--_Et cum spiritu tuo_--añadió solemnemente el misterioso obí.
--_Amén_--respondió Biassou.
Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera
fingida algunas frases sueltas de pésimo latín--por el estilo del
_médico a palos_--para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al
negro ambicioso:
--Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía.
_Sursum corda!_ No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes
que saben latín; _orate, fratres_, o te mandaré ahorcar. _Bonus, bona,
bonum._
El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse
entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la
rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas
pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.
Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme
alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había
empleado con tan cabal éxito[23] para desconcertar las ambiciones
particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me
dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia
de su caudillo.
XXXVI
En tanto, había llegado la hora del _almuerzo_ de Biassou, y los
sirvientes pusieron ante el _mariscal de campo de Su Majestad Católica_
una gran concha de tortuga llena de una especie de _olla podrida_, en
que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de _carnero_, y las
batatas, el de _garbanzos_, todo profusamente condimentado con lonjas
de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel
_puchero_. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de
marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y
llenas de pasas, _sandías_, higos y ñames, que servían de _postres_.
Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el
cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos
del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin
mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su
presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito
de Biassou tenía en sí algo de espantoso.
El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de
su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era
de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.
Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes
que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó
a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de
Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil,
divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes
iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto
color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura,
llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras
armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían
cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.
Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le
dijo en francés:
--¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo
de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos
son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el
ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho
necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le
conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre
sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me
libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.
--A propósito de Bouckmann--respondió Rigaud--; ahí vienen los
cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió
Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre
podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del
fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las
avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras
entrar?
--¡Qué diablo!--dijo Biassou--. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso
buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...
Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.
El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en
señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.
--Haz salir de tus filas--repuso Biassou--a aquel negro que va allí y
que no debiera.
Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del
general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de
cólera que sabía fingir con tanto acierto.
--¿Quién eres?--le preguntó al negro sobrecogido.
--Mi general, soy un negro.
--_¡Caramba!_ ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?
--Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los
bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte
días antes de la Natividad...
Biassou le interrumpió:
--¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de
espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina,
los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...
--Mi general--respondió el negro--, no es culpa mía. El gran almirante
Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann,
comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están
destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni
tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a
la entrada del campamento, y...
Biassou arrugó el ceño.
--¡No se trata de eso, _gabacho_, sino de tu desvergüenza en asistir a
la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San
Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.
Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los
rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la
orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza,
cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable
juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una
absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después,
una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había
muerto!
Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud,
brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de
triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”
FOOTNOTES:
[23] Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso,
obteniendo idéntico ventajoso resultado.--N. del A.
XXXVII
Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me
había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario,
no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos
negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes
y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya
batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con
buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de
los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas
y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e
inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos
de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando
canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o
de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas
heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de
mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el
ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas
sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los
blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los
himnos rebeldes de _Gran-Pré_ y _Oua-Nassé_. Por encima de tanto y
tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas
divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con
el gorro de la libertad, y llevando por lema: _Mueran los sacerdotes
y los aristócratas_, _¡Viva la religión!_, _¡Libertad e igualdad!_,
_¡Viva el Rey!_, _¡Muera la metrópoli!_, _¡Viva España!_, _¡No más
tiranos!_, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que
las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de
que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.
Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y
Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras
de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía
de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una
especie de temor supersticioso.
Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al
principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la
vista de tanto forajido.
Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres
desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente
granítica de las montañas de oriente.
XXXVIII
Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus
órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió
al fin la palabra en tales términos:
--Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y
he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.
--No ha consistido en mí que tarde tanto--le respondí con indiferencia.
--Razón tienes--replicó Biassou.
Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a
producir en mí las siguientes palabras:
--Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.
--¿Cómo es eso?--exclamé pasmado--. ¿Qué quieres tú decir?
--Sí--prosiguió Biassou--; en tus propias manos tienes tu vida, y si
quieres, puedes salvarla.
Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna,
que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como
yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo
rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los
_faquires_ indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la
voz lleno de ira:
--_¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo?_ ¿No se acuerda
de lo que me ha prometido? Ni él ni el _bon Giu_ pueden ya disponer de
esta vida, que me pertenece.
En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener
algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga
y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.
Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja,
señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras
algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba
abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos
puestos y actitudes.
--Escucha--me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los
otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos--. Nuestros
negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los
blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros
levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo
todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos
desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá
a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal
está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han
establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada
orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso
llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de
artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien
fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes,
con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se
halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas
de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos
reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de
Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo
participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el
gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que
sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:
“SEÑORES DIPUTADOS:
“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia,
en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda
que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la
justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos
en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos
indistintamente.
“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien
y que _nos manifiesta recompensas_[25], seguiremos a su servicio con
celo y lealtad.
“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre--de 1791--,
la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar
definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de
la condición política de los hombres libres de color. Nosotros
defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si
están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última
gota de nuestra sangre. Sería conveniente que _declararíais_ por un
decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de
ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de
sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el
objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se
recuperaría el equilibrio roto.
“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos
en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros
somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos
los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y
el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes
son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una
estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las
Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra
nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos
jurado fidelidad.
“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la
nación, puesto que _desde que el mundo reina_ no hemos ejecutado sino
la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa
de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la
humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto
habríamos _tronado un Rey_.
“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos
en hacer la paz[26].--Firmado, _Juan Francisco_, general; _Biassou_,
mariscal de campo; _Desprez_, _Manzeau_, _Toussaint_, _Aubert_,
comisionados _ad hoc_.”
--Ya ves--añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este
documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la
memoria palabra por palabra--; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora
bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos
educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar
bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos
que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la
_burla_ orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has
aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues,
corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y
a este precio te concedo la vida.
Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía
diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para
que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la
vida? Rehusé, pues, su oferta.
Pareció sorprenderse.
--¿Cómo es eso?--exclamó--. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos
garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?
--Sí--le repliqué.
Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar
por un breve espacio, me dijo:
--Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y
te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas
a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi
presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de
buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo
más que el morir.
El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda
carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou
acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.
--Candi--prosiguió Biassou--, llévate al prisionero y entrégale a la
custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea
asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta
paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.
El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a
la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos
de la cueva.
FOOTNOTES:
[24] Ya se ha dicho que Juan Francisco se daba este título.--N. del A.
[25] Esta frase carece a propósito de sentido para dar una idea de
falta semejante en el original francés.--N. del T.
[26] Parece que, en efecto, se le remitió a la Asamblea esta carta, tan
ridículamente característica.--N. del A.
XXXIX
Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan
de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente
uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan
atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la
monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios
que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para
quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La
adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo,
que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el
espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos
deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos
pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven
cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida:
la perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que
se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada,
que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre
realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué
tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es
nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia
existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto
componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello
pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra
vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición
violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento
y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para
el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un
fantasma.
XL
No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no
son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario
haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el
momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de
Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de
otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la
cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas
cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal
que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus
pensamientos.
Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a
sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de
vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían
encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves
instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.
La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a
las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días
tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al
lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad
que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que
acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se
habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia,
y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la
vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el
breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y
una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna
horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que
cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba fuese el
campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para
siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y
dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al
resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona.
Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea,
mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con
angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a
su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible
sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del
ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de
que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento
de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía
insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre
agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por
haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a
María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse
en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él
había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en
esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.
Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre
dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé
cuánto tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él el eco
de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, pero aún
lejano: “_Yo, que soy contrabandista._” Abrí los ojos, estremecido;
pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el fuego moribundo.
Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del sueño, mis pesados
párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir con precipitación,
porque la voz había empezado de nuevo a resonar, cantando con tristeza,
y ya más de cerca, esta copla de un romance español:
En los campos de Ocaña
prisionero caí;
llévanme a Cotadilla,
¡desdichado que fuí!
Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después
volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis
oídos la conocida canción: “_Yo, que soy contrabandista_”. Un perro
corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era _Rask_.
Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras la luz de
la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, y este negro
era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la sorpresa me tenía
inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían los muertos? Esto no
era ya un sueño, sino una aparición. Aparté horrorizado la vista, y a
este ademán dejó él caer la cabeza sobre el pecho.
--Hermano--susurró en voz baja--, me habías prometido no dudar jamás
de mí cuando me oyeras esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus
promesas?
La ira me volvió la palabra.