enfurecido--. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera
saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el
generalísimo de las tropas del Rey! _¡Ciudadano!_ ¡Vaya, el insolente!
El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que
tanto desechaba el tratamiento de _excelencia_ cuanto el título
de _ciudadano_, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los
patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se
divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.
--¡Ay!--dijo por fin el ciudadano general--, ¡y cuán mal me juzgáis,
insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del
linaje humano!...
En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado
personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas
perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los
revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a
quien se dirigían.
Biassou le miró de fijo y le preguntó:
--¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda
especie?
--¿Si les profeso?--exclamó el ciudadano C...--. Soy corresponsal de
Brissot y de...
Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.
--¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo
de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos
hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección con los
suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros,
sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se
ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás
entonces de abominar a tales monstruos!
--¡Los abomino!--respondió C...
--Pues bien--repuso Biassou--: ¿qué te parecería de un hombre que,
para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto
cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?
La palidez de C... llegó a ser horrible.
--¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón
alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...
--¡Perdón! ¡Perdón!--dijo el ciudadano general aterrorizado.
--¿Y en qué te amenazo?--respondió Biassou con suma frialdad--. Déjame
acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet
al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!
Las palabras _¿en qué te amenazo?_ habían hecho recobrar alguna
esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores
sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna
entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:
--Me parece que son unos crímenes atroces.
Biassou soltó su carcajada.
--¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?
Aquí el desdichado C... titubeó.
--Vamos--repuso Biassou---, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?
Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro
presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su
persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:
--Merece la pena de muerte.
--Muy bien respondido--dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el
tabaco que tenía en la boca para mascar.
En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos
al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos
recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en
términos tales:
--Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra
causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en
Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate
Tamburini, en Italia...
Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba
pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del
gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando
Biassou le atajó los vuelos:
--¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso
sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército
necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte
tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el
mundo.
El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:
--Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos,
filántropos y negrófilos.
--¡Vaya!--dijo Biassou moviendo la cabeza--. ¡Cátense ustedes ahí que
vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre:
si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué
sirves?
Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se
asió C... con ahinco.
--Ilustre guerrero--respondió luego--, ¿tenéis en vuestro ejército
algún economista?
--¿Qué cosa es eso?--le preguntó el caudillo.
--Es--dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le
permitía--, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe
tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio,
clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y
acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con
tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales
del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse
en el mar de la prosperidad pública.
--¡Caramba!--dijo Biassou, inclinándose hacia el obí--. ¿Qué diantres
quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de
otros como las cuentas de tu rosario?
El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que
desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:
--Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los
valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes
economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He
puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el
gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.
--El economista no es económico en cuanto a palabras--dijo Rigaud con
su sonrisa suave y burlona.
Biassou exclamó mientras tanto:
--Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por
ventura?
--Todavía no, hombre grande--replicó C...--; pero puede venir el caso,
y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar
en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.
--Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando--dijo el
generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.
--Pues está muy bien--expuso el ciudadano--; vos haréis de general y yo
de intendente militar. Tengo conocimientos especiales en el ramo de la
cría del ganado vacuno...
--¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?--replicó Biassou en
su tono sarcástico--. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa,
cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros
que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de
la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere,
también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las
vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe
hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en
ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves
que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia,
_necesaria por excelencia_.
Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se
agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.
--Mis estudios--dijo--no se limitan a la cría del ganado, y tengo
otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho:
enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de
piedra.
--¡Qué me importa eso!--contestó Biassou--. Cuando me hace falta
carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.
--También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de
madera--prosiguió el prisionero--. El chicarón y la sabieca, para las
quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los
guayacos, los cedros...
--_¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete
infiernos!_--exclamó en español Biassou, ya impacientado.
--¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?--dijo, todo trémulo, el
economista, que no entendía achaque de español.
--Escúchame--repuso Biassou--; yo no tengo necesidad de buques, y en
toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera
el de _mayordomo_, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el _señor
filósofo_ si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de
rodillas, me traerás la pipa y el _calalú_[18] y andarás tras de mí con
un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que
estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara?
El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una
reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de
agradecimiento y gozo.
--¿Conque lo aceptas?--preguntó Biassou.
--¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un
momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?
A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire
de triunfo. Cruzó los brazos, se puso erguido, respirando orgullo, y
repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas,
exclamó en alta voz:
--¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después
de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano
C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido
ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las
justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta
cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería
degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías
aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad,
desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si
hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te
considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado.
No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te
impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!
Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado
negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante
sus pies como herido del rayo.
FOOTNOTES:
[18] Guiso de los criollos.--N. del A.
XXXIV
--A ti te toca--dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los
prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la
sangre no muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle
tal injuria.
Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:
--¡Muera, muera! _Mort! Death! Touyé! Touyé!_--gritaban todos, cada
cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño
cerrado al infeliz cautivo.
--Mi general--dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que
el resto--, es un blanco, y es preciso que muera.
El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le
oyeran algunas palabras:
--No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos,
¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de
sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y
vuestras hermanas.
--¡Miente, miente!--decían los negros enfurecidos--. Es un blanco, y
siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.
--¡Jamás!--respondió el prisionero--. Los blancos son a quienes
detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como
vosotros: _Negré ce blan, blan ce negré_[19].
--¡Nada de eso, nada de eso!--clamaba la muchedumbre--. _Touyé blan!,
touyé blan!_[20].
