--Bien está--repuso Biassou--; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de

espanto.

--Pues ¿qué, mi general--objetó Rigaud--, la muerte de Bouckmann no

podrá producir mal efecto en la tropa?

--No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas--replicó su jefe--; mas

ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar

un cuarto de hora, y eso basta.

Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada

por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los

signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o

menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la

moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata

dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero,

sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza.

--El que lleva en medio de la frente--decía el obí--, en la arruga del

sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna

sin afán ni trabajos.

La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente

que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin

remedio si no huye del agua con sumo cuidado.

Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima

de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero

de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños.

Aquí el obí hizo una pausa.

--Compañeros--añadió con gravedad--: tenía yo observado este signo en

el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge.

A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de

Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de

negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos

encarnados: era la división de Morne-Rouge.

Sin embargo, el obí prosiguió:

--Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna,

alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el

entregaros demasiado a los placeres.

Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del

número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes...

Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose

a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos,

arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había

dejado olvidado en su revista _médica_, y al momento que le vió, dijo:

--Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de

la luna, indican dolencias en los ojos. _Hombre_, ese signo está muy

visible en tu frente; a ver, dame la mano.

--¡Ay, excelentísimo señor!--replicó el herido--. Mire usted mi ojo.

--¡Vejancón![17]--respondió de mal humor el obí--, ¿qué necesidad

tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo.

El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja:

--¡Ay, mi ojo!

--Bueno--dijo el zahorí--. Si en la línea de la vida se descubre un

punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta

la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es:

aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto.

--¡Ya lo soy!--respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero.

Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza,

y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:

--Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas,

retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona

será breve.

Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos

flechas cruzadas morirá en una batalla.

Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare una

cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la persona

aquella perecerá en un cadalso... Y ahora--añadió el obí--debo decir,

_hermanos_, que uno de los más firmes puntales de la independencia, el

valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.

A estas palabras, quedáronse los negros todos sin soltar el aliento,

inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de

atención que tanto se asemeja al estupor.

--Tan sólo hay--prosiguió el obí--que no sé cómo concuerden ambos

signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y

el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.

Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas

palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.

--La boca abierta y lacia--tornó a decir el obí, volviéndose hacia el

concurso y con tono bufón y malicioso--, una actitud insignificante,

los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya

motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad

embrutecida.

Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el

ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango,

y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio

de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado por

Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, desdoblado,

un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. En el medio

estaba una cifra compuesta de las letras características M. y N.,

enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los mulatos

libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía por

mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; _¡viva el

rey!_” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan Francisco.

El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar

la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con

precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en

los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto

desconsolado:

--¡Tropas del rey!

Los negros hicieron una profunda reverencia.

--¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou,

generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos

de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y

teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de

España y de las Indias.

Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de

Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe;

Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la

humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha

muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame

Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban

a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su

ciudad del Cabo. ¡Venganza!

El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse por un instante

en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto,

el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita

blanca con gestos triunfantes.

--Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht,

Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel

Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La

_ciencia_ de los zahorís no me ha engañado. _Hijos, amigos, hermanos,

muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me escucháis aquí_,

¿no lo había yo vaticinado? _¿Qué había dicho?_ Los signos de la frente

de Bouckmann me habían anunciado que viviría poco, y que moriría en

un combate; las líneas de su mano, que aparecería en un cadalso.

Las profecías de mi ciencia se realizan fielmente, y los sucesos se

arreglan por sí mismos de manera que encajen aquellas circunstancias

que no sabíamos conciliar: su muerte en el campo de batalla y su

aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.

El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso

en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza

mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a

lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio

suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus

anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:

--Señor capellán: puesto que vuestra merced no ignora los sucesos

venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou,

_mariscal de campo_?

El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde

la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al _mariscal de

campo_:

--Venga vuestra merced.

En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el

ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote,

y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún

movimiento de enojo.

--La mano, mi general--dijo el obí, inclinándose para cogerla--.

_Empiezo: la línea de la coyuntura_, señalada con igualdad en toda su

extensión, le promete riquezas y felicidad. _La línea de la vida_,

larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una vejez

robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso y la

_generosidad_ del corazón; en fin, aquí veo lo que los _nigrománticos_

llaman el más venturoso de todos los signos: una caterva de ligeras

arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado de ramas elevándose

hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la opulencia y las

grandezas. _La línea de la salud_, muy larga, confirma los pronósticos

de la línea de la vida, y también anuncia valor; encorvada hacia

el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, mi general, de una

severidad provechosa.

A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi

persona al través de los agujeros de su velo, y reparé de nuevo en

el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad

acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto

y tono:

--Sembrada de círculos pequeños, la _línea de la salud_ anuncia gran

cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. Hacia la

mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, señal

de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, con los

blancos, si no los extermina. La _línea de la fortuna_, rodeada, como

su compañera la de la vida, por pequeños ramales que suben hacia la

parte superior de la mano, confirma el porvenir de poder y supremacía

a que está llamado; recta y delgada en la parte superior, anuncia el

talento para gobernar. La quinta línea, la del _triángulo_, que se

prolonga hasta el arranque del dedo de en medio, promete el más cabal

éxito en toda empresa. Veamos ahora los dedos. El pulgar, cruzado a lo

largo por rayas menudas, que van desde la coyuntura a la uña, presagia

una gran herencia: sin duda que habrá de ser la de la gloria de

Bouckmann--añadió el obí en voz sonora--. La eminencia que se forma a

la raíz del índice está cargada de ligeros surcos, apenas perceptibles:

honores y dignidades. El dedo del centro nada presagia. El dedo anular

está surcado de líneas cruzadas: caerán todos sus enemigos y rivales,

porque estas líneas forman cruces de San Andrés, señal de ingenio y

previsión. La coyuntura que une el dedo meñique a la mano nos presenta

enmarañados pliegues del cutis: la fortuna le colmará de dones. También

descubro la figura de un círculo, presagio que añadir a los restantes y

que anuncia dignidades y poderío.

“_¡Feliz_--dice Eleazar Taleb--_el mortal que lleva tales señales!

¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella le dará

el genio que confiere gloria!_” Ahora, mi general, voy a mirarle la

frente. “_El que lleva en medio de la frente, sobre el surco del

sol, una figura cuadrada_--dice Raquel Flintz, la gitana--_o bien un

triángulo, hará gran fortuna._” Aquí está, y bien señalada. _Si el

signo está a la derecha, promete una herencia importante._ La misma de

la gloria de Bouckmann. _El signo de una herradura en el entrecejo,

por encima del surco de la luna, anuncia que el portador sabrá vengar

sus injurias y la tiranía que haya sufrido._ Yo tengo este signo, y mi

general también...--

El modo en que el obí pronunció las palabras _yo tengo este signo_, me

volvió a chocar por lo extraordinario.

--También se le ve--añadió con el mismo tono--en los valientes que

saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las

cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por

encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan

Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente

de todos los síntomas de prosperidad: una combinación de líneas

que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María.

En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura

aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará

siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas

jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más

que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre

elegido por el destino.

--Gracias, señor capellán--dijo Biassou regresando hacia su trono de

caoba.

--Aguárdese, señor general---repuso el obí--, que se me olvidaba otro

signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento

del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación

a la magnificencia.

Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del

obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin

de no desmentir a la _línea del sol_.

Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido

entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes

tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de

la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y,

ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general,

prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”

El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír la risa contenida, del

primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.

No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento,

y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a

aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.

--Señor obí, _señor cura_, _doctor_, _médico_, señor capellán, _bon

per_--le dije.

Volvióse hacia mí con presteza.

--Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y

ésa soy yo.

Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho,

y no me replicó; yo continué:

--De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus

honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo

que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.

Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:

--Te equivocas; dame la mano.

Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía

ademán de examinarme la mano.

--Si la línea de la vida--me dijo--está cortada hacia la mitad por dos

rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte

está próxima.

Si no se encuentra la línea de la salud en el centro de la mano y

existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de

modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir

de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural.

Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo

su largo, muere el sujeto de un modo violento.

Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la

muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio.

--Zahorí--le dije con una sonrisa de desdén--, se conoce que eres hábil

y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro.

Se me acercó más a esto.

--¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La

interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes

por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo...

El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a

quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien

aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa

muerte y su constancia.

--¿Qué pretendes decir?--exclamé.

--Escucha hasta el cabo--prosiguió el obí--. Ya te he hablado del

porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una

curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu

mujer.

Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me

contuvieron.

--¡No tienes paciencia! Oyelo todo--repuso el obí--. La cruz pequeña en

que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada

la noche misma de la boda.

--¡Miserable!--prorrumpí--, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres?

Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso

ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí,

diciéndome:

--¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata!

FOOTNOTES:

[16] Este remedio se usa todavía con bastante frecuencia en Africa,

especialmente por los moros de Trípoli, que suelen echar en sus

brebajes la ceniza de una página del libro de Mahoma. A este filtro

atribuyen ellos virtudes soberanas. Un viajero inglés, no sé cuál,

llama a esta bebida _infusión de Alcorán_.

[17] Nombre con que se designaba a un negro viejo fuera de servicio.

XXXII

Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me

había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se

siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y

el obí ante sus atónitas gavillas.

Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a

su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían

juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos

cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación;

Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido

a saber del _mariscal de campo_ si se mandaba desfilar al ejército,

cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada

de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que

quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le

acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o

de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus

siniestros gritos:

--_Mort! Mort!_--decían algunos.

--¡Mueran! ¡Mueran!--repetían otros; y

--_Death! Death!_--respondían algunos negros ingleses, quizá de los

secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los

negros españoles y franceses de Biassou.

El _mariscal de campo_ les impuso silencio, y con un gesto mandó

adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos reconocí

a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel _ciudadano general C..._,

aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del universo,

que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en casa del

gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa estirpe,

que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre quienes le

contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la categoría

de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las mangas

arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada cual por

separado, procurando ocultarse en la sierra.

El artesano sufrió primero su interrogatorio:

--¿Quién eres?--le dijo Biassou.

--Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en

el Cabo.

Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del

_generalísimo del país conquistado_.

--¡Santiago Belin!--repitió mordiéndose los labios.

--Sí--repuso el carpintero--. ¿Pues qué, me desconoces?

--Empieza tú--dijo el _mariscal de campo_--por reconocerme y acatarme.

--¡Yo no saludo a mis esclavos!--replicó el carpintero.

--¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?--exclamó el _generalísimo_.

--Sí--contestó el carpintero--. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora

finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí

por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.

Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.

--Pues qué--prosiguió el blanco--, ¿te avergüenzas ahora de haberme

servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber

pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha

barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor

mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso darme

más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero

parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos

a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de

rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.

Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le

daba el aspecto de un tigre.

--Bien está--dijo.

Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro

Belin, añadió:

--Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre.

Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por

haberte proporcionado una muerte de carpintero.

Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a

castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago

Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:

--Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y

está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.

Entonces se lo llevaron.

XXXIII

Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a

este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde

y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto

fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.

Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y

luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una

conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el

de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar

en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había

enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la

Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:

--¿Qué te parece?--le preguntó.

Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió

balbuciente:

--Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.

--¡Adulación!--replicó Biassou--. Tu sentir es lo que pretendo

averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de

M. Lebattu?

--Por cierto que no, excelentísimo señor--dijo C..., con cuya turbación

se divertía Biassou.

--_Mi general, su excelencia, excelentísimo señor_--repuso el caudillo

con apariencias de enojo--. ¿Eres tú acaso un aristócrata?

--Nada de eso--exclamó el _ciudadano general_--. Soy patriota de 1791,

de los puros, y entusiasta negrófilo...

--¿Negrófilo?--le interrumpió el generalísimo--. ¿Qué quiere decir eso?

--Amigo de los negros--tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.

--No basta ser amigo de los negros--replicó Biassou con severidad--;

hay que serlo también de los pardos.

Ya hemos manifestado que Biassou era _salto-atrás_.

--De los pardos era lo que quise decir, mi general--repuso humildemente

el negrófilo--. Yo estoy relacionado con todos los más famosos

partidarios de los negros y de los mulatos...

Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la

palabra:

--_¡Negros y mulatos!_ ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos

con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí

no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco?

--Es un mal hábito contraído desde la infancia--respondió C...--;

perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.

--Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de

aristócratas.

C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra

explicación:

--Si me conocieras, ciudadano...

Bug-Jargal · 第 7 / 14 段