--_Dominus vobiscum_... quiere decir... _El Señor sea con vosotros_.

--_Et cum spiritu tuo_--añadió solemnemente el misterioso obí.

--_Amén_--respondió Biassou.

Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera

fingida algunas frases sueltas de pésimo latín--por el estilo del

_médico a palos_--para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al

negro ambicioso:

--Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía.

_Sursum corda!_ No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes

que saben latín; _orate, fratres_, o te mandaré ahorcar. _Bonus, bona,

bonum._

El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse

entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la

rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas

pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.

Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme

alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había

empleado con tan cabal éxito[23] para desconcertar las ambiciones

particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me

dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia

de su caudillo.

XXXVI

En tanto, había llegado la hora del _almuerzo_ de Biassou, y los

sirvientes pusieron ante el _mariscal de campo de Su Majestad Católica_

una gran concha de tortuga llena de una especie de _olla podrida_, en

que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de _carnero_, y las

batatas, el de _garbanzos_, todo profusamente condimentado con lonjas

de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel

_puchero_. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de

marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y

llenas de pasas, _sandías_, higos y ñames, que servían de _postres_.

Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el

cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos

del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin

mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su

presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito

de Biassou tenía en sí algo de espantoso.

El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de

su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era

de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.

Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes

que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó

a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de

Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil,

divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes

iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto

color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura,

llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras

armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían

cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.

Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le

dijo en francés:

--¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo

de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos

son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el

ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho

necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le

conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre

sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me

libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.

--A propósito de Bouckmann--respondió Rigaud--; ahí vienen los

cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió

Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre

podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del

fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las

avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras

entrar?

--¡Qué diablo!--dijo Biassou--. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso

buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...

Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.

El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en

señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.

--Haz salir de tus filas--repuso Biassou--a aquel negro que va allí y

que no debiera.

Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del

general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de

cólera que sabía fingir con tanto acierto.

--¿Quién eres?--le preguntó al negro sobrecogido.

--Mi general, soy un negro.

--_¡Caramba!_ ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?

--Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los

bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte

días antes de la Natividad...

Biassou le interrumpió:

--¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de

espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina,

los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...

--Mi general--respondió el negro--, no es culpa mía. El gran almirante

Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann,

comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están

destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni

tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a

la entrada del campamento, y...

Biassou arrugó el ceño.

--¡No se trata de eso, _gabacho_, sino de tu desvergüenza en asistir a

la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San

Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.

Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los

rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la

orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza,

cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable

juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una

absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después,

una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había

muerto!

Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud,

brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de

triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”

FOOTNOTES:

[23] Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso,

obteniendo idéntico ventajoso resultado.--N. del A.

XXXVII

Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me

había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario,

no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos

negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes

y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya

batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con

buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de

los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas

y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e

inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos

de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando

canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o

de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas

heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de

mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el

ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas

sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los

blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los

himnos rebeldes de _Gran-Pré_ y _Oua-Nassé_. Por encima de tanto y

tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas

divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con

el gorro de la libertad, y llevando por lema: _Mueran los sacerdotes

y los aristócratas_, _¡Viva la religión!_, _¡Libertad e igualdad!_,

_¡Viva el Rey!_, _¡Muera la metrópoli!_, _¡Viva España!_, _¡No más

tiranos!_, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que

las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de

que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.

Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y

Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras

de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía

de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una

especie de temor supersticioso.

Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al

principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la

vista de tanto forajido.

Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres

desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente

granítica de las montañas de oriente.

XXXVIII

Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus

órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió

al fin la palabra en tales términos:

--Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y

he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.

--No ha consistido en mí que tarde tanto--le respondí con indiferencia.

--Razón tienes--replicó Biassou.

Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a

producir en mí las siguientes palabras:

--Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.

--¿Cómo es eso?--exclamé pasmado--. ¿Qué quieres tú decir?

--Sí--prosiguió Biassou--; en tus propias manos tienes tu vida, y si

quieres, puedes salvarla.

Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna,

que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como

yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo

rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los

_faquires_ indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la

voz lleno de ira:

--_¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?_ ¿No se acuerda

de lo que me ha prometido? Ni él ni el _bon Giu_ pueden ya disponer de

esta vida, que me pertenece.

En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener

algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga

y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.

Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja,

señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras

algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba

abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos

puestos y actitudes.

--Escucha--me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los

otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos--. Nuestros

negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los

blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros

levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo

todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos

desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá

a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal

está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han

establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada

orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso

llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de

artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien

fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes,

con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se

halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas

de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos

reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de

Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo

participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el

gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que

sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:

“SEÑORES DIPUTADOS:

“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia,

en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda

que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la

justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos

en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos

indistintamente.

“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien

y que _nos manifiesta recompensas_[25], seguiremos a su servicio con

celo y lealtad.

“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre--de 1791--,

la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar

definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de

la condición política de los hombres libres de color. Nosotros

defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si

están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última

gota de nuestra sangre. Sería conveniente que _declararíais_ por un

decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de

ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de

sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el

objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se

recuperaría el equilibrio roto.

“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos

en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros

somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos

los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y

el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes

son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una

estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las

Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra

nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos

jurado fidelidad.

“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la

nación, puesto que _desde que el mundo reina_ no hemos ejecutado sino

la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa

de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la

humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto

habríamos _tronado un Rey_.

“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos

en hacer la paz[26].--Firmado, _Juan Francisco_, general; _Biassou_,

mariscal de campo; _Desprez_, _Manzeau_, _Toussaint_, _Aubert_,

comisionados _ad hoc_.”

--Ya ves--añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este

documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la

memoria palabra por palabra--; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora

bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos

educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar

bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos

que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la

_burla_ orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has

aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues,

corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y

a este precio te concedo la vida.

Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía

diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para

que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la

vida? Rehusé, pues, su oferta.

Pareció sorprenderse.

--¿Cómo es eso?--exclamó--. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos

garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?

--Sí--le repliqué.

Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar

por un breve espacio, me dijo:

--Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y

te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas

a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi

presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de

buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo

más que el morir.

El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda

carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou

acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.

--Candi--prosiguió Biassou--, llévate al prisionero y entrégale a la

custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea

asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta

paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.

El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a

la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos

de la cueva.

FOOTNOTES:

[24] Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este título.--N. del A.

[25] Esta frase carece a propósito de sentido para dar una idea de

falta semejante en el original francés.--N. del T.

[26] Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta carta, tan

ridículamente característica.--N. del A.

XXXIX

Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan

de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente

uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan

atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la

monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios

que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para

quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La

adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo,

que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el

espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos

deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos

pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven

cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida:

la perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que

se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada,

que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre

realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué

tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es

nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia

existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto

componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello

pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra

vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición

violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento

y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para

el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un

fantasma.

XL

No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no

son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario

haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el

momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de

Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de

otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la

cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas

cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal

que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus

pensamientos.

Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a

sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de

vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían

encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves

instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.

La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a

las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días

tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al

lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad

que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que

acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se

habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia,

y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la

vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el

breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y

una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna

horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que

cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba fuese el

campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para

siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y

dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al

resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona.

Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea,

mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con

angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a

su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible

sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del

ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de

que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento

de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía

insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre

agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por

haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a

María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse

en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él

había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en

esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.

Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre

dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé

cuánto tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él el eco

de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, pero aún

lejano: “_Yo, que soy contrabandista._” Abrí los ojos, estremecido;

pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el fuego moribundo.

Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del sueño, mis pesados

párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir con precipitación,

porque la voz había empezado de nuevo a resonar, cantando con tristeza,

y ya más de cerca, esta copla de un romance español:

En los campos de Ocaña

prisionero caí;

llévanme a Cotadilla,

¡desdichado que fuí!

Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después

volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis

oídos la conocida canción: “_Yo, que soy contrabandista_”. Un perro

corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era _Rask_.

Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras la luz de

la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, y este negro

era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la sorpresa me tenía

inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían los muertos? Esto no

era ya un sueño, sino una aparición. Aparté horrorizado la vista, y a

este ademán dejó él caer la cabeza sobre el pecho.

--Hermano--susurró en voz baja--, me habías prometido no dudar jamás

de mí cuando me oyeras esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus

promesas?

La ira me volvió la palabra.

Bug-Jargal · 第 9 / 14 段