El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:
--¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!
--¿La prueba?--dijo con frialdad Biassou.
--La prueba--respondió el otro, desatentado--, es que siempre me
despreciaron los blancos.
--Eso puede muy bien ser verdad--replicó Biassou--, porque eres un
insolente.
Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:
--Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio,
afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban
aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un
blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.
Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los
gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del
acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía
lloroso:
--¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el
pertenecer a los negros. Yo soy mulato.
--Si fueses mulato de veras--observó Rigaud con aparente sosiego--, no
te valdrías de semejante palabra[21].
--¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?--repuso el
miserable--. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre
mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas[22].
Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.
--Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos
quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te
acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si
tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a
nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de
probar tus asertos y de salvarte.
--¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?--preguntó el hacendado con suma ansia--.
Estoy pronto.
--Hele aquí--contestó Biassou con frialdad--. Agarra este cuchillo y da
por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.
Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el
hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal,
le ofrecía.
--¿Cómo es eso?--dijo el generalísimo--. ¿Conque titubeas? Pues era
el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco,
sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el
tiempo.
Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y
luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la
cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en
todo su cuerpo.
--¡Vamos!--prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera--, ¡que
estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.
El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.
--Está muy bien--repuso Biassou volviéndose hacia los negros--; pues
que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya
conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...
Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió
de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también
su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y
en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer,
el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se
hallaba recostado junto a mí.
Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y
estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio
con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena
posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio
ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse
sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes,
lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo.
Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en
tono lastimero:
--¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he
hecho para ofenderle?
--Llegó la hora de la muerte, caballero--replicó el mestizo, procurando
soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada--.
No me estorbe usted, que no le haré daño.
--¡Morir a manos de usted!--clamaba el economista--. ¿Y por qué?
¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún
tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le
prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por
dondequiera... ¡pero misericordia!
El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.
--¡Cállate, cállate!--gritó su rival, enfurecido y temeroso de que
oyesen los negros semejante declaración.
Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de
excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle,
y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el
puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado
la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.
--¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...--dijo.
Y volviéndose hacia Biassou, añadió:
--¡Defendedme, vengador de la humanidad!...
Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso
chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle
el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo,
flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios
un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime
cadáver.
FOOTNOTES:
[19] Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se traduce
literalmente así: _Los negros son los blancos, los blancos son los
negros._ Diciendo: _los negros son los dueños y los blancos son los
esclavos_, se explicaría mejor el sentido.--N. del A.
[20] ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!--N. del A.
[21] Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este nombre,
inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.--N. del A.
[22] Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el
nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace
en sus hijos.--N. del A.
XXXV
Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel,
me tenía helado de espanto. _El vengador de la humanidad_ había
presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas,
y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados
pajecillos:
--Traedme más tabaco.
Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles,
y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo
acababa de ponerles ante los ojos.
Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que
conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino
que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios
amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba
sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin
cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las
manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo
humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados
ojos.
Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi
muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era
bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no
era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en
mi asesino.
--Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti--le dijo Biassou.
Y luego miróme y añadió:
--Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por
buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.
A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras
hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su
jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:
--¿Y a mí, mi general?
--Vamos, ¿qué pretendes tú decir?--preguntó Biassou.
--¿No haréis nada por mí, mi general?--dijo el negro--. Ahí se le da un
ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no
lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?
Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud,
y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:
--No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de
eludirla.
--¿Conque pretendes un ascenso?--contestó entonces Biassou volviéndose
hacia el _negro bueno_--. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado
que apeteces.
--Quiero ser _oficial_.
--¡Oficial!--replicó el generalísimo--. Vamos, dime cuáles son tus
méritos para pretender las charreteras.
--Yo--repuso el negro con ahinco--fuí el que incendió el ingenio
de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado
Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica.
Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno
de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después
achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del
castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi
padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron
en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres
cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he
matado a mi amo M. Noé y a su madre...
--Pasa por alto tu hoja de servicios--le dijo Rigaud, que encubría en
su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con
decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.
--Muchos más pudiera alegar--replicó el negro con orgullo--; pero éstos
juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la
categoría de _oficial_ y llevar al hombro una charretera de oro como
aquellos compañeros.
Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou;
el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió
al negro con suma gravedad estas palabras:
--Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus
servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el
latín?
El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:
--Mi general...
--Eso te pregunto--repuso Biassou sin demora--. ¿Sabes el latín?
--El... latín...--repitió el negro estupefacto.
--¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?--prosiguió el astuto caudillo.
Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del
salmo _In exitu Israel de Ægypto_, añadió:
--Explícame lo que significan estas palabras.
El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo,
restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo
atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la
bandera.
--Vamos, ¿acabarás de responder?--díjole con impaciencia Biassou.
El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces
los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:
--No entiendo, mi general.
El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.
--¿Cómo es eso--exclamó--, tunante desvergonzado? ¿Tienes el
atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?
--Pero, mi general...--tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.
--Cállate--replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir
en aumento--. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo
castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso
oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que
no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la
explicación: _In exitu_, ningún soldado; _Israel_, como no sepa latín;
_de Ægypto_, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán?
El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:
--Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien
abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido--entonces se volvió
hacia el recién acuñado verdugo--. Dinos, amigo, si no es esto exacto.
Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere
decir _Dominus vobiscum_.
El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la
tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque
tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato
que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a
obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre
procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la
memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que
tuvo de proferir esta pueril explicación: