassou--exclamó alargándole la mano--; gracias, porque
acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para
exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi
vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge.
Entonces se volvió hacia mí, diciendo:
--Pues que estás libre, ven.
Y me arrastró tras sí con singular energía.
Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través
de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero.
XLIV
Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando
le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que
osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de
execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por
medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas
podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas
reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi
presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello
extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras?
¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba
vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le
ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas
del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador
al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí
evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen
a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado,
apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba
con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este
momento llegó al fin.
Habíamos cruzado por entre las triples filas de negros, que, postrados
a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender
si hablaban de Pierrot o de mí:
--¡Milagro! Ya no está prisionero.
Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos
perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas
de Biassou; _Rask_ corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a
nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve
entonces y le dije:
--Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos
que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras
palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?
Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con
dulzura, respondiendo:
--¿Siempre lo mismo?
--¡Sí, siempre, siempre!--exclamé arrebatado--. Te haré la misma
pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está
María?
--¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.
--¡Pronto, monstruo!--le repliqué--. ¡Ahora, ahora mismo quiero
saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme,
o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!
--Ya te he dicho que eso no puede ser--prosiguió con tristeza--. El
torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por
tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo
quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los
dos.
Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:
--Toma--me dijo.
Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho,
pero no dió señales de rehuir el golpe.
--¡Infame!--exclamé--. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en
el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.
Entonces me respondió sin cólera:
--Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas
una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe
tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si
dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme;
siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te
lo ruego en nombre de María... de tu esposa--añadió con un penoso
esfuerzo--; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es
por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.
Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar.
Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el
apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante
ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio
secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.
--Vamos--le dije--, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a
acompañarte.
Quise devolverle el puñal, pero me respondió:
--No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más
tiempo en balde.
XLV
Echó con esto de nuevo a andar, y _Rask_, que durante nuestra
conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada,
volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos
deteníamos; _Rask_, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a
través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde
pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba
entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos
y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una
gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas,
clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; _Rask_ corrió a
ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por
la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta.