dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo
singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los
más pequeños pormenores. Quizá en un estado diverso del ánimo no
hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los
negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y
sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos
no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No
era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera
encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas
a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en
un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados,
aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con
la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya
apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas
a la puerta de sus _ajoupas_, especie de chozas puntiagudas, techadas
con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se asemejaba a
nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, preparaban
con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, y yo los
veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los ñames, los
plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos llaman tayo,
y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían mezclados con
los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de tortugas, en las
inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, en los confines
del campamento, los griotos y las griotas formaban grandes círculos
alrededor de las hogueras, y el viento me traía a veces algunos
trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las guitarras y
balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más cercanos
peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de Biassou, cuya
única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea circular de
carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos atezados
centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides de granito
de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, como las
veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda la fuerza de
sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del campamento:
--Nada, nada.
De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de
negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.
XXVIII
Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se
llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me
desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del
comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin
demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro,
arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los
soldados me separaron de allí. En el camino examiné con curiosidad su
equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo,
y cortado a la española: una especie de _montera_ castellana, adornada
de una cucarda encarnada[7], les cubría su pelo de lana. En lugar de
cartuchera llevaban una especie de morral colgando del costado, y sus
armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un machete. Después supe
que este uniforme era el de la guardia particular de Biassou.
Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que
embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una
gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos
lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran
cortinaje de aquella tela tibetana llamada _cachemira_, y que no tanto
se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de su
trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior de
esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con igual
equipo que mis conductores.
Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de
la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo
consigo, dejándole caer tras de mí.
Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a
la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de
aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados
mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de
caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre
pertenecía a la especie de los _salto-atrás_, que no está separada
de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido
era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una
cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos
azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado
corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar.
Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la
cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de
plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la
restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban
ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda
para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que
no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban
por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y
dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de
plumas.
Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con
el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas
de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a
cautiverio.
Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún
oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de
caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí
que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las
piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana
en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del
velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin
pestañear.
A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y
gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera
blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera
española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran
estandarte de color negro.
A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje,
otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé,
ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su
teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos
y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba
representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con
uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito
del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.
El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana
estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia y
crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al
fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de
una hiena:
--Yo soy Biassou.
Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio
de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro,
empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.
--¿Qué es eso?--repuso en francés menos que mediano--. ¿Te han empalado
ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en
presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal
de campo de los Reales Ejércitos de _Su Majestad Católica_?--La táctica
de los principales caudillos rebeldes consistía en dar a entender que
obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la revolución o ya del
Rey de España--.
Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El
volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.
--¡Hola, hola! _Me pareces hombre de buen ánimo._ Pues bien, escúchame
lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?
--No--le repliqué--, soy francés.
Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa
acostumbrada:
--Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?
--Veinte años.
--¿Cuándo los cumpliste?
A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos
recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con
empeño, y entonces yo le contesté:
--El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.
Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo
usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:
--Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a
decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte
hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla
la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel
general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad
que ejerce este generalísimo sobre la _gente del Rey_.
Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar _Gran
Almirante de Francia_, y su camarada Biassou, designaban sus catervas
de negros y mulatos rebeldes.
Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos
vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de
ayudantes de campo, dijo:
--Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de
mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre
capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y
para mis soldados el santo sacrificio de la misa.
El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia
y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general
prorrumpiendo en alta voz:
--¿Dice usted, _señor cura_, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de
extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el
_bon Giu_[8] para su culto un magnífico templo ni un altar adornado
con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de
piedras; hagamos, pues, _bon per_[9], como ellos hicieron, que al _bon
Giu_ le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por
qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey
cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?
Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar
de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de
los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de
la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace
con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada
de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada,
parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a
guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse
en los costados del extraño altar: _Dubuisson y Compañía, en Nantes_.
Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que
faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma
de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el
viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de
penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada
al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se
habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia
Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un
profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.
Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de
cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros,
formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el
sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:
--¡De rodillas!
--¡De rodillas!--repitieron los jefes de batallón.
Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.
Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del
sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos
mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y,
empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los
demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de
culto.
El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou
hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes,
doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de
devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de
la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y
exclamó en su dialecto:
--_Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan
yo touté[10]._
A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó
haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre
entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra
por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para
impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora
postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían
llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo
ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.
FOOTNOTES:
[7] Ya se sabe que éste es el color de la cucarda española.--N. del A.
[8] El buen Dios.
[9] Buen padre.
[10] “Ya conocéis a Dios y aquí os lo enseño. Los blancos le mataron;
matad a todos los blancos.” Más adelante, Toussaint-Louverture tenía
costumbre de dirigir la misma alocución a los negros después de haber
comulgado.--Nota del autor.
XXIX
Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una
respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en
francés, encarándose conmigo:
--Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una
calumnia y que somos buenos católicos.
No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un
momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y
puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando
el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo
el ejército, exclamó:
--Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los
blancos son el maíz blanco.
En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron
desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire
de inspiración y triunfo:
--_Guette blan si la la[11]._
Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la
parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en
su mal francés frases o españolas o criollas:
--El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por demasiado largo período
hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan
nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los
jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza
sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra
esforzado y sin compasión. San Lobo[12] tiene dos fiestas en el
almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así,
padre capellán?
El obí hizo una reverencia afirmativa.
--Han venido--repuso Biassou--, han venido los enemigos de la
regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos
dueños, esos hombres de negocios, _verdaderos demonios_ vomitados por
las furias infernales. _Han venido con insolencia_, cubiertos, ¡gente
vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, y nos
despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, en su
orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas ahuyentan
esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.
Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno
de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a
sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:
--... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las
moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes
de estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la
buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan
esos tiranos aborrecibles: _yo gagné peur_[13].
Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la
caterva toda siguió repitiendo por largo período:
--_Yo gagné peur!_
--Negros criollos y congos--añadió Biassou--, venganza y libertad.
Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones _de
los diablos blancos_. Vuestros padres están entre sus filas, pero
vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, _hermanos de mi
alma_, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan esclavos
erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo cubría
vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres se
pavoneaban con muy _buenos sombreros_ y llevaban chaquetas de mahón
los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán o de
terciopelo, _a diez y siete cuartos la vara_. ¡Maldecid a esos entes
desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos del _bon Giu_ los
protegen, no maltratéis a vuestro propio padre; y si le encontráis
entre los contrarios, nada os estorba, _amigos_, para que no os digáis
mutuamente: _Touyé papa moé, ma touyé quena toué_[14]. ¡Venganza!
Gente del Rey: libertad para todos los hombres. Este grito tiene
eco en todas las islas: nació en _Quisqueya_[15] y resonó en Tabago
y en Cuba. Un capitán de ciento veinticinco negros cimarrones de las
Montañas Azules, un negro de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien
primero alzó el pendón entre nosotros. Un triunfo ha sido su primer
acto de fraternidad con los negros de Santo Domingo. Sigamos tan
glorioso ejemplo, con la tea en una mano y el hacha en la otra. No haya
compasión para los blancos, para los dueños. Matemos las familias,
arruinemos sus plantíos, no dejemos en sus haciendas un árbol siquiera
sin tener las raíces hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que
se trague a los blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos
a pelear y exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa.
Vencedores, gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida;
si morimos, iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso,
donde cada bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata
al día.
Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les
parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto
maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento
inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces
sus palabras, infundían a su arenga no sé qué oculto poderío de
seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores
a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los
insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan
adecuada para aquel auditorio.
No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el
ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante
de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho,
sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas
en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y
los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar
sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos
mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin,
aquello una algazara infernal.
Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por
encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa
disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero
ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo
así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían
hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano
ceden a los dedos del músico.
FOOTNOTES:
[11] Mirad lo que son los blancos para con vosotros--N. del A.
[12] Santo francés de quien no creemos que se haga mención en nuestra
tierra.--N. del T.
[13] Tienen miedo, en dialecto criollo.--N. del A.
[14] _Mata a mi padre y yo mataré al tuyo_, execrables palabras que se
oyeron, en efecto, en boca de algunos mulatos.--N. del A.
[15] Nombre antiguo de Santo Domingo que significa _Tierra Grande_. Los
naturales le llamaban también _Haití_.--Nota del autor.
XXX
Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento
excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que
ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias
del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se
había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un
gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas,
aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos;
y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba
con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto,
manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de
pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo
se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de
zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de
cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba
de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la
yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se
servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de
conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino
de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número
de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar la
confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus
drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación
de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males.
Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos
gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas
supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la
llaga una piedrecita _fetiche_ envuelta en hilas, y el herido atribuía
a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le anunciaban que
alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o de las resultas
del daño original, o aun quizá de su propio desatinado método de cura,
respondía en tono solemne:
--Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal
hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.
Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún
en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de
otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente
uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer
encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura
lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar:
--Todo esto no vale nada.
Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los
cirios robados de la iglesia del Acul y, mezclando estas cenizas del
papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz,
dijo al herido:
--Bebe, que aquí va la salud[16].
Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el
juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la
bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano
contribuyó no poco a lograr la cura.
XXXI
Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el
principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí
reemplazó ahora al médico.
--Hombres, escuchad--exclamó el obí, saltando con agilidad increíble
sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas
cruzadas bajo sus abotargadas enaguas--. _Escuchad, hombres_; cuantos
quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que se
acerquen y se lo diré: _He estudiado la ciencia de los gitanos_.
Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación.
--Uno tras otro--dijo el obí, cuya voz hueca y ronca cobraba a veces
un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo--. Si
venís todos juntos, juntos iréis a la hoya.
Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color,
vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco
y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación
se hallaba retratada en su semblante.
--¡Y bien!--dijo el generalísimo en voz baja--, ¿qué es eso?, ¿qué
tienes, Rigaud?
Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los _Cayos_, conocido
más en adelante bajo el nombre del _general Rigaud_, hombre astuto bajo
apariencia de candidez y cruel bajo la capa de dulzura. Le examiné con
atención.
--Mi general--respondió Rigaud--porque si bien hablaba en tono muy
bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles--, a la entrada
del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de
que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los
blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo.
--¿No hay más que eso?--contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo
al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por
consiguiente, su importancia.
--Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general.